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Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría

versión impresa ISSN 0211-5735

Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq. vol.27 no.1  mar. 2007

 

CRÍTICAS

 

Giovan Battista della PORTA, Fisiognomía I, Madrid, AEN, 2007, 281 pp.

Nacido el otoño de 1535, el napolitano Giovan Battista della Porta es uno de los pilares de la cultura partenopea. Vástago de noble familia destacó pronto por su intelecto. Vivió ochenta años y desplegó una incesante actividad científica y cultural: fundó la Academia de los Secreti; fue el artífice de la filial de los Lincei creada en Nápoles; y en su Villa delle Due Porte gestionaba un jardín botánico y un incipiente museo de historia natural. Escribió numerosos tratados pero debe su fama y el crédito histórico que le acompañan a su monumental Magia naturalis, que en 1589 alcanzó los veinte libros desde los cuatro iniciales del año 58, y, especialmente, a la Fisiognomía que nos ocupa, De humana physiognomia en el original latino publicado en 1586, que mantuvo su hegemonía hasta la centuria del setecientos, desplazada entonces por El arte de conocer a los hombres a través de la fisionomía escrito por Johann Kaspar Lavater. Fue el príncipe de los fisionomistas, si hacemos caso al antropólogo Julio Caro Baroja (Historia de la fisiognómica). Quiso conocer la naturaleza y lo hizo desde parámetros heterodoxos contrariando al tribunal inquisidor del Santo Oficio, pero supo vadear el vía crucis con paciencia y buenas amistades evitando dar con sus huesos en la mazmorra.

En Las palabras y las cosas teoriza Foucault que durante el siglo XVI se comprende la naturaleza como un conglomerado de signos dispuestos para que los hombres desvelen las ocultas propiedades (Madrid, Siglo XXI, 1989, p. 65). Porta participó de este anhelo, y puso todo su empeño en revelar la misteriosa relación espíritu-materia contenida en los objetos naturales. Su sabiduría fue polivalente, la botánica, la agricultura, la zoología, la astronomía, la óptica, la ingeniería, la geometría, la quiromancia, son materias que le pertenecen y practica enarbolando la bandera de un empirismo tendencioso, pues los fenómenos descritos están regulados por la misma irracionalidad que pretende combatir mediante la observación y la experiencia. Como consecuencia, en sus manos la naturaleza continúa siendo misteriosa, intuitiva, sibilina, prodigiosa, tiene mil caras modeladas en la más pura tradición aristotélica de materializar el alma usando el cuerpo. Todo es una metáfora fisiognómica y ningún objeto escapa a los designios de su conformación. Ésta es la clave ideológica del mundo mágico confinado en sus escritos.

Desplegando esta filosofía, la Fisiognomía portiana desarrolla el arte de adivinar las cualidades del alma atendiendo a los signos corporales. Primero aprendemos a identificarlos: están los signos relativos al temperamento del corazón, del cerebro, de la sangre, sobre el humor melancólico, el humor flemático, los relacionados con la cólera, los hay en comparación con los animales, según los climas, dependientes de la alimentación, de la edad, del sexo. Luego sabremos qué significan. ¡Ay de aquél que sea cabezón!, y los risueños que se apliquen el cuento: la risa abunda en la boca del necio.

Releer la Fisiognomía de Giovan Battista della Porta, a los clásicos siempre se les está releyendo o no lo serían, como enseña Italo Calvino (Por qué leer los clásicos), es recuperar un viaje iniciativo lleno de promesas, curioso, ingenuo, siempre atractivo. Una aventura intelectual que arrebata por el mero placer de la lectura. Miguel Ángel González Manjarrés es el responsable de la cuidada traducción, las prolijas notas, y una introducción medida y erudita donde se discute el tema, del autor, y la obra sin caer en la tentación de construir un libro paralelo. Traducir por vez primera al español un clásico italiano del cinquecento es un feliz atrevimiento editorial digno del mayor de los elogios, y, puesto que somos lo que leemos, estamos de enhorabuena.

Andrés Galera

 

 

Javier SÁEZ, Teoría Queer y psicoanálisis, Madrid, Síntesis, 2004, 221 pp.

Teoría Queer y psicoanálisis es un magnífico texto, recientemente traducido al francés, que tiene como argumento principal el estudio de los dispositivos morales, filosóficos, religiosos, médicos y políticos que cubren el campo del deseo. Pero una meditación acerca del deseo, dada su naturaleza política, es inseparable de una reflexión sobre la esencia del poder. El poder para Sáez, en continuidad con Foucault, no es una instancia vertical que se cierne sobre los individuos sino un entramado de relaciones en el que estamos inmersos. A partir de esta concepción reticular, la teoría queer se interesa por los discursos, las prácticas y las organizaciones sociales que configuran normativizando la sexualidad.

Además, a lo largo del libro, el psicoanálisis aparece de fondo. Sáez incide en los presupuestos homófobos que acompañan a la tradición psicoanalítica. Como ejemplo de ello, el autor recoge las jugosas y polémicas reflexiones del filósofo francés Didier Eribon de lo que, en su opinión, constituye una constante en la obra de Lacan: su heterocentrismo. Puede decirse que la herencia analítica no hizo suya la revolucionaria afirmación de Freud según la cual la pulsión carece de objeto, quedando, por lo tanto, liberada del lastre de todo biologicismo que la vinculase a un proceso natural. Es en contra de esta genial intuición como se habría escrito la historia del movimiento psicoanalítico y en donde lo queer encuentra su espacio a la hora de enfrentarse con el freudismo.

Teoría Queer y psicoanálisis se divide en dos partes. En la primera, y más extensa, se analiza el significado del término queer ("rarito", "curioso", "extraño"), describiendo el contexto socio-político en el que habría nacido, sus referentes filosóficos (Foucault, Deleuze-Guattari y Derrida) así como la aportación intelectual de las teóricas queer: Monique Wittig, Adrienne Rich y Gayle Rubin. En la segunda, se relaciona el psicoanálisis y, sobre todo, la intervención de Lacan, con la teoría queer, subrayando las conexiones y diferencias entre los dos discursos.

Lo queer surge en California en los años ochenta como una forma de autodenominación de ciertos colectivos, lesbianas negras y chicanas principalmente, en los que la raza o la posición socio-económica jugaba un papel central en su realidad personal, en respuesta a una especie de "identidad gay" que estaba imponiéndose la cual, tras la búsqueda de los valores de estabilidad y respetabilidad, visualizados en la institución del matrimonio, escondía un discurso cada vez más conservador. En consecuencia, hacer de lo queer un saber académico es olvidar su originario sentido político: En el principio fue la acción. De ahí las prevenciones que muestra Sáez a la hora de reducir lo queer a una "teoría" en su sentido epistemológico.

Además, lo queer es una reivindicación de otras sexualidades "desviadas" -sea el sadomasoquismo, el fetichismo, el travestismo o la transexualidad- una vez que lo gay ha atravesado las puertas de la aceptación social. Quienes deciden autonominarse queer se oponen no sólo a los intentos de inscribir el deseo en una supuesta normalidad psíquica sino también a la demonización de aquellas conductas sexuales que exceden el marco de la homosexualidad "tolerada".

En cuanto a la vinculación entre psicoanálisis y queer, el debate lo inaugura Freud cuando, a propósito de la homosexualidad, deja de considerarla una patología para ver en ella una disposición sexual presente en todo individuo. Lacan, por su parte, mantiene, en este punto, una posición compleja pues, al tiempo que separa deseo de género, desplazando el ámbito de la sexualidad hacia lo Real, no abandona, a pesar de ello, el lenguaje de la perversión cuando aborda la temática de la homosexualidad o del travestismo. Entre las autoras queer más críticas con Lacan encontramos a Teresa de Lauretis quien le reprocha la centralidad que otorga al falo y a Marie-Hélène Bourcier que rechaza el olvido del psicoanálisis de lo público, de la política, al limitarse al ámbito de lo privado entre paciente y analista.

Hay, para terminar, una discrepancia insalvable entre la perspectiva queer y el modelo psicoanalítico. Concretamente, en el lugar que cada uno concede a la diferencia sexual. Para la teoría queer la propia diferencia sexual, de la mano de Monique Wittig o Beatriz Preciado, es ya un efecto del orden heterosexual y, por lo tanto, un postulado a subvertir. Las lecturas queer ponen en el punto de mira la aceptación incuestionada de la polaridad sexual. No se trata, entonces, de destacar el carácter social del concepto de género, como acertadamente supieron ver las corrientes del feminismo clásico, sino de extender esta idea de artificiosidad a la noción biológica de sexo. El sexo pasa a ser interpretado como un texto donde confluyen diversos discursos hasta configurarlo como un producto cultural más.

Luis Aragón González

 

 

Jeremy SAFRAN, Christopher MURAN, La alianza terapéutica: una guía para el tratamiento relacional, Bilbao, Desclée de Brouwer, 2005, 336 pp.

Nos llega ahora este libro en lengua castellana, tras aparecer en 2000 con el título Negotiation the Therapeutic Aliance: A Relational Treatment Guide. En él, sus autores, Jeremy D. Safran y J. Christopher Muran, contemplan una psicología bipersonal y una epistemología constructivista, prestando una creciente atención a la experiencia y la participación del terapeuta en el marco siempre "del aquí y ahora" y de la teoría relacional. Enfatizando cómo la calidad de la alianza terapéutica es el predictor más robusto del éxito del tratamiento, corroborado por más de medio siglo de investigación psicoterapéutica. Aclaran, ya en una primera parte introductoria, la finalidad formativa de este libro, pretendiendo que los terapeutas se instruyan en la negociación de las rupturas de la alianza terapéutica, así como en el trabajo constructivo de los procesos negativos de la psicoterapia.

Se divide el libro en siete grandes capítulos, teniendo los tres primeros un enfoque principalmente teórico y los últimos una naturaleza más técnica, claramente influenciada por el programa de investigación sobre la alianza terapéutica desarrollado por los autores desde los años ochenta, primeramente en el Instituto de Psiquiatría Clarke de Toronto y posteriormente en el Centro Médico Beth Israel de Nueva York.

En el primer capítulo, "La Alianza Terapéutica Reconsiderada", se realiza una exhaustiva revisión del concepto de "Alianza Terapéutica", teniendo en cuenta diferentes tradiciones psicoterapéuticas: tradición experiencial (gestalt y terapia centrada en el cliente), terapia cognitiva y especialmente la teoría psicoanalítica, adaptándolo a las perspectivas teóricas contemporáneas.

Ya en el segundo capítulo, "Presunciones y principios generales", se desarrolla desde una óptica más general los cimientos para el trabajo sobre los impases terapéuticos. "Cómo entender la ruptura de la alianza y los impases terapéuticos", título que encabeza el tercer capítulo, resume el objetivo de este apartado: gestionar las rupturas de alianza y los impases desde una variedad de perspectivas complementarias; entendiendo los impases como vía para acceder a los esquemas relacionales del paciente y no como un obstáculo a superar.

Se detalla en el cuarto capítulo los principios tanto generales como específicos de la metacomunicación terapéutica, principios generales en los que se diferencian tres partes: participación-orientación, atención-foco y expectativa. Se describen los principios específicos bajo los encabezamientos de conciencia y comunicación, al tiempo que toda la exposición viene apoyada con numerosos ejemplos y esquemas clínicos, así como con el desarrollo de ilustraciones clínicas.

Los "Modelos de estadio-proceso para la resolución de la ruptura de la alianza" suponen el centro de interés en el quinto capítulo, tanto de las rupturas por distanciamiento como por confrontación. Realizan Safran y Muran un completo esquema teórico de ambos modelos, apoyados por clarificantes ejemplos clínicos, producto todo ello de más de una década de investigación. Facilitando al terapeuta en gran medida la negociación satisfactoria de las rupturas de alianza. Todos estos principios descritos en los anteriores capítulos son aplicados ahora a la "Terapia Relacional Breve", contemplando una psicología bipersonal y epistemología constructivista, prestando principal atención al "aquí y ahora".

Finalmente en el capítulo séptimo nos proponen "Un enfoque relacional para el entrenamiento y la supervisión", en el que se evidencia de nuevo el papel clave que la supervisión desempeña en la práctica profesional y en la formación de los psicoterapeutas, información que incluya un componente experiencial significativo, que subraye al proceso de crecimiento personal.

Iria Prieto

 

 

Piedad RUIZ, El maltrato a la mujer, Madrid, Síntesis, 2006, 167 pp.

"Un enfoque psicoanalítico a través de su historia y de su clínica", lleva de subtítulo este libro al que hay que considerar de entrada como lúcido, valiente y necesario, además de oportuno, porque ordena y esclarece un fenómeno, el del maltrato a la mujer, eufemísticamente llamado violencia de género, de candente actualidad, sobre el que se vierten apresurados juicios y sobre el que brillan por su ausencia análisis de más largo alcance como el que este libro nos brinda.

La sencillez y la claridad presiden el texto de esta psicoanalista que por encima de ortodoxias doctrinarias y sin abandonar el rigor de una atenta y crítica lectura de los textos, desde el pensamiento feminista a Freud y gran parte de los autores más destacados del psicoanálisis, y de una cuidadosa escucha del doloroso testimonio de muchas mujeres, nos trasmite de un modo directo y audaz, y yo diría que al alcance de cualquier lector interesado, una mirada indagadora, primero sobre las condiciones sociohistóricas que han precedido y posibilitado la emergencia de una realidad convertida hoy en tragedia y síntoma social de una época y después y fundamentalmente sobre la clínica del maltrato, tomado éste como síntoma subjetivo, psíquico y sirviéndose para ello de las elaboraciones del psicoanálisis, que con su teoría del sujeto como sexuado ha podido ampliar el pensamiento feminista sobre el maltrato y trascender los postulados falocéntricos.

Como nos señala en el prólogo Francisco Pereña, Piedad Ruiz junto a otras mujeres psicoanalistas se han empeñado en los últimos años en un trabajo de investigación riguroso y sostenido que trata de saldar una deuda histórica del psicoanálisis y de la teoría psicoanalítica con la mujer. Libres de la servidumbre al fantasma masculino, nadie como ellas para pensar las consecuencias de esa servidumbre.

El libro se estructura en dos partes diferenciadas. La primera arranca de la necesidad de contemplar el fondo sociohistórico en el que se escenifican los dramas subjetivos. La tesis que la autora sostiene convincentemente es que la historia de las mujeres, al menos en el mundo occidental desde los griegos, es una historia de dominación y de sometimiento al poder masculino, el cual se defiende mediante la denegación de la diferencia sexual y de la alteridad femenina. Todas las teorías esencialistas sobre la mujer la han ubicado del lado de la naturaleza, el cuerpo, el mal, el pecado, la mentira, la amoralidad, etc. Como modos de defensa histórica del hombre ante el deseo femenino.

No deja de lado la "mentalidad española" y la necesidad de la memoria de sus determinaciones históricas, donde la conjunción del poder político y religioso operaron para someter a la mujer al silencio, privándola de sus más elementales derechos y aniquilando todos los procesos emancipatorios abiertos e iniciados durante el período republicano y los años previos.

Será en la segunda parte, donde aborde en profundidad con las herramientas del psicoanálisis y el sostén de la clínica el fenómeno del maltrato. Es desde la revisión crítica de los textos y conceptos fundamentales freudianos, desde el conocimiento del pensamiento y de los movimientos feministas y desde los relatos desnudos de esas mujeres que han sufrido maltrato, que nuestra autora teje un panorama complejo y esclarecedor, situando las condiciones subjetivas que sirven de terreno propicio en el que se forja una relación de maltrato. El terreno abonado que son esas madres de la incondicionalidad de cuyo seno surgen esos hijos violentos, que reproducen en sus relaciones de pareja aquella primera relación narcisista dual con la madre omnipotente, que son incapaces de amar y están prestos al odio y a la violencia a la primera insatisfacción. En esa microfísica de la relación amorosa nos desentraña las claves para pensar la violencia del maltratador hombre y la confusión y la parálisis de la mujer víctima. Recorre exhaustivamente los modos actuales y posibles en que se manifiesta el maltrato como físico, psicológico y sexual, en la finalidad última de la destrucción del cuerpo y de la subjetividad de la víctima.

¿Cómo el vínculo amoroso se transforma en relación de poder, sometimiento, humillación y maltrato? Para ello la autora nos conduce a la violencia estructural y original que anida en nuestra condición humana, donde la dependencia amorosa se anuda con la apropiación del otro en un vínculo de poder y violencia que marcará el destino de nuestra existencia. Es prácticamente una conquista del último siglo, la participación de la mujer en la vida política y cultural, la autonomía y la libertad para decidir en su vida amorosa, en su maternidad. Esta libertad ha constituido para muchos hombres el efecto de una amenaza insoportable y para ellos es una realidad, que confrontados a la diferencia sexual y al deseo femenino tratan la angustia que este vínculo les depara con el ejercicio de un poder y de una violencia que es la manifestación del vínculo sadomasoquista en el que están atrapados, que les conduce a la destrucción ciega del otro y que es la manifestación de la escasa separación del objeto materno y de una insuficiente elaboración edípica. En el maltrato no hay aceptación de la alteridad del otro. Se le niega la existencia propia. Si define certeramente los perfiles psicológicos y mecanismos psíquicos implicados en el hombre maltratador, insiste también, advirtiendo de que ello nunca sirva de justificación del maltrato, de la "trampa mortal" en que algunas mujeres víctimas quedan enredadas al confundir el amor con la servidumbre, la dependencia y el sacrificio y cómo, proclives ellas a protegerse de la angustia con el amor de un hombre, aceptan la demanda de incondicionalidad y de exclusividad de éste, como la prueba segura de su amor con el que cierran el horizonte de su vida.

Piedad Ruiz hace una crítica razonada y lúcida de algunos conceptos freudianos y lacanianos que han sido utilizados como explicación de la sexualidad y de la subjetividad femenina, como el masoquismo femenino, la envidia del pene o el goce Otro, que si bien tienen su operatividad en la clínica de la mujer, de ningún modo pueden usarse como llaves maestras para explicar la feminidad o la posición de víctima de maltrato. Ése es precisamente uno de los objetivos declarados del libro, librar al psicoanálisis de la maldición de ser una herramienta de victimización doble de las mujeres al tratar de explicar el maltrato por las determinaciones subjetivas de la víctima. Así, el tratamiento de la mujer maltratada que se desplaza entre la confusión, el miedo y la vergüenza, exige un primer tiempo de reconocimiento y de acercamiento a su condición de víctima y no su cuestionamiento, de igual modo que el tratamiento del maltratador ha de estar presidido de entrada por la responsabilidad y la culpa y de otro modo no habrá tratamiento posible.

Este libro que enseña mucho a profesionales y profanos, necesariamente escrito por una mujer, por su mirada apasionada, comprensiva, solidaria y cómplice con el dolor de las víctimas, que no rehuye el compromiso ético de tomar partido y que no por ello es panfletario ni demagógico, nos habla del maltrato, pero a la vez y por ello puede inquietar y molestar, habla también de la condición masculina que lo soporta, cuando el hombre no logra estructurar un vínculo deseante que parta del reconocimiento y de la aceptación de la diferencia sexual y de la alteridad y se empantana entonces por el camino del poder y de la destrucción del otro. El capítulo que cierra el libro es una reflexión sobre la condición sublimatoria del deseo femenino, un deseo que nos propone caracterizado como "cercanía en la alteridad", y cuyo despertar más allá de abocar en el maltrato tenga la fortuna de incidir en un nuevo modo del vínculo social, hasta ahora no verificado, pero posible. Es una propuesta para una ulterior investigación sobre los avatares del deseo femenino, que por su interés no deberíamos dejar caer en el olvido.

José María Redero San Román

 

 

E. VASCHETTO (comp.), Depresiones y psicoanálisis. Insuficiencia, cobardía moral, fatiga, aburrimiento, dolor de existir, Buenos Aires, Grama, 2006, 140 pp.

Esta recopilación de ocho artículos y un diálogo cumple con una doble vocación: la de señalar los caminos posibles de una clínica a la altura del sufrimiento presente, y la de denunciar las insuficiencias, cuando no las intenciones espurias, de las respuestas que la psiquiatría actual ofrece al fenómeno universal de la tristeza. Se trata, pues, de un libro pertinente e impertinente, necesario e incómodo, como lo son todas las quejas en su nacimiento y lo siguen siendo mientras logran mantenerse a salvo de las tentaciones de la propia complacencia. En este sentido, la orientación lacaniana, que es la que anima la parte psicoanalítica del texto, ha permanecido siempre fiel a esa ética del no cejar en sus responsabilidades clínicas y teóricas, y no retroceder ante cuantos escollos interpongan las nuevas formas del malestar en la cultura. Emilio Vaschetto, psiquiatra y psicoanalista argentino, ejerce su labor asistencial en el Hospital Central de San Isidro, en Buenos Aires. Y, como nos ocurre a todos los que enfrentamos una labor similar, se las ve a diario con una clínica en exceso influida por otras variables que el pathos subjetivo. De ahí que haya elegido el plural para el título de la recopilación -"depresiones"-, y que le haya añadido una coda en forma de eco. Donde hoy sólo se escucha "depresión", en virtud de un reduccionismo que pretende asimilar la naturaleza del objeto de estudio a la de los materiales técnicos que emplea en su tratamiento, Vaschetto hace resonar algunos términos con que otras tradiciones han nombrado el epifenómeno depresivo, y que la psiquiatría actual haría bien en no olvidar.

Por coral, el libro resulta forzosamente heterogéneo, y sin embargo uno puede hacerse cargo de las intenciones que lo animan precisamente porque el compilador se ha encargado de mostrarlas al dividirlo en tres partes, y de animar el debate en sendos frentes en el artículo que lo abre. Estas tres versiones en que el texto demuestra su pertinencia e impertinencia son la clínica, la política y la ética, y han de servir también de guía al lector, que encontrará así una unidad entre los artículos y sabrá disculpar algunos errores de edición que en nada empañan, por otro lado, la riqueza de las referencias y propuestas que se dan cita en ellos.

Estamos, pues, ante un libro nacido de una determinada ética, puesto que es, en rigor, desde ella desde donde se defienden una clínica y una política concretas, y de donde nace su espíritu crítico y denunciante: frente a la irresponsabilidad y la mauvais foi, la firme determinación de no desfallecer en la investigación de lo depresivo. En la clínica, se denuncia la obturación de la subjetividad con las respuestas apresuradas del consejo o del psicofármaco, y se propone la dignificación del síntoma frente al trastorno. En la política, cuestión que hace a las estrategias que emanan de la concentración de determinados saberes y poderes, se defiende de nuevo el síntoma como producto genuino del sujeto ante su masiva objetivación. Se trata, en fin, de una ética de la responsabilidad subjetiva que viene a denunciar esa progresiva desresponsabilización del paciente a la que asistimos a diario en nuestro trabajo cuando lo vemos acogerse al término "depresión" tapando cualquier otra pregunta sobre su deseo. Y que es consciente de que una de las razones primeras de esa dimisión de sus obligaciones para con su libertad se sitúa en que seguramente el discurso médico ha tratado de mitigar las angustias ajenas intentando eliminar primero la propia.

Para enfrentar esta triple tarea, Vaschetto ha reunido intencionadamente a algunos estudiosos de ambos lados del Atlántico, sabedor de cuáles son algunos de los terrenos en que se juega la partida que acabamos de esbozar: la historia, la psicopatología y la misma práctica clínica, psicoanalítica o no. Todas las aportaciones a este libro tienen en cuenta estos tres campos, aunque se decidan por uno de ellos ya para un estudio más detallado, ya para el simple esbozo de las problemáticas cuya reflexión se muestra más necesaria. Valga como ejemplo la visión histórica del problema de las depresiones que plantean los textos de J. C. Stagnaro, D. Matusevich, o Jean Garrabé, o el necesario e instructivo recorrido con el que J. M. Álvarez y J. Rodríguez Eiras nos muestran la mutación de la clásica melancolía en la actual depresión. François y Rokaya Sauvagnat se centran en las dificultades psicopatológicas que entraña la psicosis manía-co-depresiva, y G. Stiglitz y E. Berenguer aportan ejemplos claros del atolladero depresivo y las condiciones en que el sujeto puede retomar las riendas de un deseo detenido. Cierra el volumen, con acierto, una conversación entre Vaschetto y G. García en que se someten a la prueba del diálogo algunas de las cuestiones cuya pertinencia e impertinencia el libro, en su conjunto, pone de manifiesto.

No por vulgarizado y casi ubicuo, el problema de las depresiones ha perdido su prosapia. Una respuesta a la altura de esta versión del malestar pasa por dignificar de nuevo su estatuto de expresión de la subjetividad, atender a su historia, y no ceder a la tentación de resolverlo en trastorno, convirtiéndolo en objeto y tratándolo con los otros tantos objetos con que la sociedad de consumo pretende restañar la herida de la división. Es, sobre todo, esta ética frente al sufrimiento lo que encontrará el lector que eche un vistazo a esta recopilación.

Francisco Ferrández

 

 

Anthony RYLE; Ian B. KERR, Psicoterapia Cognitiva Analítica. Teoría y práctica, Bilbao, Desclée de Brouwer, 2006, 384 pp.

El presente libro ofrece una introducción y revisión tanto de los principios teóricos como de la aplicación práctica de la psicoterapia cognitivo-analítica (PCA). Ésta constituye un modelo de psicoterapia breve de perspectiva integradora, desarrollada en la década de los ochenta en Inglaterra por Anthony Ryle -sus trabajos más importantes datan de 1987, 1991, 1995, 1997 y 2002- e introducida en España a principios de los noventa por Carlos Mirapeix -a lo largo de los artículos publicados en 1994, 1996, 1998, 1999, 2000, 2003 y 2004-. Su método establece inicialmente un límite de 16 sesiones, que puede ser ampliado o recortado de acuerdo con la gravedad y según el caso. Se trata de una psicoterapia focal en la que terapeuta y paciente intentan clarificar uno o varios focos sobre los que poder trabajar en la terapia, de acuerdo a un "practicarla con" y el consecuente "poder compartido" que se establece, como cita Carlos Mirapeix en el prefacio del libro.

En los capítulos introductorios los autores defienden la amplia aplicabilidad del modelo, la versatilidad para distintas patologías y su eficiencia. A continuación se expone de modo resumido el desarrollo teórico de la especialidad, desde los conceptos cognitivos que sustentan la base, pasando por la teoría analítica de las relaciones objetales y el desarrollo del self, finalizando con las ideas vygotskianas acerca de la formación social e histórica de los procesos mentales superiores, así como las aportaciones de Bakhtin sobre el rol del diálogo interpersonal e interno.

Del capítulo 5 en adelante el libro está escrito a modo de manual, donde se tratan los diferentes aspectos que afectan a la práctica de la PCA: la selección y evaluación de casos, la reformulación, el curso de la psicoterapia, el "modelo ideal" de intervenciones terapéuticas y su relación con la supervisión de los terapeutas, las aplicaciones de la PCA a varios grupos de pacientes y contextos, el tratamiento de trastornos de personalidad y el concepto de paciente "difícil", así como diversos enfoques sobre el problema, incluido el uso de la "reformulación contextual".

Cada capítulo va introducido por un breve comentario del contenido y coronado por referencias bibliográficas para ampliar conocimientos sobre el aspecto concreto tratado. Muy clarificadores resultan los numerosos ejemplos de casos, los cuales ilustran y refuerzan los contenidos expuestos. Al final del libro aparece un útil glosario con las definiciones de los términos técnicos, lo que facilita en gran medida la comprensión del texto. Cuatro apéndices vienen a completar la obra: el primero incluye un compendio de las referencias bibliográficas de los trabajos de investigación de la PCA; los dos siguientes contienen sendos cuestionarios de evaluación (el Cuestionario de Psicoterapia PCA y el Cuestionario sobre Estructura de Personalidad); y el último una descripción de las parrillas básicas del repertorio y su uso en la PCA.

Por todo ello, tenemos en nuestras manos un libro que se asemeja a la propia técnica -si empleamos los calificativos de Carlos Mirapeix en el prólogo-: coherente, breve y eficaz. En definitiva, una buena aproximación a este modelo teórico-práctico.

M.ª Luisa López

 

 

Román GUBERN, Patologías de la imagen, Anagrama, Barcelona, 2004, 368 pp.

En Patologías de la imagen, Premio de Ensayo Ciudad de Barcelona, Gubern vuelve a andar por una senda que empezó a recorrer hace varias décadas y cuyos jalones principales ha ido plasmando en distintos libros, como Mensajes icónicos en la cultura de masas, La mirada opulenta o Del bisonte a la realidad virtual; y sobre todo desarrolla muchas de las ideas esbozadas en La imagen pornográfica y otras perversiones ópticas, una obra de 1989 recientemente reeditada también por Anagrama.

Hace ya años que muchos pensadores, como Baudrillard o Debord, alertan sobre el peligro de la sociedad de simulacros o máscaras en que vivimos y que en buena parte tiene que ver con su adormecimiento a fin de ser mejor explotada o dirigida. Gubern ha venido historiando parte de este proceso a través del análisis de la cultura de la imagen, desde lo que llama el útero icónico, momento prehistórico "cuando de las rayas aleatorias surgió para su productor (o para un observador) un sentido, una imagen, haciendo de la línea un significante", hasta llegar a los últimos entresijos de la imagen digital y la realidad virtual, pasando por las diferentes épocas en las que la imagen ha ido jugando diferentes papeles.

En Patologías de la imagen Gubern trabaja uno de los aspectos de este asunto, nos muestra los usos desviados de la imagen, su utilización como espacio de conflicto donde se desarrolla la lucha ideológica: en muchas ocasiones las imágenes se han convertido en armas para defender o atacar ciertas posiciones religiosas, políticas o morales, han molestado, irritado o escandalizado, han sido instrumentos de fascinación pública para los totalitarismos de todo signo y de fascinación privada en nuestros hogares donde la pantalla televisiva es dueña y señora de nuestro tiempo.

Uno de los alicientes del libro es su profusión de imágenes (no podía ser menos) que da cuenta de toda una serie de heterodoxias iconográficas perpetradas a lo largo de la historia; así se nos muestran las "celdas alucinantes", inspiradas en pinturas abstractas y utilizadas para incrementar la tortura de los allí encarcelados, vemos la cartelería y las fotos oficiales de diferentes ideologías políticas, las imágenes de los anuncios publicitarios o las obras de arte de diferentes culturas. Y además es envidiable la facilidad con la que el pensamiento de Gubern discurre por mil y un meandros recurriendo desde Aristóteles a Lévi-Strauss, pasando por el De humana physiognomia de della Porta o La expresión de las emociones en los animales y en el hombre de Darwin, y llegando hasta los últimos avances de la fisiología y la psicología o la actualidad periodística. Todo ello le sirve para trazar un retrato de los trastornos de la iconosfera occidental, que tienen como causa la asunción de ciertas imágenes como algo ofensivo, inquietante e incluso demoniaco.

Su recorrido le lleva a interesarse por el mundo de las falsificaciones, que pone de relieve una transgresión que no es estética sino ética; rastrea el momento histórico en el que se urde el concepto de autoría artística, que necesita como complemento el de falsificación, y se refiere a diferentes casos, como el de Hans Anthonius van Meegeren, falsificador especializado en Vermeer que ante su detención como colaboracionista de los nazis decidió confesar sus falsificaciones pues la pena para este delito era mucho menor, o el de Elmyr de Hory, llevado a la pantalla por Orson Welles en Fraude. Por la obra desfilan la historia de las luchas entre iconoclastas y veneradores de imágenes en los primeros siglos del Cristianismo; el tabú iconoclasta de la religión islámica; la aparición del barroco percibido como extravagante y de recargado mal gusto en su época; el origen del realismo como un movimiento transgresor; las rupturas de las diferentes vanguardias del siglo XX; la utilización de la censura a través de la imagen por parte de Hitler y de Stalin que da lugar a toda una serie de imágenes militantes; la fuerza de la publicidad; la representación figurativa del sexo a través de los tiempos; la resistencia y la fascinación ante los videojuegos e Internet; nuestra inmersión en la realidad virtual; e incluso el escándalo provocado por el fugaz atisbo del pezón de Janet Jackson...

Así, este examen de la sociopatología de las imágenes nos muestra que "las imágenes pueden convertirse en manifestaciones de poder, amigo o enemigo, amable u odioso. La caricatura política o la imagen blasfema, herética o pornográfica constituyen paradigmas ejemplares de tal beligerancia ideológica. Pero no sólo las imágenes figurativas, dotadas de una dimensión semántica, han actuado como espacio de confrontación o campo de batalla en el imaginario religioso o político. Que las formas visuales abstractas llegasen a convertirse en armas ideológicas militantes en la guerra fría dice mucho acerca de la amplia poli-disponibilidad de cualquier imagen"; y esto es así porque las imágenes no son unívocas, nos proponen una visión del mundo, del visible y del invisible, y tal visión puede ser compartida o aborrecida, y este relativismo es lo que genera su potencial conflictivo u ofensivo connatural a la cultura humana.

Ángel Cagigas

 

 

Pau PÉREZ SALES (ed.), Trauma, culpa y duelo. Hacia una Psicoterapia Integra-dora, Bilbao, Desclée de Brouwer, 2006, 596 pp.

¿Es posible aprender de las experiencias traumáticas? La narrativa como concepto de psicoterapia es el eje de este libro. Trauma, Culpa y Duelo es un libro que no solamente se basa en los principios de la psicoterapia de perspectiva integradora, sino que es también un programa de auto-formación en psicoterapia de respuestas traumáticas. Esto es llevado a cabo a través de un amplio recorrido conceptual que alberga una parte teórica, experiencias de supervivientes, espacios de reflexión personal y el análisis y realización de ejercicios sobre grabaciones de intervenciones en psicoterapia. El libro viene con un DVD con ejercicios y casos clínicos que pertenecen a la parte audiovisual de este ejemplar. La idea principal es la de la psicoterapia como un espacio íntimo de lucha por la libertad.

Ha sido elaborado por Pau Pérez Sales y Alberto Fernández Liria, junto con varios colaboradores, entre los cuales se encuentran Beatriz Fernández Vega, Blanca Amador, Carmen Bayón y Vanesa Apelléniz. El trabajo colectivo es la herramienta sobre la cual se centra este libro, no solamente en la participación de los distintos colaboradores del mismo, sino en el hecho de que brinda un espacio horizontal de encuentro, se recalca el lujo que representa el trabajar con supervivientes día a día, quiénes van depositando sus emociones, dudas, angustias y experiencias: lanzando una mirada hacia la relación terapéutica. La empatía, la compresión y la escucha activa, como en todas las psicoterapias, son los elementos más poderosos de trabajo en este campo. Te enseña a comprender lo que una situación crítica puede representar para otro. Como dice Pau Pérez, se ha perdido algo que es básico para poder vivir tal y como uno se ha venido pensando a sí mismo hasta ese día.

El material escrito consta de una parte de reflexión personal, otra de revisión bibliográfica y otras más de desarrollo de técnicas de intervención en psicoterapia. Por otro lado, el material audiovisual presenta un proceso terapéutico sesión a sesión en cada caso clínico.

El libro consta de cinco secciones. La parte de Duelo es la más extensa y ocupa casi la mitad del texto. Se elabora el concepto de trauma a través de múltiples vivencias personales que son indispensables en el proceso de autoformación. Ésta es quizás una de las mayores fortalezas de este libro. Se invita al lector a realizar un trabajo que comprende, en cada texto de la sección, buscar los elementos que componen el hecho traumático y las consecuencias de éstos. Invita, a través de las vivencias ajenas y explorando en las propias, a identificar los elementos de resistencia y encontrar el camino para una psicoterapia. Después del ejercicio, se puede contrastar lo propio con una Guía de Contraste con el propósito de seguir reflexionando sobre el tema. No se deja pasar por alto la visión del trauma adaptable a la manera transcultural ni se deja de mencionar el trauma colectivo. La meta es llegar a formular algunos principios para una psicoterapia basada en la experiencia de personas afectadas por alguna situación traumática, incluyendo elementos de resistencia individual y colectiva. Se mencionan diversos modelos conceptuales, de distintas inclinaciones teóricas, desde el psicoanalítico hasta el cognitivo-conductual y, por supuesto, la perspectiva integradora que es siempre importantísima en este libro.

En la segunda parte, que corresponde a la Culpa, se exploran los elementos para una psicoterapia estructurada. Se sigue el mismo patrón que en la sección anterior: la búsqueda de un auto-concepto, se invita a echar un vistazo en las vivencias personales, en el material teórico y se intenta llegar a elucubraciones que se buscará reflexionar ante la Guía de Contrastes. Se intenta, así, perfeccionar las técnicas del trabajo terapéutico. La tercera sección va a presentarnos al modelo del Duelo como un referente para organizar el trabajo en salud mental en las situaciones mencionadas. Evita la estigmatización de las víctimas como enfermos, reclamando la participación del sobreviviente y enfrentando tales situaciones: es más bien un trabajo que debe realizarse frente a la pérdida. Los autores proponen el modelo de Worden, y el conjunto de tareas que éste formula, como un proceso útil para planificar intervenciones en psicoterapia siguiendo un trabajo de elaboración de narrativas.

En la cuarta parte -de Técnicas Específicas en el Tratamiento de las Reacciones Post-Traumáticas- se invita a recorrer la exposición, el EMDR y la hipnosis. Y en la última sección se intenta colocar al sujeto ante las situaciones de la vida cotidiana a través del Enfoque de Grupo en la Psicoterapia de Situaciones Traumáticas. Tal es, en resumen, el contenido de este libro tan recomendable.

Francisco Vaccari

 

 

Antonello LA VERGATA, Guerra e darwinismo sociale, Catanzaro, Rubbettino, 2005, 254 pp.

Satisfechos y reconfortados, la mayoría de los biólogos se conforman con aprender que los organismos evolucionan mediante una continua lucha por la existencia que determina la supervivencia del más apto, tal y como proclamó Darwin. Proceso denominado selección natural; dos palabras mágicas con efectos hipnóticos. Este eficaz resumen evita que la mayoría de ellos se amargue la vida leyendo las antiguallas evolucionistas, consideradas una pérdida de tiempo. En el ámbito sociológico la evolución según Darwin triunfó en el sempiterno darwinismo social; dos palabras igualmente encantadas y no menos seductoras. La sociobiología encuentra en la ley del más apto la base biológica, la irrefutable verdad científica capaz de justificar el trasgresor comportamiento humano disfrazándolo de competencia. Así definida, la fórmula ideada por Darwin es parte sustancial del depredador biologicismo practicado sobre las ciencias humanas por el determinismo imperante desde la centuria del ochocientos, incorporando categorías y conceptos desarrollados por las ciencias biológicas. En Guerra y darwinismo social se analiza la historia de este juego de intereses ideológicos durante el siglo XIX hasta la segunda contienda mundial, respondiendo a la pregunta de cómo influyó el concepto de selección natural en la caracterización del fenómeno guerra hacia un proceso natural y, por ende, hacia un suceso lógico integrado en la evolución de la especie humana.

Antonello La Vergara conoce el tema que tiene entre manos, sabe lo que hace porque ha dedicado su tiempo a investigarlo -y el dinero, añadiría un clásico del cinquecento napolitano como Gian Battista della Porta, para quien el científico debe ser rico, o enriquecerse primero, para poder filosofar después (Della magia naturale)-. Libros excelentes (por ejemplo, L"equilibrio e la guerra della natura. Dalla teologia naturale al darwinismo, Nápoles, Morano, 1990, son setecientas páginas de lectura obligada para cualquier especialista que se precie; igual que las sesenta y cuatro páginas introductorias a su edición de Thomas Henry Huxley, Evoluzione ed etica, Turín, Bollati, 1995), y estudios como "Guerre et eugénisme" (Les malheurs de la guerre, París, CTHS, 1997), "Biologia ed altruismo.Voci nel dibattito su evoluzione ed etica" (Bollettino Filosofico, 9, 1991, 77-112), "Evolution and War, 17811918" (Nuncius, 9, 1994, 143-163), "Biology and Sociology of Fertility. Reactions to the Malthusian Threat, 17981833" (Clio medica, 59, 2000, 189-222), "Immagini della qualità della vita nell"uomo e negli animali" (Rivista di filosofia, 1, 2001, 121-152), ejemplarizan, condensada pero cualitativamente, la actividad investigadora de este humanista versado en filosofía e historia del pensamiento cuya trayectoria científica constituye un profundo análisis de la causa darwiniana definido por dos líneas temáticas convergentes: el programa científico y la dimensión social de la teoría. Basamentos de un todo, la evolución biológica, que antecede y supera a Darwin por mucho que les pese a los neodarwinistas empecinados en negar la mayor.

Guerra y darwinismo social es sinónimo de sapiencia y pedagogía -no en vano el libro hecha raíces en la Università della Calabria-, y con sabiduría y didáctica la propuesta histórica desgrana las sucesivas etapas de la validación de la guerra bajo el paraguas socialdarwinista; un escenario cuyo trasfondo biológico mantiene vigente la bipolarización evolucionista Lamarck frente Darwin, adaptación contra selección, de efectos sociológicos opuestos. Gracias a la influencia del medio sobre el individuo, el ideario neolamarckiano permite una visión social solidaria, y aplicando las adecuadas medidas higiénicas, educativas, laborales, etcétera, cabe la posibilidad de transformar, de recuperar al individuo para la cruzada de progreso y perfección referente de la nueva sociedad positiva. Reformas que persiguen mejorar al hombre mejorando el ambiente, como polemiza el antropólogo Duran de Gros en la Francia de 1871. A este principio de solidaridad se opone la lucha por la supervivencia. Lucha cuyo desarrollo conduce a una profilaxis radical a través de la eliminación competitiva del inadaptado invocando similares objetivos de progreso y perfección; y también económicos. La historia narrada es un relato sobre el poder de quienes desde la antropología, la biología, la educación, la medicina, la política, la sociología, y demás, se arrogan la facultad de ordenar una sociedad sustentada sobre la supuesta infalibilidad de la ciencia moderna. Y seducidos por los valores positivistas interpretan la belicosidad humana como una manifestación de la guerra natural pergeñada por Linneo, y tantos, bajo el epígrafe de economía natural, que en la centuria decimonónica se rige por la regla de la supervivencia del más apto catalogándose el atrabiliario comportamiento de la especie como un factor biológico conducente a su mejora.

La aplicación de este reduccionismo conductista no es una consecuencia directa ni exclusiva del pensamiento darwinista, antes, por ejemplo, está Spencer, y luego otros. La guerra de la vida es una realidad precedente y posterior que el principio de selección natural permitirá salvaguardar como ley biológica. Darwin no aparece ni como el ideólogo ni como el artífice del manido darwinismo social, su doctrina es una nueva puesta en escena, trascendente sin duda, del equilibrio emergente en la naturaleza por la lucha diaria que mantienen los individuos para sobrevivir; representación abierta al espectador que saca sus propias conclusiones. Antonello La Vergata traza estos argumentos, y más, al socaire de una rigurosa metodología, realiza una aguda crítica mostrando los significados ocultos por el estereotipo, y nos abre los ojos a una interpretación plural del problema donde la realidad no siempre es como la pintan. Sin ambages, questo volumetto merece el elogio de la buena lectura y la mejor investigación.

Andrés Galera

 

 

Sérgio LAIA, Los escritos fuera de sí: Joyce, Lacan y la locura, Vigo, Asociación Galega de Saúde Mental, Colección La Otra psiquiatría, 2006, 319 pp.

Sérgio Laia, psicoanalista miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis y profesor de la Universidad FUMEC en Brasil, investiga los destinos que se impusieron a la obra de Joyce en los cinco capítulos que componen Los escritos fuera de sí.

En el primero, "La hechura de una doblez", el autor sitúa la obra de Joyce en el panorama de la literatura universal, advirtiendo -de acuerdo con Foucault- que la obra joyciana surge en un momento concreto y que la locura irrumpe en el mundo de la creación. Tal sucede a finales del siglo XIX, en un período en donde la confluencia entre literatura y locura se imponen al cuerpo del mundo. Así, Artaud, Van Gogh, Nietzsche y Roussel construyen su obra poniendo de manifiesto un agujero en el campo del lenguaje, precisamente cuando la palabra del loco estaba siendo retenida hasta el punto de alcanzar su más patético aislamiento bajo la forma de enfermedad mental.

Joyce descubre una forma de luchar con las palabras, diferente al uso tradicional, despojando de sentido al lenguaje hasta encontrar la materia corporificada en el sonido de las palabras. Éstas -con su forma tradicional violada- adquieren en la obra joyciana cuerpo en el escrito, y lanzándolas fuera de sí se muestran, a sí mismas, como portadoras de un goce, de una satisfacción localizable en la propia trama de la escritura. A este respecto, Sérgio Laia puntualiza que las palabras "tramadas" por Joyce están dispuestas de forma que producen un agujero en nuestro saber, en nuestra manera de luchar y leer el texto. De esta manera, en Joyce el verdadero héroe, el que toma cuerpo en el texto, no es sólo un personaje, sino la palabra.

En "Vida y obra", título del segundo capítulo, señala el autor que escribir es para Joyce dar vida a las palabras: Joyce le da un cuerpo de un modo análogo y al mismo tiempo subversivo con relación a los escritores que crean personajes y narraciones. Y siguiendo aquí a Barthes, considera que en los textos de Joyce el escritor no se coloca como un supuesto propietario del lenguaje, alguien que domina las palabras para decir, a través de ellas, lo que entiende, o lo que está descrito por cierto ideal de belleza, de buen gusto e incluso de encadenamiento de la narrativa. En este sentido, Sérgio Laia se enfrenta al desafío de investigar los entrelazamientos de la locura y de la literatura en Joyce. Renuncia para ello a la asociación entre vida y obra, señalando de acuerdo con Lacan que Joyce goza de su obra, pues el autor hace un uso muy especial de su propia creación, uso que escapa a toda concepción psicológica. Se trata, por tanto, de analizar la obra como un campo de goce al que el autor intenta amarrar la trama de su vida. Esta es la única vía para poder sostener que en la literatura -especialmente desde finales del siglo XIX, cuando ésta se aproxima a la trama que el lenguaje toma en la locura- los escritores y, de un modo general, también los artistas -locos o no- ceden su iniciativa a lo que se les impone del lenguaje. El peso de las cosas pasa a hospedarse en el cuerpo mismo de las palabras.

Los aspectos que acaban de apuntarse son ampliamente investigados en el siguiente capítulo, titulado "La tesitura de las palabras impuestas a Joyce". La palabra "tesitura" fue elegida expresamente por el autor -no le parecía adecuada "textura"- por tratarse de un término utilizado en el campo de la música, destacando así el interés de Joyce por el "sonido" de su escritura. Laia rastrea en este capítulo la escritura de Joyce, su obra y su arte, para mostrar cómo se va transformando el lenguaje, desde Stephen Hero a Finnegans Wake, en un torrente, en una corriente de palabras, letras y agujeros que permiten despojar al lenguaje de sentido y hacer entrar en el texto la voz y la mirada. Stephen Dedalus es el personaje a través del cual Joyce "trata de descifrar su propio enigma", como señaló Lacan, para quien Joyce encarna el síntoma, que es lo contrario de significantizarlo. Los argumentos hilvanados por Lacan en "Joyce el síntoma" muestran la relación pura que cada uno mantiene con la lengua, lo que supone para todo el mundo un traumatismo particular: el sonido de la lengua nunca es armónico, adaptado a la persona; de eso uno no puede curarse. La lengua hace del ser que la habita y que la habla un enfermo, un discapacitado; lo único que está permitido hacer con ese traumatismo es una obra.

Joyce parece buscar lo que Lacan denominó lalengua, es decir, esa dimensión ajena a todo proceso dialogístico o comunicacional, caracterizada por un fuerte flujo de malentendidos, de juegos de palabras, de juegos homófonos. La concepción lacaniana de lalengua tiene mucho que ver con el work in progress de los escritos joycianos y con los titubeos y balbuceos infantiles, porque en ella los sentidos se cruzan y se multiplican sobre los sonidos y sobre la lengua propiamente dicha, dando lugar a un proceso de descomposición fonética y de invención de palabras, a una dimensión del goce en el uso convencional del lenguaje.

En este capítulo el autor muestra cómo la obra de Joyce es la respuesta en forma de suplencia ante una carencia del padre. Este aspecto puede advertirse ya desde las epifanías, escritos que según Lacan anudan inconsciente y real como respuesta a un desamarre: el desprendimiento de la relación imaginaria evidenciado en la metáfora de la paliza que sufrió Stephen a manos de sus compañeros de colegio.

Si el inconsciente siempre supone un saber, un saber hablado, ese saber se manifiesta al sujeto como extraño, incluso como desconocido. El inconsciente se manifiesta como un saber cifrado para quien está sujeto a sus efectos y el psicoanálisis se ofrece a resolverlos a partir del sentido. La obra de Joyce, sin embargo, supone una frontal objeción a esta dimensión del sentido. Si la epifanía enlaza lo real y lo inconsciente, tal aclara Sérgio Laia, la falta puede ser reparada. Pero eso no implica la supresión de la falta, razón por la cual la reparación impone un enigma, una opacidad que siempre permanece.

El nudo, en el seminario Le Sympthôme, es una escritura que no debe nada a la conexión entre significante y significado. Por esa razón afirma Lacan que el nudo cambia completamente el sentido de la escritura. El nudo separa la escritura de la palabra.

Al vaciar el campo de la representación, al escapar de la figuración imaginaria de una narrativa, al tomar por materia las palabras y no tanto el enredo ni la composición de personajes, y, por fin, al componer una trama que hace valer la satisfacción y el goce ya incrustados en el propio nombre de su autor, la obra de Joyce fue analizada por Lacan como un síntoma, capaz de representar lo más singular del síntoma (en el libro hay un error tipográfico cuando dice "capaz de representarlo", lo que permite un equívoco sobre quién es representado).

Por consiguiente, Lacan considera al síntoma en la dimensión de la nominación ("nombramiento" dice en el texto) y concibe la obra del artista como nombre propio. Si el autor puede hacer de la obra un nombre, "yo afirmaría -escribe Sérgio Laia-, a partir de la enseñanza de Lacan, que la obra puede ser tramada como otro nombre propio del autor", una especie singular del síntoma que como tal es anulación del símbolo y al mismo tiempo una creación a partir de una falta relativa al registro de lo simbólico. De esta forma Joyce acaba por convertirse en una referencia fundamental para abordar a Joyce "como un desabonado del inconsciente".

¿Joyce está loco? es la pregunta que entreteje los argumentos del capítulo cuarto ("La locura de Joyce"). Es también la pregunta que Lacan se plantea en el Seminario XXIII, la cual debe ser leída -según Laia- como un enigma. Según Lacan, Joyce es un desabonado del inconsciente... aunque jugando sólo con el lenguaje. Y aunque los locos puedan considerarse también desabonados del inconsciente, si nos atenemos a la trama de los delirios, comprobaremos que éstos son mucho más jugados por el lenguaje, tragados por las propias palabras, engullidos por el uso que hacen de la lengua.

Joyce, como desabonado del inconsciente, pone en evidencia que en la medida que es autor, con su obra extrae el joy, el goce incrustado en el apellido heredado de su padre. La literalidad laberíntica de la obra de Joyce es goce extraído, goce que fluye, recortando palabras, imponiéndole logismos, rasgando la narratividad y el sentido.

Finnegans Wake no es para leer, es para oír y contemplar. Es un escrito que no trata de ninguna cosa, pues es la cosa en sí: cuando el sentido es dormir, las palabras se adormecen, cuando el sentido es danza, las palabras danzan, tal como apreció S. Beckett. En su cúmulo de sentido, la palabra corroe el propio sentido y no designa cosa alguna, salvo ella misma como palabra. Cuanto más joycianas son las palabras, más se escapa el sentido a través del agujero que éstas, como nombres, abren. Aunque la fuga de sentido aproxima la obra de Joyce a la locura, en modo alguno la convierte en un delirio porque en esa obra "James Joyce" se impone como un nombre, como una "identidad textual"; se fija como referencia.

El último capítulo, intitulado "El padre, el Hijo y el Espíritu de la Letra" nos muestra cómo el personaje de Stephen, en el que Joyce intenta descifrar sus enigmas, permanece enredado en la presencia avasalladora de la madre, en el vacío detectado en el lugar del padre. A diferencia de lo que ocurrió con su hija Lucia, James Joyce no sucumbió a la locura porque su obra impone el nombre de Joyce como propia referencia.

Fuera de sí aunque amarrados y, por qué no decirlo, "afiliados" al nombre "Joyce", sus escritos en los que se construye esa otra ficción -no sin una "espiritualidad" particular- continúan imponiéndose hasta hoy en día como un flujo enigmático. Eso sucede porque, a su modo, como un sinthoma, se sirven, se inventan y pasan a lo largo de lo que, en el propio ámbito de la ley, fue tramado como Padre, como Hijo e incluso como la dimensión alusivo-metafórica que normalmente caracteriza el Espíritu... de la letra.

Sérgio Laia muestra en este libro de qué forma el traumatismo contingente que produce la lengua es un acontecimiento singular, es decir, distinto para cada persona; expone también cómo extraer algo que pueda servir de lección y que sirva para las demás, esto es, cómo hacer del síntoma una obra.

José R. Eiras

 

 

Hugo VON HOFMANNSTHAL, Asomado al abismo, Valladolid, Cuatro, 2006, 200 pp.

Asomado al abismo es un nuevo libro de Hugo von Hofmannsthal (1875-1929), autor aún por conocer a fondo. Pero esta colección de textos -del todo original, e inédita en nuestra lengua- nos ofrece un panorama de su obra, tanto por recoger más de veinte escritos de los distintos tiempos de su vida, como por dar cuenta, en definitiva, del conjunto de los territorios en los que su poética se esforzó por extraer el zumo de su tiempo, de su experiencia y de sus inquietudes.

La sensación excepcional de que alguien estaba atento en todo momento se mantiene a lo largo de este libro; lo mismo que se siente la impresión de que conquista una y otra vez el mundo interior para hacerlo más real. Asomado al abismo contiene eso sí textos de distinta índole, pues hay relatos singulares y fantasías literarias (en una primera mitad), y también hay (en el resto) ensayos literarios o medio sociológicos, más reflexivos, sobre lo que adivinaba que iba a ser el siglo XX; sin embargo, en el fondo, todo forma parte de su poética, homogéneamente instalada en su personalidad literaria; todo tiene una coherencia de escritura, de modo que al hablar de la pantomima, el paso de las horas, el enloquecimiento de un soldado en un bosque, la densidad de Shakespeare o las imaginaciones de Goethe, en todos esos pasajes se sienten siempre los latidos de Hofmannsthal, los mismos que hay en Andreas o los unidos, en La torre o en la Carta de lord Chandos.

"Algo rojizo se movía ante sus ojos, una tenue luz rojo azulada se cruzaba oblicua-mente en el camino. Al acercarse, eran numerosas flores de salvia entre los crepusculares arbustos. Las contempló atentamente, pero cuando alzó la mirada y siguió adelante revoloteó de nuevo ante él aquello rojizo, como un velo ondulante. Luego se posó, como una mancha rojiza, en el tronco de un abedul inclinado hacia adelante, semioculto y al acecho hacia un lado, y luego se alzó por doquier todo un velo rojo azulado, arrojó grandes manchas de sangre sobre el abombado césped de la espesa maleza y sobre los blancos troncos". Esta es una muestra de la calidad de su escritura (impresionantemente vertida por Marciano Villanueva), que nunca se reduce al colorido, sino que, por ejemplo en este caso, supone la construcción literaria de un estado de furor y de confusión mental.

Todo parece difícil y fácil para Hofmannsthal. En un relato capital de este libro, "Dos parejas de enamorados", encontramos cierto ahondamiento en el dolor que resuena hasta hoy gracias a la fuerza inusitada de sus frases: "De pronto, el rostro de la durmiente experimentó una transformación. Como acometida por un espasmo de dolor, el labio superior se desplazó hacia arriba y dejó al descubierto toda la hilera, blanca como la leche, de los dientes superiores. Al mismo tiempo, se dibujó entre las cejas un trazo malévolo y doliente". Su terrible aspecto, su angustia torturadora y desamparada, está resumida en esa imagen que a su vez es trasunto del sueño que tiene con un perro, con los dientes de ese animal que parecen advertirse en la deformación de su rostro. La concentración tan singular de su autor le hace evitar cualquier abstracción rápida y generalizadora, meramente defensiva ante el vértigo del tiempo.

A través de las páginas de Asomado al abismo, vemos así a un Hofmannsthal que casi siempre es el mejor Hofmannsthal: se detiene en aparentes minucias, recorre ciertos dramas palmo a palmo pero oblicuamente, empieza con divagaciones pero de pronto hace con sus revueltas que su escrito cobre una intensidad especial y dé algo así como un salto poderoso hasta iluminar determinada realidad. Pues el escritor no simula que hay una armonía previa en el lenguaje; éste, pese a su aparente facilidad, es un obstáculo que se impone ante él, pero se siente capaz de abordar gran cantidad de situaciones por obra de su condensación verbal.

Pues Hofmannsthal se muestra, como poeta de gran experiencia, confiado en sus palabras; y, así, afirma incluso que el literato "avanza ante nuestros ojos como un funámbulo sobre la delgada cuerda tendida de una a otra torre, y parece no tener poder sobre su cuerpo la ley de la gravedad que a todos nos arrastra. Seguimos sus pasos con un estremecimiento tanto mayor cuanto más parece que él camina sobre la lisa superficie del suelo. Su marcha, que nos estremece y que es tan singular como una fisiognomía humana, es el equilibrio de quien camina, de quien avanza por su senda sin dejarse desviar ni por temores ni por la fuerza de atracción del mundo". Éste sería el propio retrato que discretamente pone en la figura de alguien que escribe en solitario.

Esteban Landmarke

 

 

Stanislaw LEM, El castillo alto, Madrid, Funambulista, 2006, 220 pp.; Józef WITTLIN, Mi Lvov, Valencia, Pre-Textos, 2006, 98 pp.

Acaban de aparecer dos libros extraordinarios de memorias, que giran en torno a la ciudad de Lvov, hoy ucraniana. Son los tupidos escritos de dos autores polacos que vivieron inicialmente en la antigua Galitzia austriaca. El más joven, Lem (1921-2006), conocido autor de libros de anticipación temporal y raro ensayista, nació en esa ciudad, antaño polaca: Lwów (y en alemán Lemberg, es decir el monte o elevación de Lem). El otro, Wittlin (1896-1976), un gran escritor poco conocido, vivió en Lvov dos décadas decisivas, para abandonarla en 1922, moverse por Europa y exiliarse en Nueva York.

De antemano, Wittlin nos hace más familiar el título de Lem, cuando recuerda cierto estrecho rincón bajo el Castillo Alto, al norte de la ciudad, antes amurallada. Además la edición de Pre-Textos (colección Cosmópolis, visualmente mágica) ofrece una treintena de fotos de Lvov a principios de siglo, con el jardín de los jesuitas, la plaza del mercado, el parque Stryjski o tantos otros lugares, incluyendo las iglesias de tres confesiones, que se corresponden con la parte más descriptiva del texto. Y Lem los vuelve más misteriosos una vez que hemos sobrevolado esa población y adivinado sus perspectivas y recorridos.

Dos usos de la memoria literaria muestran estos dos libros. Tranquila, cordial y levemente irónica es la memoria de un Wittlin que prefiere estar en segundo plano. Su libro presenta una sesión de "espiritismo en miniatura", muy personal, cálido. En él surgen muchas figuras individuales de esos años iniciales del siglo XX, cuando el mundo no había sido destruido; surgen tranquilamente, si bien siempre en su texto hay algo "no dicho" que relativiza una descripción aparentemente sin máculas, agrisando sus recuerdos y reflexiones. Pero él prefiere mostrar un territorio armónico y unido, que por cierto se ampara en el escudo leonado de su ciudad, fundada en el siglo XIII por un noble de nombre Lew -esto es, León (en alemán Löwe), de ahí Lwów, Lvov-. Sólo se le nubla la vista al decir Oswiecim, nombre polaco de la no muy lejana espacialmente Auschwitz.

Oswiecim es nombre más suave que éste, y muy preferible para los dos escritores, que padecieron parte del dolor que nos evoca ese lugar (véase Provocación de Lem).

La memoria de Lem, en cambio, es una evocación profanadora y conflictiva; está volcada sobre un yo descrito sin contemplaciones; es la de un niño que destroza juguetes, que los destripa y hace artefactos alternativos (con sus piezas primero, con todo objeto posible luego), que se aburre e inventa teorías y manipula cosas a imitación de la técnica nueva, de un discurso científico rápidamente aprendido y fantaseado enseguida. En el impresionante capítulo 6, de cincuenta páginas, nos da la confesión extraña, casi patológica, de un adolescente que caligrafía, día a día, en pequeños librillos hechos a mano, "documentos de identidad" conferidos por él mismo, que son permisos, títulos, certificados, pasaportes, contraseñas: un reino imaginario de autorizaciones universales que él otorga, una especie de manifestación de poder universal. Supone un extraño mecanismo de aceptación de la realidad -lograda con un control automático-, una clasificación burocratizada de las palabras y de los hechos del exterior, una manifestación dolorosa del individuo (pese a todo impotente), una afirmación y un rechazo simultáneos al mundo ingrato que se le ofrece.

Pero al reproducirlo no está rozando el delirio Lem -médico (psicólogo), cibernético y filósofo de las ciencias-, pues esa presunta manía se muestra como un mecanismo de creación hasta el punto de que, por un lado, nos permite comprender el trasunto mental de tantos libros suyos (así Vacío perfecto o Un valor imaginario), y la mirada científico-literaria que constituye su obra (Congreso de futurología, etc.); por otro, proyecta esa manía juvenil sobre los procedimientos de construcción de las vanguardias artísticas, de modo que, si bien parece querer distanciarse de éstas, reconoce ahí mismo -en esta experimentación, en este trabajo creador que parece absurdo-, un "proponerse mucho" y obsesivamente, que es lo propio del arte del siglo XX. Lem, como el artista plástico renovador, explota los objetos únicos que le rodean, los explota en todos los sentidos posibles.

Finalmente, y sobre todo, los dos libros evidencian el magnetismo de una ciudad de resonancias literarias así como la imposición poderosa -para ellos, para nosotros-, de unas imágenes fundadoras seleccionadas por el azar, o por el tedio, la espera y la herida de la infancia. En todo caso, funcionan con independencia de nuestros gustos y nuestra aptitud para atesorar impresiones. Lem, más violento que su antecesor, afirma que la memoria, amiga y enemiga suya, le niega el acceso a donde quiere realmente ir, de modo que sólo puede abrirse paso a ciertos lugares indeseados: "La memoria y yo somos un par de caballos que se observan con suspicacia, que tiran del mismo carruaje". Por su lado, Wittlin ve también cómo esas sombras perseguidas por él se disipan o se apelmazan y adensan, pero se aligeran otra vez, de pronto: "Van y vienen, vienen y van hasta el infinito". Están calladas; pero en ese paseo de sus sombras, los muertos paran a los vivos para conversar; unos y otros forman así parte de los vivos, lo mismo que Wittlin y Lem lo están hoy en estas páginas.

M. Jalón

 

 

Philippe JACCOTTET, La oscuridad, 2006, 132 pp., tr. y epílogo de Rafael-José Díaz.

Al repasar a los autores más singulares del siglo XIX se advierte cómo ciertos textos suyos exploraron las zonas mentales más inseguras a través de una experiencia manuscrita en verdad eficaz, aguda e intensa. Se adentraron, así, en un territorio a medias consciente y perturbador, del que la psiquiatría luego consolidada sólo pudo dar cuenta, precisamente, poniendo una tras otra las palabras de tales experiencias; esto es, repitiéndolas de un modo más bien literal, en buena medida, y sin lograr agotarlas, por fortuna, mediante concepto alguno. Es el caso de Sobre la elaboración del pensamiento a medida que se habla de Kleist, los Estadios eróticos inmediatos de Kierkegaard, las Memorias del subsuelo de Dostoyevski, Un capítulo sobre los sueños de Stevenson, El alienista de Machado de Assis o Ecce homo de Nietzsche.

Pasada ya la gran centuria de la literatura, en un siglo tan devastador como fue el XX, esa forma de escritura inspirada e íntima se prolongó en ciertas prosas más aisladas y espinosas, menos generalizables que las antes citadas, pero que tomaban un "oculto relevo" de sus antecesoras. La Carta de lord Chandos de Hofmannsthal o la Carta al padre de Kafka serían ejemplos inaugurales de ciertas piezas "privadas", recónditas y llenas de enigmas. A una modalidad más abstracta pertenecería Espacio, de uno de nuestro máximos escritores, Juan Ramón Jiménez. Cabe añadir en lengua francesa, y para acercarnos a nuestros días, tres escritos muy distintos: El charlatán de Des Forêts, de 1947 (rescatado por Arena, en 2004), L"arrière-pays de Bonnefoy, de 1972, y, un año después, La folie du jour de Blanchot.

En medio de esas fechas, en 1961, se sitúa La oscuridad de Philippe Jaccottet, donde este escritor suizo -poeta y crítico-, nacido en 1925 y afincado en Francia, se adentra en un mundo enrarecido, en el cual ciertas convicciones morales atesoradas por el narrador gracias a las enseñanzas de un viejo maestro, por entonces en fuga, quedan desgarradas y casi aniquiladas por el reencuentro con éste ("el orden del cielo estaba roto") y expuestas mediante el relato de una espectral visión nocturna -entre habitaciones, calles o voces triviales y estridentes-, de esa vida idealizada y ahora en quiebra.

Hay escritores, como Jaccottet, que son capaces de inventar una modalidad literaria que les pertenece sólo a ellos (y que deriva de la hondura de su introspección), y en la que nos ofrece un clima de afectos rarefactos pero determinantes de la huella más personal; una atmósfera intermedia entre la ensoñación, el pavor y la dolorosa luz ("desierto de luz"); un espacio físico más o menos deforme, lleno de palabras que zumban; un transcurso temporal extrañamente concentrado o expandido. La embriagadora fotofobia interna de La oscuridad, las modulaciones de la euforia y la tristeza que ahí afloran no se hallan en textos de otro género, sea el ensayístico, el relato psicológico o la novela. Así que este escrito tan original y evasivo discurre a su modo, sobre todo en la primera parte.como un líquido espeso; y es una de las mejores catas en las entrañas desordenadas de alguien que llega a decir: "La verdad es que no puedo pasar".

No en vano Jaccottet ha sido un valiosísimo traductor del griego y del alemán, del español y el italiano -de Homero (Odisea), de Hölderlin, Novalis y Rilke, de todo Musil, de Góngora y Ungaretti-. Conoce bien, pues, esa mediación inventiva tan creadora, decisivamente filosófica que se da entre las palabras extranjeras y las "domésticas", entre las más distintas culturas escritas en el momento en que son vertidas al lenguaje materno. Lo cual es un pasaporte personal para poder representar la mayor extrañeza psíquica: el viaje singular y vital de Ulises; el delirio vivido por esos tres poetas alemanes, encabezados por Hölderlin; el hermetismo tanto del barroco castellano como del sucinto poeta Ungaretti; y, especialmente, la amplitud del campo visual y la fuerza analítica y meditativa de Robert Musil, a quien tradujo en su integridad, lo corroboran.

Pero en La oscuridad se parte de un mundo casi despojado de referencias. Una de las voces que intervienen llega a decir que "han huido todas las imágenes y ni siquiera me enfrento a la oscuridad vaga en que me encuentro, ni siquiera a la sombra, ni siquiera a un cálido hoyo en la tierra". Sí; ese es su tono. Y, aunque hay un Jaccottet bastante distinto, que abarca buena parte de su obra, orientado hacia una evidente y clásica busca de la belleza, su propósito general se nos hace más problemático tras leer este libro. En todo caso, su poesía transmite confianza, como señaló Starobinski en un gran artículo sobre el escritor de 1971; confianza que nos llega en Cuaderno de verdor, A la luz del invierno o Pensamientos bajo las nubes, traducidos desde 1997 al castellano hasta hoy, con El ignorante (Pre-Textos, 2006).

La obra de Jaccottet, muy extensa, empieza a ser buscada cada vez por más lectores, y desde luego se ve potenciada por su traductor: se lo agradecemos a todos.

Mauricio Jalón

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