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</front><body><![CDATA[ <p><font size="2" face="Verdana"><a name="topa"></a><b>IN MEMORIAM</b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana" size="4"><b>Mi colega y amigo Juan Antonio Paniagua, historiador de la medicina</b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="4"><b>My colleague and friend Juan Antonio Paniagua, historian of medicine</b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>Luis Garc&iacute;a Ballester &dagger; (<a href="#backa">*</a>)</b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana" size="2">No es muy frecuente en el panorama intelectual espa&ntilde;ol la presentaci&oacute;n de un libro de investigaci&oacute;n que sea a la vez resumen de una biograf&iacute;a cient&iacute;fica, iniciada hace ahora casi cincuenta a&ntilde;os, e incitaci&oacute;n actual para el trabajo intelectual riguroso y exigente. Sirva como elogio la afirmaci&oacute;n de que a cualquiera que desee hoy acercarse al mundo de la medicina bajomedieval europea, le es obligada la lectura y consulta del volumen que aqu&iacute; ahora se presenta <a name="top1"></a><a href="#back1"><sup>1</sup></a>.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">Estoy aqu&iacute;, participando en esta <i>laudatio</i>, como colega en el trabajo investigador de la historia de la medicina europea y espa&ntilde;ola, como compa&ntilde;ero de empresa intelectual en la edici&oacute;n cr&iacute;tica del <i>corpus</i> m&eacute;dico de Arnau de Vilanova, y tambi&eacute;n como disc&iacute;pulo de quien, sin pretenderlo en ning&uacute;n momento, me ha enriquecido en el plano humano y ense&ntilde;ado en el campo del rigor investigador.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Perm&iacute;tanme que sea un poco m&aacute;s expl&iacute;cito. El mejor discurso es el que se hace con la propia vida. El ejemplo sigue siendo un instrumento b&aacute;sico en la formaci&oacute;n de los seres humanos; especialmente el que se da con riesgo de lo propio. Lo m&aacute;s propio nuestro es la vida, la f&iacute;sica y tambi&eacute;n la social. Juan Antonio ha sido para m&iacute; un ejemplo de valent&iacute;a f&iacute;sica (no se sorprendan) y de valent&iacute;a moral, expresadas ambas en la fidelidad a su maestro Pedro La&iacute;n Entralgo. Recordar&eacute; una an&eacute;cdota no recogida por Juan Antonio en su esquema autobiogr&aacute;fico. Espero ser fiel. Es dif&iacute;cil imaginar la Espa&ntilde;a de mediados de los a&ntilde;os cincuenta a quien no la vivi&oacute;. Un peque&ntilde;o grupo de intelectuales intentaban lo que se demostr&oacute; como imposible: iniciar un t&iacute;mido proceso de liberalizaci&oacute;n del r&eacute;gimen de Franco desde el propio gobierno, mediante la introducci&oacute;n de una pol&iacute;tica educativa que abarcase desde la ense&ntilde;anza b&aacute;sica hasta la investigaci&oacute;n m&aacute;s sofisticada. Para esto &uacute;ltimo consideraron necesario, a los diez a&ntilde;os escasos de acabada la guerra civil, trazar un puente que permitiese recuperar a los cient&iacute;ficos e investigadores exilados. Su vuelta -el matem&aacute;tico e historiador de la ciencia Julio Rey Pastor, el f&iacute;sico Arturo Duperier o el pat&oacute;logo Jos&eacute; Casas- permitir&iacute;a a la ciencia que se hac&iacute;a en Espa&ntilde;a recuperar la dignidad intelectual, conect&aacute;ndola de nuevo con lo mejor de la ciencia occidental. Por ese puente se iniciar&iacute;a un camino de ida y vuelta de recuperaci&oacute;n de maestros, incorporaci&oacute;n de cient&iacute;ficos y profesores de talante liberal, y lanzamiento de j&oacute;venes ansiosos por formarse en los centros extranjeros. Se incorporaron j&oacute;venes maestros y disciplinas: Jos&eacute; Luis Aranguren, Jos&eacute; M<sup>a</sup> Valverde, el embri&oacute;logo Francisco Orts Llorca, la historia de las religiones con &Aacute;ngel &Aacute;lvarez de Miranda, la patolog&iacute;a psico-som&aacute;tica con Juan Rof Carballo. Hablo del periodo 1952-1956. Un peque&ntilde;o "plan Marshall" de recuperaci&oacute;n intelectual y cient&iacute;fica. Ahora bien, Pedro La&iacute;n Entralgo, como rector de la Universidad Central de Madrid, nombrado por el ministro de Educaci&oacute;n Nacional Joaqu&iacute;n Ruiz Jim&eacute;nez en 1951 para llevar adelante esta pol&iacute;tica, fue arrastrado en la ca&iacute;da del ministerio Ruiz Jim&eacute;nez tras los sucesos de febrero del 56. Circularon las listas de muerte entre los falangistas que, pistola en mano, volv&iacute;an a esgrimir la dial&eacute;ctica que ensangrent&oacute; y desertiz&oacute; el mundo intelectual y cient&iacute;fico de la Espa&ntilde;a de la postguerra. Uno de los cabeza de lista de los pistoleros falangistas era el rector Pedro La&iacute;n Entralgo. La&iacute;n desech&oacute; la idea de ausentarse de Espa&ntilde;a, como amigos prudentes le aconsejaron, durmi&oacute; fuera de casa por prudencia, y estuvo semirrecluido en su casa, hasta que el peligro pareci&oacute; conjurarse. Juan Antonio Paniagua, a la saz&oacute;n en Madrid, como senior del grupo de disc&iacute;pulos, no lo dud&oacute;: llam&oacute; por tel&eacute;fono a La&iacute;n, le dijo que estaba a su completa disposici&oacute;n y con &eacute;l los otros disc&iacute;pulos. No interrumpieron el seminario que &eacute;ste ten&iacute;a que haber presidido. Fue su modo de mostrar la solidaridad con el maestro. Hacer eso, en aquellos momentos, era jugarse la vida y tambi&eacute;n la estima de los <i>beati possidentes</i> que siguieron disfrutando del poder. El consecuente mantenimiento de esta actitud a lo largo de su biograf&iacute;a, ante quien es su maestro en la vida cient&iacute;fica, ha sido para m&iacute; ejemplo e incitaci&oacute;n.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">El propio Juan Antonio nos cuenta, en la autobiograf&iacute;a que abre el volumen que nos convoca, que fue v&iacute;ctima de la seducci&oacute;n intelectual de Pedro La&iacute;n. Fue en los cursos de doctorado en Madrid, donde la historia de la medicina era entonces disciplina obligada. Abandon&oacute; la investigaci&oacute;n en patolog&iacute;a experimental con Jos&eacute; Luis Rodr&iacute;guez Candela, contrari&oacute; a su padre, que so&ntilde;aba con la especializaci&oacute;n de su hijo en la todav&iacute;a prestigiosa "Casa de Salud Valdecilla", y comenz&oacute; a trabajar en historia de la medicina. Lo hizo desde su condici&oacute;n de m&eacute;dico, convencido de la fecundidad de la idea, que La&iacute;n introdujo en Espa&ntilde;a, de que la historia era otro modo de conocimiento de la realidad natural (en este caso, de la enfermedad), tan v&aacute;lido como el biol&oacute;gico, qu&iacute;mico y f&iacute;sico. En la nueva disciplina, Juan Antonio eligi&oacute; el mundo medieval. Pedro La&iacute;n le sugiri&oacute; el estudio de la patolog&iacute;a en Arnau de Vilanova. ¿Por qu&eacute; esta elecci&oacute;n?</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Como todos ustedes saben, Arnau de Vilanova ("Arnaldo" en la Espa&ntilde;a oficial de los a&ntilde;os 40-50) fue una de las figuras m&aacute;s singulares de la intelectualidad europea en la transici&oacute;n del siglo XIII al XIV. Hoy sabemos que fue el motor intelectual de una de las reformas m&aacute;s audaces en el panorama m&eacute;dico europeo de la &eacute;poca. Su sentido del compromiso, en aquella Europa traspasada por el cristianismo, le llev&oacute; a implicarse en reformas no bien vistas por el <i>establishment</i>, tanto religioso como civil. En suelo hispano habr&aacute; que esperar a Santiago Ram&oacute;n y Cajal para encontrar una figura que tuviera su repercusi&oacute;n en el mundo internacional de los saberes biom&eacute;dicos.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Pedro La&iacute;n Entralgo ha dicho en alguna ocasi&oacute;n que "vocaci&oacute;n", en sentido metaf&iacute;sico, es la posibilidad de una persona de lograr que su realidad m&aacute;s propia cobre su m&aacute;s propia perfecci&oacute;n. No es &eacute;ste el sentido que voy a comentar, pues quiero referirme al Juan Antonio historiador de la medicina. En sentido psicol&oacute;gico, "vocaci&oacute;n" ser&iacute;a aquello cuyo ejercicio otorga a la existencia de cada cual el sentido que &eacute;l, en su intimidad, considera m&aacute;s verdaderamente suyo. Aqu&iacute; me siento feliz, exclama el hombre que ocasionalmente apartado de su vocaci&oacute;n, logra volver a la tarea a que su vocaci&oacute;n pertenece. En lo tocante al trabajo, puede que esto sea lo que le haya pasado a Juan Antonio cuando, desde las ocupaciones no estrictamente intelectuales, fueran administrativas o de gesti&oacute;n, ha vuelto a lo que siempre ha apetecido su inteligencia: entender un libro, o&iacute;r o dar una buena lecci&oacute;n, llevar a cabo una construcci&oacute;n que d&eacute; forma a un pensamiento o a una figura del pasado m&eacute;dico, decirla con palabras que permitan comunicar adecuadamente sus ideas. La investigaci&oacute;n en historia de la medicina, centrada fundamentalmente en el pensamiento m&eacute;dico de Arnau de Vilanova, ha sido la parcela de trabajo intelectual a donde Juan Antonio ha vuelto a lo largo de su vida cient&iacute;fica, todav&iacute;a por fortuna abierta. As&iacute; nos lo demuestran las fechas de sus mejores investigaciones: 1949, 1959, 1969, 1980, 1993.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">En la vida del cient&iacute;fico, un signo de fortaleza y ambici&oacute;n intelectual, no es prescindir del magisterio, sino, al contrario, saber buscar y encontrar, unas veces mediante el trato directo, otras a trav&eacute;s de la lectura atenta y dialogante, quien le ense&ntilde;e para volar con alas propias. Juan Antonio es disc&iacute;pulo directo de Pedro La&iacute;n, pero tambi&eacute;n del grupo franc&eacute;s, que podemos encarnar en el hispanista Guy Beaujouan y en la encargada de la secci&oacute;n de manuscritos de la Biblioth&eacute;que Nationale de Par&iacute;s, Mlle. Marie-Ther&eacute;se d'Alverny, mujer con un ambicioso plan de investigaci&oacute;n en la frontera entre la filosof&iacute;a natural y la medicina medievales. Mlle. D'Alverny, hacia mediados de los a&ntilde;os cincuenta -cuando Juan Antonio llegaba a Par&iacute;s-, iniciaba la edici&oacute;n cr&iacute;tica del <i>Avicenna latinus</i>, sin duda una de las m&aacute;s ambiciosas empresas intelectuales en el mundo de los estudios hist&oacute;ricos sobre la ciencia europea. La introducci&oacute;n en este c&iacute;rculo de intelectuales parisinos le llev&oacute; al conocimiento del viejo profesor de historia de la medicina de Estrasburgo, Ernest Wickersheimer, el disc&iacute;pulo franc&eacute;s del fundador del Instituto de Historia de la Medicina de Leipzig, Karl Sudhoff. Wickersheimer trat&oacute; a Juan Antonio con afecto, le hablaba de historia de la medicina y le mostraba los viejos papeles que hab&iacute;a recibido de Charles Daremberg, el historiador de la medicina de Par&iacute;s, que llev&oacute; a las m&aacute;s altas cotas el rigor investigador del mejor positivismo. Un mundo que no dejaba de resultar deslumbrante para el joven investigador espa&ntilde;ol. All&iacute; se inici&oacute; en el mundo del manuscrito; all&iacute; aprendi&oacute; que la frontera del conocimiento de lo que fue la vida cient&iacute;fica e intelectual del mundo medieval, s&oacute;lo pod&iacute;a llevarse m&aacute;s all&aacute; a trav&eacute;s de investigaciones sobre manuscritos; all&iacute; trab&oacute; contacto con un mundo intelectual y unos h&aacute;bitos de trabajo no existentes en Espa&ntilde;a; all&iacute; supo lo que era una gran biblioteca funcionando de verdad, como instrumento necesario para el estudio y la investigaci&oacute;n. De este modo Juan Antonio tom&oacute; contacto con las dos grandes tradiciones del positivismo hist&oacute;rico: la francesa y la alemana.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Quisiera insistir en que Juan Antonio fue el primero que en Espa&ntilde;a utiliz&oacute; los manuscritos como base de las investigaciones en historia de la medicina medieval. Los estudios hist&oacute;ricos sobre la medicina medieval se iniciaron en Espa&ntilde;a en Catalu&ntilde;a y Valencia, en el seno del movimiento cultural de la <i>Renaixen&ccedil;a</i>. Sus dos figuras m&aacute;s destacadas fueron Llu&iacute;s Comenge en Barcelona y Jos&eacute; Rodrigo Perteg&aacute;s en Valencia. No fue una casualidad que ambos mantuvieran contacto con Karl Sudhoff y con la historiograf&iacute;a m&eacute;dica alemana. La guerra civil frustr&oacute; lo que no pas&oacute; de ser un esfuerzo personal. Ahora bien, ninguno de ellos se acerc&oacute; al mundo intelectual de la medicina medieval. Su &aacute;rea de inter&eacute;s se agot&oacute; en la documentaci&oacute;n que los ricos archivos catalanes y valencianos les proporcionaban; documentaci&oacute;n en la que no aparece en primer plano el mundo de las ideas, sino el de la pr&aacute;ctica m&eacute;dica. El manuscrito m&eacute;dico, soporte de las ideas m&eacute;dicas y del complejo entramado intelectual de la medicina europea del momento, s&oacute;lo fue contemplado por los investigadores catalanes creadores del <i>Institut d'Estudis Catalans</i>, y a la cabeza de todos los Rubi&oacute; (Antoni Rubi&oacute; i Lluch y Jordi Rubi&oacute; i Balaguer), padre e hijo. Para ellos, seguidores de la <i>Kultur-geschichte</i>, la medicina en tanto saber y construcci&oacute;n intelectual, formaba parte de la cultura. Ellos s&iacute; que contemplaron el manuscrito m&eacute;dico, pero no se consideraron preparados para abordarlo. De nuevo, la Guerra Civil frustr&oacute; esta posibilidad. En Alemania, el fruto de esta orientaci&oacute;n ser&iacute;a lo mejor de la  obra de Paul Diepgen, significativamente reunida en un volumen titulado <i>Medizin und Kultur</i>. Fue el camino seguido tambi&eacute;n por el P. Miquel Batllori, desde su exilio voluntario en Roma. Con ambas tradiciones -la catalana y la alemana- conectar&iacute;a Juan Antonio. Con la primera, estudiando la obra de Diepgen -gran estudioso de Arnau- y rectificando con fundados argumentos al maestro; con la segunda, a trav&eacute;s de la relaci&oacute;n personal con Joaqu&iacute;m Carreras i Artau y el P. Batllori.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Volvamos a la pregunta inicial. ¿Por qu&eacute; el joven m&eacute;dico Juan Antonio Paniagua contest&oacute; a Pedro La&iacute;n que deseaba trabajar en Edad Media? Era el a&ntilde;o 1946. Hac&iacute;a escasamente seis a&ntilde;os que Paniagua hab&iacute;a conocido al hoy beato Josemar&iacute;a Escriv&aacute; y hab&iacute;a decidido intentar el camino de la santificaci&oacute;n personal mediante el trabajo ordinario, en el seno del Opus Dei. No podemos desvincular, pues, el acendrado cristianismo de Juan Antonio de su vocaci&oacute;n profesional. El esfuerzo de los intelectuales cristianos medievales por vertebrar racionalmente su fe, y hacerlo en torno al racionalismo greco-&aacute;rabe, se ofrec&iacute;a como un modelo incitador, no exento de audacia y riesgos, a los intelectuales cristianos que, en la Europa que sigui&oacute; a la primera y segunda guerras mundiales, deseaban participar en la construcci&oacute;n del mundo moderno desde su condici&oacute;n de tales. Perm&iacute;tanme citar en este contexto el nombre del eminente investigador &Eacute;tienne Gilson y su mod&eacute;lico <i>Pontifical Institute of Medieval Studies</i> fundado en Toronto, y no en la conservadora y cat&oacute;lica Quebec; o el grupo de investigadores franceses encabezados por el P. Chenu, que integr&oacute; el mundo m&eacute;dico en sus investigaciones medievales. ¿Fue consciente Juan Antonio Paniagua de esta efervescencia intelectual de la Europa cristiana inmediatamente antes y despu&eacute;s de la Segunda Guerra Mundial, que hizo del mundo medieval punto de reflexi&oacute;n e investigaci&oacute;n, y no puerto de refugio, como en el caso de quienes en la Espa&ntilde;a de los a&ntilde;os 50 se empe&ntilde;aban en enfrentar a santo Tom&aacute;s de Aquino con Jos&eacute; Ortega y Gasset? No lo s&eacute;. Pero creo que, afortunadamente para los estudios sobre la ciencia medieval, su cristianismo no fue ajeno a su inicial y poco pensada decisi&oacute;n de trabajar en el mundo medieval. Pedro La&iacute;n Entralgo ser&iacute;a quien pusiese en sus manos el grueso volumen de las <i>opera medica</i> de Arnau. El resultado, o una partecita, lo tienen ustedes en las manos.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Hoy nos congratulamos de ello y lo celebramos en esta <i>laudatio</i>, en la que al agradecimiento por el magisterio bien ejercido, se une el deseo de esperar m&aacute;s de su actividad intelectual.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Muchas gracias.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p> <hr align="left" width="30%" size="1">     <p><font face="Verdana" size="2">(<a name="backa"></a><a href="#topa">*</a>) El historiador de la medicina medieval Luis Garc&iacute;a Ballester (1936-2000) -a la saz&oacute;n profesor de investigaci&oacute;n del CSIC en la Instituci&oacute;n Mil&aacute; i Fontanals de Barcelona y catedr&aacute;tico (en excedencia) de Historia de la Ciencia en la Universidad de Cantabria- impuls&oacute;, junto a Juan Antonio Paniagua y Michael R. McVaugh, las <i>Arnaldi de Villanova Opera Medica Omnia (AVOMO)</i> desde 1975 hasta su prematuro fallecimiento. El texto corresponde a la intervenci&oacute;n de Luis Garc&iacute;a Ballester en el homenaje a Juan Antonio Paniagua, celebrado en la Universidad de Navarra el 4 de noviembre de 1994 con motivo de la jubilaci&oacute;n acad&eacute;mica de &eacute;ste &uacute;ltimo. Con la publicaci&oacute;n de este documento in&eacute;dito, el consejo de redacci&oacute;n de <i>Dynamis</i> quiere tambi&eacute;n rendir homenaje a quien en 1981 lider&oacute; en Granada el grupo fundador de esta revista, cuando se cumplen precisamente diez a&ntilde;os de su irreparable p&eacute;rdida. Agradecemos a V&iacute;ctor &Aacute;lvarez Antu&ntilde;a (Universidad de Oviedo) el habernos facilitado una copia de este documento, que conservaba.</font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>Bibliograf&iacute;a</b></font></p>     <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2"><a name="back1"></a><a href="#top1">1</a>. Paniagua, Juan Antonio. Studia Arnaldiana: trabajos en torno a la obra m&eacute;dica de Arnau de Vilanova, <i>c</i>. 1240-1311. Barcelona: Fundaci&oacute;n Uriach 1838; 1994.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1719238&pid=S0211-9536201000010001300001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>      ]]></body><back>
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