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Dynamis

versión impresa ISSN 0211-9536

Dynamis v.28  Granada, Barcelona  2008

 

RESEÑAS

 

 

Jean Marie André. La Médecine à Rome. Paris: Ed. Tallandier; 2006. ISBN 978-284734-175-1.

Jean Marie André es bien conocido por sus excelentes estudios sobre la civilización romana. Una larga tradición historiográfica había destacado el carácter subsidiario, de mera herencia sin personalidad propia, de la medicina romana respecto a la griega. Por el contrario, la obra de André desarrolla otra interpretación distinta de la de simple alumna dócil de la medicina griega clásica. El uso que en Roma se hizo de la medicina griega rebasó muy ampliamente la mera reiteración, para incorporar elementos bastante novedosos. A su juicio, la gran originalidad latina radicó en el pragmatismo selectivo de las aportaciones médicas del hipocratismo griego. Esa selección permitió un mejor uso de la dietética, de la farmacéutica y de la propia cirugía. En especial, la obra de Jean-Marie André aporta elementos de reflexión en lo relativo a la sociología de la curación y de la enfermedad, y también en la profundización a partir de la documentación jurídica hasta ahora poco tenida en cuenta.

El trabajo de André constituye un análisis realizado a partir de la utilización de una amplísima, podríamos considerar casi exhaustiva, nómina de fuentes literarias greco-latinas, analizadas desde sus lenguas originales. Junto a los grandes tratados, existe todo un conjunto de referencias a autores "menores", así como alusiones al papel de la medicina y de los médicos. André, al contrario de otras interpretaciones usuales, concede una mayor importancia a las informaciones (y al uso) de la obra de Celso respecto a la de Galeno. Se trata de un planteamiento original, que probablemente no sea totalmente compartido pues, en general, los estudios de Historia de la Medicina suelen coincidir en afirmar las características más teóricas de la obra de Celso frente al conocimiento práctico de Galeno.

La presencia de la medicina en la historia de Roma presenta etapas diferentes, también en directa relación con la historia política y la evolución de la ciencia; la primera de ellas fue de carácter pre-científico, o proto-científico, en la cual la curación estaba muy ligada a la magia, pese a lo cual puede reconocerse también el intento de explicación a partir de la observación. Ejemplo son las múltiples referencias a las pestilentiae en la Roma republicana. Así Tito Livio y Dionisio de Halicarnaso citan numerosos episodios desde el siglo V a. C. hasta el 175 a. C., siendo muy ocasionales las que se documentan con posterioridad. Pestilencias que, en las explicaciones de la época, aparecen ligadas a fenómenos míticos, a castigos divinos y a sortilegios y, por lo general, también relacionadas con hambrunas y con la estación de verano. En cualquier caso, la pestilentia reiterada, casi cíclica, de la Roma republicana, se explica hoy como epidemias de paludismo.

La asunción de la medicina de herencia griega, de origen hipocrático, encuentra en principio lo que se ha denominado "una paradoja cultural", a saber, un proceso de resistencia. Los escritos de Catón han sido utilizados, en muchas ocasiones, como muestra evidente de esa resistencia al desarrollo de una medicina "científica", con un rechazo a la actuación de los médicos griegos, a los que llegó a acusarse de pretender matar más que curar. Es indudable que el cambio se produjo justamente en la época del Principado de Augusto. Suetonio atribuye esta transformación al influjo de un médico concreto, Antonio Musa, y a su actuación en Hispania. El emperador Octavio Augusto, cuando se hallaba actuando en las guerras cántabras, sufrió una desconocida enfermedad que le obligó a retirarse a Tarragona y que lo puso al borde de la muerte. En ese momento el médico Antonio Musa, es de suponer que junto a otros remedios, aplicó una terapia basada en los baños.

La actuación de Musa ocasionó un cambio en la situación social de los médicos, puesto que él mismo mereció la dedicatoria de una estatua en la capital imperial. El prestigio de Musa, y el agradecimiento imperial, permitió la promoción social de los médicos y la consideración de la medicina como una de las artes. En este sentido, el análisis, planteado por André, de distintos escritos de Séneca constituye un magnífico testimonio de esta transformación en el aprecio social de la práctica médica. A partir de aquí se expande el control público de la medicina y de su enseñanza, los médicos oficiales de colonias y municipios, el servicio de sanidad militar (que tuvo un despliegue enorme), o la actuación de los médicos de gladiadores, que también ocupan un lugar en el estudio.

Un segundo aspecto muy importante fue el alto prestigio alcanzado por la curación a partir del uso de las aguas. El papel central de los baños de aguas determinadas, y de la ingesta de algunas de ellas, ha conducido incluso a la consideración de Musa y de otros médicos romanos, como sencillos y simples "charlatanes". En cualquier caso, a partir de la época de Augusto, y durante todo el Imperio, tuvieron una enorme importancia las instalaciones balnearias, de las más desarrolladas del mundo romano.

En el capítulo titulado "La epidemiología positiva" trata de cómo entre la época de la tardo-república, y la parte principal del Alto Imperio, el Imperio Romano en general, y el Occidente romano en particular se caracterizó por un buen estado sanitario. Desde, al menos, la victoria de Pompeyo sobre los piratas, y más aún desde el triunfo de Octavio (Augusto) en Actium, el Mediterráneo fue un mar de comunicaciones, de contactos, de movimientos de personas y de mercancías y, sin embargo, esto no supuso -durante más de doscientos años- la extensión de grandes epidemias, una evidente muestra de la salubridad general de tan extenso periodo. André no realiza un estudio detallado sobre las epidemias del Imperio, aunque sí efectúa una buena aportación acerca del concepto de pestilentia en la literatura. A partir de estas fuentes el autor considera que la literatura romana superó a la griega en la etiología de la epidemia, lo cual es opinable.

La terapéutica ante la medicina general y las acciones de carácter especializado son objeto del capítulo séptimo de la obra de André. Es importante, y ya con larga tradición historiográfica, el recurso a la arqueología para documentar el instrumental que es bien conocido, por ejemplo, en Pompeya o en Mérida. La obra de André apuesta por una interpretación positiva de los remedios romanos, basados en la comprobación empírica y la enseñanza, frente a la visión que se deduciría de la mordaz crítica de Marcial, cuya atribución de "charlatanismo" a los médicos es aquí bien contestada. Como buen ejemplo, la atención de Galeno hacia la formación, recomendando el aprendizaje de la anatomía mediante la disección de monos, y su comparación con los datos recogidos en los libros de medicina.

El autor encuentra en la medicina romana más espacio para el debate y la crítica y, a su vez, un desarrollo bastante considerable del concepto de "sanidad pública", que tuvo su núcleo básico en la higiene y en la cultura del agua. Cuestiones que también se complementan con las tratadas en el último capítulo, sobre la relación entre la medicina, la filosofía y las enfermedades. Más allá de la propia medicina, André elogia la, por lo general denostada, filosofía romana, y muy en concreto la de la "Edad de Oro de los Antoninos". Después del análisis de las consideraciones literarias, se analiza el pensamiento referido al suicidio.

Una ausencia importante en la obra de André, que de forma indudable es intencionada, es el análisis de la edad de defunción, o a la incorrectamente llamada "esperanza de vida", y a las causas más usuales de los fallecimientos, con hechos diferenciales entre hombres y mujeres, o a las enfermedades óseas y dentarias que están documentadas por la arqueología en necrópolis de época romana. Son cuestiones no incluidas porque escapaban del estilo de la obra, aunque cuentan con una extensísima tradición, en especial la obra de Mirko Grmek (1983), que André no menciona, y que le hubiera permitido una aproximación a algunos aspectos dignos de ser tenidos en cuenta.

Pese a esta voluntaria ausencia, el profesor André ha realizado una magnífica obra repleta de sugerencias para profundizar y planteamientos que intentan rebasar las visiones más tópicas. Frente a la historiografía más tradicional, la obra de André analiza la medicina romana como alumna aventajada de la helénica, y dotada de una cierta originalidad. Jean-Marie André ha aportado, por tanto, argumentos para una revalorización de la medicina romana.

 

Enrique Gozalbes Cravioto, Universidad de Castilla-La Mancha
Inmaculada García García, Universidad de Granada

 


 

Bertha Gutiérrez Rodilla. La esforzada reelaboración del saber. Repertorios médicos de interés lexicográfico anteriores a la imprenta. San Millán de la Cogolla: Cilengua; 2007. ISBN 978-84-935340-8-0.

El conocimiento histórico del pasado se construye a partir de la integración de los estudios de detalle, que profundizan aspectos concretos de la realidad histórica, con otros de síntesis, capaces de asimilar aportaciones específicas en el contexto de perspectivas más globales. Es evidente que ambos puntos de vista no deben tenerse por incompatibles, sino que se complementan y enriquecen mutuamente. Algo parecido sucede con los enfoques historiográficos: unos analizan la ciencia desde las ideas, otros desde el lenguaje y los textos, las instituciones, los actores o los usos sociales, pero finalmente tienen que aportar una interpretación coherente con la globalidad. Adoptar un punto de vista no significa renunciar a otras miradas posibles, y seguramente en eso consiste el quimérico objetivo de la histoire intégrale, una especie de Itaca tan irrenunciable como inalcanzable. Ese ideal de integración es especialmente complejo cuando se trata de investigar los mecanismos y las categorías textuales o géneros literarios que sirvieron de vehículo para la transmisión del conocimiento científico clásico a lo largo del complejo universo medieval.

La esforzada reelaboración del saber, la monografía de Bertha Gutiérrez que ahora comentamos, es algo más que una descripción de repertorios médicos de interés lexicográfico anteriores a la imprenta, como engañosamente el subtítulo da a entender. En realidad constituye una sorprendente visión de conjunto de las numerosas formas de escritura que sirvieron de vehículo para la transmisión del saber médico y los usos de la medicina, desde la antigüedad greco-latina hasta el Renacimiento. Y cuando me refiero a la circulación del saber y las prácticas no me refiero sólo a las élites profesionales. Fundamentado en un exhaustivo y brillante manejo de la erudición bibliográfica tradicional y de la más moderna, especialmente la especializada en el mundo medieval, el libro propone un esquema general acerca de la transmisión del saber a partir del análisis de los géneros lexicográficos. Sin embargo, el resultado no es un enfoque meramente filológico basado en el lenguaje, los textos y las ideas, sino que profundiza en las raíces históricas, sociales, culturales y políticas que los hicieron posible. Prueba de ello son tres aportaciones fundamentales. La integración de los estudios lexicográficos en el marco de la historia social permite a Bertha Gutiérrez considerar escenarios históricos bien delimitados -bizantino, islámico, cristiano- para superar el tradicional enfoque que asocia a grandes figuras con textos fundamentales y poner de relieve la importancia de la transmisión de conocimientos y prácticas médicas entre comunidades diversas, como la islámica, la judía, la morisca o la cristiana. Por otra parte, el libro rompe con el tópico del latín como única lengua de ciencia; analiza factores tales como el modelo de profesionalización sanitaria en sociedades con lenguas diferentes como uno de los factores que influyeron en la formación de géneros lexicográficos para la traducción y transmisión de conocimientos y prácticas.

En el caso de sociedades complejas, como en Al-Andalus, este libro desmonta la tópica historia de grandes figuras demostrando la importancia de la divulgación y la transmisión del saber, rompiendo con el espejismo historiográfico de una distinción tajante entre una medicina latina culta y otras formas menores, ajenas al saber culto y cercanas a la cultura popular. Esto se da especialmente en lo que se refiere a la práctica sanitaria de una pluralidad de profesionales, donde la proliferación de recetarios y otros instrumentos prácticos ejercían una función claramente divulgativa. El libro de Bertha Gutiérrez desmiente con contundencia el tópico de un elitismo medieval en el saber médico y las prácticas sanitarias.

La obra está estructurada en tres bloques. El primero de ellos, de carácter introductorio, contiene un panorama general de la lexicografía médica medieval, donde se explican con detalle y espíritu didáctico los glosarios -nomina, hermeneumata, sinónima- y otros géneros como el vocabulario, el diccionario o el lexicón. Se analizan las razones y usos del orden alfabético, su utilidad para la ordenación, la consulta o la referencia, pero su inutilidad para establecer categorías, de manera que las glosas, distinciones, concordancias, enciclopedias de saberes naturales, índices y tablas constituían a finales del Medioevo una literatura científica tan abundante como significativa para la ordenación y transmisión del conocimiento.

El primer bloque concluye con un estudio acerca de los precedentes de la Antigüedad en el ámbito médico, donde se pone de relieve la importancia de la literatura dedicada a los simples medicinales y particularmente de la materia médica de Dioscórides. Se trata de un caso excepcional, estudiado con detalle por su enorme difusión, que permite transitar por las tradiciones greco-latinas -exploradas minuciosamente desde el Dioscorides lombardo al Dioscorides vulgaris- y sus traducciones al siríaco y el árabe, tanto en las versiones genuinas como alfabéticas de la obra, enriquecidas con aportaciones externas.

El segundo bloque presenta una panorámica general de los repertorios y otros instrumentos relacionados con el lenguaje médico durante la Edad Media. Junto a los glosarios generales y especiales (hermeneumata y synonyma), Bertha Gutiérrez ofrece un riquísimo panorama de diccionarios, concordancias, florilegios, resúmenes, enciclopedias, listados, índices, tablas sinópticas, simplarios, antidotarios, recetarios y un sinfín de obras cuya finalidad principal era establecer equivalencias, ordenar el saber y trasmitirlo. El análisis geográfico y lingüístico de esa exuberancia de materiales aporta perspectivas histórico-sociales que dan sentido a los textos.

Especial relevancia tienen los repertorios relacionados con las prácticas curativas, cuyo uso trascendía la acción profesional del médico porque estaba al servicio también de boticarios, cirujanos, albéitares, sanadores y público en general. De ahí la proliferación de libros de simples, antidotarios, recetarios, inventarios y tablas, relacionados con la farmacopea y la preparación de medicamentos, uno de los tres brazos de la terapéutica medieval (dietética, farmacia y cirugía).

El último bloque del libro está dedicado a los materiales lexicográficos existentes en España, "siendo determinante en su desarrollo la concurrencia de uno de los rasgos distintivos de la ciencia medieval hispana: la precoz madurez de las lenguas castellana y catalana, que las hizo aptas para la transmisión del saber especializado. Este hecho impulsaría la aparición de determinados repertorios lexicográficos" (p. 204). El uso de la lengua vulgar fue imprescindible para la difusión de su contenido y da testimonio de su amplia circulación. También en este caso, la autora distingue entre aquellas obras que, como los glosarios, están concebidas desde una óptica lexicográfica, y aquellas otras cuya función estaba más bien asociada a la adquisición y difusión del conocimiento (concordancias, florilegios, enciclopedias) y los repertorios de simples y compuestos, antidotarios y recetarios, verdaderos manuales de medicina práctica. La obra incorpora un acopio tal de materiales, que su simple enumeración ya supone un desmentido a cualquier prejuicio sobre el elitismo en la circulación del saber y las prácticas médicas.

La parte final del libro recoge un capítulo específico dedicado a la peculiaridad de la enseñanza, la transmisión del saber y la práctica de la medicina en las comunidades judías, cuya situación ambivalente de integración y segregación, las convertía en un caso bien particular. Bertha Gutiérrez explica de qué manera el sistema abierto de profesionalización y su reválida mediante la práctica y ante los tribunales impulsó productos literarios específicos, y hasta qué punto el hebreo llegó a ser una lengua científica en un contexto multilingüe de árabes, judíos y cristianos. El libro concluye con unas reflexiones finales en forma de epílogo, un pequeño vocabulario de términos, una amplia bibliografía, un listado de abreviaturas y un índice alfabético de obras, autores, traductores y copistas.

Tras una larga trayectoria de investigación con frutos consolidados como La ciencia empieza en la palabra. Análisis e historia del lenguaje científico (1998), La constitución de la lexicografía médica moderna en España (1999) y una buena colección de artículos de investigación dedicados al lenguaje científico como fuente de investigación histórica, La esforzada reelaboración del saber no sólo aporta una excelente obra de consulta, de excelente erudición y fácil aplicación a la enseñanza histórico-médica -particularmente en materias de metodología de la investigación-, sino que, en su conjunto, representa algo más: es la prueba más contundente de que la investigación es capaz de renovar los esquemas históricos. Tras la lectura de este libro a nadie se le ocurrirá repetir el tópico, ahora sobradamente falsado, de que la lexicografía comienza en el Renacimiento. Esta obra se suma a la reciente literatura histórico-científica que ha transformado la imagen tradicional del Medioevo como edad oscura en una de las etapas más complejas y apasionantes de la historia de Occidente.

 

Josep L. Barona, Universidad de Alicante

 


 

Alberto Salamanca Ballesteros. Monstruos, ostentos y hermafroditas. Granada: Universidad de Granada; 2007. ISBN 978-84-338-4529-0.

Después de los estudios sobre los monstruos por autores como Claude Kappler, Lorraine Daston y Katherine Park 1, debidamente citados en este libro, es difícil imaginarse qué aportación novedosa se puede hacer a este campo de estudios conocido a partir del siglo XVIII como la teratología. El principal mérito de este libro del profesor de obstetricia y ginecología de la Universidad de Granada, Alberto Salamanca Ballesteros, es el hecho de constituir uno de los pocos análisis extensos de este tema en lengua castellana, que utiliza a fondo una gran gama de fuentes ibéricas -entre muchas otras principalmente oriundas de tierras europeas-, sobre la generación de los "monstruos". En una hermosa edición, de más de quinientas páginas con abundantes ilustraciones, el autor combina visiones desde la paleografía, la filosofía, la mitología, la anatomía patológica, las ciencias médicas y su propia visión como científico del presente para construir un estudio de la génesis biológica y la significación cultural de los monstruos. El autor se extiende desde varios siglos antes de la época cristiana hasta la "normalización" o "naturalización" de la figura monstruosa como variación biológica, paso que causó su desaparición como ente maravilloso a partir del siglo XIX.

Mediante una lectura minuciosa de una extensa variedad de fuentes, el autor analiza el origen o etiología de los monstruos -del latín, monestrum, que significa "advertencia", y se confunde con la voz latina monstrare, "mostrar", según Marina Warner 2, -y su significación cultural como portentos, signos de castigo o venganzas celestiales, augurios, o como el resultado de prácticas pecaminosas o de procreación contrarias a los buenos consejos de los médicos. Las fuentes utilizadas para emprender tal proyecto se extraen de la filosofía, la teología, la demonología y, ya hacia el siglo XVIII, de los varios campos de las ciencias médicas. El autor muestra que el monstruo puede derivar, de acuerdo con estas fuentes, de una mezcla incorrecta de los sémenes masculinos y femeninos -de acuerdo con el pensamiento de Galeno e Hipócrates-, de la falta de equilibrio entre calor y humedad -según Aristóteles-, de la influencia del demonio en la concepción del feto, de la imaginación de la madre, por imaginar un animal salvaje durante la preñez o desear que nazca un niño cuando el feto es femenino, de la cópula con bestias, o de una alineación poco prodigiosa de los entes celestiales. Así, por ejemplo, las sirenas resultarán de la "mala vida" de las "meretrices que llevaban a la ruina a quienes pasaban... [y] [s]e dice que tenían alas y uñas, porque el amor vuela y causa heridas", en las palabras de Isidoro de Sevilla. Una causa de la monstruosidad, según Fray Antonio de Fuentelapeña, sería el "concubito de las mugeres con el demonio"; o bien entregarse, hombres y mujeres, a los placeres sexuales "excitando su naturaleza y abusando de sus fuerzas; piensan con más frecuencia en satisfacer sus deseos, que en producir hijos sanos y robustos" (Hurtado de Mendoza).

Kappler, Daston y Park, entre otros, han argumentado que la presencia de los monstruos de varios tipos -sátiros, niños hirsutos, hombres menstruantes o bicéfalos- no se puede racionalizar fácilmente como una emanación de un pensamiento "primitivo" o supersticioso sino que hay que entenderlos dentro de las lógicas de los conocimientos que existían en torno a la generación de los animales y humanos y, sobre todo, de acuerdo con las cosmogonías históricas de cada época y lugar. Es en este aspecto, como apuntaremos a continuación, donde este libro necesitaría un tratamiento mucho más contextualizado y completo.

Salamanca ilustra cómo, durante la época pre-cristiana, el monstruo se entendía fuera de lo normal aunque tenía una función relacionada con el mundo natural, como un presagio de un desastre por venir, como un terremoto o la muerte del rey, rompiendo con la paz de los dioses, pax deorum, exigiendo un ritual de reparación para corregir un curso desviado (p. 171). Más tarde, ya en la época cristiana, los monstruos, bajo la influencia de San Agustín y San Isidro, en especial, serían encuadrados como parte del mundo natural. Constituirían así perturbaciones del orden natural decretado por dios pero no serían anti-naturales en sí; serían signos difíciles de entender pero interpretables por los seres humanos como manifestaciones de la grandiosidad y lo maravilloso de la naturaleza bajo la tutela de dios. En los tiempos medievales, sin embargo, con los cambios en el pensamiento de la Iglesia, se empezó a aceptar como posible la actuación del diablo de una manera más material en los asuntos humanos. Se aceptó, entre ciertos teólogos, que las brujas pudieran volar y que los demonios fueran capaces de habitar los cuerpos humanos como íncubos o súcubos para engañarles y engendrar monstruos. Lo que no nos queda claro, en la lectura de este texto, es por qué y cómo se realizaron estos cambios en el pensamiento de teólogos y filósofos, pues el hilo histórico se ve engarzado con una cronología inconsistente y con una mezcla de apreciaciones de antaño con otras oriundas de la embriología actual.

Esta falta de marco explicativo hace que el lector se enfrente con un fascinante surtido de significados diversos, no hegemónicos, sobre la generación del monstruo pero cuyos orígenes y peso relativo como explicación son opacos en el texto. Autores como Feijoo en 1765, por ejemplo, preguntaban si el comercio entre demonio y humano era posible; otros dudaban de la posibilidad de engendros de este tipo de comercio y de relaciones entre animales de diferente especie y humanos. Incluso durante el periodo en que demonólogos como el francés Jean Riolan o el español Martín del Río concedían extensos poderes a los demonios, otros, en otros países, seguían con explicaciones de partos monstruosos de acuerdo con otros modelos. Por ejemplo, el autor cita el testimonio de un pastor de una iglesia en Plymouth, en 1635, a propósito del entierro de unos varones fusionados, entendía la etiología de semejantes criaturas como "impedimentos y alteraciones debidos a causas secundarias (...) como el defecto o exceso de material seminal (...) la torpeza de la facultad formativa (...) el poder de la imaginación [o] las constelaciones de los planetas" (p. 348). El demonio, en esta explicación, no tenía presencia.

De esta manera, el concepto de monstruos que sostiene el autor se ve inmerso en un lento proceso de racionalización o, diríamos, "desencantamiento", que "tiende a imponer su ley" (p. 139). Para los historiadores de la ciencia y de la medicina, esta lógica progresista es evidentemente problemática. A pesar de que la monstruosidad se ha secularizado y se ha desprendido (en occidente) de su áurea maravillosa, este proceso no ha sido uniforme ni tan completo como el autor parece sugerir. Tampoco lo contrario, es decir la aceptación de la operatividad del diablo, en la procreación humana era hegemónica en determinada época, como el ejemplo del pastor de Plymouth muestra. Por otro lado, en el capítulo sobre las "razas monstruosas" descritas en la literatura de viajes se representan esas monstruosidades (hombre sin cabeza con el rostro en el pecho, mujeres con cola, etc.) como eliminadas paulatinamente durante los siglos XVIII y XIX. ¿Cómo explicamos, entonces, el auge de teorías racistas en el mismo periodo que suponían la superioridad de una raza sobre otra, esta última definida a menudo como "atávica", casi monstruosa?

Una crítica semejante se podría hacer al uso de términos empleados actualmente para identificar y describir malformaciones aludidas o ilustradas en el pasado (a menudo aparecen, al lado de ilustraciones del XVI, fotografías del siglo XX en un afán explicativo). Es tentador racionalizar el pasado de esta manera pero nos impide entender las lógicas imperantes en ese mismo pasado. En su discusión sobre los hermafroditas, por ejemplo, Salamanca afirma que aunque los conceptos de sexo, género y sexualidad son adquisiciones recientes, "el sexo está caracterizado a distintos niveles por los cromosomas, las gónadas, los genitales internos, los externos, el hábito corporal, los caracteres sexuales secundarios y la orientación sexual" (p. 284, n. 3). Se podría argumentar, de acuerdo con este esquema con todas estas variabilidades, que las personas tendrían, como lo ha apuntado Anne Fausto-Sterling, varios sexos en un mismo cuerpo o, por lo menos, en la especie humana habría por lo menos cinco sexos. Aquí, un análisis crítico, no sólo de los conceptos anteriores acerca del sexo, sería útil. Ésta es una posibilidad que el propio autor parece defender al abogar por cierta cautela al señalar que en figurillas y muestras de arte antiguo la representación de "monstruos" puede no tener correlato con los eventos biológicos sino que pueden tener una función artística o de ilustración científica: "sólo cuando surge una estructura social más compleja, comienzan a identificarse como indeseables" (p. 49).

Finalmente, algunas secciones del libro, como la explicación del significado del milagro en la cosmogonía cristiana (cfr. el análisis de Le Goff de la mirabilis, magicus y miraculosus) 3 o la excelente exposición del pensamiento demonológico en el capítulo 7, habrían sido, en mi opinión, mejor reunidas y tratadas como capítulo monográfico al principio del libro. Tal y como está construido este libro, el lector no familiarizado se enfrenta con una desconcertante yuxtaposición de debates de muy diversa cronología (se pasa, por ejemplo, del pensamiento del teólogo Alonso de Villegas del siglo XVI/XVII al pensamiento de San Isidoro en menos de una página, pp. 59-60) inmersos en una elaboración que desemboca demasiado "lógicamente" en la naturalización de los entes monstruosos.

 

Richard Cleminson, University of Leeds

 

 

1. Ver Kappler, Claude. Monstruos, Demonios y Maravillas a fines de la Edad Media. Madrid: Akal; 1986 y Daston, Lorraine; Park, Katherine. Wonders and the Order of Nature, 1 150-1750. Nueva York: Zone Books; 1998.
2. Managing Monsters: Six Myths of Our Time. The 1994 Reith Lectures. Londres: Vintage; 1994, p. 19.
3. Lo maravilloso en el Occidente Medieval. In: Lo Maravilloso y lo Cotidiano en el Occidente Medieval. Barcelona: Gedisa; 1985, p. 9-17.

 


 

Georges Vigarello. Lo sano y lo malsano. Historia de las prácticas de la salud desde la Edad Media hasta nuestros días. Madrid: Abada Editores [Lecturas de Historia]; 2006. ISBN 84-96258-70-X.

Se trata de la traducción de la segunda edición (1999) francesa del original, que se nos presenta en un muy agradable formato, de impresión clara y correcta encuademación que permite el manejo con soltura de sus casi 450 páginas. Vigarello es un autor conocido, pero quizá no todo lo que debiera en el mundo de habla hispánica. De sus ocho libros personales, aparecidos en Francia entre 1978 y 2004, cuatro están traducidos, dos en Argentina (Corregir el cuerpo e Historia de la belleza, ambos en Buenos Aires: Nueva Visión, 2005) y dos en España (Lo limpio y lo sucio: la higiene del cuerpo desde la Edad Media. Madrid: Alianza Editorial, 1991 y Barcelona: Altaya, 1997; Historia de la violación: siglos XVI-XX. Valencia: Ediciones Cátedra, 1999), a los que se suma el que aquí reseñamos. También Taurus ha editado (2005-2006) casi a la par que Éditions du Seuil la obra colectiva Historia del cuerpo, en tres volúmenes, codirigida por Alain Corbin, Jean-Jacques Courtine y Georges Vigarello. Están ausentes de nuestro panorama editorial las traducciones de sus textos sobre el deporte que han sido determinantes para convertirlo en un autor popular en Francia. Como puede verse por la relación de títulos, la tarea central que ocupa a Vigarello, profesor en Paris-V y en la EHESS, es el estudio del cuerpo y de sus representaciones a través de la historia. Un cuerpo singularizado por su doble condición de soporte de individualidad y portador de experiencias sociales, en el que influyen y se hacen visibles las normas culturales y que, consiguientemente, cambia con ellas. El proceso de enunciado y aplicación de normas informa las prácticas diarias (corporales) a través de las cuales se hacen visibles. De ahí la centralidad de las mismas -reveladas a través de textos literarios, jurídicos y científicos, grabados, pinturas, ilustraciones de todo tipo y cualesquiera restos materiales- como objeto privilegiado sobre el que dirigir la mirada que busca explicar los cambios. Una mirada en la que coexiste la curiosidad por lo biológico y la sensibilidad hacia la regulación social de las conductas, inscrita en lo que él mismo denomina antropología histórica (una de sus responsabilidades académicas es la codirección del Centre d'Études Transdisciplinaires, Sociologie, Anthropologie, Histoire, CETSAH).

En el libro que comento, el análisis subraya la complejidad de elementos que participan en la generación de las prácticas sanitarias y su incesante trasformación. En cada precisa situación histórica Vigarello distingue al menos cuatro elementos entrelazados: la representación del cuerpo, el tipo de intervenciones colectivas, la diferencia entre lo aceptable y lo inaceptable, y la plasticidad del concepto de protección de la salud. Con tales premisas, y un elaborado lenguaje, dedica un apartado por siglo, salvo el primero que cubre del XIII al XVI, a repasar las prácticas del cuidado del cuerpo, observando continuidades llamativas (fuerza y depuración, por ejemplo) pero menos decisivas seguramente que los cambios que transforman sensibilidades. El objetivo, enunciado en la introducción, es el de producir la historia de una conquista individual que es al mismo tiempo la historia de un compromiso colectivo. Por tanto, no se trata de otra aproximación a los "gestos espectaculares" de la defensa social frente a la enfermedad, bien servidos por la historiografía sobre salud pública, sino de una indagación sobre la vida diaria, las costumbres, los gestos cotidianos, basada en fuentes más plurales que en aquella; por ejemplo, de las 97 citas incluidas en el primer capítulo del apartado dedicado al estudio del siglo XIX, 34 corresponden con obras literarias, por 39 de textos de higiene o de historia. El concepto corporal no depende (o no sólo) de las explicaciones científicas, sino que es una construcción cultural que exige una percepción más amplia.

Seguramente se puede reprochar al autor una cierta rigidez de su trazado histórico-cronológico, como a la traductora y revisora el pintoresquismo de algunos nombres propios (Hildegarde, por Hildegarda, de Bingen; Barthélemy el Inglés por Bartolomeo Ánglico, Arnauld de Villeneuve por Arnau de Vilanova, Rhazis aparece en un momento, después de haberse citado a Rhazes, Cardan por Cardano). La amplitud cronológica hace que la erudición historiográfica no sea homogénea; los modelos explicativos padecen de cierta antigüedad, como con la caracterización que se hace de Fracastor(o) y de sus seminaria como "el primero que insinúa una visión parasitaria". Es muy oportuna la insistencia en subrayar la maleabilidad cronológica de aquello que se vive como una amenaza para la colectividad y que, en la perspectiva de la vida y la salud, constituye el estímulo para defenderlas, un cambio que no es ajeno al juego entre saberes expertos y populares como acercamientos más monográficos y puntuales nos han enseñado (pienso, por ejemplo, en los trabajos de Enrique Perdiguero y Josep Bernabeu sobre las enfermedades de la infancia). Esta modificación histórica de los riesgos se maneja de maneras parecidas en cada época, con independencia de la urdimbre teórica en la que se muevan las explicaciones científicas; basta con recordar la larga vigencia de las medidas cuarentenarias. La diferencia del momento que nos es contemporáneo estriba en la mayor rapidez con que los cambios en el nivel científico-médico impactan sobre las actitudes sociales. Al igual que el combate por la salud, en el nivel individual, acaba, final e inevitablemente en muerte, esto es, en derrota desde la consideración individual, para las poblaciones la lucha es interminable; la única seguridad es que después de conquistado un riesgo o coartado un peligro, aparecerán otros nuevos, a veces incluso ligados a la manera de defendernos. Esta conclusión no es motivo de huida de la ciencia biomédica, sino una llamada a su refuerzo, en el contexto, bien entendido, de su manejo integrado en mayor pie de igualdad en una matriz interdisciplinar con las ciencias sociales y humanas.

En suma, un texto recomendable como base o complemento a otras lecturas historiográficas más clásicas en la historia de la salud pública.

 

Esteban Rodríguez-Ocaña, Universidad de Granada

 


 

Giorgio Cortenova (curator). Il Settimo Splendore. La modernità della malinconia. Marsilio Editori: Venecia; 2007. ISBN 8831792105.

A los historiadores de la medicina nos llama la atención el enorme interés que algunos aspectos de la patología mental han conseguido en el terreno del arte. Al menos desde Freud es frecuente interpretar algunos artistas según las posibles peculiaridades de su mente, como hizo el creador del psicoanálisis con Leonardo. Ahora, de nuevo, en estos últimos años, algunas bellas exposiciones han vuelto a reunir la melancolía con el arte. Fueron muy importantes las organizadas por Jean Clair en 2006 en París y en Berlín y, no menos, la reunida por Giorgio Cortenova en Verona en 2007 (http://www.settimosplendore.it/). El título del catálogo que comento parece hacer referencia al séptimo esplendor celestial, al séptimo círculo de Dante, en el que se alcanza la sabiduría por la cercanía a la divinidad, que los mortales, como el poeta, pierden al volver a las penumbras humanas. Son los contemplativos del esplendor de la esencia divina, de la luz que no llega a la humanidad. También nos recuerda los círculos celestes, los astros y los planetas, que dan a los dominados por Saturno un carácter creador distinto. Hace referencia también al dolor, al arte, en fin al infierno.

La exposición recorre la historia del arte, hablándonos del padecer de la creación, del paso del plano melancólico al plano de la depresión, presa fácil de los instrumentos del poder y del consumismo terapéutico. Se trata del lado oscurecido, pero no eliminado, de la melancolía, a pesar de las condenas a culpas y confesiones, galeras y prisiones, tormentos y dolores, al empleo de la farmacia y el psicoanálisis. Cuanta más fuerza se ha usado en traducir la melancolía en clave patológica, con el intento de conjurar la revuelta creativa del arte, más ésta ha hecho de escudo a esa mirada melancólica que atraviesa el alma. Es una larga historia de la melancolía del mar Mediterráneo, desde la antigüedad hasta la modernidad, perseguida por la riqueza y el poder. Encuentra espacio en la ciudad como conciencia de la historia, como ansia de la conciencia de la modernidad.

Se propusieron por Giorgio Cortenova varias rutas en la exposición, que reunieron los temas principales sobre la melancolía, desde el punto de vista de la vivencia artística. En Los conflictos de la forma se refiere a la crisis del humanismo, la melancolía como pérdida de la felicidad perfecta, en el pasado, en el presente. El barroco de la "vanitas" alcanza en la Magdalena de Fetti o en las de Caravaggio la visión trascendente de una humanidad que ha perdido a dios, pero que vuelve a él a través de una melancolía existencial que acoge al ser humano en la naturaleza universalizándolo. Lleva a la discusión con las formas ideales desde el humanismo a las vanguardias. Los enigmas del alma muestran la soledad sin razón, el naufragio del ánimo, la melancolía sin origen, la mirada del enigma. No sobrevive una forma perfecta que oculte la brutal materia, son pues necesarios el color y la luz que turban y conmueven, mostrando en las formas inseguras la subjetividad del pintor y del público. Entre Lotto y Caravaggio, entre Bôcklin y De Chirico discurría esta sección.

En Visiones y "visionarietà" se presentan las imágenes y los fantasmas de la forma y de la psique. A través de las emociones, se revela ésta, se entra en la esencia. Tras el fracaso de antiguos ideales, el color, la emoción, las sombras, el artificio se muestran en el teatro barroco, en la "vanitas". Junto a Füssli, Blake, Moreau, Doré, aparece el esoterismo de la ciencia y la alquimia, de la moderna técnica. Se insiste en El teatro de la historia y de la vida en el estupor y la conmoción, las ruinas, las tensiones y los fragmentos. El pintor se introduce en su obra, en su creación, queriendo convencer, fascinar, conmover, es el barroco que se vuelca en la naturaleza y sus mitos, usando de la arquitectura como máquina mecánica. Con estupefacción se contempla un ritmo glorioso y embriagador, pero a la vez amargo, oscuro, son fuegos artificiales que llevan al silencio, al enfrentamiento de tiempo y espacio. Se siguen los trazos deslumbrantes de Caravaggio, Fetti, Guercino, Murillo, Ribera, Piranesi, hasta llegar a Ernst y Savinio, Mafai, Pirandello, Palladino y Pistoletto.

La sección El espacio entre la contemplación y el spaesamento se inicia con la pintura de fines del 500, que es a la vez placentera y misteriosa, culta y esotérica. En Bolonia la Academia de los Carracci enlaza cultura y valores del pasado con el futuro, que se dirige a la naturaleza, al moralismo, a los claroscuros. De la cotidianidad se pasa a la imaginación del espacio. Las ruinas y la mitología en el paisaje, se combinan con el erotismo que ahuyenta el paso del tiempo y la muerte. Tras las ruinas renace la naturaleza, las figuras, la crítica y la estética, las dudas filosóficas y científicas. En Friedrich y Carus se vive el naufragio en el paisaje, asimismo el simbolismo, el espacio como teatro del ánimo humano, como espejo y protagonista del presente. Se ha caminado entre Poussin, Ruskin, Ricci, Rosa y Creti. El escalofrío del ideal nos lleva a la melancolía de la belleza en Canova, en que lo visible es metáfora, espejo, estremecimiento de los sentidos, ideal de la mente. Asimismo nos conduce al sueño que fortifica y condena a la desilusión, a un mundo inexistido (así la blancura de los modelos clásicos), a los valores como formas, a la conjunción de éstas con el espacio en Maillol, Brancusi, Moore, al minimalismo de valores como ejemplifica Canova.

En fin, una serie de trabajos, de variada extensión e intención nos introduce en los principales aspectos del estudio de la melancolía. Unos intentan mostrar cómo se produce la creación artística, en su relación con la melancolía, recurriendo tanto a las ideas médicas de humores y cualidades, como a las astrológicas de Saturno y las constelaciones. Desde luego la tradición de Klibansky, Panofsky y Sax de estudiar la simbología de las imágenes está presente, así cuando se considera la eternamente presente Melancolía de Durero. Otros analizan la forma en que la melancolía se presenta en el artista, así en las rarezas y en la forma de creación. Otros, también relacionan los estilos y problemas artísticos con la melancolía, como pueden ser la luz, el paisaje, la arquitectura, o bien el estudio de los gestos y ademanes. En fin, muchos se ocupan de la vivencia por el creador del tiempo y el espacio, con los que se produce -frecuentes citas a Romano Guardini impregnan de espiritualismo muchas de estas páginas- una extraña relación. La insatisfacción por lo cotidiano y el anhelo de la perfección de las verdades y las bellezas, se conjuran a través de esta alma distinta del poeta, el pensador o el artista, que es capaz de ver o recordar, de vislumbrar o penetrar, en fin de crear lo que otros no pueden. Se trataría de un mundo espiritual, en que la enfermedad y su médica consideración parecen no tener lugar.

 

José Luis Peset, Instituto de Historia. CSIC

 


 

Harold J. Cook. Matters of exchange: commerce, medicine, and science in the Dutch Golden Age. New Haven and London: Yale University Press; 2007. ISBN 9780300117967.

El hecho de que la llamada Revolución Científica se produjera bajo los mismos parámetros que el desarrollo de la primera economía global no fue un accidente. La emergencia de la ciencia moderna como una ciencia global se produjo en el mismo período que el nacimiento de la primera revolución económica. Seguramente esto no fue una mera coincidencia. Harold Cook se pregunta ¿cómo y por qué aquellos factores que aparentemente tienen poco que ver con la práctica científica y que de uno u otro modo han quedado aislados de las tradicionales historias de la ciencia moderna, pueden ahora marcar las pautas y determinar su desarrollo? ¿Cómo los valores inherentes al mercado afectaron directamente a la transformación de las prácticas médicas?

El libro de Cook se suma a las nuevas interpretaciones sobre el nacimiento de la ciencia moderna haciendo especial hincapié en la fructífera unión entre la ciencia y el comercio. Siguiendo la tradición de Edgard Zilsel y Paolo Rosi, defiende una epistemología más natural que artesanal fundada sobre la manipulación de objetos naturales, donde su representación por parte de historiadores de la naturaleza -o físicos- y anatomistas otorgó un valor empírico crucial para el desarrollo de la Revolución Científica. La fiel representación de la naturaleza y su posterior colección en gabinetes, museos y jardines botánicos se consolidó en parte gracias a la aportación de testigos y a la obtención de experiencias de primera mano. El paso del macrocosmos al microcosmos como consecuencia de la fiebre coleccionista que vivió el Renacimiento -gracias a la afición humanista por la imitación- hicieron de la reproducción una nueva forma de expresión. Esta nueva forma de conocimiento sumado a los usos metafóricos del intercambio produjo una gran proliferación de imágenes.

Ya algunos autores como Paula Findlen, Pamela Smith, Antonio Barrera o Brian W. Ogilvie han puesto de manifiesto este nuevo giro ligado a la representación artística y científica del mundo natural y del entorno material, en un mundo dominado por el comercio global, las empresas imperialistas y las relaciones de mecenazgo. Un mundo caracterizado por la formación de un nuevo lenguaje visual y comercial donde los productos del arte y de la ciencia fueron producidos, acumulados, intercambiados y consumidos. Los objetos artísticos y científicos jugaron un papel extremadamente relevante para el desarrollo del mercado mundial, articulado en torno al intercambio de mercancías exóticas que no hacían sino representar ostentosamente el poder y riqueza de los monarcas, así como hacer que artesanos y cortesanos se ganaran el favor de sus mecenas.

La aportación de Matters of exchange estaría aún más cerca de los trabajos de Jerry Brotton o Lisa Jardine. Las publicaciones de estos autores han girado en torno a la metáfora del bazar oriental. Han puesto en evidencia la importancia que tuvo la cultura visual generada por el arte y la ciencia para las transacciones comerciales entre Oriente y Occidente. La contribución de Cook no se detiene aquí. El desarrolló comercial transformó la perspectiva de los ciudadanos holandeses de los siglos XVI y XVII, principalmente hacia un nuevo énfasis en los valores de la objetividad, la acumulación y la descripción. La preferencia por la información adecuada no sólo afectó al aumento del comercio, sino que también colocó las bases para el nacimiento de nuevas formas de conocimiento científico.

Por un lado, frente a otros estudios que han dado más importancia a las causas sociales, lingüísticas y culturales de la construcción del conocimiento científico, Cook ha enfatizado las causas económicas o, mejor, el intercambio de bienes naturales y los sistemas de acumulación por encima de cualquier otro. Por otro lado, frente aquellos que han intentado argumentar la emergencia de la ciencia moderna como un fenómeno vinculado al protestantismo y, en particular, al calvinismo, Cook ha hecho tambalearse esta vieja tesis que defiende el vínculo inexorable entre la ciencia y la religión. El estudio de la naturaleza se superpuso al estudio de la fe. La intensa concentración de bienes materiales como consecuencia del desarrollo del conocimiento natural fue más un peligro potencial de distracción que un motivo para seguir el camino de Dios.

¿Cuáles fueron los motivos por los que se dedicó una enorme cantidad de esfuerzo a buscar y adquirir información descriptiva precisa sobre las cosas naturales? ¿Por qué estas preocupaciones se situaron en el centro de la nueva filosofía natural? Algunos autores como Mario Biagioli han intentado explicar los valores de la ciencia moderna mediante la conexión entre el estatus social, la credibilidad y el espacio de legitimación del conocimiento. Un escenario instituido por el mecenazgo y donde la nueva filosofía natural intentaba autoestablecerse en la cultura del absolutismo político. Otros como Steven Shapin han pensado en la identificación de agentes fidedignos como fuente de constitución del conocimiento, en un mundo educado por y para la confianza y la verdad como grandes estandartes del orden moral. Sin desmentir las tesis de estos autores, Harold Cook ha defendido que los valores de la ciencia parecían ser aquellos que gobernaban el mundo del comercio y el mercantilismo: el viaje, el intercambio, la conmensurabilidad -las dificultades que se derivan de encontrar un patrón de medida, un común denominador-, la credibilidad, las mejoras materiales y la preferencia por un lenguaje claro y preciso. Tanto en un campo como en otro existía un cierto compromiso por el conocimiento objetivo y una mirada atenta de las colectividades hacia la forma en que ese conocimiento se presentaba. Cuando este tipo de valores se convirtió en el objeto de la filosofía natural un cambio se produjo en la forma de hacer ciencia. Los valores inherentes al mundo del comercio sentaron las bases del establecimiento de la nueva ciencia. El movimiento de personas y de objetos, el cambio y conocimiento del mundo tras su descubrimiento, la acumulación de datos y su catalogación desembocaron en esta serie de valores que afectaron tanto a comerciantes como a anatomistas. No sólo a geógrafos y cartógrafos. La objetividad tuvo el poder de abrir los apetitos, incluso de alterar las percepciones, los conceptos y las estructuras morales (p. 81).

¿Existió la objetividad como tipo de conocimiento antes del siglo XVIII? Evidentemente. Mientras autores como Lorraine Daston y Peter Galison han estudiado la objetividad en contraste con la subjetividad, aunque sin negar una previa prehistoria de la objetividad, Cook se ha referido al conocimiento objetivo en el período moderno como un tipo de conocimiento que se generaba de la familiaridad con los objetos de la naturaleza, sin siquiera hacer referencia a la intuición o al conocimiento innato. Sólo a través de la experiencia corporal con el mundo se producía un intercambio de información. Muchos modernos, según Cook, consideraron el estudio de los objetos naturales como el más alto grado de conocimiento. Los valores inherentes a esta actividad inundaron el discurso de la filosofía natural, una filosofía que no surgió del honor aristocrático sino desde los objetivos valores inculcados por el comercio.

En definitiva, el libro de Cook representa un logrado intento por dar cuenta de la variabilidad de la experiencia científica, prestando especial atención a los contextos y a las condiciones bajo las que sus formas emergieron y se desarrollaron en la edad de oro de los Países Bajos. Un intento por plasmar las formas de objetivación que hicieron posible el desarrollo de estudios anatómicos bajo la rúbrica de la preservación de la vida y la restauración de la salud. Los primeros análisis europeos sobre la acupuntura y las primeras traducciones de textos chinos sobre el examen del pulso estaban inexorablemente unidos al valor que se otorgó al conocimiento natural, más allá de la especulación, de las explicaciones causales (weten) o de la búsqueda de un paraíso terrenal. Los teatros anatómicos, como espejos de la naturaleza, basados en lo observable y en lo conocido (kennen), fueron el último eslabón visible de una larga cadena, cuyo origen descansaba en una economía moral contrapuesta al dolor y al placer corporal.

 

Antonio Sánchez, Universidad Autónoma de Madrid

 


 

José Ramón Bertomeu Sánchez; Agustí Nieto Galán, eds. Chemistry, medicine, and crime: Mateu J.B. Orfila (1787-1853) and his times. Sagamore Beach: Science History Publications; 2006. ISBN 0881352756.

En marzo del 2004 una serie de investigadores europeos se reunieron en Menorca con el objetivo de participar en la conferencia internacional "Chemistry, Medicine and crime: Mateu J.B. Orfila (1787-1853), and his times". La cita venía a coincidir con los actos de conmemoración del 150 aniversario de la muerte de aquel destacado químico y toxicólogo menorquín. Sin embargo, aquella conferencia tendría poco en común con anteriores conmemoraciones pues, lejos de exaltar la figura de Orfila, se optó por analizar su obra y su contexto como punto de partida para el análisis de toda una serie de problemas históricos relevantes dentro de las nuevas tendencias en historia de la ciencia. La conferencia de Menorca resultó de gran interés por la calidad de los trabajos expuestos y la intensidad de los debates además de ser el origen de una serie de publicaciones entre las que cabe destacar la que aquí reseñamos.

Se trata de un libro colectivo en el cual han participado tanto algunos de los autores que intervinieron en la conferencia como otros historiadores europeos que se sumaron al proyecto con aportaciones de gran interés. La obra tiene por eje central la vida y obra de Mateu J.B. Orfila aunque, como ya ocurrió en la conferencia de Menorca, las aportaciones de los diversos autores sobrepasan los límites del estudio estrictamente biográfico.

Mateu Orfila nació en Menorca en 1787. Fue educado por tutores franceses e ingleses y con 17 años viajó a Valencia para cursar los estudios en medicina. Decepcionado por el ambiente académico valenciano decidió viajar hasta Barcelona, donde amplió sus estudios en la Escuela de Química. Desde Barcelona se dirigió a Madrid y finalmente a París donde se consolidaría como académico. En esta ciudad Orfila se formó en los laboratorios de destacados químicos como Antoine-François Foucroy y Nicolas Vauquelin. También asistió a los cursos de química impartidos por Louis-Jacques Thenard en el Collège de France.

En breve, Orfila empezó a impartir cursos particulares de química. Sus lecciones adquirieron una creciente fama y continuó impartiéndolas hasta 1819, cuando fue contratado como profesor en la Facultad de Medicina de París. Desde aquella institución Orfila continuó sus trabajos en química médica y poco a poco fue dirigiendo sus contribuciones hacia la naciente toxicología para cuya consolidación sus trabajos fueron básicos. Así, Orfila acabaría por obtener un merecido reconocimiento tanto por sus aportaciones a la investigación y la docencia como a la gestión académica. Un reconocimiento que no siempre ha quedado reflejado en las publicaciones científicas y de historia de la ciencia que han aparecido posteriormente.

La trayectoria de Orfila resulta ser un marco ideal para la discusión de diferentes cuestiones de gran relevancia en la historiografía reciente, tal y como se muestra en los diversos capítulos: la reforma de los estudios médicos a principios del siglo XIX; la introducción de nuevas prácticas docentes, las controversias de la química médica del período, la emergencia de la toxicología como disciplina académica, o el rol de la medicina forense y los expertos médicos en los tribunales. Al tomar la vida de Orfila como eje central, esta obra consigue abordar la diversidad de temas citados sin perder la unidad requerida por toda monografía. La diversa procedencia de los autores también ha permitido abordar diversos contextos europeos y utilizar una perspectiva comparada en la discusión de algunas de las principales cuestiones analizadas.

En general, los trabajos que se incluyen en esta obra hacen suyos algunos de los postulados de historiografía reciente. Así, se rehúye una historia que aborde la reconstrucción acumulativa del avance del conocimiento científico, ocupa un lugar privilegiado el estudio de las prácticas científicas, cobra un mayor interés el estudio de actores históricos desconocidos o secundarios y se rompe con unas fronteras entre conocimientos que en el pasado han dificultado el estudio de la intersección entre diferentes disciplinas. En este sentido, Orfila constituye un caso de gran interés para el estudio de la intersección entre la química y la medicina.

La obra cuenta con una introducción firmada por sus dos editores, José Ramón Bertomeu Sánchez y Agustí Nieto Galán, y once capítulos de diferentes autores. El primero de ellos, preparado por los dos editores, analiza la imagen de Mateu Orfila tanto en el mundo académico como fuera de él. Así, nos muestran como se ha representado la figura de Orfila de formas muy diferentes y como se ha instrumentalizado su imagen en función de proyectos políticos, sociales y profesionales diversos.

El segundo capítulo, de Antonio García-Belmar, analiza las prácticas docentes que caracterizaron los cursos de Louis-Jacques Thenard en el Collège de France. Unos cursos que constituyeron una de las experiencias formativas más importantes de Mateu Orfila. En su análisis de aquellos cursos de química, García-Belmar pone un especial interés en cómo fueron utilizados los experimentos con finalidad didáctica en la transmisión de conocimientos teóricos y prácticos. Así, entre otras cosas, el autor pone en cuestión la clásica frontera entre el experimento didáctico y el utilizado en investigación.

En el siguiente capítulo María José Ruiz-Somavilla analiza las aportaciones de Fourcroy a la química médica que supusieron un punto de partida para una interesante controversia en relación al uso de la química en medicina. Aquella controversia que enfrentó el programa de Fourcroy con el influyente vitalismo francés, determinó el contexto donde Orfila realizó sus aportaciones a la química médica. Ruiz-Somavilla analiza la complejidad de esta controversia rehuyendo la clásica dicotomía entre vita-listas y seguidores de Fourcroy, y considera las presiones sociales e institucionales que pudieron ser determinantes en el desarrollo de la controversia.

En el cuarto capítulo Ursula Klein comienza con una revisión de la química animal y vegetal del siglo XVIII y de principios del XIX. Después analiza el programa de Lavoisier por una química unificada y estudia las razones por las que fue inicialmente criticado. Considera el planteamiento de algunos de los principales autores contemporáneos a Orfila en relación a esta cuestión y, finalmente, entra a valorar el posicionamiento de Orfila. El capítulo concluye con una comparación entre la química vegetal y animal de autores como Orfila y la nueva cultura de la química orgánica o del carbón que emergería a partir de la tercera década del siglo XIX.

Ana Carneiro en su trabajo avanza un poco más en el tiempo y centra su estudio en las aportaciones a la química médica de quien sucedió a Orfila en la Cátedra de Química de la Facultad de Medicina de París, Adolphe Wurtz. Así, sigue las controversias analizadas por Klein en un episodio histórico inmediatamente posterior. El texto de Carneiro considera las aportaciones de Wurtz y sus discípulos a la química orgánica y su contribución a la transición hacia la bioquímica a través de la etapa intermedia de la química biológica. Junto a los capítulos de Klein y Ruiz-Somavilla, el de Carneiro contribuye a la mejor comprensión de las relaciones cambiantes entre medicina y química a lo largo del siglo XIX.

Los siguientes capítulos se centran ya en la toxicología, la disciplina en la cual los trabajos de Mateu Orfila recibieron un mayor reconocimiento. El primer capítulo de esta segunda parte del libro aborda el caso de Robert Christison, quien sería la contraparte británica de Orfila en el desarrollo de la toxicología en el Reino Unido. Anne Crowther sigue las aportaciones de aquel autor al desarrollo de la toxicología sin perder de vista las contribuciones que Orfila realizaba en paralelo. De esta forma contempla como se percibía la imagen de Orfila en la Gran Bretanya de principios del siglo XIX. Por otro lado, a través del caso de Christison, Crowther plantea como el desarrollo de la toxicología comportó un cambio importante en el ámbito judicial con la emergencia del testigo experto.

Bettina Wahrig sitúa el tratado de Orfila en el contexto del nacimiento de la toxi-cología como disciplina científica en Alemania. Wahrig hace especial hincapié en los debates en relación a la definición y la clasificación de los venenos y considera cómo los autores alemanes percibieron las aportaciones de Orfila.

Al trabajo de Wahrig le siguen tres textos centrados en un método toxicológico para la detección de arsénico: el test de Marsh. En el primero de ellos Katherine Watson, después de plantear la evolución general de los envenenamientos y su regulación en el Reino Unido, entra a detallar el caso del asesinato de George Bodle. Este caso fue el principal estímulo que llevaría a Marsh a desarrollar su famoso método de detección de arsénico de gran importancia en la toxicología europea de aquel tiempo.

El test de Marsh al poco tiempo ya se utilizaba en diversos estados europeos. En años sucesivos, por otro lado, sufriría modificaciones que ampliaron su capacidad para identificar la presencia de arsénico. En este sentido, las contribuciones de Orfila fueron especialmente relevantes. José Ramón Bertomeu centra su trabajo en el uso y desarrollo del test de Marsh por Orfila y otros autores franceses. Bertomeu profundiza en el estudio del juicio por el posible envenenamiento de Charles Lafargue y valora las implicaciones prácticas que tuvo la adopción de aquel test como herramienta para identificar la existencia de un crimen. A partir del caso reconstruye las controversias en relación a la validez del método y en las que jugaron un papel importante elementos externos a la discusión técnica sobre las propiedades y limitaciones del test.

Ian Burney, por su parte, continúa con el estudio del test de Marsh pero nuevamente se centra en el caso británico. Burney aborda una de la controversia sobre la existencia de un valor normal de arsénico en los organismos. Se trató de una cuestión de gran relevancia para distinguir si el arsénico identificado con el test era el resultado de un envenenamiento o si, por el contrario, era natural en el organismo.

El libro finaliza con un trabajo de Sacha Tomic que hace referencia a otra de las controversias toxicológicas en la que se vio involucrado Orfila, la relacionada con los alcaloides, substancias especialmente difíciles de identificar y que constituyeron un reto importante para los toxicólogos de aquel período.

Chemistry, medicine and crime es en definitiva un libro muy recomendable por el interés de los análisis históricos que incluye y la coherencia y unidad con que se exponen. Producto del buen hacer de un grupo internacional de historiadores, muestra hasta qué punto puede resultar enriquecedora la suma de diferentes perspectivas en el análisis comparado e interdisciplinar de un episodio histórico.

 

Ximo Guillem-Llobat, Universidad de Valencia

 


 

Josep Lluís Barona; Javier Moscoso; Juan Pimentel, eds. La Ilustración y las ciencias. Valencia: Universitat de València; 2003. ISBN 8437055032.

Preocupados más por el trabajo o reflexión colectiva, por la comunidad como principal agente de su investigación, lejos de la obsoleta individualidad anticientífica, y poniendo especial cuidado de no fijar sus intereses a priori, los autores de este libro manifiestan verdades particulares al más puro estilo aristotélico. Como viajeros ilustrados se han centrado sobremanera "en la testificación neutra, detallada y minuciosa de las realidades" (p. 249) sociales del siglo de las sombras. No resulta una empresa baladí presentar al lector, despojado de ideas acumuladas y casi totalmente desprejuiciado, semejante estudio colectivo cuando viene siendo una tarea nada desdeñable desde hace relativamente poco tiempo. Huelga decir que los artículos aquí recogidos -unos más afortunados que otros, unos más explicativos que otros, unos desgraciadamente más de corte bibliográfico que científico a nivel informativo- son todos ellos de notable factura y distan mucho de aparecer ante nuestros ojos como textos manchados por la típica retórica escolástica.

Siguiendo al filósofo e historiador de la ciencia Ian Hacking, este libro pondría el acento sobre la emergencia histórica de conceptos y objetos vinculados, a través de nuevos usos de palabras, a un escenario con nuevos patrones o styles of reasoning. La piedra de toque giraría en torno a la historicidad de categorías científicas relacionadas por ende con otras formas de conocimiento. Por todo ello no resulta caprichoso el subtitulo de la obra: para una historia de la objetividad.

Como ya han apuntado Antonio Lafuente y Juan Pimentel en otro lugar, desde la Ilustración verdad y objetividad se abrazan y confunden. Antes bien, debemos atisbar con prontitud la no neutralidad de la historia, que la historia de la objetividad no es si no la historia de las objetividades, que la objetividad se establece como comunicación consciente entre sujetos de conocimiento o, lo que es lo mismo, que "los objetos y los sujetos de la ciencia se implican mutuamente en el proceso de su formación recíproca" (p.151), y que, en tanto que valor epistémico, la objetividad tiene una historia y por tanto ha sido sometida a sucesivas modificaciones semánticas muy significativas. Si esto es así, la objetividad solamente será abarcable desde un contexto intelectual socio-histórico determinado y desde un método o estilo de pensamiento igualmente construido. Y hablo en estos términos porque, como indican los autores, "la construcción de la objetividad es un fenómeno social donde el conocimiento se establece a través de la homogeneidad de los testigos" (pág. 13). ¿Acaso no podemos aseverar que nos encontramos ante un fenómeno social y cultural históricamente determinado que se mueve en un periodo que posee sus propios valores no directamente aplicables a otras épocas? Desde la óptica filosófica esto implicaría que dicho valor epistémico encuentra tanto su territorio como su definición en un entorno cultural específico. Resumiendo, tanto en la Ilustración como en cualquier otra época, como señala Peter Galison "la realidad objetiva no era otra cosa que las relaciones comúnmente mantenidas entre los fenómenos del mundo (...) La importancia del conocimiento científico reside en la persistencia de relaciones verdaderas concretas, no en la realidad tras la cortina de las formas platónicas o noúmenos inasibles" 1

Motivados por la zozobra de llevar a cabo una historia de las prácticas científicas, una historia de la ciencia como epistemic things, un diccionario de objetos más que de palabras, la mayor parte de los autores de este libro trabajan con denuedo a favor de una revisión crítica al socaire de la nueva historiografía sociocultural dieciochesca que nace entre las tinieblas de la Guerra Fría. Desde este crítico momento cultural tan significativo en la historia de Occidente se estudia otra etapa fundamental en la historia de la cultura europea donde se producen serios interrogantes sobre los límites de la propia identidad.

Al amparo de esta nueva historiografía tratan de comprender la cultura ilustrada como una extraña república de las letras donde se llevan a cabo ciertas prácticas y se acercan sigilosamente a los valores ilustrados. Lejos de dirigir su mano sincera y ojo fiel hacia el siglo de las luces en tanto que "era de la razón" caracterizada por sus grandes philosophes a la manera de la historiografía de corte intelectualista o perspectiva idealista (Cassirer), nuestros historiadores nos exhuman que no hay una sola Ilustración. Nos invitan al teatro de las luces y de las sombras. También es la época del progresista y malogrado Condorcet, la época donde los jóvenes y no tan jóvenes se ufanaban de haber leído las aventuras eróticas de Teresa filósofa, la época donde la razón sucumbía ante la tentación de las pasiones, la época donde todo se observa tras el velo de la mensurabilidad y donde se hacen grandes inversiones en torno a expediciones como la del meridiano, la época donde la libertad pretendía guiar al pueblo. No en balde, lejos igualmente de la pretensión de presentarnos un estudio definitivo y como nos advierte Mónica Bolufer, se intenta dar un enfoque poco somero de la configuración y difusión de un nuevo "régimen de verdad" que desemboca inevitablemente en el apasionante mundo de las dudas y las paradojas. Tales dudas también aparecían ante los ilustrados como problemas a solucionar. En su caso sólo existían dos maneras de resolverlas que obedecen a las dos grandes tradiciones de investigación surgidas de la obra de Newton: o a través de la Razón (Principia), o a través de la Naturaleza (Óptica).

La Ilustración y las ciencias, resulta ser un librito generoso y sugerente para un lector ávido de conocimiento reciclable sin fin. Por cierto, el viaje ilustrado, muy al contrario de lo que pensaban sus científicos tripulantes, tampoco tiene fin. Si algo caracteriza a la ciencia ilustrada es su heterogeneidad. Y sólo por ello resulta acertada la afirmación: "si se pretenden analizar las prácticas relacionadas con la ciencia en un período determinado, resulta inevitable seguir a los científicos no sólo en el laboratorio sino también en las aulas y, en ocasiones, también en los talleres artesanales o en la industria" (p. 229).

 

Antonio Sánchez, Universidad Autónoma de Madrid

 

 

1. Galison, Peter. Relojes de Einstein, mapas de Poincaré. Barcelona: Crítica; 2003, p. 235 y 236.

 


 

Esteban Rodríguez-Ocaña. Salud pública en España. Ciencia, profesión y política, siglos XVIII-XX. Granada: Universidad de Granada; 2005. ISBN 84-338-3627-7.

La creciente fortaleza científica de la historiografía médica española se constata en trayectorias como la del profesor Esteban Rodríguez Ocaña. Plasma un trabajo lleno de realizaciones que al final ofrece una imagen acertada, rica y con elementos críticos del campo de la salud pública en nuestro país, desde un dominio e interpretación ajustada de su evolución en Europa y en el mundo. El libro que comentamos reúne nueve de las 38 aportaciones más significativas que en esta materia publicó el autor en los 20 años transcurridos entre 1982 y 2002, muchas de ellas en la revista Dynamis. Es decir, no se trata de un libro que incluya el fruto de un trabajo reciente sobre el tema, puesto que para los que están interesados en la historia de la salud pública son conocidos al constituir aportaciones valiosas que hemos consultado repetidas veces por su gran interés. Sin embargo, para el público en general constituye, sin duda, una oportunidad valiosa para disponer de los trabajos más pertinentes del autor en esta materia reunidos de forma clara en su devenir histórico. Hay que comentar que tanto en los trabajos incluidos como en la obra amplia sobre historia de la salud pública en España que el autor realiza destaca el grupo de profesionales que acompaña y confluye en esta tarea constituyendo un equipo cualificado, entre los que se pueden mencionar a Josep Bernabeu, Enrique Perdiguero, Rafael Huertas, Jorge Molero o Alfredo Menéndez. Por último, no es menor el hecho de desarrollarse esta importante investigación no en laboratorio aislado sino en contacto y diálogo con la propia instancia de la salud pública española. De hecho han sido hitos las intervenciones en los Encuentros Marcelino Pascua, así como las contribuciones a las revistas de la especialidad salubrista.

Las 258 páginas del libro recogen los nueve trabajos en tres capítulos, el primero, con cuatro, dedicado a la administración sanitaria, el segundo, con dos, a la salud pública como disciplina para "el desarrollo capitalista", y el tercero, con tres, centrado en la adquisición de una metodología propia.

En el primer capítulo, las cuatro contribuciones desarrollan aspectos diferentes, desde la organización sanitaria a partir de los Borbones, la labor de estadística sanitaria de Luís Comenge a finales del siglo XIX y comienzos del XX en Barcelona, los avatares de la organización sanitaria desde 1904 con la Instrucción General de Sanidad y, por último, a la importante colaboración entre la Fundación Rockefeller y el gobierno español en esta materia.

La delimitación del campo de actuación sanitaria se inicia con el propio término que designó la organización de tal actividad en el siglo XVIII, "el resguardo de la salud". La visión defensiva de la actuación pública frente a las epidemias de peste que nos podían invadir, la consideración del papel del comercio para la riqueza del país y la adopción de la estructura centralista del Estado por los Borbones caracterizan la constitución del órgano administrativo, las Juntas de Sanidad, con la Suprema al frente. El acopio de documentación y bibliografía pertinente es enorme, como en el resto de trabajos, y ayudan a conocer los mecanismos íntimos de funcionamiento de estas estructuras, tanto en su desarrollo como ante circunstancias de peligro como la peste de Marsella (1720), la amenaza portuguesa (1757) o las epidemias de fiebre amarilla a partir de 1800. Se señalan las contradicciones y mecanismos de solución al hecho de existir otra estructura profesional médica, el Protomedicato, procedente de la anterior etapa, con algunas funciones solapadas. En la segunda parte de este trabajo se describen las Juntas periféricas, marítimas, de puerto (Cádiz, Barcelona, Málaga, Cartagena, Coruña, Valencia, etc.) tanto en su composición como en su funcionamiento.

El siguiente trabajo de este primer capítulo está dedicado a la labor estadística de Luis Comenge en el Instituto de Higiene Urbana de Barcelona tomando como hilo conductor el análisis de las causas de muerte en la ciudad que publica entre 1892, fecha de fallecimiento de Nin y Pullés, y 1907, en diversas "Notas demográficas mensuales" aparecidas en la Gaceta Sanitaria de Barcelona, "Cuadernos demográficos", en la misma revista, o "Estudios demográficos", en Gaceta Médica Catalana. Enmarca esta actividad de Comenge dos hechos, la implantación y aprovechamiento del Registro Civil en España junto con el impulso dado por Cástor Ibáñez de Aldecoa a la confección del Boletín mensual de estadística demográfico-sanitaria de la Península e islas adyacentes, desde su cargo de Director General de Sanidad, a partir de la experiencia obtenida en Barcelona, y las tareas similares de su antecesor José Nin y Pullés a través de la Gaceta Sanitaria de Barcelona, en su preocupación por desvelar las causas de la mala salud del medio industrial en la misma ciudad. Además de situar al autor dentro del desarrollo de la actividad e institución demográfica de Barcelona y el papel de Enrique Raduá en ellas, analiza la aportación original gráfica de Comenge, con sus objetivos, ventajas e inconvenientes, poniendo de relieve el acercamiento multicausal, y el énfasis dado a los factores sociales y económicos en la evolución de la mortalidad, concebida como enfermedades evitables.

El tercer trabajo ofrece una visión global y crítica de la evolución de la salud pública en la España de la primera mitad del siglo XX. Para tal cometido lleva a cabo una periodización de dicha evolución atenida en exclusiva al desarrollo de factores internos en su consolidación y a su lógica y coherencia, sin tomar en consideración la ruptura que supuso la guerra civil y la posguerra franquista, ni la reconquista de la democracia en 1977. De forma que habría cuatro etapas. Una primera, de formación que arranca con la Instrucción General de Sanidad (1904) que generalizó la figura de los inspectores de Sanidad. Una segunda a partir de 1925, de consolidación, que arranca con el Reglamento de Sanidad Provincial por el que se crearon los Institutos provinciales de Higiene y se publicó el Boletín de la Dirección General de Sanidad, más tarde Revista de Sanidad e Higiene Pública, y culmina con la extensión al mundo rural de los beneficios del Seguro Obligatorio de Enfermedad (1957) dando fin a las campañas sanitarias que habían subsistido en la posguerra. Una tercera de difuminación, hasta 1980 en que se dan las primeras transferencias, y en la que se inicia la cuarta de "renacimiento". El trabajo analiza las dos primeras etapas. Interpreta adecuadamente la primera etapa dentro de la respuesta regeneracionista que trata de recuperar el tiempo perdido. Está la obra de Philip Hauser, el Instituto Nacional de Higiene, la trayectoria de Manuel Martín Salazar quien como Director General de Sanidad Exterior (1909) trata de modernizar la estructura sanitaria, pero el aspecto más destacado es la Instrucción General de Sanidad (1904) organizando un servicio sanitario permanente de alerta, higiene y prevención en el interior del Estado con la figura del Inspector de Sanidad, aunque con excesiva lentitud como prueban las protestas de los profesionales sanitarios así como la constitución de las Brigadas Sanitarias Provinciales. En la evolución de la sanidad española destaca como factor determinante de la modernización la firma del acuerdo de cooperación entre el gobierno de España y la Fundación Rockefeller en 1922. Un primer resultado de este acuerdo fue el Informe de Charles Bailey sobre la sanidad española de 1926, bastante crítico. La segunda etapa arranca con el Reglamento de Sanidad de 1925 que generó los Institutos Provinciales de Higiene, concretó los acuerdos con la Fundación Rockefeller en materias como la lucha antipalúdica, la organización de la sanidad rural en centros primarios, secundarios y terciarios, con el respaldo de la Organización de Higiene de la Sociedad de Naciones, la formación a través de becas, etc., y se consolidó la Escuela Nacional de Sanidad. A partir de la II República destaca la figura de Marcelino Pascua, Director General de Sanidad, quien aplica esta estructura horizontal frente a la vertical existente de campañas similares, y con el Frente Popular se refuerza la estructura de higiene rural. La guerra civil y su desenlace no modificaron sustancialmente el esquema anterior que continuó incluso con personalidades como José Alberto Palanca y Martínez-Fortún, como Director General de Sanidad. A pesar de aprobarse la Ley de Bases de Sanidad (1944) por ausencia de su desarrollo y por ganar la batalla frente a Sanidad, el Seguro Obligatorio de Enfermedad (1957) se entró en la tercera etapa de difuminación de la sanidad.

Dada la envergadura de la actuación de la Fundación Rockefeller en todo el mundo y en concreto en España, es imprescindible, para entender la trayectoria de la salud pública en nuestro país esos años, el estudio pormenorizado que se hace de la puesta en marcha del acuerdo entre la Fundación y el gobierno español, en concreto gracias a la labor de José Castillejo y el respaldo de la JAE y de su Presidente Santiago Ramón y Cajal. Iniciada la gestión al final de la Primera Guerra Mundial se concreta en 1922 con una delegación de la División Internacional de Salud de la Fundación encabezada por su Director Wickliffe Rose. En su gestión fue también importante la labor de facilitación llevada a cabo por Gustavo Pittaluga. El acuerdo con el gobierno se concreta en dos tareas iniciales, la presencia de expertos norteamericanos en España (Charles A. Bailey y Rollo B. Hill) y el envío de becarios para formase en Estados Unidos con el compromiso de su aprovechamiento al regresar, de forma similar a como se hacía por la JAE. Se destaca la opinión desfavorable de Bailey hacia el Director General de Sanidad Francisco Murillo Palacios, como obstáculo para la modernización de la sanidad española, la eficacia en la mejora de las campañas antipalúdicas, así como la consecución de dedicaciones completas a los responsables de salud pública. Se indica que "la intervención norteamericana pues, resultó decisiva para configurar los aspectos más destacados del modelo sanitario que intentó implantar la República y que, en buena medida, se mantuvo tras la guerra civil".

El segundo capítulo, dedicado al papel de la salud pública (higiene) en el proceso de desarrollo industrializador español, contiene dos trabajos, el primero sobre la higiene industrial y el segundo sobre modernización urbana e higienismo. En el primero parte de una reconsideración del estudio pionero de López Piñero sobre esta cuestión, indicando sus insuficiencias, y centrado en las visiones que desde los textos de Higiene se ofrece de las consecuencias de la proletarización inicial de la sociedad española. Tres son las actitudes secuencialmente presentes, una primera de prédica médica moralista en el penúltimo cuarto del siglo XIX, una segunda, en el último cuarto del siglo XIX, más interesada en la intervención social, y ya en los comienzos del siglo XX, a partir de la aprobación de la Ley de Accidentes de Trabajo en 1900, una de tecnificación de las propuestas higiénicas. Los textos analizados son, sucesivamente, los ya conocidos de Pedro Felipe Monlau, Joaquín Salarich, Juan Giné y Partagas, Laborde, Mercado de la Cuesta, Ricardo de San José y Santarén, Santero, Santos Fernández, Mariano González, terminando con los de Ambrosio Rodríguez Rodríguez, Enrique Salcedo, José Eleizegui. El segundo trabajo lleva a cabo un seguimiento de las propuestas que desde el campo de la higiene se hacen referentes al fenómeno desencadenado en nuestro país en la segunda mitad del siglo XIX, con intensidad creciente, de acelerada urbanización como consecuencia de la industrialización. Se rastrean las inquietudes en Pedro Felipe Monlau y Francisco Méndez Álvaro, con propuestas para una ciudad acomodada, mientras que cuando el fenómeno de la emigración rural a las ciudades, por la industrialización, adquiere carácter masivo e incontrolado la actitud manifestada, desde la recientemente constituida Sociedad de Higiene, fue la conciliación a fin de evitar estallidos revolucionarios. Las demandas de la Sociedad insisten en los servicios municipales de higiene, así como en las condiciones de salubridad de la ciudad, En este contexto destaca la obra de Philip Hauser.

Por último, el tercer capítulo se centra en "la adquisición de una metodología propia" con tres trabajos, uno dedicado a los métodos cuantitativos entre 1800 y 1936, cofirmado con Josep Bernabeu Mestre, otro a la obra de Hauser, y en concreto a la "encuesta sanitaria", y un tercero a las campañas sanitarias en el primer tercio del siglo XX, cofirmado con Jorge Molero Mesa. En el primero de los trabajos se señala que no se puede hablar de estadística sanitaria hasta 1877 con motivo de la puesta en marcha del Registro Civil, añadiendo el papel desempeñado por los servicios municipales en la confección de estadísticas sanitarias, los de Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao, etc., y la adopción por la Instrucción General de Sanidad en 1904 para los Inspectores de Sanidad de la descripción estadística. El siguiente paso es la aplicación de la estandardización a las tasas de mortalidad en 1930 para permitir comparaciones, y se extiende en la importante labor llevada a cabo por Marcelino Pascua al incorporar a nuestro país los nuevos conceptos y técnicas de la nueva epidemiología, tal como había aprendido en Estados Unidos y que difundió desde su puesto de Director de la Escuela Nacional de Sanidad. La ulterior actividad desarrollada a partir del final de guerra civil por la victoria de los rebeldes es también valorada como una de las grandes pérdidas que nuestro país sufrió por la misma. El siguiente trabajo es un análisis de una faceta de la ingente obra de Hauser, el que se deriva del uso de encuestas sanitarias con la finalidad de conocer el estado sanitario y así actuar. Se señala con justicia la amplitud de miras científicas y sociales de Hauser al no limitar la procedencia de la información a los profesionales sino de incluir otros agentes sociales que permiten una visión más completa e indican a su vez una complementariedad en la información "oficial". Por último, el tercer trabajo aborda un hecho peculiar de la construcción de la cultura salubrista en el primer tercio del siglo XX, el de las campañas sanitarias. Como concepción vertical centrada en problemas concretos analizan los autores dos campañas paradigmáticas, la antituberculosa y la dirigida contra la mortalidad infantil. Problemas sociales de gran envergadura en ese primer tercio del siglo XX ambas campañas ponen de manifiesto el componente ideológico en una sociedad convulsa a causa de la rápida industrialización y pauperización del proletariado así como el uso del componente técnico profesional al interior de los mecanismos de control. En un caso con los sanatorios y dispensarios, así como con los Patronatos y cuestaciones, y en el otro caso con las instancias Gota de Leche, Consultorios de Lactantes y Centros de Salud o similares.

Nos encontramos por lo tanto con un libro que ofrece al lector, especialista o no, una descripción de la evolución de la salud pública en España tomando como base algunos aspectos concretos significativos. La conclusión es clara, la conveniencia de llevar a cabo una monografía dedicada a dicha historia de una forma global.

 

Pedro Marset Campos, Universidad de Murcia

 


 

Fay Bound Alberti, ed. Medicine, emotion and disease, 1700-1950. Basingstoke: Palgrave Macmillan; 2006. ISBN 10-1403985375.

El texto es el resultado de un encuentro celebrado en Londres y auspiciado por el Wellcome Trust Center for the History of Medicine, en octubre del 2004. Reúne una serie de contribuciones sobre la historia de la medicina y las emociones, a partir del siglo XVIII, en contextos europeos y norteamericanos. Janet Brwone en la introducción hace un arranque prometedor al plantear las emociones como fenómenos culturalmente embebidos y que, por tanto, no pueden ser capturadas con facilidad textualmente sino como representaciones de los sentimientos y cuyo análisis puede abordarse analizando los lugares donde se actúan o ponen en práctica (performances'sites). Los capítulos de este libro, no todos de similar interés o solidez metodológica como suele ocurrir en las recopilaciones, recogen aspectos tan diversos como la gestión de las emociones en la relación médico-paciente (Alberti y Dixon), el papel del género en trastornos emocionales como la psicosis (o locura) puerperal (Marland), el proceso de objetivación de las emociones en el laboratorio (Dror), la aparición de "simpatía" y "ansiedad" como categorías útiles para la profesión médica a finales del siglo XIX (White, Hayward, Lanzoni) o la transformación de la compasión en humanitarismo (Taithe). Sea por la versatilidad de las propias emociones objeto de estudio, sea por el saber hacer de sus colaboradores, estos trabajos, sugerirán, según quien los lea, otros muchos aspectos.

Como indica en la introducción Fay Bound Alberti, editora del texto, aunque la importancia de las emociones en la relación médico-paciente es ampliamente aceptada por ambas partes de esta relación, sin embargo, los profesionales tienden a destacar la importancia del desapego emocional en aras a la objetividad. Un cierto paralelismo se encuentra en la historia de las relaciones pacientes-médicos donde se han primado más los aspectos estructurales de esta relación que los emocionales. Alberti señala las preocupaciones comunes compartidas por diversas disciplinas (historia, sociología, psicología o antropología) como la especificidad cultural de las emociones, las conexiones entre las experiencias cognitivas y las descripciones de los sentimientos, etc. y advierte, recogiendo el análisis de Barbara H. Rosenwein (American Historical Review del 2002), la existencia de modelos subyacentes, contingentes históricamente que, como el modelo hidráulico, inspiran las explicaciones sobre las emociones proporcionadas por quienes hacemos historia. En esta introducción Alberti recorre algunos de los debates que el estudio, histórico (o desde otras disciplinas), de las emociones plantea. Por ejemplo, el carácter construido de las emociones, un aspecto que ha sido tratado desde posiciones radicalmente constructivistas (no existe un cuerpo material más que como representación), o desde enfoques más dialogantes que, al estilo de lo que plantea Charles Rosenberg para las enfermedades en Framing disease, acepten el carácter socialmente aprendido de los comportamientos emocionales sin rechazar totalmente un cierto "sabor a una realidad vivida corporalmente" (p. xvi). Como indica Alberti, y comparto su visión, el reto para quienes trabajamos en la actualidad sobre la historia de las emociones consiste en salirse de relatos que reproducen las dicotomías occidentales entre naturaleza y cultura, es decir, proponer análisis donde pueda hablarse de cómo se practican las emociones -de forma diversa en contextos variados- a la vez que se estudie la manera misma en la que las emociones son, también, conceptos producidos a través de interacciones sociales. Para Fay Bound Alberti el concepto habitus de Pierre Bourdieu sería clave en este sentido, aunque, como ella misma indica, si se trata de encontrar explicaciones que involucren factores externos e internos, con menos impacto mediático que Bourdieu pero gran alcance analítico, una autora como Michelle Rosaldo, desde la antropología, también ha planteado que las emociones son pensamientos corporizados, es decir, no sólo sustancias en nuestro cuerpo sino prácticas sociales organizadas que actuamos y decimos con palabras, que se encuentran estructuradas por un medio cultural en el que se expresan y del que formaría parte la institución médica. Desde esta moldura introductoria interdisciplinar toma coherencia el conjunto del libro.

En sus capítulos Fay Bound Alberti y Thomas Dixon (capítulos 1 y 2) muestran transformaciones que acontecieron entre los siglos XVII y XVIII, cuando las "pasiones", dentro de una visión no dual mente-cuerpo, se irán secularizando y se convertirán en "emociones" debido no sólo a nuevas teorías médicas sino a cambios profesionales e institucionales que afectaron a Europa. Como muestra Alberti, en el humoralismo galénico las emociones estaban generizadas pero basadas en caracteres físicos externos (mujeres más tendencia a una disposición flemática y húmeda, más pasivas y tendentes a la histeria). El corazón y la sangre eran los elementos corporales esenciales pues se entendía que los humores preparados en el corazón generaban unos espíritus que eran transportados por el cuerpo para llevar a cabo los deseos del alma (p. 6). La variabilidad de las personas dependía tanto de propensiones físicas como espirituales. Progresivamente se irá erosionando el modelo médico centrado en el corazón y el sistema vascular para dar paso a un sistema emocional, mecanicista y cartesiano, con el cerebro y el sistema nervioso central como centro de su hidromecánica. Pero el cambio no fue brusco y más que una sustitución repentina de una teoría por otra, lo que se sucedió fue una progresiva ocupación de las ideas pre-existentes con las nuevas, como muestra, en un interesante ejemplo, sobre un tratado del principios del XVIII en el que los nervios (fibras) van sustituyendo a los humores (p. 16) en la explicación fisiológica de las emociones. El modelo cerebral o nervioso, ya secularizado, quedó científicamente consolidado a partir de la segunda mitad del XIX, como los trabajos, casi en solitario, de Otniel Dror han mostrado (véase en su página web sus publicaciones en detalle) y su contribución a este texto ejemplifica (capítulo 6). En este siglo las emociones fueron convertidas en objetos de la ciencia del laboratorio. En sus investigaciones, Dror ha mostrado cómo la "cultura de la sensibilidad" del final del XVIII contribuyó al interés científico por las emociones en el laboratorio, y el romanticismo a transformar las emociones desde una cuestión interna (como ideas) en algo cuya expresión formaba parte de su propia naturaleza y que, por tanto, medir su expresión era medir las emociones mismas. La funcionalidad del cerebro decorticado como modelo experimental habría determinado también la teorización posterior sobre la importancia del cerebro como centro emocional y la configuración de una subjetividad humana centrada en este órgano. Es imposible no mencionar, en este sentido, como ese "sujeto cerebral" ha sido asumido y reproducido en las nuevas tecnologías médicas de la imagen con las que ha adquirido dimensiones de espectáculo y adquirirá, probablemente, mayor raigambre cultural. Dror en su contribución a este libro muestra, también, cómo se exportó a la cultura popular (o experta de otros ámbitos) la incipiente concepción científica de las emociones como algo objetivable y medible apareciendo, en el periodo de entreguerras, una serie de aparatos de consumo como los detectores de mentiras o los denominados "besómetros". De particular interés -pues añade elementos al excelente enfoque sobre la historia de la construcción científica de los límites entre lo interno/externo en la individualidad moderna que plantea Carolyn Steedman en Strange dislocations- es su sugerencia final sobre cómo se deslizó la idea de la jerarquía entre investigador/ animal investigado en el laboratorio, a la propia estructura de la materialidad cerebral con un interior antiguo y primario y un cortex cerebral que, en analogía con el propio investigador, representaba el orden y la racionalidad.

Thomas Dixon (capítulo 2) explora la terminología de las emociones en diversos diccionarios de la transición del XVII al XVIII y muestra el solapamiento de ideas y debates que estaban tratando de esclarecer el territorio emocional, cuando las pasiones (conllevaban deseos) eran entendidas como estados morales potencialmente patológicos conectados con los sentimientos (afection) del cuerpo. Su capítulo no sólo contribuye a clarificar la transición de las pasiones a las emociones -cuestión que ya exploró en su libro From passions to emotions del 2003- sino a clarificar el contexto histórico anterior a los textos de Charles Darwin (Expression of the emotions in man and animals, 1872) y William James (What is an emotion?, 1884) considerados (y quizá acentuados en exceso) por la historiografía como piezas textuales angulares de nuestra compresión contemporánea de las emociones.

En un contexto más contemporáneo, Bertrand Taithé (capítulo 4) muestra, a través de algunos textos cuya elección no se si es la más acertada, la conversión de la compasión en el "humanitarismo" de las nuevas agencias de ayuda sanitaria internacional. Hilary Marland (capítulo 3) aborda la aparición, hacia la mitad del XIX, de la etiqueta médica "psicosis puerperal" en relación a la transformación de los paradigmas médicos sobre la experiencia emocional y los nuevos vínculos profesionales entre ginecólogos y psiquiatras. Marland insiste en la necesidad de no simplificar las explicaciones históricas pues esta etiqueta médica no sólo se fundamentó en explicaciones sobre la (supuesta) vulnerabilidad de las mujeres ya que, al menos hasta finales del siglo, los médicos también asociaron la psicosis puerperal a la presión por las incertidumbres vitales en condiciones de pobreza de muchas mujeres madres.

Paul White (capítulo 5) explora cómo las transformaciones emocionales, en relación a la identidad profesional en la medicina victoriana (cómo manejar los sentimientos para convertirse en un "hombre de ciencia"), conformaron la manera misma de pensar en las emociones en las ciencias médicas incluso antes de que estas se convirtieran en objeto de interés para el laboratorio. Esta cuestión de las emociones de los profesionales se aborda también en los capítulos 7 y 8. Rhodri Haywards apunta el cambio del conocimiento psicológico desde herramienta en el manejo de pacientes sugestionables por los médicos ingleses (en el paso del XIX al XX) a una herramienta esencial en la relación terapéutica. Susan Lanzoni explora la influencia de las propias emociones de los profesionales, es decir, de su mayor o menor capacidad de empatizar con los pacientes para establecer la etiqueta diagnóstica de esquizofrenia, una práctica diagnóstica subjetiva extendida entre los profesionales hasta bien entrado el siglo XX aunque, aún en la actualidad, estas prácticas evaluadoras holísticas no han sido subsumidas por los sistemas estandarizados del DSM (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales).

Como puntualiza Bound Alberti en la introducción, todos los capítulos vienen a mostrar que las emociones no preexisten sino que sus significados y prácticas son producidos a la vez que son productivas. Es decir, que las teorías y lenguajes sobre las emociones pueden modificar las relaciones entre pacientes y profesionales y, viceversa, también. El texto propone un alejamiento de aquel constructivismo radical que tan buenos frutos dio en los ochenta pero que quizá haya encontrado ya su techo explicativo. Creo que en los próximos años veremos cómo el estudio histórico de las emociones demuestra ser un lugar excelente para explorar estas cuestiones que afectan a los seres humanos pero, también, a la emocionante trama teórica de nuestra disciplina.

 

Rosa M.a Medina Doménech, Universidad de Granada

 


 

Astri Andresen; Tore Grønlie; Temu Ryymin, eds. Science, culture and politics. European perspectives on medicine, sickness and health. Conference Proceedings. Bergen: Stein Rokkan Centre for Social Studies/University of Bergen [Report 4]; 2006. ISBN 13: 978-82-8095-048-2; ISBN 10: 82-8095-048-6.

Josep L. Barona; Steven Cherry, eds. Health and medicine in rural Europe (1850-1945). València: Seminari d'Estudis sobre la Ciencia/Universitat de València; 2005. ISBN 84-370-6334-5.

Reunimos dos libros que están de por sí unidos a través de los no tan informales lazos de la colaboración científica; en realidad, los principales protagonistas de ambos forman una red internacional sobre historia de la medicina y la salud en el ámbito campesino sustentada en tres pilares institucionales: el grupo de historia de la medicina y la salud de la Universidad de East Anglia (Norwich), alrededor de Steven Cherry, el grupo de historia de la medicina de la Universidad de Valencia, aglutinado por Josep L. Barona, y el grupo de historia de la medicina y el bienestar del Centro Rokkan de Estudios Sociales (Universidad de Bergen), liderado por Astri Andresen. El acuerdo de colaboración interuniversitario existente en el ámbito de la historia entre East Anglia y Valencia desde 1994 se ha enriquecido desde 2002 con una nueva dimensión, el estudio de la atención médica en el medio rural, a la que se ha sumado el grupo noruego, que venía organizando seminarios con una perspectiva histórica comparada.

A través de Andresen, Ryymin, Cherry y Barona esta red se ha dado a conocer en público a través de la sesión Rural medicine, rural environment del congreso de la European Association for the History of Medicine and Health celebrado en Londres en septiembre de 2007. El texto Science, culture and politics constituye el acta del cuarto de los encuentros del Centro Rokkan (los tres encuentros anteriores, publicados en la misma serie, son: A. Andresen, K. T. Elvbakken, T. Grønlie (eds), Politics of prevention, health propaganda and the organisation of hospitals 1800-2000 (10-2005 en la serie); A. Andresen, T. Grønlie, S. A. Skålevåg (eds), Hospitals, patients, and medicine in Modern History (6-2004) y A. Andresen, K. T. Elvbakken, W.H. Hubbard, eds., Public Health and Preventive Medicine 1700-2000. Knowledge, co-operation, and conflict 1-2004).

El libro que comento reúne 14 trabajos, distribuidos en tres apartados, y una presentación general a cargo de los editores. Las secciones corresponden a salud infantil (cinco trabajos), saberes científicos y médicos (cinco trabajos) y la oposición campo-ciudad (cuatro trabajos). El ámbito cronológico cubierto es, aproximadamente, entre 1850-1950. Ocho de los autores son noruegos, y discuten temas nacionales como la alimentación en las escuelas (1860-1950), la investigación sobre el beri-beri (1902) o el psicoanálisis (1900-1930), si bien uno de ellos (E. Ingebrigtsen) estudia la sanidad rural húngara bajo el mandato de la derecha radical en el periodo inmediato anterior a la Segunda Guerra Mundial. Entre los trabajos británicos, J. Welshman discute el debate contemporáneo (1970-1990) acerca del concepto de "deprivación heredada" en relación con la salud infantil, A. Hardy presenta un aspecto de la difusión popular de la concepción bacteriológica de infección en torno al marisco (1890-1905), S. Sturdy analiza la relación entre clínica y laboratorio a partir de los trabajos realizados en el Royal College of Physicians de Edimburgo (1887-1920) y S. Cherry presenta un trabajo sobre la medicina del sistema Zemstvo. Por fin, E. Perdiguero aporta un trabajo sobre propaganda sanitaria en torno a la salud infantil (1928-1939) y J.L. Barona firma dos, uno sobre el debate acerca del problema de la infancia en España (1900-1936) y otro sobre los estudios de la Organización de Higiene de la Sociedad de Naciones acerca de la nutrición rural. La diversidad temática se acompaña de una no menor diversidad estilística, si bien en todos los casos se trata de indagaciones originales sobre una masa importante de fuentes primarias. No podemos dudar de que la discusión in situ sería viva y enriquecedora; el libro nacido de ella, al limitarse a poner un trabajo al lado del otro, no le puede hacer del todo justicia. La introducción presenta cada trabajo, de uno en uno, y la lista final da el nombre de los participantes.

El libro Health and Medicine... reúne trabajos presentados en sendos coloquios, celebrados en Norwich y en Valencia, en 2003 y 2004, respectivamente. Coordinado por Barona y Cherry, presenta una mayor unidad de contenidos, pues todo él está dedicado al estudio de la medicina y la salud pública en el ámbito rural. Se divide en dos apartados, dedicados, respectivamente, a políticas de salud y a práctica médica. La introducción es puramente administrativa y, en realidad, el capítulo que ejerce este papel es el primero, firmado por Cherry, sobre salud y medicina rurales en el siglo XIX en Europa. Este capítulo, junto con otros tres dedicados a España (Barona, Bernabeu y Perdiguero), Rusia (F. King) y Noruega (A. Andresen y T. Ryymin), un análisis comparado de estos tres casos nacionales (Andresen), más un capítulo dedicado a la Conferencia Europea de Higiene rural de 1931 (Barona), completa el primer apartado. El segundo se compone de 10 capítulos, en los que se estudian diversos aspectos puntuales de la atención médica, curativa y preventiva, prestada en el pasado en East Anglia (tres, firmados por Cherry, T. Williamson y B. Lindsay), Alicante (dos, a cargo de E. Perdiguero, con J. Bernabeu en un caso), Valencia (dos, por C. Barona y M.J. Báguena), Baviera (I. Farr), Cataluña (J. Bernabeu) y Mallorca (I. Moll). El libro se cierra con una bibliografía escogida, internacional y por países.

Los trabajos presentan una alta calidad, se apoyan en abundantes fuentes originales y contextualizan adecuadamente sus análisis. A mi me han interesado sobremanera, en este momento, los dos capítulos dedicados a establecer una visión comparada, que sitúan muy bien el interés historiográfico del tema. Desde la perspectiva española, me parece destacable el esfuerzo hecho por Barona, Bernabeu y Perdiguero para sintetizar los aspectos poblacionales y profesionales de la atención médica rural en nuestro país, muy útil para el lector internacional, así como la contribución de Barona sobre la Conferencia de 1931 -un episodio muy importante en la historia de la salud pública hispana del que se tenía sólo un conocimiento superficial hasta la fecha-. El trabajo de Isabel Moll sobre Mallorca llama la atención, razonadamente, sobre la aportación de los conventos de monjas dentro de la red sanitaria insular entre los siglos XVIII a XX. Los restantes estudios de casos hispanos son igualmente certeros y llenos de información de interés, aunque ya conocidos por los lectores peninsulares, desde el excelente y exhaustivo estudio sobre la erradicación del paludismo en Alicante presentado por Perdiguero o la no menos exhaustiva exploración de las topografías médicas valencianas desde la perspectiva de la explicación de las enfermedades infecciosas que hace Báguena, al análisis del estudio de la Academia de Higiene catalana (Bernabeu) o la práctica médica rural en Valencia (Carmen Barona).

Me parece conveniente resaltar el interés que los temas de la salud campesina van cobrando en la historiografía médica contemporánea. Si la historia nacional se ha practicado con importante olvido del componente colonialista, casi podría decirse que es aún menor el interés manifestado por los problemas rurales, pese al peso que esta forma de vida ha tenido en la mayor parte de Europa hasta bien entrado el siglo XX y aun en nuestros días tiene para el conjunto de la humanidad. Los estudios post-coloniales han mostrado que no es posible conocer la realidad histórica de los países europeos olvidándonos de su dimensión colonial; por lo tanto, de las interacciones que tiene lugar en la colonia que repercuten también en la vida nacional, aún cuando tradicionalmente hallan sido dadas de lado en los análisis. Para el caso español, son particularmente significativas en esta línea las aportaciones de Franciso Martínez Antonio. De la misma manera es posible que la exploración sistemática de la lucha por la salud en el ámbito campesino pueda dotarnos de mejores explicaciones para los cambios profesionales, administrativos y políticos de nuestro sistema sanitario a través del tiempo, pues hasta ahora nos hemos basado casi exclusivamente en el estudio del mundo urbano. No tengo dudas de que este tema se convertirá en estrella en los próximos años.

 

Esteban Rodríguez-Ocaña, Universidad de Granada

 


 

Isabel Delgado Echeverría. El descubrimiento de los cromosomas sexuales. Un hito en la historia de la biología. Madrid: CSIC/Estudios sobre la ciencia: 41; 2007. ISBN 978-84-00-08514-8.

La existencia de dos sexos en la especie humana y en la mayoría de las especies animales, ha sido y continúa siendo uno de los problemas esenciales de la biología. A lo largo de la historia, la ciencia ha descrito las diferencias "naturales" o "biológicas" entre los sexos, considerando que esas diferencias eran el origen de las diferencias sociales entre hombres y mujeres y el fundamento de los diferentes roles que deben desempeñar los individuos humanos de uno y otro sexo.

La bióloga Isabel Delgado, en este trabajo, analiza los trabajos científicos publicados sobre la determinación del sexo en el periodo histórico situado alrededor del descubrimiento, en 1905, de los cromosomas sexuales. Este descubrimiento dio origen a la genética cromosómica, considerada como la segunda revolución genética, siendo la primera la formulación de las leyes de la herencia por Mendel en 1866. La mirada crítica de Delgado parte de la tesis inversa, es decir, la impronta que los prejuicios sociales dejan en las "verdades científicas", y utiliza el estudio de esta parcela de la historia de la biología para confirmarla.

El texto forma parte de la memoria de doctorado que la autora defendió en la Universidad de Zaragoza en 2004 y de dos trabajos previos merecedores del premio de Investigación Feminista "Concepción Gimeno de Flaquer" de la Universidad de Zaragoza en 1999 y del premio Dynamis de Fomento de la Investigación en Historia de la Medicina y de la Salud en el 2003.

El libro está estructurado en 10 capítulos más un epílogo e incluye tablas (18), cuadros (6) y láminas (37), junto con tres índices: onomástico, temático y topográfico, un completo apéndice de las especies vegetales y animales citadas en los trabajos analizados, con sus correspondientes autores y lugares de trabajo, y la relación bibliográfica de los 263 artículos originales recopilados más la bibliografía crítica.

En el magnífico capítulo 1, que es la introducción del libro, especifica su triple objetivo (p. 17): averiguar cómo convivieron en el mismo periodo histórico los descubrimientos sobre los variados modos de reproducción y los diferentes sistemas de determinación del sexo, además de determinar dónde, cuándo y quiénes realizaron esos descubrimientos y cómo se difundieron; poner de manifiesto que los diversos conceptos, términos y explicaciones de la biología actual que trasmiten la idea de la primacía masculina tienen su origen en concepciones defendidas en siglos anteriores, así como disociar lo que fue resultado del trabajo científico de lo que es proyección de los prejuicios sociales y, por último, constatar la existencia de autoría femenina en los descubrimientos biológicos del pasado. En este capítulo también plantea la metodología utilizada, las diferentes perspectivas teóricas y metodológicas de los estudios analizados y el periodo cronológico de su investigación, así como sus principales conclusiones.

En los capítulos 2 y 3 hace una revisión histórica en la que contextualiza las ideas y teorías acerca de la determinación del sexo en la ciencia occidental. Comienza buscando las raíces conceptuales en la filosofía griega para continuar haciendo un breve repaso hasta la Ilustración y detenerse con más detalle en el s. XIX, que es cuando se produjo el nacimiento y desarrollo de la biología moderna.

En el capítulo 4 titulado "contexto de descubrimiento" nos introduce en los estudios y debates sobre los cuatro aspectos relacionados con la reproducción sexual -la fecundación, los diferentes modos de reproducción, la transmisión hereditaria de la reproducción y la determinación del sexo-, presentando los autores y las teorías que defendían, y demuestra cómo se llega a un paradigma único de reproducción sexual, tanto para el reino animal como para el vegetal, acorde con el planteamiento de partida de la reproducción bisexual como culmen de la evolución, olvidando las investigaciones sobre otras formas de reproducción distintas de la bisexual como la alternancia de generaciones, la partenogénesis o el hermafroditismo.

Igualmente pone de manifiesto el cambio filosófico de la visión de la realidad biológica que se produce en el siglo XIX: la sustitución del idealismo por el materialismo científico con la transformación de las ciencias de la vida en ciencias experimentales, y cómo todo ello unido al desarrollo tecnológico y la diversificación de la problemática conduce a las ciencias biológicas hacia la especialización.

En el capítulo 5 plantea un análisis bibliométrico que abarca 150 años, de 1836 a 1985, y justifica el periodo cronológico de su investigación que comprende 60 años, entre 1878 y 1939. A lo largo del capítulo presenta sus criterios de periodización, así como cuadros y tablas con los principales autores y autoras, sus temas de investigación, las especies que utilizaron, las instituciones donde trabajaron, las revistas donde publicaron sus resultados y los principales países de producción científica.

Dedica el capítulo 6 a la partenogénesis ("nacimiento virgen"), uno de los mayores escollos para el establecimiento de una teoría universal de la determinación del sexo, fenómeno conocido desde el s. XVII y que incluía todos aquellos casos en que se producía el desarrollo de un individuo (masculino o femenino) a partir de un huevo no fecundado y por tanto ponía en cuestión la participación del esperma masculino.

Los capítulos 7, 8 y 9 están dedicados a la descripción de las tres principales perspectivas teóricas de estudio, desarrolladas a lo largo del siglo XIX, con sus principales representantes y las interrelaciones entre ellos. Es de destacar la utilización de las trayectorias vitales de los científicos y las científicas como hilo conductor de las diferentes teorías y controversias. La perspectiva morfológica (capítulo 7) centraba la determinación del sexo en el contenido del núcleo de las células sexuales, la perspectiva ambientalista (capítulo 8) defendía los efectos externos, como la temperatura, la humedad o la nutrición, como determinantes del sexo del embrión, y la perspectiva fisiológica (capítulo 9) aportaba el papel del citoplasma y del metabolismo celular como responsable de la diferenciación sexual. El descubrimiento de los cromosomas sexuales hizo que se impusiese la perspectiva morfológica sobre las demás, y eso produjo una progresiva selección de las especies animales, centrándose los estudios en aquellas especies cuyo patrón de comportamiento se acercaba más al paradigma científico predominante.

El extenso capítulo 10 está dedicado a la participación española que, aunque con cierto retraso, aportó una pequeña pero digna producción original, en la que participaron tanto hombres como mujeres que establecieron contacto con otros países mediante instituciones científicas de la época, fundamentalmente en el periodo entre 1920 y 1936. A lo largo del libro, se pone de manifiesto la participación de mujeres científicas en todos los periodos, campos y lugares estudiados, así como los sesgos androcéntricos presentes en los discursos de la mayor parte de los trabajos analizados. Se destaca asimismo el cambio de la geografía científica del mundo occidental, de Alemania a Estados Unidos, y el nacimiento de algunas especialidades biomédicas.

Este libro, a pesar de su extensión (734 páginas) y profundidad científica, es un texto de fácil lectura. Su estilo narrativo ágil a la vez que minucioso en la descripción de la riqueza de datos (197 especies animales y 748 autores citados) permite seguir sin dificultad, como si de una novela histórica se tratase, la intrincada trama de hipótesis, perspectivas teóricas y metodológicas, controversias, enfrentamientos teóricos y luchas por la autoridad en el terreno científico.

 

Ma José Barral Morán, Universidad de Zaragoza

 


 

Ma Isabel del Cura; Rafael Huertas. Alimentación y enfermedad en tiempos de hambre. España, 1937-1947. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas; 2007. ISBN 978-84-00-08497-4.

La excelente serie "Estudios sobre la Ciencia" que dirige José Luis Peset dentro de la Editorial del CSIC continúa engrosando su caudal con trabajos tan pertinentes y rigurosos como este que comento. Del Cura y Huertas abordan uno de los aspectos críticos de la historia contemporánea de España, el estudio de los problemas alimenticios durante la inmediata postguerra. El largo decenio que sigue al fin oficial de la contienda civil, en realidad su conversión en una guerra larvada de enorme crueldad, supuso no sólo un azote represivo sobre la población civil sino un periodo de urgencia sanitaria como no se conocía desde hacía siglos. En efecto, a la destrucción producida por la guerra y a los grandes movimientos de población, con su correlato de problemas de alojamiento, educación, trabajo y atención social, se sumó la eclosión de todas las consecuencias morbosas del desorden de programas preventivos (las diversas luchas o campañas sanitarias, como la antipalúdica), la carestía en vacunas, sueros y medicinas y el trastorno en los abastecimientos que provocó el que la memoria popular acuñara la expresión "los años del hambre" para referirse a aquellos primeros años cuarenta.

La historia de la medicina española apenas ha abordado con decisión las consecuencias sanitarias de la república, la guerra y la inmediata postguerra. Parece, no obstante, que estamos en vías de superar estas carencias histriográficas. Efemérides recientes han contribuido a estimular el interés profesional y, por ejemplo, J. L. Barona desde 2002 está abriendo brecha con una serie de trabajos en el marco de las relaciones sanitarias internacionales (del que es ejemplo el artículo que firma en este número de Dynamis junto con Enrique Perdiguero) y en colaboración con J. Bernabeu ha aportado dos libros importantes (2007 y 2008). Sobre las epidemias de postguerra eran clásicos los excelentes trabajos de Isabel Jiménez Lucena sobre el tifus y existían también las contribuciones de Jorge Molero sobre tuberculosis.

Del Cura y Huertas contribuyen con este estudio de la situación alimenticia y sus consecuencias médicas, en términos de enfermedad y en términos profesionales o de investigación. Así, la primera parte del libro analiza el programa de estudio sobre nutrición auspiciado por Carlos Jiménez Díaz, que recibió el apoyo de la Fundación Rockefeller durante los años de 1940 y 1941. La segunda parte se detiene en la "neurología del hambre", examinando las neuropatías carenciales y, con mayor detenimiento, la epidemia de latirismo.

Aunque los autores emplean la bibliografía existente para informar acerca del devenir de las relaciones entre la Fundación norteamericana y la sanidad española, "con el lógico paréntesis de la guerra civil" (p. 84) les ha faltado consultar mi comunicación al Congreso internacional de Historia de la Ciencia de México (2001) donde se da cuenta de que, desde agosto de 1938 el enviado de la International Health Division a la Península Ibérica, aposentado desde junio de 1935 en Lisboa, apostó por establecer contacto con las autoridades franquistas, convencido de que saldrían triunfantes de la guerra provocada por su alzamiento. El nuevo acuerdo se negoció a partir de agosto de 1939 (el expresivo informe de situación que R. Hill envió a su central neoyorkina lo ha publicado J. L. Barona en el último capítulo de su libro Salud, enfermedad y muerte. La sociedad valenciana entre 1833 y 1939, 2002) y sus partes más destacadas fueron las pruebas clínicas con vacuna antitífica llevadas a cabo por C. J. Snyder y los estudios sobre malnutrición que dirigió W. Robinson. En el primer capítulo se expone la pequeña pero no menos cierta tradición republicana de estudios sobre la nutrición humana, protagonizada por Carrasco Cadenas y Jiménez García, así como los avatares padecidos durante la guerra, mientras que en el segundo se estudian la situación de la posguerra inmediata y la respuesta científica movida por Francisco Grande Covián siguiendo el ciclo iniciado durante la guerra por el Instituto de Higiene de la Alimentación creado por Negrín, del cual fue subdirector. Purgado este, pero protegido por Jiménez Díaz, a través del entonces Instituto de Investigaciones Médicas, continuó su acercamiento epidemiológico a las deficiencias nutritivas la población madrileña, aprovechando lo que constituyó un auténtico experimento social. Estas investigaciones de 1940-41 fueron planeadas bajo la dirección de Robinson y prolongadas en 1948, ya sin presencia norteamericana.

La segunda parte se centra en algunas consecuencias específicas de la malnutrición como los efectos neuro-psiquiátricos de las avitaminosis B (pelagra), así como la epidemia de latirismo. El capítulo tercero aborda el curioso tándem Peraita-Llopis, que contribuyeron señaladamente al conocimiento actual de la clínica de los estados carenciales, junto con coetáneos trabajos hindúes, mientras que los tres capítulos restantes están dedicados a seguir el estudio realizado, básicamente, por la escuela de Jiménez Díaz, en uno de cuyos episodios iniciales también participaron un par de los enviados por la Fundación Rockefeller. La colaboración de Peraita y Llopis excita nuestra curiosidad desde la perspectiva de la difícil institucionalización científica en un medio profesionalmente coartado por la represión franquista, tal vez como ejemplo de las estrategias de supervivencia a que debieron recurrir tantas personas. También informa sobre la negociación intraprofesional en términos de neurolología/psiquiatría.

En todos los episodios se analizan minuciosamente las fuentes bibliográficas hispanas (y norteamericanas, en su caso), extrayendo gran cantidad de información biográfica e histórico-social. La escritura es clara y precisa. En suma, una lectura recomendable para todas las personas interesadas en la historia contemporánea de la salud y en la historia de la guerra civil y la postguerra.

 

Esteban Rodríguez-Ocaña, Universidad de Granada

 


 

Esther Rubio Herráez; Mileva Einstein-Maric. ¿Por qué en la sombra? Madrid: Eneida (Biblioteca Ensayo 2); 2006. ISBN 84-95427-81-8.

Este libro ofrece e interpreta, con sencillez y rigor, los hechos conocidos de la vida de Mileva Einstein-Maric (Titel, Serbia 1875- Zurich, Suiza 1948), física, madre de dos hijos y una hija de Albert Einstein y la primera de sus dos esposas. Utilizando las fuentes publicadas y una bibliografía actualizada, rehuye presentar como una disyuntiva la famosa polémica en torno al papel de Mileva en la trayectoria científica de Albert; una polémica que a menudo se materializa en un debate a favor o en contra de la coautoría de los primeros trabajos firmados por Einstein y que le valieron el Premio Nobel de Física en 1921. De hecho, el título del libro marca sutilmente su punto de partida: la voluntad de explorar la historia de la ciencia desde una mirada biográfica que pone en el centro la experiencia femenina, en un intento por comprender de modo complejo la práctica científica en tanto que parte de la experiencia de hombres y mujeres.

En 1969 apareció en cirílico serbio la primera biografía -reivindicativa- sobre Mileva, con el título A la sombra de Albert Einstein. La trágica vida de Mileva Maric, escrita por una amiga suya, Desanjka Trbujovic-Gjuric, y cuya versión castellana se publicó en 1992. Hasta su traducción alemana en 1982, pasó totalmente desapercibida. En esa década, el inicio de la edición de documentos que revelaban aspectos hasta entonces desconocidos de la vida de Albert, junto al florecimiento del feminismo académico, cuestionaron la imagen construida de un genio independiente y autónomo a la vez que coherente y comprometido, señalando aspectos poco loables que le caracterizaban como un personaje que actuó en momentos clave con oportunismo y grandes dosis de egocentrismo. En el 2003, títulos como los de Milan Popovic, In Albert's Shadow. Life and Letters of Mileva Maric, hacían que permaneciera en la historiografía, incluso involuntariamente, un juego de luces y sombras que reducía a Mileva a la parte oscura o incómoda de la vida de Albert. Preguntarse en torno al porqué de esta sombra es el ejercicio que plantea el libro de Esther Rubio, un ejercicio que sitúa a una y otro en un entramado inextricable de relaciones y condicionantes histórico-biográficos pero, también, de decisiones tomadas dentro de los márgenes de libertad atribuibles a la capacidad de agencia humana. Sin Mileva, no es posible entender la vida de Albert y sin la actitud de éste, tampoco la de ella.

El libro desgrana la historia de una relación en la que originalmente se fundían amor y ciencia y los efectos dispares que para Mileva y Albert tuvieron una cadena de acontecimientos que llevaron a una escisión de las dos esferas. Una escisión propiciada por Albert a medida que avanzaba -con el apoyo de Mileva- su carrera y que, finalmente, desencadenó la ruptura de la pareja, auspiciada también por éste. Rubio explica cómo las consecuencias del primer embarazo de Mileva, previo al matrimonio, significaron un primer punto de inflexión de un proceso gradual de alejamiento entre los integrantes de una pareja que Mileva consideraba ein Stein (una piedra). En este sentido, la exposición que presenta Rubio de las vidas cruzadas de Albert y Mileva ilumina los factores, circunstancias y actitudes que abrieron una brecha intransitable en las trayectorias vitales de dos estudiantes que habían creado una base inicial común, pero que no compartieron la proyección profesional ni las responsabilidades familiares cuando éstas aparecieron.

Por otro lado, el libro nos muestra también con toda crudeza los fundamentos de la construcción de la figura del genio, irrespetuosos por definición con los límites que imponen las necesidades de la vida humana y, además, incuestionables desde el punto de vista moral. La figura del genio científico se sostiene en una pretendida escisión entre público y privado que, en la medida en la que es irreal, coloca al genio en una posición de continua insaciabilidad, como persona pero también como icono de una determinada cultura científica. El ejemplo más trágico de los resultados de esta construcción no está sólo en la usurpación de la posibilidad de una trayectoria científica para Mileva, sino en detalles íntimos pero muy significativos del valor que la vida humana tiene cuando se hace necesario dotarle al genio de una luz que deslumbra todo lo que toca. En este sentido, resulta conmovedora la desaparición del nombre de Mileva de la esquela de su hijo menor, enfermo de esquizofrenia y con el que vivió durante toda su vida. Eduard murió en 1965 en un centro psiquiátrico de Zurich, donde ingresó a la muerte de su madre en 1948. Albert, que murió en 1955, le visitó por última vez en 1933, pero Eduard fue inscrito en la memoria exclusivamente como "hijo del fallecido profesor Einstein". Como muestra Esther Rubio, Mileva permanecerá en la sombra sólo si nos dejamos deslumbrar por destellos que emanan de la construcción de un genio científico, una operación de paternidad ficticia que se nutre de otras fuentes constantes de luz.

 

Montserrat Cabre Pairet, Universidad de Cantabria

 


 

Odette Hardy-Hémery. Eternit et l'amiante. 1922-2000. Aux sources du profit, une industrie du risque. Villeneuve d'Ascq: Presses universitaires du Septentrion/coll. Histoire et civilisations; 2005. ISBN 978-2-85939-881-1.

Le livre de Odette Hardy-Hémery comble un manque dans l'histoire du problème de l'amiante en France en proposant une histoire économique de l'entreprise Eternit, l'une des principales entreprises de transformation d'amiante en France et, avec ses multiples ramifications, un des principaux groupes industriels du secteur dans le monde. Replacée dans le long terme, l'histoire d'Eternit ressemble à une success story, l'histoire d'une réussite industrielle assez exceptionnelle de 1922 à 1975. 1922 est la date à laquelle Joseph Cuvelier, l'un des premiers responsables de l'entreprise de Prouvy dans le Nord s'associe avec une entreprise belge Eternit, détentrice des brevets permettant la fabrication d'amiante-ciment. Dès l'acquisition de ce brevet et la construction de l'usine du Nord, l'affaire connaît une croissance remarquable, Eternit cherchant à proposer des matériaux de bonne qualité à des prix les plus compétitifs possibles.

Dès l'entre-deux-guerres, la gestion d'Eternit fait apparaître plusieurs innovations: cette entreprise constitue tout d'abord une "multinationale avant la lettre" en ayant dèjà une logique de groupe à l'échelle européenne (Belgique, Suisse, Italie, Autriche puis Allemagne) et mondiale (Maroc et Argentine). Ensuite, elle développe de façon assez novatrice des actions de communication et de publicité pour vanter un produit au départ peu connu et qui constitue une nouveauté par rapport aux matériaux plus traditionnels. L'amiante-ciment s'impose ainsi dès 1961 comme le premier matériau de couverture. Après la période de ralentissement lié à la 2e Guerre mondiale, Eternit connaît une période de très forte croissance liée à la reconstruction et aux lancements de très nombreux programmes immobiliers importants. Les usines se multiplient en France jusqu'à atteindre le nombre de 8 sites différents employant 5 823 salariés en 1976. Les 90 millions de m2 de plaques d'amiante-ciment produites en 1974 représentent plus de 5 fois la production de 1950. Eternit se développe aussi dans les anciennes colonies françaises ainsi que dans le Tiers-monde (Brésil et Inde, notamment). Cette entreprise est l'une des plus rentables en France dans cette période d'après-guerre. L'ensemble de cette histoire se fonde sur l'étude de nombreuses archives et est très précis dans son écriture.

Après ce récit de la réussite d'Eternit structurée autour d'un plan chronologique (chapitres 1 à 6), les chapitres suivants traitent plus explicitement des dangers liés à l'utilisation de l'amiante. Le chapitre 7 présente les travaux effectués dans l'entreprise et la structure de la main d'œuvre; le chapitre 8 aborde explicitement les maladies liées à l'amiante tandis que le dernier chapitre traite du déclin de cette entreprise depuis 1975 et des multiples plans de réduction d'effectifs qu'elle a connus. Odette Hardy-Hémery montre notamment que les recrutements dans le voisinage géographique immédiat des usines, le fait de proposer des salaires plus élevés que dans les entreprises équivalentes du secteur et un fort paternalisme ont considérablement pacifié les relations sociales (a contrario, l'une des usines, située à Caronte, qui recrute surtout d'anciens ouvriers fortement syndiqués éprouve de réguliers épisodes de grèves et de revendications). Même dans les années marquées par de fortes agitations sociales au niveau national, Eternit semble épargnée, jusqu'en 1968. A partir du milieu des années 1950, se structure pourtant au sein de l'usine de Caronte une organisation syndicale forte et, au milieu des années 1960, la moitié des salariés de ce site sont syndiqués à la CGT. La pression est alors régulière sur les questions de sécurité, de rendement et de conditions de travail. Au cours des années 1960 se structure une organisation syndicale au niveau de l'entreprise Eternit en France qui soutiendra la première grève importante, celle de 1968 qui représente la première forte rupture avec le système patriarcal d'organisation de l'entreprise. Si les principales revendications concernent les salaires, c'est dans le prolongement de cette grève que sont aussi obtenues quelques avancées sur les conditions de travail, avec notamment la fourniture de matériel de protection.

Le chapitre 8, intitulé "Les maladies de l'amiante: un crime industriel longtemps impuni" traite donc explicitement des conséquences sanitaires des expositions professionnelles à l'amiante. Il pose un certain nombre de problèmes qui renvoient à la principale critique qui peut être adressée à ce livre, à savoir le manque de contrôle voire l'approximation de certaines assertions lorsque l'auteur sort de son domaine de spécialisation. Autant l'auteur a une écriture rigoureuse lorsqu'elle traite d'histoire économique, autant les développements sur les dimensions sanitaires du problème de l'amiante ou sur l'usage de l'amiante en France et les politiques d'encadrement de l'usage de l'amiante sont approximatifs. Lorsque l'auteur aborde ce qu'il est convenu en France d'appeler le "scandale de l'amiante", elle se limite bien souvent à des résumés (quand ce ne sont pas des paraphrases) de quelques-uns des principaux articles de presse et des ouvrages de journalistes parus au milieu des années 1990. Le chapitre 8 est révélateur de cette insuffisance dans le sens où la première moitié est composée de données parfois peu contrôlée issues de travaux de deuxième voire de troisième main, qui énoncent des généralités sur les maladies liées à l'amiante ou sur la législation relative à l'amiante. Dans ces paragraphes, l'auteur sous-estime notamment le fait que jusqu'en 1995, l'amiante a été géré comme l'ensemble des autres toxiques professionnels. L'intérêt qui peut être trouvé à la lecture de ce chapitre revient lorsque l'auteur retourne sur son terrain et traite de la prévention à Eternit et où, documents à l'appui, elle montre comment la question des conditions de travail a été prise en compte par les différentes instances représentatives du personnel. On y lit notamment que le médecin travaillant pour la direction d'Eternit affirme en 1970 que "les risques semblent quasi nuls dans l'amiante-ciment". On mesure, grâce aux larges citations reproduites, l'inertie à laquelle ont dû s'opposer les salariés de l'entreprise pour améliorer leurs conditions de travail. Des décisions aussi élémentaires que la généralisation du travail à l'humide ou l'interdiction de l'usage des balais (générant énormément de poussières) ont notamment toutes été discutées pendant de longues années avant d'être adoptées. Les témoignages de syndicalistes recueillis montrent de plus la distance entre les décisions adoptées et leur application sur le terrain des entreprises. On aurait ainsi apprécié d'avoir plus de détails sur la prise en compte de la dangerosité de l'amiante par les dirigeants de l'entreprise et les stratégies déployées par les industriels pour assurer leur survie face aux critiques publiques croissantes. Sur la question des relations avec les pouvoirs politiques, seule est évoquée (en quelques lignes, p. 184) l'obtention du "prix de la technologie propre" octroyé par le ministère de l'Environnement en 1985 à Eternit alors qu'il aurait été intéressant de comprendre les logiques d'attribution d'un tel prix et les négociations qui l'ont précédé.

Le décalage entre ces paragraphes très généraux (que l'on trouve aussi dans l'introduction, le chapitre 9 et la conclusion notamment) et les développements d'histoire sociale et économique, eux au contraire précis et argumentés, est très gênant à la lecture. Il est symptomatique du difficile positionnement de l'auteur face à l'histoire de cette "industrie du risque". Odette Hardy-Hémery semble avoir pu difficilement se limiter à son travail d'historienne et laisse parfois parler la citoyenne qui écrit cet ouvrage en 2005, indignée par les conséquences sanitaires de l'usage industriel de l'amiante. A plusieurs reprises, l'auteur peine à se replacer dans le contexte des années 1960-1980 et à ne pas juger la situation de l'époque avec les yeux scandalisés du citoyen contemporain. Ce positionnement contradictoire est problématique dans la mesure où il ne permet pas de poser jusqu'au bout les questions induites par le maintien de l'usage de l'amiante durant toute ces années malgré ses dangers connus.

En dépit de ces critiques, ce livre reste indispensable pour connaître l'histoire d'Eternit et mieux appréhender les rouages économiques de ce qui constitue la plus importante épidémie d'origine professionnelle. Il nous conduit à attendre un livre équivalent pour les autres branches de la multinationale de l'amiante basée en Belgique, Eternit devenue depuis Etex.

 

Emmanuel Henry, Institut d'Études Politiques de Strasbourg

 


 

Arthur McIvor; Ronald Johnston. Miners' lung. A history of dust disease in British coal mining. Aldershot: Ashgate; 2007. ISBN 978-0-7546-3673-1.

La última monografía surgida de la prolífica pluma del tándem escocés McIvor- Johnston acrecienta algunas de las virtudes que, a mi juicio, posee su anterior estudio sobre el amianto (Lethal Work, Tuckwell Press; 2000). A saber, su capacidad para integrar con solvencia el estudio de los temas de salud laboral y ambiental -y el consecuente recurso a fuentes médicas y orales- a la trama de la historia social del trabajo. Una habilidad también acreditada por especialistas de disciplinas como la historia económica o legal, y que han permitido consolidar en Gran Bretaña una red informal de investigadores de la mayor relevancia en el terreno de la historia de la salud ocupacional.

Miners' Lung cubre un notable vacío en la abundante producción historiográfica sobre la minería del carbón británica, necesitada de un estudio en profundidad sobre el impacto de esta actividad en la salud de los trabajadores. En la década de los veinte del siglo pasado la minería del carbón empleaba a más de 1.200.000 trabajadores, y a pesar de su paulatino declive desde esas fechas, en los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial más de 700.000 mineros se desempeñaban en este sector. La cifras oficiales de fallecidos por neumoconiosis de los mineros del carbón (Coal Workers' Pneumoconiosis) en Gran Bretaña -una de las patologías derivadas de la inhalación del polvo de carbón- son realmente abrumadoras. Más de 4.500 nuevos casos diagnosticados anualmente en los años 40 y 50, y más de 1.200 fallecidos al año sólo en Inglaterra y Gales en los años cincuenta, lo que unido a las muertes por accidentes en este sector, representaron casi una de cada tres muertes en el trabajo en Gran Bretaña en las décadas centrales del siglo XX.

El texto está estructurado en cuatro partes y 9 capítulos. La primera parte es de carácter metodológico e introductoria en la realidad socioeconómica y productiva del carbón británico (Interpretations and Context, p. 5-60). Las tres partes restantes se articulan con un abordaje más temático que cronológico, analizando el desarrollo del conocimiento médico en torno a la patología respiratoria de los mineros del carbón (Advancing Medical Knowledge on Dust Disease, p. 61-142), reconstruyendo las políticas de intervención y prevención en el sector (The Industrial Politics of Miners' Lung, p. 143-233) y explorando la cultura minera en torno al riesgo y la enfermedad (Miners' Testimonies: Dust and Disability Narratives, p. 235-307). Si bien esta estructura favorece una rica discusión de los temas abordados, con frecuentes referencias cruzadas en el texto, también genera, al menos esa ha sido mi percepción, una cierta sensación de déjá-vu.

La historia de la identificación médica de los riesgos causados por el polvo de carbón, su invisibilización a comienzos del siglo XX ocultos tras el protagonismo de la silicosis y la tuberculosis, y el reconocimiento final de la neumoconiosis de los mineros del carbón como enfermedad indemnizable en 1943 no se aparta del modelo canónico acuñado por Rosner y Markowitz (Deadly Dust: Silicosis and the Politics of Occupational Disease in Twentieth-Century America, 1991). En él se ponderan factores científicos (como el auge de la medicina social y la creación de centros específicos por parte del Medical Research Council), económicos (ligados tanto a la relevancia del sector como al impacto de las compensaciones), productivos y políticos (entre otros la creciente mecanización de la extracción en el periodo de entreguerras y el consecuente incremento en la producción de polvo, y el protagonismo de los sindicatos mineros a partir de los años 30). Los autores dedican especial atención a la labor desarrollada por la Pneumoconiosis Research Unit (PRU) creada en Cardiff en 1945 y la vasta labor epidemiológica desarrollada en el contexto de la nacionalización del sector (1947). Este bloque se cierra con un capítulo dedicado al proceso de reconocimiento como enfermedades laborales de los mineros del carbón de la bronquitis y el enfisema, dos dolencias respiratorias ligadas a la exposición al polvo de carbón pero también prevalentes en la población general y con evidentes vínculos con el consumo de tabaco. Este proceso que no culminó hasta 1993, en una primera aplicación muy restrictiva, se desarrolló en un escenario radicalmente distinto, con un sector prácticamente desguazado y una capacidad sindical muy mermada tras el desenlace de las huelgas mineras de mediados de los años 80.

El estudio de las medidas preventivas de lucha contra el polvo se concentra en las políticas desarrolladas por el National Coal Board a partir de la nacionalización del sector en 1947. Los autores discuten con riqueza de matices las tensiones existentes entre las urgencias productivas de los primeros años de la nacionalización y la prioridad otorgada a la lucha contra el polvo motivadas por la necesidad de reincorporar a las tareas productivas a los mineros diagnosticados de neumoconiosis. El trabajo bajo las denominadas approved conditions fijadas inicialmente como un nivel aceptable de riesgo compatible con la ocupación de mineros neumoconióticos en sus primeros estadios, acabaron convertidas de facto en el "nivel seguro de exposición", posponiendo hasta los años setenta la adopción de medidas más drásticas de supresión del polvo. El papel de los sindicatos frente a las políticas preventivas es ampliamente discutido, señalando las diferencias fundamentales existentes entre este caso y el del amianto. A diferencia de los diversos sindicatos involucrados en las industrias del amianto británicas, los sindicatos mayoritarios en el sector del carbón fueron muy activos en la recogida de información epidemiológica, en el cuestionamiento de la ortodoxia médica sobre la patología respiratoria de los mineros y en la demanda de medidas efectivas de supresión del polvo. No obstante, el papel de los sindicatos varió sustancialmente entre las diversas cuencas mineras y, en no pocas ocasiones, pospusieron la adopción de medidas más estrictas de lucha contra el polvo a la conservación de los puestos de trabajo. Creo que se trata de un esfuerzo de contextualización muy loable que contribuye a superar algunos acercamientos historiográficos simplistas sobre el papel de los sindicatos y los agentes sociales en el terreno de la salud laboral.

La última parte de la obra constituye otra de las apuestas singulares de esta monografía, que aboga por integrar la historia oral (45 entrevistas a 55 individuos, casi todos antiguos mineros) para explorar la experiencia personal y colectiva del riesgo y del daño corporal o de los factores culturales que determinan la percepción de los mismos. Más allá de acreditar la capacidad de las fuentes orales para constatar la distancia existente entre las directrices preventivas y su aplicación en los frentes de labor, los testimonios obreros permiten acercarnos a una cultura del trabajo y del riesgo ya desaparecida. Los autores discuten los diversos modelos de socialización del riesgo y cómo estos mediatizaron la priorización de la conservación del empleo o el logro de mejoras retributivas frente al intangible riesgo de lesión pulmonar a medio o largo plazo. Así mismo, exploran cómo la cultura machista dominante en las comunidades mineras hasta los años sesenta -que incorporaba la noción clave del varón como proveedor de la familia-, contribuyeron a racionalizar la asunción de un alto nivel de riesgos. Por último, el texto explora el impacto de la enfermedad y la discapacidad en la vida de los trabajadores y de las comunidades mineras, y los efectos de la exclusión del mercado laboral sobre la identidad masculina.

Creo, en síntesis, que se trata de un magnífico trabajo tanto por la amplitud del tema abordado, como por la apuesta decidida por incorporar las fuentes orales y por la riqueza y complejidad de las explicaciones propuestas para entender la toma de decisiones en torno a la salud y la seguridad en un medio laboral de alto nivel de riesgos como la minería del carbón. Una rica urdimbre interpretativa que contribuye además a devolver agencia histórica a los trabajadores y las comunidades mineras en el ámbito de la salud laboral.

 

Alfredo Menéndez-Navarro, Universidad de Granada

 


 

Ana María Muñoz Muñoz. Presencia y producción científica de las profesoras de la Universidad de Granada (1975-1990). Granada: Universidad de Granada; 2006. ISBN 84-338-3945-4.

Isabel de Torres Ramírez; Daniel Torres Salinas. Tesis doctorales sobre estudios de las mujeres en las universidades españolas (1976-2005). Análisis bibliométrico y repertorio bibliográfico. Sevilla: Instituto Andaluz de la Mujer; 2007 [incluye versión en CD]. ISBN 978-84-690-6202-9.

Guardan estos dos libros muchos vínculos en común. Los más evidentes son el asunto investigado, en ambos casos ligados a la producción científica universitaria, y el campo en el que sus firmantes se mueven, la documentación y biblioteconomía. Es también común el enfoque de género que guía ambas investigaciones, por más que una centre su interés en la actividad científica de las profesoras de la Universidad de Granada, en todas las áreas de conocimiento, y la otra en la producción española de tesis de doctorado en un campo transversal a todas las disciplinas científicas como son los estudios de las mujeres y de género. Al final de la lectura se comprueba que una y otra cosa guardan bastante relación y que ambos libros tratan sobre la contribución de las mujeres a la ciencia pues, como dicen Isabel de Torres y Daniel Torres, el 86% de quienes defendieron tesis de Estudios de las Mujeres en España entre 1976 y 2005 fueron investigadoras (p. 23).

Como documentalistas feministas, Isabel de Torres y Ana María Muñoz han sido maestra y discípula, además de precursoras en un campo en el que la investigación es exigua. Isabel, cuya muerte inesperada nos estremeció en agosto de 2006, justamente cuando estaba concluyendo este libro, era miembro del Instituto de Estudios de la Mujer de la Universidad de Granada casi desde sus inicios, igual que Ana, que empezó a frecuentarlo todavía antes, siendo una jovencísima estudiante de Biblioteconomía que, por el año 1987, nos enseñaba a los y las investigadoras del entonces Seminario a perder el miedo a los ordenadores personales, al MS2 y a los primeros programas de procesamiento de textos.

El libro de Ana María Muñoz, que está basado en la tesis que le dio el grado de doctora en 2002, estudia la participación de las mujeres como profesoras (pp. 37-86) y como investigadoras en la Universidad de Granada durante la transición y primeros años de la democracia (1975-1990). Si lo primero responde a una línea de investigación que cuenta en España con algunos trabajos sobre otras instituciones, el estudio de la producción científica por sexo es una radical novedad en nuestro país, como la propia autora documenta (p. 21-23), y se entiende que dedique a ello la mayor parte de su libro (p. 87-200). La elección de Granada resulta adecuada, por otra parte, para generar hipótesis generales sobre la producción científica de las mujeres en la universidad española. El hecho de que la institución granadina se encuentre en un nivel medio de feminización del profesorado, sea una de las más grandes y antiguas y posea una diversidad suficiente de titulaciones y áreas de conocimiento, lo favorece.

La lectura del libro permite entender una de las razones por la que los estudios retrospectivos de este tipo son tan escasos: la dificultad del acceso a la información y la fiabilidad de la misma. Las fuentes sobre el profesorado utilizadas son listados de carácter administrativo proporcionados por el Vicerrectorado de Ordenación Académica. Las cifras discrepan amplísimamente de las estadísticas oficiales del INE (ver tablas 1.1 y 1.3, p. 57 y 59) y su cuestionamiento es inevitable. Procuran, no obstante, un acercamiento de otro modo imposible a la distribución de mujeres y hombres por áreas y categorías académicas en esta universidad y tienen como principal virtud proporcionar los nombres de las profesoras, 813 en total, que permiten a la autora (mediante un largo y meritorio proceso) su búsqueda en catálogos y bases de datos bibliográficas con objeto de estudiar su productividad científica. Este aspecto constituye la principal riqueza del libro que ofrece datos brutos riquísimos en cuyo análisis hubiera merecido la pena detenerse algo más (por ejemplo los datos de la tabla 3.8, matizan, si no contradicen, la conclusión de p. 197 sobre la mayor producción de las profesoras a partir de 1985) pero que, en cualquier caso, constituyen una fuente inigualable para cualquiera que, desde disciplinas diversas, tenga interés en la materia. El prólogo, a cargo de Cándida Martínez López, profesora de la Universidad de Granada durante el periodo estudiado y Consejera de Educación de la Junta de Andalucía cuando el libro salió a la luz, proporciona en sus cinco páginas un análisis y un testimonio personal que no por breve deja de ser de provecho.

No cabe duda, como Isabel de Torres y Daniel Torres defienden, de que las 624 tesis seleccionadas a partir de la base TESEO y de consultas personalizadas, son suficientemente representativas del conjunto de tesis leídas sobre el tema en las universidades españolas entre 1976 y 2005, y de que muestran el vigor del feminismo académico y su aportación a asuntos tan de actualidad como las desigualdades laborales (37 tesis) o de salud (30), la violencia contra las mujeres (35), la educación en igualdad (46) o las aportaciones de las mujeres a todos los campos de la vida. Todo ello sin perjuicio de que se echen en falta algunos trabajos. Limitándonos al campo de historia de la medicina y de la ciencia, no se encuentran, entre otras, la tesis de (Ma José Ruiz Somavilla, 1991, o la de Isabel Delgado, de 2004. Comprobar que la mía, defendida en 1985, tampoco se recoge en este trabajo que Isabel tantas veces sometió a debate y consulta en nuestro común grupo de investigación, puede considerarse una anécdota que pone de manifiesto la dificultad que muchas veces entraña el anhelo del trabajo exhaustivo (p. 13). Pero los autores cumplen sobradamente con sus objetivos y, en lo tocante a las áreas citadas, recogen la mayoría de las tesis leídas desde 1993 hasta 2004 (1 de 1993, 1 de 1994, 1 de 1997, 2 de 1999, 1 de 2001, 4 de 2002 y 1 de 2003).

Esta docena de títulos supone un escaso 6% de todas las de historia, el campo de conocimiento donde más tesis se leyeron durante el periodo estudiado, seguido de cerca por sociología. A pesar de los abundantes gazapos, los índices de materias y de nombres (de autoras y autores y de directores) facilitan notablemente su localización, especialmente en el soporte CD. Entre las autoras de tesis de historia de la medicina y de la ciencia figuran especialistas de distintas áreas que, con posterioridad, han ido desarrollando una sólida línea de investigación en la materia, como Montserrat Cabré, Carmen Magallón (convertida por errata en Mugallón), Carmen Caballero, Paloma del Moral o Dolores Sánchez (incorrectamente alfabetizada).

 

Teresa Ortiz Gómez, Universidad de Granada

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