INTRODUCCIÓN
El tiempo de sueño ocupa una tercera parte de nuestra vida y está relacionado con todas las funciones que ocurren en nuestro organismo, desde las más simples, como procesos mecánicos, hasta las más complejas, como la memoria y el aprendizaje (1). En el año 2021, se estimó que hasta un 45 % de la población mundial se encuentra afectada por problemas de sueño (2). Durante la pandemia del virus SARS-CoV-2, los estudios señalaron un aumento del 37 % en la prevalencia del insomnio y cambios en los patrones de sueño de entre el 50-70 % de la población mundial (2). En España, la Sociedad Española de Neurología calcula que entre un 20-45 % de la población adulta y un 20-25 % de la población infantil sufre dificultades para iniciar o mantener el sueño (2).
En los adultos, un sueño inadecuado en cantidad o calidad se relaciona a corto plazo con la presencia de fatiga durante el día, cansancio físico, aumento del riesgo de accidentes y alteraciones de la salud física y psicológica (3). A largo plazo, dormir pocas horas incrementa el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares como hipertensión, infarto, accidente cerebrovascular y enfermedades neurológicas (cefaleas, Parkinson o Alzheimer) y mentales (2,4,5).
En la etapa infantil, un sueño reparador es esencial al ser una fase de crecimiento en la que se producen los cambios más relevantes en el desarrollo fisiológico y cognitivo, por lo que es el periodo vital en el que son necesarias más horas de sueño (3). En esta población se ha observado una asociación entre la falta de sueño y la aparición de ciertas enfermedades metabólicas, aumentando el riesgo de padecer obesidad o sobrepeso, así como ciertas alteraciones a nivel conductual y cognitivo (3). Un sueño insuficiente en los niños provoca somnolencia y cefaleas y afecta a la capacidad de atención, lo que deriva en un bajo rendimiento escolar (6).
Los hábitos de sueño durante los primeros años de vida repercuten en las etapas posteriores del crecimiento. La prevalencia de problemas de sueño durante la niñez se ha asociado con la incidencia de síntomas de ansiedad y depresión en la adolescencia y se encuentra significativamente relacionada con el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) (6-9).
Una mala rutina de sueño o un descanso poco reparador pueden estar relacionados con diferentes factores, como la exposición al ruido, a demasiada luz, a dispositivos electrónicos o a situaciones de ansiedad o estrés, así como con aquellos relacionados con la alimentación (10,11). Se ha observado cómo un sueño de corta duración puede desencadenar hábitos dietéticos poco saludables como comer entre horas, seguir dietas de baja calidad nutricional e ingerir cantidades insuficientes de fruta, verduras y legumbres. Además, se ha asociado con la reducción del número de comidas principales al día, que se sustituyen por picoteos más frecuentes y con alimentos menos saludables (12).
Por otro lado, la alimentación contribuye a la síntesis de diferentes neurotransmisores encargados de mantener los estados de vigilia y sueño (3). De este modo, hay alimentos que estimulan la aparición del sueño y otros que lo inhiben. Seguir una dieta caracterizada por alimentos ricos en triptófano como la leche y los derivados lácteos fermentados o los plátanos, mejora la calidad del sueño. Sin embargo, las bebidas estimulantes como el café o el cacao, el picante o los alimentos ricos en tirosina mantienen el estado de vigilia (3). El momento del día y la frecuencia de consumo de estos alimentos son cuestiones clave para mantener una buena salud del sueño (13).
A pesar de la bibliografía existente, que sustenta la relación entre ambos factores en la población adulta, se observa una escasa evidencia en la población infantil. Por ello, se ha realizado una revisión de la evidencia científica disponible con el objetivo general de analizar de forma narrativa la relación existente entre la dieta, aspectos nutricionales relacionados y el sueño de jóvenes menores de 14 años. Para ello, se plantea conocer las características de la dieta, los alimentos y los nutrientes que afectan al sueño, así como el estado nutricional, y explorar su relación con los hábitos del sueño en niños y adolescentes.
MATERIAL Y MÉTODOS
TIPO DE DISEÑO
Se ha seguido el diseño de una revisión rápida con metodología sistemática. Este tipo de revisión es una forma de síntesis de evidencia que sigue el proceso de una revisión sistemática en la cual algunos pasos son simplificados u omitidos para producir información en un periodo de tiempo más corto respecto a una revisión sistemática tradicional. Es una revisión que se centra en las partes más específicas relacionadas con el objetivo de la investigación (14).
Para informar de los principales hallazgos de esta revisión, se siguieron las pautas de verificación establecidas en la guía Preferred Reporting Items for Systematic Reviews (PRISMA), en su actualización de 2020 (15), adaptando algunos ítems debido al diseño de revisión elegido, revisión rápida.
FUENTES DE INFORMACIÓN Y ESTRATEGIA DE BÚSQUEDA
Se llevó a cabo una búsqueda sistemática en las bases de datos de MEDLINE (vía PubMed) y Cochrane, que se reprodujo por última vez en febrero de 2022. Se identificaron los términos MeSH (medical subject heading) adecuados basados en los descriptores de salud y las palabras clave relacionadas con la pregunta de investigación, que junto con los operadores booleanos OR y AND conformaron la estrategia de búsqueda. La tabla I muestra las estrategias de búsqueda reproducibles de las dos bases de datos.
Tabla I. Estrategias de búsquedas para las dos bases de datos MEDLINE (PubMed) y Cochrane.

Debajo de cada base de datos se muestra el número de artículos obtenidos con cada búsqueda.
Para acotar el número de resultados, la búsqueda se limitó a estudios publicados en español e inglés, con una antigüedad inferior a cinco años, realizados en humanos y con una población menor o igual a 14 años de edad.
CRITERIOS DE INCLUSIÓN Y EXCLUSIÓN
Los criterios de inclusión y exclusión se establecieron siguiendo la estrategia PICO (población de estudio, intervención, comparación y resultado-outcome).
Los tipos de estudios que se incluyeron fueron observacionales (descriptivo, prospectivo, transversal), estudios experimentales (ensayos clínicos) y revisiones sistemáticas. Se incluyeron estudios realizados con una población menor de 14 años y procedente de cualquier país, que estudiaran la dieta y su relación con la calidad del sueño.
Se seleccionaron las investigaciones que analizaron la dieta y algunos parámetros nutricionales a través de herramientas de estimación de la dieta como cuestionarios (recordatorios de 24 horas, registros dietéticos), instrumentos que midieron la calidad de la dieta en forma de índices, indicadores o escalas y que midieron los datos antropométricos, respectivamente. En relación con el sueño, fueron escogidos aquellos estudios que midieran la calidad del sueño a través de dispositivos, encuestas o cuestionarios.
Quedaron excluidos los estudios cuya población padeciera algún trastorno del sueño previo y aquellos donde el texto completo no fuera accesible o en los que no se pudiera contactar con el autor. Según el tipo de diseño, se excluyeron las revisiones narrativas y no sistemáticas.
EXTRACCIÓN DE DATOS
Se recopilaron los principales datos relevantes: el autor, el año de publicación, el tipo de estudio, el país, el tamaño de la muestra analizada en cada estudio, el rango de edad y el sexo de los participantes, algunas características de la muestra (obesidad, sobrepeso o enfermedades metabólicas), el tiempo de seguimiento, los criterios de inclusión y exclusión y los resultados principales.
EVALUACIÓN DEL RIESGO DE SESGO
Se ha valorado el riesgo de sesgo de los estudios incluidos en la revisión con diferentes herramientas. Para las revisiones sistemáticas, se utilizó la herramienta AMSTAR 2 (16), compuesta por 16 ítems divididos en “protocolo registrado antes de la revisión”, “correcta búsqueda”, “justificación de los estudios excluidos”, “riesgo de sesgo de estudios incluidos”, “métodos de análisis adecuados”, “considerar el riesgo de sesgo en la interpretación de resultados” y “evaluar el impacto del sesgo”. Para los estudios observacionales (cohortes y transversales), se utilizó la escala Newcastle de Ottawa (NOS) (17), compuesta por ocho ítems divididos en “selección de muestra” (cuatro ítems), “comparación” (un ítem) y “resultados” (tres ítems). Para los estudios experimentales, se utilizó la herramienta Risk of Bias (Rob2) (18), formada por siete ítems divididos en “sesgo de selección” (dos ítems), “sesgo de rendimiento” (un ítem), “sesgo de detección” (dos ítems), “sesgo de abandono de los participantes” (un ítem), “sesgo de informar” (un ítem), clasificando los estudios en bajo, alto o riesgo de sesgo poco claro.
RESULTADOS
Después de aplicar las ecuaciones de búsqueda en las dos bases de datos, se obtuvieron 821 resultados. A través de un gestor bibliográfico (Mendeley) (19) se eliminaron los artículos duplicados, seleccionando los 803 artículos finales que se sometieron a la primera lectura de título y resumen. El proceso de selección continuó con una segunda lectura a texto completo, donde se tuvieron en cuenta los criterios de elegibilidad, para identificar los 14 artículos finales que se incluyeron en la revisión rápida (Fig. 1).

Guía PRISMA (Preferred Reporting Items for Systematic Reviews), actualización de 2020 (15).
Figura 1. Diagrama de flujo de los estudios seleccionados para la revisión rápida.
Las principales características y resultados de los estudios incluidos en la revisión rápida se recogen en la tabla II. El total de 14 estudios estaba compuesto por dos revisiones sistemáticas (20,21), cinco estudios observacionales de cohortes (22-26), cuatro estudios experimentales (27-30) y tres estudios transversales (31-33).
Tabla II (Cont.). Características y resultados principales de los estudios incluidos en la revisión rápida.
Tabla II (Cont.). Características y resultados principales de los estudios incluidos en la revisión rápida.

PSG: polisomnografía; TDHA: trastorno por déficit de atención con hiperactividad; NOS: NewCastle-Otawa; CNF: Canadian Nutrient File; DQI: Diet Quality Index-International; IMC: índice de masa corporal; FCI: Food Craving Inventory; HEI: Healthy Eating Index; PDSS: Pediatric Daytime Sleepiness Scale; FFQ: Food Frequency Questionnaire; SSTQ: Child’s Sleep Habits Questionnaire; Rob2: Risk of Bias; GS: grupo suplemento ; GC: grupo control; DHA-FFQ: Food Frequency Questionnaire de ácido docosahexaenoico; BISQ: Brief Infant Sleep Questionnaire; AF: actividad física; MEQ: Morningness-Eveningness Questionnaire; OB: obesidad; NW: peso normal; PSQI: Pittsburgh Sleep Quality Index; ESS: Epworth Sleepiness Scale. La tabla recoge autor y año de publicación, tipo de diseño, país donde se realizó el estudio, número de población estudiada (n), porcentaje de hombres (M) y mujeres (F), características de la población de estudio, tiempo de seguimiento, grupo de intervención y de comparación (si existen), y herramientas de estimación de la dieta, de otros marcadores de salud y de medición de la calidad del sueño. Recoge los resultados y conclusiones más relevantes de cada estudio. Por último, incluye la evaluación del riesgo de sesgo y la herramienta que se ha usado para ello.
Tres estudios se realizaron en Oceanía (20,21,23), cinco en América del Norte (22,24,26,28,29), dos en Oriente Medio (27,32), uno en Asia (33), dos en Europa (25,30) y uno en América del Sur (31).
RELACIÓN DIETA Y CALIDAD DEL SUEÑO
Los autores de tres artículos incluidos en la revisión, Khan MKA y cols. (22), Kracht CL y cols. (24) y Rosi A y cols. (25), estudiaron la calidad de la dieta a través de diferentes índices de calidad: Quality Index-International (DQI), Healthy Eating Index (HEI) y el cuestionario KIDMED. El resto de los estudios seleccionados analizaron la dieta y aspectos nutricionales relacionados utilizando distintas herramientas de estimación (cuestionarios de frecuencia de consumo de alimentos, datos antropométricos, recordatorios de 24 horas, registros de varios días o biomarcadores).
Los principales resultados de los estudios incluidos en esta revisión se muestran en la tabla III. Esta tabla muestra aquellas características de la dieta, grupos de alimentos y nutrientes que, según las evidencias científicas, son factores beneficiosos o negativos para la calidad del sueño.
Tabla III. Efectos positivos (+) o negativos (-) de la dieta (características de la dieta, grupos de alimentos y alimentos, nutrientes y otros factores dietéticos) y su relación con el sueño.

CH: carbohidratos; TGCM: triglicéridos de cadena media. Los colores de las casillas representan el efecto de las características dietéticas, alimentos y nutrientes sobre la calidad del sueño. Rojo: efecto negativo. Verde: efecto positivo. Amarillo: depende del tiempo de consumo.
Características de la dieta
Se encontraron ocho artículos (20-26,30) que investigaron el papel de los hábitos y patrones dietéticos en el sueño. La introducción temprana de los alimentos sólidos en la dieta de los niños se asoció con efectos positivos en el sueño: redujo el número de periodos de sueño, mejoró el patrón y aumentó la duración del sueño. No obstante, no se mantuvieron estos beneficios a largo plazo (21).
Respecto a los hábitos y los comportamientos pocos saludables, como comer fuera de casa, cenar solo o frente a la televisión, comer comida rápida o seguir un patrón irregular de las principales comidas, se asociaron a una mala calidad del sueño (22,23).
El consumo de “comida rápida no saludable” y de productos ultraprocesados reflejó un sueño nocturno y total (en 24 horas) más corto de las horas recomendadas (21,24,26). Este tipo de comida se relacionó con una mayor incidencia de los problemas de sueño (23).
En otro estudio (30) se observó que seguir una dieta normocalórica o de mantenimiento mostró mejoras en la fase N1 (fase de transición del estado de vigilia al sueño; etapa de sueño superficial y ligera) y una latencia del sueño reducida. Las mejoras del sueño se correlacionaron con una menor ingesta de energía, especialmente durante la cena.
La adhesión a la dieta mediterránea, estimada con el test KIDMED, mostró una relación positiva con los hábitos de sueño. La duración del sueño fue adecuada en los grupos que tenían una adhesión media o alta a la dieta. Por el contrario, aquellos niños con una adhesión baja mostraron somnolencia diurna y una peor calidad del sueño (25).
En una revisión sistemática (20) de 79 estudios observacionales se reflejó el efecto de diferentes tipos de tratamiento como la aromaterapia, el ejercicio o eliminar determinados alimentos de la dieta sobre el sueño de los jóvenes. Se estudió el efecto de la dieta cetogénica en dos estudios con población epiléptica y un estudio con pacientes que sufrían de obesidad mórbida. Los trabajos mostraron una asociación positiva entre la adherencia a este tipo de dieta y un mejor descanso (20).
Grupos de alimento o alimentos
Se han encontrado siete estudios (20-24,26,33) que investigaron la relación entre la ingesta de determinados grupos de alimentos o alimentos y la calidad del sueño. En la primera infancia, la lactancia materna reflejó despertares nocturnos, mayor capacidad de excitación y sueño fragmentado. Sin embargo, a largo plazo se observó el efecto contrario: aumento de la duración total y la probabilidad de una mejor latencia de sueño a todas las edades (21).
Respecto al efecto del consumo materno de alcohol durante la lactancia, se mostró un ritmo de sueño/vigilia más pobre, así como un acortamiento en el periodo de sueño y en la fase de rapid eye movement o de movimientos oculares rápidos (REM), caracterizada por una gran actividad cerebral (21).
El consumo de frutas y verduras se asoció positivamente con el sueño (21,22,24). En los bebés, su consumo de forma temprana se relacionó con episodios de sueño más largos a los nueve meses (21).
En un estudio de cohortes (26), con población cuya edad comprendía los 3-6 años de edad, se observó cómo el consumo de frutas y verduras se relacionó con una menor duración de la siesta. Por otra parte, la ingesta de refrescos se asoció con la disminución del sueño nocturno y total, y con el retraso del inicio del sueño. Sin embargo, se observó un efecto opuesto con la siesta, cuya duración aumentó (26).
En niños de entre 9-16 años de edad, la calidad del sueño se asoció inversamente con los alimentos de elevado contenido de azúcar (22,24,33), como las bebidas azucaradas, relacionadas con la aparición de trastornos de sueño (23). En relación con la ingesta de cafeína, un estudio con niños de Guatemala encontró un sueño más duradero al eliminarla de la dieta habitual (20).
Nutrientes
Se recopilaron evidencias procedentes de cinco estudios (20-22,27,28) que analizaban la ingesta de distintos nutrientes y su relación con el sueño. La presencia de triglicéridos de cadena media (TGCM) y baja en los preparados de leche de fórmula aumentó el tiempo total de sueño, sin alternar las fases del sueño (20,21).
Otro estudio observacional reflejó una mayor duración del sueño en niños de dos años de edad, gracias a la sustitución temprana de los ácidos grasos saturados (AGS) por grasas no saturadas en la composición de la leche (21). Por otro lado, una elevada ingesta de carbohidratos y aminoácidos favoreció el sueño (22).
En un ensayo, se demostró que una alta concentración de triptófano en la leche de fórmula producía un aumento del tiempo total y la eficiencia del sueño nocturno, fases de sueño tranquilo y REM en lactantes (21). En otro estudio realizado en estudiantes, la combinación de alimentos ricos en triptófano y la exposición a la luz solar se asoció de forma positiva a los niveles de melatonina durante la noche y a la evaluación subjetiva del sueño, pero sin modificar los valores de la actigrafía (método no invasivo para medir de manera objetiva el ciclo de vigilia/sueño) (20).
En relación con los suplementos, la ingesta de cereales enriquecidos con triptófano, adenosina y uridina presentó efectos positivos en bebés con problemas de sueño cuando se combinó con leche enriquecida de manera similar (20).
La suplementación con hierro aumentó la duración del sueño durante la noche y disminuyó la frecuencia del despertar nocturno. No se observaron diferencias en la duración del sueño en lactantes que consumían leche suplementada con zinc (21). Un mayor consumo de vitaminas y minerales se asoció con una buena calidad del sueño, pero de manera no significativa (22).
El consumo de omega-3, ácido docosahexaenoico (DHA), omega -6 y ácido araquidónico (AA) provocó cambios positivos en el sueño (20,28). En un ensayo clínico aleatorizado doble ciego (28), se observó que el grupo de niños que tomaba la suplementación de DHA y AA mostró una disminución en los problemas de sueño y un aumento de media hora de media en la duración del sueño nocturno.
En otro ensayo clínico, 164 niños (de entre 3-9 años) fueron divididos en dos grupos. En el grupo de intervención, los participantes tomaban un suplemento nutricional que contenía 354 kcal por ración, alto contenido en proteínas, vitaminas A, C y D, hierro y zinc. El grupo placebo tomaba un suplemento de 60 kcal por ración, bajo en proteínas y sin vitaminas ni minerales. Los participantes del grupo de intervención que tomaban correctamente el suplemento nutricional disminuyeron el tiempo medio para iniciar el sueño frente a aquellos niños que no se adhirieron al tratamiento. En el grupo placebo no se observaron diferencias en relación al tiempo medio de inicio del sueño (27).
CONSECUENCIAS DE LA FALTA DE SUEÑO PARA LA SALUD
De los artículos de la revisión, seis (23,24,27,29,31,32) estudiaron el efecto en la salud de mantener un sueño de mala calidad.
En un ensayo clínico donde se comparaba la eficacia de un suplemento dietético de alto contenido proteico, vitaminas y minerales frente al placebo, se mostró que los niños del grupo del suplemento conciliaban el sueño más rápido (15 minutos) y mostraron una tendencia hacia mejores percentiles de talla y peso frente a los niños del grupo placebo (27).
El tiempo de sueño se ha asociado con mayor índice de masa corporal (IMC) (24,29). En otro estudio, se relacionó con mayores puntuaciones de porcentaje de grasa corporal, del pliegue cutáneo tríceps y de la circunferencia de la cintura (31,32).
En una población de niños de 9-12 años desfavorecida, se estudió la relación de los hábitos de sueño y la obesidad. Se encontró una mayor proporción de obesidad y de sobrepeso en aquellos niños que dormían < 9 horas, se acostaban más tarde y tenían iniciación del sueño tardía y, por tanto, una peor calidad del sueño. A medida que aumentaba el percentil del peso, la presencia de problemas de sueño era mayor en estos niños (23).
RIESGO DE SESGO
En relación a la calidad de los estudios seleccionados, la puntuación media de la calidad de las revisiones sistemáticas (20,21) fue de 10/16 y de los estudios observacionales (22-26,31-33), de 4/8. De los estudios experimentales seleccionados, dos obtuvieron un bajo riesgo de sesgo (27,28), un estudio obtuvo un riesgo moderado (29) y uno presentó alto riesgo de sesgo (30).
DISCUSIÓN
Esta revisión rápida tuvo como objetivo recopilar la evidencia actual de la relación entre la dieta, algunos aspectos nutricionales relacionados y el sueño en población pediátrica. Varios estudios mostraron una asociación significativa de algunos tipos de patrones dietéticos, grupos de alimentos y nutrientes con la calidad del sueño. Seguir comportamientos dietéticos no saludables, basados en el consumo de productos ultraprocesados, se asoció con una peor calidad del sueño. Con relación al perfil nutricional de las dietas, consumir una ingesta elevada de frutas y verduras y de productos lácteos y la disminución del consumo de azúcar se asoció a una mejora del sueño. Igual ocurrió en los lactantes con la sustitución de los AGS por insaturados, la presencia de triptófano, omega 3 y 6 y las vitaminas y minerales.
Con respecto a los efectos en la salud que provoca un patrón de sueño irregular y de mala calidad, se observó una asociación con un mayor porcentaje de grasa corporal, pliegues cutáneos e IMC.
Para interpretar estos resultados, es necesario mencionar el vínculo bidireccional entre el sueño, la inflamación y el estrés oxidativo. Se ha desarrollado la hipótesis de que varios factores dietéticos influyen en esta inflamación sistémica, principalmente a través de citocinas proinflamatorias y antiinflamatorias (34).
La dieta mediterránea tiene un efecto positivo en la calidad del sueño al incluir un alto consumo de verduras y frutas, cereales, legumbres, aceite de oliva y pescados y mariscos. Estos alimentos son ricos en antioxidantes y componentes dietéticos antiinflamatorios (35).
Respecto a los hallazgos en lactantes, la leche materna contiene L-triptófano (precursor de la serotonina y melatonina) y otros componentes antioxidantes y antiinflamatorios que favorecen al sueño (35,36). De la misma forma, los preparados con leche de fórmula enriquecidos con triptófano mejoran la calidad y duración del sueño (35). Se ha demostrado que la calidad de la leche materna depende de la alimentación de la madre (36), de modo que un alto consumo de cafeína (más de tres tazas) puede producir irritabilidad y falta de sueño en el lactante, aunque en algunos casos los síntomas pueden aparecer con dosis más bajas. Los mismos síntomas han sido observados respecto al consumo de alcohol (36).
En relación con el consumo de ácidos grasos insaturados y alimentos de origen vegetal (fuentes de antioxidantes como los polifenoles), este tipo de alimentos ejercen un efecto neuroprotector y favorecedor del sueño al regular la respuesta inflamatoria y oxidativa (34).
Los estudios que analizaron la efectividad del consumo de suplementos para mejorar la calidad del sueño mostraron la importancia del omega-3 en el sueño. Este nutriente interviene en la regulación neuroendocrina de serotonina y dopamina y la liberación de citocinas antiinflamatorias. El DHA es un ácido graso de la serie del omega- 3 que afecta a la modulación del sueño (37).
A través del mismo mecanismo, los derivados cárnicos, los productos ultraprocesados y los productos altamente calóricos y de baja densidad nutricional incrementan los niveles de citocinas proinflamatorias, que elevan el estado inflamatorio y afectan así al sueño (34).
Los hidratos de carbono ejercen un papel importante en el sueño. Varios autores han sugerido que su efecto sobre el sueño depende más del tipo de hidrato de carbono que se consuma que de la cantidad que se ingiera, tal y como se indicaba en los resultados de Khan MKA y cols. (22). De esta manera, los hidratos de carbono con alto índice glucémico ejercen un efecto negativo en la calidad del sueño, frente a los de bajo índice glucémico (34). Los hidratos de carbono con alto índice glucémico estimulan la respuesta de la insulina, lo que se traduce en una mayor incorporación de los aminoácidos, desde el plasma hasta los tejidos. No obstante, el triptófano se transporta unido a la albúmina plasmática, por lo que este llega a los receptores en menor cantidad de triptófano, disminuyendo su acción (38).
Del mismo modo que los factores dietéticos pueden modular el sueño, los hábitos de sueño influyen en la dieta (34). En un estudio, un grupo de jóvenes voluntarios fueron privados de sueño durante toda una noche. Los individuos informaron de sensaciones de hambre intensas, con gran apetito por los alimentos ricos en hidratos de carbono, ingiriendo al día siguiente una gran cantidad de este tipo de alimentos (39). En otro estudio en condiciones similares, se detectaron un aumento de los niveles de glucosa, niveles bajos de insulina y niveles de grelina y leptinas mayores en el 70 % de la población estudiada (39). Una investigación realizada en niños y adolescentes mostró que acostarse tarde está relacionado con elecciones dietéticas menos saludables, como alimentos más energéticos y poco ricos en nutrientes (alimentos grasos, azucarados, salados), refrescos y cafeína (40). Uno de los procesos que explica la relación de la falta de sueño con la aparición de cambios en el peso es la alteración de las hormonas que regulan el apetito (leptina y grelina). Cuando la leptina disminuye y la grelina aumenta, se desencadena mayor sensación de hambre y, por tanto, aumenta la ingesta alimentaria (39,41). Prolongar el estado de vigilia aumenta la ingesta, disminuye la sensación de saciedad y aumenta la fatiga durante el día, disminuyendo el gasto energético (41). Estos cambios explican la relación existente entre la falta de sueño, los cambios antropométricos y la aparición a largo plazo de sobrepeso y obesidad (42).
Como fortalezas de esta revisión, cabe destacar su diseño. La revisión rápida con metodología sistemática es un tipo de diseño poco utilizado en general y, en particular, en el estudio de la relación de la dieta y el sueño. Además, la búsqueda sistemática se basó en una estrategia de búsqueda exhaustiva en dos bases de datos utilizadas y de referencia en el campo de la salud. La búsqueda inicial no se limitó por diseño de estudios ni acceso libre a la publicación. En la selección de estudios, con la ayuda de un gestor bibliográfico, se eliminaron los artículos duplicados.
Por otro lado, se evaluó el riesgo de sesgo de los estudios seleccionados mediante herramientas validadas, con lo que se obtuvo un riesgo medio en la mayoría. La revisión se compone de estudios primarios (excepto dos revisiones), siendo el diseño de la mayor parte longitudinal, lo cual permite establecer una secuencia temporal entre los factores de exposición (dieta) y los resultados en salud (calidad del sueño).
Por otra parte, es necesario mencionar algunas limitaciones. Las limitaciones de esta revisión rápida fueron las siguientes: la selección de estudios y extracción de datos fueron realizadas por un solo autor y, debido al elevado número de resultados obtenidos, la búsqueda se limitó por año de publicación y dos idiomas para tener una visión solo de las últimas evidencias. Por otro lado, algunos de los estudios seleccionados no evaluaron o estimaron la dieta o la calidad dietética mediante herramientas o instrumentos validados. Por último, de los 27 ítems de la guía PRISMA (15) (Tabla IV) no se pudieron cumplir aquellos relacionados con la verificación de los estudios por parte de dos autores independientes y no se pudieron especificar las medidas efecto al no ser informadas en muchos de los artículos incluidos.
Tabla IV (Cont.). Lista de verificación de la guía PRISMA 2020 (15).

Lista de elementos que aparecen en la revisión rápida y la página donde se encuentran. Los guiones (-) indican que dicho apartado no se encuentra en la revisión.
APLICABILIDAD Y NUEVAS LÍNEAS DE INVESTIGACIÓN
A nivel asistencial, esta revisión rápida podría contribuir a proporcionar un nuevo marco de actuación para tratar los problemas de insomnio en niños y adolescentes. A través de la modificación de la dieta, se podría mejorar la calidad del sueño en la población pediátrica y disminuir el riesgo de aparición de enfermedades relacionadas en etapas posteriores de la vida.
Para futuras investigaciones, se debería elegir como diseño una revisión sistemática que supere las limitaciones presentes en esta revisión rápida, que incluya estudios con un seguimiento adecuado de la población y que utilice herramientas de estimación de la calidad de la dieta validadas. En relación con la revisión por pares, sería conveniente garantizar la participación de dos o más autores para la selección y el cribado de los artículos, a fin de disminuir el riesgo de no recopilar todos los estudios que deberían ser seleccionados.
Como futuras líneas de investigación, se propone conocer en profundidad los mecanismos por los cuáles se relacionan la nutrición y el sueño. Todo ello para establecer nuevas vías de actuación y recomendaciones de mayor evidencia.
CONCLUSIONES
Existe una relación bidireccional entre la dieta, algunos aspectos nutricionales y la calidad del sueño de los niños y adolescentes. Factores dietéticos conocidos como “poco saludables” o que deben ser consumidos con moderación (comida rápida, productos ultraprocesados, snacks, refrescos, dulces, cafeína, la nicotina y el consumo de alcohol por parte de la madre) tienden a provocar un sueño de peor duración y calidad, mientras que dietas como la dieta mediterránea, la dieta normocalórica o de mantenimiento, la dieta cetogénica o aquellas que se caracterizan por el alto consumo de alimentos muy beneficiosos para la salud (consumo de frutas y verduras, triglicéridos de cadena media, grasas insaturadas y carbohidratos, triptófano, hierro, vitaminas, minerales, omega 3 y 6) tienden a mejorar el sueño. Por otro lado, la falta de horas de sueño en la población de estudio incrementa algunos parámetros antropométricos como la talla, el peso y el IMC. A pesar de la evidencia encontrada, es necesario un mayor número de investigaciones en esta dirección para conocer en profundidad la influencia de la dieta en el sueño en la población pediátrica.
















