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Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría

versão On-line ISSN 2340-2733versão impressa ISSN 0211-5735

Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq. vol.32 no.116 Madrid Out./Dez. 2012

https://dx.doi.org/10.4321/S0211-57352012000400010 

ORIGINALES Y REVISIONES

 

Una escuela, dos laboratorios: Neurociencias en la Junta para Ampliación de Estudios

One School, two Laboratories: Neurosciences in the Junta para Ampliación de Estudios

 

 

José María López Sánchez

Departamento de Historia Contemporánea, Facultad de Geografía e Historia, Madrid, España

Dirección para correspondencia

 

 


RESUMEN

El Laboratorio de Histopatología del sistema nervioso y el Laboratorio de Fisiología cerebral fueron creados por la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas -JAE- durante el primer tercio del siglo XX con el objeto de consolidar una medicina científica experimental que necesitaba del apoyo estatal para garantizar su desarrollo. Desde la fundación del Laboratorio de Investigaciones Biológicas de Santiago Ramón y Cajal, en 1900, los trabajos experimentales tenían un escenario privilegiado en el que formar una escuela de investigadores. El nacimiento de la JAE garantizó y ensanchó la práctica de la medicina experimental. La llegada de Nicolás Achúcarro al laboratorio de Cajal trajo un renovado interés por la anatomía patológica en la escuela histológica española, que pronto cosechó notables resultados. Esta nueva línea de investigación maduró de la mano de los dos discípulos herederos de Achúcarro, el histopatólogo Pío del Río-Hortega, cuyos descubrimientos enriquecieron y completaron el legado de Santiago Ramón y Cajal, y el psiquiatra Gonzalo Rodríguez Lafora, cuyos trabajos sobre fisiología cerebral encontraron aplicación en la psiquiatría clínica. Ambos representan un ejemplo paradigmático de la forma cómo la biología ha experimentado sus mayores progresos a lo largo del siglo XX, partiendo de un dominio técnico que permite llevar a cabo avances significativos en la investigación. Los laboratorios de Río-Hortega y Rodríguez Lafora fueron así capaces de ensanchar los trabajos de sus maestros.

Palabras clave: Historia de la medicina en el siglo XX, anatomía e histología, técnicas histológicas, Patología cerebral, Neuropsiquiatría.


ABSTRACT

The Laboratory of Histopathology of the Nervous System and the Laboratory of Brain Physiology were created by the Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas -JAE- in the first third of the twentieth century in order to consolidate a scientific experimental Medicine which needed the State's support to ensure its development. Since the foundation of the Santiago Ramón y Cajal's Laboratory for Biological Research, in 1900, experimental works could be undertaken in a privileged background where a school of researchers could be formed. The birth of the JAE enhanced the practice of experimental Medicine. The arrival of Nicolás Achúcarro to Cajal's Laboratory caused the rising of a renewed interest in Pathological Histology inside the histological Spanish school, which was able to achieve interesting results in a short time. This new line of research grew with Achúcarro's disciples, specially the histopathologist Pío del Río-Hortega, whose findings continued Santiago Ramón y Cajal's legacy, and the psychiatrist Gonzalo Rodríguez Lafora, whose works on brain physiology were used in clinical psychiatry. Both of them incarnate the way how biology has accomplished its greatest progress during the twentieth century, starting from technical abilities which lead to significant findings in the research. That's how it was possible for Río-Hortega's and Rodríguez Lafora's laboratories to expand the research of their masters.

Key words: History of Medicine, 20th Century, Anatomy & histology, Histological Techniques, Brain Pathology, Neuropsychiatry.


 

1. Cajal y el dominio técnico de la escuela histológica española

El desarrollo de la biología experimental durante la segunda mitad del siglo XIX, sobre todo la consolidación de la anatomía comparada y la teoría celular, fortalecieron la histología científica decimonónica. En España, el cultivo de esta disciplina había permitido el ejercicio de una modesta histología de laboratorio, cuyo pináculo fue Santiago Ramón y Cajal. La publicación en 1904 de La Textura del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados (1) coronaba la trayectoria científica de Cajal y hacía de esta obra un compendio de todos los conocimientos adquiridos en neurohistología hasta aquel momento, completados con su teoría sobre los entrecruzamientos nerviosos (2). La histología española contó con los ingredientes imprescindibles que podían definir una escuela consolidada: una figura científica de primer orden, una obra que compendiaba las líneas de trabajo más importantes y una serie de técnicas histológicas, las impregnaciones argénticas, que garantizaban una cierta cota de liderazgo internacional en los desarrollos de la investigación histológica. Las innovaciones en las técnicas histológicas que se introdujeron a principios del siglo XX representaron el gran haber de la escuela cajaliana. Pío del Río-Hortega señalaba en 1933 que "la ingente obra de Cajal, sus infinitos descubrimientos, son fácil resultado de su genio creador de técnicas" (3).

Una de las virtudes fundamentales de las técnicas de Cajal era su versatilidad y capacidad para introducir pequeñas pero significativas modificaciones en los reactivos de impregnación (4). El aprendizaje que hizo de las técnicas de Golgi y Ehrlich, así como las modificaciones que él mismo fue introduciendo permitieron a Cajal establecer los fundamentos más sólidos en los que se asentó la Doctrina Neuronal, descubrir la organización microscópica del conjunto formado por el sistema nervioso central y apuntalar las teorías relativas a su desarrollo. La conocida como técnica de impregnación argéntica fue fundamental para establecer la morfología y conexiones de las neuronas del cerebelo, la retina y del lóbulo óptico. Dicha técnica le permitió demostrar que las células nerviosas constituían elementos totalmente independientes y asegurar la terminación libre de las expansiones funcionales de las células nerviosas frente a las teorías reticulares. Con la creación del Laboratorio de Investigaciones Biológicas, en 1901, a Cajal se le planteó el reto de conocer la estructura interna de la célula nerviosa, apremiado por un reavivamiento del pensamiento reticular por parte de Albrecht Bethe, István Apáthy, Max Bielschowsky y Hans Held. El histólogo aragonés se puso manos a la obra hasta que una nueva técnica de tinción, que partía del proceder fotográfico de Luis Simarro, hasta dar con el método del nitrato de plata reducido, le permitió abordar el estudio de los terrenos en que sus contrincantes se habían demostrado más críticos, el de la regeneración de los nervios y el de la neurogénesis en el embrión. Sus resultados sobre la regeneración fueron espectaculares y concluyentes.

A partir de ese momento quedó despejada toda duda acerca de la individualidad de la célula nerviosa. La neurona sintetizaba las ideas de Cajal respecto a la morfología, funcionalidad y génesis de la célula nerviosa. Cajal había descubierto todos los elementos necesarios para comprender la forma en que se asociaban entre sí las células nerviosas y enunció las leyes fundamentales por las que se regía la función de dichos centros nerviosos. La nueva senda trazada por Cajal sirvió para sentar el principio de la llamada polarización dinámica, a saber, la dirección y el curso que sigue el impulso nervioso dentro de la célula. Cajal también dictó las leyes sobre morfología y dinamismo de las células nerviosas, zanjando así el debate entre la formación monogenista o poligenista de los nervios (5). Aquellos resultados fueron recopilados con la publicación de La textura del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados, donde quedaba aclarada la arquitectura del sistema nervioso en torno a los postulados básicos de independencia neuronal, génesis de las células nerviosas y explicación del funcionamiento estructural del sistema (6-9). Todavía en 1912 y 1913 tuvo ocasión Cajal de idear otros dos nuevos métodos de tinción: la técnica del Formol urano, que tomaba por base una solución de nitrato de uranio y formol, y la del oro sublimado. Con ellas legaba Cajal a sus discípulos todo un repertorio técnico que estaba en la base de los progresos que la escuela histológica española realizó en las décadas subsiguientes. Sus descubrimientos sobre el sistema nervioso convertían a Cajal en el padre de la neurociencia moderna (10).

Los miembros de la escuela histológica española que mejor dominaron estas técnicas o que fueron capaces de modificarlas fueron también quienes hicieron mayores progresos en los trabajos de histología. Nicolás Achúcarro creó la técnica del tanino argéntico en su empeño por buscar un método que le permitiese la investigación de las células neuróglicas. Tomando como punto de partida el nitrato de plata reducido de Cajal hizo Achúcarro las modificaciones necesarias para que la tinción mostrara las lesiones anatómico-patológicas de las células neuróglicas. Esta técnica no permitía, sin embargo, un trabajo sostenido para el estudio de la neuroglía o el denominado "tercer elemento", un tipo celular vislumbrado por Cajal, junto a neuronas y astrocitos, pero no definido en su constitución citológica. La enfermedad y muerte de Achúcarro, en 1918, le impidió ir más lejos y tuvo que ser su discípulo Pío del Río-Hortega quien continuara sus pasos. Entre 1913 y 1917 Río-Hortega trabajó con insistencia en la técnica de tinción establecida por Achúcarro, desarrollando diferentes variantes hasta que encontró la tinción con carbonato argéntico (11-12). A partir de ese momento inició una febril actividad en la exploración de variantes de su técnica que condujeron a la definición de la constitución citológica de microglia y oligodendroglia. En 1925 logró modificar la técnica de tal manera que consiguió impregnar gliomas y condriomas, lo que le puso en disposición de iniciar el trabajo sobre tumores. En su autobiografía Río-Hortega decía que "Es bien sabido que los más importantes descubrimientos histológicos fueron consecuencia de innovaciones hechas en la técnica. Lo es igualmente que todos los problemas biológicos que aguardan solución lo tendrán cuando se encuentre el método adecuado" (13).

 

2. El desarrollo de la histopatología del sistema nervioso

Establecida la arquitectura del sistema nervioso, Cajal había completado lo más notable de su labor histológica. A la altura de 1905-1906 parecía lógico que pensara en fortalecer el Laboratorio de Investigaciones Biológicas formando una escuela de investigadores españoles en histología y dando solución a determinados problemas que habían quedado pendientes en la Textura del sistema nervioso. La creación de la Junta para Ampliación de Estudios, en 1907, y del Instituto Nacional de Ciencias Físico-Naturales, en 1910, garantizaba el marco institucional en el que desarrollar las potencialidades de su laboratorio (14). Ahora bien, el peso de su autoridad y el culto reverencial a su figura dificultó que se pudiera contradecir al maestro en vida. La trayectoria de algunos de sus discípulos pareció depender de las instrucciones que Cajal les daba acerca del dónde y cómo había que investigar. La llegada de Nicolás Achúcarro, un científico forjado fuera de la disciplina directa de Cajal, supuso un revulsivo. Aunque Achúcarro guardó respeto y devoción por los trabajos de Cajal, fue el primero que se atrevió a introducir novedades en las líneas de investigación no exploradas con profundidad por Ramón y Cajal en el campo de la histopatología nerviosa y exploró nuevos métodos y técnicas de impregnación que se adaptaran mejor a los trabajos con tejidos patológicos.

Aunque el propio Cajal había publicado en 1890 un Manual de anatomía patológica general (15) que incluía un resumen de microscopia aplicada a la histología y bacteriología patológicas, era éste un terreno en el que todavía había mucho que decir. Formado con algunos de los mejores psiquiatras y neurólogos europeos de la época y habiendo completado su formación en los Estados Unidos, Nicolás Achúcarro (16-17) comprendió las enormes posibilidades que ofrecía la histopatología del sistema nervioso para la investigación experimental. Los aspectos patológicos del sistema nervioso y la indefinición de lo que Cajal había denominado "tercer elemento" del sistema nervioso desafiaban los conocimientos de la investigación anatómica de aquellos años. Las primeras publicaciones de Achúcarro buscaron arrojar luz sobre estos temas con el concurso de una técnica de tinción nueva, el tanino argéntico. En 1911 aparecían dos significativos artículos sobre neuroglia y técnicas de tinción en los Trabajos del Laboratorio de Investigaciones Biológicas (18-19). Fue en el Boletín de la Sociedad Española de Biología donde Achúcarro dio a conocer entre 1911 y 1912 las primeras modificaciones en el método de la plata reducida de Cajal (20-21). Con el tanino argéntico buscaba resolver un enigma que tenía planteado desde su estancia en el laboratorio de Alzheimer: el de las llamadas células de bastoncito, encontradas por Achúcarro en el cerebro del conejo rábico, y vislumbrar su posible significación funcional. El problema genético no pudo resolverlo, pero acertó a la hora de considerarlas cicatrizaciones del tejido nervioso producto del aislamiento de zonas alteradas o destruidas del mismo y de origen mesodérmico (2).

Más importante todavía que estos estudios fue el interés de Achúcarro por la neuroglia normal y patológica. Su método de tinción no era capaz de proporcionarle resultados constantes, por lo que Achúcarro recurrió a Cajal, quien tras no pocas pruebas consiguió dar a conocer el método del oro sublimado, muy apropiado para colorear la neuroglia fibrosa y protoplásmica. No era la primera vez que Cajal se ocupaba de aspectos relativos a la neuroglia, pero sí era ahora cuando los progresos hechos por Achúcarro le animaron a trabajar en una técnica que permitiera una coloración adecuada de la misma. En 1913 Cajal presentaba los resultados (22-23) y tres años más tarde definía la nueva técnica de tinción como la más apropiada para la coloración de la neuroglia (24). Con el nuevo método, Achúcarro y Miguel Gayarre emprendieron el trabajo histopatológico de la corteza cerebral en casos de parálisis general y demencia senil (25-27). Achúcarro trabajó asimismo, en colaboración con José Miguel Sacristán y Luis Calandre, en investigaciones sobre la glándula pineal o el método del tanino y la plata amoniacal. Los esfuerzos por realizar avances significativos en la exploración de la glia fue el último gran servicio que Achúcarro rindió a su laboratorio (28) y fue, sin duda, la herencia más valiosa que dejó a Pío del Río-Hortega.

Los primeros trabajos de Pío del Río-Hortega en la revista del laboratorio de Cajal son del año 1913, pero las contribuciones histopatológicas no empezaron a aparecer hasta 1915. El legado de Achúcarro le puso en el camino hacia la exploración de nuevos métodos de tinción y le interesó por uno de los temas que más interrogantes había dejado la obra de Cajal, la definición de la estructura y funcionamiento del llamado "tercer elemento" del sistema nervioso. Achúcarro había realizado los experimentos necesarios como para diferenciar la neuroglia de la neurona en calidad de célula independiente dentro del sistema nervioso, pero no tuvo tiempo para desentrañar su estructura completa, su génesis y su funcionalidad. Esta fue una labor que culminó con éxito Pío del Río-Hortega. El momento clave fue, otra vez, la definición de una nueva técnica de coloración, el carbonato argéntico, procedimiento que le posibilitó teñir aquellos elementos de la neuroglia que habían escapado al microscopio. Antes de que Río-Hortega definiera su nuevo método se inició en el estudio de la neuroglia con una serie de trabajos sobre gliosoma y gliofibrillas aparecidos en el Boletín de la Sociedad Española de Biología y otros sobre la estructura del protoplasma neuróglico y el origen de la gliofibrillas en la revista del laboratorio de Cajal (29). Ahora bien, "todos estos estudios tienen la significación de un marco de referencia en relación con el cual sus trabajos inmediatos van a ver realzada su intrínseca importancia y trascendencia" (30). En efecto, Río-Hortega daba a conocer en la revista del laboratorio unas notas técnicas en 1917, donde presentaba un nuevo método para la coloración de la neuroglia y del tejido conjuntivo. Apenas un año más tarde confirmaba sus progresos técnicos y presentaba en el Boletín de la Sociedad Española de Biología un artículo que presentaba un nuevo método de coloración histológica e histopatológica y muy poco después otros en los que trataba sobre la coloración rápida que permitía el carbonato de plata amoniacal en tejidos normales y patológicos (11-12).

El momento definitivo llegó en 1920, año en que publicó unos estudios sobre la neuroglia en los que averiguaba cuál era la verdadera naturaleza de aquellas células en bastoncito de Achúcarro. El resultado final fue la puesta en claro de los caracteres morfológicos y texturales de la microglia, así como de su naturaleza y función dentro de los centros nerviosos (31). Río-Hortega venía meditando la publicación de este trabajo desde hacía al menos un año y en 1919 había tenido ya ocasión de dar al Boletín de la sociedad biológica española un trabajo en el que trataba sobre la verdadera significación de las células neuróglicas llamadas amiboides. Pero aquello no era más que un adelanto de lo que en la misma revista y en el mismo año publicó sobre la naturaleza y funcionalidad de la microglia. Se trata de tres artículos en los que Río-Hortega presentaba sus importantes avances en la investigación histopatológica: El tercer elemento de los centros nerviosos. La microglia en estado normal; Naturaleza probable de la microglia e Intervención de la microglia en los procesos patológicos. Células en bastoncito y cuerpos gránuloadiposos (32). Estos trabajos eran un compendio de lo que entre 1918 y 1919 había constituido el cuerpo central de sus investigaciones sobre la neuroglia. Es significativo que eligiera el Boletín y no los Trabajos para dar a conocer los primeros datos acerca de este asunto, pero en ello jugó un papel notable la actitud de Cajal. La trascendencia del descubrimiento de Río-Hortega no se le había escapado a Cajal, quien se dio perfecta cuenta de los avances que había hecho. El ambiente viciado por las tensas relaciones entre los discípulos más directos de Cajal y el heredero de Achúcarro se contaminaron por la competencia en el terreno de los descubrimientos científicos. La expulsión de Río-Hortega del laboratorio, en 1920, fue sólo la consecuencia institucional, pues aunque Cajal terminó aceptando con el tiempo la importancia de los descubrimientos de Pío del Río-Hortega, su primera reacción fue más bien sorprendente. En un artículo titulado Algunas consideraciones sobre la mesoglia de Robertson y Río Hortega (33) y que contenía algún error parecía que Cajal quisiera negar la paternidad de la microglia al segundo en beneficio del primero. Era un mensaje claro para Río-Hortega en el momento más delicado des- pués de su salida del Laboratorio de Investigaciones Biológicas. No fue el único, pues Rafael Lorente de Nó y Fernando de Castro trataron también de contradecir los resultados alcanzados por el histopatólogo (34).

Pío del Río-Hortega era consciente de que estaba en el camino correcto y su traslado a un nuevo laboratorio en la Residencia de Estudiantes sirvió para confirmar lo fructífero de su trayectoria como investigador. De inmediato consolidó las investigaciones sobre la microglia con un trabajo en el que describió su histogénesis, su evolución y su distribución en el sistema nervioso (35). En este estudio dejaba bien claro que la microglia descrita por sus trabajos de investigación no correspondía con la mesoglía de Robertson. Por otro lado, Río-Hortega consiguió ir más lejos con otro descubrimiento de trascendencia, el de la oligodendroglia. Esta última correspondía a lo que él mismo había deslindado como el segundo componente del "tercer elemento" y que hasta entonces había denominado como glía interfascicular. En 1921 apareció en el Boletín de la Real Sociedad Española de Historia Natural el artículo en el que presentaba a la comunidad científica la oligodendroglia (36) y que fue completado con otro aparecido unos años después, en 1928, y en el que abordaba su conocimiento morfológico y funcional (37).

Durante los años veinte logró Pío del Río-Hortega ir reuniendo en su laboratorio a un nutrido grupo de discípulos. Esto le permitió expandir el ritmo de las investigaciones y demostrar que la microglia y la oligodendroglia estaban presentes en la retina y las vías ópticas, parcela del sistema nervioso que tan bien había quedado descrita por Cajal, constatación que reforzaba sobremanera la validez de lo expuesto por Río-Hortega. No fueron escasos los estudios referentes a la constitución histológica de la glándula pineal o los trabajos sobre el condrioma de José Manuel Ortiz Picón (38). La estrecha relación con las revistas de la Sociedad Española de Historia Natural facilitó asimismo que los discípulos de Río-Hortega se dedicaran a la exploración histopatológica del sistema nervioso o las vías ópticas de diferentes animales. El trabajo con animales reforzaba las tesis de Río-Hortega sobre la estructura y funcionalidad de los elementos neuróglicos siempre que sus resultados pudiesen aplicarse a otros vertebrados y también invertebrados. Los éxitos de Pío del Río-Hortega le sirvieron para gozar de renombre internacional, lo que conllevaba un inmediato beneficio para la escuela histológica como muestra una carta de Percival Bailey, profesor en Boston, en septiembre de 1922: "Me gustaría muchísimo, también, si Ud. tuviera la bondad de indicarme el nombre del redactor o director de los "Trabajos del Laboratorio de Investigaciones Biológicas" y et "Archivos de Neurobiología", de manera que pueda yo abonarme a estas publicaciones"1 (39).

A Río-Hortega le interesaba seguir explorando otras facetas de la biología experimental: las investigaciones oncológicas. No era un terreno nuevo para Río-Hortega, pues su tesis doctoral y algunos trabajos aparecidos entre 1911 y 1912 se habían centrado en la anatomía patológica de los tumores. Al trabajar con Achúcarro el interés de Río-Hortega por las patologías tumorales había cedido paso a las cuestiones más urgentes que tenía pendiente la escuela histológica española. No fue hasta que la estructura celular del sistema nervioso quedó clarificada que Río-Hortega entendió había llegado el momento de recuperar los trabajos sobre patologías tumorales. En 1930 iniciaba una serie de investigaciones acerca de las características citológicas y citogenéticas de diferentes grupos tumorales (30) y profundizaba en la histopatología aplicada al cáncer de las células nerviosas. Durante los años treinta empezaron a ser numerosas sus contribuciones en Archivo Español de Oncología, donde publicó un enjundioso trabajo sobre la estructura y sistematización de los gliomas y paragliomas (40). El momento culminante de sus investigaciones oncológicas fue la ponencia que presentó al Congreso del Cáncer celebrado en Madrid en 1933, un completísimo trabajo sobre la anatomía microscópica de los tumores del sistema nervioso central y periférico en el que abordó los problemas existentes para la construcción de una clasificación sistemática de los tumores nerviosos, apostando por una mejora constante de las técnicas de tinción áuricas y argénticas como solución diagnóstica (41).

Su puesto en el Instituto Nacional del Cáncer, la aparición de nuevas revistas y la formación de una escuela de discípulos permitió a Pío del Río-Hortega poner en marcha un plan de trabajo sobre investigaciones oncológicas que de no haber sido por la guerra civil habría cubierto el campo más importante de su última etapa como investigador en histopatología del sistema nervioso. Durante la segunda mitad de los años veinte Río-Hortega había puesto a los miembros de su laboratorio a trabajar en temas de histopatología. Manuel López Enríquez probó la existencia de las células descritas por su maestro en la retina y las vías ópticas y Román Alberca Lorente orientó su atención hacia las funciones inmunológicas de la microglia en las heridas de la médula del conejo. Otros investigadores, como Abelardo Gallego, Felipe Jiménez de Asúa o Isaac Costero Tudanca extendieron con sus trabajos experimentales el conocimiento de la microglia y la oligodendroglia al terreno de la anatomía zoológica en experimentos con anfibios, perros, conejos y otros animales (42-43). No tardaron en aparecer investigaciones sobre patologías de las células nerviosas o procesos degenerativos en diferentes tejidos como los de Gallego sobre la histopatología de la neurosis cerebral en la oveja, el perro o las alteraciones de las células plasmáticas en procesos patológicos, los de Aldama sobre la distrofia muscular progresiva y los de Isaac Costero sobre formaciones siderófilas en los elementos cartilaginosos (44-46).

Isaac Costero Tudanca y José Manuel Ortiz Picón fueron dos de los más estrechos colaboradores de Pío del Río-Hortega durante estos años y dos claros ejemplos del interés que Río-Hortega estaba alimentando entre sus discípulos por los procesos de cambio celular. A finales de los años veinte Costero se había centrado en experimentos sobre cultivos "in vitro" de la microglia con el objeto de contribuir al conocimiento de su histogénesis e investigaciones sobre el tejido conjuntivo. Estos últimos, aplicados a la placenta humana, constituyeron el tema de su tesis doctoral y en ellos la hipótesis central consistía en demostrar la complejidad de los cambios operados en la estructura celular del conectivo uterino. Aunque Costero no mostró todavía un interés especial por los cambios patológicos operados en los tejidos conectivos, la aplicación de las técnicas colorantes de Pío del Río-Hortega en sus investigaciones histológicas demostraba experimentalmente el proceso hipertrófico durante el embarazo en el aparato reproductor femenino del ser humano y lo comparaba con el de otras especies animales (47). José Manuel Ortiz Picón hizo significativas contribuciones al estudio de la citología comparada del riñón centrándose en el condrioma de las células nerviosas y se atrevió ya en 1930 con una investigación sobre las variaciones de la relación nucleoplásmica en las células cancerosas tanto durante el reposo como durante su división. Este era un artículo que apareció en el número inaugural de los Archivos Españoles de Oncología. Las investigaciones sobre la morfología y la fisiología de la división celular fue un tema prioritario en los trabajos de Ortiz Picón y puerta de entrada a sus trabajos sobre patologías celulares. El Congreso del Cáncer reforzó la orientación de los trabajos hacia las patologías oncológicas celulares. Desde 1933 Dionisio Nieto se incorporó a estas líneas de investigación con trabajos patológicos de la pelagra, Manuel Pérez Lista hizo sus primeras contribuciones al estudio anatomopatológico del útero, López Enríquez trabajó en la degeneración de la retina y Enrique Vázquez López en la histopatología del reumatismo. Todo esto no significó que los estudios sobre neuroglia fueran definitivamente dejados atrás, pues José Miguel Sacristán continuó con indagaciones sobre la neuroglia en las aves o la oligodendroglia en el cerebro humano (48-49).

 

3. Neurohistopatología del sistema nervioso y psiquiatría clínica

Nicolás Achúcarro había sido un neuropsiquiatra muy interesado por las aplicaciones y resultados clínicos del trabajo de laboratorio. En colaboración con Gayarre había trabajado en la localización histológica de la demencia paralítica en la corteza cerebral o el estudio de la demencia senil y el grado de participación que la neuroglia tenía en la alteración celular de Alzheimer. Todo ello tenía su aplicación práctica en las secciones departamentales de los hospitales psiquiátricos en los que trabajó. Su faceta neuropsiquiátrica encontró un digno continuador en Gonzalo Rodríguez Lafora (50-53). El Laboratorio de Fisiología Cerebral que este último dirigió en la JAE encarnó la manifestación institucional de esta línea de investigación. Se pueden distinguir cuatro áreas de trabajo en la carrera científica de Lafora hasta 1936: Neurología, Psiquiatría, Anatomía patológica y Fisiología2. No obstante, estas cuatro orientaciones de su labor investigadora no guardaron un equilibrio proporcional dentro de su producción científica. Fueron la neurohistopatología y la psiquiatría las materias que, con diferencia, más atrajeron su atención (4). En el campo de la Neurohistopatología y la Anatomía patológica los trabajos de Lafora abarcaron un variado repertorio de patologías neuronales que van desde los síndromes epilépticos mioclónicos, pasando por los síndromes extrapiramidales y talámicos hasta cubrir la parálisis agitante o enfermedad de Parkinson. En todos ellos fue característico de Lafora un marcado interés por su naturaleza anatómico-patológica. Esto es lo que también terminó arrastrándolo a indagar con mayor profusión en los tumores cerebrales, sobre todo en el ámbito relativo a los medios modernos de diagnóstico topográfico.

La producción científica de Lafora fue muy versátil, pues no se restringió a publicar sólo en los Trabajos del Laboratorio de Investigaciones Biológicas, sino que desde fecha muy temprana posee contribuciones científicas en revistas españolas como el Boletín de la Sociedad Española de Biología, Los Progresos de la Clínica, Siglo Médico o Revista Clínica de Madrid y extranjeras como Zeitschrift für die gesamte Neurologie und Psychiatrie, Virchows Archives, Monatschrift für Psychiatrie und Neurologie, Washington Medical Annals, New York Medical Journal y Revue Neurologie, entre otras. La presencia de estudios neurológicos y de anatomía patológica es abrumadora, pero no fue solo la cantidad, sino también la variedad y la pertinencia de los temas abarcados por Lafora. En 1912 publicaba en el Boletín de la Sociedad Española de Biología un trabajo sobre degeneraciones de las células nerviosas y, un año más tarde, otro sobre anatomía patológica de la parálisis agitante además de una contribución en los Trabajos del Laboratorio de Investigaciones Biológicas acerca de la histopatología de la enfermedad de Parkinson (54-56). Lafora se interesó también por otras patologías nerviosas como la neurofibromatosis general y en el congreso que la Asociación para el Progreso de las Ciencias celebró en Madrid, en junio de 1913, presentó una comunicación que versaba sobre la anatomía patológica de ciertas neurosis.

Lafora había seguido los pasos de Achúcarro en Europa, trabajando con Alzheimer y Kraepelin, y lo había sustituido en el hospital psiquiátrico de Washington. Esto repercutió en sus trabajos, pues tuvo muy presente las aportaciones de sus maestros alemanes. Emil Kraepelin había basado su concepción psiquiátrica en una nueva nosología práctica que, tomando como modelo las psicosis exógenas, clasificaba las psicosis endógenas en dos grandes tipos: la maníaco-depresiva y la demencia precoz. La psiquiatría alemana se inscribía dentro de la jurisdicción médica, es decir, la locura era una enfermedad y como tal debían ser contemplados su etiología, diagnóstico y tratamiento. La escuela alemana retornó a la clínica, ya que el sistema de Kraepelin estaba basado en la etiopatogenia, la clínica y la evolución, donde la etiología, el diagnóstico y su tratamiento ajustan la enfermedad mental al patrón de enfermedad establecido por la clínica médica (57). Fue también durante este primer tercio del siglo XX que se procuró en Alemania "ampliar el conocimiento psiquiátrico a nuevas entidades, no siempre patologías, que pudieran desarrollar nuevas perspectivas no contempladas previamente" (58). Lafora es el psiquiatra español que de manera más decidida apostó por esta vía, así que no es sorprendente que la Neurología y la Anatomía patológica caminaran juntas en sus trabajos científicos. Lafora es un trabajador experimental incansable, apegado al laboratorio como base desde la que construir el resto de su trayectoria psiquiátrica. Aquella concepción vendría reforzada por la poderosa presencia de Cajal, Simarro y Achúcarro (59).

La carrera de Lafora aparece impulsada desde muy temprano, durante su estancia en Washington en 1911, por el descubrimiento de lo que terminó llamándose enfermedad de Lafora. De entonces data la descripción de unos cuerpos intracitoplasmáticos en las células ganglionares del sistema nervioso de enfermos afectados por la epilepsia mioclónica. Los discípulos de Alzheimer recibieron con frialdad aquellos resultados y no fue hasta mitad de los años veinte que se confirmaron los datos descritos por Lafora. El hecho de que Lafora dedicara una atención preferente a la neurohistopatología tenía que ver con las nuevas directrices que la psiquiatría estaba tomando por aquellos años en Alemania y con la necesidad de defender sus tesis. El desarrollo neurohistopatológico de la enfermedad de Alzheimer y las alteraciones de las células nerviosas durante esta patología sirvió para que Lafora presentara en la revista del laboratorio de Cajal algún trabajo sobre el tema, pero esta primera década de indagaciones neurológicas y anatómico-patológicas despertó también su atención por enfermedades neuronales como la demencia senil, las lesiones producidas por la encefalitis palúdica en el cerebro, la meningitis cerebroespinal epidémica y las afecciones sifilíticas del sistema nervioso. No fue hasta más tarde que se pudo observar un cambio en la carrera científica de Lafora, al menos como investigador de laboratorio. Entre 1919 y 1920 se puso en marcha el Laboratorio de Fisiología Cerebral como parte del Laboratorio de Investigaciones Biológicas y muy pronto del Instituto Cajal.

En 1920 aparecía el primer tomo de Archivos de Neurobiología, una revista codirigida y cofundada por Lafora, José Miguel Sacristán y José Ortega y Gasset. No se trataba de una revista científica al uso o al modo de los Trabajos de Cajal, donde la orientación experimentalista de laboratorio primaba por encima de todo. En su consejo directivo y en la redacción figuraban los nombres más sobresalientes de la histología y la psiquiatría española de aquellos años y, teniendo en cuenta el papel social desempeñado por el estudio de la higiene mental, cabía esperar que los Archivos fueran algo más que un simple órgano de expresión científica. En efecto, supusieron el espacio en el que se materializó, en España, el paso de las neurociencias y la psiquiatría de inspiración francesa a los nuevos rumbos de la psiquiatría alemana (60-61). La nueva etapa en la carrera de Lafora se caracterizó todavía por la presencia abrumadora de la Neurohistología y la Anatomía patológica durante la primera mitad de la década. Sin embargo, Lafora llevaba ya más de diez años de trabajos experimentales en laboratorio y había llegado el momento de completar la neurohistopatología del sistema nervioso con estudios sobre la fisiología del cerebro y de dar una aplicación práctica a las investigaciones experimentales. Fue en este último terreno donde Lafora desbrozó, sobre la base común de la psiquiatría, dos nuevas direcciones en su actividad profesional: la psiquiatría clínica y las consideraciones derivadas de la aplicación de la misma al cuerpo social del país.

Aunque Lafora dirigía un laboratorio de Fisiología cerebral, fue esta disciplina la que tuvo una menor importancia dentro de su producción científica. Hay que destacar el desarrollo que alcanzaron los estudios experimentales acerca de las localizaciones cerebrales en los centros corticales y subcorticales en animales o la determinación y explicación de la fisiología del cuerpo calloso, así como la circulación y funciones del líquido céfalo-raquídeo. Las primeras aproximaciones a la fisiología del cuerpo calloso tuvieron como escenario el congreso que la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias celebró en Bilbao en 1919 con una ponencia sobre las funciones del mismo. Un año más tarde aparecía en los Archivos de Neurobiología un estudio de dicho cuerpo calloso, aunque mandaba el criterio anatómico-patológico al tratarse de un caso de tumor. Poco después aparecieron unas investigaciones experimentales sobre la función del cuerpo calloso, culminación de la ponencia presentada en el congreso de Bilbao (62-63). La investigación neurofisiológica relacionada con la localización cerebral de movimientos involuntarios comienza en los años veinte con sus experimentos en gatos y continuó con la localización de los centros reguladores del sueño y de las alucinaciones (64). En el caso de las investigaciones sobre el líquido céfalo-raquídeo hay que decir que fueron cronológicamente los primeros trabajos de Lafora en fisiología, donde contó con la estimable ayuda de Miguel Prados Such (65-66). Con este último tuvo Lafora un discípulo con una formación histopatológica y neurológica más que correcta. Su concurso encarnó un proselitismo exitoso de la línea de trabajo iniciada por Lafora en España y que caminaba firmemente hacia una psiquiatría científica muy preocupada por la faceta experimental en el laboratorio3. Dada la acumulación de horas dedicadas a las lesiones morfológicas de las estructuras nerviosas y teniendo en cuenta la orientación orgánica hacia la localización de las funciones cerebrales no resulta sorprendente que Lafora mostrara un gran interés hacia la neurocirugía y es aquí donde encontró la colaboración de Sixto Obrador Alcalde, José Goyanes, Díaz Gómez y otros cirujanos (67).

La faceta más novedosa y notable de la trayectoria académica de Lafora a partir de los años veinte acabó siendo, junto a la neurohistopatología, la psiquiatría. Fundador del Sanatorio Neuropático de Carabanchel, del Instituto Médico-Pedagógico y vicepresidente de la Liga Española de Higiene Mental, Gonzalo Rodríguez Lafora partió de las neurociencias para desembocar en los textos que apostaban por la reforma psiquiátrica (68). Comprometido con la práctica clínica, Rodríguez Lafora es fiel a un modelo que combina laboratorio y clínica. Otros psiquiatras de su generación hicieron más hincapié en la práctica clínica y relegaron el trabajo de laboratorio al período de su formación, como José María Sacristán (57). No fue así con Lafora y esto se reflejó en su forma de abordar el psicoanálisis. Sobre el eje central de su visión neuropsiquiátrica, tan influida por Kraepelin, Rodríguez Lafora asimiló otras influencias, entre ellas la psicoanalítica (69). Si bien no puede ser considerado uno de los grandes introductores del psicoanálisis en España, papel que desempeñó en toda su extensión Ángel Garma (70), sí cabe destacar que en un ambiente académico español más bien hostil hacia el psicoanálisis (71), Rodríguez Lafora, al menos desde un punto de vista teórico, se acercó al psicoanálisis como método para el estudio de la mente humana tanto en sus manifestaciones patológicas como también en su faceta reveladora de la psiquis social. Durante su estancia en Buenos Aires publicó un artículo en el que dejó constancia de cuáles eran los elementos psicoanalíticos que podían transformarse en auxiliares de estudio para fenómenos culturales o cuestiones psicopatológicas (72). Lo entendió como una herramienta de estudio con aplicaciones muy versátiles, aunque su formación experimental le generó problemas para interpretar el pensamiento freudiano.

El psicoanálisis podía ser para Lafora un instrumento de análisis para la psiconeurosis, la frigidez y la impotencia sexual, las obsesiones, las ideas paranoides, la demencia precoz, la parálisis general y las psicosis seniles o vejez prematura. Precisar los mecanismos psicogenéticos que se escondían en su etiología era uno de los servicios que el psicoanálisis podía prestar en el terreno de las patologías mentales (73). Pero su aplicación iba mucho más lejos al abarcar, por ejemplo, estudios psicoanalíticos del arte pictórico moderno o análisis de la poesía lírica. Es así como se explican toda una serie de artículos publicados por Lafora en la Revista Pedagógica, la Revista de Criminología, Psiquiatría y Medicina Legal, El Siglo Médico, la Gaceta Médica Española, Archivos de Neurobiología o Revista General de Legislación y Jurisprudencia sobre temas que iban desde la frigidez sexual de la mujer, estudios psicoanalíticos sobre las obsesiones o la teoría y los métodos del psicoanálsis, todos ellos publicados entre 1922 y 1923 (74-75), hasta los ya mencionados estudios psicológicos de movimientos culturales en el arte o en la literatura (76). La aplicación del psicoanálisis en la práctica clínica por parte de Lafora fue mucho más limitada, concentrada en el ejercicio de una psicopatología dinámica más al modo de P. Janet que al de S. Freud y un método psicoanalítico basado en la anamnesis, es decir, complemento de la historia clínica (69).

Rodríguez Lafora quiso comprender y encauzar comportamientos o políticas sociales como la delincuencia infantil en su relación con la deficiencia mental, la educación de los niños deficientes mentales o el tratamiento de la anorexia psicogenética en las mujeres adolescentes. La vocación transformadora de la generación de psiquiatras que le acompañó se manifestó en el afán por propiciar un cambio legislativo de las condiciones asistenciales al enfermo mental y una renovación del orden educativo, formativo y cultural (77). Lafora era muy consciente de las repercusiones pedagógicas y jurídico-sociales de sus postulados y no tuvo ningún reparo en proponer abiertamente el papel que debería desempeñar la psiquiatría en el nuevo código penal español de 1928 o cómo tratar el alcoholismo, así como publicar el 20 de abril de 1929 en El Siglo Médico un artículo sobre los límites del peritaje psiquiátrico en el Derecho penal y tres meses después, el 20 de julio, otro sobre la peligrosidad y las medidas de seguridad en el nuevo código penal español.

Científico acostumbrado a la labor de divulgación, los años treinta y la llegada de la Segunda República reforzaron esta línea de ensayos con intención arbitrista en la política y la pedagogía relacionadas con la higiene mental. Lafora protagonizó el esfuerzo republicano por reformar la asistencia psiquiátrica, un episodio emblemático en la historia de la reforma política y social de la época. En colaboración con Sacristán y Escalas redactó en 1930 un anteproyecto de legislación para la asistencia al enfermo psíquico, un texto muy apreciado por las autoridades republicanas al elaborar el Real Decreto de 3 de julio de 1931, que responsabilizaba a las administraciones provinciales y central del sostenimiento de centros adecuados para el sostenimiento de los alienados (78). El decreto supuso un enorme avance en la regulación de los ingresos y salidas de los enfermos de los establecimientos psiquiátricos, pero fue importante, sobre todo, por la aceptación de un nuevo modelo asistencial "que rompía con la consideración del manicomio como único lugar de tratamiento para desplazar el eje de la atención psiquiátrica hacia los aspectos profilácticos" (79-80). La escuela de Lafora ocupó cargos de responsabilidad en la organización de la psiquiatría española de la época. En Archivos de Neurobiología publicó un artículo cuyo título lo dice todo: Lo que debe ser un Manicomio Provincial (81). En esta misma revista apareció en marzo de 1933 un texto acerca de la selección profesional de enfermos psiquiátricos. Lafora presentó, en 1933, en la Revista de Pedagogía dos ensayos acerca de la jornada del niño y del maestro en la escuela y las relaciones que había que establecer entre la educación y la reforma de la moral sexual. Fue Ortega quien conectó a Rodríguez Lafora con Luzuriaga y permitió la colaboración del psiquiatra y el pedagogo. El interés de Lafora por la educación infantil, sobre todo en el caso de niños con discapacidades psíquicas, venía de largo. En 1917 había publicado un libro titulado Los niños mentalmente anormales, cuya segunda edición apareció, no por casualidad, en 1933 (82). En 1926 había fundado el Instituto médico-pedagógico de niños anormales en Carabanchel Bajo y vuelve a publicar en Revista de Pedagogía otro artículo sobre delincuencia infantil y deficiencia mental (83-85). Con motivo de la creación en la Universidad de Madrid de una sección de Pedagogía en 1932, Lafora fue encargado de impartir durante los cursos 1934-35 y 1935-36 una materia que llevaba por título Psicopatología infantil y pedagogía de anormales mentales. De esta forma, Lafora se incorporaba también a los esfuerzos para facilitar la renovación de la didáctica y la profesionalización del magisterio (86). En este terreno concedió a la psicología experimental un papel de metodología diagnóstica y a la pedagogía un gran valor como tratamiento posterior (87). En definitiva, "ningún trabajo de Lafora es comprensible si no se aúnan, en función de la totalidad, su afán investigador y su cultura; su calidad humana y su actividad conjunta de histopatólogo, neurólogo y psiquiatra" (88).

 

4. Conclusión

Este trabajo ha pretendido explorar el desarrollo científico de una rama de la escuela histológica de Cajal desde una amplia perspectiva. Los estudios acerca de figuras individuales como Achúcarro, Río-Hortega y Rodríguez Lafora, nos han acercado a los protagonistas, pero es necesaria una visión más general que nos ponga en contacto con los desarrollos institucionales y las líneas de investigación implementadas por estos investigadores y sus discípulos en las neurociencias españolas. El apoyo institucional y financiero prestado por la JAE a la escuela histológica de Cajal resultó fundamental para garantizar el desarrollo de la misma y la continuidad en la investigación médica experimental durante el primer tercio del siglo XX. La nueva centuria apuntaba, en el campo de la biología, la enorme importancia que el progreso tecnológico iba a tener en el desarrollo de esta disciplina. Los avances más notables del siglo han venido precedidos por las innovaciones técnicas en los métodos de trabajo. La escuela de Cajal, con su dominio de las técnicas de tinción en las exploraciones anatómicas, constituyó un ejemplo precoz. El alcance de las investigaciones de Nicolás Achúcarro, Pío del Río-Hortega o Gonzalo Rodríguez Lafora no se entenderían sin tener en cuenta lo que venimos señalando.

La importancia alcanzada por la escuela histológica de Cajal, de la que formaron parte todos estos investigadores y sus discípulos, llena de contenido la ex- presión Edad de Plata de la ciencia española. Para la medicina experimental española, la que se desarrollaba en el laboratorio, a pie de mesa y microscopio, fueron aquellos sus años áureos. La repercusión internacional de los descubrimientos de Cajal y Río-Hortega hicieron de la escuela histológica española un referente ineludible. Parecida importancia empezaron a alcanzar las repercusiones prácticas de las investigaciones de laboratorio. Pío del Río-Hortega y sus discípulos iniciaron una prometedora actividad de investigación en el campo de las patologías tumorales que encontró una primera manifestación de madurez en el congreso sobre el Cáncer celebrado en Madrid en 1933. Lo mismo podría decirse de la fisiología cerebral de Gonzalo Rodríguez Lafora, quien muy pronto transformó en aplicaciones clínicas los trabajos anatomopatológicos de su laboratorio. Rodríguez Lafora favoreció la introducción del psicoanálisis en España y trató de potenciar la organización de una nueva psiquiatría clínica que hizo extensible al ámbito jurídico y social del cuerpo del país.

La guerra civil y el triunfo franquista representaron, en este sentido, un retroceso de alcance histórico para las ciencias biomédicas españolas. Su depuración fue particularmente intensa debido al celo depurador de Fernando Enríquez de Salamanca, catedrático de Patología Médica, decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Madrid tras el fin de la guerra y juez depurador de la Universidad de Madrid4, y debido también a la amplitud del profesorado adscrito a ella, buena parte del cual eran miembros del Instituto Cajal, el Instituto Nacional del Cáncer, dirigido por Pío del Río-Hortega, y la sección de Psiquiatría del Hospital Provincial de Madrid, dirigida por Gonzalo Rodríguez Lafora (89).

 

Agradecimientos

Trabajo enmarcado en el proyecto I+D HAR2010-21333-C03-02, dirigido por Miguel Ángel Puig-Samper, titulado Naturalistas y viajeros en el mundo hispánico. Aspectos institucionales, científicos y docentes, integrado en el proyecto coordinado por Alfredo Baratas Naturaleza y laboratorio. La investigación biológica en la España contemporánea. Asimismo, el texto forma parte de las actividades del Grupo de investigación UCM Historia de Madrid en la edad contemporánea, no ref.: 941149, posible por la concesión de dos proyectos de investigación del Plan nacional de I + D + I: Ministerio de Educación y Ciencia, HUM2007-64847/HIST; Ministerio de Economía y Competitividad, HAR2011-26904, investigador principal: Luis Enrique Otero Carvajal.


1Carta de Percival Bailey a Pío del Río-Hortega. 2 septiembre 1922. Reproducida en Del Río-Hortega P. Epistolario y otros documentos. Primera parte (1902-1930). Valladolid: Universidad de Valladolid, 1993; p. 231.

2Programa de conferencias de Gonzalo Rodríguez Lafora en Buenos Aires. 1923. Fundación Residencia de Estudiantes de Madrid. Archivo de la JAE; Expediente personal Gonzalo Rodríguez Lafora, no. 134/355.

3Relación de trabajos realizados por Miguel Prados Such en el Laboratorio de Fisiología Cerebral. Fundación Residencia de Estudiantes de Madrid. Archivo de la JAE. Expediente personal Miguel Prados Such, 117/548.

4Relación de trabajos realizados por Miguel Prados Such en el Laboratorio de Fisiología Cerebral. Fundación Residencia de Estudiantes de Madrid. Archivo de la JAE. Expediente personal Miguel Prados Such, 117/548.

 

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Dirección para correspondencia:
José María López Sánchez
(jmlopezs@ghis.ucm.es)

Recibido: 31/01/2012
Aceptado: 27/05/2012

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