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<institution><![CDATA[,Universidad Pompeu Fabra Centro de Investigación en Economía y Salud ]]></institution>
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</front><body><![CDATA[ <p align="right"><FONT face=Verdana size=2><B>EDITORIAL</B></FONT></p>     <p align="right">&nbsp;</p>     <p><FONT face=Verdana size=4><B><a name="top"></a>Comercio y  salud</B></FONT></p>     <p><FONT face=Verdana size=4><B>Trade and health</B></FONT></p>     <p>&nbsp;</p>     <p align="left">&nbsp;</p>     <p align="left"><b><FONT face=Verdana size=2>Vicente Ortún Rubio<SUP>a</SUP> </FONT> </b></p>     <p align="left"><FONT face=Verdana size=2><SUP>a </SUP>Centro de Investigación en  Economía y Salud, Universidad Pompeu Fabra, Barcelona,  España.    <br> E-mail: <a href="mailto:vicente.ortun@upf.edu">vicente.ortun@upf.edu</a></FONT></p>     <p align="left">&nbsp;</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="left">&nbsp;</p>     <p align="left"><FONT face=Verdana size=2>La especialización que ha permitido la prosperidad humana requiere del comercio,  que, en general, contribuye al crecimiento económico. El crecimiento económico  ha sido históricamente el factor explicativo más importante de la mejora de la  salud. La pobreza origina mala salud, y la mejora de la renta repercute sobre la  salud en la medida en que afecta a la población más pobre y se canaliza en  gastos de salud pública. No sólo la pobreza origina mala salud, también la mala  salud causa pobreza. El círculo vicioso -mala salud origina pobreza y la  pobreza causa mala salud- puede romperse actuando simultáneamente sobre el  crecimiento (instituciones, estabilidad macro, reducción de la pobreza,  inversión en educación e infraestructuras...) y la salud. Incluso cuando la  «economía» no puede hacer nada por la «salud», la «salud» sí puede hacer algo  por la «economía».</FONT></p>     <P><FONT face=Verdana size=2>La salud constituye la parte más importante  del capital humano y hay abundantes pruebas científicas que muestran que la  salud explica de forma notoria el crecimiento económico<SUP>1</SUP>. La mala  salud afecta a todos los componentes de la función de producción: capital  humano, capital físico y eficiencia agregada. Al capital humano -entre otros  factores- afecta una menor capacidad física y mental, una peor educación (la  enfermedad dificulta la escolarización), una vida más corta (que desincentiva la  inversión en educación) y la pérdida de la complementariedad entre enfermedades  (disminuir la mortalidad por una causa ayuda a reducir la mortalidad por otras,  relacionadas a través del comportamiento pero biológicamente  independientes<SUP>2</SUP>).</FONT></P>     <P><FONT face=Verdana size=2>La mala salud repercute sobre el capital  físico a través de los menores incentivos al ahorro y la inversión, tanto  privada como pública, y a causa de la «ruina» que en las poblaciones no  protegidas causan las enfermedades «catastróficas». Finalmente, carecer de  riqueza suficiente lleva en ocasiones a elegir la tecnología productiva menos  eficiente, por no poder pagar el coste fijo que la tecnología más productiva  requiere. Esta menor eficiencia agregada suele venir agravada por la  inestabilidad política y social, exponente de un menor desarrollo institucional,  un menor desarrollo institucional relacionado con la mayor mortalidad de los  colonos a mediados del siglo XIX<SUP>3</SUP>. En Burundi o en el Congo, por  ejemplo, la mortalidad anual de 280/1.000 habitantes entre los colonizadores  belgas impidió el asentamiento de éstos, pero no llevaron a la renuncia a  explotar -mediante la esclavitud a punta de fusil- las riquezas  naturales. Al puerto de Amberes los barcos llegaban cargados de café o cacao y  salían con municiones y tropas. Este desigual intercambio originó sólo en el  Congo 5 millones de muertes<SUP>4</SUP>. En cambio, las mortalidades mucho  menores entre los colonos de Australia y Canadá, por ejemplo, propiciaron el  asentamiento de los colonos y el ulterior establecimiento de unas instituciones  («reglas de juego») facilitadoras del desarrollo (esas «reglas de juego» que  hacen individualmente atractivo lo socialmente conveniente).</FONT></P>     <P><FONT face=Verdana size=2>Las instituciones, o «reglas de juego»,  pese a fundamentarse en instintos, emociones y sentimientos (disgusto, sentido  de culpa y vergüenza, impulso justiciero...), han sido diseñadas de forma  intencional -aunque no previsible- para permitir una interacción cada  vez más amplia. El proceso de cambio institucional tiene poco que ver con la  selección natural, al estar influido por el aprendizaje y la imitación, pero son  precisamente las instituciones las que han de desarrollar los mecanismos de  cooperación (control del comportamiento antisocial) y racionalidad que mejoren  nuestra adaptación a un entorno muy distinto. La ingeniería inversa de la mente,  posibilitada por la riqueza de información suministrada por los más de 6.000  millones de «fósiles» que actualmente habitamos la tierra, avanza en el  descubrimiento de cómo el hombre se especializó en el nicho cognitivo y  desarrolló la mente -en el proceso habitual de selección natural- en un  largo período: desde 1,8 millones de años hasta hace 10.000 años (revoluciones  agrícolas e inicio de la «globalización»). Se trata de una mente evolucionada en  un entorno de cazadores-recolectores: bandas nómadas con pocas tecnologías  (fuego, piedra y madera) y escasas posibilidades de interacción más allá de los,  como máximo, 150 integrantes de la banda, claramente diferente de la actual, en  el que la especie humana -especializada en el nicho cognitivo- ha tenido  éxito, pero al cual sólo puede adaptarse a través de las  instituciones<SUP>5</SUP>.</FONT></P>     <P><FONT face=Verdana size=2>Dos importantes dimensiones de la mente  están mal adaptadas: la racionalidad (la obesidad<SUP>6</SUP> y la aversión al  riesgo constituyen claros exponentes de esa mala adaptación) y los mecanismos de  cooperación. Los mecanismos mentales de cooperación humana desarrollados en el  entorno cazador-recolector son varios: «gen egoísta» (tendencia universal al  nepotismo), compromiso emocional, capacidad para detectar tramposos, altruismo  recíproco e incluso presencia en cierto porcentaje de población de rasgos de  altruismo fuerte (los castigadores altruistas<SUP>7</SUP> que actúan por el  «fuero», no sólo por el «huevo», y aceptan pérdidas personales para corregir  comportamientos antisociales de personas con las que nunca volverán a  relacionarse). Todos los mecanismos de cooperación citados tienen en común el  requerimiento de la interacción personal -mecanismos desarrollados durante  la evolución en el entorno cazador-recolector con grupos pequeños-, cuando  el tipo de cooperación que hoy necesita el mundo es el de la cooperación «con  extraños». Sólo llevamos 10.000 años cooperando con «extraños» y de forma  significativa únicamente 200 años. Y aquí el hombre toma el timón del diseño  institucional, sin apenas saber pilotar embarcaciones, y trata de sentar las  reglas del juego para permitir el funcionamiento eficaz del mecanismo esencial  de coordinación: el mercado. En muchas ocasiones, sin embargo, resultará más  ventajoso para ciertos individuos y grupos organizados aprovecharse de las malas  adaptaciones que intentar superarlas. Por ejemplo, y como la ciencia política  siempre ha temido, puede resultar electoralmente rentable fomentar la lealtad a  la «banda» a expensas de la cooperación entre todas las «bandas» del mundo. Como  Wantchekon<SUP>8</SUP> ha demostrado en su Benin natal, las campañas electorales  que prometen empleo y beneficios para un grupo a expensas de otros grupos tienen  mucho más éxito que las campañas que apelan al interés general.</FONT></P>     <P><FONT face=Verdana size=2>El siglo XX estuvo precisamente presidido  por el debate sobre las virtudes relativas del mercado y de la planificación  centralizada como mecanismos de asignación de recursos en las sociedades.  Interesantes aportaciones desde ambos lados han sobrevivido, pero más por el  costado de Hayek que por el de Lange. La idea de Hayek, según la cual el mercado  constituye un mecanismo de coordinación entre múltiples decisores  descentralizados con la mera información de los precios, se añade así a las  ventajas potenciales del mercado como mecanismo para reconciliar intereses  individuales y sociales, consiguiendo un empleo eficiente de recursos (la idea  de Adam Smith formalizada por Arrow). No obstante, al igual que ha pasado con la  mente humana, el «éxito» comporta malas adaptaciones. En este sentido, la  lectura rápida de la caída del muro de Berlín, en 1989, como exponente del  triunfo del mercado y el fracaso del Estado, fue muy equivocada. Los aviones  hacia Duchambé, Erevan o Moscú se llenaron de consultores pregoneros del mercado  hasta que, mediada la década de los noventa, se constató el desastre sanitario y  económico de la transición de economías planificadas a economías de mercado.  ¡Son las reglas del juego las que hacen que sea individualmente atractivo lo  socialmente conveniente y que los países y las relaciones entre países  funcionen! El mercado, incluso en la forma más precaria de <I>top-macarrón</I>,  existe en cualquier lugar del mundo. Un buen gobierno y una administración  transparente, en cambio, faltan por doquier.</FONT></P>     <P><FONT face=Verdana size=2>El artículo de Umaña Peña et  al<SUP>9</SUP>, publicado en este número de Gaceta Sanitaria, describe el escaso  eco parlamentario del Acuerdo General sobre el Comercio de Servicios, una de  esas instituciones que pretenden facilitar la cooperación con «extraños», en  consonancia con la práctica ausencia de debate sobre esta cuestión en nuestro  país.</FONT></P>     <P><FONT face=Verdana size=2>El Acuerdo General sobre el Comercio de  Servicios tiene, como casi todo, sus pros y sus contras, y en la resistencia a  la globalización conviene separar sus diversos ingredientes: tanto la tecnología  como la «cooperación con extraños» (el mercado) ofrecen, pese a todos sus  efectos secundarios, un balance positivo.</FONT></P>     <P><FONT face=Verdana size=2>Mayor dificultad presentan las grandes  asimetrías de poder en el mundo. La desigualdad, mayor o menor que cuando se  diseña la arquitectura institucional de Bretton Woods, en 1944, según los  indicadores que se utilicen, encuentra hoy una tolerancia claramente menor que  hace 60 años.</FONT></P>     ]]></body>
<body><![CDATA[<P><FONT face=Verdana size=2>No hay ninguna contradicción entre  reconocer y facilitar la contribución positiva de la globalización de las  relaciones económicas, políticas y sociales y oponerse, al mismo tiempo, a la  injusticia: se precisan iniciativas para mejorar nuestras «reglas de juego» y  construir una organización mundial más responsable (incluyendo una ONU más  potente), una protección de la propiedad intelectual mejor formulada, una  eliminación del proteccionismo y las restricciones al comercio de los países  ricos (en lugar de pedirlo únicamente a los países más pobres y con menos  poder), y unas instituciones internacionales preocupadas no únicamente por  promover el comercio internacional, sino por proteger también de manera efectiva  la seguridad y los derechos humanos de la población<SUP>10</SUP>.</FONT></P>     <P>&nbsp;</P>     <P><font face="Verdana"><b>Bibliografía</b></font></P>     <p><FONT face=Verdana size=2>1. Sala-i-Martín X. On  the health poverty trap. En: López-Casasnovas G, Rivera B, Currais L, editors.  Health and economic growth. Findings and policy implications. Cambridge: The MIT  Press; 2005. p. 95-114.</FONT></p>     <p><FONT face=Verdana size=2>2. Dow W, Philipson T, Sala-i-Martín X. Health  investment complementarities under competing risks. Am Econ Rev.  1999;89:1358-71.</FONT></p>     <p><FONT face=Verdana size=2>3. Easterly W, Levine R. Tropics, germs and crops. How  endowments influence economic development. Washington: National Bureau of  Economic Research; 2002. Working Paper n.o 9106. Disponible en:  <a target="_blank" href="http://www.nber.org/papers/W9106">http://www.nber.org/papers/W9106</a></FONT></p>     <p><FONT face=Verdana size=2>4. Hochschild A. King Leopold's Ghost: a  story of greed, terror and heroism in colonial Africa. Boston: Mariner Books;  1999.</FONT></p>     <p><FONT face=Verdana size=2>5. Arruñada B. Human nature and institucional analysis. Barcelona:  Departamento de Economía y Empresa, Universidad Pompeu Fabra; 2005. Working  Paper n.o 822. Disponible en:  http://www.econ.upf.edu/cat/research/onepaper.php?id=822</FONT></p>     <p><FONT face=Verdana size=2>6. González  López-Valcárcel B. La obesidad como problema de salud y como negocio. Gestión  Clínica y Sanitaria. 2005;7:83-7.</FONT></p>     <p><FONT face=Verdana size=2>7. Fehr E, Gächter S. Altruistic punishment  in humans. Nature. 2002;415:137-40.</FONT></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><FONT face=Verdana size=2>8. Wantchekon L. Clientelism and voting  behaviour: evidence from a field experiment in Benin. World Politics.  2003;55:399-422. Disponible en:  <a target="_blank" href="http://www.nyu.edu/gsas/dept/politics/faculty/wantchekon/research/WP_0331.pdf">http://www.nyu.edu/gsas/dept/politics/faculty/wantchekon/research/WP_0331.pdf</a></FONT></p>     <p><FONT face=Verdana size=2>9.  Umaña Peña R, Álvarez-Dardet C, Vices Cases C. La opacidad de los acuerdos  generales de bienes y servicios en España. Gac Sanit. 2006;20:228-32.</FONT></p>     <p><FONT face=Verdana size=2>10. Sen  A. The argumentative indian. New York: Farrar, Straus and Giroux;  2005.</FONT></p>       ]]></body>
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