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Index de Enfermería

versión impresa ISSN 1132-1296

Index Enferm v.17 n.3 Granada jul.-sep. 2008

 

MISCELÁNEA

DIARIO DE CAMPO

 

La UCI y el “amor tecnológico”

The Intensive Care Unit and the "technological love"

 

 

María Antonia Gálvez González

Diplomada Universitaria en Enfermería. Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Regional Carlos Haya, Málaga, España. mariagalvez.gonzalez@gmail.com

 

 


RESUMEN

Trabajo en la Unidad de Cuidados Intensivos de un hospital de tercer nivel, y conocí al protagonista de esta historia una noche de guardia. La muerte se había convertido en la apasionada amante de aquel señor que ocupaba la cama 32 de mi módulo de trabajo, pero ni su familia, ni la institución, ni nosotros mismos le permitíamos morir. Tras un mes de ingreso, finalmente la dama de la guadaña hizo su labor, y el cuerpo de aquel anciano abandonaba este mundo bajo nuestra supervisión aunque su alma hacía días que había partido.
En la era de la tecnología hemos aprendido que somos superiores y que existe una solución técnica para cada problema. Ahora tenemos pendiente el duro trabajo de desaprender que no somos dioses y aprender que la tecnología también debería tener sus límites.


ABSTRACT

I work in the Intensive Unit Care of a third level hospital. I met the main character of this story a night I was on guard. The death had become the passionate lover of a man that rested in bed 32 of my working module, but neither his family, nor ourselves didn’t let him die. After a month suffering in hospital, he died and the body of that man left this world under our supervision although his soul had departed a few days ago.
In the technological era we have learnt that we are superior and that it exists a technical solution for every health problem. Now, we have to forget what we have learnt, be able to recognize that we are not gods and understand that the technologies should have their limits.


 

“Hay temas indeseables, pero también hay formas deseables de tratar tales temas”

A. Gala

La enfermería y yo. Llevo trece años trabajando como enfermera y desde el principio me decanté por los Cuidados Intensivos. Me declaro enamorada de este servicio y del trabajo que profesionalmente allí desarrollo.

En muchas ocasiones mis compañeros de carrera han intentado disuadirme para que abandone los cuidados intensivos, mostrándome los beneficios de mi trabajo en otros servicios del área hospitalaria y comunitaria. En más de una ocasión he oído frases como: “no sé cómo te puede gustar ese trabajo”, “pero si todo está lleno de máquinas”, “eso ni es enfermería ni nada”, etc. Es evidente que no estoy de acuerdo con todas estas afirmaciones, si bien es cierto que en las Unidades de Cuidados Intensivos el enfermo está sometido a tratamientos altamente tecnificados y que la sofisticación del aparataje hace que, en ocasiones, se descuiden los aspectos psicológicos del cuidado, también lo es que la tecnología requiere su dosis de humanidad. Hay que ser muy humano para darle sentido a una bomba de analgesia o a un sensor de PIC. Es verdad que nuestros enfermos suelen estar inconscientes, y mantenemos escasos contactos con la familia, pero hay dos horas de encuentro diario con ésta, que cada uno aprovecha como sabe; la intensidad del encuentro también es importante. Hay que preparar estos momentos como si de un enamorado se tratase.

Las continuas adaptaciones que requiere este servicio han hecho que incorpore entre mis habilidades las herramientas emocionales necesarias para llevar con profesionalidad situaciones límite como: la muerte cerebral de un joven de 20 años, los intentos de autolisis de una parte de la población, la cronicidad del enfermo de UCI, y un largo etcétera que no voy a nombrar. Pero hay una nueva situación que me desborda, y es lo que desde el cariño voy a relatar. Se trata de un hecho poco frecuente, pero que ya se ha repetido en mi medio de trabajo en alguna ocasión. Voy a centrar mi discurso en una persona moribunda, a la que no se le permitía morir, y es que el estatuto de moribundo mantiene a menudo a estas personas apartadas del entorno; su condición da miedo, angustia y culpabiliza.

Primer turno. Cierta noche llegué a trabajar y pregunté qué enfermos llevaba (en mi unidad se trabaja con asignación paciente-enfermera por sorteo). Me dijeron que tenía asignados los pacientes que estaban ingresados en las camas 32 y 33. Pregunté qué eran (refiriéndome lógicamente a los diagnósticos y situación hemodinámica de los mismos) y me dijeron:

-El enfermo de la cama 32 es un ingreso por “presión familiar”, y el de la cama 33 es el de siempre.
-¿Cómo que por presión familiar?- pregunté.
-Sí, te explico. Este enfermo lleva en el hospital 5 o 6 meses. Tú lo tienes que conocer, ha estado aquí antes, ya no tiene salida y se está muriendo. Esta tarde ha empezado con disnea y deterioro del estado general. Han llamado a la intensivista para que lo valore, y ésta le ha explicado a la familia que poco podemos hacer y que se descartaba el ingreso en la unidad. Así que la familia ha amenazado con denunciar a los médicos de la planta. Al final, el jefe de la guardia del hospital ha solicitado el ingreso, y ahí está.

La disposición de las camas dentro de nuestra Unidad hace que los enfermos estén enfrentados entre sí. Por ejemplo, el enfermo que ocupa la cama 29 puede ver de frente a los que ocupan las camas 34 y 35, y viceversa. La cama 32 es un box cerrado con grandes ventanales que dan a la calle, y desde la ventana se puede ver una enorme jacaranda que permanece en flor la mayor parte del año. Dadas las características arquitectónicas de la unidad, en otra situación sería casi un lujo ingresar en esta cama, pero en estas circunstancias era la expresión máxima del aislamiento.

Cuando entré en la habitación el panorama era desolador. Un anciano contracturado ocupaba la cama, su grado de deterioro físico y psíquico era extremo. Tenía los ojos abiertos, pero no dirigía la mirada, casi no pestañeaba. Una profunda expresión de miedo y dolor invadía su rostro y monopolizaba toda su energía y conciencia. Intenté dirigirme al enfermo por su nombre, Carlos, que así se llamaba, para preguntarle si tenía frío, si estaba cómodo, si necesitaba algo. Imposible, no obtuve respuesta de ningún tipo. El enfermo estaba traqueostomizado y presentaba una respiración agónica. Estaba lleno de livideces, desaturado, hipotérmico e hipotenso. Sus pies y manos, tremendamente hinchados, rezumaban líquido seroso, presentaba grandes edemas en zonas declives, y estaba completamente ulcerado. Sin duda se trataba de un “enfermo de muerte.”

Llamé al médico de guardia para saber qué actitud tomar. La contestación fue tajante: “este enfermo ha ingresado por presión familiar, así que no te agobies, mujer”.

Pero yo no estaba agobiada, estaba impresionada. Si yo no había entendido mal, aquel enfermo estaba en una habitación de UCI, aislado del mundo, porque producía dolor mirarlo. Nosotros lo único que teníamos que hacer era ocupar el puesto de la familia, pero ¿dónde estaba la familia? Si vamos a construir un espacio para medicalizar la muerte con nuestras mejores tecnologías, tendremos que crear otro espacio para que la familia acompañe esa medicalización. Ahora que por fin la bioética ha creado algunas herramientas para ayudar a diferenciar entre el enfermo terminal y crítico, ahora que los médicos han incorporado a sus prácticas algunas de estas herramientas, ahora tenemos a una familia que ama tanto a su familiar que no le deja morir en paz. Aquella noche el tema de este ingreso protagonizó la tertulia del café.

Me fui a las 8 de la mañana pensando que el enfermo agonizaría a lo largo de esa mañana. No había sustrato anatómico con el que trabajar, y los médicos a pesar de haberlo ingresado no parecían dispuestos a alargar sus prácticas. Eso me serenó a la vez que me produjo una gran revolución personal. La proximidad de esta muerte suscitó en mí el miedo a perderme en la agonía de aquel enfermo, a ser inundada por su sufrimiento y su angustia. Aquel día supe más que ningún otro que acompañar y cuidar enfermos terminales es una tarea dura, y a veces muy dura, porque nos coloca frente a nuestra propia muerte.

Segundo turno. Pero no fue así, a la guardia siguiente el enfermo estaba conectado a ventilación mecánica, con apoyo de drogas vasoactivas, medidas de aislamiento de contacto y control hemodinámico exhaustivo. No me lo podía creer. No quise ni entrar, me asomé desde la puerta del box para verlo. Estaba sedado y relajado, la expresión de dolor había desaparecido de su rostro, eso me apaciguó.

Era como si la vida le estuviese obligando a echar “horas extras”. Aquellas horas vividas de más, a contranatura, eran como una pesada tarea que suponen el más exhaustivo de los ejercicios físicos y no le dejaban lugar ni tiempo para sentimiento humano alguno.

La presencia de aquel enfermo me hizo recordar las pérdidas que había sufrido a lo largo de mi vida, y las pérdidas que todavía tenía que sufrir. Este pensamiento me aportó miedo, estrés y ansiedad. Respondí con un distanciamiento físico y psíquico; no pensar y no mirar para no padecer. Aquella noche puse en práctica lo que tantas veces me había permitido cuestionar de mis compañeros. Ni tan siquiera entré una vez a verlo, ni tan siquiera le dediqué un pensamiento a aquel enfermo.

Tercer y último turno. Estuve varias guardias sin ir a trabajar. Aproximadamente un mes después de la fecha de ingreso de este enfermo, inicié mi semana de mañanas. Cuando cogí el relevo, me dijo la compañera:

-El del 32 es el de siempre, igual.

A lo que yo contesté:
-¿Quién es el de siempre?
-Sí mujer, el de la presión familiar.

Aquel enfermo seguía allí, no podía salir de mi asombro. El enfermo despojado de sus apoyos, redes sociales y familiares, por último no tenía ni nombre, ni tan siquiera diagnóstico, era “el de la presión familiar".

Hicimos reparto y el azar puso en mi mano el trozo de papel que me asignaba de nuevo la cama 32, la cama de Carlos. Mis compañeros me advirtieron que tuviese cuidado con la familia, pues no aceptaban la situación y estaban muy expectantes. Cuando me acerqué al box, el panorama revestía las cualidades de lo siniestro y lo doloroso. Desconectado del respirador, sin sedación y con escasa analgesia, el enfermo tenía en aquel momento casi las mismas características que la primera vez que lo asistí, era como si estuviese atrapado en el tiempo.

Su gesto de dolor, su mirada perdida, su cuerpo contracturado construían un paisaje abrumador, molesto y doloroso a los ojos de los que lo miraban. Y por si esto fuera poco, nuestra actitud hacía que pareciese que el enfermo tenía la culpa de vivir las horas extras que la familia, la institución, la sociedad y hasta nosotros mismos le habíamos impuesto. Carlos estaba allí, ante nuestros ojos, vivo, pero ya muerto; aún respirando, pero ya nunca más despierto, para compartir nada con cada uno de nosotros.

Pasé más de dos horas aseándolo. Grandes úlceras por presión adornaban sus talones, sus caderas, sus codos y sus escápulas. Cuando por fin conseguí terminar de curarlo, acomodé al enfermo lo mejor que pude y leí en el tratamiento: “sentar en sillón durante el día”. El enfermo estaba desaturado y con mal aspecto. No me parecía adecuado sentarlo en el sillón, así que lo dejé acostado.

A media mañana pasaron los celadores por el box para sentarlo, y les dije que no se iba a sentar. Mis compañeros me comentaron que todos los días tenía el mismo mal aspecto y se levantaba, y que la familia se enfadaba mucho cuando no lo veían sentado a la hora de la visita. Así que lo pasamos al sillón sin ningún tipo de criterio.

La familia. Por fin llegó la hora de la visita y aparecieron un hombre joven de 30-35 años y una mujer de unos 70. Eran el hijo y la esposa de Carlos. Me dirigí a ellos, me presenté y les pregunté si querían algo. El hijo, perplejo, casi no hablaba y la señora estaba verborreica. Automáticamente se fijó en un pequeño hematoma que había aparecido en el cuello de Carlos, para comentarme que estaba aumentado de tamaño con respecto al día anterior. Su marido estaba casi cianótico, con una respiración que nada se parecía a una respiración normal, y lo único que ella fue capaz de ver era aquel hematoma bajo la cinta que fijaba la cánula de traqueostomía. No sé por qué pero me sentí mal. Después de una pequeña conversación con ellos comprendí lo que ocurría, la situación que ellos vivían y la de Carlos eran dos realidades diferentes en un mismo espacio. Me recordaba a una de esas películas de Woody Allen, en las que se mezcla la realidad con la ficción y la tristeza con la alegría hasta un punto casi patológico.

Este mundo está lleno de paradojas, y una de las más grandes diría yo que es la existencia de un nuevo tipo de amor: el “amor tecnológico”, que ingresa a tu más claro referente existencial en una Unidad de Cuidados Intensivos, para que sean otras personas quienes lo cuiden y sufran su deterioro: la pérdida de su independencia, la degradación de su cuerpo y hasta de su propio espíritu.

Me imaginé que aquel señor era mi padre, mi madre o alguien a quien yo quisiera mucho, y yo aquella familia. Nadie absolutamente se dirigía al enfermo, nadie le pidió permiso para ingresarlo en un UCI, para cuidarlo “tanto”. Y mi pregunta es, si Carlos hubiese podido elegir ¿nos habría elegido a nosotros? Carlos moría tres días después, sin saber que se moría, su familia dormía en su casa y él abandonaba este mundo bajo la supervisión de un equipo médico que por fin había decidido parar sus prácticas.

La explicación. Este espectáculo probablemente sea el reflejo de lo que la tecnología ha hecho de esta sociedad a la que pertenecemos. Hemos aprendido que somos superiores y que existe una solución técnica para cada problema. Y ahora tenemos pendiente el duro trabajo de desaprender que no somos dioses y aprender que la tecnología también debería tener limitaciones.

Según la situación planteada en este relato ¿quién es el autor de los errores cometidos? ¿La familia, la institución, la sociedad? No se sabe, todos y ninguno. Una sociedad como la nuestra poco quiere saber sobre la muerte. El predominio del consumo y de la productividad, el ideal de ser joven y mantenerse activo, son parámetros que dominan nuestra cultura actual, y frente a los cuales hay que ocultar la muerte como si de algo trágico se tratase.

Tal vez sea necesario comenzar por aceptar nuestros propios límites y admitir que los seres que nosotros cuidamos son mortales. Llega un momento en el que nosotros no podemos impedirles morir, ni siquiera podemos impedirles sufrir por tener que abandonar una vida que aman así como a sus seres queridos.

No podemos impedir el sufrimiento que forma parte del camino de la vida de cada uno, pero deberíamos intentar que éste no se viva en el abandono y en la soledad, sino en el encuentro. Si compartir las emociones disminuye los miedos, ¿por qué no dejamos que nuestros moribundos se expresen emocionalmente?

¿La solución? ¿Qué hacer ante un enfermo moribundo? Valdría la pena detenernos ante la respuesta que muestra con más dureza y crueldad la realidad de la muerte: “no hay nada que hacer”. No hay nada que hacer “técnicamente”, pero queda mucho por hacer. Es en este punto cuando empieza el otro trabajo, el trabajo de acompañar. El mundo interno de esa persona hecho de sentimientos y sensaciones, continúa creciendo, enriqueciéndose y haciéndose cada vez más viviente, mientras que el mundo de la efectividad se arruina y empobrece.

Manifestar claramente nuestra presencia abierta y calmada, nuestra disponibilidad, nuestra atención, sin buscar que los pacientes salgan del camino sin vuelta atrás que han iniciado, sino más bien lo contrario, acompañarlos en esta despedida con ternura y respeto podría ser la solución para este problema.

La posibilidad para una persona en el umbral de la muerte de sentir que no se reduce a un futuro cadáver depende de la calidad de la presencia de las personas que lo acompañen, de sus contactos, de su aceptación, de sus cuidados físicos y, sobre todo, de sus cuidados emocionales.

Invito a todos mis compañeros, profesionales de la salud, a usar el tacto con el enfermo moribundo, a no tener miedo a tocar. Este es el sentido que goza de la mayor reciprocidad, no se puede tocar a otro sin ser tocado uno mismo. Y esto lo convierte en una poderosa y enriquecedora herramienta de trabajo. Cuando no se puede hacer más, cuando ya no hay nada más que hacer, empieza este trabajo de comprender y saber estar con nuestra presencia.

Y dejo una pregunta en el aire para reflexión personal: ¿cómo permanecer al lado del moribundo, sensible al sufrimiento del otro, sin perderse en ese sufrimiento? Dicen los manuales que esto se consigue con la justa distancia, pero ¿cómo se establecen los límites de la justa distancia?

Este relato, escrito desde mi alma, se lo dedico a todos aquellos enfermos que he visto morir y a todas las personas que de una u otra forma me han hecho reflexionar sobre el acto de dejar este mundo.