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Cirugía Plástica Ibero-Latinoamericana

versión On-line ISSN 1989-2055versión impresa ISSN 0376-7892

Cir. plást. iberolatinoam. vol.39 no.2 Madrid abr./jun. 2013

http://dx.doi.org/10.4321/S0376-78922013000200013 

NUEVAS TECNOLOGÍAS EN CIRUGÍA PLÁSTICA-ESTÉTICA

 

 

Presentación

 

 

Trelles, M.A.*

* Coordinador invitado de la sección.
Especialista en Cirugía Plástica, Estética y Reparadora. Instituto Médico Vilafortuny, Fundación Antoni de Gimbernat. Cambrils, Tarragona. España.

 

 

¡Cómo cambian los tiempos! Los tatuajes parecían limitados a una determinada franja social y se asociaban a estibadores, marineros, soldados y piratas. Eran frecuentes en prisioneros, que dejándose tatuar por aficionados, significaban pertenecer o sintonizar con grupos o actitudes del conjunto con el que compartían reclusión. Actualmente, nada que ver con eso. Hoy los vemos como decoración, como adorno, como señal de identidad, o para gritar a los cuatro vientos un acontecimiento singular como el nombre de un hijo, una fecha, un amor. En fin, es como la manifestación de una feroz independencia, acercarse o distinguirse en los circuitos que manejan los éxitos o la moda. A la luz de la demanda, han proliferado los tatuadores profesionales con mayor o menor fortuna artística expresiva. Dentro de este movimiento, cuando uno se tatúa debiera ser para siempre, y restar entonces incólume a las críticas excluyentes de los que no toman la decisión de tatuarse; en fin, por ser distinto a los que no saben estar en el filo de la última vanguardia...

Fernando Sabater dice que los valores (y se podría agregar las decisiones), se fraguan siempre en una pugna entre lo que es y lo que creemos debería ser. Se pueden cometer errores notables en las decisiones y en estos casos, me refiero concretamente a los tatuajes realizados en noches de farra donde las decisiones estaban impedidas de ser claras y racionales; pero, no obstante, siguiendo el mandato neoliberal, cada uno es el único responsable de salvaguardar sus decisiones.

Podría aquí desplegar todo un cúmulo de técnicas de análisis de por qué y bajo qué circunstancias se toman decisiones a las que luego sigue el arrepentimiento, ya que he visto no pocos jóvenes que para mostrar que eran más valientes o más distintos, se han tatuado tatuaje sobre tatuaje a fin de superar la artistada anterior, y ocultar (porque no era posible borrar) la decisión del previo tatuaje que, igualmente, se adoptó irreflexivamente.

He visto también tatuajes de gran belleza plástica que el portador, simplemente cansado de llevarlo, solicitaba su eliminación. Eran arte en el tatuaje, con dibujos abstractos de significativos azules, rojos nacarados, verdes vibrantes, amarillos temblorosos; colores como gritos significativos que, después, cuando han de suprimirse, no hay terapia que lo logre sin dejar en la piel el vestigio del error pasado. E igualmente, nombres tatuados en necesidad urgente de cambiarse, puesto que la actual patrona del amor simplemente tenía nombre diferente. En fin, creo que se debería tener muy estudiada la decisión de tatuarse ya que cuando toca deshacerse de él, no es tarea fácil y aun más si se desea preservar la piel con sus características de textura y limpieza anteriores a la "aventura". Los proyectos artísticos, decididos entre el solicitante y el tatuador, deberían (ojalá fuera así), hallar equilibrio entre las convicciones a la luz de un futuro que alumbra una posible decisión de eliminación. En momentos de duda, mejor al decidirse optar por el color negro, un pigmento mas fácil de eliminar y para el cual varias sesiones de láserterapia tienen mejor pronóstico.

Tiago Castro ha debido, como todo escritor de investigación, sumergirse en la bibliografía, sufrir tiempo ventilando los detalles de cada publicación sobre tatuajes y, con sus colaboradores (me consta), que han aportado su experiencia, casuística e iconografía, han conseguido un realismo documental de inesperada fuerza, que no se entrevió al inicio del trabajo. Hoy, a la vista del resultado, se trata de una combinación de fantasía de un arte que muchas veces, por decisión del tatuado, pasa a ser efímero; y de la fuerza y emoción que desprende como arte que, aunque luego no se desee, se lleva para siempre en la piel. Resulta pues, al final, que se trata de una misteriosa belleza, o quizás mejor, de una inocencia o un drama según las circunstancias que solo conoce quien lleva el tatuaje.

Mas no somos como médicos jueces de si el tatuarse está bien o mal. Debemos limitarnos a cumplir nuestra terapia de eliminación. Y aquí es cuando surgen los inconvenientes: problemas de índole tiempo, posibilidades pronósticas del tratamiento, pigmentos fáciles o de in crescendo grado de dificultad, yendo del rojo al verde y al amarillo para conseguir eliminarlos. Los pacientes encuentran caras y tediosas las sesiones de tratamiento; seguramente, la mayor parte de las veces porque ignoran los costos del material necesario, del aparato láser y las técnicas y destreza empleadas que, por parte del terapeuta, han requerido años de experiencia.

Castro ha adaptado la información de su trabajo para construir un edificio en el que los detalles de cada piso muestran la realización de los tatuajes desde sus inicios, pintando la estructura con los métodos varios de realización y llevándolos hasta nuestros días. Nos introduce estas acciones decorativas que se convierten en modas activas, en las que también forman parte las técnicas de eliminación. Técnicas en auge basadas en la observación clínica y el desarrollo de nuevos sistemas láser, que pulsan en fracciones reducidísimas de tiempo importantes energías en pos de conseguir resultados eficaces.

Asimismo, en su extenso escrito, da oportunidad para que el colectivo de cirujanos plásticos compile información de buena fuente, porque aprendiendo se puede ayudar con buena base a aquellos pacientes que buscan un consejo. El médico, aconsejan los autores, debe tomar la iniciativa y elaborar, fundamentándose en una estructura sólida de conocimiento, un consejo para que sea el paciente quien tome la última decisión.

En fin, se trata de un trabajo interesante de lenguaje cercano, vital y ameno, que pasa por la definición psicológica del tatuaje, su historia, y las trabas que la ciencia física encuentra para su eliminación; y aunque no duda en nombrar el láser como tratamiento de primera línea, nos hace saber que aun hay vacíos terapéuticos con algunos colores.

Cada uno es libre, con inteligencia abierta y saludable voluntad, de ocupar como mejor le plazca su espacio corporal; sin embargo, cuando vemos esa solicitud imperativa de deshacerse del diseño de colores que en otros tiempos significó un triunfo, una manifestación de pensamiento libertario o simplemente un acto decorativo, se habría de haber tenido en cuenta un posible deseo futuro de eliminación. Esto puede deducirse cuando se escucha el tono contrito del solicitante, afeando su compostura, pues se ve salir a flote decisiones de pasada inmadurez. No olvidar que lo popular y lo mandatario no son sinónimos; conviene entonces, asumir críticamente la rentabilidad de una decisión impuesta por las modas. Perturbador, pero cierto, la cultura popular no encaja en actos de quita y pon. Una imagen puede ser para siempre y ahí esta el ejemplo de los tatuajes completamente eliminados de los que el paciente sigue viendo su sombra, el negativo de una "foto" que atormenta. Porque el solo hecho de renunciar a seguir llevando un tatuaje puede mostrar resolución, pero también odio contenido, junto al desacuerdo de algo que se hizo y que nunca debió ser.

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