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Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría

Print version ISSN 0211-5735

Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq. vol.32 n.114  Apr./Jun. 2012

http://dx.doi.org/10.4321/S0211-57352012000200011 

MÁRGENES DE LA PSIQUIATRÍA Y HUMANIDADES

 

La loca del barrio

The crazy lady of the neighborhood

 

 

Maia Losch Blank1

maiablank@gmail.com

 

 

Donde nací no pasaba nada. Era una ciudad pequeña de un país pequeño con asuntos pequeños. Mi barrio era un barrio más, con edificios demasiado altos como para jugar en la calle. Un edificio alto en esa época tenía diez pisos. Desde entonces las cosas han cambiado algo y algunos personajes de entonces han desaparecido. Yo ya no vivo allí, pero mis recuerdos mantienen vivas a dos personas que rompían esa cosa insulsa que era mi barrio.

Había un niño que se llamaba Carlos, tendría unos trece años y síndrome de Down. Lo veía todos los días volver de la escuela con su túnica blanca, impecable, y la escarapela al revés. Tenía la cara redonda como luna llena y ojeras de quien no ha dormido en siglos. Cuando veía una niña se sonreía, sacaba su enorme lengua para afuera como un perro sediento y se tocaba la verga. Incluso sin terminar de comprender qué ocurría, éramos presas de una fuerte incomodidad que ocultábamos con una risita nerviosa. Pero Carlos creció, o nosotras crecimos, y alguno de nosotros le perdió el rastro al otro quedando en el recuerdo como una imagen que rompía el paisaje cotidiano y nada más.

Hubo otra persona que marcó mi infancia, cambió tal vez mi forma de ver el mundo, haciendo del final de mi niñez un lugar menos tranquilo. Era "la loca del barrio", así la llamábamos. La veíamos a cualquier hora, yendo y viniendo quién sabe de dónde (nadie sabía dónde vivía) con una bolsa cosida de hilos de nylon llena a su vez de bolsas vacías y algún que otro pan viejo. Siempre con los mismos zapatos rojos de plataforma, viejos, tan altos como los edificios de mi barrio, parecidos a los que guardaba mi madre en un cajón del armario de sus épocas de juventud. Caminaba torcida hacia la izquierda, como si estuviese a punto de caerse a cada instante. Los mismos zapatos en invierno y en verano y medias can-can con agujeros. En mi inocencia me preguntaba si no tendría frío, inconsciente entonces que hay fríos que no dependen de la cantidad de ropa que una lleve puesta. Su atuendo era una mezcla entre gitana y prostituta, de colores vivos, siempre de falda. Llevaba el pelo revuelto, como si la hubiese agarrado un tornado, y los labios embadurnados con un rouge carmesí más ardiente que el fuego mismo. Su cercanía cuando me la cruzaba, me producían miedo y curiosidad; algo en ella me llamaba la atención, me atraía sobre manera, llevándome a cuestionar qué cosas hacen que una mujer pase a estar más allá de todo lo que yo conocía como normal. Fue tal vez ésa la primera vez que me pregunté qué es normal, ¿Quién lo define? ¿Quién lo nombra? ¿Era yo tal vez loca sin saberlo? ¿Sabía ella que lo era? Parecia vivir en un mundo al que sólo ella tenía acceso. ¿Cómo no la atrepellaban al cruzar la calle si nunca miraba por dónde iba?

Un día volvía a casa y la vi. Venía en dirección contraria a la mía. Me llené de coraje, la miré a los ojos, me sonreí y la saludé con un tímido "hola". Me miró sin comprender pero se acercó, como si necesitara comprobar mi existencia. Sonrió y alzó una mano, creo que quiso acariciarme una mejilla. Y no pude...un repentino temor se apoderó de mí y me aparté unos pasos hacia atrás; tenía un fuerte olor mezcla de perfume y orina. Me sentí cobarde, sentí pena por mí y por ella. Entonces se dio la vuelta y retomó sus pasos. Quise ir tras ella, disculparme, pero mis pies no respondieron. Quise gritar su nombre pero no sabía su nombre. Desde donde estaba parada con mis pies pegados al asfalto, confundida ante mi torpeza, pude escuchar que murmuraba, casi cantaba, una vieja y conocida canción de cuna.

 


1 Maia Losch Blank, nacida en Uruguay, desde hace 15 años reside en Israel desde donde publica el blog "Errante y errata" (http://maialoschblank.wordpress.com)

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