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Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría

On-line version ISSN 2340-2733Print version ISSN 0211-5735

Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq. vol.38 n.134 Madrid Jul./Dec. 2018

http://dx.doi.org/10.4321/s0211-57352018000200018 

Crítica de Libros

De política, psiquiatría y pasiones. Una vez más, otra vez distinto

On politics, psychiatry, and passions. One more time, once again different

Carlos Rejón Altable1  2 

1Servicio de Psiquiatría, Hospital Universitario de la Princesa, Madrid, España.

2Universidad Autónoma de Madrid, España.

MOSCOSO, Javier. 2017. Promesas incumplidas. Una historia política de las pasiones. Barcelona: Taurus, ISBN: 978-84-306-1815-6, 351 páginasp.

La mejor introducción al último libro de Javier Moscoso hay que ir a buscarla a un ensayo previo, en el prólogo de su Historia cultural del dolor, de 2015, donde el autor explicaba lo esencial del proyecto historiográfico al que se suma. Un amplio movimiento que, a falta de mejor nombre, podemos llamar “historia de las emociones” y que nos da posiblemente la clave de lectura más afín a estas Promesas incumplidas. Una historia política de las pasiones, que publicó Taurus en septiembre del 2017.

Allí Moscoso expuso algunos “acuerdos generalizados” de esta historia cultural: la experiencia (del dolor, pero, a fortiori del amor o la cólera) se modifica de acuerdo a patrones culturales; se pueden rastrear sus variaciones históricas; la expresión y modulación de estas experiencias precisan de herramientas socialmente mediadas1. En suma, la subjetividad de la experiencia es un hecho objetivo de la cultura.

Hay dos riesgos internos en este modo de hacer historia: primero, construir un relato teleológico en el que nuestra tristeza o dolor se tome por la verdadera tristeza y dolor, depuradas, liberadas; segundo, diluir el objeto de estudio en sus formas históricas.

En Promesas incumplidas, Moscoso no vuelve sobre estas dificultades. Aunque expone al final de la introducción algunos objetivos del libro (esclarecer qué fue de la promesa igualitaria que vino con la Revolución; rastrear las fuentes históricas que permitieran comprender el nacimiento de algunas prácticas culturales dentro del tratamiento moral; explicar las condiciones que hacen posible la aparición de emociones culturalmente significativas y el modo en que estas “experiencias subjetivas” permiten explicar cambios sociopolíticos, entre otros) que llevarían a pensar que una discusión ampliada de estas dificultades no estaría de más, no acaba de aclararnos (no para mí, al menos) cómo se sitúa en 2017 frente al problema teórico clave de la historia cultural: resolver cuáles son las relaciones entre las figuras históricas concretas de un afecto y su parte salvaje, aquella que se ha resistido a una institución simbólica particular, o a cualquiera. ¿Existe acaso? ¿Es una ilusión? Y si existe, ¿es pensable?, ¿es una región pulsional, una “archipasividad” impersonal? ¿Puede hablarse de ella o es solamente un supuesto que no se manifiesta más que como resto sin forma, necesario como fondo que simbolizar, indecible precisamente por no haber sido aún simbolizado?

Si acaso, Moscoso se queda cerca de un enfoque más reciente de la historia cultural de las emociones, que no atiende tanto a la historia de las formas de subjetivación como a las formas culturales que hacen “posible la comprensión y significación de las experiencias privadas” y que se ha vuelto no tanto hacia la normatividad social de la expresión emocional (aquello que permite decir “yo siento tal”) como hacia las “formas de confianza” (sic) entre ciudadanos que permiten la promesa o el juramento. A Moscoso, en este ensayo al menos, le interesan “la configuración política de las pasiones vehementes” y sus “formas de tratamiento moral” o “regulación pública”, las condiciones que han hecho posible “el relato de la ambición y su tratamiento en los albores del mundo contemporáneo”.

Así que Promesas incumplidas no se ocupa tanto del cambio de significado de la cólera o la ambición (como hicieron, por ejemplo, Klibansky, Panofsky y Saxl con la melancolía) ni de las transformaciones de su conceptuación general (al estilo de Thomas Dixon en From passions to emotions) como de los distintos juegos que las pasiones juegan dentro del gran juego social nuevo que trajo la Revolución. O, de otro modo, cómo la promesa de igualdad que cuajó alrededor de 1789 imprimió un sello distinto a las mismas pasiones que estaban empujando los cambios sociales que se ordenaban alrededor de todas esas promesas incumplidas. No estudia las nuevas formas de subjetivación, sino los cambios en las formas del relato, de la puesta en escena y de su tratamiento colectivo.

Acabada esta puesta en claro de antecedentes, vamos con el desarrollo del libro. Lugar, Francia. Época: entre mediados del siglo XVIII y mediados del XIX. La estructura es muy clara. A una introducción teórica breve le sigue una especie de obertura donde se cuentan las historias paralelas de un interno en Bicêtre, Monsieur Nicolas, y de François Leuret, su psiquiatra, y donde aparecen apuntados los temas que se irán desplegando en el ensayo. Enseguida, un capítulo donde se aclaran aspectos generales del pensamiento médico, moral y político, sobre todo francés, acerca de las pasiones. A continuación, cinco capítulos donde se analizan el amor a la igualdad y la indignación; la ambición y sus extravíos; la cólera o la desesperanza; los celos o la envidia; y el amor. El libro termina con un capítulo acerca del tratamiento moral y un epílogo que hacen eco a aquellos primeros capítulos generales y donde se cuenta el final de la historia de Monsieur Nicole.

El comienzo del libro es magnífico, con una pulsación grave sobre una cuerda moral que va a ir reapareciendo aquí y allá, pero que acaba, me parece, por diluirse hasta las consideraciones finales. El desarrollo se confía a una estrategia retórica repetida: ir pareando dos aspectos de esta determinación objetiva de la experiencia subjetiva: por un lado, la medicalización de las pasiones y su inclusión dentro de los objetos legítimos de estudio del primer alienismo; por otro, el papel que los teóricos sociales, los ensayistas, los médicos, los diversos testigos y protagonistas de los cambios políticos que acaecieron en Francia desde mediados del siglo XVIII a mediados del XIX asignaron a las pasiones en los cambios de las formas de gobierno, de la estructura de las clases sociales, de las relaciones entre la capital y las provincias, y en la movilidad social. Las fuentes que Moscoso revisa son variadas: historias clínicas, tratados médicos, material biográfico de pacientes y de alienistas, escritos literarios, ensayos de historiadores y políticos. Y los nombres convocados abundantísimos: Pinel, Stendhal, Rousseau, Balzac, Esquirol, Madame de Staël, Chateaubriand o el abate Sieyès, entre los más conocidos. Pero también Ramond de Carbonnières o Théodore Bourrit, alpinistas, o los doctores Calmeil, Millet o Amouroux, entre muchísimos otros, y Rastignac y Julian Sorel, y aún muchísimos más, olvidados hoy, hasta que la época gana solidez y relieve ante nuestros ojos, como no alcanzaría con la mera reiteración de obras y autores canónicos.

La parte concernida con la medicalización de las pasiones aporta pocas novedades a los aficionados a la historia de la psiquiatría. Es un asunto exhaustivamente estudiado donde se ha puesto muy difícil dar con una lectura reveladora. De hecho, Moscoso se centra más bien en mostrar que las mismas pasiones que se exploraban en los monomaníacos, en los melancólicos o en los delirantes de toda condición afectaban por igual a los médicos alienistas que los trataban.

Esta confrontación un poco rígida es quizás la parte menos lograda del libro. Claro que las pasiones son las mismas. La psiquiatría no tiene otro objeto real que la subjetividad humana en las formas que toma históricamente, de donde extrae las formas de sufrimiento que, con mayor o menor éxito, se consideran perturbaciones, enfermedades, síndromes. Si el objetivo de Moscoso es mostrar cómo esta nueva “configuración política de las pasiones” tuvo un alcance tan profundo que reunía figuras socialmente enfrentadas, en realidad espejos de lo mismo, está cumplido. Pero se echa de menos entender cómo funcionaba el aparataje semiológico, teórico e institucional que permitía a unos (alienistas) poner distancia con los otros (alienados) aunque a juicio de hoy esta distancia aparezca falsa.

Más interesante me ha parecido, y de antemano confieso mi poca competencia en este campo, la posibilidad que la “determinación objetiva de la experiencia subjetiva” ofrece a la hora de comprender los plexos de sentido que para los actores de la época tenían los acontecimientos que estaban viviendo. Por dar un ejemplo actual semejante, es muy difícil entender de veras eso que hoy llamamos “crisis migratoria” concibiéndola solo como un reajuste infraestructural o una “venganza de la geografía”, por mucho que ambos sean factores explicativos importantes, sin escuchar también lo que dicen aquellos que huyen de la miseria o de la guerra.

En cuanto a la prosa, Moscoso escribe claro casi siempre, cambia de registro con eficacia cuando toca, es vehemente por momentos y solo cae ocasionalmente en estilemas, como “cambios en el régimen de las pasiones” o “economía moral de la ambición”, que no dicen gran cosa y afean el estilo. En otro orden de cosas, la bibliografía es abundante, pero no separa fuentes y literatura secundaria. Las notas al final del libro agradarán a los que prefieren leer de corrido y desesperarán a los que quieran ir comprobando las referencias a medida que aparezcan citadas.

En resumen, si el lector de esta revista que se interese por Una historia política de las pasiones dispone de algún conocimiento previo de historia de la psiquiatría, o de los cambios en la conceptuación de las emociones en la época, es probable que encuentre interés sobre todo en las páginas que se ocupan de la vertiente social y política. Si se acerca a este tipo de estudios por primera vez, hallará un texto vibrante, que transmite muy bien la profundidad de los cambios en el “régimen de los afectos” que desde la Europa revolucionaria nos alcanzan, pero se quedará tal vez con las ganas de más carne psiquiátrica.

1Moscoso J. Historia cultural del dolor. Madrid: Taurus, 2011; p 18.

Correspondencia: crejon@hotmail.com

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