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Gaceta Sanitaria

versión impresa ISSN 0213-9111

Gac Sanit v.18 n.3 Barcelona mayo-jun. 2004

 

IMAGINARIO COLECTIVO


Sí, pero...


(Yes, but...)


Juan era de cal
de marisma y sal
pero se montó
en el barco que
lleva donde el dinero
y dime tú a mí
qué hace un gitano
entre los rascacielos
mira sin mirar
ni parpadear
deja amanecer
y entonces canta
y canta y...
escapa de su soledad

Letra y música: Javier Ruibal
La canción del gitano (fragmento)
En: Pensión Triana. Madrid: Don Lucena Discos; 1994.

Mi llegada a Granada, un mes de mayo de hace ahora 12 años, coincidió con las Fiestas de la Cruz. En prácticamente cada plaza de la mágica ciudad me encontraba con cruces engalanadas que mostraban parafernalias, adornos y acompañamientos varios. Algunos de los montajes eran realmente humildes y sencillos, mientras que otros resultaban abigarrados y hasta un poco ostentosos. Todos distintos, todos diferentes, salvo en dos elementos que aparecían en todos y cada uno de ellos: obviamente la presencia de una cruz y... el «pero». Me explico: entre la decoración que acompañaba a la cruz siempre había, en un lugar secundario y discreto, un «pero» (esa «variedad de manzana de forma alargada» según el Diccionario de M. Moliner), que además tenía, indefectiblemente, clavadas, por una de sus hojas, unas tijeras muy abiertas. Cuando pregunté su significado me explicaron que su presencia junto a la cruz tenía como objetivo «cortar» las pegas que los viandantes solían poner al ver la instalación. Pegas que se presentaban con frases del tipo: «Sí, sí, está muy bien esta cruz, pero...» (y aquí las pegas correspondientes en cada caso). ¡Qué maravilla!, pensé, exactamente lo mismo, aunque mucho mejor dicho, desde luego, que trabajamos en los cursos de comunicación donde intentamos mejorar las habilidades de los sanitarios en su relación tanto con los «clientes externos» (pacientes, usuarios) como con los «clientes internos» (jefes, subordinados, compañeros, etc.).

Mi admirado Javier Ruibal introduce también un «pero» en su «Canción del gitano» para indicarnos que al protagonista de la historia se le van a empezar a torcer las cosas. Cabe pues reflexionar, dándonos un respiro en nuestra vorágine de comunicación (oral, escrita, virtual, presencial, individual, grupal, comunitaria, etc.), sobre los «paradójicos» efectos que puede tener el «pero» en tres situaciones muy frecuentes en nuestra relación con los diversos clientes citados. Por ejemplo, cuando lo utilizamos para intentar describir una situación, olvidando que el «pero» no describe, sino que compara: la frase «Las relaciones sexuales placenteras pero sin penetración» está indicando que las relaciones sexuales no penetrativas son «de segunda división». En otras ocasiones, colocamos el «pero» después de una frase en la que intentamos reforzar a un colega profesional, sin tener en cuenta que la potencia del «pero» es tanta que va a anular los efectos beneficiosos del refuerzo y lo va a hacer poco creíble: ¿qué efecto puede tener en un colaborador la frase «Me ha gustado tu ponencia en el congreso, pero, la verdad, la he encontrado demasiado larga y pesada»? Es frecuente también utilizar el «pero» tras un intento de empatía con el paciente, sin darnos cuenta de que la eficacia y la credibilidad de «ponernos en su lugar» quedan seriamente dañadas por el efecto demoledor del «pero»: póngase el lector en la piel del paciente y díganos qué siente cuando el profesional que le atiende le dice «Entiendo que le cueste seguir esa dieta, pero su actitud no le ayuda a avanzar».

Dejemos pues el «pero» para las ocasiones en que queramos comparar, juzgar, valorar, acusar o machacar. En el resto de ocasiones... mejor sin «pero».

José Luis Bimbela
Escuela Andaluza de Salud Pública. Granada
joseluis.bimbela.easp@juntadeandalucia.es