Las terapias contextuales, también denominadas terapias cognitivo-conductuales de tercera generación, surgieron en los años noventa como alternativas para abordar casos complejos. Sin embargo, debido a la eficacia que han demostrado en el tratamiento de diversos problemas psicológicos, su aplicación en el ámbito clínico se ha incrementado en los últimos años (Hayes et al., 2015; Hayes, 2004). Estas terapias ofrecen una mirada transdiagnóstica sobre la salud mental, se centran en el contexto y la función de las emociones, sensaciones y pensamientos, y fortalecen la relación terapéutica (Hayes et al., 2011; Pierson y Hayes, 2007). Además, forman parte de la ciencia conductual contextual, un movimiento que busca implementar métodos científicos para predecir e influir de forma precisa y profunda en las acciones individuales o grupales, considerando el ambiente en el que se desarrollan (Levin et al., 2015).
En este marco convergen dos tradiciones filosóficas que, si bien comparten una base pragmática, divergen en aspectos epistemológicos y conceptuales: el conductismo radical y el contextualismo funcional (Ruiz Sánchez, 2021a). El primero considera que los eventos privados como pensamientos y emociones, son conductas que operan de la misma forma que las conductas observables (Skinner, 1994). En cambio, el segundo enfatiza la función del lenguaje humano en contextos históricos y sociales específicos (Hayes y Hayes, 1992; Hayes, 1993; Gifford y Hayes, 1999) y se apoya en la teoría del marco relacional (Hayes et al., 2001). Esta distinción se observa en las diferentes maneras en que las terapias contextuales comprenden el sufrimiento humano, los procesos de cambio y el rol del lenguaje en psicoterapia (Ruiz Sánchez, 2021a).
La Psicoterapia Analítica Funcional (FAP, por sus siglas en inglés) se fundamenta en los principios del conductismo radical (Kohlenberg y Tsai, 2007). Su objetivo es mejorar las interacciones interpersonales del consultante mediante el análisis funcional de las conductas y el moldeamiento de comportamientos alternativos en sesión que puedan generalizarse a otros ámbitos de su vida (Callaghan, 2006a; Kohlenberg y Callaghan, 2010). Durante la sesión psicoterapéutica se pueden presentar tres tipos de conductas clínicamente relevantes (CCR): las CCR1, que son las conductas problema del consultante que aparecen en la sesión; las CCR2, que son las mejorías observadas durante la sesión; y las CCR3, que consisten en interpretaciones funcionales del consultante sobre su comportamiento (Kohlenberg y Tsai, 1995). También se identifican las conductas que el terapeuta emite durante la sesión (T1, inefectivas; T2, efectivas), así como conductas relevantes emitidas fuera de sesión por el consultante (O1, inefectivas; O2, efectivas) y por el terapeuta (TI1, inefectivas; TI2, efectivas) (Reyes-Ortega y Kanter, 2017; Sanabria Herrera et al., 2024). Como se observa en la Figura 1, las conductas se agrupan en CCR y T, distinguiendo su efectividad y si ocurren dentro o fuera de sesión.

Figura 1 Organización de las Conductas del Consultante (CCR) y del Terapeuta (T) Según su Efectividad (Inefectivas o Efectivas) y del Contexto (en Sesión o Fuera de Sesión). Adaptado de Reyes-Ortega y Kanter (2017), y Sanabria Herrera et al. (2024)
Para guiar la intervención, en FAP se establecen cinco reglas: R1, el terapeuta debe estar atento a la aparición de las CCR; R2, si no aparecen espontáneamente, debe evocarlas; R3, debe reforzar de forma genuina las conductas que reflejan mejoría (CCR2); R4, preguntar por el impacto de su intervención; R5, debe ayudar al consultante a generalizar lo aprendido en sesión a otros contextos mediante interpretaciones funcionales y tareas para la casa (Tsai et al., 2016; Tsai et al., 2017).
Tsai et al. (2009b) propusieron los conceptos de consciencia, coraje y amor (ACL, por siglas en inglés). La consciencia, implica que el terapeuta esté atento a sus propios pensamientos, emociones y sensaciones, así como los del consultante; el coraje se refiere a actuar asumiendo riesgos personales e interpersonales; y el amor representa el autocuidado y el cuidado hacia los demás (Reyes-Ortega y Kanter, 2017). ACL se ha expandido no solo en el ámbito clínico sino también a nivel comunitario con el ACL Global Project (2025) y en el ámbito de la investigación con el Center for the Science of Social Connection (Gustafsson, 2015). A pesar de ello, ACL presenta distintos puntos de vista sobre sus componentes (Kanter et al., 2014; Muñoz-Martínez y Follette, 2018; Ferro-García et al., 2023).
A partir de los aportes de FAP y de la teoría del aprendizaje social, Callaghan y Follette (2020) desarrollaron la Terapia Conductual Interpersonal (IBT, por sus siglas en inglés). Esta tecnología hace énfasis en la importancia de realizar una evaluación funcional para conceptualizar el problema del consultante e identificar las variables de control (interpersonales e intrapersonales) del repertorio conductual sobre el que se intervendrá. Así, el terapeuta ayuda al consultante a aprender maneras más adaptativas de relacionarse con los demás. A diferencia del modelo original de FAP (Kohlenberg y Tsai, 1987), centrado exclusivamente en lo interpersonal, la IBT también propone considerar el análisis funcional de conductas intrapersonales, ya que los casos clínicos pueden involucrar dificultades tanto a nivel interpersonal como intrapersonal (Callaghan y Follette, 2020).
Por su parte, la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT, por sus siglas en inglés) es una intervención psicoterapéutica basada en la filosofía del contextualismo funcional y la teoría de los marcos relacionales (Hayes y Smith, 2005). Su objetivo es promover la flexibilidad psicológica, la cual se cultiva mediante seis procesos centrales: aceptación, que implica abrirse a experiencias internas incómodas; defusión, que permite diferenciar pensamientos del contexto en el que ocurren; contacto con el momento presente, orientado a la conciencia de estímulos actuales; yo como contexto, referido al sentido del yo como perspectiva; valores, que orientan la acción hacia metas significativas; y acción comprometida, que implica actuar en coherencia con esos valores. Cada uno de estos procesos tiene su contraparte en la inflexibilidad psicológica: evitación experiencial, fusión cognitiva, desconexión del presente, yo como contenido, valores no clarificados e inacción (Hayes et al., 2013; Hayes et al., 2015; Hayes y Smith, 2005).
Luciano (2016) plantea que estos seis procesos pueden trabajarse de manera integrada: a través de combinaciones como defusión-valores (Wilson y Luciano; 2002); agrupaciones en tres procesos o pilares (Strosahl et al., 2012) o mediante cuatro cuadrantes en la ACT matrix (Polk y Schoendorff, 2014). Esta última utiliza un eje horizontal para distinguir entre conductas de evitación y de aproximación (D1), y un eje vertical que separa experiencias sensoriales de experiencias mentales (D2). Los cuadrantes resultantes permiten visualizar: (Q1) lo importante para la persona; (Q2) los obstáculos internos; (Q3) las acciones para evitar esos obstáculos; y (Q4) las acciones comprometidas con los valores (Polk et al., 2016). Además, Törneke et al. (2015) proponen tres estrategias para entrenar la flexibilidad psicológica: (1) identificar la funcionalidad de las conductas problema, (2) clarificar valores y abrirse a experiencias internas, y (3) adoptar una perspectiva externa del yo para vincular acciones con metas de largo plazo.
En este contexto, FAP y ACT presentan similitudes relevantes: ambas comparten una raíz contextual-funcional, emplean el análisis funcional y adoptan una mirada idiográfica de los problemas psicológicos (Dougher y Hayes, 2004). No obstante, difieren en su énfasis teórico-conceptual y modelo de cambio. FAP, desde el conductismo radical, enfatiza el moldeamiento de conductas observables mediante contingencias en sesión (Kohlenberg y Tsai, 2007). ACT, por su parte, promueve una transformación en la relación del individuo con su experiencia interna, desde las respuestas relacionales arbitrariamente aplicables (Hayes et al., 2015). Esta diferencia revela una tensión entre la función operante centrada en la conducta observable y la función simbólica centrada en el lenguaje y la cognición.
En los últimos años, ha emergido la propuesta de la Terapia Basada en Procesos (PBT, por sus siglas en inglés), que busca integrar diversas intervenciones cognitivo-conductuales sin introducir nuevas técnicas, sino organizándolas a partir de procesos validados empíricamente (Hayes y Hofmann, 2018). En esta propuesta se identifican procesos característicos de ACT, como la defusión, la aceptación y el trabajo con valores, pero no se menciona explícitamente a FAP, aunque es posible considerar al control de estímulos y al moldeamiento como procesos fundamentales dentro de esta terapia conductual interpersonal. Por este motivo, FAP es compatible con el modelo de la PBT (Maitland, 2024; Muñoz-Martínez et al., 2024).
Existen múltiples estudios que documentan la aplicación integrada de ACT y FAP en diferentes problemáticas: depresión y ansiedad mixta (Brem et al., 2020), síntomas emocionales tras rupturas sentimentales (Alvarez García, 2020), rendimiento académico (Arco-Tirado et al., 2005), síntomas psicóticos positivos (Baruch et al., 2009), trastornos alimentarios y de personalidad (Martín-Murcia et al., 2011), conductas sexuales compulsivas (Paul et al., 1999), violencia de género (Vaca-Ferrer et al., 2020), tabaquismo (Gifford et al., 2011), educación (Macías-Morón y Valero-Aguayo, 2021b; Macías-Morón et al., 2022) y entornos laborales (Macías-Morón et al., 2019, Macías-Morón y Valero-Aguayo, 2021c, 2021d, 2024).
Finalmente, considerando el recorrido histórico de las terapias conductuales de primera, segunda y tercera generación (Hayes, 2004), se observa una evolución hacia modelos más integrativos y flexibles (Abreu y Abreu, 2017). En este camino, la articulación crítica entre el conductismo radical y el contextualismo funcional resulta no sólo posible, sino necesaria, para avanzar hacia una psicoterapia coherente con los principios de la ciencia conductual contextual y adaptada a las complejidades del sufrimiento humano contemporáneo (Valenzuela Hernández y Oliva Femenia, 2023).
FACT: Integrando ACT y FAP
Kohlenberg y Gifford (1998) presentaron por primera vez en la edición 24 del Annual Meeting of the Association for Behavior Analysis, realizada en Orlando, Florida, sobre cómo FAP y ACT podían complementarse. Posteriormente, Callaghan et al. (2004) propusieron un modelo con tres enfoques: (1) utilizar la relación terapéutica de FAP para alcanzar los resultados intrapersonales propuestos por ACT; (2) emplear las estrategias terapéuticas de ACT para que el consultante establezca relaciones interpersonales más significativas; (3) aplicar las técnicas de ACT y FAP según el criterio clínico del terapeuta (Kohlenberg y Callaghan, 2010).
FACT también puede entenderse a partir de los principios de la ACT Matrix, ubicando las conductas clínicamente relevantes en los cuadrantes correspondientes, como se observa en la Figura 2. Olaz (2015) mantuvo todos los componentes de la ACT Matrix e incorporó las CCR1 en el lado izquierdo del diagrama (obstáculos internos y acciones de evitación), e identificó las CCR2 en el lado derecho (lo importante y acciones de aproximación). De esta forma, se integran las conductas interpersonales con los cuatro procesos de ACT.

Figura 2 ACT Matrix Clasifica la Experiencia Interna y Externa del Consultante Según la Evitación o Aproximación. CCRS1 Representa Conductas de Evitación y Obstáculos Internos, y CCRS2, Conductas de Aproximación y lo Importante. Adaptado de Olaz (2015)
En años recientes se han desarrollado diversos programas grupales de FACT. Macías-Morón y Valero-Aguayo (2021a) propusieron una intervención breve de tres sesiones, aunque la duración puede ajustarse según las necesidades del consultante. En este enfoque, cada sesión debe tratarse como si fuera la última, para favorecer cambios intensos y duraderos. Por su parte, Ruiz Sánchez (2021b) diseñó una intervención grupal de FACT de 12 sesiones de dos horas, en las que se distingue dos dimensiones interrelacionadas: la dimensión intrapersonal, trabajada desde ACT, y la interpersonal, abordada desde FAP. Ambas se integran con la ACT Matrix (Polk y Schoendorff, 2014), utilizando metáforas y cuestionamientos como herramientas terapéuticas principales.
Aportes de FAP a ACT
Conceptualización de Casos Integrada
El análisis funcional en FAP y ACT difiere en cuanto al origen de los antecedentes y consecuencias: en FAP, son predominantemente interpersonales; en ACT, intrapersonales (Callaghan et al., 2004). Por tanto, resulta fundamental indagar los objetivos meta del consultante y analizar cómo sus conductas afectan dichas consecuencias, lo que permite determinar su funcionalidad clínica (Callaghan, 2006a; Guerrero-Solano y Lemos-Ramírez, 2024).
El primer paso consiste en realizar el encuadre terapéutico, en el cual se expone al consultante el enfoque de trabajo. En FAP, esto se denomina FAP RAP o FAP rapport (Schultz y Mariani, 2024), y puede complementarse con los principios de ACT. A continuación, se formula la conceptualización del caso. Es posible emplear un modelo integrador, como el Functional Idiographic Assessment Template (FIAT; Callaghan, 2006b), que contempla cinco clases de conductas interpersonales (aserción de necesidades, comunicación bidireccional, conflictos, autorrevelación y cercanía interpersonal, experiencia y expresión emocional), junto con las seis clases funcionales del modelo del hexaflex de ACT de Hayes et al. (2015). Esta integración permite al terapeuta desarrollar una visión amplia e integral del caso que puede ser reformulada a medida que transcurren las sesiones (Abreu y Abreu, 2017; Ruiz Sánchez, 2021a)
En la Figura 3 se presenta una conceptualización de caso que vincula los componentes de FAP y ACT. De esta manera, se pueden diferenciar las conductas clínicamente relevantes de origen interpersonal e intrapersonal. Por ejemplo, evitar expresar una molestia al terapeuta por un cambio de horario (CCR1 interpersonal) difiere de estar fusionado con pensamientos sobre una deuda hipotecaria mientras el terapeuta habla (CCR1 intrapersonal). En la ACT Matrix pueden ubicarse CCR1 y CCR2 de tipo intrapersonal, al igual que las T1 y T2, interpretadas desde una óptica intrapersonal. Por ejemplo, una T1 sería la dificultad del terapeuta para permanecer con sus emociones al escuchar un relato difícil, mientras que una T2 intrapersonal sería que el terapeuta se mantenga fusionado con un yo contenido y no acceda al yo contexto cuando es necesario.

Figura 3 Esta Conceptualización Considera la Historia Relevante, Variables que Mantienen los Problemas, las Conductas del Consultante (O, CCR) y del Terapeuta (T), Distinguiendo Entre Conductas Interpersonales e Intrapersonales, y su Relación con FIAT y los Seis Procesos de ACT. Adaptado de Tsai et al. (2009b) y Leal-Hernández y Montaño (2024).
Cinco Reglas de FAP
El terapeuta puede aplicar las cinco reglas de FAP al trabajo con los procesos de ACT. Por ejemplo, si observa déficit en el proceso de contacto con el momento presente, puede evocar dicho proceso. Ante un consultante que desvía la mirada durante la sesión, el terapeuta podría indagar sobre su presencia en ese momento. Si el consultante está atento, puede reforzar este comportamiento (R3), explorar el impacto del reforzamiento (R4) y asignar una tarea para que practique volver a la conversación en situaciones similares fuera de sesión (R5). Además, puede establecer paralelos, explorando si esta dificultad atencional ocurre en otros contextos.
Fin de la Terapia
La finalización de la terapia en FAP ofrece un aporte único: además de revisar el progreso, se invita al consultante a reflexionar sobre sus emociones ante el término de la relación terapéutica, y cómo estas se relacionan con experiencias previas de pérdida. El terapeuta también se formula preguntas reflexivas cuyas respuestas pueden convertirse en una carta para el consultante (Tsai et al., 2017). Desde ACT, esta fase permite discriminar aspectos interpersonales e intrapersonales y aplicar lo aprendido en la vida cotidiana. Asimismo, representa una oportunidad para que el terapeuta realice una autoevaluación de sus competencias clínicas.
Aportes de ACT a FAP
Procesos de Flexibilidad Psicológica
ACT también contempla la relación terapéutica, considerando que tanto el terapeuta como el consultante pueden experimentar flexibilidad o inflexibilidad psicológica (Pierson y Hayes, 2007). Para que la relación sea efectiva, ambos deben mostrarse psicológicamente flexibles, lo que implica conciencia del presente, defusión, acción comprometida, entre otros procesos (Hayes et al., 2015). En la ACT Matrix, los procesos de flexibilidad se consideran CCR2, mientras que los de inflexibilidad, CCR1 (Olaz, 2015).
Desde el modelo ACL, la consciencia, el coraje y el amor se distinguen en sus componentes interpersonales e intrapersonales (Reyes-Ortega y Kanter, 2017), lo cual permite compararlos con los procesos de ACT. La consciencia se relaciona con aceptación, defusión, momento presente y yo contexto; el coraje y el amor, con valores y acción comprometida. Por ejemplo, un terapeuta puede ser consciente de sus pensamientos y emociones (consciencia), evocar ejercicios emocionalmente desafiantes (coraje), y reforzar verbalmente las conductas del consultante (amor).
La aceptación es clave para el desarrollo de repertorios conductuales funcionales. Un consultante que evita hablar de su vulnerabilidad puede ser abordado desde FAP mediante preguntas directas y ser reforzado cuando se muestre abierto. Desde ACT, se puede señalar la evitación con sutileza y proponer una nueva perspectiva: "Parece que hablar de esto te incomoda, ¿te gustaría que exploremos esa incomodidad?". Además, la defusión permite al consultante distanciarse de sus pensamientos y así relacionarse de forma más fluida con el terapeuta. En FAP, el mindfulness terapéutico fomenta esta capacidad al invitar al consultante a observar sin evitar sus pensamientos y emociones (Kohlenberg et al., 2009).
El momento presente permite trabajar con lo que surge en sesión. Sin embargo, los terapeutas noveles en ACT pueden olvidar su dimensión interpersonal. Hayes et al. (2015) advierten que el modelo de los seis procesos no debe aplicarse de forma rígida; si el problema es específico, puede trabajarse con intervenciones focalizadas en las clases funcionales. En este sentido, el yo contexto en ACT permite desarrollar repertorios funcionales al adoptar nuevas perspectivas. Según Kohlenberg y Tsai (2007), los consultantes limitan inicialmente la expresión de pensamientos y emociones por temor al juicio del terapeuta. Técnicas como señalar estímulos públicos, asociación libre estructurada e imaginación guiada ayudan a reducir esta barrera. Asimismo, un terapeuta puede estar fusionado con su yo contenido, y al adoptar una perspectiva desde el yo contexto, restablecer una conexión auténtica con el consultante.
En FAP, los valores se orientan al cuidado, responsabilidad y conciencia social, trabajando con aquellos que emergen en sesión y fuera de ella. En ACT, los valores son elegidos por el consultante para guiar su comportamiento, lo que permite al terapeuta comprender sus motivaciones y CCR1. ACT también ayuda a reducir la evitación experiencial y a fomentar la autocompasión y la compasión hacia otros (Tsai et al., 2009a). Además, la acción comprometida puede trabajarse con el formulario de objetivos, acciones y barreras, que facilita la identificación de metas relacionadas con los valores, acciones necesarias y obstáculos potenciales (Hayes et al., 2015). Este recurso permite identificar CCRs, interpretarlas funcionalmente (CCR3) e incrementar CCR2, facilitando la generalización de conductas fuera de sesión (R5).
Metáforas, Ejercicios Experienciales y Explicaciones
Ambos enfoques comparten habilidades terapéuticas como explicaciones, información, análisis, exposiciones, entrenamiento en habilidades sociales, control de contingencias, discriminación de funciones de respuesta, etc. Sin embargo, ACT prioriza metáforas, ejercicios experienciales, paradojas y desliteralización del lenguaje, mientras que FAP se centra en las cinco reglas terapéuticas (Barraca, 2009). Los objetivos terapéuticos se comparan según las técnicas de FAP y ACT en la Tabla 1.
Tabla 1 Comparación de Técnicas Clínicas en FAP y ACT Según Objetivos Terapéuticos
| Objetivo | Técnicas de FAP | Técnicas de ACT |
|---|---|---|
| Defusión | Mindfulness terapéutico | “Llévalo contigo”, “Cantar tus pensamientos”, “Ponle nombre a tu mente”, metáfora de los pasajeros en el autobús. |
| Aproximación a experiencias incómodas | Inventario de pérdidas | El juego imposible, “Di que sí”, “Practica los opuestos” |
| Practicar la presencia | Ejercicio de consciencia, relajación y aceptación (ARA) | Escaneo de sensaciones corporales, metáfora de "Hojas en un arroyo" |
| Clarificar y definir valores | Misión personal | Escribir tu historia, poner por escrito los valores, “Tengo un secreto” |
| Yo (Identidad y autoconciencia) | Ejercicio de las voces internas | “Soy/No soy yo”, reescritura de la historia personal, observación del yo como contexto |
| Evocar conductas clínicamente relevantes | Apreciaciones o quejas, revisión de la sesión anterior, identificación de patrones conductuales dentro y fuera de sesión | Ejercicios experienciales que movilicen conductas relevantes |
| Acciones comprometidas | Lista de actividades valiosas | "Practica porque sí", implementación de pequeños cambios, asociación con objetivos SMART |
Nota. Adaptado de Brem et al. (2020), Nelson et al. (2016), Kohlenberg et al. (2009), y Hayes (2019).
Las metáforas utilizadas en ACT constituyen herramientas clínicas para promover la flexibilidad psicológica, al facilitar la toma de perspectiva y la desliteralización del lenguaje. No obstante, su efectividad depende de la adecuación cultural, lingüística y experiencial de cada consultante, por lo que su selección debe responder a un determinado contexto (Hayes et al., 2015; Villatte et al., 2016). Las mejores metáforas son aquellas propuestas por el propio consultante, pues promueven aprendizajes experienciales (Blackledge, 2015). En FAP, no existen guías específicas para la interacción terapéutica, ya que el foco está en la reacción del consultante. La interacción puede comprenderse como una danza terapéutica, donde el terapeuta, como danzante más experimentado, moldea los pasos del consultante hacia una interacción fluida y genuina (Muñoz-Martínez y Leal-Hernández, 2024).
Límites y Desafíos Clínicos de la Integración
Como se evidenció anteriormente, aunque existen varias publicaciones dedicadas a la integración de FAP y ACT (Abreu y Abreu, 2017), son escasos los trabajos que examinan críticamente los desafíos clínicos que pueden surgir en dicha integración. Ruiz Sánchez y Díaz Garrido (2023) sugieren que esta omisión podría deberse a intereses institucionales o comerciales, lo que constituye un obstáculo para el desarrollo riguroso del enfoque, dificultando discernir con claridad cuándo y cómo es clínicamente viable integrar ACT y FAP.
Según Ruiz Sánchez (2021a), integrar de manera efectiva ambas terapias requiere un dominio teórico-práctico profundo tanto de sus fundamentos filosóficos como de los principios de aprendizaje que las sustentan. Aunque los enfoques transdiagnósticos ofrecen marcos útiles, se vuelve indispensable realizar análisis funcionales idiográficos, centrados en las contingencias particulares del consultante. Esta perspectiva permite evitar aplicaciones mecánicas donde las técnicas sustituyen los procesos individualizados de cambio (Abreu y Abreu, 2017; Macías-Morón y Valero-Aguayo, 2021d). En este proceso, la supervisión es crucial, especialmente para terapeutas en formación, pues favorece la exploración de estilos terapéuticos y el fortalecimiento de habilidades (Callaghan et al., 2004; Callaghan, 2006a; Ruiz Sánchez, 2021a).
Adicionalmente, Clemente (2023) propone que las terapias contextuales no deben limitarse a contextos intrapersonales o interpersonales, sino incluir una dimensión sociopolítica explícita. Aunque ACT y FAP reconocen la importancia del contexto, tienden a conceptualizarlo de forma abstracta, sin atender cómo fenómenos estructurales como la pobreza, la discriminación o la desigualdad impactan directamente en las conductas problema. Desde esta perspectiva crítica, se plantea la necesidad de analizar cómo las instituciones y políticas refuerzan contingencias que perpetúan el sufrimiento humano. Incorporar este enfoque no sólo posibilita intervenciones más ajustadas a la realidad social del consultante, sino que también promueve una psicoterapia comprometida con la transformación de condiciones de vulnerabilidad.
Por otro lado, a pesar de la existencia de numerosos manuales y estudios sobre ACT y FAP, la literatura ofrece escasa información sobre los factores institucionales, organizacionales y sociales que afectan su implementación en contextos clínicos reales. Este vacío limita la aplicabilidad de los modelos contextuales, especialmente en servicios públicos de salud mental donde la escasez de recursos, la presión asistencial y la rigidez institucional configuran un entorno complejo (Ruiz Sánchez, 2021a; Ruiz Sánchez y Díaz Garrido, 2023).
Conclusiones
La aplicación de las terapias contextuales en el ámbito clínico ha crecido significativamente en los últimos años, debido a su eficacia en el abordaje de diversos problemas de salud mental (Hayes et al., 2015; Hayes, 2016; López-Pinar et al., 2024). Entre estas terapias destacan la Psicoterapia Analítica Funcional (FAP) y la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), ambas sustentadas en el contextualismo funcional y el análisis funcional de la conducta. FAP aporta herramientas valiosas como la conceptualización de casos desde una perspectiva interpersonal, el uso de las cinco reglas terapéuticas para guiar intervenciones en ACT y un proceso de finalización reflexiva. A su vez, ACT contribuye con sus seis procesos de flexibilidad psicológica, lo cual enriquece la comprensión de los fenómenos intrapersonales en la relación terapéutica.
En términos de evidencia, ACT cuenta con respaldo en diferentes trastornos según el sistema de clasificación de terapias basadas en evidencia (Sociedad de Psicología Clínica, 2022), mientras que FAP, aunque con menor presencia en ensayos clínicos aleatorizados (ECA), ha mostrado eficacia a través de metaanálisis con diseños de caso único (López-Pinar et al., 2024). En este sentido, Callaghan et al. (2004) destacan la relevancia de intervenciones integradoras como FACT (FAP + ACT), orientadas a abordar tanto procesos interpersonales como intrapersonales en la relación terapéutica, lo que sugiere la necesidad de desarrollar futuras investigaciones que exploren la experiencia del consultante en este tipo de abordajes. Asimismo, es necesario construir instrumentos que discriminen entre lo interpersonal y lo intrapersonal en sesión (Callaghan y Follette, 2020; Guerrero-Solano y Lemos-Ramírez, 2024).
Como agenda de investigación futura, se alienta la publicación de estudios en revistas como la Journal of Contextual Behavioral Science, que promuevan el desarrollo de modelos integradores coherentes con la Ciencia Conductual Contextual. En el plano formativo, se recomienda fomentar comunidades de práctica entre pares, como las que ofrece la Association for Contextual Behavioral Science (ACBS, 2025), que facilita el acceso a entrenadores certificados en ACT y grupos de interés especial en FAP. La página oficial de FAP (https://functionalanalyticpsychotherapy.com) también proporciona un listado de entrenadores certificados por la FAP Certification, Ethics, and Policy Board. Adicionalmente, comunidades como la ACL Global Project ofrecen oportunidades para desarrollar habilidades interpersonales centradas en conciencia, coraje y amor terapéutico fuera del marco terapéutico formal.
En suma, la integración de ACT y FAP representa una vía prometedora para avanzar en la sistematización, evaluación y formación en terapias contextuales. Promover espacios de colaboración, investigación empírica y entrenamiento ético contribuirá a fortalecer la aplicabilidad clínica de este enfoque integrador.













