Sr. Director: Me han jubilado con 65 años. Me encuentro bien física y mentalmente. Los compañeros y mi jefatura me lo corroboraron. Pregunté si podía seguir trabajando hasta los 67 años y me dijeron que sí, pero cuando llegó la hora, me lo denegaron por no ser mi puesto "de difícil cobertura". Sentí frustración y rabia.
La jubilación es el devenir natural del trabajador, pero, lo que yo sé ahora, me ha costado 42 años aprenderlo y no sé qué hacer con ello. Le he dedicado 37 años a la misma población. En algunas familias he atendido hasta cinco generaciones. Al igual que Gregor Mendel con los guisantes, puedo hacer una previsión sobre la calidad de vida y las tendencias patológicas de mis vecinos, sin preguntar, porque conozco a sus familias. ¿Qué mejor base para hacer una educación sanitaria personalizada?
¿Qué hago, entonces, con estos conocimientos aprendidos por la convivencia, por el roce, por la amistad con mis pacientes, que son mis vecinos y mis amigos? ¿Cómo transfiero esos conocimientos y a quién? Entiendo que hay que dejar paso a los jóvenes, pero tengo la sensación de que nadie quiere mis conocimientos. Los autores consultados coinciden en que pasar a la jubilación puede alterar los factores psicológicos específicos que tienen consecuencias para la salud, amén de la cuestión económica.
Nuestro Sistema Nacional de Salud no contempla programas de preparación a la jubilación,1 ni los Colegios Profesionales. Toltecatl Pérez habla en su trabajo sobre cursos prejubilatorios en México, con buenos resultados.2 Arellano Vargas, en su tesis, comenta que, en México, la cuestión económica es el principal motivo para solicitar la postergación en el trabajo de las enfermeras y, secundariamente, el miedo a perder actividad.3 Gainza Lovera comenta en su trabajo lo difícil que resulta a las enfermeras desvincularse de su medio, por lo difícil que es cambiar de hábitos.4
Pero ¿qué hago con lo que he aprendido? ¿Cómo lo transmito? Son vivencias, tratos, compromisos con una misma población durante 37 años, que tiene que ver más con el arte que con la ciencia de cuidar. No le temo a esta nueva etapa de mi vida, ya que, en paralelo al trabajo, he cultivado aficiones artísticas y culturales que me mantendrán activo física y mentalmente. Además, me siento parte del paisaje urbano local y mis vecinos seguirán consultándome, pero ya no dispongo de las herramientas para poder atenderles de una manera integral, solo podré aconsejarles, en base a mis conocimientos, esos conocimientos con los que no sé qué hacer ni como transmitir.
Durante mi ejercicio profesional, en la ciencia de los cuidados, aprendí a investigar cuando a los enfermeros no se les enseñaba a investigar. Luego enseñé a investigar. Publiqué más de 40 trabajos, creando evidencia científica. He sentido siempre el cariño y el reconocimiento de mis compañeros y he colaborado en la formación de ellos, bien en Formación Continuada o como tutor de prácticas de estudiantes de enfermería. También he aprendido mucho de todos ellos, pero ahora no sé qué hacer con lo aprendido.
A mis alumnos de prácticas les sorprendía que yo les explicase pormenorizadamente, en primera persona, lo que ellos estudiaban en Historia: la entrada de la Enfermería en la Universidad, la Declaración de Alma-Ata, la Reforma Sanitaria, los inicios de la Atención Primaria en Andalucía, el comienzo de los Programas de Salud y los Planes de Cuidados… Yo les decía: "Soy tan viejo que ya salgo en los libros de historia" (lo cual es cierto).
Para mí, la jubilación ha sido un traumatismo ocurrido el 12 de marzo de 2024. ¿La cosa tiene que ser así, tan radical, tan de un día para otro? Es, al fin y al cabo, el final de todos los profesionales, pero me da coraje no poder seguir, sintiéndome como me siento: bien y capaz, pero con sensación de impotencia, porque ¿qué hago con lo que sé, ahora que me han jubilado?













