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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Manifestaciones hepatobiliares en la enfermedad inflamatoria intestinal]]></article-title>
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<institution><![CDATA[,Hospital Universitario 12 de Octubre Servicio de Gastroenterología y Hepatología ]]></institution>
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</front><body><![CDATA[ <p align="right"><font face="Verdana" size="2"><B><a name="top"></a>PUNTO DE VISTA</B></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana" size="4"><B>Manifestaciones hepatobiliares en la enfermedad inflamatoria intestinal</B></font></p>     <p><font face="Verdana" size="4"><B>Hepatobiliary manifestations in inflammatory bowel disease</B></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana" size="2"><B>J. A. Sol&iacute;s Herruzo y P. Sol&iacute;s-Mu&ntilde;oz</B></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Servicio de Gastroenterolog&iacute;a y Hepatolog&iacute;a. Hospital Universitario 12 de Octubre. Universidad Complutense. Madrid</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Este estudio fue realizado en parte con las ayudas a la investigación 012/2004 y 080/2005 de la "Fundación Mutua Madrileña". Madrid.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2"><a href="#bajo">Dirección para correspondencia</a></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana"><b>Introducción</b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Es frecuente que en los pacientes con enfermedad inflamatoria intestinal (EII) se observen cambios anal&iacute;ticos o cl&iacute;nicos que indican la existencia de una enfermedad hepatobiliar. La frecuencia de estos hallazgos oscila entre el 11 y 49% en la colitis ulcerosa (CU) y entre el 15 y el 30% en la enfermedad de Crohn (EC) (1-4). En algunos casos, estas alteraciones se observan desde el primer momento en que se estudia a los enfermos, otras surgen en el curso de la enfermedad. Las causas que provocan estos cambios son, sin duda, m&uacute;ltiples. En unos casos son claras complicaciones de la EII, en otros, la causa de las lesiones es desconocida, al igual que es desconocida la etiolog&iacute;a de esta &uacute;ltima enfermedad, pero probablemente se relacionan con la EII por compartir mecanismos patog&eacute;nicos comunes. Por &uacute;ltimo, hay casos en los que las alteraciones hep&aacute;ticas se deben a reacciones adversas a algunos de los f&aacute;rmacos que habitualmente se emplean en el tratamiento de estos enfermos. Entre los primeros figura la enfermedad grasa del h&iacute;gado no alcoh&oacute;lica, la colelitiasis y la amiloidosis. Al segundo grupo pertenecer&iacute;a la colangitis esclerosante primaria, la hepatitis autoinmune y los granulomas hep&aacute;ticos. En el tercer grupo de alteraciones hep&aacute;ticas podemos incluir los casos de hepatitis o colestasis farmacol&oacute;gicas, los cuados de hiperplasia nodular regenerativa del h&iacute;gado, de enfermedad veno-oclusiva o de hipertensi&oacute;n portal no cirr&oacute;tica que pueden surgir en el curso del tratamiento de la EII, o tambi&eacute;n las reactivaciones infecciosas, concretamente de infecciones latentes por el virus de la hepatitis B.</font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana"><b>Complicaciones hepatobiliares de la EII</b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>Enfermedad grasa del h&iacute;gado no alcoh&oacute;lica</b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">En 1980, Ludwig y cols. (5) acu&ntilde;aron el t&eacute;rmino de "<i>esteatohepatitis no alcoh&oacute;lica</i>" (EHNA) para designar a una enfermedad hep&aacute;tica que simula a la provocada por el alcohol pero que se encuentra en personas que no abusan de bebidas alcoh&oacute;licas. Estas lesiones incluyen espec&iacute;ficamente a la degeneraci&oacute;n grasa e hidr&oacute;pica de los hepatocitos, a la inflamaci&oacute;n y, eventualmente, a la presencia de hialina de Mallory o de fibrosis centrolobulillar o pericelular. En la actualidad se considera que la EHNA forma parte de un amplio espectro de lesiones que incluye, adem&aacute;s de la EHNA, al h&iacute;gado graso no alcoh&oacute;lico, al h&iacute;gado graso e inflamaci&oacute;n y probablemente tambi&eacute;n a algunas cirrosis hep&aacute;ticas criptogen&eacute;ticas (6,7). Para designar a todo este espectro de lesiones se ha propuesto el t&eacute;rmino de "<i>enfermedad grasa del h&iacute;gado no alcoh&oacute;lica</i>" (EGHNA). La trascendencia pron&oacute;stica de todas estas lesiones no es homog&eacute;nea. Mientras que la esteatosis es una lesi&oacute;n estable que s&oacute;lo en el 3% de los casos evoluciona a lesiones m&aacute;s graves, la EHNA conduce a la cirrosis en el 15 al 25% de los casos (6,8). Se trata de lesiones habitualmente asintom&aacute;ticas o que provocan escasos s&iacute;ntomas (sensaci&oacute;n de peso o tensi&oacute;n en hipocondrio derecho durante la flexi&oacute;n o torsi&oacute;n del tronco) y que son compatibles con la existencia de una anal&iacute;tica hep&aacute;tica normal (9,10).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">La prevalencia de la EGHNA en la EII no es bien conocida, ya que se ha encontrado una variabilidad de frecuencias que oscila entre el 0 y el 80%. Tanta discrepancia sin duda se explica por la variedad de poblaci&oacute;n explorada, los m&eacute;todos utilizados para detectar estos cambios, la cuant&iacute;a de grasa exigida para establecer el diagn&oacute;stico, el estado cl&iacute;nico de los pacientes con EII, el que se trate de CU o EC, etc. Basados en datos de autopsia, que evidentemente no son representativos de la poblaci&oacute;n que nos interesa, su frecuencia es del 15% entre los pacientes con CU, muy superior al 1,4% hallado en autopsias no seleccionadas (11). Cuando se ha empleado la ultrasonograf&iacute;a para reconocer la presencia de grasa en el h&iacute;gado de pacientes con EII, la frecuencia de este hallazgo fue del 39,5% en sujetos con EC y del 35,5% entre los que padec&iacute;an una CU (12). Evidentemente, la detecci&oacute;n de la EGHNA con este m&eacute;todo tampoco es fiable, ya que con esta t&eacute;cnica -muy &uacute;til cuando la esteatosis compromete a m&aacute;s del 33% de los hepatocitos- detecta la grasa s&oacute;lo cuando su cuant&iacute;a es moderada o importante, motivo por el cual su especificidad es del 77% y su sensibilidad del 67% (13,14).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">No se conoce con exactitud la patogenia del EGHNA en la EII. Se han considerado la ingesta abusiva no confesada de alcohol, el consumo de corticosteroides para controlar la enfermedad intestinal, la propia desnutrici&oacute;n y el paso de bacterias o de endotoxinas desde el intestino.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">Aunque no disponemos de estudios espec&iacute;ficamente dise&ntilde;ados para valorar el papel del  <i>abuso alcoh&oacute;lico,</i> es muy improbable que las lesiones sean consecuencia de ello. Los pacientes suelen estar suficientemente concienciados y preocupados por su enfermedad como para que tan frecuentemente est&eacute;n consumiendo de forma oculta tales cantidades de alcohol.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">El papel de los <i>corticoides</i> no se puede excluir. Son f&aacute;rmacos que pueden provocar EGHNA (15,16) y cuyo empleo es frecuente en los pacientes con EII grave. Sin embargo, tambi&eacute;n se ha hallado en enfermos con EII que no tomaban corticosteroides. El mecanismo por el que los corticosteroides provocan el h&iacute;gado graso probablemente sea por aumentar la llegada de &aacute;cidos grasos al h&iacute;gado o por limitar la s&iacute;ntesis de prote&iacute;nas implicadas en la exportaci&oacute;n de triglic&eacute;ridos.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">La <i>desnutrici&oacute;n</i> es un factor muy relacionado con la degeneraci&oacute;n grasa de los hepatocitos. Es conocido desde hace d&eacute;cadas que los ni&ntilde;os malnutridos, con Kwashiorkor, presentan habitualmente h&iacute;gado graso y fibrosis (17) y que ello puede revertir cuando aumenta la ingesta proteica (18). Tambi&eacute;n esta lesi&oacute;n se puede reproducir en animales de experimentaci&oacute;n cuando se les somete a una dieta pobre en prote&iacute;nas (19). En estudios de autopsia, la frecuencia de esta lesi&oacute;n en pacientes fallecidos por diversas enfermedades debilitantes es casi similar a la hallada en pacientes fallecidos por CU (41 vs. 54%) (20). A pesar de ello, las lesiones que se encuentran en la EII y en otras situaciones de desnutrici&oacute;n proteico-cal&oacute;ricas no son iguales. Por ejemplo, en estas &uacute;ltimas lo habitual es encontrar que la grasa se distribuye predominantemente alrededor de los espacios porta, en contra de lo que ocurre en la EGHNA asociada a la EII y al abuso alcoh&oacute;lico. Los mecanismos por los que se almacenan los l&iacute;pidos en los hepatocitos probablemente no sean &uacute;nicos. Por un lado, se ha podido comprobar que durante la malnutrici&oacute;n proteico-cal&oacute;rica disminuye la s&iacute;ntesis de prote&iacute;nas, especialmente de las lipoprote&iacute;nas encargadas de la exportaci&oacute;n a la sangre de los triglic&eacute;ridos en forma de VLDL (21). Por ello, los triglic&eacute;ridos quedan retenidos en los hepatocitos y provocan el h&iacute;gado graso. A ello, probablemente se sume el que exista un aumento de la llegada de &aacute;cidos grasos libres al h&iacute;gado como consecuencia de la lip&oacute;lisis, preferentemente de la grasa abdominal, que se produce en las fases de adelgazamiento. Se ha comprobado que la grasa visceral es particularmente resistente a la acci&oacute;n de la insulina (22) y, en consecuencia, es hidrolizada con m&aacute;s facilidad. Adem&aacute;s, el h&iacute;gado, al ocupar un lugar estrat&eacute;gico en el curso de la sangre portal, recibe directamente los &aacute;cidos grasos libres liberados durante la lip&oacute;lisis de la grasa abdominal. A pesar de que la patogenia de la EGHNA no est&aacute; aclarada, se recomienda mejorar la situaci&oacute;n de deficiencia nutricional proteico-cal&oacute;rica, ya que con esta medida se logra mejorar tambi&eacute;n las lesiones hep&aacute;ticas.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">El paso de <i>bacterias</i> o de sus productos desde la luz intestinal facilitado por el aumento de la permeabilidad de la mucosa es una opci&oacute;n patog&eacute;nica que parece razonable. En pacientes con diverticulosis yeyunal y en los sometidos a derivaci&oacute;n yeyuno-ileal, situaciones en las que con frecuencia se encuentra EGHNA, es frecuente el sobrecrecimiento bacteriano intestinal (23,24) y las lesiones de EGHNA pueden desaparecer o mejorar con los antibi&oacute;ticos. Las bacterias y las endotoxinas pueden actuar provocando una situaci&oacute;n proinflamatoria que favorece la progresi&oacute;n del h&iacute;gado graso a EHNA. En efecto, la endotoxina de la cubierta bacteriana (LPS) se fija a los receptores  <i>Toll-like</i> (TLRs) de la superficie celular (25), lo que determina el reclutamiento del factor MyD88 (<i>Myeloid differentiation factor 88</i>), su uni&oacute;n a la regi&oacute;n TIR (<i>Toll/IL-1 Receptor</i>) del TLR-4 y el desencadenamiento de una cadena de se&ntilde;ales que llevan a la activaci&oacute;n de diversos factores intracelulares, entre los que figura el NFkB (25-28). Este &uacute;ltimo activa la expresi&oacute;n de las citoquinas proinflamatoria (27), incluido el TNF</font><font face="Symbol" size="2">a</font><font face="Verdana" size="2">. Este factor juega sin duda un papel muy importante en la patogenia de la EHNA ya que aumenta la resistencia a la insulina, es en s&iacute; misma proinflamatoria, provoca estr&eacute;s oxidativo y determina la generaci&oacute;n de radicales peroxinitritos que inhiben la actividad mitocondrial (10,29). El hecho de que la resecci&oacute;n quir&uacute;rgica de la zona de intestino afecta no beneficie a las lesiones del EGHNA hace dudar del papel patog&eacute;nico del paso de bacterias o de sus toxinas al h&iacute;gado (30).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>Colelitiasis</b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Varios estudios han mostrado que la frecuencia de colelitiasis est&aacute; aumentada en los pacientes con enfermedad de Crohn (EC) ileal o que han sido sometidos a resecci&oacute;n ileal. En estos pacientes, la prevalencia de litiasis oscila entre el 13 y el 34% y parece que esta asociaci&oacute;n es particularmente elevada si se trata de mujeres y de personas de edad avanzada (31). En el estudio ecogr&aacute;fico de Bargiggia y cols. (12), la frecuencia de la colelitiasis fue del 11% en los pacientes con EC, 7,5% en los que presentan colitis ulcerosa (CU) y 5,5% en los controles. A su vez, Kratzer y cols. hallaron que esas frecuencias eran de 13,5% en la EC y 4,6% en la CU. Entre los pacientes con EC y m&aacute;s de 51 a&ntilde;os, la frecuencia de la litiasis biliar alcanz&oacute; el 37% (32). En Espa&ntilde;a, la frecuencia de colelitiasis en pacientes con enfermedad de Crohn fue del 11%, inferior a la hallada en otras series (33). En un estudio reciente, Parente y cols. hallaron entre 634 pacientes con EII (429 con EC y 205 con CU) que la frecuencia de colelitiasis era de 14,35/1000 pacientes/a&ntilde;o, lo cual era muy superior a lo hallado en pacientes con CU (7,48/1000/a&ntilde;o) y en controles (7,75/1000/a&ntilde;o) (34). Entre los factores de riesgo para que los pacientes con EC presentaran litiasis figuraba la localizaci&oacute;n &iacute;leo-col&oacute;nica, la duraci&oacute;n de la enfermedad, el haber presentado m&aacute;s de tres recurrencias, la resecci&oacute;n de m&aacute;s de 30 cm de &iacute;leon, la necesidad de m&aacute;s de 3 hospitalizaciones, la alimentaci&oacute;n parenteral total m&uacute;ltiple y la estancia hospitalaria prolongada (12,34-36). Este porcentaje es significativamente mayor al que se encuentra en la poblaci&oacute;n general de los mismos pa&iacute;ses (11%) y en los pacientes con colitis ulcerosa (CU) o con la forma col&iacute;tica de la EC (37). En alg&uacute;n estudio se ha sugerido que la litiasis biliar asociada a la EC es menos sintom&aacute;tica de lo habitual (12), pero esta caracter&iacute;stica est&aacute; sin confirmar.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">El mecanismo m&aacute;s probable por el que se forman estos c&aacute;lculos sea porque en la EII se altera el c&iacute;rculo enterohep&aacute;tico de las sales biliares (38). Es bien sabido que estas son sintetizadas en el h&iacute;gado a partir del colesterol y que la cuant&iacute;a diaria de esta s&iacute;ntesis est&aacute; adaptada a sus p&eacute;rdidas intestinales con las heces (5%). Tras su vertido con la bilis al intestino y participar en la absorci&oacute;n de las grasas y vitaminas liposolubles, las sales biliares son absorbidas casi en su totalidad (98%) a nivel del &iacute;leon terminal. A trav&eacute;s de la porta, son transportadas al h&iacute;gado de donde vuelven a ser excretadas al intestino cerrando un c&iacute;rculo enterohep&aacute;tico. A su paso por el h&iacute;gado regulan la s&iacute;ntesis de nuevas sales biliares adaptando esta cuant&iacute;a a la de la p&eacute;rdida con las heces. Cuando el &iacute;leon terminal est&aacute; enfermo (EC) o se ha resecado, la reabsorci&oacute;n intestinal de sales biliares disminuye, su p&eacute;rdida con las heces aumenta y su llegada al h&iacute;gado por v&iacute;a portal disminuye. Para evitar que la concentraci&oacute;n de sales biliares en la bilis y en el intestino disminuya, el h&iacute;gado responde aumentando la s&iacute;ntesis de nuevas sales biliares. Si la p&eacute;rdida de estas supera a la capacidad compensadora del h&iacute;gado, la concentraci&oacute;n de sales biliares en la bilis disminuye. Las sales biliares juegan un papel importante en la solubilizaci&oacute;n del colesterol. La cantidad de colesterol que puede ser solubilizado en forma de micelas complejas est&aacute; determinada por las concentraciones relativas de sales biliares y de lecitina. Las relaciones entre estos tres componentes de la bilis que permiten mantener en soluci&oacute;n al colesterol fueron establecidas por Admirald y Small, en 1968, quienes idearon un sistema triangular de coordenadas que permite representar la composici&oacute;n lip&iacute;dica de la bilis en un solo punto. En ese sistema de coordenadas pudieron definir un &aacute;rea micelar en el que las concentraciones de sales biliares y de fosfol&iacute;pidos son suficientes para mantener disuelto el colesterol. Por fuera del &aacute;rea micelar, existe una amplia zona en la que el contenido en colesterol es excesivo para los fosfol&iacute;pidos y sales biliares existentes en la bilis. En la mayor&iacute;a de los sujetos con litiasis biliar de colesterol, el estudio de la composici&oacute;n lip&iacute;dica de la bilis revela que el punto que la representa se sit&uacute;a por fuera del &aacute;rea micelar (39,40). En los pacientes con EC ileal o sometidos a resecci&oacute;n de &iacute;leon, la bilis se encuentra saturada de colesterol, contiene cristales de colesterol y el tiempo de cristalizaci&oacute;n est&aacute; acortado (41-43). La saturaci&oacute;n de la bilis por colesterol se debe a la menor concentraci&oacute;n de sales biliares en la bilis vesicular (44). Es posible que tambi&eacute;n intervengan otros mecanismos (45), algunos de ellos relacionados con la naturaleza de las sales biliares presentes en la bilis. Por ejemplo, un aumento de deoxicolato en la bilis contribuye a aumentar la secreci&oacute;n biliar de colesterol (46) y a disminuir la de sales biliares (47,48). Las bacterias presentes en el intestino delgado de los pacientes con EC poseen 7a deshidroxilasa que puede generar deoxicolato a partir de los colatos (49,50).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Los c&aacute;lculos vesiculares de los pacientes con EC ileal, no s&oacute;lo son de colesterol, sino tambi&eacute;n pigmentarios. La formaci&oacute;n de estos c&aacute;lculos se atribuye a que la bilis contiene una gran cantidad de bilirrubina (43). Ello se deber&iacute;a a que la llegada de gran cantidad de sales biliares al colon, no absorbidas en el intestino delgado, facilitar&iacute;a la absorci&oacute;n de la bilirrubina no conjugada presente en el colon (51). Otros han atribuido la mayor absorci&oacute;n de bilirrubina no conjugada a una excesiva deconjugaci&oacute;n bacteriana de la bilirrubina (43,52). Junto a una mayor eliminaci&oacute;n biliar de bilirrubina, en la patogenia de los c&aacute;lculos pigmentarios se debe considerar tanbi&eacute;n la hipoquinesia de la ves&iacute;cula biliar (53). En los pacientes con enfermedad de Crohn se ha reconocido que existe un vaciamiento de la ves&iacute;cula que puede contribuir al aumento de la frecuencia de la litiasis en esta enfermedad (54).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">En los pacientes con EII y colangitis esclerosante primaria, es f&aacute;cil que se formen c&aacute;lculos dentro del &aacute;rbol biliar. Habitualmente se trata de c&aacute;lculos pigmentados y est&aacute;n estrechamente relacionados con la infecci&oacute;n de las v&iacute;as biliares (55).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>Amiloidosis</b></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">Aunque raro, en las biopsias hep&aacute;ticas de algunos pacientes con EII pueden encontrarse cambios histol&oacute;gicos de amiloidosis. El dep&oacute;sito de amiloide del tipo AA (56) se descubre en las paredes de los vasos portales y en el espacio de Disse, atrofiando las trab&eacute;culas hep&aacute;ticas. Su asociaci&oacute;n con la EII es conocida desde Moschkowitz y cols. (57) y Olsan y Sussman (58) y desde entonces se han publicado unos 100 casos, varios de ellos en Espa&ntilde;a (59-61). Se trata por tanto de una complicaci&oacute;n rara de la EII (62). La amiloidosis secundaria se asocia habitualmente con infecciones y procesos inflamatorios cr&oacute;nicos, tales como la artritis reumatoide y la tuberculosis (63,64). En una de las series m&aacute;s largas publicadas reunida por Wester y cols. (65) hallaron que la incidencia de esta complicaci&oacute;n en Noruega era de 0,05/100.000 habitantes/a&ntilde;o y que requiere para su aparici&oacute;n un tiempo medio de unos 15 a&ntilde;os. Aunque se puede hallar en las dos variedades de EII (66), esta complicaci&oacute;n se presenta casi exclusivamente en la EC (0,9%) y es tres veces m&aacute;s frecuente en el hombre. En la CU, la amiloidosis es rara (67) y su frecuencia es diez veces menor que en la EC (0,07%) (62,65,68,69). Es una complicaci&oacute;n que se relaciona con la existencia de focos supurativos intestinales o extraintestinales (56,65) que determinan el aumento de la s&iacute;ntesis de la glicoprote&iacute;na SAP (<i>serum amyloid P</i>), asociado con un defecto en su catabolismo (70,71). Entre los factores que contribuyen a estimular la s&iacute;ntesis de la SAP figuran las citoquinas proinflamatorias y en especial el TNF</font><font face="Symbol" size="2">a</font><font face="Verdana" size="2">.</font></p>    <p> <font face="Verdana" size="2">La lesi&oacute;n hep&aacute;tica provocada por la amiloidosis es en las fases tempranas muy inexpresiva. Cuando se encuentra m&aacute;s avanzada se manifiesta en forma de hepatomegalia o ascensos de la fosfatasa alcalina sin cambios en las tasas s&eacute;ricas de bilirrubina. A pesar, de su inexpresividad, en necesario diagnosticar y tratar esta complicaci&oacute;n en fases tempranas, ya que si no se hace puede ser fatal. Este desenlace est&aacute; ligado a la afectaci&oacute;n renal causante primero de proteinuria, s&iacute;ndrome nefr&oacute;tico y m&aacute;s tarde de insuficiencia renal. Para su control se ha propuesto, adem&aacute;s de la eliminaci&oacute;n de los focos supurativos, la resecci&oacute;n del intestino comprometido (72,73), la administraci&oacute;n de colchicina (61,74), el dimetilsulf&oacute;xido (75) y los anti-TNF</font><font face="Symbol" size="2">a</font><font face="Verdana" size="2"> (76,77). La eficacia de todas estas medidas est&aacute; por comprobar ya que en la mayor&iacute;a de los casos se han empleado en casos aislados o grupos muy peque&ntilde;os de casos. Como &uacute;ltimas opciones terap&eacute;uticas quedan la di&aacute;lisis y el trasplante hepatorrenal.</font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana"><b>Hepatopat&iacute;as asociadas a la eii por mecanismos patog&eacute;nicos mal conocidos, pero probablemente imunol&oacute;gicos</b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>Colangitis esclerosante primaria (CEP)</b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Se trata de una enfermedad colest&aacute;sica, provocada por la inflamaci&oacute;n y fibrosis segmentaria del &aacute;rbol biliar extra- y/o intrahep&aacute;tico (78), que puede evolucionar a cirrosis biliar secundaria con hipertensi&oacute;n portal e insuficiencia hep&aacute;tica. Aunque su etiolog&iacute;a es desconocida, se supone que est&aacute; mediada inmunol&oacute;gicamente y muy frecuentemente se asocia con la EII, preferentemente con la CU. Hasta la Introducción en la cl&iacute;nica de la colangiograf&iacute;a endosc&oacute;pica retr&oacute;grada se cre&iacute;a que se trataba de una enfermedad rara. Desde entonces se ha visto que es una de las enfermedades colest&aacute;sicas cr&oacute;nicas m&aacute;s frecuente en los adultos (79).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">La frecuencia real de esta enfermedad es desconocida pero se estima que se presenta en el 2 al 8% de todas las CU (80,81) y en el 1 al 3,5% de las EC (82,83). Cuando aparece en pacientes con EC, lo habitual es que el colon se encuentre afecto (84). Por otro lado, en los pa&iacute;ses n&oacute;rdicos de Europa y en los Estados Unidos, el 70-90% de las CEP se presentan en pacientes con EII (81,85). En algunas series de CEP procedentes del sur de Europa &#091;Espa&ntilde;a (86), Italia (87)&#093;, esta asociaci&oacute;n se hall&oacute; menos frecuentemente. En Jap&oacute;n, este hallazgo se hizo s&oacute;lo en el 20% de los casos (88). Basados en estos datos y asumiendo que la prevalencia de la CU sea de 40 a 220/100.000 habitantes, la prevalencia de la CEP deber&iacute;a ser de 1 a 16/100.000 habitantes. Estudios procedentes del norte de Europa aportan prevalencias que est&aacute;n en este rango (7-9/100.000 habitantes) (89). En un estudio publacional reciente realizado en Canad&aacute;, se hall&oacute; una incidencia de CEP de 0,92 casos/100.000 habitantes/a&ntilde;o, similar a lo descrito en Europa (90,91). Mientras que en los adultos la enfermedad se presenta en 1,11/100.000/a&ntilde;o, en los ni&ntilde;os eso ocurre en el 0,23/100.000/a&ntilde;o. La variedad de "conductos peque&ntilde;os" la hallaron en el 0,15/100.000/a&ntilde;o. Sorprendentemente, estos autores encontraron que el riesgo de la enfermedad era similar en la colitis ulcerosa (RR 212.4) y en la EC (RR 220.0). No se sabe cu&aacute;l es la raz&oacute;n de esta alta frecuencia de EC en esta serie de pacientes con CEP; sin embargo, es posible que en ello intervenga el gran n&uacute;mero de pacientes con EC existente en la regi&oacute;n donde se realiz&oacute; el estudio (92). Sin embargo, los datos obtenidos en estos estudios no son totalmente fiables, ya que la CEP puede existir a&uacute;n siendo normales las enzimas de colestasis, pueden estar alteradas sin que exista CEP, hay CEP que no se asocian a la EII y es m&aacute;s frecuente en hombres.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Esta enfermedad puede afectar a personas de cualquier edad, pero lo m&aacute;s frecuente es que se presente en hombres menores de 45 a&ntilde;os (60-75%). En las mujeres, se suele presentar m&aacute;s tarde. Se ha sugerido que el ser fumador pudiera proteger del desarrollo de una CEP (93), sin embargo, parece que ese aparente beneficio viene anulado por un aumento del riesgo de desarrollar un colangiocarcinoma (94).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">En la CEP, el &aacute;rbol biliar, tanto el intra- como el extrahep&aacute;tico, en especial el hep&aacute;tico com&uacute;n y la bifurcaci&oacute;n biliar, presenta segmentos m&aacute;s o menos largos en los que sus paredes est&aacute;n engrosadas y la luz es de calibre reducido. Estos cambios se deben a que las paredes de estos conductos est&aacute;n engrosadas por capas de fibrosis infiltradas por c&eacute;lulas inflamatorias. Cuando son los peque&ntilde;os conductos biliares intrahep&aacute;ticos los que est&aacute;n afectados, hay una tendencia a su desaparici&oacute;n y a desarrollar un cuadro histol&oacute;gico de ductopenia (95). A esta variadad de la enfermedad, para algunos una enfermedad diferente, se le ha denominado CEP de "peque&ntilde;os conductos". En ella, las v&iacute;as biliares explorables colangiogr&aacute;ficamente son normales. Las lesiones hep&aacute;ticas que puede detectar la biopsia son muy variadas, pero las m&aacute;s caracter&iacute;sticas pertenecen a una de las siguientes: a) inflamaci&oacute;n periductal; b) fibrosis periductal; c) proliferaci&oacute;n de los conductos biliares; y d) p&eacute;rdida de conductos biliares (96). A pesar de ello, el estudio histol&oacute;gico basado en la biopsia hep&aacute;tica es de escasa utilidad en el diagn&oacute;stico de la enfermedad, ya que todos esos cambios son muy inespec&iacute;ficos. El m&aacute;s espec&iacute;fico y caracter&iacute;stico es la  <i>fibrosis obliterativa no supurativa</i>, pero su hallazgo en la biopsia hep&aacute;tica es raro (13,85%) (97). Algunos estudios revelan que esta lesi&oacute;n se encuentra principalmente cuando los afectados son los conductos de calibre mediano (98). Seg&uacute;n que la fibrosis y la inflamaci&oacute;n se limiten al espacio porta, comprometan al lobulillo periportal, originen septos o exista ya una cirrosis, algunos autores han propuesto unos estadios evolutivos que van desde el I al IV, respectivamente (99,96).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Los mecanismos por los que se producen estas lesiones son desconocidos, aunque se han emitido diversas hip&oacute;tesis para explicarlas. Su alta asociaci&oacute;n con la EII ha obligado a considerar que la afectaci&oacute;n del colon debe intervenir en la patogenia de la CEP. En este sentido, Brooke y cols., en los a&ntilde;os 1960s propusieron una hip&oacute;tesis por la que las bacterias presentes en el colon o productos bacterianos de ellas pasar&iacute;an a la circulaci&oacute;n portal -favorecido por la permeabilidad de la mucosa col&oacute;nica- y provocar&iacute;an las lesiones hep&aacute;ticas (100). Los ant&iacute;genos bacterianos pueden inducir a las c&eacute;lulas de Kupffer a liberar quimoquinas y citoquinas proinflamatorias que atraen a monocitos, linfocitos, fibroblastos al lugar de la infecci&oacute;n (101). Adem&aacute;s, la fibrosis conc&eacute;ntrica peribiliar pudiera contribuir la atrofia del epitelio biliar. La colestasis, los tabiques fibrosos y la cirrosis ser&iacute;an todas consecuencias de las lesiones en el &aacute;rbol biliar. A favor de esta propuesta est&aacute;n los resultados de algunos estudios antiguos en animales, en los que se induc&iacute;an lesiones similares a las de la CEP mediante la inyecci&oacute;n intravenosa de p&eacute;ptidos bacterianos o de diversas bacterias (102). En los explantes hep&aacute;ticos por CEP es frecuente el hallazgo de cultivos bacterianos positivos en la bilis y en los conductos biliares, preferentemente de  <i>Streptococcus </font><font face="Symbol" size="2">a</font><font face="Verdana" size="2">-hemolyticus</font></i><font face="Verdana" size="2">; sin embargo, es probable que este hallazgo se deba a que previamente se hab&iacute;a realizado una colangiopancreatograf&iacute;a retr&oacute;grada endosc&oacute;pica (103). Otras bacterias que han sido consideradas en la patogenia de la CEP son el <i>Staphyloccus albus</i>, los <i>Helicobacter</i> y las clamidias (104,105), pero hasta el momento no disponemos de resultados que lo confirmen. Lo mismo ocurre con la infecci&oacute;n por el tipo 3 de Reovirus, que aunque experimentalmente puede producir lesiones parecidas a las de la CEP, no existe ninguna base que apoye su particpaci&oacute;n en la enfermedad humana (106). Tampoco las lesiones biliares provocadas por el citomegalovirus son equiparables a las que se encuentran en la CEP humana (107). Hay algunos aspectos que no quedan aclarados por la intervenci&oacute;n de las bacterias col&oacute;nicas. Por ejemplo, la escasa relaci&oacute;n de la CEP con la actividad de la enfermedad intestinal o su presentaci&oacute;n tras a&ntilde;os de haber sido practicada una colectom&iacute;a por CU o que la enfermedad sea mucho m&aacute;s frecuente en la CU que en la colitis por EC (108). Por otro lado, estudios m&aacute;s recientes no han podido demostrar que en los pacientes con CEP exista un aumento de la permeabilidad intestinal y el sobrecrecimiento bacterianos se ha encontrado s&oacute;lo en una minor&iacute;a de casos (109). Finalmente, la CEP se presenta en el 25-30% de los casos en ausencia de EII (110).</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">Tambi&eacute;n se ha sugerido que pudiera existir una susceptibilidad gen&eacute;tica para la enfermedad. Si existe, desde luego no depende de un solo gen ni se hereda de forma mendeliana (111). A pesar de esto, se han encontrado diversas particularidades en las mol&eacute;culas HLA que est&aacute;n asociadas a la CEP. En efecto, las mol&eacute;culas de clase II (DR-, DQ-, DP) se expresan de forma aberrante en el epitelio biliar en esta enfermedad y la frecuencia del HLA-B8, DR3 (DRB1*0301) (112) y del DR6 (113) est&aacute; elevada en estos enfermos. Por el contrario, el HLA-D4 es menos frecuente en la CEP y se ha sugerido que este ant&iacute;geno pudiera comportarse como mol&eacute;cula protectora frente a esta enfermedad (114). Otros, por el contrario, lo han relacionado con una enfermedad m&aacute;s agresiva y con el desarrollo de un colangiocarcinoma (115). Tambi&eacute;n relacionados con una mala evoluci&oacute;n se han encontrado a los haplotipos heterocig&oacute;ticos DRB1*03-DQA1*0501-DQB1*02 (115). Otras mol&eacute;culas asociadas a la CEP son el alelo MICA*008, una mol&eacute;cula que act&uacute;a como ligando de las c&eacute;lulas &#947;#948; y "<i>natural killer</i>" (116,117), las mutaciones G308A del TNF<font face="Symbol" size="2">a</font><font face="Verdana" size="2"> (118), la R279Q de la metaloproteinasa-9 y la K469E del ICAM-1 (<i>intracellular adhesion molecule</i>) (119), el CCR5-D32 (<i>chemokine receptor 5</i>) (120), el CTLA-4 (<i>cytotoxic T-lymphocyte-4</i>) (121), el alelo 5A de la estromelisina (122). Los estudios realizados no han mostrado que existan alteraciones asociadas a la CEP en el caso del gen Nod2, Fas (TNFRSF6), IL-1&#946;, IL-1RN, IL-10, entre otros.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Lo m&aacute;s probable es que la CEP se desarrolle por un mecanismo autoinmune. As&iacute; lo sugiere el que sea frecuente la hipergammaglobulinemia, la elevaci&oacute;n de la IgM, la presencia de autoanticuerpos no &oacute;rgano espec&iacute;ficos, la activaci&oacute;n del complemento, los inmunocomplejos circulantes, la expresi&oacute;n aberrante de ant&iacute;genos HLA en el epitelio biliar, las tasas elevadas de TNF</font><font size="2" face="Symbol">a</font><font size="2" face="Verdana"> (123). En los infiltrados portales de la CEP hay un marcado predominio de los linfocitos T, tanto de CD4 como CD8. Estos infiltrados poseen receptores del tipo ab, los cuales juegan un papel predominante en el reconocimiento de los p&eacute;ptidos HLA. En estos enfermos se ha encontrado muy aumentada la expresi&oacute;n de la regi&oacute;n V&#946;3 de esos receptores. Por ello se ha sugerido que en estos pacientes pueda existir un antígeno específico que induce la producción de células T con este receptor (124). Se ha indicado que las células del epitelio biliar pudieran actuar como dianas frente a las que va dirigida la respuesta inmune celular. De hecho, estas células expresan de forma aberrante las moléculas HLA de clase II (125), citoquinas e ICAMs. Adem&aacute;s, existen autoanticuerpos contra estas c&eacute;lulas. A pesar de estas evidencias, no es probable que estas c&eacute;lulas puedan actuar como presentadoras de ant&iacute;genos, ya que por s&iacute; solas no pueden activar a los linfocitos (126).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Un problema que ha intrigado a los investigadores es la escasa relaci&oacute;n temporal existente entre la enfermedad intestinal y la hep&aacute;tica incluido el desarrollo de la CEP a&ntilde;os despu&eacute;s de haberse practicado una colectom&iacute;a. Por ello, algunos han sugerido que los linfocitos T generados en el intestino durante la fase inflamatoria act&uacute;en como linfocitos de memoria que permanecen en la circulaci&oacute;n entero-portal y que pueden responsabilizarse de la inflamaci&oacute;n hep&aacute;tica cuando reciben el est&iacute;mulo adecuado (127,128). En relaci&oacute;n con ello, en el endotelio intestinal de la EII se ha encontrado un marcado aumento de la expresi&oacute;n de VAP-1, que es una mol&eacute;cula particular del endotelio hep&aacute;tico. Igualmente, MAdCAM-1, que es una mol&eacute;cula propia del endotelio intestinal, se ha encontrado tambi&eacute;n en el endotelio portal en la CEP. A esta mol&eacute;cula se pueden fijar, linfocitos que expresen </font><font face="Symbol" size="2">a</font><font face="Verdana" size="2">4&#946;7 (129,128). Ambas mol&eacute;culas, VAP-1 y MAdCAM-1, permitir&iacute;an la recirculaci&oacute;n de linfocitos de memoria entre el h&iacute;gado y el intestino (129). La fijaci&oacute;n de los linfocitos al MAdCAM-1 es favorecida por la quimoquina CCL21, perteneciente al tejido linfoide, pero que en la CEP se encuentra muy aumentada en los espacios porta y puede participar en el reclutamiento de linfocitos. Otra prote&iacute;na intestinal que se ha hallado en el endotelio de los vasos portales de la CEP es la CCL25. En los infiltrados hep&aacute;ticos de esta enfermedad se han encontrado muchos linfocitos (CCR9+) capaces de unirse a la prote&iacute;na endotelial CCL25. Por ello, los CCL25 intervendr&iacute;an en el reclutamiento hep&aacute;tico de linfocitos CCR9+ por su adhesi&oacute;n a la prote&iacute;na endotelial MAdCAM-1 (129). Aunque es a&uacute;n mucho lo que falta por conocer sobre la patogenia de esta enfermedad se pod&iacute;a proponer que en determinados individuos con una caracter&iacute;sticas gen&eacute;ticas concretas, relacionadas con el sistema HLA y con otros genes, se producir&iacute;a una agresi&oacute;n inmunol&oacute;gica contra los conductos biliares favorecida por la existencia de ant&iacute;genos bacterianos con similitud con ant&iacute;genos epiteliales expresados anormalmente por mol&eacute;culas HLA. Los linfocitos circulantes enterohep&aacute;ticos ser&iacute;an reclutados en la zona y se responsabilizar&iacute;an de la inflamaci&oacute;n y de las lesiones (130).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">La ausencia de EII y con ello de sintomatolog&iacute;a intestinal determina que el diagn&oacute;stico de CEP se realice m&aacute;s tard&iacute;amente, cuando la enfermedad se encuentra ya en un estadio avanzado e incluso cirr&oacute;tico. Por ello, en estos casos, las primeras manifestaciones de CEP frecuentemente son la ictericia, la astenia y el prurito. En los &uacute;ltimos a&ntilde;os, no obstante, se han publicado casos de CEP cuya presentaci&oacute;n fue en forma de fracaso hep&aacute;tico agudo, por lo que la identificaci&oacute;n de la causa de este accidente puede ser dif&iacute;cil (131). Por el contrario, cuando existe EII, es frecuente que se llegue al diagn&oacute;stico cuando la enfermedad hep&aacute;tica se encuentra en fase subcl&iacute;nica y las &uacute;nicas manifestaciones son de &iacute;ndole anal&iacute;tica, en concreto, existen alteraciones de las pruebas hep&aacute;ticas. A pesar de ello, las caracter&iacute;sticas de la CEP son similares tanto si est&aacute; presente la EII como si esta falta.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Aunque la CEP se asocia muy frecuentemente con la CU, no est&aacute;n claras las relaciones temporales entre las dos enfermedades. Lo habitual es que se trate de pacientes diagnosticados de EII que con el tiempo desarrollan cambios de CEP; sin embargo, lo contrario tambi&eacute;n es posible (132,133). La interpretaci&oacute;n patog&eacute;nica de estas relaciones se complica cuando sabemos que el tratamiento de la EII, incluida la colectom&iacute;a, no previene la aparici&oacute;n de una CEP ni influye sobre la evoluci&oacute;n de esta (132). Ni el trasplante hep&aacute;tico por CEP previene la aparici&oacute;n de la EII (134) ni reduce el riesgo de c&aacute;ncer de colon (135). La EII asociada a CEP tiene algunas caracter&iacute;sticas que han justificado que se hable de un fenotipo caracter&iacute;stico de la EII asociada a la CEP (136). En efecto, no es nada raro que se trate de una EII, en concreto una CU, poco activa, leve, frecuentemente asintom&aacute;tica (137), que se diagnostica por colonoscopia en el curso de la evaluaci&oacute;n de la colangitis. Se menciona tambi&eacute;n que la afectaci&oacute;n inflamatoria suele (95%) comprometer a la totalidad de colon, por lo que puede acompa&ntilde;arse de una ile&iacute;tis de reflujo. La colitis distal es poco frecuente en los pacientes CEP (5%) (138). Incluso, se ha referido que el recto puede estar respetado en hasta el 23% de las pacientes con CEP y CU (139). Tras la cirug&iacute;a, tampoco es raro que se desarrolle una "puchitis" y, finalmente, existe un riesgo especialmente alto para desarrollar un c&aacute;ncer de colon.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Como se ha mencionado m&aacute;s arriba, hasta la mitad de los enfermos con CEP asociada a la EII se diagnostican en fase asintom&aacute;tica. Habitualmente por el hallazgo de alteraciones anal&iacute;ticas hep&aacute;ticas que llevan a la realizaci&oacute;n de una colangiograf&iacute;a retr&oacute;grada endosc&oacute;pica. El que los pacientes permanezcan asintom&aacute;ticos no es una garant&iacute;a de que la enfermedad hep&aacute;tica sea incipiente o est&eacute; poco avanzada, ya que como ocurre en las hepatopat&iacute;as graves de otras etiolog&iacute;as, hasta el 20% de las CEP asintom&aacute;ticas se encuentran en fase cirr&oacute;tica cuando se diagnostican (89). Los s&iacute;ntomas, si existen, suelen consistir en inapetencia, na&uacute;seas, astenia, p&eacute;rdida de peso, fiebre, molestias abdominales inespec&iacute;ficas, prurito e ictericia (79). Por el contrario, no suelen existir en el momento del diagn&oacute;stico episodios de colangitis bacterianas a no ser que hayan sido sometidos a intervenci&oacute;n quir&uacute;rgica (140). La exploraci&oacute;n f&iacute;sica suele mostrar los cambios habituales en las hepatopat&iacute;as colest&aacute;sicas cr&oacute;nicas (hepatomegalia, esplenomegalia, hiperpigmentaci&oacute;n cut&aacute;nea, xantelasmas, ictericia, etc.), si bien es cierto que puede ser normal en aproximadamente el 50% de los casos.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Los resultados de la anal&iacute;tica hep&aacute;tica representan en muchos pacientes con EII la se&ntilde;al de alarma que establece la sospecha de que pueda estar asociada una CEP. Las transaminasas suelen ser normales o estar s&oacute;lo ligeramente elevadas. Los cambios son fundamentalmente colest&aacute;sicos. Es decir, consisten en elevaciones de la fosfatasa alcalina, en ocasiones muy marcadas. No obstante, tambi&eacute;n se han referido numerosos casos de CEP (10%), incluso avanzadas, en los que las tasas en sangre de esa enzima permanec&iacute;an normales (141).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Al igual que ocurre en otras enfermedades en cuya patogenia est&aacute;n implicados los mecanismos autoinmunes es muy frecuente el hallazgo de anticuerpos no &oacute;rgano espec&iacute;ficos. Los m&aacute;s caracter&iacute;sticos son los anticuerpos pANCA (<i>anti-neutrophil cytoplasmic antibodies</i>) at&iacute;picos con patr&oacute;n perinuclear, los cuales se encuentran en hasta el 88% de todos los pacientes con CEP. Aunque caracter&iacute;sticos no son espec&iacute;ficos de esta enfermedad, ya que tambi&eacute;n se encuentran en la CU (60-70%) y en la EC (5-25%) sin CEP, en la hepatitis autoinmune (50-96%), en la cirrosis biliar primaria (5%), en algunas ange&iacute;tis y en la granulomatosis de Wegener (cANCA) (142). La identidad molecular del ant&iacute;geno frente al que est&aacute;n dirigidos los autoanticuerpos de la CEP no ha sido a&uacute;n desvelada, pero se sabe que se trata de una prote&iacute;na de 50 kDa de peso molecular presente en la membrana nuclear de los neutr&oacute;filos, por lo que la denominaci&oacute;n de pANCA no ser&iacute;a apropiada. Se ha propuesto como denominaci&oacute;n alternativa la de pANNA (<i>peripheral antineutrophil nuclear antibody</i>) (143). Son anticuerpos que en general no guardan relaci&oacute;n con la actividad de la CEP y que persisten tras el trasplante hep&aacute;tico o tras la colectom&iacute;a (142). Adem&aacute;s de estos anticuerpos, en la CEP se han descrito otros muchos. Este es el caso de los ANA (<i>antinuclear antibodies</i>) (20-67%), ASM (<i>anti-smooth muscle antibodies</i>) (13-20%), AMA (<i>antimitocondrial antibodies</i>) (&lt; 10%), anticardiolipina (65%) (144). En general, los t&iacute;tulos de estos autoanticuerpos son m&aacute;s bajos que los que se encuentran en la hepatitis autoinmunes. En la EII, en especial en la EC, se pueden encontrar los ASCAs (<i>Anti-Saccharomyces Cerevisiae antibodies</i>), pero estos anticuerpos tambi&eacute;n se pueden hallar en enfermedades hep&aacute;ticas autoinmunes incluida la CEP (145).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">El diagn&oacute;stico de la CEP se basa fundamentalmente en la demostraci&oacute;n de la presencia de estrechamientos segmentarios de la luz biliar separados por zonas donde la luz es normal o est&aacute; dilatada. Habitualmente, los estrechamientos son cortos, pero pueden ser largos y confluir con los vecinos. Lo habitual es que tanto el &aacute;rbol extrahep&aacute;tico como el intrahep&aacute;tico est&eacute;n comprometidos; sin embargo, hay casos en los que se afecta uno de esos dos territorios (146,147). Ni la ves&iacute;cula biliar (15%) ni los conductos pancre&aacute;ticos se salvan de su afectaci&oacute;n en la CEP (78). Para el reconocimiento de estas lesiones, la t&eacute;cnica de referencia, la que aporta mejores im&aacute;genes, es la colangiopancreatograf&iacute;a retr&oacute;grada endosc&oacute;pica (CPRE) (99). La colangiograf&iacute;a transhep&aacute;tica percut&aacute;nea (CTP) es otra opci&oacute;n, en especial si el &aacute;rbol biliar intrahep&aacute;tico est&aacute; dilatado. En los &uacute;ltimos a&ntilde;os se est&aacute; introduciendo cada vez m&aacute;s la resonancia nuclear magn&eacute;tica (RNM) en la valoraci&oacute;n de la enfermedad. Esta prueba, sin ser cruenta, aporta im&aacute;genes de buena calidad, algo inferiores a las conseguidas con la CPRE, pero con la ventaja de que puede reconocer la presencia de masas hep&aacute;ticas (colangiocarcinoma), hipertensi&oacute;n portal, ascitis, hepatomegalia, etc. (148,149). La sensibilidad y especificidad de la RNM en el diagn&oacute;stico de CEP es del 85 y 98%, respectivamente. Cuando la enfermedad se limita a los peque&ntilde;os conductos biliares (<i>CEP de peque&ntilde;os conductos</i>), todas estas t&eacute;cnicas suelen ser normales, por lo que la sospecha de CEP (<i>colestasis en presencia de CU</i>) s&oacute;lo puede confirmarse mediante biopsia hep&aacute;tica (150). Sin embargo, considerando el car&aacute;cter segmentario de las lesiones, esta &uacute;ltima tambi&eacute;n puede ser normal (151).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">La historia natural de la CEP es muy variable, pero en general se trata de una enfermedad progresiva y fluctuante que puede prolongarse unos 12 a&ntilde;os a partir de su diagn&oacute;stico. Cuando el diagn&oacute;stico se realiza en fase asintom&aacute;tica, la duraci&oacute;n de la enfermedad se prolonga, a veces hasta m&aacute;s de 21 a&ntilde;os (99,152,153). Los embarazos no modifican la historia natural de la CEP, pero contribuyen a que aumente de forma muy marcado el prurito (154). La CEP de preque&ntilde;os ductos tiene un curso m&aacute;s benigno, de mejor pron&oacute;stico, con menos tendencia a afectar a las grandes v&iacute;as biliares y a complicarse con un colangiocarcinoma, por lo que algunos han sugerido que pudiera tratarse de una enfermedad diferente (4,155,156). Por el contrario, cuando los pacientes muestran signos de colestasis su supervivencia es m&aacute;s corta como corresponde a que la enfermedad se encuentra en fase m&aacute;s avanzada. Se han identificado varias fases. La primera o  <i>precl&iacute;nica</i>, en la que los pacientes tienen lesiones histol&oacute;gicas y colangiogr&aacute;ficas de CEP en ausencia de cambios anal&iacute;ticos de colestasis. Puede haber s&iacute;ntomas inespec&iacute;ficos o molestias abdominales que se explican retrospectivamente cuando con el paso del tiempo aparecen los signos de colestasis. Aunque la enfermedad permanezca subcl&iacute;nica, ello no significa que las lesiones sean leves o incipientes, ya que en ocasiones, la enfermedad est&aacute; muy evolucionada (141). En la segunda fase, los pacientes presentan cambios anal&iacute;ticos de  <i>colestasis</i>, en concreto, elevaci&oacute;n de la fosfatasa alcalina. Tambi&eacute;n estos enfermos se encuentran asintom&aacute;ticos, aunque la biopsia hep&aacute;tica puede demostrar que las lesiones est&aacute;n avanzadas e, incluso, que hay una cirrosis hep&aacute;tica (89,146). La duraci&oacute;n de este estadio puede ser larga, de hasta 7 a&ntilde;os (157). En la tercera fase o  <i>sintom&aacute;tica</i>, los pacientes aquejan los s&iacute;ntomas que hemos referido m&aacute;s arriba (ictericia, coluria, prurito, astenia, colangitis, etc.) y en la exploraci&oacute;n es hallazgo habitual la hepatoesplenomegalia y la ictericia. En el 50% de estos pacientes, la histolog&iacute;a muestra que ya existe una cirrosis hep&aacute;tica (89). Finalmente, en la fase cuarta de la enfermedad o  <i>fase terminal</i>, los pacientes presentan las complicaciones propias de la cirrosis descompensada (ascitis, hipertensi&oacute;n portal, encefalopat&iacute;a, hemorragia digestiva por varices esof&aacute;gicas, s&iacute;ndrome hepatorrenal, etc.). A la r&aacute;pida instauraci&oacute;n de este cuadro puede contribuir el desarrollo de un colangiocarcinoma (158). Con el fin de predecir el pron&oacute;stico de los pacientes con CEP se han propuesto varios modelos que consideran la edad, la bilirrubina s&eacute;rica, la hemoglobina y el estadio histol&oacute;gico (&iacute;ndice de la Cl&iacute;nica Mayo). En el &iacute;ndice propuesto por el King's Collage se valora la presencia de hepatomegalia, esplenomegalia, la tasa de fosfatasa alcalina y el estadio histol&oacute;gico (159). En un nuevo &iacute;ndice de la Cl&iacute;nica Mayo se prescinde de los resultados de la biopsia hep&aacute;tica y de la hemoglobina y se consideran en su lugar las tasas de alb&uacute;mina, de AST y el antecedente de hemorragia digestiva (160).</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">La historia natural de esta enfermedad puede verse modificada en cualquier momento por diversas complicaciones graves, tales como la colangitis bacteriana, el colangiocarcinoma y el c&aacute;ncer de colon.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Las <i>colangitis bacterianas</i> son provocadas principalmente por <i>E. coli, Klebsiella</i> y <i>Enterococcus faecalis</i>. Suelen complicar a las manipulaciones de las v&iacute;as biliares y requieren la administraci&oacute;n temprana de antibi&oacute;ticos, antes de que la infecci&oacute;n se extienda y origine sepsis o abscesos (161). En algunas ocasiones se ha descrito su evoluci&oacute;n a abscesos hep&aacute;ticos (162).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Sin duda la complicaci&oacute;n m&aacute;s grave que pueden presentar los pacientes con CEP es el  <i>colangiocarcinoma</i>. La frecuencia con la que se encuentra este tumor oscila alrededor del 30% en las series de autopsia y de trasplante hep&aacute;tico por CEP (3,163,164). Su aparici&oacute;n no tiene relaci&oacute;n con la gravedad de la enfermedad hep&aacute;tica. En realidad, en muchas ocasiones se halla en estadios no avanzados de CEP. Se ha mencionado que el tabaco pudiera actuar como un factor de riesgo, pero se trata de una relaci&oacute;n que a&uacute;n no ha sido confirmada. El colangiocarcinoma es un tumor que frecuentemente es dif&iacute;cil de detectar antes del trasplante hep&aacute;tico. La CPRE, ultrasonograf&iacute;a, tomograf&iacute;a computerizada, la citolog&iacute;a biliar y los marcadores tumorales s&eacute;ricos tienen escaso valor diagn&oacute;stico tanto para detectar la CEP como para diferenciarla de otras enfermedades. Cuando se combinan todas estas t&eacute;cnicas, se puede lograr el diagn&oacute;stico en m&aacute;s del 80% de los casos (165). En alg&uacute;n estudio se ha tenido mucho &eacute;xito en el reconocimiento de este tumor mediante la tomograf&iacute;a de positrones, pero son resultados que tienen que ser corroborados por otros estudios (166). Una vez reconocido el tumor, la supervivencia del enfermo no se extiende m&aacute;s de 6 meses, ya que en la mayor&iacute;a de los casos ya existen met&aacute;stasis y el trasplante hep&aacute;tico no mejora la supervivencia (167). El diagn&oacute;stico de colangiocarcinoma es un criterio de exclusi&oacute;n para trasplante hep&aacute;tico, puesto que la inmensa mayor&iacute;a de estos tumores recidivan tras el trasplante.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Los pacientes con CU y CEP tienen cinco veces m&aacute;s riesgo de desarrollar un c&aacute;ncer de colon que los que s&oacute;lo tienen CU. En efecto, mientras en los primeros, este riesgo es del 10, 30 y 50% a los 10, 20 y 30 a&ntilde;os, respectivamente, en los pacientes con CU sin CEP el riesgo se queda en 2, 5 y 10%, respectivamente (168). Este riesgo persiste tras el trasplante hep&aacute;tico (169), pero disminuye en los que est&aacute;n tomando &aacute;cido ursodesoxic&oacute;lico (UDC) (170,171). Tambi&eacute;n en estos casos, la aparici&oacute;n del tumor va precedida de cambios displ&aacute;sicos en la mucosa col&oacute;nica, por ello es recomendable la vigilancia endosc&oacute;pica y bi&oacute;psica.</font></p>     <p><b><font face="Verdana" size="2">Pericolangitis</font></b></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Aunque se trata de un t&eacute;rmino muy utilizado en otros tiempos (172,173), en los &uacute;ltimos a&ntilde;os se ha propuesto su abandono. Con este t&eacute;rmino se ha intentado denominar a un conjunto de cambios histol&oacute;gicos que frecuentemente se encuentran en las biopsias de los enfermos con EII y que incluyen la ampliaci&oacute;n de los espacios porta por edema e infiltraci&oacute;n por linfocitos, c&eacute;lulas plasm&aacute;ticas, macr&oacute;fagos, polimorfonucleares y eosin&oacute;filos que no s&oacute;lo rodean a los conductillos biliares, sino que tambi&eacute;n comprometen a las arteriales y v&eacute;nulas portales y que incluso se extienden por el lobulillo (172). Aunque estos infiltrados tienen tendencia a su distribuci&oacute;n peribiliar, en la mayor&iacute;a de las ocasiones, el epitelio biliar permanece intacto (174). S&oacute;lo en algunas series se ha descrito la existencia de lesiones evidentes en ese epitelio (172). La generalizaci&oacute;n del empleo de la CPRE en el estudio de las enfermedades colest&aacute;sicas cr&oacute;nicas del h&iacute;gado ha permitido reconocer que en la mayor&iacute;a de las ocasiones bajo la denominaci&oacute;n de pericolangitis se ocultaba una CEP, unas veces de grandes conductos intra- y/o extrahep&aacute;ticos (175,176), pero en ocasiones tambi&eacute;n de peque&ntilde;os conductos (96,177,178). Considerando que la biopsia hep&aacute;tica pocas veces es &uacute;til para diagnosticar la CEP, no debe extra&ntilde;ar que en esta &uacute;ltima enfermedad puedan encontrase cambios en los espacios porta que son inespec&iacute;ficos. En algunos casos diagnosticados como pericolangitis, el estudio de la v&iacute;a biliar no descubre cambios sugerentes de CEP, en estos casos, la supuesta pericolangitis se debe interpretar como cambios inflamatorios portales reactivos inespec&iacute;ficos secundarios a la enfermedad inflamatoria abdominal (179) o bien como CEP de peque&ntilde;os conductos.</font></p>     <p><b><font face="Verdana" size="2">Hepatitis autoinmune</font></b></p>     <p><font face="Verdana" size="2">No se conoce con seguridad cu&aacute;l es la frecuencia real de la hepatitis autoinmune en los pacientes con EII. En algunos casos, los estudios publicados no pudieron excluir adecuadamente la presencia de una CEP, en otros no se descart&oacute; que la enfermedad hep&aacute;tica hubiera sido causada por infecciones virales. Adem&aacute;s, la exclusi&oacute;n de lesiones colangiogr&aacute;ficas de CEP no significa que la hepatopat&iacute;a sea realmente una hepatitis autoinmune (HAI), ya que la CEP puede comprometer exclusivamente a los peque&ntilde;os conductos biliares intrahep&aacute;ticos (CEP de peque&ntilde;os conductos) y, por ello, ser normal la colangiopan-creatograf&iacute;a endosc&oacute;pica retr&oacute;grada (CPRE). En otros tiempos, cuando la CEP era poco conocida, fue habitual que esta enfermedad fuera tomada por una HAI, incluso cuando se contaba con una biopsia para su filiaci&oacute;n (180). El cuadro cl&iacute;nico, anal&iacute;tico y serol&oacute;gico puede indicar que lo que en realidad es una CEP parezca una HAI. Las transaminasas pueden estar muy elevadas, por encima de lo que lo hacen las enzimas de colestasis y los autoanticuerpos no &oacute;rgano espec&iacute;ficos (ANA, AML, pANCA) pueden ser positivos en la CEP, al igual que lo est&aacute;n en la HAI (181). La posibilidad de confusi&oacute;n entre ambas enfermedades viene avalada por varios estudios que han aplicado a los pacientes con diagn&oacute;stico seguro de CEP, basado en la CPRE, los criterios internacionales para el diagn&oacute;stico de la HAI. En uno de ellos, se encontr&oacute; que el 2% de estos enfermos reun&iacute;an criterios de diagn&oacute;stico definitivo de HAI y otro 33% de diagn&oacute;stico probable (182,183). Cuando se aplicaron a los pacientes con CEP los criterios revisados de diagn&oacute;stico de HAI, se encontr&oacute; que el 1,4% tend&iacute;an una HAI y que en otro 6% era probable que tambi&eacute;n existiera esta asociaci&oacute;n (184). Por tanto, con independencia de que ambas enfermedades puedan ser dif&iacute;ciles de diferenciar en ausencia de una CPRE, ambas pueden coincidir en un mismo paciente. En el estudio de Kaplan y cols. esta asociaci&oacute;n la encuentran en el 10% de todos los casos de CEP (92). Esta posibilidad se debe considerar en todo enfermo con EII, principalmente CU, y CEP que presente tasas especialmente altas de transaminasas, hipergammaglobulinemia, particularmente de la IgG, y biopsia que indique la existencia de una hepatitis periportal.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Al igual que en la CEP, la HAI se presenta casi exclusivamente en la CU, unas veces antes, otras al mismo tiempo y otras despu&eacute;s de que se hubiera diagnosticado la enfermedad intestinal. Hasta ahora no se ha descrito la HAI en ninguna de las series publicadas sobre la EC, aunque s&iacute; en casos muy aislados (185). Tambi&eacute;n en la HAI asociada a la CU es frecuente la presencia de otras enfermedades inmunol&oacute;gicas, por ejemplo, enfermedades tiroideas, articulares, p&uacute;rpura trombocitop&eacute;nica, pericarditis, glomerulonefritis, etc. Tampoco es raro que en el momento del diagn&oacute;stico se detecten cambios relacionados con enfermedad hep&aacute;tica avanzada (ascitis, edemas, ara&ntilde;as vasculares, esplenomegalia, etc.) y que las transaminasas, la bilirrubina y la gammaglobulina est&eacute;n elevadas. Aunque es habitual que sean positivos los ANA, AML y los pANCA, ello tambi&eacute;n es posible en los pacientes con CU sin enfermedad hep&aacute;tica (144).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">No hay experiencias basadas en estudios controlados, aleatorizados, realizados en grupos suficientemente amplios de enfermos, sin embargo, los m&aacute;s fiables por incluir mayor n&uacute;mero de pacientes indican que la HAI asociada a la CU responde adecuadamente a la inmunosupresi&oacute;n con corticoides y azatioprina (139). Previamente se hab&iacute;an publicado algunos estudios que inclu&iacute;an pocos enfermos que suger&iacute;an que esta enfermedad hep&aacute;tica no respond&iacute;an bien a esa medicaci&oacute;n (186).</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b><font face="Verdana" size="2">Granulomas</font></b></p>     <p><font face="Verdana" size="2">En un 4 al 8% de los pacientes con EII, tanto con EC como CU, se pueden encontrar granulomas en las biopsias hep&aacute;ticas (187-189). Habitualmente son hallazgos inesperados ya que no originan manifestaciones cl&iacute;nicas. Eventualmente existe alg&uacute;n aumento de la fosfatasa alcalina sin que vaya acompa&ntilde;ada de hiperbilirrubinemia. Se trata habitualmente de granulomas no caseificados, ocasionalmente con c&eacute;lulas multinucleadas, que se sit&uacute;an tanto en el espacio porta como en los lobulillos (189). No se conocen las causas de estos granulomas, pero se han considerado el efecto de algunos f&aacute;rmacos, por ejemplo, de la sulfasalacina (190,191) e infecciones, aunque lo m&aacute;s probable es que sean reacciones de hipersensibildad tard&iacute;a a al&eacute;rgenos no identificados (192).</font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><b><font face="Verdana">Lesiones hep&aacute;ticas provocadas por reacciones adversas a los medicamentos empleados en el tratamiento de la EII</font></b></p>     <p><font face="Verdana" size="2">En algunos pacientes con EII pueden aparecer alteraciones, generalmente anal&iacute;ticas, que indican la existencia de una enfermedad hep&aacute;tica asociada. En la mayor&iacute;a de las ocasiones, si no exist&iacute;an antes de empezar el tratamiento, estos cambios se relacionan muy probablemente con la toma de f&aacute;rmacos.</font></p>     <p><b><font face="Verdana" size="2">Sulfasalacina</font></b></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Es bien sabido que forma parte importante desde hace d&eacute;cadas del arsenal terap&eacute;utico disponible para el tratamiento de la EII y de la artritis reumatoide. Aunque su tolerancia es habitualmente buena, en ocasiones, puede provocar reacciones adversas graves e incluso mortales en las que el h&iacute;gado est&aacute; muy comprometido. Se han descritos casos bien documentados de colestasis o de granulomatosis hep&aacute;tica (193,194) y de hepatitis agudas, a veces graves y mortales (195,196). Estos cuadros hepat&iacute;ticos recuerdan a los que pueden aparecer en el curso del tratamiento con sulfonamidas (197). Surgen tras 2 a 8 semanas del inicio del tratamiento y se acompa&ntilde;an de manifestaciones extrahep&aacute;ticas, de caracter&iacute;sticas al&eacute;rgicas, tales como las artralgias, urticaria, fiebre, adenopat&iacute;as, eosinofilia, linfocitosis, linfocitos at&iacute;picos y afectaci&oacute;n renal (193). Tambi&eacute;n se ha descrito su acompa&ntilde;amiento por edema facial, conjuntivitis, afectaci&oacute;n pulmonar, trombopenia y encefalopat&iacute;a (196,198). Se considera que todo ello es expresi&oacute;n de una reacci&oacute;n inmune idiosincr&aacute;sica frente, muy probablemente, al componente sulfopiridina de la sulfasalacina. El car&aacute;cter inmunol&oacute;gico de la reacci&oacute;n viene avalado, adem&aacute;s de por la sintomatolog&iacute;a (199,200), por la presencia de inmunocomplejos circulantes, por el descenso del complemento y por la presencia en sangre de linfocitos T activados (201). Aunque la sulfapiridina sea la principal responsable de estas reacciones adversas, estas se han observado tambi&eacute;n en enfermos tratados con mesalacina (196,199,200,202), olsalacina o con otros preparados de 5-aminosalicilatos (201).</font></p>     <p><b><font face="Verdana" size="2">Glucocorticoides</font></b></p>     <p><font face="Verdana" size="2">La hepatoxicidad de estos f&aacute;rmacos es escasa y se limita a la generaci&oacute;n de un h&iacute;gado graso y, en ocasiones, incluso de una EHNA. Es bien conocido que la administraci&oacute;n de dosis superiores a 10 &oacute; 20 mg/d&iacute;a de corticoides puede provocar h&iacute;gado graso, probablemente por aumentar la llegada de &aacute;cidos grasos al h&iacute;gado (15). Su trascendencia cl&iacute;nica es m&iacute;nima, en la mayor&iacute;a de los casos pasa desapercibida, pero explica la presencia de una hepatomegalia en el curso de enfermedades que requieren para su tratamiento la administraci&oacute;n de glucocorticoides. En animales de experimentaci&oacute;n y en humanos se ha observado que la administraci&oacute;n prolongada de glucocorticoides puede provocar la degeneraci&oacute;n hidr&oacute;pica de los hepatocitos, esteatosis, necrosis focales e hialina alcoh&oacute;lica (203). A pesar de su habitual intrascendencia, hay observaciones publicadas de embolias grasas sist&eacute;micas en el curso del tratamiento con corticoides e incluso durante la fase de retirada (204).</font></p>     <p><b><font face="Verdana" size="2">Azatioprina</font></b></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">En el curso del tratamiento con este inmunosupresor se han descrito diversas reacciones adversas que comprometen al h&iacute;gado. Sin embargo, se ha dudado de que estas lesiones hep&aacute;ticas sean realmente provocadas por este f&aacute;rmaco y no dependientes de la enfermedad que oblig&oacute; a su uso. No obstante, estudios realizados en animales de experimentaci&oacute;n han demostrado que la azatioprina es hepatot&oacute;xica y que las lesiones se relacionan con la dosis del f&aacute;rmaco y se pueden reproducir con &eacute;l (205). En estos animales se observan focos centrolobulillares de necrosis y trombosis de la vena central del lobulillo. Probablemente, la lesi&oacute;n provocada por la azatioprina sea inicialmente vascular, concretamente endotelial (206). Secundarias a ella ser&iacute;an las restantes lesiones que se pueden encontrar en estos casos. La necrosis hepatocitaria en el &aacute;rea 3 del lobulillo ser&iacute;a de naturaleza isqu&eacute;mica sin descartar que el f&aacute;rmaco tambi&eacute;n sea t&oacute;xico para los hepatocitos (207). La dilataci&oacute;n de los sinusoides (207) y la peliosis hep&aacute;tica (208) asociada al f&aacute;rmaco ser&iacute;an consecuencia de la lesi&oacute;n en el endotelio. La hiperplasia nodular regenerativa del h&iacute;gado (HNR) (209), los cuadros de hipertensi&oacute;n portal (esclerosis hepatoportal) (206) o de Budd-Chiari (210) ser&iacute;an tambi&eacute;n expresi&oacute;n de las lesiones endoteliales provocadas por la azatioprina. Por ello, muy probablemente todas estas lesiones forman parte de un espectro de alteraciones que se relacionan entre s&iacute; (207). De hecho, estudios bi&oacute;psicos seriados realizados en el curso del tratamiento con azatioprina han mostrado la evoluci&oacute;n de las lesiones desde dilataci&oacute;n sinusoidal hasta enfermedad venooclusiva o desde peliosis hep&aacute;tica hasta hipertensi&oacute;n portal no cirr&oacute;tica (206,211). Por ello, se recomienda que los enfermos tratados con azatioprina, en especial si son hombres, sean sometidos a controles cl&iacute;nico-anal&iacute;ticos que permitan reconocer las lesiones en sus fases m&aacute;s iniciales y, tras ello, en caso de necesidad la supresi&oacute;n del fr&aacute;rmaco.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Las reacciones hep&aacute;ticas adversas debidas a la azatioprina son raras, ya que aparecen en menos del 0,1% de los enfermos sometidos a este tratamiento. Sin embargo, en pacientes con EII se han encontrado signos de hepatotoxicidad en hasta el 10% de los tratados con tiopurinas, en especial cuando al mismo tiempo tomaban corticoides (212). Se desconoce el porqu&eacute; s&oacute;lo unos pocos de los tratados con este f&aacute;rmaco presentan esta intolerancia. Lo m&aacute;s frecuente es que se trate de hombres que han sido sometidos a trasplante renal y reciben la azatioprina por este motivo (206,210,211,213). El momento a lo largo del tratamiento en el que aparecen las lesiones es muy variable, oscilando entre dos semanas y dos a&ntilde;os para los cuadros hepat&iacute;ticos y los tres meses y los nueve a&ntilde;os para las lesiones vasculares (214). Tambi&eacute;n son muy variables los cuadros cl&iacute;nicos que originan estas reacciones adversas. En unas ocasiones pueden simular una enfermedad hep&aacute;tica aguda con n&aacute;useas, v&oacute;mitos, molestias en hipocondrio derecho, coluria, ictericia, hepatomegalia dolorosa y eventualmente encefalopat&iacute;a y ascitis (207). Otras veces lo que domina es el cuadro de colestasis (207), unas veces simple, sin necrosis celulares, pero otras con elevaci&oacute;n de las transaminasas (215) o puramente biliares por lesiones de los conductos biliares (216). Por &uacute;ltimo, las manifestaciones pueden corresponder a las dependientes de la hipertensi&oacute;n portal (217). Con la azatioprina, al igual que con otros agentes inmunosupresores y con los modernos tratamientos biol&oacute;gicos, se puede esperar una reactivaci&oacute;n de infecciones latentes, en especial la provocada con por el virus de la hepatitis B (VHB) (218).</font></p>     <p><b><font face="Verdana" size="2">Mercaptopurina</font></b></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Es una tiopurina an&aacute;loga a algunas purinas naturales que deriva de la azotiopurina y que es empleada en el tratamiento de las leucemias y ocasionalmente en el de la EII. Su hepatotoxicidad es superior a la de la azatioprina, se presenta en el 6 al 40% de los pacientes que la reciben (219) y se debe contar con ella cuando la dosis empleada supere los 2,5 mg/kg (220,221). Lesiones similares a las descritas en el hombre se pueden reproducir en el animal de experimentaci&oacute;n (222). Estos datos, as&iacute; como la ausencia de cambios cl&iacute;nicos o anal&iacute;ticos de respuesta inmunoal&eacute;rgica hacen sugerir que se trata de una hepatoticidad intr&iacute;nseca del f&aacute;rmaco o de alguno de sus derivados; sin embargo, en contra de lo que suele ocurrir en estos casos, el tiempo de latencia, antes de que aparezcan las lesiones, suele ser largo, de dos a tres meses de tratamiento. Las lesiones hep&aacute;ticas causadas por la 6-mercaptopurina oscilan entre la colestasis simple, sin signos de necrosis o inflamaci&oacute;n, y la necrosis hepatocelular (219). Lo m&aacute;s frecuente es que se trate de una hepatitis colest&aacute;sica. En contra de lo que ocurre con la azatioprina, las lesiones vasculares, aunque posibles (223), son raras. Se han descrito casos de necrosis hep&aacute;ticas graves y fatales, pero en muchas ocasiones fue dif&iacute;cil asegurar que tal evoluci&oacute;n fatal se relacionase con el f&aacute;rmaco y no con la enfermedad que oblig&oacute; a su empleo. No obstante, se aconseja retirar la medicaci&oacute;n cuando se observen cambios en la anal&iacute;tica hep&aacute;tica (220). Parece que la existencia de una hepatopat&iacute;a previa, la combinaci&oacute;n de esta medicaci&oacute;n con otros f&aacute;rmacos y el tratarse un adulto (223) aumentan las posibilidades de intolerancia a la 6-mercaptopurina (224). Las manifestaciones cl&iacute;nicas de esta reacci&oacute;n adversa a la 6-mercaptopurina son las que corresponden a las lesiones que suelen se encontrar, es decir, cuadros de hepatitis o de colestasis. Para prevenir que aparezcan reacciones adversas hep&aacute;ticas graves se recomienda evitar las dosis superiores a los 2,5 mg/kg y que durante el tratamiento se controlen con frecuencia las tasas en sangre de las transaminasas y de la fosfatasa alcalina y que se retire la medicaci&oacute;n en los casos en que se produzcan cambios de importancia.</font></p>     <p><b><font face="Verdana" size="2">Tioguanina</font></b></p>     <p><font face="Verdana" size="2">La 6-tioguanina es realmente el derivado activo de la azatioprina y de la 6-mercaptopurina. La azatioprina se transforma en el h&iacute;gado en 6 mercaptopurina y esta en metilmercaptopurina o en 6-tioguaninas. Mientras que las 6-tioguaninas son los derivados que act&uacute;an como agente terap&eacute;uticos y pueden provocar depresi&oacute;n medular, la metil-mercaptopurina es considerada como la responsable de los efectos hepatot&oacute;xicos de la 6-mercaptopurina. Por ser la 6-tioguanina el principio activo de las tiopurinas y por haber sido considerados raros sus efectos hepatot&oacute;xicos se sugiri&oacute; que este f&aacute;rmaco pudiera ser id&oacute;neo en el tratamiento de la EII (225), principalmente cuando la 6-mercaptopurina o la azatioprina no sean toleradas o no se observe la respuesta esperada (226). La eficacia de este f&aacute;rmaco y la escasez de las reacciones adversas hep&aacute;ticas fueron inicialmente confirmadas por varios estudios cl&iacute;nicos (225-227). Sin embargo, estos catabolitos de las tipurinas pueden producir tambi&eacute;n importantes efectos adversos en el h&iacute;gado, en especial en los pacientes con EII (228,229). En general se trata de las mismas complicaciones que se han observado con la azatioprina, es decir, efectos vasculares que incluyen la HNR (230) y la enfermedad veno-oclusiva (231). En el estudio de Dubinsky y cols. (228), la HNR se encontr&oacute; en el 45% de los pacientes con EII que presentaron alteraciones anal&iacute;ticas hep&aacute;ticas. La frecuencia de este hallazgo llev&oacute; a estos autores a rechazar este tratamiento en los pacientes con EII. En un estudio posterior que inclu&iacute;a a 45 pacientes tratados con 6-tioguanina (40-80 mg/d) durante m&aacute;s de 8 semanas, se comprob&oacute; la alta frecuencia de la HNR en estos pacientes y se mostr&oacute; que la imagen de la resonancia nuclear pod&iacute;a ser de gran ayuda en el reconocimiento no invasivo de esta lesi&oacute;n (232). Estos efectos no han sido confirmados por otros autores cuando utilizaron dosis bajas de la 6-tioguanina (0,3 mg/kg/d&iacute;a) durante tiempos prolongados (233,234). Por ello, a&uacute;n no se puede rechazar definitivamente el empleo de la 6-tioguanina en el tratamiento de los enfermos con EII. Un grupo europeo de expertos reunidos para definir la l&iacute;nea de actuaci&oacute;n m&aacute;s acertada en relaci&oacute;n con el empleo de este f&aacute;rmaco consider&oacute; que se pueden utilizar dosis bajas de 6-tioguanina en el mantenimiento de la remisi&oacute;n de la EII cuando otros tratamientos hayan fracasado o no se toleren (5-ASA; AZA/6-MP; MTX; infliximab) o la cirug&iacute;a no sea apropiada. No obstante, debido al riesgo de desarrollo de HNR, los pacientes han de ser sometidos a un riguroso control (235).</font></p>     <p><b><font face="Verdana" size="2">Metotrexato</font></b></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Es un antagonista del &aacute;cido f&oacute;lico que es empleado desde hace d&eacute;cadas en el tratamiento de las leucemias, de algunos tumores s&oacute;lidos, de la artritis reumatoide y de la psoriasis. Adem&aacute;s, contamos con varios estudios controlados realizados en pacientes con EC que han mostrado que el metotrexato, administrado intramuscularmente en inyecci&oacute;n semanal de 25 mg o por v&iacute;a oral en dosis de 15 mg/semana, es eficaz en la inducci&oacute;n de la remisi&oacute;n de la enfermedad y en el mantenimiento de la respuesta (236). Est&aacute; a&uacute;n por demostrar la eficacia de este f&aacute;rmaco en la inducci&oacute;n de la remisi&oacute;n de la CU y en el mantenimiento de la respuesta.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Los efectos adversos de este tratamiento pueden ser numerosos (gastrointestinales, cut&aacute;neos, medulares, respiratorios, alopecia, etc.), pero lo m&aacute;s preocupante es la posible aparici&oacute;n de fibrosis hep&aacute;tica grave e incluso de una cirrosis en un n&uacute;mero importante de casos. La mayor&iacute;a de los datos disponibles sobre esta hepatotoxicidad proceden de estudios realizados en pacientes con psoriasis o con artritis reumatoide. En los pacientes con psoriasis tratados con metotraxato, un meta-an&aacute;lisis estableci&oacute; que el riesgo de fibrosis hep&aacute;tica era del 7% (237) y en los pacientes con artritis reumatoide del 1% (238). Entre los factores que favorecen la aparici&oacute;n de este efecto figura el consumo de alcohol (&gt; 15 g etanol/d&iacute;a) (237), la obesidad, la diabetes (239), la edad, la mala funci&oacute;n renal, el padecimiento de una enfermedad hep&aacute;tica previa, la toma de una dosis total acumulada mayor de 1.500 mg (240) y la administraci&oacute;n diaria, en lugar de semanal, del f&aacute;rmaco. Se ha indicado que por cada gramo de metotrexato consumido aumenta el riesgo de progresi&oacute;n de la fibrosis del 6,7% y que tras la toma de un total de 3 g el porcentaje de pacientes con fibrosis se eleva al 20% (237). Aunque sin duda el metotrexato puede provocar ese efecto secundario (240), su responsabilidad exclusiva en los cambios histol&oacute;gicos no siempre es segura, ya que muchos de los enfermos con fibrosis eran al mismo tiempo bebedores, obesos, diab&eacute;ticos, estaban tomando vitamina A o estaban expuestos a arsenicales (241), situaciones, todas ellas, que pueden provocar por s&iacute; solas fibrosis. Adem&aacute;s, algunos estudios que han incluido la biopsia previa a la administraci&oacute;n del metotrexato han mostrado que no es nada raro que exista fibrosis antes de iniciar el tratamiento (239). No es seguro que la administraci&oacute;n de peque&ntilde;as dosis de metotrexato (7,5-15 mg) provoquen fibrosis hep&aacute;tica (242).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">La fibrosis provocada por el metotrexato se inicia en los espacios porta y desde ellos se extiende por el espacio periportal hasta formar puentes fibrosos y tard&iacute;amente cirrosis (243). Esta fibrosis progresiva no suele ir acompa&ntilde;ada de necrosis hepatocelular ni de inflamaci&oacute;n. Aunque la fibrosis puede ser progresiva en los pacientes con psoriasis, hay estudios que demuestran que las peque&ntilde;as dosis de metotrexato administradas durante a&ntilde;os pueden no progresar o incluso regresar en ausencia de alcohol (241). Las lesiones pueden cursar de forma totalmente asintom&aacute;tica y sin cambios anal&iacute;ticos por lo que se han buscado marcadores que nos permitan reconocer la aparici&oacute;n de fibrosis en fases tempranas. Con este fin se ha propuesto la determinaci&oacute;n de las tasas en sangre del p&eacute;ptido aminoterminal del col&aacute;geno III (244). Es tambi&eacute;n probable que el empleo de las eslastograf&iacute;a hep&aacute;tica mediante FibroScan permita tambi&eacute;n reconocer la aparici&oacute;n de este efecto secundario del tratamiento.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b><font face="Verdana" size="2">Ciclosporina</font></b></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Hay pocas dudas de que la ciclosporina es &uacute;til en los pacientes con EC (245) o en aquellos que presentan una CU grave, refractaria a los esteroides (246). Cuando se emplea durante tiempos prolongados puede originar diversas reacciones adversas, principalmente renales, neurol&oacute;gicas e infecciones, pero tambi&eacute;n hep&aacute;ticas. Se trata de alteraciones anal&iacute;ticas frecuentes, que aparecen en 50-60% de los casos, que no suelen tener expresi&oacute;n cl&iacute;nica y que desaparecen o mejoran cuando se retira el f&aacute;rmaco o se reduce la dosis. Las manifestaciones hep&aacute;ticas de su intolerancia suelen ser anal&iacute;ticas y se limitan a aumentos leves de las tasas s&eacute;ricas de la bilirrubina, sales biliares y de la fosfatasa alcalina, lo que sugiere que son provocados por fen&oacute;menos de colestasis. Probablemente se trate de fen&oacute;menos de toxicidad directa, ya que se pueden reproducir en el animal de experimentaci&oacute;n (247).</font></p>     <p><b><font face="Verdana" size="2">Tratamientos biol&oacute;gicos</font></b></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Durante los &uacute;ltimos a&ntilde;os estamos asistiendo a la aparici&oacute;n de numerosos f&aacute;rmacos dise&ntilde;ados para intervenir sobre las v&iacute;as biol&oacute;gicas implicadas en la aparici&oacute;n de las lesiones existentes en la EII (248). Entre ellos destaca el infliximab, fue el primero en comercializarse y por ello es con el que contamos con m&aacute;s experiencia. Se trata de un anticuerpo monoclonal dirigido contra el TNF</font><font face="Symbol" size="2">a</font><font face="Verdana" size="2"> que tiene capacidad para neutralizar los efectos biol&oacute;gicos de este &uacute;ltimo. Diversos estudios controlados han demostrado su eficacia en el tratamiento de los pacientes con EC (249-251), en especial fistulizante (252). Por ello, en la actualidad se considera indicado en la inducci&oacute;n y mantenimiento de las remisiones, en el cierre de las f&iacute;stulas y en el ahorro de corticoides. Su empleo en la CU es m&aacute;s controvertido. Aunque hay experiencias no controladas que indican su eficacia en estos enfermos (253), estudios m&aacute;s recientes, controlados, lo ponen en duda (254). Los efectos secundarios de este tratamiento se relacionan principalmente con las reacciones inmediatas a la infusi&oacute;n del f&aacute;rmaco, las reacciones de hipersensibilidad tard&iacute;a, la aparici&oacute;n de autoanticuerpos, los cuadros lupoides, linfomas y la reactivaci&oacute;n de infecciones latentes (250,255,256). En relaci&oacute;n con esto &uacute;ltimo, figuran las repetidas comunicaciones de pacientes portadores del virus de la hepatitis B que sufrieron una reactivaci&oacute;n de su infecci&oacute;n latente (257). En algunos de estos casos, el brote hepat&iacute;tico fue tan grave (257-260) que incluso en alg&uacute;n caso provoc&oacute; la muerte del enfermo (257). Por esta raz&oacute;n, adem&aacute;s de solicitar una radiograf&iacute;a de t&oacute;rax y la prueba del Mantoux antes de iniciar el tratamiento (261,262), se debe buscar la presencia del virus de la hepatitis B. Esta pr&aacute;ctica es recomendada tambi&eacute;n en pacientes que van a ser sometidos a quimioterapia. Si se quiere prevenir la reactivaci&oacute;n viral, se debe indicar la toma profil&aacute;ctica de lamivudina siempre que HBsAg sea positivo (257,258,263,264). Esta recomendaci&oacute;n es extensible a cualquier otro de los tratamiento biol&oacute;gicos que se est&aacute;n introduciendo en el arsenal terap&eacute;utico de la EII. Observaciones excepcionales han mostrado que incluso estas medidas pueden ser insuficientes, ya que la activaci&oacute;n del virus de la hepatitis B puede ocurrir a&uacute;n en ausencia del HBsAg y en presencia de tasas protectoras de anti-HBs. En efecto, durante el tratamiento con etanercep hemos podido comprobar el descenso progresivamente de los t&iacute;tulos de estos anticuerpos, hasta su negativizaci&oacute;n, a la vez que reaparec&iacute;a el HBsAg, se elevaba la carga del VHB y se produjo un brote intenso hepat&iacute;tico (248).</font></p>     <p>&nbsp;</p>      <p><b><font face="Verdana">Bibliografía</font></b></p>     <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">1. Wewer V, Glaud C, Schichting P, Burcharth F, Binder V. Prevalence of hepatobiliary dysfunction in a regional group of patients with chronic inflammatory bowel disease. Scand J Gastroenterol 1991; 26: 97-102.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=5248201&pid=S1130-0108200700090000800001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p><font face="Verdana" size="2">2. Riegler G, D'Inca R, Sturniolo GC, Corrao G, Del Vecchio Blanco C, Di Leo V, et al. Hepatobiliary alterations in patients with inflammatory bowel disease. A multicenter study. Scand J Gastroenterol 1998; 33: 93-8.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">3. Broome U, Glaumann H, Heller G, Nilsson B, S&ouml;rstad J, Hultcrantz R. Liver disease in ulcerative colitis: an epidemiological and follow-up in the country of Stockholm. 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<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">5. Ludwig J, Viggiano RT, McGill DB. Nonalcoholic steatohepatitis: Mayo Clinic experiences with a hitherto unnamed disease. Mayo Clin Proc 1980; 55: 342-8.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">6. Matteoni CA, Younossi ZM, Gramlich T, Boparal N, Liu YC, McCullough AJ. Nonalcoholic fatty liver disease: a spectrum of clinical and pathological severity. Gastroenterology 1999; 116: 1413-9.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">7. Brunt EM, Janney CG, Bisceglie AM, Neuschwander-Tetri BA, Bacon BR. Nonalcoholic steatohepatitis: a proposal for grading and staging the histological lesions. Am J Gastoenterol 1999; 94: 2467-74.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">8. Caldwell SH, Hylton AI. The clinical outcome of NAFLD including cryptogenic cirrhosis. En: Farrell GC, George J, Hall PM, McCullough AJ (Eds.). "Fatty liver disease. NASH and related disorders. Blackwell Publ.Ltd. Malden. 2005: 168-80.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">9. Moreno S&aacute;nchez D, Sol&iacute;s Herruzo JA, Vargas Castrill&oacute;n J, Colina Ruiz-Delgado F, Lizasoain Hern&aacute;ndez M. Esteatohepatitis no alcoh&oacute;lica. Estudio cl&iacute;nicoanal&iacute;tico de 40 casos. Med Clin (Barc) 1987; 89: 188-93.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">10. Sol&iacute;s-Herruzo JA, Garc&iacute;a-Ruiz I, Mercedes P&eacute;rez-Carreras M, Mu&ntilde;oz-Yag&uuml;e MT. Non-alcoholic fatty liver disease. From insulin resistance to mitochondrial dysfunction. Rev. Esp. Enferm Dig. 2006; 98: 801-90.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">11. Kimmelstiel P, Lange HL, Verner HD. Liver damage in ulcerative colitis. Am J Pathol 1952; 28: 259-89.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">12. Bargiggia S, Maconi G, Elli M, Molteni P, Ardizzone S, Parente F, et al. Sonographic prevalence of liver steatosis and biliary tract stones in patients with inflammatory bowel disease: Study of 511 subjects at a single center. J Clin Gastroenterol 2003; 36: 417-20.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">13. Graif M, Yanuka M, Baraz M, Blank A, Mosckowitz M. Quantitative estimation of attenuation in ultrasound video images: Correlation with histology in diffuse liver disease. Invest Radiol 2000; 35: 319-24.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">14. Saadeh S, Yanoussi ZM, Remer EM, Gramlich T, Ong JP, Hurley M, et al. The utility of radiological imaging in nonalcoholic fatty liver disease. Gastroenterol 2002; 123: 745-50.</font></p>    ]]></body>
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<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">25. Medzhitov R. Toll-like receptors and innate immunity. Nat Rev Immunol 2001; 1:1 35-45.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">26. Lee YJ, Ye J, Gao Z, Youn HS, Lee WH, Zhao L, et al. Reciprocal modulation of Toll-like receptor-4 signaling pathways involving MyD88 and phosphatidylinositol 3-kinase/AKT by saturated and polyunsaturated fatty acids. J Biol Chem 2003; 278: 37041-51.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">27. Zuany-Amorim C, Hastewell J, Walker C. Toll-like receptors as potential therapeutic targets for multiple disease. Nat Rev Drug Discov 2002; 1: 797-807.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">28. Hwang D. Modulation of the expression of cycloxygnase-2 by fatty acids mediated through toll-like receptor 4-derived signaling pathways. FASEB J. 2001; 2001; 15: 2356-4.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">29. Garc&iacute;a-Ruiz I, Rodr&iacute;guez-Juan C, D&iacute;az-Sanju&aacute;n T, Del Hoyo P, Colina F, Mu&ntilde;oz-Yag&uuml;e MT, et al. Uric Acid And Anti-TNF Antibody Improve Mitochondrial Dysfunction In Ob/Ob Mice. Hepatology 2006; 44: 581-91.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">30. Eade MN, Cooke WT, Brooke BN. Liver disease in ulcerative colitis II. The long-term effect of colectomy. Ann Intern Med 1970; 72: 489-97.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">31. Fraquelli M, Losco A, Visentin S, Cesana BM, Pometta R, Colli A et al. Gallstone disease and related risk factors in patients with Crohn Disease. Arch Intern Med 12001; 161: 2201-4.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">32. Kratzer W, Haenle MH, Mason RA, von Tirpitz C, Kaechele V. Prevalence of cholelitiasis in patients with chronic inflammatory bowel disease. World J Gastroenterol 2005; 11: 6170-5.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">33. Repiso A, Alc&aacute;ntara M, Mu&ntilde;oz-Rosas C, Rodr&iacute;guez-Merlo R, P&eacute;rez-Grueso MJ, Carboles JM, et al. Extraintestinal manifestations of Crohn's disease: Prevalence and related factors. Rev Esp Enferm Dig 2006; 98: 510-7.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">34. Parente F, Pastore L, Bargiggia S, Cucino C, Greco S, Molteni M, et al. Incidence and risk factors for gallstones in patients with inflammatory bowel disease: A Large Case-Control Study. Hepatology 2007; 45: 1267-74.</font></p>    ]]></body>
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<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">45. Hutchinson R, Tyrrell PN, Kumar D, Dunn JA, Li JK, Allan RN. Pathogenesis of gall stones in Crohn's disease: An alternative explanation. Gut 1994; 35: 94-7.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">46. Cohen DE, Leighto LS, Carey MC. Bile salt hydrofobicity controls biliary vesicle secretion rates and transformations in native bile. Am J Physiol 1992; 263: G386-95.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">47. Vlahcevic ZR, Pandak WM, Stravitz RT. Regulation of bile acid biosynthesis. Gastroenterol Clin North Am 1999; 28: 1-25.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">48. Einarsson C, Hillebarnt CG, Axelson M. Effects of treatment with deoxycholic acid and chenodeoxycholic on the hepatic synthesis of cholesterol and bile acids in healthy subjects. Hepatology 2001; 33: 1189-93.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">49. Thomas LA, Veysey MJ, Bathgate T, King A, French G, Smeeton NC, et al. Mechanism for the transit-induced increase in colon deoxycholic acid formation in cholesterol cholelithiasis. Gastroenterology 2000; 119: 806-15.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">50. Berr F, Kullak-Ublick GA, Paumgartner G, Munzing W, Hyleman PB. 7 alpha-dehydroxylating bacteria enhance deoxycholic acid input and cholesterol saturation of bile in patients with gallstones.Gastroenterology 1996; 111: 1611-20.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">51. Brink MA, Slors FM, Keulemans YCA, Mok KS, Rudi de Waart D, Carey MC, et al. Enterohepatic cycling of bilirubin: A putative mechanism for pigment galsstone formation in ileal Crohn's disease. Gastroenterology 1999; 116: 1420-7.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">52. Neut C, Buliois P, Desreumaux P, Membre&eacute; J-M, Ledeman E, Gambiez L, et al. Changes in the bacterial flora of the neoterminal ileum after ileocolonic resection for Crohn's disease. Am J Gastroenterol 2002; 97: 939-46.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">53. Porticasa P, Di Ciaula A, Vendemiale G , Palmieri V, Moschetta A, van Berge-Henegouwen GP, et al. Gallbladder motility and colesterol crystallization in bile from patients with pigment and colesterol gallstones. Eur J Clin Invest 2000; 30: 317-24.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">54. Damiao AO, Sipahi AM, Vezozzo DP, Goncalves PL, Fukui P, Laudanna AA. Gallbladder Hypokinesia in Crohn's disease. Digesti&oacute;n 1997; 58: 458-6.</font></p>    ]]></body>
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<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">65. Wester AL, Vatn MH, Fausa O. Secondary amyloidosis in inflammatory bowel disease: A study of 18 patients admitted to Rikshospitalet University Hospital, Oslo, from 1962 to 1998. Inflamm Bowel Dis 2001; 7: 295-300.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">66. Janczewska I, Mejhert M, Hast R, Runarsson G, Sandstedt B. Primary AL-amyloidosis, ulcerative colitis and collagenous colitis in a 57-year old woman: A case study. Scand J Gastroenterol 2004; 39: 1306-9.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">67. Trivino A, S&aacute;nchez Lombrana JL, Linares A, P&eacute;rez R, Herrero Zapatero A, Rodrigo L. Colitis ulcerosa y amiloidosis. Presentaci&oacute;n de un caso y revisi&oacute;n de la literatura. Rev Esp Enferm Dig 1992; 82: 117-20.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">68. Greenstein AJ,Janowitz HD, Sachar DB. The extraintestinal complications of Crohn's disease and ulcerative colitis.A study of 700 patients. Medicine 1976; 55: 401-12.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">69. Cadahia V, Rodrigo L, Fuentes D, Riestra S, De Francisco R, Fern&aacute;ndez M. Celiac disease, ulcerative colitis, and primary sclerosing cholangitis in one patients: A family study. Rev Esp Enferm Dig 2005; 97: 907-13.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">70. Gillmore JD, Lovat LB, Hawkins PN. Amyloidosis and the liver. J Hepatol 1999; 30 (Supl. 1): 17-33.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">71. Pepys MB, Baltz ML. Acute phase proteins with special referente to C-reactive protein and related proteins (pentaxins) and serum amyloid protein. Adv Immunol 1983; 34: 141-212.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">72. Gertz MA, Kyle LA. Secondary systemic amyloidosis: Response and survival in 64 patients. Medicine 1991; 70: 246-56.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">73. Mandelstam P, Simmons DE, Mitchel B. Regression of amyloidosis in Crohn's disease after bowel resection: A 19 years follow-up. J Clin Gastroenterol 1989; 11: 324-6.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">74. Larvol L, Cervoni JP, Besnier M, Duponet L, Beaufils H, Clauvel JP, et al. Reversible nephrotic syndrome in Crohn's disease complicated with renal amyloidosis. J Clin Gastroenterol 1996; 22: 308-10.</font></p>    ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">75. Iwakiri R, Sakemi T, Fujimoto K. DMSO for renal disfunction caused by systemic amyloidosis complicating Crohn's disease. Gastroenterology 1999; 117: 1031-2.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">76. Gottenberg JE, Merle-Vincent F, Bentaberry F, Allanore Y, Berenbaum F, Fautrel B, et al. Anti-tumor necosis factor alpha therapy in fifteen patients with AA amyloidosis secondary to inflammatory arthritides: a followuo report of tolerability and efficacy. Erthritis Rheum 2003; 48: 2019-24.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">77. Verschueren P, Lensen F, Lerut E, Claes K, de Vos R, Van Damme B, et al. Benefit of anti-TNF&alpha; treatment for nephrotic syndrome in a patients with juvenile inflammatory bowel disease associated spondyloarthropathy complicated with amyloidosis and glomerulonephritis. Scand J Gastroenterol 2004; 39: 1306-9.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">78. Lee YM, Kaplan MM. Primary sclerosing cholangitis. N Engl J Med 1995; 332: 924-33.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">79. Helzberg JH, Petersen JM, Boyer JL. Improved survival with primary sclerosing cholangitis: A review of clinicopathologic features and comparison of symptomatic and asymptomatic patients. Gastroenterology 1987; 92: 1869-75.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">80. Veloso FT, Carvalho J, Magro F. Immune-related systemic manifestations of inflammatory bowel disease. A prospective study of 792 patients. J Clin Gastroenterol 1996; 23: 29-34.</font></p>    <p> <font face="Verdana" size="2">81. Loftus EV Jr, Sandborn WJ, Tremaine WJ, Mahoney DW, Zinsmeister AR, Oxford KP, et al. Risk of colorrectal neoplasia in patients with primary sclerosing cholangitis. Gastroenterology 1996; 110: 432-40.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">82. Angulo P, Maor-Kendler Y, Lindor KD. Small-duct primary sclerosing cholangitis: A long-term follow-up study. Hepatology 2002; 35: 1494-500.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">83. Rasmussen HH, Fallingborn JF, Mortensen PB, Vyberg M, Tage-Jensen U, Rasmussen SN, et al. Hepatobiliary dysfunction and primary sclerosing cholangitis in patients with Crohn's disease. Scand J Gastroenterol 1997; 32: 604-10.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">84. Vierling JM, Amankonah TD. Primary sclerosing cholangitis. En: Afdahl NH. Editor: Gallbladder and biliary tract diseases. New York Marcel Dekker Inc. 2000; 659-703.</font></p>    ]]></body>
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<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">105. Ponsioen CY, Defoer J, Ten Kate FJ, Weverling GJ, Tytgat GN, Pannekoek Y, et al. A survey of infectious agents as risk factors for primary sclerosing cholangitis: Are Chlamydia species involved? Eur J Gastroenterol Hepatol 2002; 14: 641-8.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">106. Minuk GY, Paul RW, Lee PWK. The prevalence of antibodies to reovirus type 3 in adults with idiopathic cholestatic liver disease. J Med Virol 1985; 16: 55-60.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">107. Finegold MJ, Carpenter RJ. Obliterative cholangitis due to cytomegalovirus: A possible precursor of paucity of intrahepatic bile ducts. Hum Pathol 1982: 13: 662-5.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">108. Cullen S, Chapman R. Aetiopathogenesis of primary sclerosisng cholangitis. Best Pract Res Clin Gastroenterol 2001; 15: 577-89.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">109. Bjornsson E, Cederborg A, Akvist, A, Simren M, Stotzer PO, Bjarnason I. Intestinal permeability and bacterial overgrowth of the small bowel in patients with PSC. Scand J Gastroenterol 2005; 40: 1090-4.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">110. Portincasa P, Vacca M, Moschetta A, Petruzzelli M, Palasciano G, van Erpecum KJ, et al. Primary sclerosing cholangitis: Updates in diagnosis and therapy. World Journal of Gastroenterolog 2005; 11: 7-16.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">111. O'Mahony CA, Vierling JM. Etiopathogenesis of primary sclerosing cholangitis. Semin Liver Dis 2006; 26: 3-21.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">112. Chapman RW, Varghese Z, Gaul R, Patel G, Kokinon N, Sherlock S. Association of primary sclerosing cholangitis with with HLA-B8. Gut 1983; 24: 38-41.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">113. Leidenius MH, Koskimies SA, Kellokumpu IH, Hockerstedt KA. HLA antigens in ulcerative colitis and primary sclerosing cholangitis. APMIS 1995; 103: 519-24.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">114. Olerup O, Olsson R, Hultcrantz R, Broome U. HLA-DR and HLA-DQ are not markers for rapad disease in primary sclerosing cholangitis. Gastroenterology 1995; 108: 870-8.</font></p>    ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">115. Boberg KM, Spurkland A, Rocca G, Egeland T, Saarine S, Mitchell S, Broome U, et al. The HLA-DR3,DQ2 heterozygous genotype is associated with an accelerated progresi&oacute;n of primary sclerosing cholangitis. Scand J Gastroenterol 2001; 36: 886-90.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">116. Norris S, Kondeatis E, Collins R, Satsungni J, Clare M, Chapman R, et al. Mapping MHC-encoded susceptibility and resistance in primary sclerosing cholangitis: the role of MICA polymorphism. Gastroenterology 2001; 120: 1475-82.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">117. Bauer S, Groh V, Wu J, Steinle A, Phillips JH, Lainer LL, et al. Activation of NK cells and T cells by NKG2D, a receptor for stress inducible MICA. Science 1999; 285: 727-9.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">118. Mitchell SA, Grove J, Spurkland A, Boberg KM, Fleming KA, Day CP, et al. Association of the tumour necrosis factor alpha -308 but not the interleukin 10 -627 promoter polymorphism with genetic susceptibility to primary sclerosing cholangitis. Gut 2001; 49: 288-94.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">119. Yang X, Cullen SN, Li JH, Chapman RW, Jewell DP. Susceptibility to primary sclerosing cholangitis is associated with polymorphisms to intercelular adhesi&oacute;n molecule-1. J Hepatol 2004; 40: 375-9.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">120. Eri R, Jonsson JR, Pandeya N, Purdie DM, Clouston AD, Martin N, et al. CCR5-delta32 mutation is strongly associated with primary sclerosisng cholangitis. Genes Immun 2004; 5: 444-50.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">121. Agarwal A, Hudson M, Harrison P, Straussbourg Ch, Manns MP, Donaldson PT. No association between primary sclerosing cholangitis and CTLA-4 gene polymorphismn: evidence against an autoimmune aetiology? Hepatology 2000; 32: 173A.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">122. Satsangi J, Chapman RW, Haldar N, Donaldson P, Mitchell S, Simmons J, et al. A functional polymorphism of the stromelysin gene (MMP-3) influences susceptibility to primary sclerosing cholangitis. Gastroenterology 2001; 121: 124-30.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">123. Bo X, Broome U, Remberger M, Sumitran-Holgersson S. Tumour necrosis factor alpha impairs function of liver derived T lymphocytes and natural killer cells in patients with primary sclerosing cholangitis. Gut 2001; 49: 131-41.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">124. Broome U, Grunewald J, Scheynius A, Olerup O, Hultcrantz R.. Preferential V beta3 usage by hepatic T lymphocytes in patients with primary sclerosing cholangitis. J Hepatol 1997; 26: 527-34.</font></p>    ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">125. Broome U, Glaumann H, Hultcrantz R, Forsum U. Distribution of HLA-DR, HLA-DP, HLA-DQ antigens in liver tissue from patients with primary scerosing cholangitis. Scand J Gastroenterol 1990; 25: 54-8.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">126. Cruickshank SM, Southgate J, Selby PJ, Trejdosiewicz LK. Inhibition of T cell activation by normal human biliary epithelial cells. J Hepatol 1999; 31: 1026-33.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">127. Aoki CA, Bowlus CL, Gershwin ME. The immunobiology of primary sclerosing cholangitis. Autoimmun Rev 2005; 4: 137-43.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">128. Grant AJ, Lalor PF, Salmi M, Jalkanen S, Adams DH. Homing of mucosal lymphocytes to the liver in the pathogenesis of hepatic complications of inflammatory bowel disease. Lancet 2002; 359: 150-7.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">129. Eksteen B, Miles AE, Grant AJ, Adams DH. Lymphocyte homing in the pathogenesis of extra-intestinal manifestations of inflammatory bowel disease. Clin Med 2004; 4: 173-80.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">130. Worthington J, Cullen S, Chapman R. Immunopatogenesis of primary sclerosing cholangitis. Clin Rev Allergy Immunol 2005; 28: 93-103.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">131. Bergquist A, Glaumann H, Lindberg B, Broom&eacute; U. Primary sclerosing cholangitis can present with acute liver failure: Report of two cases. J Hepatology 2006; 44: 1005-8.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">132. Fausa O, Schrumpf E, Eligjo K. Relationship of inflammatory bowel disease and primary sclerosing cholangitis. Semin Liver Dis 1991; 11: 31-9.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">133. Broome U, Lofberg R, Lundqvist K, Veress B. Subclinical time span of inflammatory bowel disease in patients with primary sclerosing cholangitis. Dis Colon Rectum 1995; 38: 1301-5.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">134. Papatheodoridis GV, Hamilton M, Mistry PK, Davidson B, Rolles K, Burroughs AK. Ulcerative colitis has an aggressive course after orthotopic liver transplantation for primary sclerosing cholangitis. Gut 1998; 43: 639-44.</font></p>    ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">135. Goudet P, Dozois RR, Nelly KA, Ilstrup DM, Phillips SF. Characteristics and evolution of extraintestinal manifestations associated with ulcerative colitis after proctocolectomy. Dig Surg 2001; 18: 51-5.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">136. Loftus EV, Harewood GC, Loftus CG, Tremaine WJ, Harmsen WS, Zinsmeister AR, et al. PSC-IBD: A unique form of inflammatory bowel disease associated with primary sclerosing cholangitis. Gut 2005; 54: 91-6.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">137. Lundqvist K, Broome U. Differences in colonic disease activity in patients with ulcerative colitis with and without primary sclerosing cholangitis: A case control study. Dis Colon Rectum 1997; 40: 451-7.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">138. Olsson R, Danielsson A, Jarnerot G, Lindstrom E, Loof L, Rolny P, et al. Prevalence of primary sclerosing cholangitis in patients with ulcerative colitis. Gastoenterology 1991; 100: 1319-239.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">139. Perdigoto R, Carpenter HA, Czaja AJ. Frequency and significance of chronic ulcerative colitis in severe corticosteroid-treated autoimmune hepatitis. J Hepatol 1992; 14: 325-31.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">140. Rabinovitz M, Gavaler JS, Schade RR, Dinzans VJ, Chien MC, van Thiel DH. Does primary sclerosing cholangitis occurring in association with inflammatory bowel disease differ from that occurring in the absence of inflammatory bowel disease? A study of sixty-six subjects. Hepatology 1990; 11: 7-11.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">141. Balasubramaniam K, Wiesner RH, LaRusso F. Primary sclerosing cholangitis with normal serum alkaline phosphatase activity. Gastroenterology 1988; 95: 1395-8.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">142. Terjung B, Worman HJ. Anti-neutrophil antibodies in primary sclerosing cholangitis. Best Pract Res 2001; 15: 629-42.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">143. Terjung B, Sprengler U, Sauerbruch T, Worman HJ. "Atypical p-ANCA" in IBD and hepatobiliary disorders react with a 50-kilodalton nuclear envelope protein of neutrophils and myeloid cell lines. Gastroenterology 2000; 119: 310-22.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">144. Angulo P, Peter JB, Gershwin ME, DeSotel CK, Shonfeld Y, Ahmed AE, et al. Serum autoantibodies in patients with primary sclerosing cholangitis. J Hepatol 2000; 32: 182-7.</font></p>    ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">145. Muratori P, Muratori L, Guidi M, Maccariello S, Pappas G, Ferrari L, et al. Anti-Saccharomyces cerevisiae antibodies (ASCA) and autoimmune liver diseases. Clin Exp Immunol 2003; 132: 473-6.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">146. Chapman RW, Arborgh BA, Rhodes JM, Summerfield JA, Dick R, Scheuer PJ, et al. Primary sclerosing cholangitis: Review of its clinical features, cholangiography, and hepatic histology. Gut 1980; 21: 870-7.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">147. MacCarty RL, LaRusso NF, Wiesner RH, Ludwig J. Primary sclerosing cholangitis: Findings on cholangiography and pancreatography. Radiology 1983; 149; 39-44.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">148. Textor HJ, Flacke S, Pauleit D, Keller E, Neubrand M, Terjung B, et al. Three-dimensional magnetic resonance cholangiopancreatography with respiratory triggering in the diagnosis of primary sclerosing cholangitis: Comparison with endoscopic retrograde cholangiography. Endoscopy 2002; 34: 984-90.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">149. Dusunceli E, Erden A, Erden I, Karayalcin S. Primary sclerosing cholangitis: MR cholangiopancreatography and T2- weighted MR imaging findings. Diagn Interv Radiol 2005; 11: 213-8.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">150. Bjornsson E, Chapman RW. Sclerosing cholangitis. Curr Opin Gastroenterol 2003; 19: 270-5</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">151. Ludwig J. Small-duct primary sclerosing cholangitis. Semin Liver Dis 1991; 11: 11-7.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">152. Broom&eacute; U, Olsson R, L&ouml;&ouml;f L, Bodemar G, Hultcrantz R, Danielsson A, et al. Natural history and prognostic factors in 305 Swedish patients with primaty sclerosing cholangitis. Gut 1996; 38: 610-5.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">153. Broom&eacute; U, Glaumann H, Hellers G, Nilsson B, S&ouml;rstad J, Hultcrantz R. Liver disease in ulcerative colitis: an epidemiological and follow up study in the country of Stockholm. Gut 1994; 35: 84-9.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">154. Schrumpf E, Fausa O, Kolmannskog E, Elijo K, Ritland S, Gjone E. Sclerosing cholangitis in ulcerative colitis. A follow-up study. Scand J Gastroenterol 1982; 17: 33-9.</font></p>    ]]></body>
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<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">175. Schrumpf E, Elgjo K, Fausa O, Gjone E, Kolmannskog F, Ritland S. Sclerosing cholangitis in ulcerative colitis. Scand J Gastroenterol 1980; 15: 689-97.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">176. Blackstone MO, Nemchausky BA. Cholangiographic abnormalities in ulcerative colitis associated pericholangitis which resemble sclerosing cholangitis. Amer Dig Dis 1978; 25: 579-85.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">177. Wee A, Ludwig J. Pericholangitis in chronic ulcerative colitis: Primary sclerosing cholangitis of the small ducts? Ann Inter. Med 1985; 102: 581-7.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">178. Kim WR, Ludwig J, Lindor KD. Variant form of cholestatic diseases involving small bile ducts in adults. Am J Gastroenterol 2000; 95: 1130-8.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">179. Scheuer PJ. Liver Biopsy Interpretation. Bailli&eacute;re Tindall. London. 1980: 219-21.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">180. Shepherd HA, Selby WS, Chapman RWG, Nolan D, Barbatis C, McGee JO, et al. Ulcerative colitis and persistent liver dysfunction. QJM 1983; 208: 503-13.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">181. Editorial: Liver disease in ulcerative colitis. Lancet 1970; 2: 402.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">182. Boberg KM, Fausa O, Haaland T, Holter E, Mellbye OJ, Spurkland A, et al. Features of autoimmune hepatitis in primary sclerosing cholangitis patients according to a scoring system for the diagnosis of autoimmune hepatitis.Hepatol 1996: 23: 1369-76.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">183. Kaya M, Angulo P, Lindor KD. Overlap of autoimmune hepatitis and primary sclerosisng cholangitis: An evaluation of a modified scoring system. J Hepatol 2000; 33: 537-42.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">184. Gheorghe L, Iacob S, Gheorghe C, Iacob R, Simionov I, Vadan R, et al. Frequencey and predictive factors for overlap syndrome between autoimmune hepatitis and primary cholestatic disease. Eur J Gastroenterol Hepatol 2004; 16: 585-92.</font></p>    ]]></body>
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<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">195. Rubin R. Sulfasalazine-induced fulminant hepatic failure and necrotizing pancreatitis. Am J Gastroenterol 1994; 89: 789-91.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">196. Stricker BHCh. Sulfasalazine. In: Stricker BH Ch. Ed. Drug-induced liver disease. 2<sup>nd</sup>. Ed. &Aacute;msterdam. Elsevier. 1992: 386-7.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">197. Dujovne CA, Chan CH, Zimmerman HJ. Sulfonamide hepatic injury. N Engl J Med 1967;277:785-8</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">198. Schoonjans R, Mast A, Van den Abeele G, Dewilde D, Achten E, van Maele V, et al. Sulfasalazine-associated encephalopathy in a patient with Crohn's disease. Am J Gastroenterol 1993; 88: 1759-63.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">199. Skaer TL. Medication-induced systemic lupus erythematosus. Clin Ther 1992; 14: 496-506.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">200. Laversuch CJ, Collins DA, Charles PJ, Bourke BE. Sulfasalazine-induced autoimmune abnormalities in patients with rheumatoid disease. Br J Rheumatol 1995; 34: 435-9.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">201. Gyssens IC, de Bock RF, Peetermans ME. Sulfasalazine allergy: fever, skin, rash, hepatitis and T-lymphocytes. Ned Tijdschr Geneeskd 1989; 133: 1608-10.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">202. Hautekeete ML, Bourgeois N, Potvin P, Duville L, Reymaert H, Devis G, et al. Hypersensitivity with hepatotoxicity to mesalazine after hypersensitivity tp sulfasalazine. Gastroenterology 1992; 103: 1925-7.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">203. Itoh S, Igarashi M, Tsukada Y, Ichinoe A. Non alcoholic fatty liver with alcoholic hyalin after long-term glucocorticoid therapy. Acta Hepato-Gastroenterol 1977; 24: 415-8.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">204. Jones JP, Engleman EP, Najarian JS. Systemic fat embolism after renal homotransplantation and treatment with corticosteroids. N Engl J Med 1965; 273: 1453.</font></p>    ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">205. Starzl TE, Marchioro TL, Porter KA, Taylor PD, Faris TD, J, et al. Factors determining short- and long-term survival after orthotopic liver homotransplantation in the dogs. Surgery 1965; 58: 131-55.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">206. Haboubi NY, Ali HH, Whitwell HL, Ackrill P. Role of endotelial cell injury in the spectrum of azathioprine-induced liver disease after renal transplant: light microscopy and ultrastructural observations. Am J Gastroenterol 1988; 83: 256-61.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">207. Sterneck M, Weisner R, Ascher N, Roberts J, Ferrell L, Ludwig J, et al. Azathioprine hepatotoxicity after liver transplantation. Hepatology 1991; 14: 806-10.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">208. Hankey GJ, Saker BM. Peliosis hepatis in a renal transplant recipient and in a haemodialysis patient. Med J Austral 1987; 146: 102-5.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">209. Daniel F, Cadranel JF, Seksik P, Cazier A, Duong van Huyen JP, Ziol M, et al. Azathiopine induced nodular regenerative hyperplasia in IBD patients. Gastroenterol Clin Biol 2005; 29: 600-3.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">210. Katzka DA, Saul SH, Jorkasky D, Sigal H, Reynolds JC, Soloway RD. Azathioprine and hepatic venoocclusive disease in renal transplant patients. Gastoenterol 1986; 90: 446-54.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">211. Adler M, Delhaye M, Deprez C, Hardy N, Gelin M, De Pauw L, et al. Hepatic vascular disease after kidney transplantation: Report of two cases and review of the literature. Nephrol Dial, Transplant 1987; 2: 183-8</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">212. Bastida G, Nos P, Aguas M, Beltr&aacute;n B, Rib&iacute;n A, Das&iacute; F, et al. Incidente, risk factors and clinical course of thiopurine-induced liver injury in patients with inflammatory bowel disease. Aliment Pharmacol Ther 2005; 22: 775-82.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">213. Lia&ntilde;o F, Moreno A, Matesanz R, Teruel JL, Redondo C, Garc&iacute;a-Mart&iacute;n F, et al. Veno-occlusive hepatic disease of the liver in renal transplantation: is azathioprine the cause? Nephron 1989; 51: 509-16.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">214. Reed AE, Wiesner RH, LaBrecque DR, Tifft JG, Mullen KD, Sheer RL, et al. Hepatic veno-occlusive disease associated with renal transplantation and azathioprine therapy. Ann Intern Med 1986; 104: 651-5.</font></p>    ]]></body>
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<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">225. Cheung TK, Florin TH. 6-thioguanine: A new old drug to procure remission of inflammatory bowel disease. Intern Med J 2003; 33: 44-6.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">226. Dubinsky MC, Hassard PV, Seidman EG, Kam LY, Abreu MT, Targan SR, et al. An open-label pilot study using thioguanine as a therapeutic alternative in Crohn's disease patients resistant to 6-mercaptopurine therapy. Inflamm Bowel Dis 2001; 7: 181-9.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">227. Herrlinger KR, Deibert P, Schwab M, Kreisler W, Fischer C, Fellermann K, et al. Remission maintenance by thioguanine in chronic active Crohn's disease. Aliment Pharmacol Ther 2003; 17: 1459-64.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">228. Dubinsky MC, Vasiliauskas EA, Singh H, Abreu MT, Papadakis KA, Tran T, et al. 6-Thioguanine can cause serious liver injury in inflammatory bowel disease patients. Gastroenterology 2003; 125: 198-303.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">229. Rulyak SJ, Saunders MD, Lee SD. Hepatotoxicity associated with 6-thiguanine therapy for Crohn's disease. J Clin Gastroenterol 2003; 36: 234-7.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">230. Geller SA, Dubinsky MC, Poordad FF, Vasiliauskas EA, Cohen AH, Abreu MT, et al. Early hepatic nodular hyperplasia and submicroscopic fibrosis associated with 6-thioguanine therapy in inflammatory bowel disease. Am J Sur Pathol 2004; 28: 1204-11.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">231. Gill RA, Onstad GR, Cardamone JM, Maneval DC, Sumner HW. Hepatic veno-occlusive disease caused by 6-thioguanine. Ann Intern Med 1982; 96: 58-60.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">232. Seiderer J, Zech CJ, Reinisch W, Lukas M, Diebold J, Wrba F, et al. A multicenter assessment of liver toxicity by MRI and biopsy in IBD patients on 6-thioguanine. J Hepatol 2005; 43: 303-9.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">233. de Boer NK, Mulder CJ, van Bodegraven AA. Nodular regenerative hyperplasia and thiopurines: The case for level-dependent toxicity. Liver Transpl 2005; 11: 1300-1.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">234. Gilissen LPL, Derijks LJJ, Driessen A, Bos LP, Hooymans PM, Stockbr&uuml;gger RW, et al. Toxicity of 6-thioguanine: no hepatotoxicity in a series of IBD patientstreated with long-term, low dose 6-thioguanine: Some evidence for dose or metabolite level dependent effects? Dig Liver Dis 2007; 39: 156-9.</font></p>    ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">235. de Boer NKH, Reinisch W, Teml A, van Bodegraven AA, M. Schwab, M. Lukas, et al. 6-Thioguanine Treatment in Infl ammatory Bowel Disease: A Critical Appraisal by a European 6-TG Working Party. Digestion 2006; 73: 25-31.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">236. Feagan BG, Fedorak RN, Irvine EJ, Wild G, Sutherland L, Steinhart AH, et al. A comparison of methotrexate with placebo for the maintenance of remision in Crohn's disease. N Engl J Med 2000; 342: 1627-32.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">237. Whiting-O'Keefe QE, Fye KH, Sack KD. Methotrexate and histologic hepatic abnormalities: A meta-analysis. Am J Med 1991; 90: 711-6.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">238. Kremer JM, Alarc&oacute;n GS, Lightfoot RW Jr,Willkens RF, Furst DE, Williams HJ, et al. Methotrexate for rheumatoid artritis. Suggested guidelines for monitoring liver toxicity. Arthritis Rhum 1994; 37: 316-28.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">239. Shergy WJ, Polisson RP, Caldwell DS, Rice JR, Pisetsky DS, Allen NB. Methotrexate-associated hepatotoxicity. Retrospective analysis of 210 patients with rheumatoid arthritis. Am J Med 1988; 85: 771-4.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">240. Zachariae H, Kragbelle K, Sogaard H. Methotrexatr induced liver cirrhosis. Studies including serial liver biopsias during continues treatment. Br J Dermatol 1980; 102: 407-12.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">241. Zachariae H, Sogaard H. Methotrexate-induced liver cirrhosis: a follow-up. Dermatologica 1987; 175: 178-82.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">242. Rau R, Karger T, Herborn G, Frenzel H. Liver biopsy findings in patients with rheumatoid artritis undergoing longterm treatment with methotrexate. J Rheumatol 1989; 16: 489-93.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">243. Nyford A. Methotrexate therapy of psoriasis. Danish Med. Bull 1980;27:74-96</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">244. Zachariae H , Islam HM, Bjerring P, Sogaard H, Zachariae E, Heickendorff L. Serum aminoterminal propeptide of type III collagen in psoriasis and psoriasis artritis: Relation to liver fibrosis and arthritis. J Am Acad Dermatol 1991; 25: 50-3.</font></p>    ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">245. Bryonskov J, Freund L, Rasmussen SN, Lauritsen K, de Muckadell OS, Williams N, et al. A placebo-controlled, double-blind, randomized trial of cyclosporin therapy in active chronic Crohn's disease. N Engl J Med 1989; 321: 845-50.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">246. D'Haens G, Lemmens L, Geboes K, Vandeputte L, Van Acker F, Mortelmans L. et al. Intravenous cyclosporin versus intravenous corticosteroids as single therapy for severe attacks of ulcerative colitis. Gastroenterology 2001; 120: 1323-9.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">247. Stone BG, Udani M, Sanghvi A, Warty V, Plocki K, Bedetti CD, et al. Cyclosporine A-induced colestasis: The mechanism in a rat model. Gastroenterology 1987; 93: 344-51.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">248. Mart&iacute;nez-Montiel MP, Mu&ntilde;oz Yag&uuml;e MT. Biologic therapies for chronic inflammatory bowel disease. Rev Esp Enferm Digest. 2006; 98: 265-91.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">249. Targan SR, Hanauer SB, van Deventer SJ, Mayer L, Present DH, Braakman T, et al. A short-term study of chimeric monoclonal antibody cA2 to tumor necrosis factor &alpha; for Crohn's disease. N Engl J Med 1997; 337: 1029-33.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">250. Hanauer SB, Feagan BG, Lichtenstein GR, Mayer LF, Schreiber S, Colombel JF, et al. Maintenance infliximab for Crohn's disease: the ACCENT I randomised trial. Lancet 2002; 359: 1541-9.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">251. Sands BE, Anderson FH, Bernstein CN, Chey WY, Feagan BG, Fedorak RN, et al. Infliximab maintenance therapy for fistulizing Crohn's disease. N Engl J Med 2004; 350: 876-85.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">252. Luna-Chadid M, P&eacute;rez-Calle JL, Mendoza JL, Vera MI, Bermejo AF, S&aacute;nchez F, et al. Predictors of response to infliximab in patients with fistulizing Crohn's disease. Rev Esp Enf Digest 2004; 96: 379-84.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">253. Su C, Salzberg BA, Lewis JD, Deren JJ, Kornblut A, Katzka DA, et al. Efficacy of anti-tumor necrosis factor therapy in patients with ulcerative colitis. Am J Gastroenterol 2002; 97: 2577-84.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">254. Probert CS, Hearing SD, Schreiber S, Kuhbacher T, Ghosh S, Forbes A. Infliximab in steroid resistent ulcerative colitis: a randomised controlled trial. Gastroenterology 2002; 122: A722.</font></p>    ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">255. Schaible TF. Long-term safety of infliximab. Can J Gastroenterol 2000; 14: 29C-32C.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">256. Ricart E, Panaccione R, Loftus EV, Tremaine WJ, Sandborn WJ. Infliximab for Crohn's disease in clinical practice at the Mayo Clinic: the first 100 patients. Am J Gastroenterol 2001; 96: 722-9.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">257. Esteve M, Saro C, Gonz&aacute;lez-Huix F, Su&aacute;rez F, Forne M, Viver JM. Chronic hepatitis B reactivation following infliximab therapy in Crohn's disease patients: Need for primary prophylaxis. Gut 2004; 53: 1363-5.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">258. Michel M, Duvoux C, Hezode C, Cherqui D. Fulminant hepatitis after infliximab in a patient with hepatitis B virus treated for an adult onset Still's disease. J Rheumatol 2003; 30: 1624-5.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">259. Ostuni P, Botsios C, Punzi L, Sfriso P, Todesco S. Hepatitis B reactivation in a chronic hepatitis B surface antigen carrier with rheumatoid arthritis treated with infliximab and low dose methotrexate. Ann Rheum Dis 2003; 62: 686-7.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">260. Millonig G, Kern M, Ludwiczek O, Nachbaur K, Vogel W. Subfulminant hepatitis B after infliximab in Crohn's disease: Need for HBV-screening? World J Gastroenterol 2006; 12: 974-6.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">261. Keane J, Gershon S, Wise RP, Mirabile-Levens E, Kasznica J, Schwieterman WD, et al. Tuberculosis associated with infliximab, a tumor necrosis factor alpha-neutraizing agent. N Engl J Med 2001;345:1098-104.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">262. Bratcher JM, Korelitz BI. Toxicity of infliximab in the course of treatment of Cronhn's disease. Expert Opin Drug Saf 2006; 5: 9-16.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">263. Oniankitan O, Duvoux C, Challine D, Mallat A, Chevalier X, Pawlotsky JM, et al. Infliximab therapy for rheumatic diseases in patients with chronic hepatitis B or C. J Rheumatol 2004; 31: 107-9.</font></p>    <p><font face="Verdana" size="2">264. Del Valle Garc&iacute;a-S&aacute;nchez M, Gomez-Camacho F, Poyato-Gonz&aacute;lez A, Iglesias-Flores EM, de Dios-Vega JF, Sancho-Zapatero R. Infliximab therapy in a patient with Crohn's disease and chronic hepatitis B virus infection. Inflamm Bowel Dis 2004; 10: 701-2.</font></p>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p>     <p>&nbsp;</p>     <p><a href="#top"><img border="0" src="/img/revistas/diges/v99n9/seta.gif" width="15" height="17"></a><a name="bajo"></a><font face="Verdana" size="2"><b>Dirección para correspondencia:</b>    <br> José A Solís Herruzo.    <br> Servicio de Gastroenterología y Hepatología.    <br> Hospital Universitario 12 de Octubre.    <br> Avda. de Córdoba, s/n.    <br> 28041 Madrid.    <br> e-mail: <a href="mailto:jsolis.hdoc@salud.madrid.org">jsolis.hdoc@salud.madrid.org</a></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Recibido: 14-08-07.    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> Aceptado: 20-08-07.</font></p>       ]]></body><back>
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<label>1</label><nlm-citation citation-type="">
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