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Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría

versión impresa ISSN 0211-5735

Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq.  n.95 Madrid jul.-sep. 2005

 

HISTORIA

 

Ortega y Gasset, la psicología y el psicoanálisis

Ortega y Gasset, the psychology and psychoanalysis

 

Antonio Sánchez-Barranco Ruiz1, Reyes Vallejo Orellana2

1 Psiquiatra. Departamento de Psicología Experimental, Universidad de Sevilla
2 Psicóloga. Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación, Universidad de Sevilla

Dirección para correspondencia

 

 

 


RESUMEN

Ortega y Gasset no llegó a establecer un compromiso profundo con la psicología, manteniendo dos posturas a lo largo de su vida, primero un acercamiento fenomenológico y después una visión existencialista, sin que ninguna de ellas influyeran mucho entre sus coetáneos. Respecto al psicoanálisis adoptó una actitud ambivalente, disgustándole sus contenidos sexuales y sus debilidades científicas, aunque favoreciendo la traducción de las obras completas de Freud, al que una y otra vez alabó.

Palabras claves: Ortega y Gasset, Freud, psicología, psicoanálisis.


ABSTRACT

Throughout his life, Ortega y Gasset did not ever seem deeply committed to Psychology, a field that he approached in a two fold manner: phenomenological at first and, later on, with an existentialist conception. Nevertheless, neither of these views had much influence among the philosopher's contemporaries. With regard to psychoanalysis, Ortega displayed also a rather ambivalent attitude and, while disliking its sexual contents or lack of scientific strength, he praised the figure of Freud occasionally, promoting the Spanish translation of Vienna genius complete works as well.

Key words: Ortega y Gasset, Freud, Psychology, Psychoanalysis.


 

 

Introducción

Como afirma Carpintero (1), la obra de Ortega constituye una de las máximas cimas de la cultura de nuestro tiempo, opinión que compartimos muchos, aunque a lo largo de los años de la pasada Dictadura se hiciera todo lo posible por sepultar su presencia, como lo prueba el que, con ocasión de su muerte, se limitara en la prensa la extensión de sus necrológicas y se prohibiera toda referencia a su maestrazgo (2) y que germinara a partir de los inicios de 1960 en el cuerpo intelectual español la decisión de desentenderse de Ortega, tras la utilización que se hizo de él en los años inmediatos a su desaparición (3). Ahora bien, aunque la citada afirmación de Carpintero es asumible por parte de los que pertenecemos a las generaciones nacidas entre los años diez y cincuenta del pasado siglo, Ortega es un gran desconocido para los jóvenes y menos jóvenes actuales o si acaso una mera referencia histórica de un personaje interesante, aunque es cierto que tras el advenimiento de la Democracia a nuestro país están surgiendo voces en el campo universitario que han hecho renacer las aportaciones orteguianas.

En todo caso, ha de subrayarse que Ortega y Gasset supuso para nuestro país la posibilidad de ser culturizado por los saberes europeos más avanzados de la época, siguiendo la línea emprendida por los seguidores del krausismo y por los pertenecientes a la Institución Libre de Enseñanza (4), además de haber sido el creador de un original y valioso sistema filosófico. Su influencia, además, no sólo afectó a España, sino también a Alemania y a algunos países sudamericanos, especialmente Argentina. Entre los filósofos españoles influidos por Ortega hay que mencionar a Manuel García Morente, Xavier Xubiri, Joaquín Xirau, José Gaos, Julián Marías, Luis Recaséns, María Zambrano, Pedro Laín Entralgo, José Luis Aranguren, Paulino Garagorri, Manuel Grancel y José Ferrater Mora, entre otros.

Ortega no sólo fue un gran filósofo, sino también un intelectual que se ocupó de profundizar en muy variados campos del saber, en unos con más acierto que en otros. En lo que toca a la psicología, nuestra tesis es que las posturas que Ortega asumió apenas arraigaron entre sus contemporáneos españoles: ni su psicología derivada de la fenomenología de Husserl ni la conectada con la filosofía existencialista de Jaspers y Heidegger pasaron a integrar al saber normal de su época. Si acaso, algunas de sus últimas reflexiones se dejaron notar entre algunos psiquiatras de los años cuarenta y cincuenta, como fue el caso de Luis Martín-Santos. En cuanto al psicoanálisis, Ortega le hizo un precoz ataque epistemológico, mostrándose después muy ambivalente, existiendo datos que nos permiten afirmar que no tenía del mismo un adecuado conocimiento y sí claros prejuicios por su contenido sexual, lo que quizás vino influido por Gregorio Marañón y por el primer editor gerente de la Revista de Occidente, Manuel García Morente (5).

En este trabajo, nos proponemos abordar separadamente las ideas orteguianas en el terreno de la psicología, por un lado, y del psicoanálisis, por otro, dejando prácticamente de lado sus aportaciones en otros terrenos, aunque sea obligado referirse a ellas en algún momento. Pero antes de adentrarnos en la mencionada tarea, nos parece obligado hacer una somera contextualización impresionista de la vida y la obra orteguiana, señalando los eventos familiares, históricos y culturales que rodearon su quehacer profesional, algunos de los cuales le obligaron a unos compromisos políticos que hubo de pagar con el exilio, tras el advenimiento del régimen franquista.

 

Esbozo de la vida y la obra de Ortega y Gasset

Un acercamiento superficial a la vida de Ortega puede hacer creer que sus circunstancias familiares fueron extremadamente favorables y que gracias a ellas pudo desarrollar con facilidad un perfil de intelectual de élite. Sin embargo, como ha escrito Cacho (6), tales circunstancias no fueron tan fáciles como cabría suponer, dado que su entorno familiar inmediato, siendo rico en afecto, sólo estaba dotado de un pasable bienestar económico a expensas del trabajo periodístico del padre.

José Ortega y Gasset nació en Madrid el 9 de mayo de 1883, en el seno de una familia muy conectada con el periodismo, tanto por vía paterna como materna, pues la madre era hija del fundador y propietario del diario liberal El Imparcial y el padre era responsable de la sección literaria de ese periódico, siendo su director desde 1900 a 1906 (7).

Ortega estudió el bachillerato en el colegio de los jesuitas de Málaga, para cursar después un programa combinado de Derecho y Filosofía en la Universidad de Deusto, de lo que se examinó en Salamanca, estando Unamuno en el tribunal. Se trasladó el año siguiente a la Universidad Central de Madrid, donde se licenció en Filosofía Letras en 1902, doctorándose en 1904 con la tesis Los terrores del año Mil: crítica de una leyenda (8). Tras doctorarse viajó a Alemania, donde residió desde 1905 hasta finales de 1907, estudiando en las Universidades de Léipzig, Núremberg, Múnich, Colonia, Berlín y sobre todo Marburgo, siendo discípulo de Hermann Cohen y Paul Natorp, dos neokantianos (5).

Regresa a Madrid a finales de 1907 y comienza a escribir en el periódico familiar El Imparcial, donde ya había publicado algunos artículos con anterioridad. En junio del año siguiente es nombrado profesor de Psicología, Lógica y Ética en la Escuela Superior de Magisterio de Madrid, institución de la que había sido cofundador. En 1910, oposita a la cátedra de Metafísica de la Universidad Central de Madrid, superando con éxito los ejercicios, de modo que alcanza el máximo rango de la docencia universitaria a los 27 años. Poco después contrae matrimonio con Rosa Spottorno y viaja de nuevo a Marburgo en enero de 1911, becado por el Ministerio de Instrucción Pública. Allí es padre por vez primera (tendría tres hijos en total, Miguel Germán, Soledad y José), retornando a Madrid a finales de 1911 para tomar posesión de su cátedra. Desde este instante, hasta el estallido de nuestra Guerra Civil, sólo hizo algunos viajes a Argentina (en 1916 y 1928) y a Alemania en 1934.

Durante el tiempo transcurrido entre 1912 y 1936, Ortega desarrolla su docencia e investigación en la cátedra y continúa escribiendo artículos para El Imparcial y a partir de 1917 para El Sol, ambos periódicos de corte liberal. En 1916, inicia la publicación de El espectador, del que saldrían ocho volúmenes. En 1919, colabora en la fundación de la editorial Calpe (luego Espasa-Calpe); en 1923, funda y dirige la Revista de Occidente y en 1924 la editorial de este nombre, donde se publican traducciones de las obras europeas más prestigiosas sobre ciencia, filosofía, historia y psicología. En este intervalo de tiempo ven la luz sus obras más conocidas, como Meditación del Quijote (1914), Personas, obras, cosas (1916), España invertebrada (1921), El tema de nuestro tiempo (1923), La rebelión de las masas (1930) y En torno a Galileo (1933).

A finales de 1931, tras la caída de la Dictadura de Primo de Rivera y la marcha de Alfonso XIII, Ortega lleva a cabo un fuerte compromiso con la política, fundando, junto a Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala, la Agrupación al Servicio de la República, siendo nombrado diputado del Congreso de las Cortes Constituyentes de la Segunda República, accediendo a su escaño como representante de los profesionales e intelectuales liberales de clase media, puesto que ostentó hasta 1932 (5). Decepcionado de la política, aunque continuando con su apoyo a la República, vuelve al ejercicio de su profesión docente y periodística.

El 30 de agosto de 1936, tras el inicio de nuestra Guerra Civil, y coincidiendo con graves problemas de salud, abandona Madrid y se dirige a París, donde reside hasta principios de 1939, momento en que se traslada a Portugal para recuperarse de una delicada intervención quirúrgica, tras lo que retorna a París en primavera. Los acontecimientos bélicos que se avecinaban, lo deciden en agosto a trasladarse a Argentina, nación que tan bien lo había acogido en años pasados. Aquí vive durante más de dos años, junto a su mujer y su hija Soledad, en un amargo aislamiento y con serias dificultades económicas, teniendo incluso que aceptar pronunciar charlas radiofónicas patrocinadas por una marca de cerveza. Todo ello lo hace sucumbir en un estado depresivo, del que poco a poco se recupera. En la primavera de 1942, retorna a Portugal, abriendo casa en Estoril. Viaja a Madrid en 1945 y desde entonces alterna sus estancias entre la capital de España y Estoril, llegando a fundar, junto a Julián Marías, el Instituto de Humanidades, pero sin lograr recuperar la audiencia y el prestigio que anteriormente había tenido. A pesar de ello, en 1949 es invitado por vez primera a Estados Unidos para participar en el bicentenario del nacimiento de Goethe que tuvo lugar en Aspen (Colorado), siendo éste también el motivo de la invitación que recibió desde Hamburgo en agosto de ese año, lo que propició que dictase poco tiempo después una serie de cursos y seminarios en Alemania.

Durante el verano de 1955, su salud se quiebra definitivamente, siendo diagnosticado en septiembre de un avanzado cáncer de estómago y de hígado, falleciendo el 18 de octubre en su última residencia madrileña, la calle Monte Esquinza, número 28. En torno a su muerte se desarrollan por parte de ciertas comidillas una serie de rumores relacionados con su vuelta al catolicismo, pero la reconstrucción histórica de los hechos sólo permiten asegurar que, en estado comatoso, su mujer llamó a un sacerdote para que asistiera a sus momentos finales, decidiendo su familia (aunque días antes Ortega había expresado su deseo de ser enterrado en el cementerio civil), que sus restos fueran inhumados en el cementerio católico de Madrid (5).

 

Semblanza contextualizada de la obra orteguiana

En cuanto a la formación personal, Ortega no se vio influido por las enseñanzas de los jesuitas, con los que cursó el bachillerato, como antes hemos referido, adoptando precozmente, por sus lecturas de Renan y Nietzsche, una actitud escéptica ante el catolicismo. En el terreno político, sus cartas de juventud (6, 9), señalan su pronta adscripción al socialismo, y, en lo que se refiere al campo filosófico, aunque inicialmente estuvo inserto en el ambiente neokantiano de Marburgo, muy pronto se despega de tales posicionamientos, apostando por una filosofía acorde con el Zeitgeist de su época, que lo empuja hacia propuestas innovadoras que permitieran salir de la crisis en que se encontraba inmersa su generación, optando primero por la fenomenología y con posterioridad por el existencialismo.

En efecto, Ortega vive su juventud y el inicio de su madurez en un entorno cultural donde prima la conciencia de una crisis en las creencias, valores e ideas que hasta entonces sostenían la cosmovisión del mundo occidental. Es una época en que se vislumbran cambios revolucionarios que no sólo tratan de dar fin a los inveterados abusos establecidos, sino que suponen la puesta a punto de nuevos y frescos usos: se entiende que en tal contexto pudieran nacer perspectivas filosóficas, científicas, literarias y artísticas que diesen al traste con las tradicionales visiones idealistas, trascendentalistas y universalistas, bajo las que subyacían pretendidas verdades absolutas e inmutables dadas por un idealismo desfasado. Así, la generación de 1914, a la que Ortega pertenece, tiene la oportunidad de dar un lugar para expresarse a los Husserl, Freud, Einstein y Dalí.

Tal proceso de cambio, que empieza a germinar a finales del siglo XIX, vino a acelerarse por los estragos de la Primera Guerra Mundial (lo que en nuestro país se sumó a la actitud de pesimismo derrotista que había traído consigo la pérdida de las últimas colonias americanas). Sin embargo, a pesar de su horror, aquella tragedia fue cantada por algunos como una necesidad expiatoria y unos hechos capaces de dar definitivamente por destruido el ineficaz pasado, gracias a lo que poder renacer de las cenizas y remontar el vuelo, entrando en un nuevo espacio y tiempo en el que pudiera construirse el ansiado progreso, preñado de justicia y de libertad.

Estos supuestos fueron prontamente captados por la fina sensibilidad de Ortega, que asumirá la misión de introducir en nuestro país los innovadores aires europeos, impulsando la limpieza de un viejo terruño donde el provincialismo y el derrotismo eran las grandes referencias, alimentadas por algunos de los pertenecientes a la generación del 98, que a veces parecían animales heridos lamiéndose compasivamente sus llagas, pero impidiendo cualquier acercamiento que facilitase un cambio reparador.

Es preciso referir, sin embargo, que en el compromiso de impulsar a España allende los Pirineos, Ortega cayó en los primeros momentos en una excesiva crítica a lo hispano, atacando particularmente la narcisista mística unamuniana y la aparente ignorancia barojiana. Pronto comprendió, sin embargo, que había que contar con nuestra idiosincrasia y con el trasfondo de nuestra cultura, apostando por un fértil diálogo entre aquello que consideraba lo mejor de Europa y lo mejor de España, evitando cuidadosamente dar un lugar a nuestras habituales fantasías de grandeza alimentadas por un lejano pasado (de lo que Ramiro de Maeztu era un buen ejemplo). En el ámbito instrumental, ello supuso la utilización de un estilo de lenguaje que permitiera acercarse al pueblo, lo que llevó muchas veces a Ortega a una desmedida preocupación por métodos y tribunas que facilitasen la atracción de un público amplio, enfatizando el estilo verbal por encima de la profundidad y seriedad de los temas, mostrándose muchas veces más como un periodista culto que como un filósofo profundo Así mismo, se ubicó en ocasiones en un excesivo madrileñismo o castellanismo (o si se quiere, centralismo), con olvido de la cultura gallega, vasca o catalana, y algo menos de la andaluza.

Sea como fuere, Ortega intentó ilusionar al escéptico y cansado español, instaurándose en un educador de masas, aun a sabiendas de que sus lectores y discípulos no terminaban de entender todo lo que expresaba, a causa de nuestra inveterada superficialidad, tendente a resbalar por el significado meramente impresionista de las palabras y las frases (10). Según se justificó, esta limitación fue la que le convenció en la necesidad de valerse de una tribuna y un estilo que permitieran ser medianamente entendido, como era el artículo periodístico. Al respecto, afirmará con quejumbrosa resignación, en un Prólogo a sus obras, que redactó en 1932, lo siguiente (11):

En nuestro país, ni la cátedra ni el libro tenían eficiencia social. Nuestro pueblo no admite lo distanciado y solemne. Reina en él puramente lo cotidiano y vulgar. Las formas del aristocratismo aparte han sido siempre estériles en esta península. Quien quiera crear algo -y todavía creación es aristocracia-tiene que acertar a ser aristócrata en la plazuela. He aquí por qué, dócil a la circunstancia, he hecho que mi obra brote en la plazuela intelectual que es el periódico. No es necesario decir que se me ha censurado constantemente por ello.

La adscripción que Ortega hizo a la política también pudo tener como última motivación, a nuestro modo de ver, el compromiso de participar en el cambio cultural de la España de su tiempo, ayudando a superar la Dictadura y la caduca Monarquía que por los años veinte y treinta imperaban entre nosotros, así como evitar la instauración de los inestables anarquismos y por supuesto cualquier dictadura. Esto, junto a su declarado acatolicismo, lo pagaría con fuertes intereses tras el advenimiento del régimen franquista, que obligará a Ortega a exiliarse durante una década, careciendo del adecuado espacio a su vuelta.

La Guerra Civil, además, puso fin a los intentos de regeneración cultural en que Ortega se había empeñado, hecho que después se trató de ocultar, aunque ya con anterioridad él mismo se había quejado amargamente de que en España nadie le reconocía sus méritos. En efecto, en el Prólogo para alemanes, redactado en 1934 para a acompañar una reedición de El tema de nuestro tiempo, pero que no vio la luz por los acontecimientos que entonces tuvieron lugar en Alemania, y que publicó Taurus en 1958 por vez primera, afirma (12):

Algunas cosas que durante veinte años he silenciado -inclusive en la conversación privada-van a salir ahora audazmente de mi pluma. La primera, ésta: Alemania no sabe que yo, y en lo esencial yo solo, he conquistado para ella, para sus ideas, para sus modos, el entusiasmo de los españoles. Y algo más. De paso, he infeccionado a toda Sudamérica de germanismo.

Y es que Ortega (12) fue consciente de que España, después de la Contrarreforma, perdió el contacto cultural con Alemania, alimentándose de Francia y algo de Inglaterra, situación que persistía cuando él llega a Berlín, Léipzig y Marburgo. Por entonces se impone la tarea de traspasar a los españoles las ideas germanas que iba adquiriendo, dado que, de Alemania, aquí sólo se conocía a Krause, pero un Krause aislado, sin precedentes, sin consecuentes, sin concomitantes, lo que era una escena sobremanera cómica. El vuelo rapaz que nuestro Ortega emprendió sobre el territorio cultural alemán produjo su efecto, impregnándose España, a una velocidad increíble, de ideas centroeuropeas, poniéndose en marcha una saludable regeneración de su tejido cultural.

La propuesta orteguiana consistió en mentalizar a los españoles en que había que vivir a la altura de los tiempos, concepto que aparece en El tema de nuestro tiempo (1923) (13) y que quedó bien afianzado en La rebelión de las masas (1930) (14), implicando la necesidad de abandonar viejas y caducas perspectivas, para optar por la modernidad de la época, impulsando una genuina revolución cultural, esto es, la implantación de nuevos usos (normas, costumbres, leyes, etcétera) y no una mera lucha contra los abusos.

Para cumplir con su misión, Ortega instaura una auténtica pedagogía social, proponiendo no sólo las ideas que asimilaba de los más ilustres alemanes, sino que va creando un sistema filosófico original, donde la razón vital y luego la razón histórica vendrán a sustituir los viejos idealismos sostenidos por la razón espiritual o por la razón física. Aunque hasta 1910 Ortega expresa una tendencia excesivamente objetivista, llegando a afirmar la primacía de las cosas y de las ideas sobre las personas, ya en Meditaciones del Quijote (1914), su primer libro, y aún más claramente en Personas, obras, cosas (1916), su pensamiento se orienta hacia el perspectivismo, cuyo desarrollo abocó en el raciovitalismo, siendo El tema de nuestro tiempo (1923) la obra que marca la profundización en tal posicionamiento que queda resumido en su famosa tesis: Yo soy yo y mi circunstancia (15).

El perspectivismo, cuyas últimas raíces proceden de Leibniz, supone la posibilidad de considerar el mundo desde diversos puntos de vista, todos ellos justificados, y cada uno de los cuales ofrece una visión única e indispensable acerca del universo (12). El sistema orteguiano sumó a tal elemento el sentido histórico y el fenomenológico, el último de los cuales fue más tarde sustituido por el existencial, tratando así de dar cuenta de la vida humana entendiéndola como un drama que se experimenta en el quehacer cotidiano, del que sólo es posible alcanzar su comprensión a través de la narración histórica y nunca por medio de un trabajo analítico. Las influencias de Nietzsche y de Kierkegaard, y sobre todo de Heidegger y Sartre, se iban dejando notar en la doctrina orteguiana, sin que por ello perdiera su originalidad.

Pero la implantación del nazismo en Alemania y la dictadura en España, frenaron toda posibilidad de que los enfoques humanísticos orteguianos siguieran creciendo. Cuando las cosas se serenaron, habían pasado ya muchos años y Ortega era más conocido en Argentina o Alemania que en nuestro país, perdiéndose la oportunidad de la continuidad de su magisterio.

 

Ortega y la psicología

Ortega nunca llegó a establecer un compromiso profundo con la psicología, aunque le parecía un saber valioso. En efecto, en una nota a pie de página, que aparece en el trabajo póstumo Origen y epílogo de la filosofía (editado en 1960 por Fondo de Cultura Económica y en 1962 en el tomo IX de sus Obras Completas, pero que había ido tomando cuerpo a lo largo de una década, desde 1943 a 1953), al referirse a la psicología señala que es (16):

... una disciplina fabulosamente interesante, a la cual debían las gentes aficionarse más, porque es asequible, bastante rigorosa y sobremanera divertida. Con preparación muy modesta se puede trabajar en ella con resultados positivos y de propia creación. Va para diez años que tuve el propósito de iniciar en España una campaña pro Psicología, aprovechando el entusiasmo y las excepcionales dotes de organizador que el Dr. Germain posee. Yo no soy psicólogo ni hubiera podido dedicarme a ello, pero he sido aficionado, y esto me hubiera permitido despertar curiosidades, suscitar vocaciones y promover grupos de estudiosos y curiosos en la materia en torno a las personas que ya de antemano, denodadamente y sin apoyo se ocupaban de esta ciencia, sobre todo en Barcelona y Madrid.

Por otro lado, pueden encontrarse en sus escritos abundantes referencias a distintos autores y obras de la psicología de su tiempo, como Wundt, Brentano, Husserl, Dilthey, Stumpf, Baldwin, Koffka, Köhler, Spranger, Klages, y, por supuesto, Freud.

Las primeras ideas psicológicas en las que Ortega va más allá de lo que le habían enseñado sus maestros, datan de la segunda década del siglo XX (17). Con ocasión de un curso que dictó en el Centro de Estudios Históricos, que dirigía Menéndez Pidal, desde octubre de 1915 hasta marzo de 1916 (y que este último año repitió en Buenos Aires), cuyo contenido vio por vez primera la imprenta en 1979 bajo el título de Investigaciones psicológicas, Ortega (18) puso sobre el tapete una serie de reflexiones de tipo epistemológico en torno a lo que debía ser la psicología, oponiéndose radicalmente a la propuesta wundtiana que aparecía en los Principios de psicología fisiológica (Wundt, 1873-1874), obra que calificó como un confuso contubernio. Como genuina alternativa psicológica oferta una psicología fenomenológica, con ingredientes de Brentano, de Husserl y de algunos miembros de la escuela austriaca. Paradójicamente, Ortega se manifiesta por entonces en favor de una psicología como ciencia natural (otra cosa dirá cuando posteriormente se adscriba al posicionamiento de Dilthey, Jaspers y Heidegger), subrayando al respecto (18):

Pues bien, si llamamos naturaleza al conjunto de realidades, la psicología que buscamos es, sin reservas, una ciencia natural.

Para mantenerse dentro de una perspectiva coherente con su expresado rechazo del fisiologismo, Ortega considera bajo el término de realidad no sólo aquello que tenga como atributo esencial la espacialidad, sino también lo que posea como rasgo característico la intencionalidad, no en el sentido de propósito, sino como un atributo cuya esencia está en el sentir, de forma que la psicología sería la ciencia de la naturaleza que siente (15). De esta forma, puede excluir de la psicología tanto la física y la fisiología como la metafísica, aunque insiste en que apuesta por una psicología empírica que se ocupe de la conciencia. Ésta la delimita a partir de dos propiedades: como una actitud o un acto de un sujeto y como un algo al cual se dirige ese acto, esto es, un acto de referirse a y aquello a que me refiero (18), conceptos en los que están presentes Franz Brentano y sobre todo Edmund Husserl, con sus respectivas propuestas de intencionalidad y de intención significante. Tal modo de entender la psicología se vio reflejado en los artículos que aparecían en la Revista de Occidente, donde abundan los trabajos orientados fenomenológicamente sobre los sentimientos, la caracterología, etcétera (19).

La cuestión a responder ahora es la siguiente: ¿Esta primera psicología que Ortega preconizaba influyó en sus contemporáneos? Si uno revisa, aunque sea muy superficialmente, la obra de Lafora, Turró, Pi Sunyer o Mira, e incluso la que puede considerarse algo más cercana, la de Viqueira, nada permite vislumbrar que la propuesta orteguiana tuviera algún eco, pues la mayoría de tales figuras se adhirieron a un posicionamiento fisiologista, cercano a lo wundtiano, el cual estaba explícitamente descartado por Ortega, pero no por Unamuno.

Dando un salto en el tiempo, y enfocando las definitivas reflexiones de Ortega sobre la psicología, nos vamos a encontrar con resultados semejantes, aunque en este caso se podrá ver una cierta influencia en el terreno psicopatológico, donde algunos psiquiatras habían introducido la perspectiva de Jaspers. Pero ello no fue, estimamos, influencia directa de Ortega, sino de otras figuras entre las que hay que recordar a Luis Martín-Santos, tanto en su caminar por la fenomenología jaspersiana como por las ideas existencialistas sartrianas y heideggerianas y el análisis existencial de Binswanger.

Pero veamos las nuevas ideas de Ortega tomando como punto de partida el contenido de ¿Qué es la filosofía?, curso que empezó a dictar en febrero de 1929 en su cátedra de Metafísica y que continuó en la Sala Rex y luego en el Teatro Infanta Beatriz, ambos en Madrid, porque la Universidad fue cerrada por orden del dictador Primo de Rivera, ante la huelga de estudiantes y las dimisiones de algunos catedráticos (entre ellos el propio Ortega, que sería restituido en su puesto en febrero de 1930), por el decreto que autorizaba el impartir enseñanza oficial en las instituciones confesionales de Deusto (jesuitas) y El Escorial (agustinos).

En tal atípico curso (editado por vez primera en Revista de Occidente, en 1957, y que se encuentra en el tomo VII de las Obras Completas) (20) se recoge por primera vez el viraje de Ortega hacia el existencialismo de Heidegger, que había publicado en 1927 su Ser y tiempo, texto que aquél había leído inmediatamente después de aparecer. Los conceptos claves del sistema orteguiano (ser, vivir, vida, mundo y razón vital) sufren una profundización semántica en la línea de la ontología heideggeriana, culminando en cuatro nuevas categorías de la existencia humana: la vida como encuentro con la propia existencia, la vida como encuentro con el mundo, la vida como decisión y la vida como fruto de la presión de las propias circunstancias. Tal marco metafísico determinará un nuevo entendimiento de la psicología, como se verifica en el artículo intitulado Historia como sistema (1935 y tomo VI de las Obras Completas) (21), donde su razón histórica ya ha sido sustituida por la razón vital, mostrando con ello su impregnación de la filosofía existencialista de Jaspers y Heidegger.

En esta segunda época, Ortega sigue mostrando una escasa fe en la psicología fisiologista, expresando en la obra anteriormente citada duras críticas ante los reduccionismos fisicalistas y biologistas, llegando a hablar del terrorismo de los laboratorios o del simplismo de Loeb. En relación con una idea de éste, que afirmó que en el tropismo estaría el fundamento de la conducta moral humana, dice Ortega (21):

De modo -pensaba yo-que un concepto como el tropismo, capaz apenas de penetrar en el secreto de fenómenos tan sencillos como los brincos de los infusorios, puede bastar, en un vago futuro, para explicar cosa tan misteriosa y compleja como los actos éticos del hombre. ¿Qué sentido tiene esto?

El fracaso explicativo que trae consigo lo que Ortega denomina razón física, abre el camino para la instauración de su razón vital o histórica, el meollo de su sistema filosófico. Por ello, en contra de lo que había afirmado dos décadas antes, e influido sin duda por Dilthey, Ortega resalta que cuando se aborda lo psíquico desde la perspectiva de la ciencia natural, nada se aclara de lo que sentimos como más estrictamente humano (21):

El prodigio que la ciencia natural representa como conocimiento de cosas contrasta brutalmente con el fracaso de esa ciencia natural ante lo propiamente humano. Lo humano se escapa a la razón físico-matemática como el agua por una canastilla.

Para Ortega, la razón física es ajena a la psicología del hombre, porque éste no es una cosa, no pudiendo ser abordado, por tanto, con los conceptos que nos esclarecen los fenómenos de la materia, sino con conceptos radicalmente distintos. No asume Ortega, sin embargo, la propuesta de Dilthey de ciencia del espíritu para encuadrar el saber psicológico, pues a su entender tal perspectiva persigue un objetivo similar al de las ciencias de la naturaleza: el estudio de una sustancia. Por ello, da el salto hacia la perspectiva existencialista, negando que la psicología sea tanto una ciencia de la naturaleza como una ciencia del espíritu, para optar por una ciencia de la existencia, esto es, de la vida como drama.

Profundiza Ortega (21) manteniendo que el hombre no es una cosa, porque su esencia es la indigencia, mientras que la cosa es suficiente: el hombre ha de hacerse a sí mismo, ha de decidir lo que va a hacer o ser, contando con sus peculiares circunstancias, estando obligado a elegir entre las posibilidades que se le presentan ante sí. Ortega se adscribe, pues, además de al Dasein heideggeriano, al concepto sartriano de obligado ejercicio de la libertad: el ser humano, quiera o no, tiene que elegir lo que va a hacer y ser, contando no sólo con las circunstancias personales presentes, sino también con las pretéritas, pues todo ello actúa necesariamente sobre lo que podemos ser. Ahora bien, en el encuadre existencialista, manifiesta Ortega (21), que si hay pasado, lo habrá como presente, actuando en nuestro ahora, de forma que el hombre continuamente va siendo en cada momento esto o lo otro, o, mejor, va viviendo o existiendo.

La explicación de la vida del hombre la busca Ortega, pues, en la razón histórica y la razón vital y no en razones fisicalista, fisiológica o biológica o en la razón espiritualista, ni tampoco en lo que podríamos llamar la razón asociacionista, por su mecanicismo. Para Ortega, lo humano sólo se torna algo transparente a partir de la consideración de su historia vital. Y, si el hombre es historia, no existe ninguna posibilidad de predicción, sino sólo de retrodicción, puesto que la razón histórica aparece a posteriori. Pero algo puede ser previsto, pues hay un determinante vital que es conocido, el propio pasado. Todos estos supuestos alejaban a Ortega de todas las psicologías por entonces imperantes.

Pues bien, esta segunda propuesta orteguiana tampoco recibió mucha acogida entre nosotros, pues, por estos años, estábamos ante los prolegómenos de nuestra Guerra Civil, lo que no propiciaba el enraizamiento de las ideas existencialistas. Y, tras la victoria franquista, en nuestras cátedras se desarrolló, siguiendo el modelo germánico, una fenomenología idealista y de sillón, expresamente denostada por Ortega, y, junto a ella, una psicología aplicada que procuraba desmarcarse de los compromisos ideológicos, lo cual auspiciaba Germain y el grupo de pioneros que se agrupó en su entorno. Tendrían que pasar muchos años para el despegue de nuestra disciplina, y, por entonces, tomó la vía conductista y después la cognitiva, dejando la propuesta existencialista para algunos literatos o artistas o para algún psicopatólogo marginado por la Academia, tal como el anteriormente citado Martín-Santos y algunos de los que lo rodeaban, al que se le cerró, junto a Castilla, la entrada en las cátedras psiquiátricas, por la indigna actuación de López Ibor y sus seguidores, impregnados hasta lo indecible del nacional-catolicismo.

 

Ortega y el psicoanálisis

Ortega se refiere al psicoanálisis en varias ocasiones a lo largo de su obra, observándose una postura dubitativa a su respecto, particularmente en lo que tenía que ver con la sexualidad y en relación con las pretensiones freudianas de cientificidad de sus teorías.

La primera expresión pública de Ortega que conocemos de este tema, es la contenida en el artículo que redactó para la revista argentina La Lectura y que data de 1911 (véase tomo I de Obras Completas) (22). El trabajo apareció bajo el título La psicoanálisis, ciencia problemática. En él, tras llevar a cabo una serie de consideraciones para diferenciar la ciencia del mito, opta Ortega por incluir al psicoanálisis en esta última categoría. El mito fue así definido por él (22):

... contenido mental indiferenciado que aspira a ejercer la función de concepto o explicación teórica de un problema, pero que no se ha libertado suficientemente del empirismo sensitivo ni de la tonalidad afectiva y sentimental de todo lo que en nosotros es espontáneo.

Para llegar a la idea de que el psicoanálisis es un mito, Ortega se apoya básicamente en el análisis de las conferencias que Freud impartió en 1909 en la Clark University bajo el título de Cinco conferencias sobre psicoanálisis y en la Psicopatología de la vida cotidiana, extractando algunos trozos de una y otra obra, a partir de lo cual va llegando a una serie de conclusiones: así, que la esencia terapéutica del psicoanálisis está en una catarsis semejante a la de la confesión religiosa, junto a la posibilidad de realizar el deseo en conflicto (si es éticamente aceptable), o ayudar a una sublimación del mismo por medio de oportunas sugestiones, o bien, si nada de ello es factible, facilitando una nueva y definitiva represión.

Si lo anterior ya indica que Ortega no había llegado a captar la esencia de la terapéutica psicoanalítica, que Freud ya había esclarecido, la cuestión aún se torna más decepcionante cuando nos acercamos a sus reflexiones respecto a cómo entiende que el psicoanálisis no es explicativo ni por tanto científico: el argumento que Ortega esgrime es que los hallazgos de Freud no dan realmente cuenta de las causas que sostienen los diversos hechos psíquicos que aborda, dado que no hay una conexión necesaria o exacta entre los fenómenos observables y los que la investigación psicoanalítica evidencia, razonamiento típicamente positivista-causalista que repugna a la epistemología del psicoanálisis. Empleando un estilo lingüístico orteguiano, podríamos decir que no es la razón causalista la adecuada para dar cuenta de las propuestas freudianas, sino la razón hermenéutica, buscando no causas, sino significados a la luz de la dinámica inconsciente. Que esto se enmarque o no dentro de los saberes científicos es otra cuestión.

Pero Ortega, por entonces, estaba apegado a un modelo de ciencia natural (al que, es verdad, también Freud aspiraba) y al entender que el psicoanálisis no era sino una psicofisiología, su forma de razonar tenía una cierta lógica, pero sin duda no acertada para una crítica científica al psicoanálisis.

Ahora bien, a pesar de lo anterior, Ortega no duda en recomendar a José Ruiz-Castillo, el editor de Biblioteca Nueva, en 1917, que traduzca al castellano las obras completas de Freud, llegando a prologar en 1922 el primero de sus volúmenes. En este prólogo, dice Ortega (23):

La empresa me parece sobremanera acertada y contribuirá enérgicamente a atraer la atención de un público amplio sobre los asuntos psicológicos. Han sido, en efecto, las ideas de Freud la creación más original y sugestiva que en los últimos veinte años ha cruzado el horizonte de la psiquiatría.

Algo más adelante, añade:

De tal propósito [la cura del trastorno mental] surgió para Freud la necesidad de elaborar todo un sistema psicológico, construir con observaciones auténticas y arriesgadas hipótesis. No hay duda de que algunas de estas invenciones -como la represión-quedarán afincadas en la ciencia. Otras parecen un poco excesivas y, sobre todo, un bastante caprichosas. Pero todas son de sin par agudeza y originalidad. Lo más problemático en la obra de Freud es, a la vez, lo más provechoso. Me refiero a la atención central que dedica a los fenómenos de la sexualidad.

Como puede inferirse, Ortega no terminaba de fijar cuál era su auténtica actitud ante el psicoanálisis, aunque se deja entrever que no le agradaba el papel que se le concedía a la sexualidad. Sea como fuere, mostró la suficiente honestidad como para promover el conocimiento de Freud en nuestro país, que, si consideramos el éxito de venta que las obras completas de éste tuvo (15.000 ejemplares hasta 1936), debió ver cumplidos los anhelos de Ortega. En ello sí que puede asumirse que Ortega tuvo un importante papel en la psiquiatría española (que no en la psicología), ya que la influencia psicoanalítica se deja ver en la obra de José Sanchís Banús, Gonzalo R. Lafora, César Juarros, José María Sacristán, Emilio Mira y sobre todo Ángel Garma. Otros, como Gregorio Marañón, aunque se sintió al principio igualmente atraído, por sus prejuicios religiosos y su conservadurismo moral, no pudio asumir de igual forma la doctrina freudiana, apostando por Carl G. Jung, dado su alejamiento de la sexualidad y su interés por las tipologías, tan gustadas por Marañón. En tal sentido, es verdaderamente curioso que, cuando en 1948 Biblioteca Nueva vuelve a publicar las obras de Freud, se retira el prólogo de Ortega y se sustituye por una presentación del editor Ruiz-Castillo (24), que apoyándose en la autoridad del padre Gemelli y del padre Moore, manifiesta que el psicoanálisis debe ser interpretado con un sentido cristiano. Ya en 1972, en la tercera edición, reaparece el prólogo de Ortega, junto al de Ruiz-Castillo y otras presentaciones.

Pero volvamos un poco atrás, y veamos lo que Ortega escribía en 1920 en relación con el psicoanálisis, en sus Ensayos filosóficos. Biología y pedagogía (recogidos en el tomo II de las Obras Completas) (25):

El genial psiquiatra Freud descubre la génesis de muchas enfermedades mentales y de ciertas formas de histerismo en la explosión anómala que hace dentro del hombre adulto su niñez maltratada. Fue acaso una escena violenta presenciada en los primeros años, una cruda negativa de los padres a satisfacer un enérgico deseo del niño; el choque afectivo experimentado entonces forma a modo de un quiste o tumor psíquico que acompaña al alma en su crecimiento, deformándola hasta el día en que explota como una carga de espiritual dinamita. ¡Cuántas veces, al mirar los ojos de un hombre maduro, vemos deslizarse por el fondo de ellos su niñez inicial, que se arrastra, todavía dolienta, con un plomo en el ala!

Consciente Ortega, quizás tras su lectura de repaso o influido por algún comentario ajeno, de que estaba considerando las primitivas teorías traumáticas de Breuer y Freud, ya superadas, añade al anterior párrafo la siguiente nota a pie de página (25):

Esta es la idea inicial de Freud, que considero digna de no ser abandonada. Luego tomó su teoría un sesgo extravagante, concretando el origen de la psicosis en perturbaciones sexuales de la primera edad.

Como puede inferirse, tampoco con este añadido terminó de acoger lo que, en 1920, era el psicoanálisis: una doctrina que había dejado completamente de lado la teoría traumática inespecífica y la teoría de la seducción, en favor de la teoría del conflicto inconsciente del deseo prohibido.

Para dar fin a los acercamientos de Ortega al psicoanálisis, podemos referir otro de sus típicos posicionamientos al respecto, donde, a nuestro entender, se ve aún con mayor claridad que no llegó a entender la esencia del mismo. Para ello recuperemos un contenido de Vitalidad, alma, espíritu, escrito en 1924 (26), donde trata de esclarecer un malentendido de una crónica sobre una de sus conferencias, pues teme ser inscrito en la hueste freudiana:

...Creo que en el sistema de Freud hay algunas ideas útiles y claras; pero su conjunto me es poco afín. Para no hablar de cuestiones particulares, indicaré sólo que la psicología de Freud tiende a hacer la vida psíquica un proceso mecánico, bien que de un mecanismo mental y no físico. Ahora bien: yo creo superada en principio por la ciencia actual esa pretensión mecanicista y me parece más fecunda una teoría psicológica que no atomiza la conciencia explicándola como un mero resultado de asociaciones y disociaciones entre elementos sueltos.

Vamos, en psicología, como en biología general, a intentar un ensayo opuesto: partir del todo psíquico para explicar sus partes. No son las sensaciones -los átomos psíquicos-quienes pueden aclarar la estructura de la persona, sino viceversa: cada sensación es una especificación del Todo psíquico. Mi distancia de Freud es, pues, radical y previa a la cuestión ya más concreta de la importancia que pueda tener la sexualidad en la arquitectura mental. Casi podría decir que soy muy anti-freudiano, a no ser por dos razones: la primera, porque ello me situaría entre gentes de mala catadura; la segunda y decisiva, que en esta época donde todo el mundo es anti, yo aspiro a ser y a no anti-ser.

Si uno se detiene, aunque sea someramente, en la argumentación que utiliza Ortega para desmarcarse de la doctrina freudiana, nos da la impresión de que se está atacando una especie de psicología wundtiana, en su versión titcheneriana, lo que no tiene nada que nada que ver con el freudismo. Estimamos que Ortega abordó un terreno que sólo conocía muy someramente, permitiéndose llegar a unas conclusiones sorprendentes. Y lo triste es que, en tiempos presentes, algunos recurren al magisterio de Ortega para fundamentar sus críticas al psicoanálisis.

 

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Antonio Sánchez-Barranco Ruiz
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