Inteligencia Humana, Inteligencia Artificial
El error de Descartes (Damasio, 1994), es una obra fundamental en neurociencia y filosofía de la mente, que replantea la relación entre emoción, cuerpo y razón. Su tesis central es que el dualismo cartesiano -la idea de que la mente y el cuerpo son entidades separadas- es erróneo: la racionalidad no puede entenderse sin los procesos emocionales y corporales que la sustentan. Esta tesis se articula en torno a tres ideas principales, referidas a:
Los procesos emocionales y el pensamiento racional: Las emociones no son un obstáculo para la racionalidad, sino su requisito. Pacientes con daño en la corteza prefrontal ventromedial conservan intactas sus capacidades cognitivas en tareas formales (lenguaje, memoria, lógica), pero pierden la capacidad de tomar decisiones efectivas en la vida cotidiana. Damasio ilustra este fenómeno con el caso clínico de Elliot, paciente a quien se extirpó un tumor en dicha región. Tras la intervención, comenzó a mostrar una desconcertante indiferencia afectiva y era incapaz de priorizar tareas o anticipar las consecuencias prácticas de su conducta. Este y otros estudios clínicos muestran que las respuestas emocionales anticipatorias, registradas mediante indicadores fisiológicos como la actividad electrodérmica o la variación de la frecuencia cardíaca, predicen decisiones exitosas incluso en ausencia de razonamiento consciente.
La hipótesis del marcador somático: El cuerpo contribuye al pensamiento racional mediante señales fisiológicas (viscerales, hormonales y musculares) asociadas a experiencias pasadas. Estas señales actúan como atajos emocionales que guían la toma de decisiones complejas, sin necesidad de proceder a análisis lógicos exhaustivos. Estudios con neuroimagen funcional han mostrado activación diferencial en estructuras como la ínsula, la corteza orbitofrontal o la amígdala en tareas de toma de decisiones bajo incertidumbre. La validez clínica de esta hipótesis es también relevante: trastornos de ansiedad, cuadros de evitación o inhibición conductual pueden entenderse como perturbaciones en la lectura o codificación de estos marcadores.
La interconexión mente-cuerpo: Damasio defiende un modelo en el que los estados mentales resultan inseparables de los estados corporales. La mente se forma con y desde el cuerpo. Esta visión anticipa lo que hoy se conoce como cognición corporizada -embodied cognition-, presente también en teorías como el “yo corporal mínimo” (Metzinger, 2010), el “enactivismo” (Varela et al., 1991), o la noción de interocepción desarrollada por Craig (2002). En este marco, la conciencia no es un epifenómeno cerebral, sino la forma de orientación sentida de un organismo que actúa en un entorno dinámico.
Son varios los mecanismos implicados en la hipótesis del marcador somático, en general implicando regiones fronto-límbicas y estructuras del tronco encefálico. Todas ellas intervienen en la representación del cuerpo, la evaluación emocional y el mantenimiento de la sensación integrada de que tenemos y somos un cuerpo. La homeostasis, entendida como autorregulación biológica, aparece como una condición previa al pensamiento, y no como su consecuencia. En El extraño orden de las cosas (Damasio, 2017), el autor amplió esta visión al considerar la homeostasis como el principio organizador de la vida y la cultura, situando el sentimiento como una forma adaptativa clave en la evolución. La conciencia emerge de procesos biológicos graduales, pero estos procesos no incluyen únicamente la actividad cerebral ni somatosensorial, sino toda la actividad visceral de sustento y mantenimiento homeostático. Estos desarrollos han tenido impacto no solo en neurociencia, sino también en la práctica clínica. La comprensión de los síntomas como experiencias encarnadas, el papel del cuerpo en los trastornos emocionales y la necesidad de una psicoterapia que incluya la dimensión visceral y afectiva del paciente, son líneas que derivan directamente de estas teorías. La toma de decisiones, la regulación emocional o el juicio clínico, no pueden separarse de sus bases corporales.
Con el auge de la inteligencia artificial (IA), se ha reactivado con fuerza el debate sobre la naturaleza de la mente. Si decimos que la IA carece de un cuerpo sometido a procesos biológicos y emociones encarnadas, ¿podrá venir a sustituir a la mente humana en el futuro? La cuestión no es solo técnica. Desde el marco de la IA débil, disponemos ya de sistemas que superan a los humanos en tareas específicas. Asistentes como ChatGPT, NotebookLM, Tandem Health y otros modelos predictivos, pueden superar las capacidades humanas en dominios concretos como el diagnóstico por imagen, el análisis sintáctico o la predicción estadística. ¿Pero qué ocurre con la conciencia, el juicio moral o la creatividad? Para autores clásicos como Damasio o LeDoux (1999), estas propiedades son insustituibles si no se replican también los sustratos somáticos y emocionales que hacen posible una mente con sentido y autoconciencia. Dicho de otro modo: si los procesos homeostáticos son condición necesaria para el pensamiento, la conciencia y la racionalidad plena, entonces la IA no va a replicar nuestra humanidad.
La teoría de la IA fuerte, en cambio, plantea el desarrollo de sistemas que no solo procesan datos, sino que son conscientes, sintientes y autónomos. Algunos investigadores plantean la construcción de la Embodied AI, esto es: robots con cuerpos que interactúan con el mundo físico, integrando señales sensoriales y motoras (Brooks, 2003; Clark, 2016). En teoría, esto podría aproximarlos a una forma de inteligencia más parecida a la humana. Ejemplos como Optimus (el robot humanoide de Tesla), los Soft Robots (IA combinada con redes neuronales para generar movimiento) o los modelos computacionales recientes de aprendizaje sensoriomotor autónomo, muestran el avance hacia una inteligencia artificial capaz de percibir, moverse y adaptarse al entorno (Yifan et al., 2025). Pero incluso con un cuerpo físico, sigue faltando un sistema de presión biológica real. La IA será poderosa y fuerte en rapidez, integración y generación de trillones de datos, pero se mantendrá moralmente débil si no puede desarrollar una preferencia real entre existir o no, entre un resultado u otro. Podrá “simular” que prefiere algo, pero no “tomar” la decisión con genuina preferencia, ya que para ello tendría que experimentar su propia fragilidad. Sin algo que proteger -la búsqueda del goce, la evitación del dolor y la pérdida- no puede haber un interés en seguir existiendo.
Para el ejercicio de la psicología esta diferencia es clave, e implica actualizar el modo en que se evalúa y aborda el sufrimiento humano. El paciente que acude a consulta porque su pensamiento está imbuido de memorias o emociones dolorosas o porque teme afrontar algo que le desborda, está vivenciando un malestar que es fruto de su condición ontológica y que la IA no puede experimentar. Sin esa vivencia, no hay sufrimiento ni sistema moral que guíe la toma de decisiones vitales, lo que aplica también a la persona del terapeuta. Si la ética, como señala Nussbaum (2001), emerge de la posibilidad de ser herido, no basta entonces con reestructurar cogniciones; hay que recuperar la experiencia sentida, esa que se encarna en cada encuentro terapeuta-paciente. Es de este modo que los psicólogos pueden -y deben- participar en el debate sobre la IA desde su especificidad clínica: qué significa estar vivo, qué significa cambiar, qué significa decidir desde la vulnerabilidad.
En lugar de preguntarnos si la IA llegará a ser como nosotros, tal vez debamos plantearnos cómo queremos relacionarnos con ella. La inteligencia aumentada, que implica la colaboración entre mentes humanas y sistemas artificiales, ofrece un horizonte más realista y útil. En contextos clínicos, esto podría traducirse en herramientas que ayuden a registrar y evaluar síntomas o a detectar patrones de conducta, pero sin sustituir el juicio, la empatía y el contacto humano. Porque lo que nos hace singulares no está en los datos, sino en la forma en que estos nos afectan. En este sentido, la psicología no debe temer a la IA, sino contribuir a definir los límites de su aplicación desde una comprensión más a fondo de lo que significa ser humano.













