El 29 de octubre de 2024, una depresión aislada en niveles altos (DANA) sumergió a más de un centenar de municipios de la Comunidad Valenciana en el caos más absoluto. Según los datos oficiales, fueron confirmadas 224 muertes debidas a la DANA y tres desapariciones. Miles de personas damnificadas, miles de coches destrozados y miles de negocios perdidos, pero, sobre todo, miles de personas que cambiarán su forma de mirar el mundo.
Cerca de treinta mil militares han participado en las tareas de limpieza, rescate, reconstrucción y apoyo a la población. Miles de hombres y mujeres, con uniformes de diferentes colores y un solo objetivo, contribuir a la recuperación de las zonas de la emergencia. Trabajar con poblaciones afectadas por los desastres, con personas que sufren y que han tenido tantas pérdidas, requiere una fortaleza emocional importante, parte de la cual se adquiere con la experiencia y con los programas de preparación psicológica puestos en marcha por la psicología militar en las diferentes unidades de las Fuerzas Armadas1.
Es conocido el hecho de que las inundaciones pueden afectar a la salud física y mental. Se pueden producir ahogamientos, lesiones e hipotermia, pero también aumentan las enfermedades infecciosas, de origen vírico o bacteriano. Además, diferentes fuentes recogen el riesgo de ataques cardiacos, problemas respiratorios y afecciones en los embarazos2,3. De manera indirecta, en esta, como en otras catástrofes, se ven afectados los servicios sanitarios y sociales, lo que dificulta que la población usuaria de los mismos pueda acceder a sus tratamientos o a los recursos complementarios4. La falta de empleo, de centros escolares o el aumento de la violencia doméstica, ocasionados por las inundaciones, influye también en la salud de las personas.
Es extensa la bibliografía sobre el impacto de los desastres en la salud mental. En el caso de las catástrofes naturales el rango presentado en diferentes revisiones es amplio, situándose entre el 5 % y el 60 %, en función, por ejemplo, de las características y ubicaciones de los desastres, pero también de circunstancias relacionadas con el mismo (daños directos, pérdidas de familiares, violencia, entre otros)5.
Abass et al.6 presentan un modelo en el que la percepción de riesgo de sufrir inundaciones, media el impacto de estresores asociados a la misma sobre la salud mental. Este es quizá un aspecto destacable con relación a las inundaciones acaecidas en Valencia, donde la población no se percibía vulnerable. Pero las vivencias traumáticas alteran esas creencias de control, desarrollándose una visión negativa de sí mismo, del mundo y de los otros, algo que ya pudo observarse, por ejemplo, tras el terremoto de Lorca7 y que está muy relacionado con la salud mental y el bienestar emocional.
La revisión sistemática de Fernández et al.8 muestra un aumento de la prevalencia del estrés postraumático, la ansiedad, la depresión, el abuso de sustancias y el suicidio, así como un descenso del bienestar psicológico en la población afectada por inundaciones. Los factores personales, el estado de salud mental anterior al desastre, las estrategias de afrontamiento o los recursos sociales disponibles pueden estar detrás de esas cifras.
Según datos publicados por Médicos del Mundo, el 46 % de los pacientes que atendieron durante la DANA, referían haberse quedado atrapados y el 11 % habían sufrido la pérdida de algún familiar. Las manifestaciones clínicas detectadas con mayor frecuencia eran la ansiedad, la tristeza y las alteraciones del sueño. El 18 % de los casos requirió derivación a los servicios de salud mental9.
Existen diferentes niveles de intervención en función de la fase de la emergencia y la población receptora. Durante la emergencia, los primeros auxilios psicológicos, el screening psicológico, la psicoeducación a través de los medios y las redes sociales, el apoyo social, o la farmacología, gozan cada vez de más evidencia como prevención selectiva. Mientras la psicoterapia y la psicofarmacología funcionan en fases posteriores como prevención indicada10,11.
Diferentes programas de financiación pública y privada han sido puestos en marcha en apoyo a la salud mental de la población afectada. Algunos tratamientos con evidencia empírica para el estrés postraumático serían la exposición prolongada, la terapia de procesamiento cognitivo, EMDR, búsqueda de seguridad, terapia centrada en el presente, o el entrenamiento en inoculación de estrés12.
Ahora es momento también de reajuste para los miles de intervinientes que han participado en la operación Inundaciones Valencia 2024, momento de introspección, de recuperación y de crecimiento.













