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</front><body><![CDATA[ <p><font face="Verdana" size="2"><b>M&Aacute;RGENES DE LA PSIQUIATR&Iacute;A Y HUMANIDADES</b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana" size="4"><b>Comunidad</b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="4"><b>Community</b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>Ra&uacute;l Velasco S&aacute;nchez</b><sup>1</sup></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2"><a href="mailto:elfildelatroca@gmail.com">elfildelatroca@gmail.com</a></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p>&nbsp;</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">Hace tres a&ntilde;os y medio que me dieron las llaves de mi piso, concretamente las del tercero primera. Un espacio con doble aislamiento en las tres habitaciones, donde tuve que empezar una nueva vida despu&eacute;s de que mi matrimonio (que en aquellos tiempos andaba m&aacute;s fisurado que la costa noruega) se rompiera definitivamente, dando al traste con casi quince a&ntilde;os de relaci&oacute;n.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Los comienzos fueron muy duros. De ni&ntilde;o me ense&ntilde;aron muchas cosas: a diferenciar un hiato de un diptongo, a calcular los vectores correctos para que una construcci&oacute;n no se desplomara e incluso me interes&eacute; por los grandes misterios de nuestra tradici&oacute;n religiosa. Pero nada, ninguno de esos conocimientos me sirvieron en su momento para conseguir que aquella maldita lavadora funcionara. Tanto era as&iacute; que muchas noches, a pesar de odiar profundamente a mi ex-mujer, lloraba desconsoladamente recordando su destreza al preparar una tortilla, e imaginaba que en aquellos momentos estar&iacute;a bati&eacute;ndole los huevos a alg&uacute;n hombre afortunado.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Por suerte, aquella extra&ntilde;a niebla que se hab&iacute;a depositado en mi vida parec&iacute;a quedar muy lejos. En el momento en que me ense&ntilde;aron como apagar la vitrocer&aacute;mica, todo lo dem&aacute;s fue mucho m&aacute;s sencillo. Mi maestra, mi salvadora, la fuerza irreductible que me ayud&oacute; entonces se llamaba Consuelo, era mi vecina, la del tercero segunda. La primera vez que la vi fue en una reuni&oacute;n extraordinaria de la comunidad, en cuya acta s&oacute;lo hab&iacute;a un punto que tratar: quer&iacute;an saber qui&eacute;n era el responsable de haber convertido el patio de luces en algo parecido a un humeante cono volc&aacute;nico. Fue el primer contacto que tuve con la mayor&iacute;a de los propietarios del edificio, de los que a primera vista s&oacute;lo les diferenciaba de la santa inquisici&oacute;n la falta de herramientas para torturarme debidamente. La &uacute;nica que entendi&oacute; mis limitaciones fue Consuelo y en menos tiempo del que tarda una gallina en  decir "coc" se ofreci&oacute; para ayudarme.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Ahora, despu&eacute;s de tanto tiempo, recuerdo con dulzura aquellas primeras lecciones, aderezadas de simpat&iacute;a y chismes sobre el vecindario. Ella, que de joven hab&iacute;a sido actriz de variedades, estaba all&iacute; desde que se construy&oacute; el edificio y con m&aacute;s de treinta a&ntilde;os de experiencia vecinal estaba al corriente de todo lo que se coc&iacute;a. Me habl&oacute; por ejemplo de como hab&iacute;an cambiado las cosas en todo ese tiempo. En un principio los vecinos sab&iacute;an que pod&iacute;an contar los unos con los otros, cuando faltaba un poquito de sal, una tacita de arroz o cuando se ten&iacute;a necesidad de hablar con alguien para desatascar alg&uacute;n sentimiento de esos que nos atormentan en ocasiones a las personas. Seg&uacute;n ella el tr&aacute;nsito hacia el aislamiento actual hab&iacute;a sido lento, sutil, como una ceguera progresiva que les imped&iacute;a reconocerse entre ellos.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Fuera como fuese, lo &uacute;nico que ten&iacute;a claro es que aquella comunidad era como una especie de micromundo, donde seg&uacute;n ella hab&iacute;a de todo. Felipe Orondo, el del &aacute;tico segunda, regidor de urbanismo del ayuntamiento y presidente de la comunidad era el m&aacute;s rico de todos. A ella siempre le pareci&oacute; extra&ntilde;o que alguien de su categor&iacute;a subiera bolsas de basura en vez de bajarlas al contenedor. Era muy extra&ntilde;o, pero hab&iacute;a que reconocer que la direcci&oacute;n del edificio la llevaba muy bien. Nunca les hab&iacute;a faltado de nada. Tambi&eacute;n hab&iacute;a en el principal los despachos de dos m&eacute;dicos de esos de la mente, uno en frente del otro y que al parecer se odiaban profundamente. Ella pod&iacute;a presumir de ser lo &uacute;nico que ten&iacute;an en com&uacute;n, al haberles limpiado la consulta en m&aacute;s de una ocasi&oacute;n. La del primero, el dr. Sordo, estaba decorada con extra&ntilde;as im&aacute;genes del cerebro y la del segundo Suso Campos Lingua con fotos en blanco y negro de un tal Froid y un tal Lac&aacute;n, o Lac&oacute;n, no sab&iacute;a decir. Los dos eran tipos muy extra&ntilde;os y por nada del mundo les hubiera contado sus penas, m&aacute;s que nada porque para eso ya ten&iacute;a a Agustina, su mejor amiga, que viv&iacute;a en el cuarto, y que le recordaba constantemente que esta vida era una lucha y que lo importante era tirar pa'lante. A ella escuchar esas palabras siempre le hab&iacute;an servido de ayuda, sino de qu&eacute; iba a haber llegado hasta los setenta. Agustina se llevaba bien con todo el mundo, menos con sus vecinos de arriba, un grupo de estudiantes, que montaban una juerga cada fin de semana y que m&aacute;s que estudiantes parec&iacute;an un grupo de trogloditas, peludos y descarados, que se las daban de sabelotodos. En m&aacute;s de una ocasi&oacute;n Agustina se hab&iacute;a visto obligada a coger la escoba y golpear el techo como un desesperado intento de que bajaran la m&uacute;sica. Aunque a pesar de todo las cosas no hab&iacute;an pasado a mayores. Aquellas fricciones no pod&iacute;an compararse con otros hechos mucho m&aacute;s terribles que hab&iacute;an sucedido.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Consuelo se refer&iacute;a a la guerra vecinal que tuvo do&ntilde;a Julia, la vecina del quinto, con Ursulina Panymedio (la del sexto) para que &eacute;sta dejara de escuchar reggaet&oacute;n cuando la primera estaba intentando rezar el rosario de las siete. Para ilustrar la situaci&oacute;n, la respetad&iacute;sima do&ntilde;a Julia confes&oacute; en una ocasi&oacute;n a Consuelo que en medio de las letan&iacute;as se sorprendi&oacute; rezando Virgen prundent&iacute;sima... Dame m&aacute;s gasolina. Aquello en palabras de la propia Julia signific&oacute; la gota que colm&oacute; el vaso, con la energ&iacute;a contenida de un Pearl Harbor casero que esperaba -todo hay que decirlo- ansiosa de revancha, dispuso lo necesario para luchar con las mismas armas que su vecina de arriba. Compr&oacute; un equipo de Alta Fidelidad y toda la colecci&oacute;n de grandes &eacute;xitos gregorianos de su monasterio favorito, los alemanes: Cluster beatificorum. A partir de ese momento el presidente de la comunidad anunci&oacute;: La guerra total.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Fue una guerra cruel que lleno el edificio de ruido las 24 horas del d&iacute;a. Una guerra fratricida, en la que muchas familias del bloque se vieron separadas por algo que normalmente une a las gentes, como es la m&uacute;sica. Los m&aacute;s j&oacute;venes culpaban a do&ntilde;a Julia de todo lo que estaba ocurriendo, porque hab&iacute;an crecido con el reggaet&oacute;n y les encantaba perrear; los adultos que no soportaban el reggaet&oacute;n, pero que conociendo como conoc&iacute;an a do&ntilde;a Julia desde hac&iacute;a m&aacute;s de 30 a&ntilde;os sab&iacute;an perfectamente que de haber nacido unos siglos antes hubiera sido musa del mism&iacute;simo Torquemada, callaban por miedo a posibles represalias; los m&aacute;s mayores simplemente desconectaban los aud&iacute;fonos y observaban como aquello les recordaba a tiempos pret&eacute;ritos, tiempos de cruentas batallas y ej&eacute;rcitos abanderando el odio y la barbarie, pero tampoco lo comentaban porque ciertamente no les hac&iacute;a caso ni Dios.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Pasadas unas ruidosas semanas, el presidente de la comunidad suplic&oacute; a Suso Campos que hiciera de intermediario entre aquellas dos fieras. &Eacute;ste intent&oacute; negarse, pero cuando le ofrecieron la suspensi&oacute;n del pago de los gastos de la comunidad, incluidas posibles derramas, durante todo un a&ntilde;o, acept&oacute; porque le obligaba el juramento hipocr&aacute;tico.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Llam&oacute; a la puerta de do&ntilde;a Julia desde donde unos salmos aullaban descontrolados. Insisti&oacute; y volvi&oacute; a llamar, y as&iacute; durante media hora. Al final llam&oacute; a los bomberos. Cuando llegaron al domicilio y abrieron la puerta a hachazos, el r&eacute;quiem alejandrino se hizo ensordecedor. Encontraron una casa sucia, desvencijada, repleta de velas semiapagadas y de estampas de devocionario. Desconectaron el equipo de Alta Fidelidad y en la &uacute;ltima habitaci&oacute;n encontraron el cuerpo de do&ntilde;a Julia estirado sobre un charco de sangre seca que hab&iacute;a salido de sus t&iacute;mpanos.</font></p>     <blockquote>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">- ¿Cu&aacute;l es su diagn&oacute;stico doctor? - Le pregunt&oacute; un bombero a Suso. &Eacute;ste se qued&oacute; pensando unos momentos hasta que sentenci&oacute;.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">- Brote psic&oacute;tico paranoico por personalidad Cluster B.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">- ¿C&oacute;mo dice? -Le pregunt&oacute; el bombero.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">- Que llames al forense ¡co&ntilde;o!, que yo soy psiquiatra.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">- A mandar.- Concluy&oacute; el bombero.</font></p> </blockquote>     <p><font face="Verdana" size="2">Cuando lleg&oacute; la polic&iacute;a y el forense, Suso pudo marcharse por fin y la paz volvi&oacute; a la Comunidad.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">En los &uacute;ltimos tiempos todo parec&iacute;a ir bien. Consuelo andaba algo pocha de salud, pero nada le imped&iacute;a venir a mi piso y ense&ntilde;arme a cocinar. Gracias a su enorme paciencia he aprendido a hacer paella, aunque sigo sin tener esa ella con quien compartirla. Nada me hac&iacute;a presagiar que Consuelo nos iba a abandonar. Me molesta no haber sospechado nada cuando, despu&eacute;s de probar el arroz, vi que se llevaba la mano al pecho, se le agarrotaba el brazo izquierdo y ca&iacute;a al suelo desplomaba, con una mueca de enorme dolor. Pobre de m&iacute;, pens&eacute; que estaba recordando sus tiempos de actriz parodiando una muerte por intoxicaci&oacute;n y me re&iacute;a est&uacute;pidamente, mientras ella agonizaba, y aplaud&iacute; a rabiar cuando finalmente falleci&oacute;. Fue todo muy triste. Intent&eacute; desahogarme con Agustina, pero a&uacute;n no entiendo el por qu&eacute; &eacute;sta me acusaba de haber matado a su mejor amiga... El resto de los vecinos directamente estaban demasiado ocupados viendo la televisi&oacute;n, para interesarse por mis penas. As&iacute; que acab&eacute; bajando al principal para visitar al doctor Sordo. Le cont&eacute; lo triste y culpable que me sent&iacute;a, lo condenadamente solitaria que era mi vida desde la desaparici&oacute;n de Consuelo. El me explic&oacute; no s&eacute; qu&eacute; de unos neurotransmisores llamados serotonina y dopamina, a lo que le repliqu&eacute; que eso de neurotransmitir estaba muy bien, pero que mi problema era que no hab&iacute;a nadie al otro lado para recibir el mensaje. Como si no me hubiera o&iacute;do me hizo una receta para que fuera a la farmacia, pero al salir de su consulta cruc&eacute; el descansillo y entr&eacute; en la consulta de Suso Campos Lingua. Este me hizo pasar y antes de que pudiera decirle nada, me dijo que lo sent&iacute;a, que se hab&iacute;a enterado de lo sucedido y que comprend&iacute;a mi dolor. Su recibimiento me hizo sentir muy bien. Pero la cosa se complic&oacute; cuando pasamos a su despacho y me hizo tumbarme en un div&aacute;n. Yo quer&iacute;a hablarle de todo mi desconsuelo y el me preguntaba por mi infancia y por mis padres. ¿Suso, joder, qu&eacute; tienen que ver mis padres en la muerte de Consuelo? Nada, me contest&oacute;. ¿Entonces para qu&eacute; me preguntas? Me levant&eacute; con un salto del div&aacute;n y me desped&iacute; de &eacute;l con un escueto, gracias, creo que no tengo remedio. &Eacute;l se levant&oacute; y me dijo que no, que desgraciadamente la estupidez era una enfermedad incurable a d&iacute;a de hoy. Sin saber si me estaba llamando est&uacute;pido o no, le sonre&iacute; agradecido y le di la mano, antes de salir de la consulta primero y del edificio despu&eacute;s.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Camin&eacute; por las calles sin direcci&oacute;n. Un aluvi&oacute;n de preguntas me asaltaban. ¿Qu&eacute; hac&iacute;amos las personas en esta vida? ¿Qu&eacute; hac&iacute;a yo en esta sociedad? ¿Cu&aacute;ndo hab&iacute;an empezado mis problemas? ¿Qu&eacute; habr&iacute;a sido de Consuelo tras su muerte? ¿Estar&iacute;a ense&ntilde;ando a cocinar a otras almas perdidas? ¿Por qu&eacute; no encontraba palabras para describir todo el absurdo que intu&iacute;a? ¿D&oacute;nde encontrar respuestas cuando s&oacute;lo tienes preguntas? Y la m&aacute;s importante de todas: ¿D&oacute;nde co&ntilde;o estaba yo? Detuve mis pasos a la vez que mis pensamientos. Sin darme cuenta hab&iacute;a anochecido y me encontraba en medio de lo que parec&iacute;a un bosque. Un escalofri&oacute; recorri&oacute; mi cuerpo al comprender que estaba perdido, que mi vida no ten&iacute;a sentido, que estaba solo, total y absolutamente solo entre &aacute;rboles de ra&iacute;ces profundas y copas altas toc&aacute;ndose las unas con las otras. En ese momento hubiera cambiado mi piso por un abrazo sincero, de esos que conectan m&aacute;s all&aacute; de cualquier discurso, m&aacute;s all&aacute; de cualquier excusa o pretexto. Un abrazo como bolla o tabla de salvamento en la deriva de mi soledad. Un abrazo y por qu&eacute; no: un beso. Dese&eacute; estar a mil kil&oacute;metros de aquel lugar, en un lugar d&oacute;nde nadie me conociera, un lugar donde poder empezar una nueva vida y, sin darme cuenta, comenc&eacute; a llorar como un ni&ntilde;o. Como el ni&ntilde;o que a&uacute;n era, a pesar de mis casi 50 a&ntilde;os.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">En medio de mis lamentos escuch&eacute; una voz femenina, que dec&iacute;a: Eh t&uacute;, t&uacute;, no puedes estar aqu&iacute;. Pens&eacute; que aquella voz significaba que hab&iacute;a enloquecido del todo, que hab&iacute;a llegado a ese punto de sufrimiento que llaman delirio. Pero la voz insisti&oacute;: ¿Est&aacute;s sordo? Te he dicho que no puedes estar aqu&iacute;. Continu&eacute; sin hacerle caso aquella voz, no estaba dispuesto a abandonarme a la locura. Pero algo me dijo que me estaba equivocando cuando la locura acompa&ntilde;&oacute; la frase: T&uacute;, imb&eacute;cil, que te estoy hablando, con un empuj&oacute;n que me hizo morder el polvo. Con los ojos irritados y enrojecidos por las l&aacute;grimas distingu&iacute; la silueta de una mujer vestida con un mono verde y un rastrillo. ¿Qui&eacute;n eres?¿Qu&eacute; quieres de mi?¿Es que uno no puede ya ni perderse en el bosque? Le pregunt&eacute;. Que bosque ni que leches... Est&aacute;s en medio del Parque del Retiro y tenemos que cerrar. As&iacute; que venga, arreando que es gerundio. La mujer que era tan guapa como desconfiada me acompa&ntilde;&oacute; hasta la puerta de Atocha, la cual cerr&oacute; tras de m&iacute;. La ciudad se me antoj&oacute; entonces como una fiera de acero y hormig&oacute;n, en cuyo vientre, en cada edificio de su vientre, la soledad acechaba como el peor de los finales. Triste y abatido regres&eacute; a mi casa, me dej&eacute; caer en el sof&aacute; y encend&iacute; la televisi&oacute;n. Creo que me qued&eacute; dormido mientras la ex-mujer de un torero corneaba verbalmente al presentador de un programa del coraz&oacute;n.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">A la ma&ntilde;ana siguiente llam&eacute; a mi ex-mujer y le expliqu&eacute; toda esta historia. Ella me dijo que lo sent&iacute;a, pero que hab&iacute;a rehecho su vida, que mi problema era que nunca hab&iacute;a amado realmente porque nunca hab&iacute;a renunciado a nada en toda mi vida. Pero ya nadie renuncia a nada, le repliqu&eacute;, todo el mundo quiere tener m&aacute;s y m&aacute;s cosas, para ser como sus vecinos, sin ir m&aacute;s lejos estoy pensando en comprar un div&aacute;n como el de Suso. Ella respir&oacute; hondo, como si tomara aire antes de empezar a correr y me dijo: mira cielo, s&eacute; que la soledad es una de las peores cosas que hay en esta vida. Que parece mentira que rodeados como estamos de tanta gente en realidad nos sintamos tan desamparados. Hoy en d&iacute;a todo el mundo va a la suya, nos cre&iacute;mos eso de que el individualismo nos dar&iacute;a la felicidad y en realidad nos ha hecho m&aacute;s desgraciados. Todos necesitamos de esas personas que nos escuchen, nos acompa&ntilde;en en el tr&aacute;nsito de la vida, que nos acojan en su rutina. Gabriel Garc&iacute;a M&aacute;rquez dec&iacute;a que su coraz&oacute;n ten&iacute;a m&aacute;s habitaciones que un hotel de putas. Yo creo que todos tenemos esas habitaciones, pero hemos de dejar entrar a los dem&aacute;s en ellas a la vez que entramos nosotros en las suyas. Ah&iacute; reside la clave de eso que llaman compartir. Las comunidades, los grupos, los colectivos se basan en ese principio tan simple, en que todos necesitamos los unos de los otros. Lo mejor que puedes hacer, sentenci&oacute;, es olvidarme y olvidar a Consuelo y conocer otras mujeres. Hasta t&uacute; tienes algo que ofrecer a los dem&aacute;s. ¿C&oacute;mo? le pregunt&eacute; casi llorando. No s&eacute;, me dijo, ¿has probado en internet?</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">As&iacute; que cansado de la soledad de mi comunidad de vecinos, abandon&eacute; el deseo de comprar un div&aacute;n como el de Suso, me hice con un ordenador port&aacute;til y entr&eacute; en otra comunidad de esas que llaman cibern&eacute;ticas. A partir de ese d&iacute;a mi vida cambi&oacute; bruscamente, encontr&eacute; ese algo que ofrecer. Desde ese d&iacute;a se me conoce como Paula, de 27 a&ntilde;os, morena, de ojos verdes y unas medidas de infarto. Aunque bueno... Esta es otra historia...</font></p> <hr width="30%" size="1" align="left">     <p><font face="Verdana" size="2"><sup>1</sup> Relato presentado en las XX Xornadas de Psiquiatr&iacute;a, Psican&aacute;lise e Literatura. (Trasalba, 7 mayo 2011). El autor, colaborador de Radio Nikosia, acaba de publicar el libro <i>"Lev&aacute;ntese quien pueda y otros relatos"</i>, que puede adquirirse a trav&eacute;s de su blog <a target="_blank" href="http://www.elhilodelamadeja.blogspot.com">www.elhilodelamadeja.blogspot.com</a>, teniendo en prensa una nueva obra: <i>"Anatom&iacute;a de un espejo roto"</i>.</font></p>      ]]></body>
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