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</front><body><![CDATA[ <p align="center"><B><font face="Arial" size="2">IMAGINARIO COLECTIVO</font></B></p> <hr color="#000000" noShade>     <P align="center"><B><font face="Arial" size="5">¡Y encima, tengo que reforzarlo!</font></B></P>     <P><B><font face="Arial" size="2">(And besides do I have to reinforce them!)</font></B></P> <hr color="#000000" noShade>     <p> <I><font face="Arial" size="2">Y yo que no soy más    <br> listo ni tonto que  cualquiera,    <br> a mis cuarenta y  pocos tacos,    <br> ya ves  tú,    <br> igual sigo de  flaco,</font></I><font face="Arial" size="2"><I>    <br> i</I>    <I>gual de calavera...</I></font></p>     <p align="left"> <font face="Arial" size="2">    <I>Letra y música:</I> Joaquín Sabina,  Pancho Varona, Antonio García de Diego    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> «El blues de lo que pasa en mi escalera» (fragmento)    <br> En: <I>Esta boca es mía</I>. BMG/Ariola: Madrid;  1990.</font></p>     <p> &nbsp;</p>     <p> <font face="Arial" size="2">Con cierta frecuencia me encuentro con  profesionales de la salud que, al hablar de la comunicación con el paciente, me  «lanzan» la pregunta-exclamación que encabeza este escrito. Como ya sabemos que  no hay palabras inocentes, sabemos que tampoco la palabra encima es, en este  caso, inocente. Ese encima está señalando seguramente que el sanitario que la  pronuncia piensa que, al reforzarlo, le está haciendo un favor al «otro» (otro  que probablemente es uno de esos pacientes «difíciles» que tanto nos llegan a  alterar emocionalmente). Y ese pensamiento del sanitario quizás se produzca  porque aún no ha reflexionado, siquiera un par de minutos, sobre las ventajas  que para él (el que refuerza) puede tener el hecho de reconocerle al paciente un  logro, un éxito o un esfuerzo. Dicen los expertos en comunicación que cuando  reforzamos buscamos conseguir 3 objetivos: <I>a)</I> aumentar la autoestima del  «otro» (dado lo difícil que es motivar a un paciente que se siente «un cero a la  izquierda»); <I>b)</I> que repita lo que ha hecho bien (lo que será más probable  si ha recibido alguna recompensa al hacerlo), y <I>c)</I> que mejore lo que no  está bien (para lo que habrá sido clave motivarle previamente con el  reconocimiento). Sin embargo, aunque con frecuencia tengamos esta parte  «teórica» clara, ¡cuánto nos sigue costando reforzar, reconocerle al «otro» lo  que ha hecho bien! Y ¡cuánto nos cuesta a nosotros mismos reforzarnos por algo  que hemos hecho bien o aceptar los refuerzos de otros! (a veces hasta nos surgen  pensamientos del tipo: «¡qué exagerado!, no es para tanto, total es mi  obligación», o «¿qué querrá éste, qué buscará con tanto refuerzo?»). La verdad,  es que no es difícil entender esta dificultad que tenemos para manejarnos con el  refuerzo. Son muchos, muchos años de cultura judeocristiana, de culpas y de  pecados, de sufrimientos y de dolores; y, claro, nos cuesta dejar el látigo  (tanto para fustigar a los demás: el paciente, el compañero, el jefe, el  cónyuge, el hijo, el celador, etc.; como para fustigarnos a nosotros mismos). Y  así nos va...</font></p>     <p> <font face="Arial" size="2">Probablemente, algún lector se estará  preguntando, a estas alturas del escrito, qué tiene que ver con toda esta  historia del refuerzo el fragmento de la canción de Sabina que lo encabeza, esa  que habla de los 40 años. Pues ha llegado el momento de desvelar la conexión: en  cuanto oí, hace ya algunos años, esa canción, me acordé de una frase que algunos  atribuyen a Leonardo, otros a Orwell, y la mayoría al acervo popular; y que cada  día que pasa, más se confirma en mi experiencia con profesionales de la salud.  La frase dice «Uno a partir de los 40 años tiene la cara que se merece». La cara  que cada uno, cada una, se ha trabajado, se ha ganado, se ha construido. Y una  cara macerada en el desánimo, la queja, la desgana, el asco, o la tristeza, no  hay cirugía que la levante. De igual forma que (¡y vamos a acabar en positivo!)  una cara curtida en la ilusión, el reto, la confianza, el entusiasmo o la  alegría, no hay arruga que la deje de embellecer. Tenemos la inmensa suerte de  trabajar con seres humanos, de dedicarnos a una profesión que nos obliga a  crear, a inventar, a pensar; tenemos, además, la posibilidad de influir  positivamente en la calidad de vida, en la salud (física, emocional y social) de  muchísimas personas. Un lujo, un verdadero lujo. Y, con el permiso de Sabina, un  par de ruegos para acabar. El primero: ¡dejemos ya los látigos, lancémoslos, por  fin, al fuego purificador!; el segundo ruego: dediquemos, al menos, un minuto al  día para reforzar a los demás, y dos minutos (dos) para reforzarnos a nosotros  mismos. Nuestra cara (¿no era el espejo del alma?), también lo  agradecerá.</font></p>     <p align="right"> <font face="Arial" size="2"> <b>José Luis Bimbela Pedrola</b>    <br> <i>Escuela Andaluza de Salud Pública.</i></font></p>      ]]></body>
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