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Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría

versión On-line ISSN 2340-2733versión impresa ISSN 0211-5735

Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq. vol.32 no.116 Madrid oct./dic. 2012

https://dx.doi.org/10.4321/S0211-57352012000400006 

ORIGINALES Y REVISIONES

 

Los derroteros de la sublimación en la obra freudiana

The paths of sublimation in Freud's oeuvre

 

 

Dr. Niklas Bornhauser, Mag. Diego Ochoa

Universidad Andrés Bello. Facultad de Ciencias Sociales. Escuela de Psicología. Campus Casona Las Condes. Fernández Concha 700, Las Condes, Santiago, Chile.

Dirección para correspondencia

 

 


RESUMEN

El presente trabajo distingue el concepto de sublimación en diferentes momentos a lo largo de la obra de Freud. Su propósito es contrastarlo con otros conceptos, sin asumir la primacía de algunos obre otros, sino para repensarlos a partir de la metáfora del quiasma y su capacidad para articular explorar nuevas significaciones, más allá del contexto en el que éstos se inscriben inicialmente.

Palabras clave: Sublimación, Ideal, Psicoanálisis, Freud.


ABSTRACT

The concept of sublimation is distinguished at different moments throughout Freud's work. Its purpose is to contrast it with other concepts, without assuming the primacy of some, but to rethink them starting from the metaphor of chiasm and exploring their ability to articulate new significations, beyond the context in which it occurs initially enrolled.

Key words: Sublimation, Ideal, Psicoanálisis, Freud.


 

Introducción

En la actualidad, el concepto de sublimación no es solamente un concepto crucial en y para el psicoanálisis (1), sino que de él se desprenden una serie de consecuencias y derivaciones relevantes para el debate contemporáneo en general (2). Según Hacker (3), sus principales implicaciones, más allá de la teoría y práctica psicoanalítica propiamente tales, repercuten en las ciencias literarias y los estudios culturales. Lejos de reducirse a ser únicamente un término psicoanalítico acotado y altamente especializado, la noción de sublimación, en la medida en que atraviesa y evoca a conceptos procedentes de diferentes ámbitos disciplinares, sugiere una serie de relaciones transdisciplinares entre sus respectivos dominios discursivos (4). La justa consideración del concepto de sublimación y de sus alcances, por ende, invitan a un abordaje plural, abierto y desprejuiciado en el cual Freud constituye un referente - entre otros. En tanto un tipo particular de destino pulsional, que involucra y pone en relación tanto a la esfera individual como a las exigencias y los valores culturales, el concepto de sublimación se ofrece como un punto de discusión poliestratificado y sobredeterminado, en el cual convergen tramas argumentativas diversas.

Ha sido subrayado que el concepto de sublimación no es un aporte original ni privativo del psicoanálisis y que su genealogía nos envía, entre otros, a la obra de Goethe (5), Schopenhauer (6) y Nietzsche (7), en quienes se encuentra ya sea una idea delimitada de ésta o, al menos, ciertos precursores relevantes para su ulterior configuración conceptual. Estas consideraciones subrayan la necesidad de un abordaje múltiple, plural y emancipado respecto de las categorías disciplinares clásicas y sus respectivas demandas metodológicas. En ese sentido, la reflexión, cuyo testimonio viene a ser este escrito, se despliega a través de la problematización de los conceptos - en principio, freudianos - de sublimación e ideal. Los abordajes se postulan diferentes, pero no excluyentes: primero, el rastreo conceptual, en la senda del trazo arqueológico de las Begriffsgeschichten transitada por el propio Freud, orientada a dilucidar los desplazamientos y cambios acontecidos con el paso de los años; segundo, el examen de la posibilidad de interrogarlos, de contraponerlos, como una maquinaria que los pone a trabajar para hacer explícito en qué punto se involucran, se mezclan y se confunden y dónde se separan y toman distancia1.

El recorrido emprendido con tal propósito aparenta ser historiográfico, pues recorre, al menos en parte, el texto freudiano; no obstante, su principal interés está en ir marcando determinadas diferencias respecto de y entre los conceptos guías. El discurrir de los dos caminos así proyectados no excluye la posibilidad de volver a reagruparse, dándose la posibilidad de reinterpretarse y de ver, mediante un nuevo cuestionamiento, cómo pueden relocalizarse. Será así la figura del quiasma la que traza dos sendas, en principio independientes, que en algún punto, diferente a los orígenes o los fines, se entrecruzan y se enjambran dando lugar a otra cosa: un modo diferente de pensar.

 

Caminos de la Sublimación: consideraciones genealógicas

La primera aparición2 del término "Sublimierung" se ubica en una carta dirigida a Wilhelm Fliess, escrita el 2 de mayo de 1897, en la que Freud sostiene que "las fantasías provienen de lo oído, entendido con posterioridad, y desde luego son genuinas en todo su material. Son edificios protectores, sublimaciones de los hechos, embellecimientos de ellos, y al mismo tiempo sirven al autodescargo" (8). No obstante, la carta prosigue por otras vías analíticas, sin detenerse a examinar o desarrollar esta primera idea de sublimación. Sería en el llamado "caso Dora", en el que Freud, a propósito de las perversiones, hace referencia a la posibilidad que ciertos "gérmenes" de la disposición sexual infantil pueden experimentar un giro o una torna hacia metas "más elevadas", diferente de las sexuales y que puedan ser asociadas con valores culturales. Dice literalmente en el texto citado: "Las perversiones [...] son desarrollos de gérmenes, contenidos todos ellos en la disposición sexual indiferenciada del niño, cuya sofocación o cuya vuelta {Wendung} hacia metas más elevadas, asexuales - su sublimación están destinadas a proporcionar la fuerza motriz de un buen número de nuestros logros culturales" (9). En el mismo escrito, Freud relaciona sublimación con transferencia, a saber, el proceso en virtud del cual los deseos inconscientes se actualizan sobre ciertos objetos, general pero no exclusivamente dentro de la relación analítica, sosteniendo que tiene que ver con reediciones o reimpresiones de figuras anteriores situadas, ahora, en un tiempo presente. Pero, advierte, hay transferencias que "proceden con más arte" (p. 101), ya que han sido moderadas en su contenido.

Por lo tanto, son dos las características que en este primer momento se acentúan respecto a la sublimación: por un lado, la desexualización, la desviación, la posibilidad de cambiar la meta original por otra, "más elevada", y, por el otro, la posibilidad de transitar entre tiempos diferentes: desde la sexualidad infantil y sus modos de satisfacción, asociados al objeto de amor primero, a una actualidad que ha devenido por entero diversa en su meta, pero cuya fuente continúa siendo la pulsión. Estas reflexiones en torno a la sublimación pueden ser consideradas una antesala de las ideas que Freud formulará más acabadamente cuatro años después, en Tres ensayos de teoría sexual (1905), donde se definirá la sublimación como "una desviación de las fuerzas pulsionales de sus metas, y su orientación hacia metas nuevas" (10). Esta primera definición, tal como señala Ricoeur (1965), no distingue entre sublimación y perversión, ya que, en este momento, la sublimación es entendida como una desviación de la libido que es emparentable con alguna de las desviaciones sexuales - "actos preparatorios del acto sexual" (11) - mencionadas por Freud en el texto, tales como el mirar, tocar, mostrar; y que son perversas en tanto es posible que asuman autonomía en su fin. La presencia de la desviación pulsional tanto en la sublimación como en la perversión es lo que no permite distinguir con nitidez a ambos mecanismos, debiéndose recurrir, para tal fin, a la meta de cada una de ellas3.

Razón esta, ahora sí, para diferenciar la sublimación de la perversión: aquellas mociones sexuales infantiles, características de la definición freudiana de la perversión, son inaplicables en la adultez; y esto gracias al mecanismo, por ahora un tanto indiferenciado, sublimación-formación reactiva = diques psíquicos, que están al aporte del desarrollo del yo. Si bien el aparato metapsicológico ya comienza a desglosarse conceptualmente, la indiferenciación entre sublimación y represión4 es por el momento infranqueable. Pareciera ser que aquello que diferenciaba a la sublimación de la perversión - que era la meta de cada una, no así el mecanismo de desviación libidinal - ahora hace que se confunda con otro mecanismo, la formación reactiva, como función de contención a la expresión de las modalidades sexuales infantiles.

Tres años después, en Las fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad (1908), hablando de la masturbación, Freud va a acotar que si esta fantasía no consigue otro modo de satisfacción, si "no se consigue sublimar la libido" (12), es posible que ella se abra paso como síntoma. El mismo año, en Carácter y erotismo anal (1908), resumirá en una fórmula la constitución del carácter de la siguiente manera: "Los rasgos de carácter que permanecen son continuaciones inalteradas de las pulsiones originarias, sublimaciones de ellas, o bien formaciones reactivas contra ellas" (13), por lo que aparece una clara distinción entre perversión, sublimación y formación reactiva. La primera guarda relación con la continuación de las pulsiones originarias, ahora como metas de la sexualidad adulta; la segunda es entendida como pulsión reformada en su meta y la última se caracteriza por estar emparejada con la represión. Supone esto la posibilidad de distinguir no sólo conceptualmente estos tres componentes del carácter, sino también de establecer las correspondientes diferencias a nivel de los mecanismos de cada uno. Mientras que la perversión se perfila como un mecanismo diferenciado, que toma cursos diferentes a las vías emprendidas por la sublimación y la formación reactiva, estos últimos dos aún se confunden entre sí.

En 1909, en Análisis de la fobia de un niño de cinco años, al sostener que "simultáneamente a la represión puede surgir cierta sublimación" (14), se insinúa una primera relación lógica entre represión y sublimación. La cita, una nota al pie de página, alusiva a cierta observación del padre de Hans, permite dos lecturas: la primera de ellas es que mientras ciertos deseos patógenos son reprimidos, otros componentes pulsionales pueden adquirir metas nuevas, las que, en el caso del pequeño Hans, están vinculados a la música; una segunda lectura es que por el momento no hay distancia temporal entre represión y sublimación, ni tampoco una lógica de sucesión o de antecedente. Ambas pueden surgir simultáneamente, están en relación con la pulsión y, sin embargo, tienen consecuencias diferentes. Al sostener que la moción pulsional puede ser reprimida o sublimada, se trata no de una distinción conceptual rígida o estática, sino de una diferenciación en el devenir de cada una de ellas.

Dicha relación de simultaneidad aparentemente sería modificada en las Cinco conferencias sobre psicoanálisis (1910 [1909]), específicamente en la quinta, en la cual Freud se preguntará acerca de la manera de volver inocuos los deseos inconscientes. Allí dirá que uno de los caminos posibles para el desarrollo del individuo no es el "desarraigo de las mociones infantiles de deseo", sino la posibilidad de la sublimación "mediante la cual la energía de mociones infantiles de deseo no es bloqueada, sino que permanece aplicable, si a las mociones singulares se les pone, en lugar de la meta inutilizable, una mayor, que eventualmente ya no es sexual" (15). Por ende, una misma moción no puede ser simultáneamente sublimada y reprimida: "Una represión sobrevenida temprano excluye la sublimación de la pulsión reprimida; cancelada la represión, vuelve a quedar expedito el camino para la sublimación" (p. 25). No obstante, lo anterior no excluye que algunas mociones se repriman mientras que otras sean sublimadas.

Queda en evidencia la posibilidad de que la sublimación funcione de modo ajeno respecto a la represión, ya que su trabajo es realizado con la pulsión y, más específicamente, con las mociones sexuales infantiles; en este lugar la distinción, anteriormente establecida, entre sublimación y perversión se torna borrosa y se corre el peligro del entremezclamiento. Sin embargo, que la sublimación pueda funcionar de manera ajena no excluye, al menos a priori, la posibilidad de que se tope en algún momento con la represión, ya que puede ocurrir que una moción reprimida, una vez "desenmarañada la idea entramada con el deseo insoportable" (p. 24), sea ahora sublimada. Es decir: Lo que una vez fue reprimido, es posible de ser sublimado. No obstante, esta hipótesis se viene a complicar en el texto sobre Leonardo, cuando Freud puntualizará que la sublimación es una vía de escape a la represión que se da desde el origen, sin la posibilidad de que una pulsión parcial "sea arrojada al inconsciente" (16). La mentada complicación guarda relación con el hecho que dicha formulación deja abierta la pregunta de si una moción originalmente desalojada - y que ahora es sublimada - fue efectivamente reprimida o si se trata de una moción, cuya meta originaria fue diferente a la sexual, que se hizo inaplicable en algún momento y fue reprimida para luego sobrevenir a dicha represión, con tal de poder ser sublimada. Más que responder, Freud nos advierte sobre el carácter enmarañado de los caminos posibles de ambos mecanismos.

Resumiendo, el intento por diferenciar la sublimación de la represión mediante el análisis de la simultaneidad o de la diferencia en los tiempos de cada uno de los mecanismos no resultado ser del todo fructífero, pues se encuentra con un atolladero. La sublimación, que en principio aparece asociada a las fantasías infantiles y es pensada como desexualización de las mismas, lejos de ser reducible a una operación lineal, que se inscribe, sin dificultades, en un proyecto de higienización mental, es un mecanismo complejo y enrevesado. Principalmente, su relación ambivalente con el ideal y la imposibilidad de esclarecer del todo su relación con la represión obligan a proseguir con la lectura del texto freudiano. Tal como las funciones no sexuales pueden contaminarse con la sexualidad (como, por ejemplo, en los trastornos psicógenos de la alimentación, de la visión, etc.), es también pensable que ocurra lo contrario, es decir, que a través de las vías por las cuales los trastornos sexuales repercuten sobre las otras funciones somáticas, debería realizarse la atracción de las fuerzas de la pulsión sexual hacia fines no sexuales - es decir, la sublimación de la sexualidad.

En lugar de retomar la senda anteriormente iniciada, prosiguiendo con las consideraciones relativas a la temporalidad, parece recomendable centrarse en el análisis de la relación con el objeto con tal de dar un paso más en el esclarecimiento del tema.

 

El Giro o la Torna: Narcisismo, Segunda Tópica y Pulsión de Muerte

Concretamente, el problema de la sublimación va a ser tratado nuevamente en Introducción del narcisismo (1914), ahora de manera más exhaustiva y en relación al fenómeno a ser introducido - el narcisismo - en cuanto a los movimientos de la libido entre el mundo externo y la elección del yo como objeto. Freud en aquella época trabajaba con el supuesto que las mociones pulsionales libidinosas sucumbían al destino de la represión - patógena - cuando entraban en conflicto con determinadas representaciones culturales y éticas. Dicha represión partiría del yo; en cierto modo, se podría decir, del respeto del yo por sí mismo. La aprobación o desaprobación de un impulso o moción de deseo guarda relación, entonces, con su relación con un ideal, que ha sido erigido anteriormente en su interior y por el cual mide su yo actual. De este modo, la formación de ideal {Idealbildung} sería la condición de la represión.

Y es justamente sobre este yo ideal {Ideal-Ich} sobre el cual recae ahora el amor de sí mismo, del cual en la infancia habría gozado el yo real {Realich}, creando las condiciones para el desplazamiento del narcisismo a este nuevo yo ideal, el cual se encontraría en posesión de todas las perfecciones valiosas. Freud es lapidario al respecto: "Aquí, como siempre ocurre en el ámbito de la libido, el hombre se ha mostrado incapaz de renunciar a la satisfacción de que gozó una vez" (17). De este modo, el ideal proyectado ante sí no es otra cosa que el sustituto del narcisismo perdido de su infancia, en la que él fue su propio ideal. Freud señala, en este punto, que sería conveniente indagar las relaciones que dicha formación de ideal mantiene con la sublimación. La sublimación es definida, en este contexto, como "un proceso que atañe a la libido de objeto y consiste en que la pulsión se lanza a otra meta, distante de la satisfacción sexual; el acento recae entonces en la desviación respecto de lo sexual" (p. 91). La idealización, en cambio, sería "un proceso que envuelve al objeto; sin variar de naturaleza, este es engrandecido y realzado psíquicamente" (p. 91). A partir de lo anterior se abre la posibilidad de trazar una primera distinción conceptual entre ambas: mientras que la sublimación remite a algo que sucede con la pulsión, la idealización sería el nombre de algo que sucede con el objeto. El ideal va a estar ceñido al objeto, mientras que la sublimación trata acerca de la pulsión misma, en tanto ésta es desviada de su meta - la satisfacción plena, mediante la descarga. Por lo tanto, se introduce una diferenciación metapsicológica - trabajo con la pulsión o con el objeto - y económica - ya que ambos procesos apuntan a destinos diferentes de la libido. La idealización, a diferencia de la sublimación, sería posible tanto en el campo de la libido yoica como en el de la libido de objeto. La sobrestimación sexual del objeto, nos dice Freud, sería un ejemplo de una idealización de este.

El mismo Freud advierte que la formación de un ideal del yo se confunde, a menudo, con la sublimación de la pulsión y nos advierte que el hecho que alguien haya trocado su narcisismo por la veneración de un elevado ideal del yo no implica forzosamente que haya alcanzado la sublimación de sus pulsiones libidinosas. "El ideal del yo reclama por cierto esa sublimación, pero no puede forzarla; la sublimación sigue siendo un proceso especial cuya iniciación puede ser incitada por el ideal, pero cuya ejecución es por entero independiente de tal incitación" (p. 91). Si el ideal se diferencia de la sublimación, de acuerdo a lo expuesto, es también gracias a la referencia al concepto de represión: "La formación del ideal aumenta las exigencias del yo, y es el más frecuente favorecedor de la represión. La sublimación constituye aquella vía de escape que permite cumplir esa exigencia sin dar lugar a la represión" (p. 91). Por lo tanto, ingresa nuevamente el problema de la represión, no obstante, habría que agregar de inmediato, esta vez como elemento distintivo entre el ideal y la sublimación. La represión es contingente al primero de estos mecanismos y parece ser que la distinción con la sublimación ya no se da por la finalidad de cada una -ya sea desalojar al inconsciente una moción o elevarla a una meta más elevada -, sino por el tipo de relación, favorecedora o no, ya sea con el ideal o con la sublimación. Es en tanto que no favorece a la sublimación que la represión se distingue en este punto de ella. Cabe aclarar que cuando hablamos de favorecimiento se trata de un tipo de relación específica que se establece, en este caso, entre la represión y el ideal: relación de facilitación5 entre un mecanismo y otro. Ya queda entonces nombrada la separación intrínseca entre represión y sublimación, siendo el ideal parte conjunta de la primera.

Ahora bien, lejos de resolver - o disolver - el problema, lo anterior crea las condiciones de posibilidad para el surgimiento de una nueva pregunta, que abrirá otros caminos y de la cual se puede esperar la obtención de otras pistas para, a partir de ellas, repensar lo dicho. Se trata de analizar si la referencia a la represión, que hasta el momento hemos estado utilizando indistintamente, es, en primer término, una indicación a la represión primordial/primaria {Urverdrangung} o secundaria y, en segundo, si esta referencia implica que la sublimación tiene que ver, exclusivamente, de preferencia, con estructuras en las cuales la represión no ha actuado. La hipótesis que adscribimos en este trabajo es que hay represión en la sublimación y, específicamente, que se trata de la represión primordial, descrita por Freud. De esta hipótesis se desprende, como consecuencia, que la sublimación se relaciona con la estructura neurótica y, por lo tanto, es necesario menguar la idea de separación intrínseca, anteriormente nombrada, ya que ahora quedaría entredicha.

Finalmente, queremos dedicar algunas consideraciones a la incidencia de la segunda tópica - lanzada en 1923, en El yo y el ello - en la intelección teórica y la comprensión dinámica de la sublimación. Sin pretender que se trate de la formulación definitiva, encontramos en este lugar la última formalización acerca del tema en la obra freudiana.

En este texto, reaparece, bajo la figura del superyó, el problema del ideal por la vía de la recuperación de la distinción, anteriormente trazada en Introducción del narcisismo (1914), entre Ichideal e Idealich. Concretamente, Freud se interroga por la relación entre el sufrimiento implicado en la melancolía - problema ya tratado en Duelo y melancolía (1917) - como consecuencia de la pérdida de un objeto de amor y el levantamiento de ese objeto en el yo. En otras palabras, una investidura de objeto perdida, abandonada, como consecuencia de una pérdida real o fantaseada, sería relevada por una erección del objeto en el yo, proceso que conllevaría la alteración del yo por la vía de la identificación. Se encuentra, en este contexto, la celebre formulación freudiana: "El carácter del yo es una sedimentación de las investiduras de objeto de resignadas, contiene la historia de esas elecciones objeto" (18). Dicha trasposición de una elección - erótica - de objeto en una alteración del yo le permite a éste, al mismo tiempo, "dominar [...] y profundizar sus vínculos con el ello" (p. 32). Mediante dicha relación el yo adquiere un papel protagónico respecto a la sublimación, entendida como proceso de en el cual la libido objetal es mudada a libido narcisista para luego ser depositada en una nueva meta. Dice Freud: "La trasposición así cumplida de libido de objeto en libido narcisista conlleva, manifiestamente, una resignación de las metas sexuales, una desexualización y, por tanto, una suerte de sublimación" (p. 32). La pregunta que se impone, a continuación, es la siguiente: "¿No es este el camino universal hacia la sublimación? ¿No se cumpliría toda sublimación por mediación del yo, que primero muda la libido de objeto en libido narcisista, para después, acaso, ponerle {setzen} otra meta?" (p. 32).

Tendría el yo, por consiguiente, la posibilidad de facilitar la sublimación, imponiéndose a sí mismo como objeto de amor. No obstante, esta no es la única consecuencia que se desprende de la incidencia de la reconceptualización del yo y su incidencia en el proceso sublimatorio, ya que podría ocurrir que el yo sufra un agravio por una desmezcla de las pulsiones. Es aquí donde aparece uno de los puntos enigmáticos de la sublimación, que permite entender buena parte de la economía de dicho proceso, y que guarda relación con ese otro paso que debería introducir el yo para que, por ejemplo, no haya represión o inhibición en la meta de la pulsión y sí pueda darse el acto6 de la sublimación. Dicho de otra manera, ¿Qué función del yo debe comprometerse en este punto para que la sublimación ocurra como tal?

En relación a estas preguntas conviene recordar que Freud, en el texto en cuestión, restituirá la fortaleza del concepto de pulsión - fortaleza que se da en la relación con la sublimación - para ser trabajado de acuerdo a lo propuesto en Más allá del principio de placer (1920): Eros y Tánatos, aglomerando a la pulsión sexual y a la pulsión de muerte respectivamente, serán el último dualismo pulsional, tal como Freud detallaría en el apartado IV titulado "Las dos clases de pulsiones", a partir del cual descifrará la vida pulsional toda. La energía de desplazamiento, que en sí es indiferenciada y que, en principio, puede ser agregada a una moción erótica o destructiva, es caracterizada como desexualizada7, razón por la cual "es lícito llamarla también sublimada, pues seguiría perseverando en el propósito principal del Eros, el de unir y ligar, en la medida en que sirve a la producción de aquella unicidad por la cual - o por la pugna hacia la cual - el yo se distingue" (p. 46). Por lo tanto, en principio, se trataría de un movimiento del yo, dirigido hacia la meta del Eros, a saber, "complicar la vida mediante la reunión [...] para conservarla" (p. 41). Sin embargo, esta primera conceptualización tiene que ser complementada por la consideración de que es difícil pensar a las pulsiones tanáticas de modo autónomo, planteando su independiencia de las pulsiones sexuales, ya que, por lo general, se encuentran mezcladas. Por ello, hay que repensar la idea que no sólo se posibilita la sublimación por la mediación, anteriormente descrita, del yo, sino que el yo mismo corre peligro por una posible desmezcla de las pulsiones, dado que lo anterior obligaría a pensar que si el yo puede posibilitar la sublimación, no es únicamente a partir de los componentes eróticos, sino en conjunto con los componentes suscritos a la pulsión de muerte. Se vislumbra, en este punto, un aspecto que ya encontramos en Ricoeur: "tal es el pasmoso descubrimiento: también puede sublimarse la pulsión de muerte" (19).

Por lo tanto, para responder a la pregunta acerca del aporte del yo a la sublimación y del grado de compromiso de éste, es preciso replantearla de la siguiente manera: ¿Si la sublimación es un destino moderado por el yo y cuya base está en el narcisismo, no es este destino una relación de la vida y la muerte con el sujeto? Pareciera ser que en este punto es donde Freud no responde8 porque es allí donde aparece la subjetividad que se posibilita mediante la sublimación: el acto sublimatorio es un ejercicio de subjetivación.

 

Discusión

Después de recorrer y de detenernos en algunos de los pasajes en los cuales Freud se refiere al problema de la sublimación, es posible afirmar que, en primer lugar, no hay, en la obra freudiana, una teoría - única, pulida, definitiva - de la sublimación, entendida como una doctrina o un sistema del pensar. El concepto de sublimación, en la obra freudiana, tampoco remite ni es reducible ni a una cháchara romántica sobre el ideal, ni a la importación de un proceso procedente de la química, ni tampoco a una referencia a la categoría de lo sublime de la estética filosófica. Es, más bien y por contraste con toda concepción positiva de la ciencia - basada en la lógica de la presencia plena -, por la vía de la negación y de la oposición como Freud va poniendo en juego, poco a poco, ciertos elementos a partir de los cuales se pueden articular ciertas concepciones de la sublimación. Concretamente, la sublimación emerge a través de la diferencia, difiriendo o diferenciándose por ejemplo, de la idealización, represión, perversión, etc. De cualquier modo, los elementos para una teorización que se encuentran en Freud son fragmentarios y contingentes; no hay una teoría constituida o invariable de la sublimación, sino que ésta aparece, a propósito de determinadas problemáticas, las cuales van variando con el tiempo y le confieren a la sublimación un valor y significación variables.

Freud, en los momentos en los cuales la sublimación lo auxilia en su reflexión, no despliega, pues, un discurso teórico, que opera desde un principio, unos postulados, axiomas o definiciones y seguidamente se desplaza, de modo lineal, siguiendo un determinado orden racional. Podríamos decir que todo en el trazado de la sublimación es contingente y aventurado: Contingente porque, de acuerdo a lo anterior, ninguna verdad trascendente y presente, fuera del campo delimitado, puede gobernar, de modo teológico, la totalidad del campo ni imponer la dirección u orientación del devenir de la sublimación; aventurado porque dicha estrategia no orienta la táctica desde un objetivo final, un telos o el tema de una dominación, sino porque renuncia a toda finalidad precedente, entregándose a la aventura del pensar. Hay, en las consideraciones freudianas a propósito de la sublimación, cierta errancia, cierto vagabundeo, que hace que no siga una línea (pre)determinada, sino que se entregue al juego, lúdico e impredecible, que se sitúa más allá de toda oposición tradicional.

Segundo, es posible precisar el lugar y el recinto de la sublimación atendiendo a sus relaciones con el ideal, relaciones que pasan por diferentes momentos, históricamente circunscritos, determinados, a su vez, por sus respectivas condiciones de producción. En ese sentido, los campos de significación asociados al concepto de sublimación, más que desplegarse a partir del concepto en sí o como tal, se producen - y deshacen - en el juego dialéctico entre la noción de sublimación y la de ideal. La idea de sublimación, en vez de establecerse a partir de un concepto claro y preciso, al cual le es asignado un lugar inequívoco en el edificio teórico del psicoanálisis, se deriva de la danza de las diferencias, entre sublimación y ese otro concepto, con el cual será confrontada, contrastada, diferida. Si en una lengua no hay más que diferencias, entonces estas diferencias interactúan, producen, a partir de su intercambio, ciertos efectos. La sublimación, en ese sentido, ha de ser entendida como el movimiento, plástico y dinámico, entre diferencias, entre efectos de diferencias. Implica la renuncia a todo ideal alusivo a un presente simple y en sí mismo inmodificado, in-diferente.

Tercero, a pesar de la aparente simplicidad que alcanzan las sucesivas definiciones del concepto de sublimación en el texto freudiano, las preguntas que a partir de ella se abren son varias. Para nombrar solamente a algunas, en primer lugar, la descripción que encontramos en Freud - a pesar de lo que él mismo afirma en otros lugares acerca de la pulsión y de la pulsión sexual en particular - pareciera dar a entender que existiría una satisfacción de la pulsión puramente sexual, que coexiste con otras satisfacciones posibles, que han de ser pensadas como encauzamientos hacia otras metas u objetos no sexuales. O sea, la pulsión, contrariamente a lo afirmado en Pulsiones y destinos de pulsión (1915), tendría, originariamente, un objeto designado que le sería "propio" y un modo, también "propio", de satisfacción a los que debería renunciar. Como se puede entrever de inmediato, es nada menos el mismo concepto de pulsión el que quedaría invalidado, pues lo que define a la pulsión, distinguiéndola tajantemente del instinto es precisamente la ausencia de tal objeto o meta connaturales con la consiguiente insatisfacción que esto implica. ¿Cómo resolver esta contradicción? Conviene recordar, en este lugar, lo que el mismo Freud afirma cuando señala que la pulsión sexual se caracteriza por su incapacidad para procurar la satisfacción completa: "Muchas veces uno cree discernir que no es sólo la presión de la cultura, sino algo que está en la esencia de la función (sexual) misma, lo que nos deniega la satisfacción plena y nos esfuerza por otros caminos" (20). Por ende, la sublimación no sería reducible a un simple cambio de objeto o de meta de la pulsión sexual, sino que sería el modo mismo de existencia de la sexualidad, más allá de su dimensión puramente biológica, en tanto es sexualidad sometida al lenguaje y al orden simbólico lo que hace de ella erotismo. En segundo lugar, llama la atención el otro aspecto presente en la definición freudiana de la sublimación: la valoración social. Según éste, las pulsiones se sublimarían en la medida en que su meta se desvía hacia aquello más elevado, socialmente valorado. Por consiguiente, existiría, al menos hipotéticamente, la posibilidad de una satisfacción "directa" de la pulsión y la sublimación sería la consecuencia de la prohibición - social - de esa forma de satisfacción pulsional. Ahora bien, se nos impone la siguiente pregunta: ¿Cómo pensar en la posibilidad de una satisfacción directa o inmediata, si la pulsión, como efecto de la marca del lenguaje en el cuerpo, se encuentra constitutivamente desviada, mediada? A partir de lo anterior, ¿acaso toda satisfacción de la pulsión no deviene necesariamente obra y efecto de la sublimación? De ser así, como señala acertadamente Daniel Gerber (42), habría que considerar que incluso los síntomas se definirían como una sublimación, lo que constituye una evidente contradicción. Nos parece que una posible salida a este atolladero lo conforma el análisis de un aspecto no mencionado hasta el momento: La sublimación, contrariamente a lo que se ha dado a entender en ciertos pasajes del propio Freud, si le aplicamos la misma lógica freudiana, no puede definirse, al menos exclusivamente, por una mera reorientación de la pulsión hacia un objeto diferente, presuntamente no sexual, porque dicha definición ignora que el cambio fundamental que ahí acontece compromete no solamente al objeto, sino a la posición del sujeto implicado en este mecanismo. En definitiva, el mecanismo de sublimación no se distingue por alguna propiedad o valoración del objeto de la pulsión, sino a la posición del sujeto con respecto al objeto y a la pulsión.

De este modo, la sublimación más que una divagación idealista sobre el poder curativo del arte o una salida adaptativa al dilema de los destinos de pulsión, es revelada como un genuino problema, no solamente psicoanalítico, que pone a prueba la capacidad del pensamiento de renunciar a toda respuesta facilista y definitiva y de proseguir en la interminable senda de explorar la inscripción del devenir del sujeto ante el horizonte de la vida y la muerte.


1 Se trata tanto del esfuerzo de ilación conceptual como de exaltación de los puntos quiasmáticos. El quiasma hace referencia a la noción - por ejemplo, biológica - de intersección y entrecruzamiento de al menos dos hebras, fibras o cromátidas, produciendo diversos efectos de sobredeterminación (Überdeterminierung) y los efectos de significación resultantes. Lo anterior conlleva la idea de un órgano complejo, compuesto por partes que, en conjunto, lo hacen funcionar: en este caso dos operaciones propias de la estructura neurótica.

2 El calificativo de "lo primero" no ha de ser entendido como la evocación de un origen primordial y privilegiado, punto de partida irreductible de todo devenir ulterior, sino, más bien, como un antecedente establecido a posteriori, nachtraglich, y cuya significación en ningún caso lo precede, sino que está por establecerse - y disolverse - históricamente.

3 A su vez, en el mismo texto, Freud tampoco distinguirá a cabalidad entre el proceso de sublimación y formación reactiva, ya que, conjeturando acerca del mecanismo de la sublimación, sitúa a ésta como una posibilidad de desarrollar los diques psíquicos, gracias a su funcionamiento como "fuerza anímica contraria" a las mociones sexuales del período de latencia. Sólo en una nota agregada en 1915, Freud va a hacer notar este aspecto, afirmando que este caso es de sublimación por formación reactiva (y esto por la posibilidad de valoración social que tenga la propia persona o sus actos, ya que los diques psíquicos son de utilidad para ello), pero recalcando a la vez que se puede distinguir conceptualmente a la sublimación y a la formación reactiva como dos proceso completamente diversos. Sin embargo, cabe dejar abierta la siguiente pregunta, ¿Cuáles son ellos? Ya que parece que no hay a lo largo de la obra freudiana dicha distinción, aunque es posible asociar estrechamente represión con formación reactiva. De ser así es menester la consecuencia conceptual que se debate acerca de la sublimación: ¿ella es sin represión? Este punto permite hacer la primera aproximación entre ideal y sublimación: si bien esta última va a ser sin represión, ambos van a funcionar como mecanismos que desvían las mociones perversas infantiles, que son de carácter universal.

4 Si bien no se había hablado en ningún momento de represión, y la comparación explicativa de este párrafo se circunscribía entre sublimación y formación reactiva, es posible por expansión situar a la represión en este punto: las formaciones reactivas van a estar al servicio de las defensas del yo para que no sufra agravios, al igual que la represión, ya que ésta promueve el desalojamiento de los contenidos pulsionales intolerables para el yo. Y sin este mecanismo, el yo sería fracturado o incluso se hablaría de estructura psicótica.

5 Con este concepto nos remitimos al Entwurf einer Psychologie (1950 [1895]) de Freud, en donde se entiende a la facilitación como la disminución de las resistencias entre los canales comunicativos de cantidades intracelulares de excitación. De esta manera, y es esto lo que nos interesa, las facilitaciones permiten el decurso de las funciones psíquicas. Así entendemos que la represión facilita los caminos del ideal, no así los de la sublimación. Es esto lo que veremos cuando se hable que el ideal puede incitar a la sublimación pero son caminos por entero diversos: el decurso psíquico de ambos es diferente.

6 Esta referencia a la sublimación como acto tiene que ver con la relación que se establece con el cuerpo. La sublimación tiene que ver con la pulsión y por ello se ve directamente involucrado el cuerpo, sobre todo desde la concepción de la fuente de la pulsión, en tanto es un lugar límite que involucra al cuerpo. Por ende, la sublimación adquiere una noción de motilidad, de implicancia del cuerpo en cuanto acto posible. Así, no se trata de un concepto relacionado con algo metafísico, o más allá del cuerpo, sino que éste se ve involucrado. La sublimación, al involucrar al sujeto, lo toma desde el cuerpo desde el acto: la sublimación es acción.

7 P. Ricoeur va a hacer notar en este punto que lo que en la primera tópica se trataba de desplazamiento de la meta de la sublimación ahora va a ser tratado como desexualización (Ricoeur, 1965, p.427).

8 Si bien El Yo y el Ello 1923) no va a ser la última formalización de Freud respecto a la sublimación - en Neue Folge der Vorlesungen zur Einführung in die Psychoanalyse (1932) se refiere a la sublimación como "Distinguimos con el nombre de sublimación cierta clase de modificaciones de la meta y cambio de vía del objeto en la que interviene nuestra valoración social" (1932, p. 89) - su concepción de ahí en adelante no sufriría mayores cambios.

 

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Dirección para correspondencia:
Dr. Niklas Bornhauser
(nbornhauser@unab.cl)

Recibido: 02/11/2011
Aceptado: 19/02/2012

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