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Index de Enfermería

versión impresa ISSN 1132-1296

Index Enferm v.14 n.48-49 Granada primavera/verano 2005

 

MISCELÁNEA


CARTAS AL DIRECTOR

 

Sobre la frialdad

Llevaba mucho tiempo trabajando en un servicio donde prima la técnica y la rapidez, sólo cuentan las estadísticas, la efectividad. El servicio eran los quirófanos de traumatología de un gran hospital.

A la persona que iba a ser intervenida apenas te daba tiempo a verle la cara y hacerle las preguntas establecidas (alergias, ayunas, etc) o simplemente cómo se encontraba en ese momento. Todos parecemos máquinas. A veces me encontraba, y me encuentro, como un bicho raro ante los comentarios que hacían algunos miembros del equipo cuando en el quirófano yo me presentaba y no me subía la mascarilla hasta que la persona que iba a ser intervenida no me veía la cara y evitarle así unos ojos desconocidos e impersonales. Pero tuve la gran suerte, después de diez años, de regresar durante un curso a una unidad de hospitalización. Volví a sentirme más libre para poder desarrollar mi acción de cuidar, poder establecer otro tipo de relación con los enfermos y familiares. Es bonito poder compartir con ellos esos momentos duros e inciertos, en muchos casos; el estar ahí presentes aunque esta presencia sea invisible.

En esta nueva etapa en mi profesión me encontré con una situación dura para el enfermo, su familia y también para mí, pues me traía recuerdos de una situación familiar muy cercana. Una mañana, en el reparto de habitaciones me asignan la habitación número seis. En esta habitación hay cinco camas ocupadas, en cuatro de ellas las pacientes llevan tiempo y su patología es la de la unidad: tienen una lesión medular. La cama dos está ocupada por una enferma con una insuficiencia respiratoria que no tardan sus médicos en determinar su origen: cáncer de pulmón. Cuando entro en la habitación el aspecto de Inés, éste es su nombre, no es muy bueno, está apática aunque, si la fuerzas un poquito te habla y te cuenta cosas de su tierra y de sus hijos, pero no permanece sentada en el sillón más de cinco minutos.

Al día siguiente se encuentra más decaída todavía, todo le da igual y aparece un deterioro progresivo y rápido. En los dos o tres días que estoy llevando esta habitación tengo la oportunidad de ir conociendo a sus hijos. En una ocasión se me acercó una de sus hijas, quería hablar con alguien y sentirse escuchada; tuve la gran suerte de disponer de un tiempo largo para poder estar con ella (digo esto porque tal y como están las cosas en los hospitales con la reducción del personal es un lujo poder estar hablando con alguien que no es directamente el enfermo). No recuerdo bien la conversación que pudimos tener pero creo que se tranquilizó y al menos pudo sentirse escuchada.

Estuve librando unos días (dos) ya que entraba con turno de noche. A Inés la habían cambiado de habitación a una individual porque se veía un final próximo; también le habían pautado un mórfico por vía subcutánea. Ella no estaba muy consciente pero yo continué hablando, tocándola y tratando que estuviese lo más cómoda posible, en estos cuidados no nos olvidábamos de la familia.

La segunda noche estaba la hija con la que yo estuve hablando aquella mañana, me recibió con una sonrisa y se alegró de verme. También pudimos hablar esa noche en la que el final era inminente.

Intuyendo que el final podía ser esa noche había compañeras que me decían que evitase ponerle el mórfico, tal vez por evitarnos el mal trago de una muerte, tal vez por otras razones; no sé, no pregunté. Yo continué con la pauta pues Inés se mostraba intranquila y algo agitada en algunos momentos y por nuestros miedos a la muerte no tiene por qué sufrir una persona. Inés vio ese amanecer pero en mi siguiente noche la cama estaba ocupada por otra persona.

Me acuerdo mucho de Inés y de su hija, me hubiese gustado poder estar más cerca de ellas, quizás también porque me hicieron ver que el tecnicismo y la frialdad de un quirófano también pueden estar presentes en una habitación donde hay una persona con su familia que sólo quiere sentirse acogida y acompañada.. Y creo que sólo de mí depende el que ponga en esos momentos frialdad o acompañamiento.

María Mirat Serván
Enfermera, Madrid, España
mmirat@telefonica.net

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