Introducción
La violencia contra niños, niñas y adolescentes continúa representando un grave problema social y de salud pública en España por su amplia extensión y consecuencias (Hillis et al., 2017), pese a la creciente atención que ha recibido en los últimos años por parte de la comunidad académica y profesional (Shawar y Shiffman, 2021). Esta preocupación ha sido reconocida internacionalmente, como lo demuestra su inclusión en el Objetivo de Desarrollo Sostenible número 16 de Naciones Unidas (2019), que subraya la necesidad urgente de prevenir y atender la violencia contra la infancia como vía para promover sociedades pacíficas e inclusivas, garantizar el acceso a la justicia y fortalecer instituciones eficaces, responsables y transparentes a todos los niveles. Asimismo, el ámbito político y legislativo ha comenzado a asumir un papel más activo, reflejado en la aprobación de normativas como la Ley Orgánica 8/2021, de 4 de junio, de protección integral a la infancia y la adolescencia frente a la violencia, y en la reciente creación, en 2023, del Ministerio de Juventud e Infancia, al que se le atribuye la propuesta y ejecución de las políticas gubernamentales en materia de juventud y protección de menores.
La perspectiva de la victimología del desarrollo ofrece un marco de análisis que sitúa la causa de esta violencia en la desigualdad existente entre adultos y menores -una desigualdad emocional, física y de dependencia- que, a su vez, genera una marcada asimetría de poder (Finkelhor, 2007). Comprender esta particularidad resulta fundamental para abordar la problemática de forma eficaz e inclusiva, asegurando que se tenga en cuenta a todas las víctimas.
En España, la victimología del desarrollo ha sido incorporada en el ámbito académico e investigador; sin embargo, sigue siendo poco conocida o escasamente aplicada en muchos entornos profesionales. Estos tienden a presentar un nivel de conocimiento relativamente bajo (Greco et al., 2020), y a basar su intervención en teorías elaboradas para explicar la violencia entre adultos, como la violencia contra la mujer, que, aunque comparte ciertos elementos con la violencia ejercida contra la infancia y la adolescencia (Guedes et al., 2016), no permite explicar de forma completa y adecuada sus dinámicas y particularidades. Si bien la incorporación de una perspectiva interseccional en el trabajo con víctimas resulta indiscutiblemente necesaria -considerando variables como el género o la etnia-, la teoría que debe sustentar la comprensión y explicación de la violencia ejercida contra niños, niñas y adolescentes es, necesariamente, la victimología del desarrollo. En consecuencia, los instrumentos utilizados para su evaluación deben construirse desde este marco teórico.
Evaluación de la Violencia Contra la Infancia y la Adolescencia
La elevada prevalencia de la violencia durante la infancia y la adolescencia (Moody et al., 2018), así como el daño psicológico resultante en sus víctimas (Hillis et al., 2017), requieren de una atención prioritaria por parte de profesionales capacitados en detección temprana y evaluación especializada. Para ello, resulta imprescindible contar con instrumentos específicos que presenten adecuadas propiedades psicométricas y que respondan a las particularidades de este ámbito de trabajo. Una evaluación temprana, precisa y ajustada a las características de la violencia infantil y adolescente no solo incrementa las posibilidades de interrumpir el maltrato y prevenir nuevas situaciones de abuso, sino que también permite identificar las consecuencias psicológicas derivadas y orientar la intervención de manera eficaz, contribuyendo a la mejora del bienestar de los niños, las niñas y los adolescentes afectados.
No obstante, los profesionales desconocen, en muchos casos, la existencia de herramientas de evaluación estandarizadas y validadas para la detección temprana de estos casos. Muchos de los instrumentos empleados -como listados de factores de riesgo- carecen de estandarización, los instrumentos específicos disponibles no han sido validados adecuadamente y, en aquellos casos en los que existen normas sobre su uso, no se dispone de un cuerpo de estudios de validez suficientemente desarrollado (Meinck et al., 2023). Ante esta problemática, muchos estudios optan por desarrollar instrumentos ad hoc o emplear cuestionarios centrados únicamente en una forma de violencia, lo que limita la posibilidad de comparar resultados entre investigaciones y dificulta la consolidación de un cuerpo de conocimiento científico sólido y acumulativo.
La mayoría de investigaciones sobre victimización infantil y adolescente se han basado en relatos retrospectivos de personas adultas, lo que dificulta contar con información actualizada y contextualizada (Pereda, 2016). Este enfoque presenta limitaciones, ya que los adultos pueden haber olvidado o reinterpretado sus experiencias, y las características de la violencia pueden haber cambiado en generaciones recientes. Además, recurrir a progenitores o cuidadores como informantes tampoco resulta adecuado, dada la existencia de discrepancias con los relatos de los propios menores (Carroll-Lind et al., 2006) y el hecho de que, en muchos casos, estos adultos son los responsables de la violencia (Devries et al., 2018).
La victimología del desarrollo subraya la importancia de preguntar directamente a niños, niñas y adolescentes sobre sus experiencias de victimización, en línea con el derecho a ser escuchados recogido en la Convención sobre los Derechos del Niño (UNICEF, 1989). La evidencia indica que participar en estas investigaciones no les genera daño emocional significativo y, por el contrario, valoran positivamente poder expresarse (Mathews et al., 2022). Excluirles limita la obtención de datos actualizados y rigurosos, necesarios para diseñar intervenciones eficaces (Becker-Blease y Freyd, 2006).
Para comprender adecuadamente la realidad de la victimización infantil, es imprescindible que los investigadores obtengan perfiles completos de victimización, dado que muchos niños no experimentan una única forma de violencia, sino múltiples formas simultáneamente. En este sentido, la polivictimización ha sido un aspecto poco considerado en la evaluación de la victimización infantil. Solo en los últimos años la investigación ha comenzado a explorar la interrelación entre los distintos tipos de victimización (Pereda, 2019a). El estudio de la coexistencia de diversas formas de victimización, fundamentado en la idea de que estas no ocurren de manera aislada, sino interconectada, ofrece un enfoque más ajustado a la complejidad de la realidad victimológica (Hamby y Grych, 2013).
En este sentido, la victimología del desarrollo promueve el abordaje de la violencia contra niños, niñas y adolescentes desde una perspectiva comprehensiva e integradora, que contempla las múltiples formas de victimización a las que pueden estar expuestos a lo largo de su desarrollo. Con este propósito se diseñó el Cuestionario de Victimización Juvenil (Juvenile Victimization Questionnaire en su idioma original, JVQ; Finkelhor et al., 2005), un instrumento que contempla no solo la violencia ejercida por padres, madres o cuidadores principales, sino también otras formas de victimización a las que pueden estar expuestos niños, niñas y adolescentes, organizadas en seis módulos temáticos (véase Figura 1). La estructura modular del instrumento confiere una notable versatilidad, facilitando su adaptación a los objetivos y características específicas de diversos estudios sin comprometer la solidez psicométrica de sus resultados. En consecuencia, el JVQ se ha consolidado como uno de los instrumentos más robustos y representativos para la evaluación de las experiencias de victimización en población menor de 18 años (Meinck et al., 2023).
En resumen, es necesario disponer de herramientas adecuadas para evaluar las múltiples experiencias de victimización en la infancia desde la perspectiva de los propios niños, niñas y adolescentes, abordando la diversidad de formas de victimización y evitando la fragmentación de los datos (Hamby y Finkelhor, 2000). Sólo a través de este tipo de herramientas se podrán obtener datos de prevalencia válidos y fiables, que además puedan compararse e interpretarse a la luz de otros estudios realizados con el mismo instrumento en otros contextos.
Objetivo del Estudio
El objetivo de este trabajo de revisión es ofrecer una descripción actualizada de la victimización infantojuvenil en España desde el enfoque de la victimología del desarrollo. Para ello, en primer lugar, se presentan las distintas versiones del instrumento JVQ y se analizan sus principales características metodológicas. A continuación, se sintetizan los hallazgos de los estudios realizados en España que han aplicado dicho instrumento en muestras de población menor de edad. Con ello, se pretende proporcionar a profesionales, investigadores y responsables de políticas públicas una visión rigurosa y accesible tanto de los datos disponibles como de las oportunidades y limitaciones que presentan las herramientas existentes para la detección y análisis de la victimización infantil y adolescente.
Método
Se realizó una revisión narrativa (Greenhalgh et al., 2018), dada la especificidad del tema y la limitada disponibilidad de publicaciones que aplicaran el JVQ en población menor de edad en España. Este tipo de revisión permite integrar y contextualizar los hallazgos existentes desde una perspectiva teórica concreta -en este caso, la victimología del desarrollo- y resulta especialmente útil en campos emergentes donde aún no existe una masa crítica de estudios que permita realizar revisiones sistemáticas o metaanálisis rigurosos.
La búsqueda bibliográfica se llevó a cabo en la base de datos Google Scholar, utilizando los siguientes términos clave en inglés y español: developmental victimology, victimología del desarrollo, JVQ, juvenile victimization questionnaire, cuestionario de victimización juvenil, Spain, España. También se realizó una búsqueda manual en las referencias de los estudios identificados, con el fin de detectar trabajos adicionales no indexados adecuadamente.
Se establecieron criterios de inclusión claros y específicos: (1) estudios publicados en revistas científicas en inglés o español; (2) realizados con población menor de 18 años residente en España; y (3) que aplicaran el JVQ, en cualquiera de sus versiones, como instrumento principal para evaluar experiencias de victimización. Se excluyeron todos los estudios que: (a) utilizaran muestras exclusivamente adultas, (b) aplicaran otros instrumentos no basados en la victimología del desarrollo o que no fueran adaptaciones del JVQ, o (c) no proporcionaran datos de prevalencia.
Se identificaron inicialmente 49 documentos, de los que se rechazaron 34 por no cumplir con los criterios mencionados, principalmente por tratarse de estudios con población adulta o referirse a otros países hispanoparlantes (Chile, México). En los casos en que un mismo grupo de investigación hubiera publicado varios artículos basados en la misma muestra, se seleccionó únicamente la publicación que presentaba de manera más exhaustiva los datos de prevalencia. El número final de estudios incluidos fue 15.
Este proceso se llevó a cabo de forma manual por el equipo de investigación, garantizando la pertinencia y coherencia temática de los estudios analizados. Si bien la metodología narrativa tiene limitaciones en cuanto a la replicabilidad del proceso de búsqueda, se optó por este enfoque por su idoneidad para sintetizar críticamente un cuerpo de literatura aún incipiente en el contexto español, donde las investigaciones que aplican el JVQ a muestras infantiles y adolescentes siguen siendo escasas y dispersas.
Resultados
Adaptaciones y uso del JVQ en España
El JVQ (Finkelhor et al., 2005) ha sido validado como medida de autoinforme para adolescentes de 12 a 17 años de la población general (Pereda et al., 2018), presentando unas excelentes propiedades psicométricas. El instrumento proporciona una evaluación integral, tanto en el último año como en el transcurso de la vida, de seis áreas generales de victimización infantil y adolescente, como son delitos comunes (9 ítems), victimización por figuras cuidadoras (4 ítems), victimización por iguales y hermanos (6 ítems), victimización sexual (6 ítems), exposición/victimización indirecta (9 ítems) y victimización electrónica (2 ítems). La versión validada incluye así 36 formas de victimización y algunas preguntas de seguimiento sobre la frecuencia del evento, el victimario y la edad de inicio del maltrato, entre otros. También se han presentado las propiedades psicométricas de una versión anterior del JVQ, de 34 ítems, que excluye el módulo de victimización electrónica con resultados similares (Kirchner et al., 2013).
Versiones más recientes del instrumento han ampliado la evaluación a un mayor número de experiencias de victimización electrónica, por pares y sexual, reduciendo algunas formas de delitos comunes y la exposición a violencia comunitaria, dado su escasa incidencia en el contexto nacional (Pereda et al., 2024). El JVQ se encuentra también disponible en español en formato de entrevista estructurada (Segura et al., 2015), así como en una versión retrospectiva para adultos (Pereda y Gallardo-Pujol, 2014), y para padres o cuidadores de la víctima (Aguado-Gracia et al., 2021).
El JVQ dispone incluso de una única pregunta de cribado (Hamby et al., 2011) traducida al español, que puede utilizarse de forma rutinaria en contextos como la atención sanitaria o educativa. Esta pregunta, centrada en si el menor ha sufrido daño o se ha sentido asustado o inseguro en distintos entornos durante un periodo de tiempo determinado, permite detectar posibles casos de victimización de forma rápida y, en caso necesario, aplicar versiones más extensas del cuestionario. Aunque la versión en español de esta pregunta de cribado, traducida con permiso de los autores originales, no ha sido publicada formalmente, está disponible bajo solicitud a través del Grupo de Investigación en Victimización Infantil y Adolescente (GReVIA) de la Universidad de Barcelona.
Recientemente se ha publicado una versión del JVQ en formato de autoinforme dirigida a niños, niñas y adolescentes de 8 a 12 años (Montiel et al., 2025). Esta adaptación parte de la versión en español para adolescentes (Pereda et al., 2018) y se ha elaborado siguiendo recomendaciones metodológicas específicas para su uso con población infantil (Bell, 2007), garantizando su adecuación a las capacidades cognitivas y comunicativas de este grupo de edad. Entre estas directrices destacan la simplicidad del lenguaje, el uso de cinco opciones de respuesta -consideradas el punto óptimo según estudios previos- y la inclusión de una opción de audio para escuchar los enunciados de los ítems, con el fin de reducir la carga cognitiva en niños y niñas con niveles de lectura aún heterogéneos. La versión adaptada está compuesta por 15 ítems distribuidos en cinco módulos, que permiten explorar la victimización ejercida por figuras cuidadoras (3 ítems), la victimización por iguales (2 ítems), la victimización sexual (2 ítems), la exposición/ victimización indirecta (5 ítems) y la victimización electrónica (3 ítems). Esta herramienta facilita la recopilación de datos epidemiológicos sobre experiencias de violencia a partir de los 8 años, mediante una medida comprensible y adaptada a su percepción, con adecuados indicadores de fiabilidad, validez de contenido y validez de constructo, y diseñada específicamente para recoger su comprensión única sobre la victimización infantil. La Tabla 1 muestra un resumen de las principales versiones del JVQ traducidas y validadas en España.
Tabla 1 Versiones del JVQ Traducidas y Validadas en España
| Versión | Número de ítems | Validación/Traducción | Muestra | Cita |
|---|---|---|---|---|
| Autoinforme niños, niñas y adolescentes | 15 ítems | Traducción y validación al español | Niños de 8 a 12 años | Montiel et al. (2025) |
| Autoinforme adolescentes | 36 ítems | Traducción y validación al español | Jóvenes de 12 a 17 años | Pereda et al. (2018) |
| Autoinforme adolescentes | 34 ítems | Traducción y validación al español | Jóvenes de 13 a 18 años | Kirchner et al. (2013) |
| Autoinforme adolescentes | 31 ítems | Traducción al español | Jóvenes de 14 a 17 años | Pereda et al. (2024) |
| Entrevista adolescentes | 36 ítems y preguntas de seguimiento | Traducción al español | Jóvenes de 12 a 17 años | Pereda et al. (2015, 2017); Segura et al. (2015) |
| Autoinforme retrospectivo adultos | 36 ítems | Traducción al español | Adultos a partir de los 18 años | Pereda y Gallardo-Pujol (2014) |
| Informe padres o cuidadores | 36 ítems | Traducción al español | Padres o cuidadores | Aguado-Gracia et al. (2021) |
Prevalencia de la Victimización Infantil y Adolescente en España
El primer estudio publicado en España desde la perspectiva de la victimología del desarrollo fue realizado por Pereda et al. (2014), quienes aplicaron la versión de autoinforme del JVQ de 36 ítems a una muestra de 1.107 adolescentes escolarizados en Cataluña, con edades comprendidas entre los 12 y los 17 años. Los resultados mostraron que el 83% de los participantes había experimentado alguna forma de violencia a lo largo de su vida y el 69% en el último año. Además, un 30,1% de los adolescentes fueron clasificados como polivíctimas en los últimos 12 meses y un 37,8% a lo largo de su vida, al encontrarse por encima de la media de victimizaciones de su grupo. En la Comunidad Valenciana, Játiva y Cerezo (2014), con una muestra de 109 adolescentes escolarizados de entre 15 y 18 años, hallaron que el 90,8% había sido víctima de violencia en el último año y que un 57,8% reportó haber sufrido cuatro o más experiencias de victimización en ese mismo periodo, considerándose polivíctima. Por su parte, en el País Vasco, Indias y De Paúl (2017) estudiaron una muestra de 608 adolescentes de 12 a 18 años, encontrando que el 91% había experimentado algún tipo de victimización a lo largo de su vida y que un 34,7% podía considerarse polivíctima, al reportar experiencias de victimización por encima de la media del grupo. En los tres estudios, las formas de victimización más prevalentes fueron los delitos comunes -como hurtos y robos-, mientras que la violencia sexual fue la menos reportada. Asimismo, los datos ponen de manifiesto que la polivictimización afecta a un porcentaje relevante de adolescentes, a pesar de las dificultades metodológicas existentes para su definición y medición (Segura et al., 2018).
Hasta la fecha, el único estudio realizado con una muestra representativa a nivel nacional de adolescentes escolarizados en España es el de Pereda et al. (2024), utilizando la versión de 31 ítems del JVQ. En él participaron 4.024 adolescentes de entre 14 y 17 años. Los resultados mostraron que el 49,6% había sufrido al menos una forma de violencia en el último año. Las victimizaciones más prevalentes fueron la electrónica (21,3%), seguida de la ejercida por figuras cuidadoras (20,7%) y por iguales (19,1%). La forma menos frecuente fue la explotación sexual -que incluía intercambio de material sexual, tocamientos o penetración a cambio de beneficios-, aunque afectó al 2,6% de los adolescentes. Además, un 31,1% de las víctimas presentaron niveles de victimización superiores a la media, clasificándose como polivíctimas.
También en una muestra comunitaria, Montiel et al. (2025) encuestaron a 782 niños, niñas y adolescentes de entre 8 y 12 años en Cataluña. El 68,2% de los participantes refirió haber sufrido al menos una forma de victimización a lo largo de su vida y el 66,4% durante el último curso escolar. Además, el 29,7% manifestó haber experimentado cuatro o más tipos de violencia a lo largo de su vida y el 17,6% en el último curso, configurándose como polivíctimas. Las formas de victimización más frecuentes fueron la cometida por iguales (52,1%) a lo largo de la vida y la exposición a violencia (53,7%) en el último curso escolar, mientras que la violencia sexual resultó ser la menos reportada en ambos periodos (2,4% y 1,4%, respectivamente).
Centrándose específicamente en colectivos de riesgo, Pereda et al. (2015) aplicaron la versión en formato entrevista de 36 ítems del JVQ a una muestra de 149 adolescentes de entre 12 y 17 años en procesos de evaluación clínica en centros de salud mental infantojuvenil. Los resultados mostraron que un 99,3% de los participantes había experimentado alguna forma de victimización a lo largo de su vida, y un 84,6% en el último año. Los delitos comunes, seguidos de la exposición a violencia familiar y comunitaria, y la ejercida por iguales fueron las formas de victimización más frecuente, tanto a lo largo de la vida (81,9%, 81,9% y 62,4%) como en el último año (63,1%, 55,7% y 37,6%). Por el contrario, la violencia sexual fue la menos reportada en ambos periodos (16,1% y 7,4% respectivamente). Además, un 38,9% fueron clasificados como polivíctimas a lo largo de su vida y un 40,3% en el último año, al presentar puntuaciones por encima de la media de victimización de su grupo. Por su parte, Aguado-Gracia y colaboradores (2021) aplicaron la versión de 34 ítems del JVQ, sin el módulo de victimización electrónica, a una muestra clínica de 106 niños, niñas y adolescentes de entre 6 y 18 años con diagnóstico de trastorno por déficit de atención con hiperactividad. A los mayores de 11 años se les aplicó la encuesta autoadministrada y a los de 11 años o menos, la misma versión, pero para padres o cuidadores. La forma de victimización a lo largo de la vida más frecuentemente reportada fueron los delitos comunes (75,5%), seguida de la victimización por pares (67,9%), mientras que la forma de victimización menos reportada fue la sexual (6,6%).
En el ámbito del sistema de protección, Segura et al. (2015) entrevistaron a 129 adolescentes de entre 12 y 17 años en centros residenciales y de acogida. Los datos reflejaron que un 100% de los participantes había vivido alguna forma de victimización a lo largo de su vida, mientras que un 85,3% la había sufrido en el último año. Las formas de victimización más frecuentes fueron la exposición a violencia familiar y comunitaria, los delitos comunes y la ejercida por iguales, tanto a lo largo de la vida (90,7%, 88,4% y 73,6%) como en el último año (51,9%, 66,7% y 45,7%). La violencia sexual fue la menos reportada en ambos periodos, con prevalencias del 29,5 % a lo largo de la vida y del 12,4 % en el último año. Además, un 46,9% fueron clasificados como polivíctimas a lo largo de su vida y un 34,3% en el último año, al situarse igualmente por encima de la media de su grupo. Por su parte, Indias et al. (2019) evaluaron, a través de 13 ítems de la versión autoadministrada JVQ, las experiencias de victimización por parte de figuras cuidadoras, victimización entre iguales, victimización sexual y exposición a violencia familiar en una muestra de 107 adolescentes, de entre 12 y 17 años, residentes en 24 centros del sistema de protección de dos comunidades autónomas españolas. Los resultados mostraron que el 86,9% de los y las participantes había sufrido al menos una de las 13 formas de victimización exploradas a lo largo de su vida. Las modalidades más prevalentes fueron la victimización entre iguales y por parte de hermanos/as (76,6%), la victimización por figuras cuidadoras (66,4%), la exposición a violencia familiar (50,5%) y la victimización sexual (41,1%). La polivictimización no fue evaluada. A su vez, Fernández-Artamendi et al. (2020) entrevistaron con la versión de 36 ítems a 321 adolescentes de entre 11 y 18 años atendidos en centros residenciales del sistema de protección, obteniendo prevalencias de victimización a lo largo de la vida situadas entre un 91,0% para la exposición a violencia comunitaria y los delitos comunes contra la persona y un 25,5% para la victimización sexual. Un 74,3% de los participantes reportaron polivictimización.
Siguiendo con los colectivos de riesgo, Pereda et al. (2017) estudiaron una muestra de 101 jóvenes de entre 14 y 17 años reclutados en justicia juvenil. En este caso, la totalidad de la muestra (100%) reportó alguna experiencia de victimización a lo largo de su vida, y un 92,1% en el último año. Los resultados señalaron que las formas de victimización más habituales fueron la exposición a violencia, los delitos comunes y la victimización entre iguales, con prevalencias elevadas tanto a lo largo de la vida (97,0%, 96,0% y 86,1%, respectivamente) como en el último año (75,2%, 72,3% y 65,3%, respectivamente). En contraste, la violencia sexual se situó como la forma menos reportada en ambos periodos, con tasas del 15,8% a lo largo de la vida y del 6,9% en el último año. La polivictimización afectó a un 55,4% de los adolescentes en algún momento de su vida y a un 41,6% en los últimos 12 meses. A su vez, García Montoliu et al. (2023) evaluaron a 30 adolescentes de entre 15 y 17 años cumpliendo medidas judiciales en una residencia socioeducativa, con la subescala de victimización sexual del JVQ, obteniendo una prevalencia del 20% a lo largo de su vida. La Tabla 2 muestra la prevalencia de la victimización infantil y adolescente en diferentes muestras españolas.
Tabla 2 Prevalencia de la Victimización en Muestras Españolas de Niños, Niñas y Adolescentes
| Referencia | Muestra | Origen | n | Edad | Prevalencia último año | Prevalencia vida |
|---|---|---|---|---|---|---|
| Játiva y Cerezo (2014) | Comunitaria | Valencia | 109 | 15-18 | 90,8% | - |
| Pereda et al. (2014) | Comunitaria | Cataluña | 1.107 | 12-17 | 69,0% | 83,0% |
| Indias y de Paúl (2017) | Comunitaria | País Vasco y Navarra | 608 | 12-18 | - | 91,0% |
| Pereda et al. (2024) | Comunitaria | España | 4.024 | 14-17 | 49,6% | - |
| Montiel et al. (2025) | Comunitaria | Cataluña | 782 | 8-12 | 66,4%* | 68,2% |
| Pereda et al. (2015) | Clínica | Cataluña | 149 | 12-17 | 84,6% | 99,3% |
| Aguado-Gracia et al. (2021) ** | Clínica | Cataluña | 106 | 6-18 | - | 6,6-75,5% |
| Pereda et al. (2017) | Justicia | Cataluña | 101 | 14-17 | 92,1% | 100% |
| García Montoliu et al. (2023) | Justicia | Castellón | 30 | 15-17 | - | 20,0% sexual |
| Segura et al. (2015) | Protección | Cataluña | 129 | 12-17 | 85,3% | 100% |
| Fernández-Artamendi et al. (2020) ** | Protección | Asturias | 321 | 11-18 | - | 25,5-91% |
| Indias et al. (2019) | Protección | No se especifica | 107 | 12-17 | - | 86,9% |
Nota.
*En este caso, se refiere al último curso escolar.
**Dado que el estudio no informa del porcentaje total de participantes con al menos una victimización, se presenta en la tabla el rango de prevalencias por módulos.
Discusión
La detección y evaluación de la victimización infantil constituye una cuestión de indiscutible relevancia social en España, que exige el uso de instrumentos robustos, validados y fundamentados en los principios de la victimología del desarrollo. Este trabajo ha tenido como propósito sintetizar los resultados de las investigaciones realizadas en España que se enmarcan en la victimología del desarrollo, con el fin de acercar a los equipos profesionales las distintas adaptaciones del JVQ utilizadas para evaluar la violencia contra la infancia desde este enfoque. Asimismo, se proporcionan las fuentes de referencia necesarias para acceder a las versiones más actualizadas del instrumento y sus respectivas adaptaciones al contexto nacional.
Los estudios que han preguntado directamente a niños, niñas y adolescentes acerca de sus experiencias de victimización son todavía escasos en España. Solo se han identificado 15 investigaciones que incluyan muestras de menores de edad y, de estas, únicamente dos (Aguado-Gracia et al., 2021; Montiel et al., 2025) han incorporado participantes menores de 10 años. Esta limitada representación evidencia una importante carencia en la inclusión de las voces de los niños más pequeños en la investigación sobre violencia, a pesar de que constituyen un grupo especialmente vulnerable. Abordar el estudio de la victimización en estas edades implica superar diversos desafíos éticos y metodológicos, entre ellos asegurar su participación informada, respetuosa y segura, así como implementar mecanismos eficaces para proteger su bienestar a lo largo del proceso (Pereda, 2019b). Aunque este equilibrio entre investigación y protección no siempre resulta fácil de alcanzar, es una responsabilidad ineludible de la comunidad científica garantizar el cumplimiento del derecho de la infancia y la adolescencia a ser escuchadas en todos los asuntos que les afectan (Lundy, 2007).
Así, en los últimos años se ha subrayado la importancia de recabar información procedente de los propios menores sobre la violencia que padecen (Devries et al., 2015), incorporando su percepción de la situación y permitiendo, en algunos casos por primera vez, que puedan notificar este tipo de vivencias (Becker-Blease y Freyd, 2006). La elevada prevalencia de victimización detectada en todos los estudios realizados en España, que va desde un 49,9% (Pereda et al., 2024) a un 92,1% (Pereda et al., 2017) para el último año, según las distintas muestras analizadas, pone de manifiesto la relevancia de seguir preguntando a niños, niñas y adolescentes al respecto, para obtener datos actualizados que contribuyan a una comprensión más precisa de esta problemática y a la mejora de las estrategias de prevención e intervención.
Con el propósito de superar las limitaciones presentes en otros instrumentos utilizados para evaluar las experiencias de victimización en la infancia y adolescencia -los cuales suelen presentar restricciones importantes en cuanto a su alcance y adecuación al contexto español- se desarrolló el Juvenile Victimization Questionnaire (JVQ; Finkelhor et al., 2005). Por ejemplo, el Cuestionario de Trauma en la Infancia (CTQ) (Bernstein et al., 1997), adaptado en España para adultos en muestras clínicas (Hernández et al., 2013), se centra exclusivamente en el maltrato por parte de cuidadores a lo largo de la vida, sin considerar otros contextos relevantes como el escolar o comunitario. En contraste, las diferentes versiones del JVQ, que incluyen entre 15 y 36 ítems y que han sido adaptadas y validadas en nuestro entorno, permiten evaluar de manera integral las experiencias de victimización en menores a partir de los 8 años de edad. De manera similar a lo observado en el ámbito internacional (Mathews et al., 2020), este instrumento puede ser considerado el estándar de referencia para la medición autoinformada de la violencia en la infancia y adolescencia, sustentado teóricamente en el enfoque de la victimología del desarrollo.
Los estudios realizados en España utilizando este instrumento han puesto de manifiesto que los delitos comunes, la exposición a violencia y la victimización por iguales son formas de violencia altamente prevalentes entre la población infantil y adolescente. Aunque la violencia sexual es la menos reportada, sus cifras continúan siendo relevantes y exigen una respuesta por parte de la sociedad. De hecho, investigaciones previas han señalado que las cifras pueden infraestimarse no porque estos hechos no ocurran, sino porque los niños, niñas y adolescentes, pueden no identificar determinadas experiencias como formas de violencia sexual hasta años más tarde (Pereda et al., 2014). Además, el análisis de la acumulación de experiencias violentas o polivictimización -una variable que ha adquirido un peso creciente en la literatura especializada (Haahr-Pedersen et al., 2020)- revela la existencia de un grupo de niños, niñas y adolescentes que requiere atención prioritaria y una intervención especializada adaptada a sus necesidades.
El marco teórico de la victimología del desarrollo, junto con el concepto de polivictimización, ha transformado significativamente las últimas dos décadas de investigación en el ámbito de la victimología infantil y adolescente.
Este enfoque ha permitido ampliar la evaluación de la violencia más allá del maltrato físico y el abuso sexual infantil, incorporando otras formas de victimización y analizando los profundos efectos que la acumulación de experiencias violentas en la infancia ejerce sobre el desarrollo psicológico, social y emocional de niños y adolescentes (Finkelhor, 2008). No obstante, las implicaciones prácticas derivadas de este concepto continúan sin trasladarse de forma efectiva al ámbito profesional, ni se han incorporado de manera sistemática al diseño de políticas públicas fundamentadas en la evidencia para la prevención integral de la violencia contra niños, niñas y adolescentes. Esta situación puede explicarse por los numerosos desafíos que enfrenta la transferencia del conocimiento científico a la práctica en el ámbito de la violencia, tales como la dificultad que tienen los profesionales para acceder a información actualizada y rigurosa, así como la falta de recursos e incentivos para que los investigadores sinteticen y difundan sus hallazgos en el campo profesional (Saul et al., 2008). Incluso en el ámbito de la prevención, revisiones recientes evidencian la escasez de estudios rigurosos que demuestren la efectividad de programas de atención a la violencia en el contexto escolar (Del Campo y Fávero, 2020; Fondren et al., 2020). En España, son particularmente limitados los programas diseñados a partir de este marco teórico, destacando como pionero el #EscolaSenseViolencies de la Fundación Barça, que ha sido pilotado y validado recientemente por Greco et al. (2025).
La evaluación de niños, niñas y adolescentes víctimas de violencia continúa presentando importantes desafíos para los profesionales, debido tanto a la complejidad multidimensional del fenómeno como a las limitaciones metodológicas de los estudios disponibles.
Hasta la fecha, solo se ha realizado un trabajo con una muestra amplia y representativa de jóvenes escolarizados a nivel estatal (Pereda et al., 2024), lo que constituye un avance relevante en el ámbito de la victimología del desarrollo. Es pertinente destacar que en el estudio un 49% de los participantes declaró haber experimentado algún tipo de violencia en el último año, cifra considerablemente inferior a la reportada en investigaciones realizadas aproximadamente una década antes, donde la prevalencia oscilaba entre el 69% (Pereda et al., 2024) y el 90% (Játiva y Cerezo, 2014). Esta disparidad podría interpretarse como un indicio de una posible reducción en la prevalencia de la victimización en la actualidad; sin embargo, es fundamental considerar que este porcentaje sigue siendo alarmantemente alto y evidencia la persistencia de la problemática. Además, estas diferencias pueden estar influenciadas por distintas variables metodológicas y demográficas. Por ejemplo, los estudios previos incorporaron muestras con menores a partir de los 12 años, mientras que el presente estudio incluyó únicamente participantes a partir de los 14 años, lo cual podría afectar la comparabilidad de los datos debido a las diferencias en la exposición y percepción de la violencia según la edad. Asimismo, los estudios anteriores se realizaron con muestras no representativas, lo que limita la generalización de sus resultados a la población española en su conjunto. En contraste, el estudio más reciente empleó una muestra más amplia y con características más representativas, lo que podría reflejar con mayor fidelidad la prevalencia real de la victimización en la población infantojuvenil. Finalmente, cabe señalar que la evolución en la metodología, los instrumentos de medición y los contextos sociales y educativos a lo largo de estos años también podrían haber influido en las diferencias observadas, subrayando la necesidad de interpretar estos resultados con cautela y continuar realizando investigaciones actualizadas y rigurosas que permitan monitorizar las tendencias y orientar políticas de prevención efectivas.
Asimismo, continúa siendo prioritario ampliar la investigación a la población infantil menor de 12 años -tal como plantean Montiel et al. (2025)- así como a colectivos especialmente vulnerables o en situación de riesgo. Hasta el momento, los estudios disponibles se han basado mayoritariamente en muestras de conveniencia y se han desarrollado en contextos geográficos concretos dentro del territorio español, lo que restringe la posibilidad de generalizar los resultados al conjunto de la población infantojuvenil. En este sentido, resulta fundamental avanzar en el diseño y ejecución de investigaciones que no solo proporcionen estimaciones robustas y representativas sobre la prevalencia y las tipologías de victimización, sino que también promuevan la transferencia efectiva de los hallazgos científicos a los ámbitos clínico, forense y de protección infantil, tal como ya se señalaba en trabajos pioneros en este campo (Hamby y Finkelhor, 2001).
En síntesis, el campo de la victimología del desarrollo aún presenta importantes retos y áreas de oportunidad que demandan un esfuerzo coordinado entre la comunidad académica y los profesionales responsables de la prevención de la violencia contra niños, niñas y adolescentes, así como de la atención integral a sus víctimas. Si se aspira a proteger de manera efectiva los derechos y el bienestar de la infancia y la adolescencia, es imprescindible fundamentar las intervenciones y políticas públicas en evidencia empírica sólida y actualizada.
Limitaciones
Tal y como se ha puesto de manifiesto a lo largo de esta revisión, el JVQ constituye una de las herramientas más sólidas y ampliamente respaldadas para estimar, de manera integral, la magnitud de la victimización infantil y adolescente en España. Su versatilidad permite su aplicación en diferentes grupos de edad y contextos, y su formato de autoinforme -válido a partir de los 8 años- posibilita la inclusión directa de la perspectiva de niños, niñas y adolescentes, evitando la dependencia de informantes adultos. Por ello, se recomienda su utilización con este fin, siempre siguiendo las indicaciones metodológicas publicadas junto con la versión seleccionada, y adaptando tanto el contenido como las condiciones de administración a los objetivos específicos de cada estudio (Devries et al., 2015).
No obstante, esta revisión también ha mostrado algunas dificultades relevantes que deben ser tenidas en cuenta en futuros trabajos. Una de las principales es que, en muchos casos, los estudios realizados excluyen a determinados grupos de niños, niñas y adolescentes en situación de mayor vulnerabilidad, lo que puede derivar en una falta de representación en las muestras y, en consecuencia, en una subestimación de las experiencias de victimización más graves. Por ejemplo, la significativa presencia de menores nacidos en Marruecos y en países del África subsahariana que no hablan español, especialmente en centros residenciales del sistema de protección, constituye un reto metodológico que debe contemplarse al diseñar y ejecutar investigaciones en este ámbito (Pereda, 2019b). Por ello, se hace necesario que las futuras investigaciones en victimología del desarrollo avancen hacia la inclusión de colectivos específicos de niños, niñas y adolescentes en situación de riesgo, tales como minorías étnicas, sexuales y de género, así como menores con discapacidad, para garantizar que sus voces y experiencias de victimización sean reconocidas y documentadas. Asimismo, resulta prioritario abordar el desafío que supone la evaluación de la victimización en la primera infancia, un grupo especialmente vulnerable y actualmente poco representado debido a las dificultades metodológicas y éticas que plantea su participación en estudios de este tipo.
Implicaciones Prácticas
Finalmente, y en base a las limitaciones detectadas en esta revisión, es posible identificar varias líneas de mejora en la evaluación de la victimización durante la infancia y adolescencia. En primer lugar, resulta fundamental avanzar hacia instrumentos que, sin renunciar a la amplitud que permite detectar distintas formas de violencia, integren una mayor profundidad en el análisis de variables como la frecuencia, la duración, el contexto en el que ocurre la victimización, la relación con la persona agresora o el impacto percibido por la víctima. Asimismo, es necesario desarrollar y validar versiones específicas del JVQ u otros instrumentos equivalentes que sean comprensibles y culturalmente sensibles para distintos grupos de edad, especialmente para menores de 10 años, cuya participación sigue siendo muy limitada en este tipo de investigaciones. Estas mejoras deben ir acompañadas de estrategias de implementación que favorezcan su uso en contextos clínicos, educativos, forenses y sociales, asegurando su aplicabilidad en poblaciones diversas y en entornos reales de detección y prevención.














