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</front><body><![CDATA[ <P>&nbsp;</P>     <P>&nbsp;</P>     <P><b><font face="Verdana" size="4">La humanización de la medicina</font></b></P>     <P>&nbsp;</P>     <P>&nbsp;</P>     <P><b><font face="Verdana" size="2">Pedro Gutiérrez Recacha</font></b></P>     <P><font face="Verdana" size="2">Departamento de Psiquiatría. Universidad Autónoma de Madrid.</font></P>     <P>&nbsp;</P>     <P>&nbsp;</P>     <P><font face="Verdana" size="2">La medicina considerada como ciencia presenta una particularidad: su objeto  de estudio es el propio hombre. Es cierto que otras muchas disciplinas —desde  las que tradicionalmente se han agrupado bajo la denominación de ‘humanidades’  hasta las históricamente más recientes ‘ciencias humanas’— han fijado en el  ámbito de ‘lo humano’ su esfera de interés. Sin embargo, el enfoque de tales  aproximaciones parece a priori alejado de la perspectiva médica. Frente a una  visión del hombre que abarca múltiples dimensiones —desde la creatividad hasta  las relaciones sociales— la medicina parece constreñir su campo de reflexión a  un único atributo humano: la salud. Vaya por delante que el concepto de salud  resulta, como poco, ambiguo y permite las más variopintas definiciones. Sin  embargo, la evolución que ha experimentado la medicina en las últimas décadas,  orientada por la aspiración a convertirse en una ciencia rigurosa, ha vinculado  la idea de ‘salud’ a la de ‘hecho’; prima, por tanto, la dimensión más corpórea  y empírica del hombre como objeto de estudio médico. Entonces, podemos  preguntarnos, ¿qué papel juegan en la ciencia o la práctica médicas otros  componentes que configuran ese todo complejo que llamamos ‘humanidad’? Se  vislumbra un primer riesgo: el de reificar, cosificar, simplificar las  realidades de lo humano. Pero el carácter humano del objeto de la labor médica  no tiene por qué suponer una limitación. Antes bien, en ocasiones, contar con un  objeto de estudio dotado de autoconciencia y de capacidad de comunicación puede  resultar una ventaja maravillosa, que abre nuevas perspectivas metodológicas y  aleja definitivamente la medicina de las ciencias más fisicalistas.</font></P>     ]]></body>
<body><![CDATA[<P><font face="Verdana" size="2">Pero cualquier reflexión sobre la ‘humanización de la medicina’ debe partir  de un trabajo de delimitación previo que podríamos resumir en la siguiente  pregunta: ¿qué entendemos por ‘humanizar’? Lo cual es tanto como preguntar: ¿qué  entendemos por ‘humano’? Pues, si atendemos a la significado del verbo  suministrado por la Real Academia Española, humanizar no significa sino "hacer  humano". Diego Gracia, en un brillante texto titulado "Por una asistencia médica  más humana" (Gracia, D., 2004), parte precisamente de esta reflexión preliminar.  En su opinión, no existe una única definición de ‘lo humano’ que pudiera ser  aplicada en todo tiempo y lugar. En épocas anteriores, los modelos de  ‘humanismo’ que se han sucedido en la sociedad occidental vendrían  caracterizados por tres rasgos distintivos: su absolutismo (es decir, se  impondrían con carácter de verdad absoluta sin dejar espacio a posibles  excepciones), su exclusivismo (aceptar un paradigma implicaría necesariamente  rechazar otros, negando cualquier atisbo de verdad en los mismos) y su  racionalismo (se confiaría en la razón como criterio, postergando las  dimensiones irracionales de lo humano, como los sentimientos). Empero, la  denominada ‘crisis de la Razón’ que sacudiría a la humanidad en los siglos XIX y  XX cuartearía los viejos modelos de humanidad y dejaría como corolario el  hallazgo de los valores: toda apreciación, a la par que racional, es también un  acto emocional, subjetivo. En expresión de Max Weber, citada por Gracia en su  trabajo, la realidad humana en la actualidad se caracterizaría por un  "politeísmo axiológico" al que la práctica médica no podría ser ajena. La  medicina debería considerar, pues, tanto hechos como valores, tema este que ha  ocupado otro texto firmado también por el mismo autor (Gracia, D., 2003).</font></P>     <P><font face="Verdana" size="2">Pero, ¿la aceptación de la existencia de distintos valores que guían las  apreciaciones personales supone caer en un caos relativista? Tal situación en  poco podría ayudar al desempeño del médico. En una época en la que la medicina  se ha institucionalizado parece razonable exigir algún principio rector que guíe  su actividad para evitar la parálisis que todo desconcierto lleva aparejada. A  mi modo de ver, tal principio —que resulta previo al reconocimiento de la  pluralidad de valores y lo posibilita— existe y consiste en la aceptación del  hombre como individuo, con dignidad, autonomía y libertad. Me permito así  aventurar una respuesta a esa pregunta que Diego Gracia planteaba en su texto,  cuya resolución era condición necesaria para continuar con este razonamiento.  ¿En qué consiste ‘ser humano’? Consiste, fundamentalmente, en ser individuo.</font>  </P>     <P><font face="Verdana" size="2">El papel que la noción de individuo ha jugado en el desarrollo político y  filosófico en los últimos siglos, a mi entender, ha resultado crucial. Si bien  el siglo XX se ha caracterizado por el auge de no pocas ideologías totalitarias,  la sombra de éstas no puede ni debe eclipsar otros movimientos que han hecho de  la defensa de la libertad individual su baluarte. El liberalismo, el anarquismo  o incluso la conversión del socialismo real en socialdemocracia han puesto de  manifiesto la relevancia política de la figura del individuo. Una relevancia que  muy bien puede extenderse al terreno de la práctica médica, pues, como se afirma  en el conocido documento Los fines de la medicina elaborado por el grupo de  investigación del Hastings Center: "<i>Los enfermos presentan sus malestares y  lesiones al médico como personas; esto es lo que experimentan subjetivamente de  forma más directa y lo que suele motivarles a buscar alivio. Se presentan a sí  mismos como individuos, y son precisamente esos individuos los que deben  constituir el punto de partida de la cura y los cuidados</i>" (Callahan, D. et al,  2004). La individualidad del paciente ha alcanzado su máxima expresión en el  conocido ‘principio de autonomía’. Frente a una visión patriarcal en el que la  decisión corresponde exclusivamente al médico, se ha reivindicado la libertad  del paciente para elegir en aquellas cuestiones que involucren su propio sistema  de valores, pues "<i>velar por nuestra salud nos confronta con alternativas que  tienen que ver con nuestro propio destino. La lucha por la salud nos obliga a  cargar con la responsabilidad propia de los agentes morales que deben elegir las  políticas sanitarias adecuadas a su propio bienestar</i>" (Engelhardt, H.T., 1999,  12). La medicina, en relación a la libertad individual del paciente presenta una  doble faz. Es indudable que la potencia, pues permite superar la amenaza de la  pérdida de salud. Pero, por otro lado, en nombre de esa misma salud puede  asimismo restringir la autonomía del sujeto. Como bien dice H. Tristram  Engelhardt Jr., "la medicina nos libera de la naturaleza y nos impone la  responsabilidad de escoger libremente entre las nuevas alternativas que nos  ofrece, mientras que a su vez nos amenaza con un puritanismo secular en defensa  de la salud y con tratar los problemas del ser humano desde un punto de vista  médico y sin sentido crítico" (Engelhardt, H.T., 1999, 12-13).</font> </P>     <P><font face="Verdana" size="2">La asunción de la realidad humana como realidad individual puede iluminar  nuestro sendero, pero no despeja el camino de toda dificultad. Si todo sujeto  tiene derecho a la autonomía, ¿cómo armonizar posibles conflictos entre  autonomías individuales o, en nuestro caso, cómo garantizar la salvaguarda de la  autonomía del paciente frente a la del médico? La compatibilidad entre autonomía  y universalidad, ya desde la obra de Kant, constituye una cuestión polémica. De  hecho, podemos considerar buena parte de las propuestas éticas del siglo XX como  un intento de parchear la formulación del problema tal y como fue propuesta por  el filósofo de Königsberg. Las éticas dialógicas, que tienen en Jürgen Habermas  su representante más conspicuo, tal vez constituyan el caso más paradigmático de  esta voluntad de continuidad, con ciertas enmiendas, del espíritu kantiano.  Muchas son las críticas que podrían objetarse a estos planteamientos. Para  empezar, la propia viabilidad de la propuesta. La toma de decisiones en una  situación ideal de discusión en la que todo individuo involucrado en la misma  pueda someter su elección a la consideración de los demás mediante el diálogo  constituye una solución que difícilmente puede ser objeto de una implementación  práctica —deba o no deba serlo, eso es otra cuestión que merecería mayor  discusión— en la esfera de lo político.</font></P>     <P><font face="Verdana" size="2">Sin embargo, la medicina se desenvuelve en un marco específico que, al menos  en este aspecto, difiere del político. El escenario más habitual en el que se  desarrolla la práctica médica es la relación de dos individuos que entran en  contacto: el profesional y el enfermo. Esto permite simplificar el siempre  resbaladizo y a veces hueco concepto de ‘consenso entre distintas partes’. Ahora  el esquema se reduce a dos únicos actores: uno pone en juego una demanda de  ayuda, el otro propone un determinado curso de acción que somete a la  consideración del primero . Esta relación médico-paciente constituye un aspecto  nuclear de la disciplina sanitaria que ha permanecido invariante desde sus  mismos albores. Como bien afirma Mark A. Siegler:</font> </P><I>     <blockquote>     <P><font face="Verdana" size="2">"A pesar de los avances científicos del último siglo, ni el papel del la  profesión médica en las sociedades humanas ni la relación doctor-paciente han  cambiado sustancialmente. Desde los tiempos antiguos, el encuentro entre el  curador y el paciente ha constituido el principal medio por el que la medicina  logra sus objetivos. Esta continuidad extraordinaria tiene su raigambre en el  hecho de que la medicina responde a una necesidad humana universal e invariable:  ayudar a los pacientes. Es más, la mayor parte de la ayuda médica se proporciona  en el encuentro directo entre paciente y médico esto es, en la relación  doctor-paciente". (Siegler, M.A., 2000, S20)</font></P> </blockquote> </I>     <P><font face="Verdana" size="2">La herramienta que permite la comunicación entre el médico y el paciente es,  por tanto, el diálogo. El diálogo es asimismo el vehículo a través del cual se  pondrán en juego los valores del enfermo. De ahí que no sea suficiente que el  médico tenga presente que existe una pluralidad de valores. El respeto a los  valores asumidos por el enfermo implica la obligación de presentar los  dictámenes del facultativo de modo que estos puedan ser interpretados desde el  sistema axiológico concreto que presenta el paciente. No basta, por tanto, con  el conocimiento. Es necesario también el desarrollo de habilidades específicas  (de comunicación, de consejo...). Como se indica en el ya aludido documento Los  fines de la medicina, conocimiento y capacidad son igualmente necesarios:</font>  </P><I>     <blockquote>     <P><font face="Verdana" size="2">"En muchos casos, por supuesto, una técnica completamente impersonal resulta  aceptable, e incluso deseable, como en traqueotomías de urgencia, reanimaciones  cardiopulmonares y muchos tipos de cirugía de alta tecnología; pero lo más común  es que se requieran también cuidados. Los cuidados no consisten simplemente en  manifestar preocupación, conmiseración y disposición a hablar con el paciente;  comprenden también la capacidad para hablar y escuchar de un modo que demuestra  conocimiento de los servicios sociales y asistenciales necesarios para ayudar al  paciente y a su familia a afrontar una amplia gama de problemas no médicos que  pudieran acompañar, como normalmente ocurre, a su padecimiento". (Callahan, D.  et al, 2004, 43-44)</font></P> </blockquote> </I>     ]]></body>
<body><![CDATA[<P><font face="Verdana" size="2">Por otro lado, no conviene olvidar, como muy bien afirma Diego Gracia, que  humanizar "<i>exige unas ciertas condiciones básicas, que si no se poseen pueden  generar lo contrario de lo que se van buscando, es decir, generar procesos de  deshumanización</i>" (Gracia, D., 2004, 94). Es decir, para humanizar la práctica  médica, el profesional debe actuar como humano. Si aceptamos la identificación  que he propuesto en un párrafo anterior entre ‘humano’ e ‘individuo’, actuar  como ‘humano’ vendría a significar actuar como ‘individuo autónomo’. La  precisión no resulta baladí, teniendo en cuenta que, a pesar de que el núcleo de  la práctica médica sigue involucrando —como ya se ha comentado— a médico y  paciente, el desarrollo de los sistemas sanitarios en nuestras sociedades  contemporáneas ha diseñado alrededor de este eje fundamental todo un complejo  panorama con nuevos elementos. El profesor Enrique Baca, director del  departamento de Psiquiatría de la Universidad Autónoma de Madrid, recientemente  ha propuesto un esquema explicativo del sistema sanitario caracterizado por la  presencia de cuatro agentes: a los ya acostumbrados médico y paciente habría que  añadirles, al menos en las sociedades occidentales, las figuras del tercer  pagador (bien sea el propio Estado o una aseguradora privada) y de la industria  farmacéutica. Los distintos agentes asumirían valores diferentes que fácilmente  podrían entrar en conflicto. Es importante que, en estas circunstancias, el  médico mantenga su independencia profesional frente a eventuales influencias  externas, pues quien no toma interés en defender su propia autonomía  difícilmente podrá respetar la ajena.</font> </P>     <P><font face="Verdana" size="2">Por supuesto, al referirme al médico como individuo y subrayar su autonomía  no pretendo afirmar que su labor deba ser arbitraria. Nada más lejos de mi  intención. Si el médico es médico, lo es porque ha aprendido una técnica que  puede aplicar en la práctica. Ahora bien, actuar como individuo comporta un  aprendizaje específico que no puede quedar limitado a unos conocimientos  aislados, ni tan siquiera a unas habilidades. Entraña una cierta interiorización  de esos conocimientos y esos hábitos filtrada por la propia experiencia, esto  es, una apropiación de los mismos de modo que incluso llegue a impregnar el  propio carácter. Podría hablarse de la adquisición de virtudes en el sentido  aristotélico. Tampoco perdamos de vista que, de acuerdo a lo que se ha venido  argumentando en el presente texto, los conocimientos y habilidades que exige la  práctica médica no son sólo de índole médica, sino también ‘humanitaria’. En el  ya aludido informe del Hastings Center se afirma:</font> </P><I>     <blockquote>     <P><font face="Verdana" size="2">"¿Por qué estoy enfermo? ¿Por qué he de morir? ¿Qué sentido tiene mi  sufrimiento? La medicina, como tal, no tiene respuestas a estas preguntas, que  no pertenecen a su esfera. Y, sin embargo, los pacientes recurren a médicos y  enfermeros, en su calidad de seres humanos, en busca de algún tipo de respuesta.  En estos casos, sugerimos que el profesional de la salud recurra a su propia  experiencia y visión del mundo, haciendo uso no sólo de sus conocimientos  médicos, sino también de los sentimientos de compasión y fraternidad entre seres  humanos" (Callahan, D. et al., 2004, 43).</font> </P> </blockquote> </I>     <P><font face="Verdana" size="2">Mark A. Siegler (Siegler, M.A., 2000, S21) abunda en la misma línea de  razonamiento, sugiriendo que son dos los valores profesionales que resultan  centrales en la práctica médica: la virtud aristotélica de la phronesis,  entendida como una suerte de sabiduría práctica (capacidad de determinar el  curso más adecuado de acción ante cualquier situación) que incorporaría tanto la  competencia clínica como la capacidad de juicio clínico; y el respeto por las  personas (respect for persons), que englobaría actitudes como la compasión, la  honestidad, la confianza y el reconocimiento del derecho del paciente a realizar  sus propias elecciones médicas.</font></P>     <P><font face="Verdana" size="2">Creo que las dos ‘virtudes’ destacadas por Siegler resumen con pulcra  exactitud el objetivo que pretendía alcanzar el presente texto: afirmar que la  humanización de la medicina no es, ni mucho menos, incompatible con la visión  técnica de la disciplina y que, en último término, exige un aprendizaje paralelo  del médico que se traduce en conocimientos, habilidades y actitudes. La  consecución de estas últimas, sin duda, constituye el reto más arduo, pues como  bien ha señalado Diego Gracia: "<i>Pueden enseñarse los conocimientos y pueden  aprenderse las habilidades, pero los rasgos de carácter son muy difíciles de  cambiar</i>" (Gracia, D., 2004, 101). El único medio de lograrlo es la práctica  diaria cara a cara con el paciente, pero contemplando a éste como individuo  dotado de autonomía.</font></P>     <P>&nbsp;</P>     <P><b><font face="Verdana">Bibliografía</font></b></P>     <P><font face="Verdana" size="2">1. Baca, E. "Las cuatro ‘lógicas’ del sistema sanitario: médico, enfermo,  tercer pagador e industria" (En prensa).</font></P>     <P><font face="Verdana" size="2">2. Callahan, D. et al. Los fines de la medicina. Cuadernos de la Fundació  Víctor Grifols i Lucas. Nº 11. Barcelona. 2004.</font></P>     ]]></body>
<body><![CDATA[<P><font face="Verdana" size="2">3. Engelhardt, H.T. "Salud, medicina y libertad: una evaluación crítica". En  Libertad y Salud. Cuadernos de la Fundació Víctor Grifols i Lucas. Nº 1.  Barcelona. 1999. Páginas 11-28.</font></P>     <P><font face="Verdana" size="2">4. Gracia, D. "Hechos y valores en la práctica y en las ciencia médicas".  Hechos y valores en psiquiatría. Triacastela. Madrid. 2003. Páginas 43-70.  Publicado originalmente en: García Guillén, D. "Hechos y valores en la práctica  y en la ciencia médicas", en Bujosa i Homar, F. Et al. (eds.). Actas del IX  Congreso Nacional de Historia de la Medicina. Vol. I. Zaragoza. Servicio de  Publicaciones de la Universidad. Páginas 37-63.</font> </P>     <P><font face="Verdana" size="2">5. Gracia, D. "Por una asistencia médica más humana". En Como arqueros al  blanco. Estudios de bioética. Triacastela. Madrid. 2004. Páginas 93-102.</font></P>     <P><font face="Verdana" size="2">6. Siegler, M.A."Professional values in modern clinical practice". The  Hastings Center Report; Jul/Aug 2000; 30, 4; Health Module pg S19-S22.</font></P>     <P>&nbsp;</P> <hr align="left" width="30%" size="1">     <P><font face="Verdana" size="2">Por supuesto, la suposición asumida a lo largo de este texto de que el  paciente se halla dotado de autonomía puede resultar, en algunos casos  cuestionable. Estoy pensando en el ejemplo por antonomasia: los enfermos  mentales. Pero en este caso se considera que la limitación a la autonomía del  enfermo no vendría impuesta (al menos, teóricamente) por la intervención del  facultativo, sino por el propio trastorno. De hecho, el profesional médico actúa  en esta situación (o debería actuar) como ‘albacea’ o ‘representante’ de la  propia autonomía del sujeto, es decir, de aquella autonomía perdida de la que el  sujeto disfrutaría de no estar lastrado por un trastorno  mental.</font></P>     ]]></body>
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