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Index de Enfermería

versión impresa ISSN 1132-1296

Index Enferm v.15 n.52-53 Granada primavera/verano 2006

 

CARTAS AL DIRECTOR

 

La edad del taytantos

To taytantos age

 

 

José I. Ricarte Díez

Profesor asociado del Departamento de Enfermería de la Universidad de las Islas Baleares, Eivissa, España

Dirección para correspondencia

 

 

Sr. Director: Un día, cuando era pequeño me preguntaron la edad y yo contesté que 10 pero que me quedaba muy poco para cumplir 11. Mi interrogador me dijo que llegaría un momento en el que lo que desearía sería quitarme uno y no recordar lo poco que me quedaba para el siguiente. No entendí muy bien lo que me quería decir... ahora sí que lo entiendo. Y compruebo en la consulta cuando pregunto por la edad que también hay otra etapa en la que se vuelve a decir con orgullo: aquella que pasa de los 80 por no decir 90. De esos mayores de 90 años tengo pocos y siento hacia ellos una mezcla de respeto, admiración y complicidad. Veo en ellos un gran valor con un delicado envoltorio que debo cuidar aunque la propia naturaleza ya se ha encargado de conservar. Me explicaré por partes.

Vivir 90 presupone toda una vida llena de experiencias y de sabiduría. ¿Podía imaginarme yo que Peter fue piloto de aviación en la segunda guerra mundial o que estuvo detenido en un campo de concentración nazi de donde llegó a escapar para refugiarse en Suiza? Una larga historia digna de ser filmada de la que podemos ser testigos únicos o dejarlo correr en el olvido. Me sorprenden esas experiencias o la suma de conocimientos de mis mayores de 90 años que son ibicencos y que saben hacer desde el queso o la miel hasta el vino payés. Poseen una sabiduría de esa que no aparece en los libros, ni se enseña en las escuelas. Algunas de esas habilidades siguen copando su actividad y no entienden que no deban arar la tierra si sus costillas aun le dejan. Antonio me contaba con orgullo como su entretenimiento era pelar almendras. Y pienso que yo eso no lo he hecho en mi vida. Romper la cáscara sí pero ¿pelarlas desde su envoltura inicial? Hoy día ya las venden en bolsas pero él las recoge del propio árbol y las pela y me las ofrece como un tesoro. Mientras, su familia se preocupa porque a veces le gusta ir un poco más lejos por el campo y quedarse dormido bajo la sombra de un algarrobo o de un olivo. Ellos se preocupan porque no saben donde está. Esa libertad es lo que le da la vida a Antonio y yo no se la quitaré. ¿Sería mejor dejarle encerrado en su casa? Es como cuando José me preguntó, tras unos cuantos codazos disimulados de su hija, si podía beber un vaso de vino en las comidas. Si uno llega a los 90 años creo que tiene ganado de sobra el derecho a beber un vaso de vino con las comidas. Hay otras actitudes y otras edades en las que un estilo de vida erróneo puede provocar unas enfermedades y una dependencia con una consecuente pérdida de calidad de vida que se extiende a los cuidadores. Pero traspasar una frontera, yo personalmente, soy muy permisivo. Aunque esto pueda sonar a aberración científica, a esa edad no me preocupa que quieran tomar un poco de vino o un poco de sobrasada de más. Pero no todos pueden permitirse estas “libertades” ya que no todos llegan tan bien a estas edades. Dentro de sus problemas lo último que desean perder es la lucidez de cabeza. Recuerdo como a Margarita, que ya le quedaba poca y no se valía por si misma ni para comer sola, sin embargo, era capaz de levantarse todos los días y sin que nadie se lo dijera a dar de comer a las gallinas. Lo había hecho durante toda su vida y a pesar de estar perdiendo casi todas las habilidades aún conservaba ésa. Era como el instinto de cuidar a sus animales. Pero más sorprendente fue lo que me contó su marido, de otros “taytantos” años. El se estaba poniendo unas gotas en los ojos con la consabida dificultad que esto tiene. Margarita, que hacía rato que no decía nada desde su sillón, se levantó y sin temblarle el pulso le puso las gotas. Después volvió a su propio mundo del que pocas veces salía. No sé qué mecanismo se activó en la conciencia de esta señora. Algo le dijo que su marido necesitaba ayuda y aunque ella no es capaz ni de llevarse la comida a la boca, por un momento realizó una pequeña proeza.

A pesar de la deseada libertad que se desarrolla en las pequeñas cosas de cada día, en mayor o menor grado, necesitan de una ayuda. No todos ellos disponen de una familia que les cuide o de una compañía. La ola de calor del año pasado en Francia reveló como muchos ancianos habían muerto por no tener a nadie que les diera un vaso de agua. Es una situación demasiado frecuente. Tengo unos cuantos anglosajones y alemanes que un día se enamoraron de Ibiza y desde entonces siguen aquí. Helen, de 93 años, que por cierto me invitó a su cumpleaños, no quiere ir a una residencia donde no va a poder hablar con nadie. Pero tampoco quiere abandonar la isla. Las cuatro paredes que tiene, con sus cuadros, sus cortinas, sus cosas… es su mundo. Lo que ha conocido y vivido en los últimos 20 o 30 años. Sabe que no puede estar sola pero que marcharse será como morir o matar una parte importante de sí misma. Mientras, tampoco creo que existan recursos suficientes para su atención en el domicilio.

Lo más curioso de esta situación y que por más que se repite no la aprendo es el hecho de que llega un día en el que se van. Toda su experiencia y sabiduría de la que hacía referencia al principio desaparece con ellos y perdemos la oportunidad de conocerla. Les llega su hora de una forma inesperada o por una complicación y fallecen. Parece incongruente que afirme que no nos lo esperamos pero así es. A pesar de tener 90 y pico de años no nos lo esperamos. Es como si diésemos por hecho que van a estar eternamente y por eso ni nos planteamos el hecho de despedirnos de nuestros pacientes. Con esto tampoco quiero decir que debamos de una forma dramática adelantar ningún acontecimiento si no que hagamos en cada momento lo que debamos hacer con la conciencia de la finitud. Lo que hoy no hagamos puede que mañana no podamos ya. Es mejor que no nos quede nada pendiente. Los que todavía tenemos padres o los que tienen abuelos deberíamos hacer ya todo lo que después nos arrepentiremos de no haber hecho.

(Aunque conozco a mis pocos “mayores de 90 años” con nombres y apellidos he preferido usar unos ficticios en la redacción de este trabajo para así salvaguardar su intimidad).

 

 

Dirección para correspondencia
jiricarte@hotmail.com