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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Denegación y límite: Acerca de los llamados trastornos límites]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[Studies regarding disorders of borderline point out that neurosis and psychosis only cover a small field within psychopathology.]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[ <P align="right"><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2"><B>ORIGINALES Y REVISIONES</B></FONT></P>     <P>&nbsp;</P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="4"><B><a name="top"></a>Denegaci&oacute;n y l&iacute;mite. Acerca de los llamados trastornos l&iacute;mites</B></FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="4"><B>Denial and limits. About the so called borderline disorders</B></FONT></P>     <P>&nbsp;</P>     <P>&nbsp;</P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2"><B>Francisco Pere&ntilde;a</B></FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Psicoanalista.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2"><a href="#back">Direcci&oacute;n para correspondencia</a></FONT></P>     <P>&nbsp;</P>     ]]></body>
<body><![CDATA[<P>&nbsp;</P> <hr size="1" noshade>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2"><B>RESUMEN</B></P>      <P>El estudio de los trastornos del l&iacute;mite revela que la neurosis y la psicosis s&oacute;lo cubren un reducido campo de la psicopatolog&iacute;a.</P>      <P><B>Palabras clave:</B> L&iacute;mite, denegaci&oacute;n, identificaci&oacute;n, ambivalencia, narcisismo. </FONT></P> <hr size="1" noshade>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2"><B>SUMMARY</B></P>     <P>Studies regarding disorders of borderline point out that neurosis and psychosis only cover a small field within psychopathology.</P>     <P><B>Key words:</B> Borderline, denial, identification, ambivalence, narcissism.</FONT></P> <hr size="1" noshade>     <P>&nbsp;</P>     <P align="right"><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2"><I>El mundo que nos rodea resultar&iacute;a desolador si no    <BR> fuera por el mundo que llevamos dentro.</I>    ]]></body>
<body><![CDATA[<BR> Wallace STEVENS</FONT></P>     <P>&nbsp;</P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="3"><B>Introducci&oacute;n: sobre fen&oacute;meno y estructura</B></FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Cualquier estudiante de psiquiatr&iacute;a o de psicolog&iacute;a que quiera orientarse por el DSM IV en esta omnipresente y a la vez huidiza patolog&iacute;a, encontrar&aacute; diez distintos trastornos de la personalidad a los que hay que a&ntilde;adir para mayor <I>inri</I> un und&eacute;cimo llamado "trastorno de la personalidad no especificado", como si los anteriores lo estuvieran. Ya, tal abundancia clasificatoria, con el a&ntilde;adido adem&aacute;s del inespec&iacute;fico, nos indica las dificultades y la complejidad de la tarea empezando por la tarea clasificatoria. Cuando uno lee de un tir&oacute;n las diversas caracter&iacute;sticas que se utilizan como criterios diferenciales, pronto uno ya no sabe de qu&eacute; trastorno se trata, de tan parecidos y meramente acumulativos que resultan. Est&aacute; el trastorno paranoide de la personalidad (suspicacia) y el esquizoide (emocional), pero tambi&eacute;n el esquizot&iacute;pico (exc&eacute;ntrico), y luego viene el antisocial y el propiamente l&iacute;mite (inestabilidad-impulsividad), a los que se a&ntilde;aden el histri&oacute;nico (llamar la atenci&oacute;n), el narcisista (necesidad de admiraci&oacute;n), el inhibido ("trastornos de la personalidad por evitaci&oacute;n"), el obsesivo-compulsivo y el dependiente.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">No quiero detenerme en resaltar lo ca&oacute;tico, inespec&iacute;fico y forzado de esta clasificaci&oacute;n, para la que todo es un trastorno y que cabr&iacute;a entender en referencia a un ideal de normalidad enteramente ficticio (¿qui&eacute;n no se reconocer&iacute;a en esos rasgos, as&iacute;, echados a voleo?), como lo es el mismo t&eacute;rmino de "personalidad", comod&iacute;n que puede servir para nombrar cualquier cosa del individuo y que s&oacute;lo se puede disculpar porque vino a cumplir en su momento una cierta funci&oacute;n epist&eacute;mica en la historia de la psicopatolog&iacute;a que consist&iacute;a en utilizar dicho t&eacute;rmino para diferenciar estos trastornos de las dos estructuras cl&iacute;nicas definidas: la neurosis y la psicosis. Pero ya se sabe lo que sucede con esos t&eacute;rminos provisionales, que la inercia tiende a mantenerlos. El t&eacute;rmino "personalidad" nunca fue bien definido y se us&oacute; como comod&iacute;n epistemol&oacute;gico abstracto y poco riguroso que lejos de iluminar lo particular, lo oscurece y confunde, desplazando el criterio distributivo hacia una concepci&oacute;n de la normalidad del todo inerte, no s&oacute;lo ficticia, como digo, por inexistente, sino inerte, un ideal de normalidad en el que no cabr&iacute;a la pasi&oacute;n, ni el p&aacute;nico, ni el desorden, ni el engreimiento, ni la dependencia, ni la rivalidad, ni el sentido persecutorio (&iexcl;como si hubiera otro!), ni el odio ni la s&uacute;plica. He aqu&iacute; entonces un ideal de normalidad que m&aacute;s bien parece el epitafio cursi y exagerado de un nicho mortuorio.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">En la lecci&oacute;n 31 de sus <I>Neue Vorlesungen, </I> Freud compara la psicopatolog&iacute;a con el cristal que se rompe seg&uacute;n l&iacute;neas precisas de fractura, quiz&aacute;s invisibles antes de su rotura. Esa ser&iacute;a la estructura del cristal, esas grietas y esas l&iacute;neas de fractura. As&iacute; es, a&ntilde;ade, la estructura de la llamada enfermedad mental o <I>Geistkrankheit</I>, la cual de ninguna otra manera podr&iacute;a sernos conocida m&aacute;s que a partir de su fractura. No es mala idea esta de guiarse no por un ideal de normalidad sino por las nervaduras de las quiebras y de las defensas que dar&iacute;an su particularidad estructural al sujeto, cuyas l&iacute;neas de fractura o grietas ir&iacute;an cristalizando desde el inicio, siendo constitutivas de la encarnadura del sujeto, de su concreci&oacute;n, y que s&oacute;lo su rotura permitir&iacute;a ver.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Por eso, la dificultad diagn&oacute;stica no se resuelve negando la existencia de tales trastornos por la sencilla raz&oacute;n de que nos topamos una y otra vez con ellos, y podr&iacute;amos decir que cada vez m&aacute;s. Por lo cual, resulta que topamos con un tipo de "trastornos" respecto a los que no encontramos unos aquilatados modos de inteligibilidad, no por un excesivo af&aacute;n clasificatorio, o no s&oacute;lo por eso ni principalmente por eso, sino por ser fen&oacute;menos cl&iacute;nicos tan imprevisibles o tan confusos y diversos que se resisten a una mentalidad clasificatoria. De forma que estos trastornos, propiamente fen&oacute;menos, que se resisten a una clasificaci&oacute;n basada en criterios o proposiciones universales, demuestran que la cl&iacute;nica no se puede basar en tales principios universales, en la autonom&iacute;a institucional del concepto, a&uacute;n cuando con ellos se pretenda dar cuenta de la realidad singular, sino en fen&oacute;menos, en aquello que se muestra en su realidad diferenciada a la mirada o a la intuici&oacute;n, interrog&aacute;ndonos. El fen&oacute;meno resiste en su mostraci&oacute;n a su pronta inteligibilidad, y aquello que se resiste a la inteligibilidad de una doctrina es siempre un terreno f&eacute;rtil para hacernos algunas preguntas, quiz&aacute;s no previstas en el gui&oacute;n de la doctrina.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">La primera pregunta, la pregunta previa, o si se quiere metodol&oacute;gica, que debemos hacernos es sobre ese aspecto de confusi&oacute;n y de abigarramiento con el que se presenta para el cl&iacute;nico este tipo de fen&oacute;menos de tan dif&iacute;cil discernimiento. ¿Esa dificultad responde a nuestra limitaci&oacute;n coyuntural para encontrar la buena manera de ordenamiento, o dicha dificultad proviene del mismo fen&oacute;meno cl&iacute;nico que intentamos clasificar y que constituye un obst&aacute;culo interior al doctrinarismo que en su af&aacute;n clasificatorio y reduccionista deja fuera demasiada realidad inadecuada a sus criterios?</FONT></P>     <P>&nbsp;</P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="3"><B>Estados l&iacute;mites como estados de desvalimiento</B></FONT></P>     ]]></body>
<body><![CDATA[<P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Las Jornadas Interuniversitarias Par&iacute;s V-Par&iacute;s VII, celebradas en 1998, ten&iacute;an como tema los estados l&iacute;mites o fronterizos y su t&iacute;tulo era <I>&Eacute;tats de detresse</I>, es decir, estados de vulnerabilidad o desamparo, de desvalimiento, en referencia al t&eacute;rmino o concepto de <I>Hilflosigkeit</I> con el que Freud ven&iacute;a a referirse a la peculiar condici&oacute;n del <I>infans</I> humano sometido en su desvalimiento a una dependencia que genera angustia y sentimiento de desprotecci&oacute;n o desamparo, estado que inicia la particular condici&oacute;n del sujeto humano expuesto nada m&aacute;s nacer a una vida instintiva desordenada o destruida, sin un programa dado de c&oacute;mo vivir, necesitado de ra&iacute;z del otro para vivir, con lo que eso incorpora de sentimientos encontrados, de experiencias contradictorias y de continuos anhelos y temores. C&oacute;mo valerse en la vida, es una tarea del sujeto y no un programa previo con el que vendr&iacute;a a la vida ya provisto. Pero si algo com&uacute;n del sujeto humano se puede decir es precisamente esta dimensi&oacute;n particular del mismo, ya que al no haber programa de vida previo, se convierte en una experiencia enteramente singular y por ello angustiosa. Lo m&aacute;s com&uacute;n ser&iacute;a as&iacute; su m&aacute;s genuina particularidad.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">¿Por qu&eacute; esas Jornadas convocan un debate sobre los estados l&iacute;mite como estados de desvalimiento? Quiz&aacute;s por lo que anteriormente dije acerca de la necesidad de abordar estos estados o trastornos desde otras perspectivas que las habituales de la neurosis o la psicosis. Lo que parece fuera de toda duda es que el tal desvalimiento afecta a la particularidad de todo sujeto, independientemente de si puede construir o no una tipolog&iacute;a diagn&oacute;stica de respuesta, en todo caso siempre insuficiente o nunca definitiva, al silencio del trauma y el conflicto pulsional.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Abordar los estados l&iacute;mites como estados de desvalimiento, ¿querr&iacute;a decir, entonces, que son sujetos sin estructura cl&iacute;nica alguna? Esta fue, como se sabe, la tesis que Jean Bergeret propuso en 1974 (<I>La personalidad normal y patol&oacute;gica</I>). Ser&iacute;a una curiosa estructura cl&iacute;nica que se caracterizar&iacute;a por lo que llam&oacute; "aestructuraci&oacute;n" o "estado" en los l&iacute;mites de la neurosis y de la psicosis. Probablemente todos hemos tenido la sana tentaci&oacute;n de tomar los trastornos llamados l&iacute;mites como estados de a-estructuraci&oacute;n, sin estructura cl&iacute;nica. Quiero hacer al respecto dos anotaciones. La primera es que la estructura cl&iacute;nica se ha de entender como un modo de hablar en el sentido del segundo Wittgenstein, es decir, un modo de inteligibilidad y no un orden conceptual que toma su consistencia de la profesi&oacute;n de doctrina. El problema es que, en efecto, hay fen&oacute;menos cl&iacute;nicos que no responden a su posible adscripci&oacute;n en la neurosis o en la psicosis, que no responden a las estructuras diagn&oacute;sticas conocidas, porque ninguna de ellas, ni siquiera la psicosis, da cuenta de la realidad m&aacute;s originaria y particular del trastorno del sujeto, de su torpeza afectiva y fisiol&oacute;gica, de su agresividad, de su miedo. Por eso, este tipo de fen&oacute;menos cl&iacute;nicos constituyen una oportunidad extraordinaria para mirar nuestra deplorable situaci&oacute;n sin anteojeras, de mirar ese fondo de tristeza y da&ntilde;o habitualmente soslayado.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Hay algo interesante en los trabajos de Bergeret que no reside en su propuesta clasificatoria de una estructura "a-estructurada", sino en que haya podido ver, sin demasiados prejuicios doctrinarios previos, la patolog&iacute;a depresiva del llamado "estado l&iacute;mite". ¿Por qu&eacute;? Porque lo que subraya es la dificultad de estos sujetos para tratar la p&eacute;rdida, incluso, y esto ser&iacute;a a mi parecer lo m&aacute;s espec&iacute;fico, para inscribirla en su vida ps&iacute;quica, lo que les conduce a una dependencia anacl&iacute;tica que no soporta la separaci&oacute;n y que es, sin embargo, un rasgo permanente de la misma condici&oacute;n del sujeto como tal sujeto.</FONT></P>     <P>&nbsp;</P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="3"><B>Angustia de separaci&oacute;n e "identificaci&oacute;n proyectiva"</B></FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Esto nos ayuda a entender una <I>angustia de separaci&oacute;n</I>, por utilizar la expresi&oacute;n freudiana, que nos hace indefensos y asustados, y, por ello, peligrosos, carentes de la kantiana "conciencia del otro", sin la cual no hay distancia libidinal que permita una estrategia del deseo, ni tener conciencia o experiencia siquiera de la realidad separada del otro. La angustia de separaci&oacute;n detiene al sujeto en su intento de negaci&oacute;n, ante el abismo que esa negaci&oacute;n abre, como si no existiese ninguna otra cosa que la nada de la distancia de la consciencia, el vac&iacute;o y la soledad de la separaci&oacute;n que engulle y anula el movimiento. Eso les da ese aspecto de irrealidad, o directamente de falsedad, a lo que hacen o a lo que sienten.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">De ese no poder abordar la soledad de la p&eacute;rdida y crear as&iacute; un espacio subjetivo, es de lo que ha pretendido dar cuenta a lo largo de los a&ntilde;os el concepto de origen kleiniano de la <I>identificaci&oacute;n proyectiva</I>, es decir, al no haber una distancia subjetiva, la confusi&oacute;n con el otro es habitual y los propios contenidos ps&iacute;quicos, cualesquiera que sean, fantas&iacute;as, emociones o temores, se proyectan en el otro, como si carecieran de intimidad propia, sin apercibirse de la existencia real si no es como mero reflejo de temores persecutorios o idealizaciones anacl&iacute;ticas. El terror a la omnipotencia de ese otro arcaico, figura materna del poder, impide la distancia y la disponibilidad para atender la precariedad de un sujeto marcado por sus identificaciones y sus p&eacute;rdidas concretas.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Las tesis freudianas sobre la <I>identificaci&oacute;n</I> no dejan de plantear sus contradicciones, a veces por la confusi&oacute;n entre identificaci&oacute;n e idealizaci&oacute;n y otras por hablar de una identificaci&oacute;n arcaica o primitiva, no s&oacute;lo "anterior a toda elecci&oacute;n de objeto", como dice en esa lecci&oacute;n 31, sino correlativa a la "incorporaci&oacute;n oral". La "incorporaci&oacute;n oral" puede ser una sensaci&oacute;n, pero de dif&iacute;cil o confuso contenido; experimenta y es, a mi parecer una manera demasiado confusa de referirse a esa figura de terror y de omnipotencia, con la que no cabe identificaci&oacute;n posible sino par&aacute;lisis, inmovilidad ps&iacute;quica. Para poder tener representaci&oacute;n ps&iacute;quica se requiere una identificaci&oacute;n y, por tanto, una separaci&oacute;n. Resulta forzado hablar de una identificaci&oacute;n indiferenciada, sin sujeto de ese objeto. En lo que s&iacute; estoy de acuerdo es en que la identificaci&oacute;n es anterior a la elecci&oacute;n de objeto, pues ser&iacute;a su condici&oacute;n, pero lo es precisamente por lo que Freud tantas veces se&ntilde;ala como rasgo fundamental de la identificaci&oacute;n: la p&eacute;rdida del objeto. No hay elecci&oacute;n posible sin la inscripci&oacute;n ps&iacute;quica de la p&eacute;rdida, sin la inscripci&oacute;n de esa experiencia. Pues bien, si no hay identificaci&oacute;n sin la experiencia de la p&eacute;rdida, como repite machaconamente, no entiendo c&oacute;mo se podr&iacute;an aunar ambos t&eacute;rminos: "identificaci&oacute;n"-"proyectiva", ya que lo proyectivo en todo caso, si se toma en sentido estricto, es contrario a la identificaci&oacute;n, la cual es efecto del rastro o marcas de las p&eacute;rdidas que fraguan la vida y que se inician con las tempranas experiencias de satisfacci&oacute;n y de dolor en relaci&oacute;n con la figura de la madre, y no con la pertenencia grupal. No es que lo que se quiere nombrar como identificaci&oacute;n proyectiva no se d&eacute;, pues es habitual observar c&oacute;mo uno ve al otro no como alguien distinto sino como una pantalla sobre la que se proyectan los propios anhelos y, sobre todo, los propios temores. La proyecci&oacute;n es un modo de construir una escu&aacute;lida escena fija, una especie de representaci&oacute;n sin desplazamiento, pero de afecto amortiguado, como si a falta de universo ps&iacute;quico interno se intentara perge&ntilde;ar una escena que opere como c&oacute;digo de una interpretaci&oacute;n reiterativa, pero fija, del otro, para que as&iacute; la angustia pueda respirar.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">La proyecci&oacute;n, por tanto, ser&iacute;a m&aacute;s bien efecto de una fragilidad identificatoria, de un mimetismo adhesivo y, en suma, un efecto de la angustia de separaci&oacute;n (<I>Trennungsangst), </I> lo que impide aclarar las p&eacute;rdidas y prefiere entonces acompa&ntilde;arse de ese escueto ruido interpretativo que crece parad&oacute;jicamente a medida que el sujeto se resiste a desaparecer en esa escena fija. Y de ese modo, su propia anulaci&oacute;n le conduce a adecuarse a una interpretaci&oacute;n mec&aacute;nica, automatizada, o en general a un comportamiento adictivo, en una especie de c&iacute;rculo infernal que necesita, como luego veremos, la denegaci&oacute;n o modo de no enterarse de d&oacute;nde anda metido.</FONT></P>     ]]></body>
<body><![CDATA[<P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Esa mezcla de proyecci&oacute;n "man&iacute;aca" (como si se supiera todo del otro) y desvalimiento depresivo, es lo que llev&oacute; a Bergeret a tomar la psicosis man&iacute;aco-depresiva, los tan tra&iacute;dos y llevados y, por tanto, abusados, trastornos bipolares, m&aacute;s del lado de los trastornos l&iacute;mites que de la psicosis propiamente dicha. Es cierto que una esquizofrenia, por ejemplo, se parece poco a una psicosis man&iacute;aco-depresiva o a un trastorno bipolar. Pero creo que ser&iacute;a un error confundir la psicosis man&iacute;aco-depresiva con los trastornos del limite, no s&oacute;lo porque el delirio man&iacute;aco es un delirio que crea un mundo externo donde el sujeto intenta localizarse (participa tanto de la persecuci&oacute;n como de la filiaci&oacute;n que constituye el fondo argumental de todo delirio), sino tambi&eacute;n porque no se puede entender la melancol&iacute;a como falta de vida interior. Un melanc&oacute;lico especialmente advertido me explica que la falta de vida la siente "como mancha moral que s&oacute;lo se podr&iacute;a reparar con un amor de dedicaci&oacute;n". Entiende el "amor de dedicaci&oacute;n" como la entrega total e incondicional a otra persona como forma de vida. Pero, a&ntilde;ade, "la misma falta de vida impide el amor". Estas palabras indican un tipo de intimidad que no se encuentra en los trastornos del l&iacute;mite. Es de agradecer, de todos modos, el que Bergeret insistiera en ese fondo depresivo del "estado l&iacute;mite", pues, en efecto la precariedad del sujeto, la angustia invasiva y asfixiante ante la separaci&oacute;n, y el tipo de dependencia, sea manipuladora o simplemente adhesiva, da esa tonalidad desvitalizada y que hace tan dependiente como insensible. M&aacute;s adelante abordar&eacute; la cuesti&oacute;n de lo absoluto y la creaci&oacute;n de un mundo perceptivo (alucinatorio y delirante) en la psicosis en contraposici&oacute;n al trastorno del l&iacute;mite.</FONT></P>     <P>&nbsp;</P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="3"><B>La cuesti&oacute;n del l&iacute;mite o l&iacute;mite como concepto</B></FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Pero antes veamos algunas cuestiones terminol&oacute;gicas, ¿por qu&eacute; a este tipo de trastornos se les llama "l&iacute;mites"? Perm&iacute;tanme un peque&ntilde;o recorrido por esta cuesti&oacute;n del l&iacute;mite en la vertiente que a nosotros m&aacute;s nos puede interesar. <I>L&iacute;mite</I> es un concepto clave del pensamiento moderno desde Kant, quien frente a la idea de un orden finalista, universal y cosmol&oacute;gico, introduce el concepto de l&iacute;mite interno. No les voy a aburrir con un estudio que ser&iacute;a, por otra parte, apasionante, sobre el concepto de l&iacute;mite en Kant o en Leibniz, etc. Trato simplemente de establecer las m&iacute;nimas referencias. ¿Qu&eacute; es posible conocer?, ¿qu&eacute; cabe esperar?, ¿qu&eacute; se puede hacer?, son las tres preguntas kantianas que reorientan el pensamiento hacia el hombre, hacia el sujeto del conocimiento y de la acci&oacute;n. Hay un l&iacute;mite gnoseol&oacute;gico que da al conocimiento su rigor a la vez que su limitaci&oacute;n, y hay un despiste moral en el hombre que le lleva al conflicto de no coincidir nunca con lo que deber&iacute;a, por lo que la "disposici&oacute;n al bien" va ligada a su molestia moral ante el da&ntilde;o padecido y producido. Y no hay sujeto propiamente dicho que no posea esa desaz&oacute;n moral.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">La ra&iacute;z de todo eso habr&iacute;a que buscarla en el lugar del hombre en el mundo. La &uacute;ltima obra de Kant &#150;cuatro a&ntilde;os antes de su muerte&#150;es la <I>Antropolog&iacute;a desde</I> <I>el punto de vista pragm&aacute;tico</I>; con ese t&iacute;tulo Kant, despu&eacute;s de sus detenidos an&aacute;lisis sobre la autonom&iacute;a de la Raz&oacute;n, quiere referirse al estudio del hombre concreto, singular, no desde el punto de vista metaf&iacute;sico o fisiol&oacute;gico sino pragm&aacute;tico, es decir, de quien obra y act&uacute;a a partir de su extrav&iacute;o de la naturaleza, o de c&oacute;mo podr&iacute;a el hombre gobernar la patolog&iacute;a de sus pasiones, que no es otra que la que proviene de su desregulaci&oacute;n como viviente. No nos interesa su psicopatolog&iacute;a, de lo que tambi&eacute;n escribi&oacute;, sino ese punto de partida que supone la indagaci&oacute;n, la pregunta sobre el lugar del hombre en la naturaleza, ese lugar <I>fronterizo</I>, que es tanto su precariedad como su particularidad productiva y espiritual. El hombre es creador de lo <I>bello</I> (modo de dar forma, de crearla a partir de la materia informe, siendo entonces su vida una tarea creativa, formativa, en suma, &eacute;tica), y v&iacute;ctima de lo <I>sublime</I> como el abismo que se abre por su lugar fronterizo entre la naturaleza y el esp&iacute;ritu. La obra de arte es bella y establece un juicio concreto sobre un producto concreto, pero "el inmenso oc&eacute;ano enfurecido" o "el cielo amenazador donde se juntan las nubes de tormenta", es sublime, por el lugar reducido, precario y fascinante a la vez que viene a ocupar el hombre en esa inmensidad natural que siempre le sobrepasa.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">El hombre est&aacute; sobrepasado, ser&aacute; una tesis esclarecedora de la antropolog&iacute;a de Arnold Gehlen. Al ser el sujeto carencial, incompleto y defectuoso, a la vez que viviente, est&aacute; siempre sobrepasado por la vida, la vida es siempre excesiva, dada la falta de recursos para saber qu&eacute; hacer con ella. Por un lado, la carencia de objeto adecuado a su satisfacci&oacute;n, y, por otro lado, el exceso, el sujeto surge as&iacute; en el l&iacute;mite de la carencia y de su condena a actuar sin saber c&oacute;mo. Act&uacute;a no hacia algo, no para alcanzar algo, que es lo que hab&iacute;a propuesto el optimismo kantiano, sino para defenderse de algo, de ese enemigo interior que es como llamaba Freud al exceso pulsional, a la insatisfacci&oacute;n pulsional. La defensa rige la acci&oacute;n del sujeto, por eso no act&uacute;a para algo sino <I>contra</I> algo, lo que convierte a la acci&oacute;n en una necesidad. Hay un c&iacute;rculo infernal entre insatisfacci&oacute;n-acci&oacute;n-satisfacci&oacute;n-insatisfacci&oacute;n, en el que la acci&oacute;n es el eje de esa noria. Esa condena a actuar es lo que hace al hombre tan peligroso, se junta, se compincha para actuar, y nosotros que hablamos de pasos al acto o de "exoactuaci&oacute;n" deber&iacute;amos ser menos estrechos y mirar c&oacute;mo el mundo en general es una locura de pasos al acto. La pol&iacute;tica de hoy es, por ejemplo, s&oacute;lo eso, pasos al acto defensivos y reactivos, es decir, verdaderamente peligrosos, sin l&iacute;mite ni rigor internos y, por tanto, sin la m&aacute;s m&iacute;nima orientaci&oacute;n, como si la consigna de "&iexcl;enriqueceos!", fuera una ley natural.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">El sujeto vive <I>en el l&iacute;mite</I> y <I>del l&iacute;mite</I>, entre el rechazo y la dependencia, es decir, vive en el <I>miedo</I>. El objeto transicional de Winnicott es el modo que encuentra el ni&ntilde;o para protegerse de un mundo, de una realidad completamente extra&ntilde;a que le sobrepasa. El origen de esta extra&ntilde;eza es su distancia del instinto. El instinto no gobierna la vida de los hombres, que siguen siendo, sin embargo, animales. La <I>pulsi&oacute;n</I> es el nombre de esa distancia del instinto, de ese exceso y de esa ineptitud para vivir que le hace precario y dependiente del otro, por lo que tambi&eacute;n se puede decir que la pulsi&oacute;n es el nombre de esa marca del otro en el cuerpo, la marca de una extra&ntilde;eza y de una dependencia cuya mezcla le hace tan temeroso.</FONT></P>     <P>&nbsp;</P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="3"><B>Pulsi&oacute;n y l&iacute;mite: l&iacute;mite y conflicto</B></FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Freud define la pulsi&oacute;n como "concepto l&iacute;mite entre lo som&aacute;tico y lo ps&iacute;quico". Recoge as&iacute; el concepto de pulsi&oacute;n de la antropolog&iacute;a filos&oacute;fica alemana que lo hab&iacute;a inventado para explicar la particular condici&oacute;n del hombre, como extrav&iacute;o y p&eacute;rdida del instinto. Freud lo recupera para la cl&iacute;nica <I>psi</I>, descubriendo que la p&eacute;rdida de naturaleza que padece el hombre opera como p&eacute;rdida del otro, de su protecci&oacute;n, aparece en consecuencia como temor al abandono o angustia b&aacute;sica de la que nadie se libra, est&eacute; entre algodones o a la intemperie.</FONT></P>     ]]></body>
<body><![CDATA[<P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Esta idea de <I>l&iacute;mite</I> conlleva la de escisi&oacute;n, o condici&oacute;n fronteriza, y la de conflicto entre el empuje a la vida y el empuje desesperado a la destrucci&oacute;n, entre el rechazo y la dependencia, entre el deseo y los obst&aacute;culos de dependencias anacl&iacute;ticas (en las que el cuerpo y el otro andan confundidos), entre el sujeto y el otro, entre el <I>objeto</I> de la satisfacci&oacute;n y el <I>sujeto</I> del deseo (conflicto intr&iacute;nseco a la satisfacci&oacute;n humana y que liga tan estrechamente satisfacci&oacute;n y <I>Versagung</I> o decepci&oacute;n), conflicto finalmente entre amor y odio. Este asunto es vital para una cl&iacute;nica que trata de la articulaci&oacute;n conflictiva de los sentimientos y de las representaciones del otro, y que es especialmente de inter&eacute;s en el caso de los llamados trastornos l&iacute;mites, porque por lo que llevamos dicho se ve que el sujeto humano es un ser fronterizo que vive en el l&iacute;mite, en permanente inadecuaci&oacute;n tanto en su condici&oacute;n de viviente como en su af&aacute;n institucional. Y construir modelos de normalidad es un modo de desentenderse. Desentenderse es, precisamente, una habitual defensa en los llamados trastornos l&iacute;mites, y no s&oacute;lo en ellos, desentenderse o no poder encontrar alguna manera de entenderse con el conflicto pulsional entre conservar el objeto o destruirlo, y as&iacute; uno se asusta de su desorden sentimental y pulsional.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">La pulsi&oacute;n, seg&uacute;n la definici&oacute;n freudiana, es un "concepto l&iacute;mite" entre lo som&aacute;tico y lo ps&iacute;quico, se&ntilde;ala, por tanto, es lugar fronterizo del hombre, su extrav&iacute;o como viviente y lo que Gehlen llam&oacute; 'exceso pulsional' (<I>Antrieb&uuml;berschuss</I>) o desmesura de la insatisfacci&oacute;n por carecer de objeto adecuado. Eso empuja a la confusi&oacute;n, al desorden y a la agresividad. La pulsi&oacute;n es un conflicto que requiere para su tratamiento un l&iacute;mite interno que cree un espacio subjetivo, una distancia del otro. Eso es la vida inconsciente. El inconsciente es el l&iacute;mite interno de la pulsi&oacute;n, lo que la vida inconsciente lleva de deseo, a partir de la insatisfacci&oacute;n, y de demanda amorosa, a partir del desamparo. Pulsi&oacute;n e inconsciente son, digamos, los dos conceptos claves de una cl&iacute;nica del sujeto, que trata de los avatares que acontecen entre el cuerpo y la dependencia vital del otro. Adelantar&eacute; que en nuestra pr&aacute;ctica observamos que no hay, precisamente, experiencia subjetiva o posibilidad de cambio m&aacute;s que a partir de que el sujeto se vea en conflicto moral con lo que hace, que lo que hace le produce un conflicto moral con los dem&aacute;s. En la cl&iacute;nica de los trastornos del l&iacute;mite es ineludible perseguir esta aparici&oacute;n del conflicto, &uacute;nica posibilidad de rectificaci&oacute;n subjetiva.</FONT></P>     <P>&nbsp;</P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="3"><B>¿Trastornos l&iacute;mites o trastorno del l&iacute;mite?</B></FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">De ah&iacute; el inter&eacute;s de la distinci&oacute;n entre l&iacute;mite externo y l&iacute;mite interno, ya que s&oacute;lo el l&iacute;mite interno permite tomar al otro como sujeto y, por tanto, tener la experiencia del conflicto. Por eso, lo que se llama trastornos l&iacute;mites, ser&iacute;a m&aacute;s bien, y quiero subrayarlo, trastornos <I>del</I> l&iacute;mite, porque el l&iacute;mite no s&oacute;lo es una contenci&oacute;n exterior al sujeto, sino, como vemos, una distancia, un espacio de intimidad que permite, que es incluso la condici&oacute;n <I>sine qua non</I> para encontrarse con los dem&aacute;s. Querer algo de ellos, es requisito para poder pedir y poder perder. Dec&iacute;a el poeta Wallace Stevens: "El mundo que nos rodea resultar&iacute;a desolador si no fuera por el mundo que llevamos dentro". No podr&iacute;amos vivir sin ese mundo interno. Esa intimidad de la vida inconsciente, esa distancia, es una disponibilidad, pero es tambi&eacute;n orientarse por la soledad de un deseo propio y no tanto por el da&ntilde;o. El conflicto pulsional, el desbarajuste presente en nuestra relaci&oacute;n con los dem&aacute;s, la ineptitud del sujeto para la vida, s&oacute;lo admite enderezarse por un deseo propio que no es que quite los temores, pero disminuye su absolutismo.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">El l&iacute;mite interno crea una distancia del otro que despeja la confusi&oacute;n y la insensibilidad. Por eso insisto en llamar a estos trastornos "trastornos del l&iacute;mite" en vez de "trastornos l&iacute;mites". Tambi&eacute;n lo absoluto es un ataque al l&iacute;mite interno. El absolutismo psic&oacute;tico, por ejemplo, efecto del fracaso de la represi&oacute;n y del desplazamiento, de la metaforizaci&oacute;n que quita al lenguaje su tentaci&oacute;n de absoluto, toma la subjetividad del otro como si fuera absoluta y el sujeto se ve obligado a crear una trama delirante donde no sea aniquilado aunque todo el tiempo est&eacute; amenazado de ello. El sujeto psic&oacute;tico vive de ser amenazado, se mueve entre el designio absoluto de filiaci&oacute;n y el terror persecutorio de la subjetivad del otro, amenaza de la propia. El empe&ntilde;o de Schreber era el de reducir lo m&aacute;s posible la subjetividad de Dios. El psic&oacute;tico no cree en Dios porque soporta su existencia. Los dem&aacute;s <I>creen</I> en Dios porque no existe. Nadie cree en lo que existe sino en lo que no existe. En realidad, el trueque de una inmortalidad a cambio de un Dios absoluto, produce mucho m&aacute;s temor que consuelo. El sujeto no soporta a Dios por mucho que lo necesite, s&oacute;lo lo soporta el sujeto psic&oacute;tico. Dios, como la muerte, es una figura de terror m&aacute;s que de consuelo. La necesidad de lo absoluto conlleva la amenaza de la aniquilaci&oacute;n del sujeto a cambio de un <I>continuum</I> que desplaza el l&iacute;mite eternamente. Pero el l&iacute;mite est&aacute; en la subjetividad misma, es un corte, una quiebra con el <I>continuum</I>, por ejemplo, del instinto. De ah&iacute; que s&oacute;lo hay muerte para un sujeto, como ya explicaba el poema de Goethe.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Esa quiebra obliga al viviente humano a regirse por un deseo finito, pero propio y cambiante en correspondencia con la brevedad de la vida. He dicho anteriormente que el inconsciente es l&iacute;mite interno a la insatisfacci&oacute;n pulsional. Ese l&iacute;mite se nombra como deseo o l&iacute;mite al empuje pulsional, pues no hay otro modo de limitar el empuje pulsional, su inadecuaci&oacute;n, m&aacute;s que con la distancia subjetiva del deseo. Eso es especialmente complejo a causa de las defensas construidas en torno a la angustia de separaci&oacute;n y al miedo, que convierte la ausencia y la distancia en abandono. Ah&iacute; no act&uacute;a la represi&oacute;n como operaci&oacute;n de desplazamiento y de separaci&oacute;n. No hay separaci&oacute;n entre la representaci&oacute;n y el afecto, luego no hay desplazamiento ni met&aacute;fora, condici&oacute;n de la diversidad de la existencia del otro, ni hay, por tanto, l&iacute;mite interno. El l&iacute;mite interno opera precisamente desde su discontinuidad, a diferencia del l&iacute;mite exterior que se establece para definir la barrera del <I>continuum</I>. Ser&iacute;a la diferencia entre <I>Grenze</I> (propiamente 'l&iacute;mite') y <I>Schranke</I> ('barrera'). Puede servir como ejemplo el debate acerca de cu&aacute;ndo se puede interrumpir el embarazo. No hay salida sin la convenci&oacute;n de un l&iacute;mite externo. Habitualmente, tambi&eacute;n se encuentra ese criterio en los manuales de psicopatolog&iacute;a. ¿Cu&aacute;l es el criterio diferencial de una u otra normalidad o psicopatolog&iacute;a? Con frecuencia el exceso. Est&aacute;, por ejemplo, el depresivo mayor o mayormente triste o excesivamente triste, y est&aacute; el excesivamente ansioso, etc. Lo que podemos llamar imperialismo diagn&oacute;stico, ser&iacute;a un modo de usar la clasificaci&oacute;n como l&iacute;mite externo para contener la angustia del profesional ante el fen&oacute;meno cl&iacute;nico.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">En esto de los trastornos del l&iacute;mite, su car&aacute;cter fronterizo ha llevado a definirlos como ni una cosa ni otra, ni psicosis ni neurosis o ambas cosas: un mixto de s&iacute;ntomas psic&oacute;ticos y s&iacute;ntomas neur&oacute;ticos. Esta es una concepci&oacute;n del l&iacute;mite exclusivamente exterior por aplicaci&oacute;n de criterios diagn&oacute;sticos exteriores al cuadro propio de los llamados trastornos l&iacute;mites, que por lo dicho anteriormente, habr&aacute; que llamar definitivamente trastornos del l&iacute;mite, ya que en tales sujetos lo que parece com&uacute;nmente aceptado es que al no haber elaboraci&oacute;n no aparece un l&iacute;mite claro entre lo interior y lo exterior, entre s&iacute; mismo y el otro, en todo caso es lo que yo estoy tratando de definir como falta de espacio interno libidinal y de vida inconsciente, frente a la muerte interior, caracter&iacute;stica a mi parecer de estos trastornos del l&iacute;mite o de la falta de l&iacute;mite interno que cree distancia con la subjetividad del otro y posibilite as&iacute; una percepci&oacute;n de &eacute;l no meramente atributiva sino en su distante y concreta existencia y, por tanto, en su complejidad subjetiva y pulsional, etc., como alguien que ama y odia, que busca y rechaza, alguien parecido a uno mismo al menos en sus dificultades con la vida. Ser&iacute;a semejante a lo que los kleinianos llaman <I>escisi&oacute;n</I> del objeto. Ellos utilizan el t&eacute;rmino <I>escisi&oacute;n</I> en contraposici&oacute;n a integraci&oacute;n y objeto total. Es un lenguaje o una terminolog&iacute;a que no me gusta porque una vez m&aacute;s parece suponer un modelo de normalidad basado en la integraci&oacute;n y en la reparaci&oacute;n. Quiero se&ntilde;alar que subjetividad e integraci&oacute;n se contraponen, pues el sujeto es de por s&iacute; inadaptado, incompleto y contradictorio, y que la reparaci&oacute;n consiste en mantenerse en el dispositivo fantasm&aacute;tico, es decir, sadomasoquista, del poder, ya que el empe&ntilde;o en reparar lo acaecido suele suponer el rechazo de las consecuencias de su acontecer y, por consiguiente colocarse, como dir&iacute;a Benjamin, en el campo del vencedor y de la necesidad de victoria.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Sin embargo, creo que la cl&iacute;nica que subyace en esa terminolog&iacute;a acierta al concebir el "objeto total" como aquel que admite ambivalencia, contradicci&oacute;n y que integra lo bueno y lo malo en vez de escindirlo "esquizo-paranoicamente" entre el objeto malo persecutorio y el objeto bueno ideal. Eso, sin duda, apunta a fen&oacute;menos cl&iacute;nicos que se ven y a lo que Winnicott expres&oacute; como objetivo de un an&aacute;lisis: crear la capacidad de soportar la ambivalencia, la soledad, la finitud y la separaci&oacute;n, lo que en el argot psicoanal&iacute;tico se suele llamar soportar la castraci&oacute;n. En ese sentido, se puede decir que en los trastornos del l&iacute;mite no s&oacute;lo no existe esa capacidad de soportar la ambivalencia, sino que ni siquiera se podr&iacute;a hablar propiamente de ambivalencia. Si el psic&oacute;tico, debido a su absolutismo, no soporta la ambivalencia, en el trastorno del l&iacute;mite la ambivalencia es borrada por la denegaci&oacute;n de la subjetividad del otro.</FONT></P>     <P>&nbsp;</P>     ]]></body>
<body><![CDATA[<P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="3"><B>La cuesti&oacute;n del diagn&oacute;stico diferencial</B></FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Antes de entrar en el asunto de la ambivalencia, intentemos responder a la pregunta: ¿constituye o no una estructura y qu&eacute; rasgos entonces la definir&iacute;an? En el campo psicoanal&iacute;tico, los "estados l&iacute;mites" surgieron y fueron desarrollados, sobre todo, por la corriente kleiniana, puesto que en dicha concepci&oacute;n el proceso de formaci&oacute;n del sujeto pasa por "estados psic&oacute;ticos precoces" y la forma de salir de esa "psicosis arcaica" marcar&aacute; la particularidad estructural del sujeto, aunque no de manera constante o inamovible, ya que cualquier situaci&oacute;n que activa la regresi&oacute;n, de manera destacable la transferencia anal&iacute;tica, va a hacer surgir estos estados psic&oacute;ticos esquizo-paranoides arcaicos. El diagn&oacute;stico diferencial residir&aacute; en el tipo de funcionamiento predominante. El "estado l&iacute;mite" ser&iacute;a entonces un estado de indefinici&oacute;n como tal estado. Esta era la idea, por ejemplo, del psicoanalista A. Stern, que ya en 1938 habl&oacute; de <I>borderline cases, </I> como casos de sujetos que no pertenecen propiamente ni a la psicosis ni a la neurosis. Anteriormente, ya en 1932, Glover quiso situar la cl&iacute;nica de las toxicoman&iacute;as como forma intermedia entre la posici&oacute;n esquizo-paranoide y la posici&oacute;n depresiva. Pero el primero que creo que habl&oacute; de <I>estados</I> l&iacute;mites fue Knight en 1953, con la idea de construir un cuadro de la particularidad de dicho estado. Los rasgos que va colocando eran conocidos: la fragilidad del yo, el predominio de los impulsos pulsionales desintegradores, el vac&iacute;o interior (por lo que se pide a la realidad exterior que lo supla, idea sin duda de especial inter&eacute;s), el bloqueo ocasional, afectos inapropiados, dispersi&oacute;n de la atenci&oacute;n y del pensamiento, significaciones paranoides y a veces trastornos del lenguaje. Su descripci&oacute;n era excelente y toma como eje el concepto freudiano de "yo d&eacute;bil" (que nada tiene que ver con el sentido enteramente arbitrario que luego le dar&iacute;a Lacan), es decir, de un d&eacute;ficit de distancia subjetiva, de espacio &iacute;ntimo. Ah&iacute; ya se puede ver que la descripci&oacute;n de tales fen&oacute;menos cl&iacute;nicos apunta a una tipolog&iacute;a que admite, sin embargo, ilustrar y mostrar aspectos de la misma condici&oacute;n del sujeto y que, por ello, nos resuenan a cada uno, m&aacute;s all&aacute; de la adscripci&oacute;n diagn&oacute;stica.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Desde entonces se ha escrito mucho, siempre en esta l&iacute;nea de situar un cuadro diagn&oacute;stico preciso y, sobre todo, m&iacute;nimamente estable. La insistencia en volver sobre estos casos se debe tambi&eacute;n a su aumento. Cada vez nos encontramos m&aacute;s este tipo de patolog&iacute;a o trastorno que se presenta sobre todo por su inaccesibilidad terap&eacute;utica. Su pobreza ps&iacute;quica, su insensibilidad, su fondo melanc&oacute;lico inabordable, sus pasos al acto, su superficialidad afectiva, su inmovilidad, su escasez de recuerdos, que hace pensar en una falta de experiencia subjetiva y en un desvalimiento improductivo, son rasgos cada vez m&aacute;s frecuentes, en cuya frecuencia interviene el tipo de sociedad, hoy d&iacute;a totalmente predominante y de la que para lo que ahora nos interesa podemos destacar algunos rasgos como son: la superficialidad de la informaci&oacute;n, la imposibilidad de tener experiencia del acontecimiento, la militarizaci&oacute;n del consumo, el miedo difuso y omnipresente a perder el paso de una manera de vivir colectiva basada en la posesi&oacute;n, la pasividad ante las informaciones recibidas, la homogeneidad superficial, la falta de una moral que no sea un mandato de &eacute;xito y, por otro lado, necesitada de recuperar un sistema de buenos y malos, con lo que eso implica de xenofobia y fanatismo, m&aacute;s o menos encubiertos, y de regreso a lo tribal ante la impotencia para actuar y tomar decisiones, y ante la disoluci&oacute;n de la distancia &iacute;ntima. En nuestro &aacute;mbito cabr&iacute;a a&ntilde;adir la sustituci&oacute;n del sentimiento y del afecto por la cognici&oacute;n.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Horkheimer y Adorno escribieron hace a&ntilde;os que el miedo m&aacute;s propio del hombre contempor&aacute;neo era "el temor a la p&eacute;rdida del yo y la consiguiente anulaci&oacute;n de la frontera entre uno mismo y el resto de la vida" (<I>Dial&eacute;ctica de la Ilustraci&oacute;n, </I> p. 86). Es un modo de expresar el p&aacute;nico al aislamiento, el p&aacute;nico a ser destruido por los otros en esa crueldad de la vor&aacute;gine social que hace que el individuo s&oacute;lo exista por el miedo a perder, a no ser reconocido, a dejar de existir para los dem&aacute;s, a ser aniquilado por los otros, miedo que el poder, falto de otros argumentos, explota hasta el aburrimiento con indudable y cruel eficacia. El h&eacute;roe moderno, como ha se&ntilde;alado entre otros Carlo Mongardini, no es el tr&aacute;gico griego ni el descubridor decimon&oacute;nico, sino el h&eacute;roe de la evasi&oacute;n, el actor de cine o la princesa X, no el que descubre y enfrenta la realidad sino el que ayuda a escapar de ella, a ignorarla, a desentenderse de ella. En este panorama, los llamados medios de comunicaci&oacute;n han adquirido una importancia capital. A ellos se adjudica y ellos se atribuyen la misi&oacute;n de impartir doctrina reduccionista de todo tipo, cient&iacute;fica y moral, dicen lo que hay que pensar cada d&iacute;a y en cada momento y lo que hay que saber para el consumo diario. No queda tiempo para m&aacute;s, no hay tiempo para decidir ni para saber. De ah&iacute; que tanto el periodismo como la ideolog&iacute;a genetista se hayan convertido en alimento indispensable para la pereza cient&iacute;fica y moral. Ambos nos dan un saber reducido a la m&iacute;nima expresi&oacute;n, un saber reduccionista que act&uacute;a como veneno y ant&iacute;doto de una sociedad apresurada, ignorante y "exoactuadora", para as&iacute; guarecerse en la simpleza ante su complejidad y, sobre todo, ante su confusi&oacute;n. Saber epid&eacute;rmico e insensibilidad, son las dos formas con las que enfrentar la complejidad de informaciones y la presencia del dolor m&aacute;s insoportable que muestran los telediarios.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">El temor a perder el sentimiento yoico y la consiguiente anulaci&oacute;n de la frontera (<I>Grenze</I>: 'l&iacute;mite') entre s&iacute; mismo y el resto de la vida, es el p&aacute;nico del que hablaban Adorno y Horkheimer, y puede ser una buena formulaci&oacute;n de los trastornos del l&iacute;mite. A veces ni siquiera ese temor arranca al yo de su confusi&oacute;n perceptiva y sentimental. Por eso resulta sorprendente que Otto Kernberg, en su, por lo dem&aacute;s, interesante art&iacute;culo "La vivencia subjetiva del vac&iacute;o", termine diciendo que nada tiene que ver el tipo de sociedad y lo que &eacute;l llama la "cultura juvenil" con ese retraimiento y difusa ansiedad que caracteriza la relaci&oacute;n del joven "narcisista" con los dem&aacute;s. Pero ya el hecho de subrayar la "relaci&oacute;n objetal" (que yo prefiero llamar relaci&oacute;n con el otro, pues no hay relaci&oacute;n objetal pura, ya que la relaci&oacute;n se refiere siempre al otro, el cual posee el permanente malentendido de ser a la vez objeto y sujeto), pues bien, si hablamos de relaci&oacute;n con el otro, eso deber&iacute;a hacerle m&aacute;s cuidadoso o riguroso a la hora de hablar de cultura y sociedad. Es cierto que un tipo de sociedad no hace de por s&iacute; una determinada patolog&iacute;a o trastorno, pero simplista y unilateral ser&iacute;a no abrir la reflexi&oacute;n sobre los modos de lazo social a la hora de entender los trastornos que fuere y que muestran a un sujeto cuyo desvalimiento como sujeto le hace del todo social, volviendo una y otra vez a los dem&aacute;s, dependiente radical del otro. Este ha sido siempre un debate de inter&eacute;s especial, por ejemplo, en el caso de la anorexia.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">No creo en el inconsciente colectivo, ser&iacute;a una contradicci&oacute;n <I>in terminis</I>, pues el inconsciente es ese espacio &iacute;ntimo y particular de elaboraci&oacute;n y de tratamiento del conflicto pulsional. Pero cada sujeto se construye con el discernir y elaborar su conflicto pulsional, ese conflicto entre su cuerpo viviente y el otro, a partir de los modos y argumentos con los que se construye la vida colectiva. Pues bien, en el caso de los trastornos del l&iacute;mite, el tipo de sociedad promotora del individuo y a la vez destructora de la intimidad y de la subjetividad, constituye un marco que favorece la pobreza de recursos ps&iacute;quicos y de encuadre para tratar el desvalimiento traum&aacute;tico de cada uno. Los rasgos que acabo de se&ntilde;alar de este tipo de sociedad, creo que resaltan suficientemente su com&uacute;n parecido con los trastornos del l&iacute;mite, de manera que su descripci&oacute;n ser&iacute;a intercambiable y, por ello, asignable al sujeto en cuesti&oacute;n.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Pero volviendo al asunto del diagn&oacute;stico diferencial, hay que tener en cuenta dos cosas. Lo primero es que este tipo de fen&oacute;menos ha modificado, como dije m&aacute;s arriba, la militancia diagn&oacute;stica. Dicho cambio permite tratar las l&iacute;neas de fractura de las que hablaba Freud, como lo que son: modos de defensa de uno u otro tipo que, a partir de determinados avatares, muestran su fragilidad y, por consiguiente, su l&iacute;nea de fractura. Como esa l&iacute;nea de fractura tiene que ver con las defensas ante la condici&oacute;n traum&aacute;tica de cada uno, habr&aacute; que ver entonces lo que las debilita. La tesis que aqu&iacute; propongo es la nula o fr&aacute;gil operatividad de la represi&oacute;n inconsciente y, por tanto la falta de vida inconsciente, lo cual dificulta la creaci&oacute;n de un mundo &iacute;ntimo que establezca una distancia subjetiva con el otro. Eso da el rasgo de inestabilidad. La exposici&oacute;n traum&aacute;tica busca la defensa de la insensibilidad a partir de la denegaci&oacute;n. No querer enterarse, como si no pasara nada, es demasiado com&uacute;n. Para que este rasgo tan com&uacute;n pueda figurar como rasgo diferencial, hay que pensar m&aacute;s en un modo de predominio que en una estructura inamovible. Otra cl&iacute;nica, una cl&iacute;nica m&aacute;s libre y concreta y menos referida al diagn&oacute;stico, es lo que estos fen&oacute;menos exigen.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Esos rasgos de inestabilidad y de insensibilidad siempre se han tenido en cuenta, desde el famoso "como si" de Helen Deutsch, hasta esa especie de sentimiento de irrealidad, que el verborr&eacute;ico Millon expresaba diciendo que tales sujetos se sienten como espectadores de una pel&iacute;cula, como si no formaran parte de la realidad, estando adheridos, sin embargo, a ella, sin distancia subjetiva con ella, sin vida interior. Y en realidad el ejemplo de Millon no me parece del todo adecuado, pues no es el sujeto mero espectador sino que ese sentimiento de irrealidad le angustia, y como dec&iacute;a una joven apesadumbrada, cuando ese sentimiento le asalta de manera tan desoladora ha de nombrarse y decir en voz alta que es fulanita de tal, hija de tal y cual, que trabaja en tal sitio, etc., para as&iacute; oxigenar la asfixia que le produce el sentimiento de irrealidad. Si el neur&oacute;tico habitual parece torturado por sus pulsiones vividas como conflicto moral, y el psic&oacute;tico crea un espacio &iacute;ntimo aunque autorreferencial a costa de la realidad colectiva que ha de reconstruir con el delirio, este otro puede tener un trato con la realidad sin distancia interior, lo que produce, con frecuencia, peque&ntilde;os y puntuales esbozos delirantes que no son m&aacute;s que intentos de crear un nudo fantasm&aacute;tico, una representaci&oacute;n ps&iacute;quica con la que poder interpretar el mundo. Esto debe entenderse en relaci&oacute;n con la tan tra&iacute;da y llevada labilidad yoica, que para m&iacute; consiste en que a falta de una escena interior construida, se llame fantasma o fantas&iacute;as inconscientes &#150;en todo caso espacio libidinal interno o capacidad para fantasear y tener conciencia de los propios sentimientos&#150;, construye esbozos abortados de fantas&iacute;as mostr&aacute;ndolos o proyect&aacute;ndolos en el exterior. Yo prefiero no usar el t&eacute;rmino "proyecci&oacute;n", porque no es algo interno que se pone fuera, sino que es un interno no construido que se intenta construir con elementos exteriores, lo que da ese aire alucinatorio, sin que se consiga una diferenciaci&oacute;n o l&iacute;mite interior/exterior preciso.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Tampoco es la reconstrucci&oacute;n de realidad que lleva a cabo el sujeto psic&oacute;tico desde su desconexi&oacute;n. Estos otros sujetos est&aacute;n en la realidad, pero al carecer de espacio interno es como si no tuvieran experiencia subjetiva de esa realidad. Repiten comportamientos e ideas fijas que no consiguen ni una interpretaci&oacute;n del otro ni una construcci&oacute;n, lo que les hace especialmente inermes (el acierto de las Jornadas universitarias celebradas en Par&iacute;s en 1998 fue precisamente subrayar este aspecto de desamparo e indefensi&oacute;n). Construyen escu&aacute;lidos maniqu&iacute;es que no les permiten una dimensi&oacute;n en profundidad con la que fantasear un escenario sentimental. De ah&iacute;, por ejemplo, que en su relaci&oacute;n afectiva no se haya construido una escena amorosa de amor correspondido. No aman, pero tampoco se representan el ser amado. Para esa escena es requisito la distancia y la p&eacute;rdida, y por tanto la ausencia, en suma, la experiencia de la vida. El que la vida est&eacute; sometida a experiencia quiere decir que nadie puede ser suplido a la hora de vivir, nadie puede sustituir a nadie en la vida, lo cual adquiere una tonalidad temerosa cuando se siente ese miedo, del que hablaban Adorno y Horkheimer, a ser destruido como sujeto. El sujeto viviente no puede ser suplido, pero puede ser destruido, acosado o intervenido por el miedo.</FONT></P>     <P>&nbsp;</P>     ]]></body>
<body><![CDATA[<P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="3"><B>P&eacute;rdida de percepci&oacute;n versus p&eacute;rdida de amor</B></FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">En el Ap&eacute;ndice a <I>Inhibici&oacute;n, S&iacute;ntoma y Angustia</I>, en el apartado sobre "Angustia, deseo y tristeza", dec&iacute;a Freud que la primera condici&oacute;n de la angustia es la p&eacute;rdida de percepci&oacute;n, que se equipara a la p&eacute;rdida de objeto y a&ntilde;ad&iacute;a: "No entra todav&iacute;a en juego la p&eacute;rdida de amor". La p&eacute;rdida de amor entra en juego m&aacute;s tarde, una vez que la experiencia subjetiva del otro introduce la ausencia y la conservaci&oacute;n amorosa interna. Pero la primera p&eacute;rdida es la p&eacute;rdida de la percepci&oacute;n del objeto, una primera p&eacute;rdida que da lugar a la representaci&oacute;n y al pensamiento como muestra el juego freudiano del <I>fort-da</I>. Es el comienzo del discernimiento.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">En el siempre interesante art&iacute;culo de 1925, <I>Die Verneinung</I> ('la negaci&oacute;n'), establece como condici&oacute;n del discernimiento mental el que "se hayan perdido objetos que anta&ntilde;o procuraron una satisfacci&oacute;n real". La precisi&oacute;n freudiana es interesante: 1) la p&eacute;rdida del objeto es condici&oacute;n de la representaci&oacute;n ps&iacute;quica; 2) esa p&eacute;rdida debe ser de una satisfacci&oacute;n real para que exista al menos la posibilidad de una inscripci&oacute;n inconsciente de la p&eacute;rdida y capacidad, por tanto, de duelo. No hay ausencia si previamente no hay presencia.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">El que en estos sujetos a los que nos estamos refiriendo, exista esa especie de fisicalismo de la presencia, una adhesi&oacute;n perceptiva, no por su constancia menos epid&eacute;rmica, quiz&aacute;s nos est&aacute; indicando que es un tipo de presencia que no cre&oacute; un v&iacute;nculo que pudiera luego sostenerse en la intimidad de la ausencia. Cuando esto sucede, cuando la relaci&oacute;n con el otro se juega por entero en el campo perceptivo, sin que haya inscripci&oacute;n de la ausencia o falta del otro, el otro es objeto y su condici&oacute;n de sujeto se ve velada por el lugar persecutorio que se le da. El sujeto queda reducido a objeto bajo la mirada del otro, y entonces la angustia le paraliza. Sea que el otro es objeto <I>desvalorizado</I> u objeto <I>persecutorio</I>, el sujeto es mera angustia al no tener otra existencia que la de objeto <I>inerte</I>, inmovilizado. Esa angustia es paralizante e insoportable, y s&oacute;lo le queda empujar en la direcci&oacute;n de la "exoactuaci&oacute;n", del paso al acto compulsivo y violento. ¿C&oacute;mo tratar con el otro si la dimensi&oacute;n subjetiva no est&aacute; en juego? No hay trato, s&oacute;lo manipulaci&oacute;n o temor.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">No es del todo sorprendente que pueda haber sujetos, por ejemplo, con manifiesta capacidad profesional y mental, incluso con una cierta capacidad de manipulaci&oacute;n, y que tengan, sin embargo, tanta carencia y torpeza afectivas a la hora de preservar y conservar a las personas queridas, sin buscar exclusivamente su mort&iacute;fero dominio o su presencia inerte. Quiz&aacute;s la frase que a&ntilde;ad&iacute;a Freud a prop&oacute;sito de la p&eacute;rdida de percepci&oacute;n del objeto sea esclarecedora: "todav&iacute;a no est&aacute; en juego la p&eacute;rdida de amor". Es una frase que al leerla puede sorprender, dada la capital importancia del v&iacute;nculo afectivo en la representaci&oacute;n ps&iacute;quica, pero nos indica que la p&eacute;rdida de percepci&oacute;n no es lo mismo que la p&eacute;rdida de amor, por lo que una capacidad de representaci&oacute;n mental, que se basa en la p&eacute;rdida de la percepci&oacute;n del objeto, no es, sin embargo, lo mismo que el espacio &iacute;ntimo en el que se construye la escena amorosa, en la cual el otro adquiere una distancia y una existencia subjetiva que no tiene en la primera representaci&oacute;n mental, donde era s&oacute;lo objeto de adhesi&oacute;n pero meramente perceptivo.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Por esa raz&oacute;n podemos encontrarnos con sujetos con claro rendimiento intelectual o art&iacute;stico y, sin embargo, con una pobreza afectiva y sentimental que con frecuencia es a su vez soporte de su rendimiento intelectual. El saber y el crear pueden ponerse al servicio de la denegaci&oacute;n, de no querer saber ni enterarse de sus movimientos pulsionales, de su sinsentido y de su angustia. Ser&iacute;a un modo de "suprimir" el afecto por medio de la sublimaci&oacute;n, es decir, un modo de usar la pulsi&oacute;n por fuera de su condici&oacute;n sexual y corporal, para as&iacute; contener la agresividad.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">La cuesti&oacute;n no es, entonces, la capacidad mental sino la capacidad de elaboraci&oacute;n ps&iacute;quica, la capacidad de amar, si se prefiere, o de sensibilidad. Cuando del otro s&oacute;lo cuenta la presencia f&iacute;sica y perceptiva, la capacidad mental suele verse reducida a las relaciones de poder, de captaci&oacute;n y control f&iacute;sico. En los cada vez m&aacute;s frecuentes casos de malos tratos e incluso de asesinato de mujeres por parte de sus "parejas" o "ex-parejas", suele estar presente este tipo de angustia primitiva ante la p&eacute;rdida de la percepci&oacute;n y del control f&iacute;sico que a falta de sublimaci&oacute;n conlleva una sorda agresividad que empuja a la violencia. No es la p&eacute;rdida del amor lo que est&aacute; en juego sino el terror ante la p&eacute;rdida del mero objeto de la percepci&oacute;n, de la posesi&oacute;n perceptiva. Sin &eacute;l, como sucede en el ni&ntilde;o m&aacute;s peque&ntilde;o, la angustia ante la separaci&oacute;n es una angustia de muerte. Como dir&iacute;a M. Klein, no se da la posici&oacute;n depresiva, es decir, el acceso a la ambivalencia, a la realidad contradictoria del otro, vi&eacute;ndose as&iacute; reducida la distancia entre lo interior y lo exterior, entre el espacio &iacute;ntimo y la representaci&oacute;n de lo exterior. No hay amor sin la existencia separada del otro.</FONT></P>     <P>&nbsp;</P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="3"><B>Amor e inconsciente</B></FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">La distinci&oacute;n freudiana entre ambas p&eacute;rdidas, la de la percepci&oacute;n y la del amor, adquiere entonces inter&eacute;s para abordar estas cuestiones, dado que, y es lo que quiero subrayar, la segunda supone capacidad de elaboraci&oacute;n inconsciente de la p&eacute;rdida del objeto amado, de su ausencia, no como signo de abandono o de destrucci&oacute;n sino como distancia o p&eacute;rdida. El inconsciente conserva la experiencia de huellas o marcas de lo vivido, del dolor y de la satisfacci&oacute;n perdida, de lo temido y de lo anhelado, del odio como rechazo y del amor como b&uacute;squeda, del desconcierto y de los l&iacute;mites del sentido, es decir, en suma, la experiencia del sinsentido, no s&oacute;lo como angustia o temor, sino tambi&eacute;n como enigma del deseo del otro. La pulsi&oacute;n, el modo como el viviente lo es sin programa y sin gu&iacute;a, obligado a rechazar para vivir como sujeto y a depender como defectuoso para vivir y satisfacerse, el conflicto pulsional y moral proveniente de esa parad&oacute;jica relaci&oacute;n del sujeto con la satisfacci&oacute;n, pues el conflicto es inherente a un objeto de la satisfacci&oacute;n que es a la vez sujeto, desde la madre, a la pareja o al amante, etc. Ese conflicto que impulsa en sus contradicciones a la elaboraci&oacute;n inconsciente de la ambivalencia de nuestra relaci&oacute;n con el otro, no puede ser borrado, est&aacute; ah&iacute; y act&uacute;a en la din&aacute;mica inconsciente (en el inconsciente din&aacute;mico, que dir&iacute;a Freud; es decir, la subjetividad inconsciente), como bagaje con el que se construye ese mundo interno del que hablaba Stevens, que permite que el mundo externo no sea &uacute;nicamente desolador. La memoria inconsciente es el espacio en el que el otro no s&oacute;lo es odioso o abandonador sino que se conserva como huella viviente de cada uno, de la forma que sea, satisfactoria o no.</FONT></P>     ]]></body>
<body><![CDATA[<P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">El sujeto huye de sus defectos, no se forma principalmente con sus anhelos o proyectos sino con sus defensas, pues lo que quiere, por encima de todas las cosas, es defenderse de su miedo, aunque eso le lleve a la par&aacute;lisis. A lo que nos enfrentamos en nuestra pr&aacute;ctica es a los modos como cada sujeto se defiende, no s&oacute;lo de su desamparo sino de su conflicto, de su contradicci&oacute;n radical como viviente, de su necesidad de conservar y a la vez de destruir, de amar y de odiar. La cuesti&oacute;n entonces no se resuelve con la exaltaci&oacute;n idealista de la moral de la autosuficiencia, como hace, por ejemplo, M. Oakeshott, la cuesti&oacute;n ser&aacute; m&aacute;s bien tratar la defensa no tanto</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">o no s&oacute;lo como da&ntilde;o mutuo sino como anhelos de encuentros posibles, como anhelo de posibilidad. El conflicto pulsional no se puede borrar, lo que lo convierte en un dilema moral, pues entonces la satisfacci&oacute;n pulsional no se puede sostener en la simple ignorancia de la subjetividad ajena, y eso no s&oacute;lo como temor sino tambi&eacute;n como enigma del deseo. En esa situaci&oacute;n, el amor es un interrogante, una posibilidad.</FONT></P>     <P>&nbsp;</P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="3"><B>Denegaci&oacute;n y huida de la experiencia</B></FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Inestabilidad, dificultad para amar o soportar la soledad o la ausencia del otro, intolerancia a la p&eacute;rdida, insensibilidad y superficialidad, carencia de intimidad, dependencia f&iacute;sica y anacl&iacute;tica, sin tomar en cuenta o incluso sin que exista v&iacute;nculo amoroso o afectivo ni la pregunta sobre qu&eacute; v&iacute;nculo se quiere o se busca. La relaci&oacute;n con los otros se hace as&iacute; confusa por no responder a una elecci&oacute;n amorosa sino a un uso man&iacute;aco o a una inhibici&oacute;n temerosa que evita tomar al otro como objeto de deseo y a la vez como sujeto que rompe la creencia en la objetividad. Esa confusi&oacute;n es correlativa a la falta de l&iacute;mite interno, que es el que perge&ntilde;a el deseo en el mundo de los impulsos pulsionales, y que se fragua con la experiencia subjetiva del anhelo, la decepci&oacute;n, el encuentro, las p&eacute;rdidas y los diversos avatares sensitivos, afectivos y morales, tales como la demanda, el amor, el rechazo, el temor, la angustia, la culpa. La experiencia subjetiva, marcada por los acontecimientos que suceden en las relaciones con los dem&aacute;s, mezcla, por tanto, de actos propios y ajenos, de actuaciones y padecimientos, es la memoria inconsciente, que produce el sentimiento de vivir, el sentimiento de que nuestra experiencia no est&aacute; a&uacute;n agotada. La denegaci&oacute;n pretende borrar todo suceso, pues todo suceso es temible, de ah&iacute; que sea una huida de la experiencia misma, como si nada hubiese sucedido, puesto que lo sucedido est&aacute; demasiado cercano a lo traum&aacute;tico y demasiado desprovisto de elaboraci&oacute;n interna. Sorprende la falta de vida inconsciente, contradictoria, indecisa, no digo confusa, plural, ya que la dimensi&oacute;n inconsciente introduce por su propia elaboraci&oacute;n otra escena, es otra escena, luego ya no hay una sola escena como la traum&aacute;tica, una escena fija e inm&oacute;vil, aniquiladora de la experiencia. La denegaci&oacute;n es contraria a la experiencia, a veces aparece como &uacute;nica defensa, pero radical defensa contra la experiencia, buscando su anulaci&oacute;n, en todo caso consiguiendo una especie de insensibilidad, de frialdad y de banalidad de los sentimientos, que necesita siempre el ruido del grupo.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">De ah&iacute; que en esos casos m&aacute;s extremos encontremos una superficialidad afectiva y una vida inconsciente mucho m&aacute;s escasa que en la psicosis. Pues si, en efecto, el sujeto psic&oacute;tico tiene dificultades para preservar los l&iacute;mites con el exterior, parece, sin embargo, dispuesto, valga la expresi&oacute;n, a sacrificar la realidad para sostener a su modo su propio mundo interno, un mundo interno atiborrado de interpretaciones de los otros. La relaci&oacute;n intensa con el poder que sostiene el delirio psic&oacute;tico es distinta en la denegaci&oacute;n. En la denegaci&oacute;n, percibir al otro en su facticidad es un modo de poseerlo, de controlarlo. Estar en el campo perceptivo es primordial, aunque a veces sea de modo persecutorio, y la ausencia es un temor, una angustia aniquiladora. De ah&iacute; lo acertado de la conocida frase de Hermann Broch: "El inconsciente es lo que resiste al poder", pues, en efecto, el inconsciente, la intimidad, es lo que escapa al poder, lo &uacute;nico que no capitula ante el poder. Se expresa entonces por el s&iacute;ntoma, por el conflicto moral y no necesariamente por la sumisi&oacute;n. "Resistir" es un buen t&eacute;rmino, resistir aunque fuera sin esperanza, es el reducto del sujeto del inconsciente, del sujeto marcado y determinado por su experiencia, sin querer borrarla con las f&oacute;rmulas de la Fuerza colectiva, ya sea la Patria o el Estado.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Esta carencia de vida inconsciente favorece el mimetismo que tiene este tipo de comportamiento tan continuo y sin fisuras que se borra en su propio activismo o en su est&eacute;ril circularidad, con un tipo de sociedad, como la actual, hipoman&iacute;aca, d&eacute;bil e insensible. Si es verdad que la &eacute;poca victoriana favorec&iacute;a las histerias, mucho m&aacute;s esta nuestra de ahora no s&oacute;lo favorece los trastornos del l&iacute;mite, sino que quienes los padecen de esa manera tan exclusiva, sin los recursos de la vida interna, parecen clones de este tipo de sociedad. El sujeto hist&eacute;rico puede contraponer a su &eacute;poca su propia respuesta inconsciente, en estos otros casos es como si se careciera de ella. Al no haber vida inconsciente, la otra escena seg&uacute;n la calificaci&oacute;n freudiana, el mundo se reduce a una &uacute;nica escena repetida cada d&iacute;a sin discontinuidad &iacute;ntima, un <I>continuum</I> sin l&iacute;mite interno que como tal <I>continuum</I> no se distingue del entorno. Ser camale&oacute;nico, se defiende de la angustia con el mero mimetismo, lo que le desacredita como sujeto.</FONT></P>     <P>&nbsp;</P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="3"><B>Carencia de la dimensi&oacute;n del cambio</B></FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Sin l&iacute;mite interno, sin discontinuidad o quiebra, la propia dimensi&oacute;n del cambio, inherente al sujeto, desaparece. As&iacute; vemos que se presentan sin que precisen, ni muestren, ni se les ocurra la posibilidad de un cambio real en sus vidas, con un malestar difuso, a-hist&oacute;rico, incluso, a veces, no s&oacute;lo les parece absurdo hablar de su supuesta historia, sino que muestran su malestar con cierta hostilidad. El cambio es, sin embargo, una dimensi&oacute;n, como digo, inherente a la subjetividad, sea al menos como lo imprevisible y lo inconmensurable (o no del todo previsible o conmensurable). Esa dimensi&oacute;n del cambio es correlativa a la dimensi&oacute;n moral que ha de decidir su respuesta a la demanda de los dem&aacute;s y ha de construir su propia demanda desde la distancia contradictoria con el otro, espacio de la ambivalencia, repito, ya que el otro es tanto objeto de satisfacci&oacute;n como sujeto deseante. Entre su reducci&oacute;n absoluta al estatuto de objeto de uso o su aparatosa dimensi&oacute;n persecutoria, el otro queda fuera del v&iacute;nculo amoroso y moral. Si se desconoce el conflicto pulsional y la ambivalencia, se carece de criterio moral para decidir qu&eacute; relaci&oacute;n, c&oacute;mo construirla desde la existencia real del otro y no desde la calumnia, y c&oacute;mo en su caso preservarla del da&ntilde;o o, en todo caso, c&oacute;mo en medio de la contradicci&oacute;n y de la ambivalencia entre amor y odio, aceptaci&oacute;n y rechazo, mantener un criterio moral, condici&oacute;n de la hondura emocional, de la sensibilidad y de la diversidad del mundo y de sus personajes. Aceptar la existencia del otro no es coincidir con &eacute;l. A veces la exaltaci&oacute;n de la tolerancia suena a inercia o muerte intelectual y moral. Uno puede no tolerar lo que ve, pero acepta verlo y admitir en su propia indignaci&oacute;n su existencia, sin tener que borrarlo del mapa, entre otras cosas porque no se puede.</FONT></P>     ]]></body>
<body><![CDATA[<P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">La dimensi&oacute;n de cambio, o dimensi&oacute;n moral, se manifiesta por la desaz&oacute;n, la incertidumbre y el desacuerdo consigo mismo y con la &eacute;poca que le toc&oacute; vivir. No es a&ntilde;orar otra, ni negar el hecho de la actual, es simple desacuerdo moral con la tuya. La ideolog&iacute;a de la resignaci&oacute;n, como, por ejemplo, el genetismo o la doctrina de la predestinaci&oacute;n, remiten el cambio a un agente exterior, sea el gen o la voluntad divina, que aniquila la dimensi&oacute;n subjetiva y moral del individuo. Ni sujeto, ni moral, es mero artificio desacreditado del poder.</FONT></P>     <P>&nbsp;</P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="3"><B>Dependencia anacl&iacute;tica y falta de ambivalencia</B></FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">En este tipo de defensas tan primarias de las que hablamos a prop&oacute;sito de los trastornos del l&iacute;mite, presididas por la denegaci&oacute;n, el rechazo no significa separaci&oacute;n, sino parad&oacute;jicamente dependencia y, por tanto, miedo. Es rechazo detenido al borde de su negaci&oacute;n, de ese vac&iacute;o, y entonces se busca s&oacute;lo la posesi&oacute;n, creando esa bicefalia de rechazo y dependencia que crea relaciones muy superficiales desde el punto de vista del compromiso emocional, pero, sin embargo, muy persecutorias. En ocasiones, la agresividad persecutoria puede ser el escu&aacute;lido resto de una subjetividad abortada. Decepcionados ante su confusa y apenas atisbada realidad interior y el evanescente sentimiento de realidad interna, incapaces entonces de fantasear escenas amorosas y afectivas sino s&oacute;lo de poder, ejercido o padecido, &uacute;nicamente si odian o se asustan parecen tomar realidad, como si el odio, el miedo y la agresividad fueran el &uacute;nico anclaje interpretativo con la realidad. No supone necesariamente un apartarse de la realidad; por el contrario, el realismo en estos sujetos es en ocasiones sorprendente cuando se les ve desde el flanco de su labilidad yoica. Por realismo entiendo su capacidad de adaptaci&oacute;n a un escenario de poder, a su autom&aacute;tica y servil adaptaci&oacute;n a ese escenario, sea desde el entusiasmo s&aacute;dico o la inhibici&oacute;n temerosa. El caso extremo de este tipo de adaptaci&oacute;n adquiere la tonalidad inquietante de la perversi&oacute;n y en general de las llamadas personalidades narcisistas, sobre lo que luego volveremos.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Esa capacidad de adaptaci&oacute;n f&iacute;sica y superficial, va ligada a la desaparici&oacute;n de la ambivalencia. Sin la ambivalencia se puede querer algo y lo contrario a rengl&oacute;n seguido sin conflicto, ya que la ambivalencia proviene de la incorporaci&oacute;n de la dimensi&oacute;n subjetiva al objeto. Es el caso, quiz&aacute; extremo, del violador que tapa a su v&iacute;ctima con su chaqueta para que no se enfr&iacute;e o el que cura con esmero la herida que ha infligido a su pareja. Ya en su <I>Lehrbuch</I> de Psiquiatr&iacute;a, Bleuler relacionaba muy acertadamente ambivalencia, represi&oacute;n e inconsciente, es decir, la dimensi&oacute;n conflictiva de la vida inconsciente o vida subjetiva. Sin ella, la agresividad y el sentimiento persecutorio, que parece el &uacute;nico posible, resaltan sobre un fondo depresivo o inerte, casi irreal. El sentimiento persecutorio que proviene de la debilidad de un v&iacute;nculo afectivo hondo, conflictivo y vivo, crea un universo de complicidades superficiales encaminado a la desvalorizaci&oacute;n del otro, a protegerse de su persecutoria lejan&iacute;a. No hay distancia, luego todo signo de la distancia est&aacute; concebido como persecutorio, como si esa fuera la &uacute;nica forma de que el otro tome concreci&oacute;n y deje de ser un artefacto manipulable. En todos los casos, lo que parece claro que no opera es la ausencia del otro como anhelo, deseo, y sus consecuencias representativas: fantas&iacute;as o silenciosas interpretaciones. Sin la capacidad de fantasear, la vida se empobrece y el mundo es s&oacute;lo hostilidad y da&ntilde;o. El sujeto no puede reconocer la ausencia del otro, su p&eacute;rdida (sea la madre o la pareja o quien fuere) como causa de su sufrimiento, por tanto, no puede construir lazos vivos entre la representaci&oacute;n y el afecto, ya que no puede desplazar los afectos (efecto de la represi&oacute;n) sino s&oacute;lo inmovilizarlos o, en general, denegarlos, como si no acontecieran. El otro as&iacute; no vive en uno mismo, no tiene lugar ni espacio en la intimidad ps&iacute;quica, el v&iacute;nculo se ve entonces que es escu&aacute;lido o, en todo caso, hostil y &uacute;nicamente hostil, y la demanda es s&oacute;lo, a lo m&aacute;s, reproche.</FONT></P>     <P>&nbsp;</P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="3"><B>Trastornos del l&iacute;mite y psicosis</B></FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Por lo dicho hasta aqu&iacute; se puede deducir que este campo de los trastornos del l&iacute;mite es extraordinariamente extenso y que por sus propias caracter&iacute;sticas es dif&iacute;cil de aprehender. De hecho, sus fen&oacute;menos cl&iacute;nicos, aunque quepa localizar un n&uacute;cleo b&aacute;sico en torno al predominio de la denegaci&oacute;n, son muy diversos, y van desde los m&aacute;s cercanos a la neurosis, a los comportamientos o fen&oacute;menos que hacen pensar en la psicosis, pasando por ese campo extra&ntilde;o de los fen&oacute;menos perversos y psicop&aacute;ticos. Hay que tener en cuenta que la denegaci&oacute;n est&aacute; de hecho m&aacute;s presente en la neurosis que en la psicosis, mejor dicho, est&aacute; siempre presente en la neurosis, a&uacute;n en connivencia con la represi&oacute;n e incluso la elaboraci&oacute;n inconsciente, mientras que parece pr&aacute;cticamente inexistente en la psicosis como tal, cuando la psicosis aparece. Incluso cabr&iacute;a decir que al sujeto psic&oacute;tico, en cuanto psic&oacute;tico le es propia la dificultad para denegar. El psic&oacute;tico, incapaz para la mentira, tal como defin&iacute;a Epicteto la locura, es por ello inepto para la denegaci&oacute;n. La denegaci&oacute;n, presente en la neurosis, se convierte en arrasadora cuando es la &uacute;nica defensa, y entonces el denegador no es alguien que miente sino que <I>es</I> mentira. Es lo que tantos cl&iacute;nicos han intentado formular, desde el "como si" de Helen Deutsch al sentimiento de irrealidad al que todo aquel que ha trabajado este asunto siempre se refiere, y que muchos terminaron formulando como <I>falso self</I>.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Pero este sentimiento de irrealidad tiene una raigambre mayor que la mera manifestaci&oacute;n del <I>falso self, </I> proviene de un sentimiento de vac&iacute;o y desamparo que fue como apareci&oacute; el conflicto pulsional, la experiencia de un estar vivo sin recursos para ello. Esta congoja reaparece cada vez que surge una renovaci&oacute;n de esa angustia ante un acontecimiento actual, sea algo o&iacute;do o visto, que renueva o repite esa angustia primaria, traum&aacute;tica, que da al sujeto viviente la sensaci&oacute;n de irrealidad o un sentimiento de intensa extra&ntilde;eza. Esta conexi&oacute;n entre lo o&iacute;do o visto, en todo caso sentido, y la angustia primitiva se puede llamar regresi&oacute;n. No s&eacute; si es as&iacute; como Freud entiende la regresi&oacute;n. A mi entender, la regresi&oacute;n no es una defensa, sino lo que sobrepasa las defensas, ya que se da cuando las defensas se desestabilizan, cuando el orden del mundo y los modos de comprensi&oacute;n se extrav&iacute;an a causa de la quiebra de las representaciones facilitadas o conjunto de representaciones familiares, y viene entonces ese extra&ntilde;amiento radical o primario, esa reaparici&oacute;n de la primera experiencia traum&aacute;tica con desamparo y p&aacute;nico. Por eso creo que tras el sentimiento de irrealidad, est&aacute; el fondo melanc&oacute;lico del que tantos cl&iacute;nicos han hablado y que hay que entender en sentido fuerte: regresi&oacute;n al sin-sentido, al vac&iacute;o libidinal, a la soledad y al desamparo.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Ah&iacute; pueden darse fen&oacute;menos alucinatorios, sin que eso implique necesariamente una psicosis. El fen&oacute;meno alucinatorio puede deberse a esa sensaci&oacute;n de extra&ntilde;amiento que da al otro un tipo de presencia avasalladora, aniquiladora de una realidad propia y diferenciada, debido a la dificultad o incapacidad de desplazamiento. El desplazamiento es posible por la represi&oacute;n, pues al reprimirse la representaci&oacute;n, la carga de afecto queda disponible para vincularse a otras representaciones. Al no haber desplazamiento o al prevalecer otro tipo de defensas m&aacute;s primarias como la disociaci&oacute;n persecutoria del objeto, la carga del afecto no est&aacute; disponible y se adhiere a una representaci&oacute;n que toma en ese momento car&aacute;cter absoluto y por tanto alucinatorio. Estos fen&oacute;menos alucinatorios pueden aparecer, por ejemplo, en per&iacute;odos de duelo o de muertes inesperadas, tambi&eacute;n en situaciones de p&eacute;rdidas muy traum&aacute;ticas por estar muy ligadas a la angustia de percepci&oacute;n, en situaciones de trauma (es decir, de carga sin representaci&oacute;n definida o continente), tambi&eacute;n en el trance transferencial que se produce porque la transferencia moviliza y favorece experiencias arcaicas alucinatorias conforme a las cuales el psicoanalista puede aparecer como objeto &uacute;nico y absoluto con ese car&aacute;cter disociativo y la consiguiente aniquilaci&oacute;n de la propia realidad interior.</FONT></P>     ]]></body>
<body><![CDATA[<P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Pero tambi&eacute;n pueden aparecer con una constancia mayor. Delirio o alucinaci&oacute;n es, por ejemplo, que un hombre todav&iacute;a joven ande buscando los indicios de la presencia de extra&ntilde;os en su peque&ntilde;o apartamento ante el temor a ser controlado en su intimidad, o ese temor al contagio, que no bastar&iacute;a con calificar de obsesivo, creyendo que si da la mano a un amigo se ver&aacute; contaminado de una especie de sexualidad sucia y pegajosa que &eacute;l a su vez transmitir&aacute; si da la mano a otro, a m&iacute; por ejemplo, o que teme que restos de semen le sean arrojados o simplemente caigan de las ventanas. Digo "creyendo" porque este hombre sabe que son ideas que se le imponen a pesar de su inverosimilitud, sin tener la certeza de su veracidad sino m&aacute;s bien lo contrario, sabedor de que no es as&iacute;, de que no se corresponden con la realidad aunque no pueda librarse de ellas y terminen constituyendo su mundo "interno".</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">¿C&oacute;mo tratar lo alucinatorio? Por alg&uacute;n tipo de desplazamiento que permita rehacer el sentido del mundo, inscribir la p&eacute;rdida y diversificar a los otros y, por consiguiente, romper con la escena fija y &uacute;nica, tanto traum&aacute;tica como incestuosa, sin distancia ni vida inconsciente. El inconsciente es siempre "otra escena". Ni hay un solo acto, ni un solo rasgo del otro, tratamos siempre con una diversidad que da a los dem&aacute;s su car&aacute;cter de enigma, incluso de perplejidad. Hay un modo menos solitario de quebrar la presencia del otro como absoluto, es la <I>creencia.</I> La creencia es, como la llam&oacute; Blumenger, una "metaforizaci&oacute;n de lo absoluto". Por medio de la creencia se construye la grupalidad y la pertenencia. Es la condici&oacute;n de la comunidad. La creencia no trata de la existencia, si as&iacute; fuera no ser&iacute;a creencia. La creencia est&aacute; en el lugar de la <I>epoj&eacute;, </I> pues sustituye la nada de la consciencia por la convicci&oacute;n de la comunidad, y la existencia del otro por su figura atributiva.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">En la psicosis, por el contrario, no hay creencia. Este fue sin duda un gran atisbo freudiano, el calificar la psicosis como <I>Unglauben</I>. Por eso dije anteriormente que el psic&oacute;tico no es creyente y que por esa raz&oacute;n es quien soporta la existencia de Dios, el terror de su omnipotencia y de su omnividencia, el terror, en suma, de lo absoluto. No son creyentes, est&aacute;n expuestos a la certeza. Si la creencia es descarga de lo absoluto, la certeza carece de esa descarga y, por ello, es mero terror. El psic&oacute;tico soporta el terror de la existencia de Dios, por eso carece de iglesia, la iglesia es descarga de absoluto, es creencia, no certeza, que se resuelve en convicci&oacute;n institucional. La creencia siempre es en grupo, y as&iacute; la religi&oacute;n institucional como v&iacute;nculo colectivo terrenal sirve para descargarse de absoluto. El psic&oacute;tico est&aacute; solo ante lo absoluto, Dios es real, no metaf&oacute;rico, est&aacute; siempre ah&iacute;, omnipotente y omnividente, y el da&ntilde;o que inflige es igualmente absoluto y letal. Delira para consolarse de sus alucinaciones, pero a la vez ese delirio no tiene otro soporte que la alucinaci&oacute;n. De ah&iacute; que cuando un delirante tenaz, por ejemplo, un paranoico, vira hacia la religi&oacute;n, intenta una v&iacute;a de salida, un modo de entrar en una comunidad de creyentes que opera, por tanto, como metaforizaci&oacute;n de lo absoluto. De ah&iacute; que normalmente esos intentos terminen en el psic&oacute;tico empedernido en un fiasco.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">En la psicosis, el delirio es el modo de construir una pertenencia y una inclusi&oacute;n en lo hist&oacute;rico, en la filiaci&oacute;n sexuada. Se puede entender entonces como un modo de desplazar la representaci&oacute;n y descargarse de la carga de objeto adherida a ella y as&iacute; incluir lo alucinatorio en un tipo de historia y de ese modo disolverlo. La amenaza parece preferible a la inanici&oacute;n libidinal. Es un modo de construir una realidad aunque sea a costa de romper con la realidad grupal, la basada en el sistema de creencias. Puesto que en cuanto psic&oacute;tico no le est&aacute; permitida la denegaci&oacute;n, esa extrema sensibilidad ante el acontecer de la vida le obliga a una constante actividad mental de recreaci&oacute;n interminable. Es lo que Schreber formul&oacute; como "empuje a pensar", insidioso, terrible e imparable.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">La presencia de la denegaci&oacute;n no excluye radicalmente la posibilidad de delirar. Incluso comprobamos en nuestra cl&iacute;nica diaria que un psic&oacute;tico no es psic&oacute;tico todo el tiempo, solemos decir de alguien, por ejemplo, "hoy est&aacute; psic&oacute;tico". Si fuera psic&oacute;tico todo el tiempo, s&oacute;lo tendr&iacute;a como salida el estallido de un delirio imparable, des-metaforizado, o la absoluta inanici&oacute;n, es decir, la muerte en uno u otro caso. El delirio viene siempre en ayuda de una fragilidad identificatoria, de una angustia traum&aacute;tica, de una contenci&oacute;n precaria de la agresividad y, en suma de una p&eacute;rdida, o hemorragia de vida interior. Si no permite descansar en alg&uacute;n sentido o en alguna significaci&oacute;n, su estallido es especialmente destructivo.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Volviendo sobre la denegaci&oacute;n, vemos que en estos casos extremos de trastornos del l&iacute;mite, sucede que el temor y una inhibici&oacute;n incapacitadora les impide el trato social y el juego de la comunicaci&oacute;n. Estropean las palabras de tanto buscarlas, su discurso es repetitivo y mon&oacute;tono. La fragilidad fantasm&aacute;tica interna, la incapacidad para fantasear, hace que algunos pensamientos se proyecten hacia fuera como si los vieran u oyeran desde fuera, como si la escena fantasm&aacute;tica se fraguara en ese instante escueto y fr&iacute;o, sin discontinuidad. No es un delirio construido, es un esbozo delirante que intenta una representaci&oacute;n ps&iacute;quica. Como en el caso del hombre se&ntilde;alado m&aacute;s arriba, es un intento de supervivencia que no construye una realidad propia, sino que toma un esbozo o fragmento externo para darse realidad y sentir que existe. Pueden pasar desapercibidos incluso para ellos mismos. Este encuadre vac&iacute;o es lo que llev&oacute; a Bergeret a hablar de un estado depresivo de fondo con ese lastre corporal y regresivo que les hace torpes, anacl&iacute;ticos y adheridos sin poder crear una relaci&oacute;n fluida o viva. Ese fondo melanc&oacute;lico, que tanto indag&oacute; Bergeret, y el sentimiento de irrealidad, subrayado por todos, proviene de un desamparo tan radical que no es s&oacute;lo la dependencia del <I>infans</I>, sino una especie de condena melanc&oacute;lica, como si su venida al mundo careciera de transmisi&oacute;n y fuera una funesta casualidad, condenados entonces a no tener lugar alguno en los otros, sin historia y sin poder invent&aacute;rsela. La filiaci&oacute;n ser&iacute;a un mero hecho externo, no una vivencia hist&oacute;rica de transmisi&oacute;n de vida. El llamado <I>falso self</I> tiene una ra&iacute;z a&uacute;n m&aacute;s seca: no s&oacute;lo ellos se sienten falsos sino la vida misma, y si la vida es una ficci&oacute;n, los impulsos de la pulsi&oacute;n no tienen otro destino que el paso al acto, la inhibici&oacute;n m&aacute;s radical, el mutismo del superviviente o el grito falto de demanda (a no ser que como en las llamadas personalidades narcisistas consigan adentrarse por la senda de la manipulaci&oacute;n y de la admiraci&oacute;n conseguida en compensaci&oacute;n de la muerte interior).</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">A veces una extraordinaria debilidad o pobreza de elaboraci&oacute;n hace que puedan aparecer como d&eacute;biles ps&iacute;quicos y mentales, y siempre uno se sorprende de que puedan hacer en muchos casos su trabajo, a veces incluso t&eacute;cnicamente complejo. Parecen espectros en su aislamiento afectivo, sacudidos por la hostilidad y el miedo, pero sin conseguir una m&iacute;nima interpretaci&oacute;n eficaz del otro. Se les da de lado porque ellos mismos se sienten inexistentes e invisibles. "Me siento a la mesa familiar y nadie me ve", dec&iacute;a un sujeto anclado en lo que &eacute;l mismo llama su bloqueo permanente. Tiene su "teor&iacute;a" que repite una y otra vez de modo can-sino y autom&aacute;tico: "Si me muevo entonces mi padre va a morir de un infarto, mi padre es puro y neto, y entonces que nadie se mueva, que nadie diga nada, si digo algo es que lo estoy matando". Y as&iacute; d&iacute;a tras d&iacute;a, inmutable, a-hist&oacute;rico. S&oacute;lo muy recientemente le o&iacute; usar el verbo en pasado, con lo que quiz&aacute;s esa distancia verbal pueda significar el tiempo de la respiraci&oacute;n ps&iacute;quica.</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">¿C&oacute;mo se sostiene en esa inercia ps&iacute;quica sin que tampoco acontezca una "exoactuaci&oacute;n" destructiva? Parecen sobrevivir con el m&iacute;nimo gasto ps&iacute;quico. Dado su estado de pobreza de recursos, prefieren no viajar ni cambiar de ambiente. En ocasiones, la hipocondr&iacute;a parece la forma de crear un espacio de preocupaciones que parece suplir o compensar el terror de la muerte interior, su torpe y fr&aacute;gil investimiento libidinal del cuerpo.</FONT></P>     <P>&nbsp;</P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="3"><B>El debate sobre las personalidades narcisistas y la cuestión de la perversión</B></FONT></P>     ]]></body>
<body><![CDATA[<P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Los trastornos del l&iacute;mite se caracterizan en general, tal como venimos diciendo, por esa falta de distancia subjetiva y de vida interna con predominio de la denegaci&oacute;n que borra las preguntas sobre qui&eacute;n se es o qu&eacute; se quiere o de d&oacute;nde se proviene o por qui&eacute;n se es amado, si lo fuere, preguntas m&aacute;s presentes en las psicosis (las primeras, que dan lugar a los delirios espec&iacute;ficos de filiaci&oacute;n y de salvaci&oacute;n) y en las neurosis (las segundas). Pero los hay para quienes la denegaci&oacute;n les hace eficaces manipuladores de los sentimientos o debilidades ajenas: desde los m&aacute;s actuadores, o "exoactuadores" como algunos los nombran, a los m&aacute;s certeros en el comportamiento estrat&eacute;gico de conseguir, de los dem&aacute;s, admiraci&oacute;n y dependencia. Ellos son los genuinos representantes de las llamadas "personalidades narcisistas" o "trastornos narcisistas de la personalidad", que de ambas maneras se conocen, por mucho que la tan tra&iacute;da y llevada personalidad sea un hueso duro de roer. Es asunto, en todo caso, de indudable inter&eacute;s cl&iacute;nico, dada la frecuencia del cuadro. Se est&eacute; o no de acuerdo con las "elucubraciones te&oacute;ricas" de Kernberg, no cabe duda de su soltura cl&iacute;nica a la hora de describirlo. Tiene muchos textos y pasajes al respecto. Elijo s&oacute;lo uno que me parece pertinente. Dice as&iacute;: "Los rasgos sobresalientes de las personalidades narcisistas son la grandiosidad, la exagerada centralizaci&oacute;n en s&iacute; mismos y una notable falta de inter&eacute;s y empat&iacute;a hacia los dem&aacute;s, no obstante, la avidez con que buscan su tributo y admiraci&oacute;n. Sienten gran envidia hacia aquellos que poseen algo que ellos no tienen, o que simplemente parecen disfrutar de sus vidas. No s&oacute;lo les falta profundidad emocional... sino que adem&aacute;s sus propios sentimientos carecen de diferenciaci&oacute;n, encendi&eacute;ndose en r&aacute;pidos destellos para dispersarse inmediatamente. En particular, son incapaces de experimentar aut&eacute;nticos sentimientos de tristeza, duelo, anhelo y reacciones depresivas, siendo esta &uacute;ltima carencia una caracter&iacute;stica b&aacute;sica de sus personalidades. Cuando se sienten abandonados o defraudados por otras personas, suelen exhibir una respuesta aparentemente depresiva, pero que, examinada con mayor detenimiento, resulta ser de enojo y resentimiento, cargado de deseos de venganza, y no verdadera tristeza por la p&eacute;rdida de una persona que apreciaban" (p. 206).</FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">La descripci&oacute;n es excelente. Kohut dir&iacute;a que inespec&iacute;fica, por lo que pretendi&oacute; separar estos casos de los llamados "estados fronterizos", pero esa distinci&oacute;n, en el caso de Kohut, no esclarece mucho, ya que si en efecto estudia las maneras arcaicas de la defensa narcisista tampoco aclara mucho la formaci&oacute;n del narcisismo como diferenciado del autoerotismo, como tampoco lo hace para distinguir esos "estados fronterizos" de la esquizofrenia. Esto revela una vez m&aacute;s que poner el acento en la clasificaci&oacute;n diagn&oacute;stica no es m&aacute;s que un debate est&eacute;ril. Los trastornos del l&iacute;mite son trastornos que de uno u otro modo, y en cuanto que se refieren a lo m&aacute;s primario del v&iacute;nculo afectivo, a todos nos ata&ntilde;en.</FONT></P>      <P>&nbsp;</P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="3"><B>Bibliografía</B></FONT></P>     <!-- ref --><P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">(1) BERGERET, J. (1974), <I>La personalidad normal y patol&oacute;gica</I>, Barcelona, Gedisa, 1996.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4660015&pid=S0211-5735200900010000200001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">(2) BERGERET, J., <I>La d&eacute;pression et les &eacute;tats limites</I>, Par&iacute;s, Payot, 1975.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4660016&pid=S0211-5735200900010000200002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">(3) BLUMENBERG, H. (1981), <I>La legibilidad del mundo</I>, Madrid, Tecnos, 2000.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4660017&pid=S0211-5735200900010000200003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">(4) DONNET, J. L.; GREEN, A., <I>L'enfant de &ccedil;a. Psychanalyse d'un entretien: psychose blanche</I>, Par&iacute;s, Minuit, 1973.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4660018&pid=S0211-5735200900010000200004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">(5) FREUD, S. (1933), "Nuevas lecciones introductorias al psicoan&aacute;lisis", en <I>Obras Completas 8</I>, Madrid, Biblioteca Nueva, 1974.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4660019&pid=S0211-5735200900010000200005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">(6) FREUD, S. (1926), "Inhibici&oacute;n, s&iacute;ntoma y angustia", en <I>Obras Completas 8</I>, Madrid, Biblioteca Nueva, 1974.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4660020&pid=S0211-5735200900010000200006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">(7) GEHLEN, A. (1974), <I>El hombre</I>, Salamanca, S&iacute;gueme, 1980.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4660021&pid=S0211-5735200900010000200007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">(8) JOYCE, J., <I>Retrato del artista adolescente</I>, Barcelona, Argos Vergara, 1980.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4660022&pid=S0211-5735200900010000200008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">(9) HORKHEIMER, M.; ADORNO, T. (1944), <I>Dial&eacute;ctica de la ilustraci&oacute;n</I>, Madrid, Trotta, 1994.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4660023&pid=S0211-5735200900010000200009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">(10) KANT, E. (1798), <I>Antropolog&iacute;a, en sentido pragm&aacute;tico</I>, Madrid, Alianza, 1991</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4660024&pid=S0211-5735200900010000200010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">(11) KANT, E. (1790), <I>Cr&iacute;tica del juicio</I>, Madrid, Espasa-Calpe, 1977.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4660025&pid=S0211-5735200900010000200011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">(12) KNIGHT, R. P., "Boderline States", en LOWENSTEIN, R. M., <I>Drives Affects, Behavior</I>, Nueva York, Intern, Univ. Press, 1953.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4660026&pid=S0211-5735200900010000200012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">(13) KOHUT, H. (1971), <I>An&aacute;lisis del Self: El tratamiento psicoanal&iacute;tico de los trastornos narcisistas de la personalidad</I>, Buenos Aires, Amorrortu, 1977.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4660027&pid=S0211-5735200900010000200013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">(14) MONGARDINI, C., <I>Miedo y sociedad</I>, Madrid, Alianza, 2007.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4660028&pid=S0211-5735200900010000200014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">(15) PATOCKA, J. (1975), <I>Ensayos her&eacute;ticos</I>, Barcelona, Pen&iacute;nsula, 1988.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4660029&pid=S0211-5735200900010000200015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">(16) PERE&Ntilde;A, F<I>.</I>, <I>El hombre sin argumento</I>, Madrid, S&iacute;ntesis, 2002.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4660030&pid=S0211-5735200900010000200016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">(17) PERE&Ntilde;A, F., "Cuerpo y subjetividad: acerca de la anorexia", en <I>Revista Espa&ntilde;ola de Sanidad P&uacute;blica</I>, 81, 5, 2007, Madrid.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4660031&pid=S0211-5735200900010000200017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">(18) CHABERT, C.; BRUSSET, B.; BRELET-FOULARD, F. (1999), <I>Neurosis y funcionamientos l&iacute;mite</I>, Madrid, S&iacute;ntesis, 2001.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4660032&pid=S0211-5735200900010000200018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">(19) KERNBERG, O. (1975), <I>Des&oacute;rdenes fronterizos y narcisismo patol&oacute;gico</I>, Barcelona, Paid&oacute;s, 1979.</FONT>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4660033&pid=S0211-5735200900010000200019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><P>&nbsp;</P>     <P>&nbsp;</P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2"><B><a href="#top"> <img border="0" src="/img/revistas/neuropsiq/v29n1/seta.gif" width="15" height="17"></a><a name="back"></a>Dirección para correspondencia:</B>    <BR> Francisco Pere&ntilde;a    <BR> C/ Hortaleza, 106, 2.º dcha, 28004, Madrid. </FONT></P>     <P><FONT FACE="VERDANA" SIZE="2">Fecha de recepci&oacute;n: 14.07.2008 (aceptado el 20.08.2008).</FONT></P>       ]]></body><back>
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