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FEM: Revista de la Fundación Educación Médica

On-line version ISSN 2014-9840Print version ISSN 2014-9832

FEM (Ed. impresa) vol.20 n.3 Barcelona Jun. 2017

 

EDITORIAL

Evaluación de los procesos formativos de los médicos: ¿son adecuados?, ¿damos feedback?

Evaluation of the learning processes in doctors’ training: are they adequate? Do we provide feedback?

Arcadi Gual1  2  3 

1Catedrático de la Facultad de Medicina y Ciencias de la Salud de la Universitat de Barcelona

2Secretario de la Sociedad Española de Educación Médica(SEDEM)

3Patrono de la Fundación Educación Médica FEM)

La apreciación de que nuestra sanidad es buena y de que los profesionales de nuestro mundo sanitario son excelentes está a flor de piel. Disponemos de facultades de medicina de excelencia, trabajamos en instituciones sanitarias modernas, y los resultados en salud deben calificarse de buenos. Y en medio de este entramado están los profesionales de la salud y, muy especialmente, los médicos y el personal de enfermería.

Desde el ámbito de la educación médica nos preocupa la formación de todos ellos en todas sus etapas, que repetimos una vez más, van desde el grado y la formación especializada hasta la formación continuada. Y como todos aceptamos sin reflexionar que las premisas son correctas –la sanidad es buena, los resultados en salud son buenos–, concluimos que la formación de los médicos también es buena. No discutiré si la formación que damos es buena o no, cada uno tendrá su criterio y su opinión, pero pediría una reflexión: ¿cómo se sabe que la formación de grado, la que impartimos en las facultades de medicina, es buena? ¿Es buena la formación de especialistas?, ¿estamos seguros?, ¿cómo se sabe? Y la formación continuada, ¿es la adecuada?, ¿cómo se sabe? Lo que estoy preguntando y poniendo en cuestión es que, para afirmar que los diferentes procesos formativos de los médicos son buenos, sólo podremos hacerlo si hemos efectuado algún tipo de evaluación. No me refiero a evaluar a los estudiantes, que también, sino, y muy especialmente, a los propios procesos de formación y, en otras instancias, al profesorado y a los resultados en salud.

Además, no debemos perder de vista que lo importante no es formar a los alumnos o profesionales; lo que nos debe preocupar es saber que lo han aprendido. Si lo han aprendido, perfecto, y si no lo han aprendido, remediar los errores. Se trata pues de evaluar primero y retroalimentar (dar feedback) siempre, y si los hubiera, corregir los errores.

Hay algo que debería preocuparnos más que no hacer las cosas, y es hacerlas mal. Quiero decir que si reprendemos a los responsables de una facultad o de una institución sanitaria porque no han evaluado los procesos de formación, seguramente se sonrojarán. Sin embargo, si su institución ha pasado por un programa de evaluación y mejora de procesos, no sólo no se sonrojará, sino que asegurará con vehemencia que lo hace bien.

Si bien la evaluación de las competencias de los estudiantes de grado, de los residentes y de los profesionales constituye un tema capital, el objetivo de este editorial es repasar la evaluación de los procesos de formación en cada uno de los tres grandes niveles: el grado, la formación especializada y la formación continuada

En el grado, la evaluación está aparentemente organizada. Si una facultad está interesada en implementar un nuevo grado ha de presentar una memoria en la que consten, entre otros elementos, tanto los medios de infraestructura como los recursos humanos necesarios para impartir dicho grado y, por supuesto, un plan docente detallado. En un sistema de calidad garantista como es el nuestro, esta memoria es evaluada por la ANECA o la agencia autonómica correspondiente, que informa favorable o desfavorablemente o realiza enmiendas si es el caso. Evaluar esta memoria está bien y resulta útil. La mejor demostración de su utilidad es que las diferentes comisiones enmiendan las propuestas y sugieren mejoras que son atendidas por los proponentes. Lo que ya no está tan bien es que sólo se evalúa el contenido del papel. Si alguien piensa que estoy sugiriendo que las memorias contienen falsedades voluntarias, se equivoca. Dudo que una facultad pretenda urdir una falsedad en documento público. Lo que digo es que los papeles no muestran la realidad. Por poner un ejemplo fácil: si una memoria expone que se dispone de 10 aulas grandes y 20 pequeñas, seguramente es cierto, pero no es menos cierto que esas mismas aulas ya se usan para otros grados. Y lo mismo ocurre con los recursos asistenciales, con el número de pacientes o con los recursos humanos o el profesorado. No creo que nadie desconozca que se han puesto en marcha centenares de nuevas actividades docentes a coste cero, teniendo en cuenta que el coste del estrés de un profesor que en cuatro años ha duplicado su docencia es, naturalmente, cero. Algo parecido ocurre con la evaluación posterior en la que se renueva la acreditación para seguir impartiendo el correspondiente grado. En ella, que se realiza on site, presencialmente, al término de los cuatro, cinco o seis años, se evalúa el grado de cumplimiento de los compromisos adquiridos y los resultados del grado en cuestión.

Insisto en que la conclusión no es que las evaluaciones de la ANECA estén mal hechas, lo que está mal es el sistema que evalúa al detalle algunos aspectos y deja lagunas inmensas en otras partes de los procesos docentes. Permítanme ser agrio: si no hubiese evaluación alguna, clamaríamos al cielo para que la hubiera, pero si la hay, como es el caso del grado, ya estamos contentos y la facultad tal o cual puede estar satisfecha y exclamar en voz alta: ‘ya he pasado la evaluación y es positiva, ¡naturalmente!’.

En la formación especializada, si bien los procesos de evaluación son diferentes y la responsabilidad no recae en la ANECA sino en el propio Ministerio de Sanidad, podríamos decir que se repiten tanto las fortalezas como los puntos débiles. Las auditorías y los auditores no son el problema. El problema radica en la estructura y, en muchos casos, en la poca capacidad de forzar el remedial.

En la formación continuada se ha introducido otra falacia que sirve para dejarnos tranquilos. Hemos organizado 17 oficinas, una por comunidad autónoma, para evaluar lo que en Bruselas se hace para toda Europa con tres administrativos y un buen sistema informático. Y con ello evaluamos las actividades, lo cual está bien, pero se debería tener en cuenta que dichas actividades son la punta del iceberg del sistema de formación continuada. Evaluar la parte del iceberg que no emerge no nos lo hemos planteado.

Estas reflexiones, sobre las que es posible que alguien discrepe en algún aspecto, evidencian que globalmente no evaluamos bien los procesos formativos, que en muchas ocasiones no sabemos qué es lo que se debe evaluar, y que los procesos de evaluación del grado, de la formación especializada y de la formación continuada están muy lejos de lo que deberían ser. Que la participación de los expertos en evaluación brilla por su ausencia, que los esfuerzos y el gasto en la evaluación de los procesos de formación de los médicos no son eficientes, y que seguramente nadie quiero hacerlo mal, pero no nos enteramos de que lo hacemos incorrectamente.

Es posible que nuestro sistema sanitario sea bueno. Es posible que nuestros profesionales sean eficientes, eficaces, incluso excelentes. Pero, ¿podrían ser mejores? La respuesta no puede saberla nadie si no evaluamos bien y damos el feedback adecuado.

E-mail: agual@ub.edu

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