<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1"?><article xmlns:mml="http://www.w3.org/1998/Math/MathML" xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink" xmlns:xsi="http://www.w3.org/2001/XMLSchema-instance">
<front>
<journal-meta>
<journal-id>0365-6691</journal-id>
<journal-title><![CDATA[Archivos de la Sociedad Española de Oftalmología]]></journal-title>
<abbrev-journal-title><![CDATA[Arch Soc Esp Oftalmol]]></abbrev-journal-title>
<issn>0365-6691</issn>
<publisher>
<publisher-name><![CDATA[Sociedad Española de Oftalmología]]></publisher-name>
</publisher>
</journal-meta>
<article-meta>
<article-id>S0365-66912003000100014</article-id>
<title-group>
<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Cien años de anafilaxia y alergia]]></article-title>
</title-group>
<contrib-group>
<contrib contrib-type="author">
<name>
<surname><![CDATA[Leoz]]></surname>
<given-names><![CDATA[G]]></given-names>
</name>
</contrib>
</contrib-group>
<aff id="A">
<institution><![CDATA[,  ]]></institution>
<addr-line><![CDATA[ ]]></addr-line>
</aff>
<pub-date pub-type="pub">
<day>00</day>
<month>01</month>
<year>2003</year>
</pub-date>
<pub-date pub-type="epub">
<day>00</day>
<month>01</month>
<year>2003</year>
</pub-date>
<volume>78</volume>
<numero>1</numero>
<fpage>59</fpage>
<lpage>60</lpage>
<copyright-statement/>
<copyright-year/>
<self-uri xlink:href="http://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&amp;pid=S0365-66912003000100014&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_abstract&amp;pid=S0365-66912003000100014&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_pdf&amp;pid=S0365-66912003000100014&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri></article-meta>
</front><body><![CDATA[ <p align=right><b>SECCIÓN HISTÓRICA</b></p> <hr>     <p align=center><b><font size="4">CIEN AÑOS DE ANAFILAXIA Y ALERGIA</font></b></p>     <p align=center>LEOZ G<sup>1</sup></p>     <p align=center>&nbsp;</p>     <p align=left>A comienzos del siglo XX, los sueros, elementos  fundamentales en las vacunas, son objeto de investigación sistemática. Dos  médicos franceses, Charles Richet y Pierre Portier, estudian los efectos de  diversos sueros animales. En 1902 descubren el siguiente fenómeno: cuando a un  perro se le inyecta una dosis de suero de anguila, no manifiesta reacción  inicial alguna. Pero la inyección de una nueva dosis, incluso más débil, veinte  días más tarde, le produce problemas mortales... Richet y Portier denominan a  este fenómeno anafilaxia.</p>     <P align=left>Ambos médicos postulan que la sustancia responsable  de la reacción o anafilactógeno debe ser tóxica para producir la reacción  patológica descubierta. De acuerdo con su teoría, la primera inyección suprime  algunas defensas del organismo que, por tanto, se hace vulnerable a la segunda.  Pero estudios ulteriores indican que la explicación es falsa; en realidad,  sucede lo contrario: el organismo no reacciona ante la primera inyección porque  no tiene defensas, que son los anticuerpos específicos del anafilactógeno. Pero,  desde el momento que éste invade el organismo, células especializadas en la  defensa inmunitaria «aprenden» a identificar al agresor. Ante la segunda  inyección, se producen anticuerpos en masa; tienen lugar, en la superficie de  ciertas células, reacciones de enfrentamiento anticuerpo-antígeno que  desencadenan la liberación de diversas sustancias químicas en la sangre, como la  histamina, la serotonina y la bradiquinina; estas sustancias modifican todo el  equilibrio fisiológico y causan un «choque anafiláctico», los síntomas más  frecuentes de esta reacción son picores, manchas rojas, una caída brutal de la  presión arterial, dificultades respiratorias y la muerte, a menos que se inyecte  adrenalina con la mayor brevedad posible.</P>     <P align=left>A pesar de lo erróneo de su interpretación, Richet y  Portier tienen el inmenso mérito de haber iniciado una disciplina médica  esencial, la inmunología.</P>     <P align=left>A partir de 1903, el fisiólogo francés Arthus aporta  un dato fundamental para la comprensión de las reacciones orgánicas a una  sustancia extraña: la reacción anafiláctica no guarda relación con la toxicidad  de la sustancia inyectada. En 1906, el alemán Clemens von Pirquet descubre y  estudia la reacción cutánea a la tuberculina y acuña un nuevo término: alergia,  que define las reacciones de tipo anafiláctico a sustancias no tóxicas. En 1910,  los americanos John Auer y Paul Lewis constatan que la mayor lesión que sufre un  animal en el choque anafiláctico es el espasmo bronquial y sugieren que quizás  el asma bronquial se deba a una reacción alérgica.</P>     <P align=left>Hasta 1950, sin embargo, se mantiene la confusión  entre anafilaxia y alergia. Pero desde entonces, los estudios clínicos definen  las diferencias. La alergia tiene un sentido más restringido y sólo designa la  hipersensibilidad a ciertas sustancias; se debe a una sensibilización previa o a  una intolerancia inmediata. Se constata que en ciertos tipos de alergias,  llamadas de los tejidos orgánicos y locales, no circulan anticuerpos, a  diferencia de lo que sucede en los demás tipos y en la anafilaxia. Ésta se  define por la producción de anticuerpos dirigidos contra grupos de sustancias  definidas, sobre todo venenos y sustancias tóxicas, animales y vegetales,  antibióticos y, a veces, ciertas toxinas marinas.</P>     <P align=left>La anafilaxia es rara en el hombre, en tanto que la  alergia es mucho más frecuente. En los años sesenta se establece que puede haber  factores psicológicos en la alergia, lo cual no es el caso en la  anafilaxia.</P>     ]]></body>
<body><![CDATA[<P align=left>Casi medio siglo después del descubrimiento de Richet  y Portier, se manifiesta lo acertado de la intuición de ambos médicos, aunque no  de su teoría: la anafilaxia está causada fundamentalmente por sustancias  tóxicas. Tres cuartos de siglo después se pone de relieve asimismo que las  fronteras entre anafilaxia y alergia son más imprecisas de lo que se suponía.  Así, se admite que la agudeza de la reacción es uno de los criterios esenciales  en la distinción entre una y otra; el choque anafiláctico es brutal e incluso  mortal si no se trata inmediatamente al enfermo, en tanto que la reacción  alérgica sólo parece mortal cuando provoca una insuficiencia respiratoria aguda,  esencialmente en los casos de asma. Y, lo que es muy importante, parece que el  choque anafiláctico tiene lugar sobre todo cuando el alergeno entra directamente  en la sangre, como en el caso de una inyección. Pero tanto en un caso como en el  otro el remedio sigue siendo el mismo: la inyección de adrenalina, seguida o no  de antihistamínicos y esteroides.</P>     <P align=left>El descubrimiento de la anafilaxia y la alergia no  sólo ha permitido comprender y tratar numerosas patologías en otro tiempo  desconcertantes, sino también comprender mejor otras que se creía conocer. Así,  se ha visto que el reumatismo presenta un componente inmunológico, consecutivo a  una infección. Al principio, las defensas inmunitarias atacan los gérmenes  patógenos y los vencen; pero después, con frecuencia, esas mismas defensas,  desajustadas, atacan los tejidos que se supone deben proteger, como los  cartílagos articulares, y aparece lo que denominamos una enfermedad  autoinmune.</P>     <P align=left>Además, la inmunología, fundada por los descubridores  de la anafilaxia y la alergia, ha hecho posible los trasplantes mediante la  selección de órganos del mismo grupo inmunológico HLA. Por último, la  perspectiva histórica permite comprender que el descubrimiento por Landsteiner  de los grupos sanguíneos efectuado casi al mismo tiempo que los de anafilaxia y  alergia se inscribe dentro del mismo esfuerzo científico: la búsqueda de los  mecanismos mediante los cuales el organismo protege su identidad contra las  agresiones externas.</P> <hr width="30%" align="left">     <P align=left><font size="2"><sup>1</sup> Doctor en Medicina. Madrid</font></P>       ]]></body>
</article>
