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Index de Enfermería

versión impresa ISSN 1132-1296

Index Enferm vol.18 no.2  abr./jun. 2009

 

MISCELÁNEA

DIARIO DE CAMPO

 

 

Un lavado en cama, mi despertar a los cuidados

Bed bathing, a beginning in nursing care

 

 

Magdalena Sánchez Martínez

Enfermera, Unidad de Agudos de Psiquiatría, Complejo Asistencial, Ávila, España. mae1958@teleline.es

 

 

"Con ese lavado descubrí el significado del cuidado enfermero. Una enfermera y una auxiliar realizaron una tarea muy simple en su ejecución (es una de las técnicas que nos enseñan en primero de carrera), que no estaba programada para su turno y que yo ni siquiera sabía que necesitaba. Una práctica tan elemental, un bienestar tan profundo"

Los cambios ocurridos en la Enfermería en España en las últimas décadas han sido tan graduales que los que los hemos vivido no hemos sido apenas conscientes de ellos y, sólo una mirada hacia atrás, comparando el pasado con la actualidad hace que nos demos cuenta de todo lo que ha acontecido en nuestra profesión y nos hace mirar con ilusión el futuro (y lo que ese futuro traerá a nuestra profesión).

Yo siempre digo que convalidé mi título de enfermera en el año 1982 pero que mi "ser profesional" se sigue convalidando. Sin embargo, aún hoy, sigo relacionando el inicio de mi "cambio mental" con un hecho determinado, ocurrido el 1 de mayo de 1985, exactamente la fecha de nacimiento de mi hijo mayor.

"Me dieron un buen baño en la cama, me frotaron la espalda con crema, me cambiaron las sábanas y me pusieron colonia y, lo curioso es que, con ese baño, se llevaron no sólo el sudor y la suciedad sino que también arrastraron la rabia y la frustración que no me habían dejado dormir durante la noche"

 

Cuando estaba embarazada de siete meses mi hijo tuvo un "parón" en su crecimiento intrauterino, así que tuve que ir a controles al hospital tres veces por semana para seguir su estado. El 30 de abril me presenté en la sala de Partos con mi orina de 24 horas y algo de dinámica y, estando allí, al hacerme una amnioscopia se rompió la bolsa, ¡ni pensar en irme a casa! Pasé todo el día en la sala de partos, a ratos me hacían controles, a ratos paseaba con los míos. Tenía contracciones que calificaban de buenas pero eran irregulares. A las 12 de la noche la matrona dijo que me iba a hacer el último control y que ya me dejaban para que durmiera un rato, estaba claro que el niño nacería ese día pero faltaba mucho. Mi familia se fue a casa y yo leía uno de mis libros preferidos mientras oía el latido de mi hijo (me había preparado para el parto, quería sentir como nacía, ver su cara y poner su cuerpo sobre el mío). Tuve una buena contracción y, repentinamente, mi hijo comenzó con una bradicardia intensa de la que no se recuperó una vez terminada la contracción, yo creo que de lo asustada que estaba tuve otra contracción fuerte y la bradicardia aumentó, sonaron todas las alarmas (en mi cabeza sonaban otras alarmas peores, al fin y al cabo, por aquel entonces, yo trabajaba en Neonatología), la decisión fue automática ¡cesárea urgente!, sólo recuerdo el mantra con el que me dormí [que lo saquen ya].

Desperté en mi habitación, mi marido estaba eufórico, todos me rodeaban y me decían lo bien que estaba el niño, lo guapo que era. Y mientras, yo me sentía sucia y dolorida, pero sobre todo estaba frustrada por no haber podido parirle, y rabiosa porque todo el mundo conocía a mi hijo, sabían cómo era su cara y yo tendría que esperar un día para verle. Pasé esa noche en un estado de duerme-vela, cada vez que me despertaba sentía la rabia bullir en mi interior.

A las siete de la mañana, entraron en la habitación la auxiliar y la enfermera con todo el equipo para bañarme, me dijeron que como por la mañana iban más justas de tiempo habían pensado bañarme ellas para hacerlo más a conciencia. Y así fue, me dieron un buen baño en la cama, me frotaron la espalda con crema, me cambiaron las sábanas y me pusieron colonia y, lo curioso es que, con ese baño, se llevaron no sólo el sudor y la suciedad sino que también arrastraron la rabia y la frustración que no me habían dejado dormir durante la noche. Caí en un sueño profundo y no desperté hasta el final de la mañana cuando entró el médico a visitarme.

Con ese lavado descubrí el significado del cuidado enfermero. Una enfermera y una auxiliar realizaron una tarea muy simple en su ejecución (es una de las técnicas que nos enseñan en primero de carrera), que no estaba programada para su turno y que yo ni siquiera sabía que necesitaba. Una práctica tan elemental, un bienestar tan profundo.

En la actualidad, la práctica asistencial en nuestros hospitales se ve complicada por varias razones: el uso de las nuevas tecnologías, técnicas cada vez más complejas, plantillas insuficientes. Todo ello ha ocasionado que la enfermera delegue cuidados considerados menores. Ya no lavamos en la cama a pacientes que no sean "grandes encamados"; las bandejas con las comidas las sacan de las habitaciones los acompañantes, no sabemos cuánto han comido nuestros pacientes. Es triste, pero son las auxiliares y los celadores de planta los más conocidos por su nombre porque son ellos los que más tiempo pasan con los enfermos.

Cuando recibo a las alumnas de enfermería para hacer sus prácticas (alumnas de segundo curso) y las veo tan ávidas por aprender las técnicas que acompañan nuestra profesión les comento muchas veces ese lavado en cama y lo importante que fue para mí como paciente y como enfermera. Intento que, sin minimizar la importancia de las técnicas, aprendan que lo realmente importante es estar con el paciente, escuchar lo que dice y lo que no dice, para darle los cuidados que necesita en cada momento de su estancia hospitalaria.

No voy a caer en algo tan absurdo como afirmar que "cualquier tiempo pasado fue mejor", porque no es cierto, pero desde la perspectiva que me dan mis 30 años de trabajo sí creo que antes la enfermera estaba más "a pie de cama". Ahora tenemos un aparataje en las unidades que nos facilita, y mucho, el trabajo, pero estamos menos con el paciente, no tiene sentido. Creo firmemente que debemos recuperar algo de los tiempos pasados, la convicción de que no existen cuidados menores en nuestra profesión y que lavar en la cama a un paciente, al tiempo que hablas con él, es tan importante como curar ese catéter tan sofisticado que tiene implantado (por ejemplo).

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