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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Sobre la expresión cavidad orbitaria y otras cuestiones]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[ <P align=right><b>CARTA AL  DIRECTOR</b></P> <hr>     <p align="left"> <FONT><B> <font size="4"> Sobre la expresión cavidad orbitaria y otras  cuestiones</font>    <br> About the term orbital cavity</B><I>     <P align=right>A Manolo Díaz Díaz maestro y amigo    <BR>para quien el  latín nunca fue una lengua muerta</P></I><B>       <P align=center>I</P></B>     <P align=left>En el número de Archivos correspondiente al mes de  octubre del año 2004 se refiere que en el preceptivo informe sobre un proyecto  de investigación un evaluador afirma taxativamente que «la órbita no es una  cavidad».</P>     <P align=left>Sorprendido ante afirmación tan absoluta y  desconociendo tanto al informante como las razones que le indujeron a  deslegitimar de modo tan tajante el uso de una expresión tan común como es la de  «cavidad orbitaria» decidí indagar personalmente en el asunto. No sólo porque  sospechase que esa afirmación más pudiera derivarse de un exceso de rigor  lingüístico que de ignorancia en la materia sino también por lo que tenía de  transgresión de lo comúnmente aceptado. En esta breve nota voy a contarles lo  que he ido encontrando.</P>     <P align=center><IMG height=488 src="/img/aseo/v80n5/f03-01.jpg" width=300  border=0>     <BR><font size="2"><i><B>Fig. 1.</B> Portada del Canon  Medicinae de Avicena en una&nbsp;    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>  edición de 1608 (tomada de la Historia Universal de  la&nbsp;    <br>  Medicina de Pedro Lian Entralgo).</i></font></P>     <P align=left>En primer lugar tenemos el término  cavidad.</P>     <P align=left>La única acepción que aparece en el Diccionario de la  RAE es la de «espacio hueco dentro de un cuerpo cualquiera». Cavidad viene  directamente del adjetivo latino <I>«cavus»</I> que significa hueco y del que  derivó el verbo cavare, hacer huecos. El término cavitas aparece por primera vez  en el latín muy tardío entre los siglos IV y V. De cavus viene también cueva,  caverna y cóncavo <I>(cum cavus).</I> En español el término cavo todavía hoy  significa huronera o madriguera y antiguamente fue equivalente a cóncavo  (superficie deprimida en el centro). Cavicornio es término que se aplica a los  rumiantes de la familia de los bóvidos porque tienen huecos los cuernos. Todos  los términos hacen pues referencia a algo hueco cuyo significado principal es  vacío. La cuestión radicaría por lo tanto en decidir si consideramos que la  órbita es algo vacío, lo que es bien cierto en el esqueleto o en el exanterado,  o si también consideramos como órbita las estructuras blandas que la ocupan en  cuyo caso no se trataría de una cavidad hueca.</P>     <P align=left>La expresión castellana más clásica para designar la  órbita es la de «cuenca de los ojos». Esa expresión nunca se utilizó en latín  pero en castellano ya está documentada en Nebrija. Pero lo curioso es que a  pesar del parecido fonético entre cuenca y cóncavo los términos tienen orígenes  distintos. Cuenca viene del latín concha, conca, y originalmente se utilizó para  designar el caparazón de la ostra y también de la vieira. De conca viene el  castellano cuenca que dio nombre a la escudilla de madera que utilizaban para  comer peregrinos y mendigos. En gallego cunca es palabra usada habitualmente  para nombrar la «taza» en la que se escancian y beben los vinos del país. Que en  Galicia el vino se beba en taza y no en vaso quizás se deba a que el vino del  Ribeiro contenía gran cantidad de éteres volátiles que producían cefaleas  importantes. Y la taza favorece su evaporación. En la segunda acepción de la  palabra cuenca el Diccionario de la Academia dice:«Cavidad en la que está cada  uno de los ojos». En la Nomina Anatómica clásica las órbitas son nombradas como  «fosas» <I>(Fossae Orbitales).</I> En alemán la órbita se designa como  Augenhöle, los agujeros de los ojos.</P>     <P align=left>Parece claro pues que tanto el uso común como la  autoridad competente permiten considerar como correcta la expresión «cavidad  orbitaria». Y también parece claro que se trata de una transposición del leguaje  anatómico a la lengua común. Decimos cavidad orbitaria porque pensamos en las  cuencas vacías de la calavera.</P>     <P align=left>Pero uno no puede evitar una pregunta ¿Por qué será  que cuando oímos o leemos la expresión cavidad craneal, torácica o abdominal  pensamos en las vísceras que contiene —cerebro, pulmones o intestino— mientras  que cuando decimos órbita la imaginamos totalmente vacía tal como aparece en el  esqueleto?</P>     <P align=left>Para intentar encontrar respuesta a la pregunta  indagué en el segundo término de la expresión: el adjetivo orbitaria. Y lo que  apareció resulta mucho más interesante.</P>     <P align=left>Orbita como término que designa la cavidad ósea en  que se aloja el globo ocular aparece por primera vez en latín en la traducción  del Quanun (canon) de Avicena realizada por Gerardo de Cremona. Avicena había  usado la palabra persa «al nucratu» que significa hoyo, fosa o cavidad. El latín  tenía diversas palabras para designar esa misma idea pero sin que sepamos la  razón Gerardo de Cremona no utilizó ninguna de ellas y eligió orbita que en  principio nada tenía que ver con vacío o cavidad.</P>     <P align=left>Orbis significaba circulo y rueda. Órbita era una  palabra que designaba tanto a la rueda como a su huella (aún hoy en el  diccionario que manejo aparece: orbita, ae, surco que deja la huella). A su  través se relacionó con el aspecto circular de cualquier objeto o acción. De ahí  viene el verbo orbiculare, hacer dar vueltas a una cosa y también orbis. El  mundo se llama orbis mientras se cree que es plano y redondo como una rueda.  Cuando se intuye o se sabe que es esférico el latín ya usa la palabra globus. De  ahí «globo terráqueo». Varro llamó órbita al trabajo de cada día porque es algo  que se repite de modo inexorable como las vueltas que da una rueda.</P>     ]]></body>
<body><![CDATA[<P align=left>Planteado así el asunto parece razonable que Hyrlt,  un gran maestro del lenguaje anatómico calificase de absurdo el invento de ese  término por parte de Gerardo de Cremona. Nada hay en las cuencas de los ojos que  pueda asociarse a un circulo o a un movimiento circular.</P>     <P align=left>Pero todo pudo haber sucedido de otro  modo.</P>     <P align=left>En el tomo VI de su monumental <I>Onomatología  Anatómica</I> Nova Juan José Barcia Goyanes ofrece una explicación distinta y  mucho más sugerente. Órbita sería el resultado final de la evolución de otros  términos que tienen su origen en el adjetivo ORBUS que significa huérfano,  privado de alguna cosa y muy especialmente privado de la visión tal como aparece  en Ovidio. O en Plinio: «si quidem is Metellus orbam luminibus exegit senectam»  (del mismo modo que Metelo pasó ciego su senectud). La expresión no puede ser  mas bella: orbam luminibus; huérfano de la luz.</P>     <P align=left>Aunque para designar la ceguera siempre fue de uso  más universal el término caecus, ciego, vemos que orbus luminibus se utiliza  para designar la privación de la visión. De «orbus oculis» sale más tarde el  francés aveugle ya como término técnico de los oculistas.</P>     <P align=left>Vemos pues que este orbus etimológicamente no tiene  nada que ver con orbis/orbita. Pero de él se va a derivar orbitas, orbitatis  (orfandad, privación) que a partir del siglo VI va a ser usado en el lenguaje  médico como equivalente a ceguera.</P>     <P align=left>Oigamos otra vez a Plinio cuando describe la fama de  Cristóbulo por haber extraído una flecha del ojo del Rey Filipo curando su  ceguera sin deformidad. «Magna et Cristobulo fama est extracta Philippi regis  oculo sagitta et citra deformitaten oris curata órbitate luminis» (Cristobulo  tiene una gran fama por haber extraído una flecha del ojo del rey Filipo  habiendo curado su ceguera sin deformidad).</P>     <P align=left>Ésta sería, según Barcia, la explicación: Gerardo de  Cremona eligió la palabra órbita porque orbitas, atis, significaba privación,  orfandad y la expresión órbitas luminis, la privación de la luz, era utilizada,  ya lo hemos visto, para designar a la ceguera. Cremona aplicó la palabra a la  cavidad orbitaría vacía tal como aparece en el esqueleto.</P>     <P align=left>Pudiera suceder que a algún lector toda esta  explicación le parezca superflua o excesivamente erudita. Las palabras no serían  otra cosa que instrumentos que usamos para comunicarnos y no hay por qué darles  más vueltas.</P>     <P align=left>Pero a mí me parece que esa asociación histórica que  acabamos de rastrear entre la terrible impresión que produce la visión de las  órbitas vacías de una calavera y la sensación de orfandad es algo más que un  asunto lingüístico. Es una metáfora fantástica, un hallazgo poético de primer  orden.</P>     <P align=left>Y eso es lo que esta breve nota también quisiera  transmitir: que el lenguaje es el invento más portentoso de la mente humana y  que, para quien sepa verlas, la naturaleza no cesa de inventar metáforas. En  «Las palabras de la Tribu» ya nos lo dijo bien bellamente Umbral: «La naturaleza  hace metáforas consigo misma. La mariposa no es sino la metáfora en vilo de una  flor».</P>     ]]></body>
<body><![CDATA[<P align=left>Las órbitas vacías de una calavera serían la metáfora  más terrible y expresiva de la orfandad. Chapeau a Gerardo de Cremona por  haberlo percibido y expresado antes que nadie.</P>     <P align=center>&nbsp;&nbsp;<B>II</P></B>     <P align=left>La citación del nombre y de la obra de Avicena hace  que no resista la tentación de referirles dos sucesos de su vida que por si  solos lo acreditan como un personaje excepcional.</P>     <P align=left>El primero corresponde a su juventud. En su  autobiografía Avicena cuenta que había leído cuarenta veces la Metafísica de  Aristóteles sin haber entendido absolutamente nada. Hasta que un día leyendo un  comentario de al-Farabi, a quien le había sucedido algo similar con el tratado  De Anima, se le abrieron de repente los ojos y pudo entender en la Metafísica lo  que siempre se la había ocultado. Tanta fue su alegría que salió alborozado a la  calle y empezó a repartir cuanto tenía como limosnas a todos los pobres que  encontraba.</P>     <P align=left>No parece que pueda encontrarse ejemplo más expresivo  de lo que pude llegar a ser el gozo del intelecto.</P>     <P align=left>El segundo suceso tuvo lugar en plena madurez.  Avicena es ya una autoridad en la gramática, en la jurisprudencia, en la física  y en la filosofía de su tiempo. Ha publicado los diez y ocho volúmenes del  «Libro de la salvación» y los mil folios del Quanun —el canon medicinae— que  durante más de medio milenio va a ser considerado como la quintaesencia de la  ciencia médica greco-oriental. Ha viajado por todas las cortes persas como  hombre de estado, astrónomo, médico y escritor y no parece que haya cumplido muy  estrictamente la norma que se le atribuye: «Haz una comida al día y conserva tu  semen: es el agua de la vida destinada a tus hijos». Porque Avicena fue  considerado como «princeps medicorum» pero por lo que cuenta de su vida Heinrich  Schipperges parece que también lo fue de las copas y de los placeres propios del  harén.</P>     <P align=left>Un día el Rey de Georgia llamó a Avicena para ver si  era capaz de curar a su sobrino más amado aquejado de una grave y misteriosa  enfermedad. Desde hacia algún tiempo el joven no comía, no bebía y se negaba a  hablar con los demás. Ningún médico había sido capaz de dar razón de la  enfermedad.</P>     <P align=left>Avicena llegó al palacio real y exploró al paciente.  Después pidió al gran Chambelán del Reino que mientras él tomaba el pulso al  paciente fuese diciendo en voz alta los nombres de todas las personas que vivían  en el palacio. Al oír un determinado nombre el pulso del joven se alborotó. Se  trataba de una bellísima muchacha en la que el Rey había puesto algo más que sus  complacencias. Avicena dijo al Rey que si quería que su sobrino se curase dejase  vía libre al amor que el enfermo sentía por la muchacha.</P>     <P align=left>El Rey fue generoso, el sobrino se curó y Avicena al  relatar el suceso inauguró sin proponérselo eso que ahora con expresión  rimbombante llamamos medicina psicosomática.</P>     <P align=left>Chapeau también, claro está, para Avicena.</P>     ]]></body>
<body><![CDATA[<P align=right>Sánchez Salorio M</P></FONT>      ]]></body>
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