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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Reflexiones nerviosas: La importancia de la ropa: (I). Pacientes y médicos]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[ <p><font face="Verdana" size="2"><b><a name="top"></a>M&Aacute;RGENES DE LA PSIQUIATR&Iacute;A Y HUMANIDADES</b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana" size="4"><b>Reflexiones nerviosas</b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p>&nbsp;</p>     <p><b><font face="Verdana" size="2">Juan Medrano</font></b></p>     <p>&nbsp;</p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>La importancia de la ropa: (I). Pacientes y m&eacute;dicos.</b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">La &eacute;poca navide&ntilde;a y los meses de enero y febrero, con sus rebajas, son &eacute;pocas  que alientan el consumismo, momentos en que se disparan las compras, en que  todos los ciudadanos tienen un punto de onioman&iacute;a, ese t&eacute;rmino  (<i>onios</i> = "en venta"; <i>mania</i> = locura) con el que se denomina al  deseo compulsivo de comprar. En ingl&eacute;s tambi&eacute;n se le ha llamado  "adicci&oacute;n a las compras" o "shopaholism", una manera de transmitir la  idea de adicci&oacute;n temitiendo al alcohlismo, como se hace con el "workaholism"  (adicci&oacute;n al trabajo) o el "chocoholism" (adicci&oacute;n al chocolate).  La adicci&oacute;n a la compra, que fue descrita por Bleuler como un "impulso  reactivo" o una "locura impulsiva, pas&oacute; un tanto de puntillas por el  DSM-III-R, como un mero ejemplo de trastorno del control de impulsos no especificado,  para desaparecer en el DSM-IV, sin que pueda saberse a ciencia cierta en qu&eacute;  quedar&aacute; en el DSM-V (1). Hay quien sugiere que la oniomania sigue una  distribuci&oacute;n normal en la poblaci&oacute;n, de modo que en el extremo  de la curva encontrar&iacute;amos a personas en las que la adicci&oacute;n a  las compras es desmedida hasta el punto de merecer la consideraci&oacute;n de  trastorno mental (2). Seg&uacute;n un estudio de Koran y colaboradores (3),  la prevalencia en los EEUU podr&iacute;a alcanzar el 5.8%, algo nada desde&ntilde;able,  desde luego. Si nos atenemos a estudios rigurosos realizados ya hace casi 20  a&ntilde;os (4-5), lo que m&aacute;s compran los afectados es ropa.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">La ropa, el atav&iacute;o,  tiene m&uacute;ltiples funciones en el ser humano. Desde la m&aacute;s b&aacute;sica  de proteger del fr&iacute;o a la b&iacute;blica de ocultar la desnudez, pasando  por la demostraci&oacute;n del rango, la categor&iacute;a social, la pertenencia  a una profesi&oacute;n, condici&oacute;n, clase o casta, o la simple de expresar,  supuestamente, las caracter&iacute;sticas de la personalidad. En el &aacute;mbito  de la asistencia sanitaria las implicaciones de la ropa son m&uacute;ltiples,  a veces sorprendentes, y afectan tanto a pacientes como a profesionales.</font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><i><font face="Verdana" size="2">La indumentaria del paciente</font></i></p>     <p><font face="Verdana" size="2">La m&aacute;s burda  indumentaria asociada a la condici&oacute;n de paciente es la camisa de fuerza,  la camisole inventada, seg&uacute;n se cuenta, por Monsieur Guilleret, un tapicero  de Bic&ecirc;tre, en 1790. Antecedi&oacute;, pues, a la fecha en que se supone  que los enfermos fueron liberados de sus cadenas por Philippe Pinel, por lo  que es posible que facilitara incluso el acontecimiento. Pese a ello, su imagen,  obvio es decirlo, es muy negativa y condensa en s&iacute; misma la idea de la  represi&oacute;n institucional psiqui&aacute;trica. A principios del siglo XX,  Harry Houdini descubri&oacute; las posibilidades de la camisole en el mundo  del espect&aacute;culo, y dise&ntilde;&oacute; un n&uacute;meroen el que se  liberaba de una camisa de fuerza ante una asombrada audiencia. Hoy en d&iacute;a  posiblemente Houdini ser&iacute;a derrotado por los recordpersons que seg&uacute;n  recoge el Guinness han demostrado ser los m&aacute;s r&aacute;pidos del planeta  liber&aacute;ndose de las distintas modalidades de camisole. En el &aacute;mbito  cl&iacute;nico, cabe recordar que en algunas ocasiones la camisa de fuerza se  asoci&oacute; a fallecimientos en pacientes agitados (6), mientras que en algunos  pacientes autistas, donde se utilizaba para prevenir autoagresiones, daba la  impresi&oacute;n de que ten&iacute;a un efecto tranquilizante (7) que remite  a la "m&aacute;quina de abrazar" que invent&oacute; para s&iacute; misma Temple  Grandin y que le permiti&oacute; un control de su cuerpo y de su psiquismo (8).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Desterrada la camisa  de fuerza, probablemente sea el pijama la indumentaria que m&aacute;s r&aacute;pidamente  remite a la condici&oacute;n de enfermo. En 1999, el dr Bourdoncle, un psiquiatra  franc&eacute;s, public&oacute; un original estudio tras varios a&ntilde;os de  estudio de la prenda en las instituciones psiqui&aacute;tricas (9). Tal y como  se&ntilde;ala el autor, en su origen el pijama era un "pantal&oacute;n amplio  y suelto que llevan las mujeres en ciertas regiones de la India", pero el paso  del tiempo lo convirti&oacute; en una vestimenta esencialmente dom&eacute;stica  y nocturna. Su introducci&oacute;n en el &aacute;mbito psiqui&aacute;trico le  llev&oacute; a trascender lo privado para constituirse en un marcador (tal vez  un estigma) de afectado por la enfermedad mental. Define Burdoncle al pijama  como una <i>vestimenta de interior, no adaptada para su uso en la calle, consistente  en un pijama o camis&oacute;n complementados con una bata y un par de zapatillas  de casa.</i> El pijama, como bien se&ntilde;ala Bourdoncle, representa para  muchos pacientes el paradigma del atentado contra su libertad, al tiempo que  para los trabajadores sanitarios supone una consigna ritual del mismo peso y  al mismo nivel que las relacionadas con los permisos de visitas y/o paseos.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">En un poli&eacute;drico  estudio, Bourdoncle aborda primero las modalidades de empleo y aplicaci&oacute;n  del pijama, para continuar con sus funciones institucionales y cl&iacute;nicas.  Distingue as&iacute; nuestro autor aspectos como el origen del pijama (qui&eacute;n  lo aporta: el hospital o el propio paciente), su forma (que deber&iacute;a huir  de la confusi&oacute;n con el ch&aacute;ndal o ropas deportivas para evitar  que una fuga pase desapercibida) y las modalidades de aplicaci&oacute;n, que  podr&iacute;an resumirse en por las buenas y por las malas (en este &uacute;ltimo  caso, v&iacute;a persuasi&oacute;n - coacci&oacute;n o meramente por la fuerza).  En cuanto a sus funciones institucionales, la m&aacute;s obvia es la prevenci&oacute;n  de la fuga, aunque para Bourdoncle no est&aacute; claro que el pijama sea un  procedimiento eficiente a este respecto, ya que no son pocos los pacientes que  se han ausentado del hospital en pijama. No es menos valioso para el manejo  conductual, que nuestro autor resume de una manera un tanto c&iacute;nica en  la alternativa que se plantea al paciente entre el pijama - palo y la ropa de  calle - zanahoria. Tampoco es balad&iacute; su relevancia como marcador de pacientes  (en lo que el pijama ser&iacute;a una continuaci&oacute;n de la camisa de fuerza  o de otros medios de contenci&oacute;n cl&aacute;sicos). El an&aacute;lisis  de su funci&oacute;n cl&iacute;nica arranca con una aguda reflexi&oacute;n sem&aacute;ntica.  La etimolog&iacute;a de "cl&iacute;nica" remite al estudio y tratamiento del  paciente encamado, con lo que el pijama (ropa de cama) implica el car&aacute;cter  m&oacute;rbido de los trastornos psiqui&aacute;tricos y se erige en metonimia  del reposo necesario para recuperar la salud. Sentada esta consideraci&oacute;n,  en lo cl&iacute;nico el pijama tiene una funci&oacute;n de contenci&oacute;n  (marca l&iacute;mites: otra expresi&oacute;n ritualizada), al tiempo que hace  m&aacute;s accesible el cuerpo del paciente, permitiendo la medicalizaci&oacute;n  (en el buen sentido de la palabra) de la intervenci&oacute;n psiqui&aacute;trica.  Es tambi&eacute;n un objeto transicional y ejemplifica la sana regresi&oacute;n,  etapa fundamental e imprescindible en el camino a la curaci&oacute;n. Asimismo,  la discusi&oacute;n entre paciente y psiquiatra sobre la vestimenta que a cada  momento se permite al enfermo convierte al pijama en un mediador relacional.  Por &uacute;ltimo, Bourdoncle formula una audaz idea: si el ni&ntilde;o se constituye  y representa a partir de la experiencia de su superficie corporal, el enfermo  ingresado har&iacute;a lo propio desde el pijama. En paralelo al Yo-Piel <i>(Moi-Peau)</i>  de Anzieu surge as&iacute; el concepto idea del Yo-Pijama <i>(Moi-Pyjama).</i>  Planteado as&iacute; el estudio del fen&oacute;meno, a Bourdoncle no le queda  otro remedio que concluir que hace falta una reflexi&oacute;n sobre el pijama:  revisar el derecho y el rev&eacute;s, su apertura y su cierre, c&oacute;mo entrar  en &eacute;l y la mejor manera de salir. De esta manera, hay que reconocerlo,  el pijama no es ya una metonimia, sino una perfecta met&aacute;fora aplicable  a muchas -demasiadas- actuaciones sanitarias. Pero eso es otra historia.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Fuera del &aacute;mbito  hospitalario se ha prestado tambi&eacute;n atenci&oacute;n a la indumentaria  "civil" de los pacientes. En 1993, Arnold y sus asociados en Tennessee (10),  tras observar que muchos pacientes psiqui&aacute;tricos se caracterizan por  vestir simult&aacute;neamente varias piezas de una determinada prenda, estudiaron  el diagn&oacute;stico de 25 pacientes consecutivos que se presentaron en urgencias  llevando prendas repetidas (tres camisas o dos pantalones, por ejemplo). De  ellas, 18 estaban diagnosticadas de esquizofrenia, lo que arroja un chi cuadrado  fet&eacute;n, de &lt; .0001, que sugiere que esta peculiar forma de vestir,  a la que llamaron con el dif&iacute;cilmente traducible t&eacute;rmino de <i>"redundant  clothing"</i> es algo poco menos que espec&iacute;fico de la esquizofrenia.  Para explicar la asociaci&oacute;n, los autores proponen tres hip&oacute;tesis:  La m&aacute;s <i>"pesada"</i> desde el punto de vista biol&oacute;gico apunta  que la en la esquizofrenia podr&iacute;a existir una disfunci&oacute;n sutil  del hipot&aacute;lamo o del sistema vegetativo. A su vez, esta disfunci&oacute;n  obligar&iacute;a a los pacientes a arroparse en exceso, o tal vez anular&iacute;a  la sensaci&oacute;n de calor derivada de llevar tanta prenda encima. La primera  posibilidad apuntar&iacute;a a algo as&iacute; como una hipersensibilidad al  fr&iacute;o; la segunda, a lo que en l&iacute;nea con otros fen&oacute;menos  observados en la enfermedad, podr&iacute;amos llamar <i>asimbolia al calor.</i>  Otra propuesta ser&iacute;a de car&aacute;cter m&aacute;s bien psicol&oacute;gico.  Seg&uacute;n Arnold y asociados, las sucesivas capas de ropa, al modo de una  armadura, podr&iacute;an crear una sensaci&oacute;n de presi&oacute;n y consistencia  que dar&iacute;a a los pacientes seguridad. Finalmente, nuestro grupo invoca  la posibilidad de que el hecho de que el enfermo se coloque m&aacute;s y m&aacute;s  prendas implique una disfunci&oacute;n neuropsicol&oacute;gica, en forma de  apraxia o de una afectaci&oacute;n cognitiva m&aacute;s amplia.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">En 1999, Eric Altschuler,  en una carta publicada en el <i>British Medical Journal</i> (11), retom&oacute;  el fen&oacute;meno, que denomin&oacute; "signo de la ropa en capas" (<i>layered  clothing sign</i>) a prop&oacute;sito nada menos que de la atenta lectura de  El Rey Lear. En la Cuarta Escena del Tercer Acto de esta tragedia shakesperiana,  Edgard(o), uno de los personajes principales, se hace pasar por un loco de nombre  <i>Poor Tom</i> (en traducciones espa&ntilde;olas, el <i>Pobre Tomas&iacute;n</i>),  que se presenta a s&iacute; mismo con las siguientes palabras, que quedar&aacute;n  mucho mejor y m&aacute;s entonadas si el lector o lectora las lee en voz alta  y con un cierto acento lawrenceoliveriano:</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2"><i>Poor Tom, that  eats the swimming frog, the toad, the tadpole, the wallnewt, and the water;  that in the fury of his heart, when the foul fiend rages, eats cow dung for  sallets, swallows the old rat and the ditch-dog; drinks the green mantle of  the standing pool; who is whipped from tithing to tithing, and stock-punish'd,  and imprisoned; who hath had three suits to his back and six shirts to his body...</i></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">El protagonista  de la tragedia padece una demencia, y seg&uacute;n algunos estudiosos de la  Psicopatolog&iacute;a en la obra del Inmortal Bardo de Stratford-upon-Avon,  Poor Tom / Pobre Tomas&iacute;n, padecer&iacute;a una esquizofrenia cr&oacute;nica.  De esta manera, concluye Altschuler, en los albores del siglo XVII Shakespeare  conoc&iacute;a y fue capaz de describir po&eacute;ticamente el signo de la ropa  en capas.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p>     <p><i><font face="Verdana" size="2">La indumentaria  del m&eacute;dico</font></i></p>     <p><font face="Verdana" size="2">La bata tuvo en  sus comienzos una funci&oacute;n total y cabalmente utilitarista, la de preservar  al m&eacute;dico del contacto con diversos fluidos org&aacute;nicos. Fueron  sus virtudes en este campo las que la pusieron en boga a principios del siglo  XIX, cuando comenz&oacute; a ponerse nombre e incluso "cara" a todo el cortejo  de malignos seres microsc&oacute;picos productores de enfermedades. Con el paso  del tiempo y la mejor higiene general de la poblaci&oacute;n, la funci&oacute;n  instrumental de la bata pas&oacute; a un segundo plano. Eran los tiempos en  que no exist&iacute;a conciencia de que la asepsia de los centros sanitarios  estaba produciendo una selecci&oacute;n natural de bacterias especialmente aguerridas  y resistentes, la &eacute;poca en la que a&uacute;n no se hab&iacute;a descubierto  la importancia de las infecciones nosocomiales. De esta manera la bata se convirti&oacute;  en un muy especial distintivo del m&eacute;dico que no se limitaba a ser una  especie de uniforme identificador, sino que simbolizaba en su radiante blancura  el presunto conocimiento sin l&iacute;mites del galeno, otorg&aacute;ndole un  aura de sabidur&iacute;a y autoridad moral.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Sigui&oacute; pasando  el tiempo y la bata entr&oacute; en crisis. En su dimensi&oacute;n m&aacute;s  material y concreta muchos m&eacute;dicos dejaron de llevarla. En la simb&oacute;lica,  la sociedad en general y los cr&iacute;ticos de dentro de la propia profesi&oacute;n  empezaron a denostarla por considerarla elitista, presuntuosa y toda una barrera  a la comunicaci&oacute;n entre m&eacute;dico y paciente. Pero, con esos vaivenes  que da la vida, su valor simb&oacute;lico vuelve a ser reivindicado, bien que  con matices, gracias a trav&eacute;s de aut&eacute;nticos ritos inici&aacute;ticos  que van extendi&eacute;ndose por las facultades de Medicina de los EEUU. En  estas ceremonias, los estudiantes reci&eacute;n admitidos proclaman el juramento  hipocr&aacute;tico y reciben una bata blanca, equivalente a una t&uacute;nica  de novicio, que simboliza su recepci&oacute;n en la profesi&oacute;n y su compromiso  con los valores morales y humanitarios que, como el valor en el servicio militar,  cl&aacute;sicamente se supon&iacute;an existentes en cualquier m&eacute;dico  (12).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Pero si en alg&uacute;n  &aacute;mbito la bata ha despertado resquemores y suspicacia es en el de la  Psiquiatr&iacute;a. La bata blanca, impoluta, r&iacute;gidamente almidonada,  es la representaci&oacute;n cinematogr&aacute;fica m&aacute;s socorrida del  estricto y castrante psiquiatra manicomial, por lo que no es extra&ntilde;o  que fuera una de las v&iacute;ctimas de la crisis y el cuestionamiento a que  se someti&oacute; a la especialidad en los a&ntilde;os 60 del siglo pasado.  En este contexto, no es de extra&ntilde;ar que se cuestione si el psiquiatra  debe o no llevar bata, en especial en &aacute;mbitos medicalizados, como el  hospital general. La pol&eacute;mica mereci&oacute; un triple art&iacute;culo  publicado en 1993 en el General Hospital Psychiatry. En su introducci&oacute;n  al debate ("La <i>bata blanca: Vestirla o no Vestirla"</i>), Lipsitt (13), director  de la publicaci&oacute;n, se pregunta si al tiempo que la Psiquiatr&iacute;a  se medicaliza, desmedicaliza y remedicaliza, el psiquiatra deber&iacute;a ponerse  la bata, quit&aacute;rsela y pon&eacute;rsela de nuevo. En su aportaci&oacute;n  (<i>'Ponerse bata"</i>) Blackwell (14), que considera a la bata un s&iacute;mbolo  de saber m&eacute;dico, confiesa que en su caso personal y a pesar de disponer  de la prenda no se la pone porque no quiere dar a entender a los pacientes que  posee unos conocimientos m&eacute;dicos que hace tiempo que olvid&oacute;. Su  opini&oacute;n podr&iacute;a resumirse en que considera que el h&aacute;bito  no hace al monje, pero s&iacute; da un aspecto falsamente monacal que puede  inducir a error. Por &uacute;ltimo, desde la perspectiva del psiquiatra de interconsulta,  Oken (15) (<i>'Toga Alba"</i>) nos recomienda, m&aacute;s o menos, que all&aacute;  donde fueres haz lo que vieres, ya que aconseja que los psiquiatras de interconsulta  vistan la indumentaria que lleven habitualmente sus cole gas no psiquiatras.  A pesar de tan sesudas aportaciones la pelota queda en el alero, por lo que  habr&aacute; que sondear preguntar a los pacientes.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Por chocante que  parezca, en el mundo anglosaj&oacute;n no son pocos los estudios dedicados a  la opini&oacute;n de usuarios y pacientes acerca del ropaje civil y apariencia  externa de los m&eacute;dicos o la necesidad de la bata. Algunos pa&iacute;ses  parecen tener un inter&eacute;s especial en la cuesti&oacute;n. As&iacute;,  en Australia se publicaron dos estudios sobre tan rebuscada materia en 2001.  En el primero de ellos, realizado por Harnett (16), no se consigui&oacute; obtener  una opini&oacute;n definida al respecto entre un grupo de pacientes oncol&oacute;gicos  que, sin embargo y curiosamente, prefer&iacute;an ver con bata a los m&eacute;dicos  m&aacute;s j&oacute;venes e inexpertos y no a los veteranos, tal vez porque  a &eacute;stos les supon&iacute;an un saber derivado de la edad que har&iacute;a  innecesario que portasen una prenda indicativa de conocimientos y capacidad  t&eacute;cnica. Como contrapunto, el estudio que Gooden y colaboradores (17)  realizaron en diversos servicios m&eacute;dicos y quir&uacute;rgicos para llegar  a la conclusi&oacute;n de que aunque a la mayor&iacute;a de los pacientes la  cuesti&oacute;n les tra&iacute;a sin cuidado exist&iacute;a una minor&iacute;a  significativa que prefer&iacute;a al m&eacute;dico con bata, ya que de esta  manera confiaban m&aacute;s en el galeno y les resultaba m&aacute;s f&aacute;cil  comunicarse con &eacute;l. Con estos hallazgos, los autores suger&iacute;an  que el reconocimiento, simbolismo y formalidad que confiere la bata pueden favorecer  la comunicaci&oacute;n y mejorar la relaci&oacute;n m&eacute;dico - paciente,  en lugar de representar una barrera, como se tem&iacute;a.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">La Pediatr&iacute;a  es una especialidad muy preocupada por las repercusiones que el aspecto externo  de sus facultativos pueda tener en los pacientes. En 1996, el BMJ navide&ntilde;o  (dedicado como siempre a aspectos human&iacute;sticos y humor&iacute;sticos)  public&oacute; un estudio de un grupo de pediatras de Birmingham (18) que preguntaron  a 203 ni&ntilde;os de sus consultas cu&aacute;l era su opini&oacute;n acerca  de un m&eacute;dico de cada sexo presentado con cinco atuendos diferentes que  se reproducen en el art&iacute;culo. As&iacute;, en el caso del var&oacute;n,  los atuendos eran sport, sport con corbata, bata, traje-corbata y lo que podr&iacute;amos  llamar <i>tiradillo.</i> El resultado fue que los ni&ntilde;os consideraban  que los m&eacute;dicos vestidos de manera formal o elegante eran competentes  profesionalmente, pero no amistosos, mientras que los vestidos de manera informal  les parec&iacute;an amistosos, pero no competentes. No obstante, otros estudios  no han podido demostrar que la bata aleje a los ni&ntilde;os del pediatra. Seg&uacute;n  una investigaci&oacute;n canadiense (19) un 69% de los infantes interrogados  prefer&iacute;an que el pediatra llevase bata, lo que descartaba que la toga  gal&eacute;nica infunda temor a los ni&ntilde;os. Los padres cre&iacute;an que  el complemento esencial del facultativo deb&iacute;a ser lo una etiqueta identificativa  con el nombre y cargo del profesional, pero colocaban en segundo lugar a la  bata (66%). Los progenitores valoraban favorablemente otras caracter&iacute;sticas  curiosas de los pediatras como tener bigote o barba arreglados. Sin embargo,  criticaban las sandalias abiertas, los zuecos o los pantalones cortos, al tiempo  que no ten&iacute;an una opini&oacute;n definida respecto de los pijamas verdes,  o la indumentaria "civil" de los pediatras (vestido vs falda y blusa en las  damas, o camisa y corbata en los caballeros). Tambi&eacute;n en los EEUU se  han preocupado por la indumentaria del pediatra, como lo demuestra un estudio  realizado en un servicio de urgencias de Ohio (20), en el que se demostr&oacute;  que independientemente de otros factores una mayor&iacute;a minoritaria de los  ni&ntilde;os prefer&iacute;a ser atendidos por m&eacute;dicos con apariencia  formal, y que puestos a elegir cerca de dos tercios descartaba a los m&eacute;dicos  con aspecto menos arreglado (sin bata, sin corbata y con zapatillas deportivas).  Si la visita a urgencias ten&iacute;a lugar por la noche, los ni&ntilde;os rebajaban  su nivel de exigencia y toleraban mejor las indumentarias informales. Asimismo,  al unir las preferencias de ni&ntilde;os y padres, la preferencia por la bata  y la corbata se elevaba hasta un 75% y el rechazo al m&eacute;dico con ropa  informal hasta un 84%.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Desde la enfermer&iacute;a  tambi&eacute;n se han realizado estudios acerca de la indumentaria m&aacute;s  id&oacute;nea para tratar con usuarios infantiles. Festini y asociados (21),  de Florencia, realizaron lo que denominaron un estudio "cuasiexperimental" en  el que observaron que la ansiedad de los ni&ntilde;os ingresados era menor si  la enfermer&iacute;a vest&iacute;a dise&ntilde;os multicolores y desenfadados.  Resultados an&aacute;logos obtuvo en un medio cultural muy diferente, Ir&aacute;n,  el equipo de investigadores capitaneado por Roofhaza (22).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Otros &aacute;mbitos  de la Sanidad se han interesado tambi&eacute;n por cu&aacute;l es el aspecto  que idealmente deber&iacute;a tener el facultativo. En el campo de la Atenci&oacute;n  Primaria, un trabajo relativamente antiguo, Dover (23) observ&oacute; en una  muestra de pacientes de Glasgow que los pacientes prefer&iacute;an que el m&eacute;dico  llevara bata, evitase las pegatinas o pins de contenido pol&iacute;tico y, en  el caso de los varones, no llevara el pelo demasiado largo. Todos los pacientes  eran m&aacute;s indulgentes con la apariencia de los facultativos en los turnos  de guardia, pero en conjunto, los de edad avanzada eran especialmente estrictos  a la hora de exigir una presencia formal. Tambi&eacute;n a los dermat&oacute;logos  los prefieren sus pacientes con bata, pantal&oacute;n de vestir y etiqueta identificativa.  En un estudio de Kanzler y colaboradores (24), la preferencia por el m&eacute;dico  "arreglado" era generalizada con independencia del sexo (perd&oacute;n: g&eacute;nero),  edad, raza (con perd&oacute;n) o clase social del paciente encuestado. Y en  un estudio con pacientes de diversas consultas de un hospital terciario de Nueva  Zelanda, Lill (a la saz&oacute;n, estudiante de Medicina) y Wilkinson (25) encontraron  que los pacientes estaban m&aacute;s c&oacute;modos con la imagen cl&aacute;sica  y conservadora del m&eacute;dico, aunque apreciaban los atuendos "semi-formales".  La bata sigue siendo apreciada entre una mayor&iacute;a de los usuarios (26),  ya que facilita la identificaci&oacute;n del galeno entre la pl&eacute;yade  de trabajadores sanitarios (lo que la correcci&oacute;n pol&iacute;tico - sem&aacute;ntica  norteamericana actualmente llama proveedores de cuidados de salud o health care  providers). No es de extra&ntilde;ar, en este contexto, que ni m&eacute;dicos  ni pacientes encuentren adecuado que el facultativo porte piercings faciales  (27). Y como resumen actualizado de esta peliaguda cuesti&oacute;n, Turaga y  Bhagavatula resumen que la ropa profesional es la preferida por los pacientes,  que se sienten inc&oacute;modos si el m&eacute;dico se les presenta trajeado  y m&aacute;s a&uacute;n si va con un atuendo informal (28).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">A estas alturas  podemos preguntarnos si hay alg&uacute;n estudio espec&iacute;fico relacionado  con la Psiquiatr&iacute;a. Y la respuesta es que hay varias aportaciones al  respecto. Gledhill y colaboradores (29) realizaron una encuesta entre pacientes  de hospital psiqui&aacute;trico y encontraron que los enfermos prefer&iacute;an  que el psiquiatra llevase ropa elegante y bata. Contrariamente a lo que cabr&iacute;a  esperar visto el creciente rechazo a la indumentaria cl&aacute;sica de la profesi&oacute;n,  los psiquiatras eran de la misma opini&oacute;n. En este mismo estudio se investig&oacute;  por aspectos relacionales, y se observ&oacute; que los pacientes prefer&iacute;an  que se les llamara por el nombre de pila (lo que equivaldr&iacute;a al tuteo  del castellano) y tratar al psiquiatra con el t&iacute;tulo de doctor y el apellido  (lo que vendr&iacute;a a ser tratarle de Ud.). Entre los psiquiatras hab&iacute;a  diferencias en funci&oacute;n de su status. Los residentes tend&iacute;an a  tutear al paciente, mientras que los consultants o psiquiatras de rango alto  lo trataban de Ud. En todo caso, tanto los consultants como los residentes,  prefer&iacute;an que el paciente les tratara de Ud. En otras palabras, los psiquiatras  y los propios pacientes, prefer&iacute;an seguir manteniendo las distancias,  y en particular los residentes eran tan se&ntilde;oritos que aunque trataban  de t&uacute; al paciente prefer&iacute;an ser tratados de usted.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">Aportaciones posteriores  han arrojado resultados dispares, con estudios que encontraban una preferencia  por una indumentaria menos formal, como el de Rajagopalan et al (30) en Australia.  En cambio, otros, como el de Nihalani y asociados (31) en EEUU, observaron que  aunque tanto pacientes como psiquiatras consideraban que la apariencia externa  era un elemento importante en la relaci&oacute;n terap&eacute;utica, eran los  profesionales quien m&aacute;s en serio se tomaban el asunto. Por &uacute;ltimo,  los noruegos Nome Eikhom y colaboradores (32) encontraron que los pacientes  prefer&iacute;an la indumentaria formal.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Si aceptamos, a  grandes rasgos, que el usuario prefiere al m&eacute;dico y al psiquiatra con  bata, podr&iacute;amos pasar a preguntarnos cu&aacute;les son los accesorios  y contenidos habituales de la prenda. Las doctoras Lynn y Bellini, de Philadelphia,  publicaron en 1999 un curioso estudio (33) sobre el contenido de los bolsillos  de las batas de los m&eacute;dicos y estudiantes de Medicina que asistieron  a una serie de conferencias en un departamento universitario. La metodolog&iacute;a  empleada fue ciertamente sencilla, ya que tras solicitar a sus 70 probandos  (todos, se supone, portadores de bata) que vaciaran el contenido de sus bolsillos,  las autoras procedieron a registrar todo lo encontrado sin llevar a cabo, seg&uacute;n  se&ntilde;alan, un <i>"an&aacute;lisis estad&iacute;stico sofisticado"</i> de  sus hallazgos. A juzgar por el listado de objetos encontrados, la principal  conclusi&oacute;n a la que puede llegar el lector es que las batas de los participantes  en el estudio estaban dotadas de bolsillos descomunales. Otra posibilidad es  que adem&aacute;s los m&eacute;dicos y estudiantes se hubieran formado en Hogwarts  en el arte de guardar en recept&aacute;culos peque&ntilde;os grandes cantidades  de objetos. En efecto: Lynn y Bellini encontraron que el 97% llevaba instrumental  m&eacute;dico (fonendo y/o martillo de reflejos y/o linterna y/o agujas y/o  reglas), un 90%, uno o m&aacute;s manuales de bolsillo, un 83%, notas con tareas  a realizar y un 81%, una lista de tel&eacute;fonos. Nada menos que el 64% llevaba  art&iacute;culos fotocopiados, un 60%, talonarios de recetas, y cerca de la  mitad (46%), una PDA. El 40% llevaba una agenda y el 37% encontraba sitio para  apuntes de clases o conferencias. Los inevitables protocolos y algoritmos aparec&iacute;an  en el 20% los bolsillos revisados y en un 13% quedaba espacio para fotograf&iacute;as  de familiares. Una segunda conclusi&oacute;n es que a mayor experienca y dignidad  profesional es menor el n&uacute;mero de cachivaches que se llevan en los bolsillos.  De hecho, el catedr&aacute;tico del departamento llevaba s&oacute;lo un boli,  seg&uacute;n nos conf&iacute;an las autoras, quienes aventuran que dentro de  unos a&ntilde;os las PDA y los buscas reemplazar&aacute;n al actual contenido  en papel.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Para consuelo de  quienes no puedan reprimir la envidia por la desmesurada capacidad de los bolsillos  de las batas norteamericanas, presentamos un contenido de la batas y el instrumental  cl&iacute;nico que todos tenemos a nuestra disposici&oacute;n, a nada que nos  lo propongamos. Nos referimos a la mugre o, por ser m&aacute;s cient&iacute;ficos,  la contaminaci&oacute;n bacteriana de lo que podr&iacute;amos llamar f&oacute;mites  profesionales. El primer trabajo que conocemos al respecto se public&oacute;  sospechosamente en el BMJ navide&ntilde;o de 1991, lo que hace pensar que inicialmente  se consideraba que la cuesti&oacute;n era poco menos que una curiosidad o una  an&eacute;cdota. En aquel art&iacute;culo pionero (tambi&eacute;n se suele decir,  a pesar de lo mal que suena, seminal), Wong y asociados (34) examinaron las  batas de 100 m&eacute;dicos de diferentes grados y especialidades, y encontraron  mugre por doquier, aunque la porquer&iacute;a y la contaminaci&oacute;n abundaban  especialmente en los pu&ntilde;os y los bolsillos. La contaminaci&oacute;n se  asociaba con el uso prolongado por parte de un mismo m&eacute;dico. Los autores  encontraron al perverso <i>Staphylococcus aureus</i> en una cuarta parte de  las batas analizadas, en especial (y esto es lo m&aacute;s preocupante) en las  &aacute;reas de cirug&iacute;a. Al menos, no encontraron bacilos pat&oacute;genos  Gram negativas ni otras bacterias con mala intenci&oacute;n.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">A&ntilde;os despu&eacute;s,  Loh y asociados (35) estudiaron la mugre de las batas de un grupo de estudiantes  de Medicina, concluyendo que hab&iacute;a m&aacute;s posibilidades de encontrar  microbios en las mangas y los bolsillos, donde abundaba la flora saprofita,  que inclu&iacute;a aqu&iacute; tambi&eacute;n al canallesco estafilo. Curiosamente,  aunque los estudiantes sab&iacute;an que una bata limpia era una garant&iacute;a  contra la contaminaci&oacute;n, algunos de ellos met&iacute;an la prenda en  la lavadora s&oacute;lo de cuando en cuando, por lo que los autores sugieren  dos posibles alternativas. Una de ellas ser&iacute;a dise&ntilde;ar batas m&aacute;s  sencillas de lavar a mano (es de suponer que para facilitar la tarea a los estudiantes  sin acceso a tecnolog&iacute;a electrodom&eacute;stica) y la otra, que los hospitales  cl&iacute;nicos se hagan cargo del lavado de las batas de los estudiantes.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">La posibilidad  de albergar polizones indeseables no se limita a las batas. Smith y asociados  (36) encontraron microbichos en los fonendos del 80% de los sanitarios participantes.  La tasa se elevaba al 90% en los fonendos de los m&eacute;dicos, lo que deja  en un muy mal lugar a la profesi&oacute;n. Un hallazgo particularmente inquietante  fue que el germen m&aacute;s com&uacute;n fue de nuevo el <i>S. Aureus,</i>  con el agravante de que cerca de la mitad de las cepas eran resistentes a la  meticilina (en la nomenclatura en ingl&eacute;s, pues, eran MRSA). Pero por  si estos hallazgos no fueran suficientemente inquietantes, otro estudio encontr&oacute;  legiones del malvado (y antihigi&eacute;nico) <i>Enterococo faecium</i> en los  term&oacute;metros electr&oacute;nicos (37). Por si fuera poco, seg&uacute;n  un estudio realizado en Austria se pueden aislar ingentes cantidades de microbios  en los bol&iacute;grafos de los m&eacute;dicos (38).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Toda esta preocupaci&oacute;n  por la higiene de los atav&iacute;os del personal sanitario ha cristalizado  en el Reino Unido en una normativa (39) sobre uniformes y ropa de trabajo en  la que se plantean normas que algunos (40) consideran extremas y hasta cierto  punto meras cortinas de humo, como llevar los antebrazos descubiertos (para  evitar la transmisi&oacute;n de los microbios alojados en los pu&ntilde;os de  la bata o la camisa), cogerse el pelo en una coleta o prescindir de los relojes  de pulsera, a pesar de que seg&uacute;n algunos estudios, aun conteniendo microbios,  no transmiten en s&iacute; mismos g&eacute;rmenes salvo que el portador los  manipule precisamente para quit&aacute;rselos (41). Adem&aacute;s, como bien  se&ntilde;alan Henderson y McCracken (42), prescindir del reloj de pulsera impide  actuaciones como tomar el pulso con fiabilidad.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Y hasta aqu&iacute;  un repaso general a la ropa de pacientes y m&eacute;dicos. Dejaremos la ropa  interior, la zapater&iacute;a y los complementos para otra ocasi&oacute;n.</font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>Bibliograf&iacute;a</b></font></p>     <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">(1) Black DW. A review of compulsive buying disorder. World Psychiatry 2007;6:14-18 &#091;Texto completo:  <a target="_blank" href="http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC1805733/pdf/wpa060014.pdf">http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC1805733/pdf/wpa060014.pdf</a>&#093;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4684069&pid=S0211-5735201100010001000001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">(2) Hollander E, Allen A. Is Compulsive Buying a Real Disorder, and Is It Really Compulsive? Am J Psychiatry 2006; 163:1670-2 &#091;Texto completo.  <a target="_blank" href="http://ajp.psychiatryonline.org/cgi/reprint/163/10/1670.pdf">http://ajp.psychiatryonline.org/cgi/reprint/163/10/1670.pdf</a>&#093;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4684071&pid=S0211-5735201100010001000002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">(3) Koran LM, Faber RJ, Aboujaoude E, Large MD, Serpe RT. Estimated Prevalence of Compulsive Buying Behavior in the United States. Am J Psychiatry 2006; 163:1806-12 &#091;Texto completo:  <a target="_blank" href="http://ajp.psychiatryonline.org/cgi/reprint/163/10/1806.pdf">http://ajp.psychiatryonline.org/cgi/reprint/163/10/1806.pdf</a>&#093;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4684073&pid=S0211-5735201100010001000003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">(4) Christenson GA, Faber RJ, de Zwaan M, Raymond NC, Specker SM, Ekern MD, et al. Compulsive buying: descriptive characteristics and psychiatric comorbidity. J Clin Psychiatry 1994; 55: 5-11 &#091;Abstract:  <a target="_blank" href="http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/8294395">http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/8294395</a>&#093;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4684075&pid=S0211-5735201100010001000004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</font></p>     <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">(5) Schlosser S, Black DW, Repertinger S, Freet D. Compulsive buying. Demography, phenomenology, and comorbidity in 46 subjects. Gen Hosp Psychiatry 1994; 16: 205-12 &#091;Abstract:  <a target="_blank" href="http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/8063088">http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/8063088</a>&#093;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4684077&pid=S0211-5735201100010001000005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</font></p>     <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">(6) Mercieca J, Brown EA. Acute renal failure due to rhabdomyolysis associated with use of a straitjacket in lysergide intoxication. BMJ 1984; 288: 1949-50 &#091;Texto completo:  <a target="_blank" href="http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC1442232/pdf/bmjcred00507-0015.pdf">http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC1442232/pdf/bmjcred00507-0015.pdf</a>&#093;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4684079&pid=S0211-5735201100010001000006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</font></p>     <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">(7) Kinnell HG. 'Addiction' to a straitjacket: a case report of treatment of self-injurious behaviour in an autistic child. J Ment Defic Res 1984; 28 (Pt 1): 77-9 &#091;Abstract:  <a target="_blank" href="http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/6716459">http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/6716459</a>&#093;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4684081&pid=S0211-5735201100010001000007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</font></p>     <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">(8) Grandin T. Pensar con im&aacute;genes: mi vida con el autismo. Barcelona: Alba, 2006</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4684083&pid=S0211-5735201100010001000008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">(9) Bourdoncle F. L'endroit et l'envers du pyjama &aacute; l'hopital psychiatrique. Inf Psychiatr 1999; 75: 1037-1042 &#091;Abstract.  http://cat.inist.fr/?aModele=afficheN&amp;cpsidt=1247105&#093;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4684084&pid=S0211-5735201100010001000009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">(10) Arnold VK, Rosenthal TL, Dupont RT, Hilliard D. Redundant clothing: a readily observable marker for schizophrenia in the psychiatric emergency room population. J Behav Ther Exp Psychiatry 1993; 24: 45-7 &#091;Abstract:  <a target="_blank" href="http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/8370796?dopt=Abstract">http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/8370796?dopt=Abstract</a>&#093;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4684086&pid=S0211-5735201100010001000010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</font></p>     <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">(11) Altschuler E. Shakespeare knew the layered clothing sign of schizophrenia. BMJ 1999; 319: 520 &#091;Texto completo en:  <a target="_blank" href="http://www.bmj.com/content/319/7208/520.3.ful">http://www.bmj.com/content/319/7208/520.3.ful</a>&#093;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4684088&pid=S0211-5735201100010001000011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">(12) Wear D. On white coats and professional development: the formal and the hidden curricula. Ann Intern Med 1998; 129: 734-7 &#091;Abstract:  <a target="_blank" href="http://www.annals.org/content/129/9/734">http://www.annals.org/content/129/9/734</a>.abstract&#093;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4684090&pid=S0211-5735201100010001000012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">(13) Lipsitt DR. White coat: to wear or not to wear? Gen Hosp Psychiatry 1993; 15: 89</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4684092&pid=S0211-5735201100010001000013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">(14) Blackwell. Wearing a white coat. Gen Hosp Psychiatry 1993; 15: 90-91</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4684093&pid=S0211-5735201100010001000014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">15.- Oken D. Toga Alba. Gen Hosp Psychiatry 1993; 15: 92-94</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4684094&pid=S0211-5735201100010001000015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">(16) Harnett PR. Should doctors wear white coats? MJA 2001; 174: 343-344 &#091;Texto completo:  <a target="_blank" href="http://www.mja.com.au/public/issues/174_07_020401/harnett/harnett.html">http://www.mja.com.au/public/issues/174_07_020401/harnett/harnett.html</a>&#093;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4684095&pid=S0211-5735201100010001000016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">(17) Gooden BR, Smith MJ, Tattersall SJ, Stockler MR. Hospitalised patients' views on doctors and white coats. Med J Aust 2001; 175: 219-22 &#091;Abstract:  http://www.ncbi.nlm.nih.gov/entrez/query.fcgi?cmd=Retrieve&amp;db=pubmed&amp;dopt=Abstract&amp;list_uids=11587285&#093;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4684097&pid=S0211-5735201100010001000017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref -->.</font></p>     <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">(18) Barrett TG, Booth IW. Sartorial eloquence: does it exist in paediatrician - patient relationship? BMJ 1994; 309: 1710-1712 &#091;Texto completo:  <a target="_blank" href="http://bmj.bmjjournals.com/cgi/content/full/309/6970/1710">http://bmj.bmjjournals.com/cgi/content/full/309/6970/1710</a>&#093;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4684099&pid=S0211-5735201100010001000018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">(19) Matsui D, Cho M, Rieder MJ. Physicians' attire as perceived by young children and their parents: the myth of the white coat syndrome. 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BMJ 2008; 337: 762 &#091;Texto completo:  <a target="_blank" href="http://www.bmj.com/content/337/bmj.a938.full?sid=02241567-c248-4984-be4d-abe16a63decd">http://www.bmj.com/content/337/bmj.a938.full?sid=02241567-c248-4984-be4d-abe16a63decd</a>&#093;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4684119&pid=S0211-5735201100010001000028&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">(29) Gledhill JA, Warner JP, King M. Psychiatrists and their patients: views on forms of dress and address. 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J Hosp Infect 2010; 74: 10-5.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4684143&pid=S0211-5735201100010001000040&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">(41) Jeans AR, Moore J, Nicol C, Bates C, Read RC. Wristwatch use and hospital-acquired infection. 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