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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Comprensión y tratamiento del juego patológico: aportaciones desde la Neurociencia del Aprendizaje]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[Onset and pathologization of gambling are attributable to the interaction between many individual and contextual factors. Among these, learning processes play a key role. The Neuroscience of Learning has provided evidence at the behavioral, cognitive, and neurobiological levels suggesting that (1) reward sensitivity and gamblers' vulnerability to the addictive effects of certain reinforcement schedules are linked to anomalies in the functioning of the mesolimbic reward system; (2) feedback-tracking networks implemented in the orbitofrontal cortex and connected structures are involved in decision making anomalies, hyposensitivity to losses, and learning inflexibility, as frequently reported in studies with pathological gamblers; and (3), as it happens in other addictive disorders, anomalies in dorsolateral and dorsomedial structures of cognitive control could be linked to poor planning of alternative behaviors and weakening of the ability to regulate impulses and motivational states, including craving. This evidence justifies a treatment framework based on the rehabilitation of altered functions. With that aim in mind, we propose the integration of customary cognitive-behavioral therapy (CBT) techniques for reduction of incentive salience, craving reduction and control, and improvement of planning and inhibition functions. In addition, behavioral economics' techniques are proposed to boost reward sources beyond monetary and gambling-related rewards, and implementation of simulated gambling to train the individual in rational win/loss accounting. The use of these techniques should be guided by an adequate characterization of patient's idiosyncratic vulnerabilities.]]></p></abstract>
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<kwd lng="es"><![CDATA[Juego patológico]]></kwd>
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</front><body><![CDATA[ <p><a name="top"></a></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana" size="4"><b>Comprensi&oacute;n y tratamiento del juego patol&oacute;gico: aportaciones desde la Neurociencia del Aprendizaje</b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="4"><b>Understanding and treating pathological gambling: Contributions from the Neuroscience of Learning</b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>Juan F. Navas y Jos&eacute; C. Perales</b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Universidad de Granada</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">En el caso del segundo autor la investigaci&oacute;n para juego patol&oacute;gico es financiada por un proyecto competitivo (referencia PSI2013-45055) del Programa Estatal de Fomento de la Investigaci&oacute;n Cient&iacute;fica y T&eacute;cnica de Excelencia (Ministerio de Econom&iacute;a y Competitividad).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2"><a href="#bajo">Direcci&oacute;n para correspondencia</a></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p>     <p>&nbsp;</p> <hr size="1">    <p><font face="Verdana" size="2"><b>RESUMEN</b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">En la g&eacute;nesis y el desarrollo del juego patol&oacute;gico entran en juego factores m&uacute;ltiples. No obstante, entre ellos se han considerado de especial importancia los procesos de aprendizaje. La evidencia acumulada desde la Neurociencia del Aprendizaje, que aborda su objeto de estudio desde tres niveles de an&aacute;lisis (conductual, cognitivo y neurobiol&oacute;gico), sugiere que (1) las alteraciones del sistema mesol&iacute;mbico de la recompensa est&aacute;n ligadas a la sensibilidad a la recompensa de los jugadores patol&oacute;gicos y su vulnerabilidad a los programas de reforzamiento del juego de azar, (2) las anomal&iacute;as de los sistemas orbitofrontales encargados de computar y contextualizar los beneficios y las p&eacute;rdidas de las propias decisiones est&aacute;n igualmente vinculados a la alteraci&oacute;n en la toma de decisiones, la hiposensibilidad al castigo y la rigidez en el aprendizaje identificadas en esta poblaci&oacute;n y (3), al igual que en otros trastornos adictivos, la alteraci&oacute;n de los sistemas prefrontales dorsolateral y dorsomedial de control cognitivo puede dar cuenta de la pobre planificaci&oacute;n de las conductas alternativas al juego y el debilitamiento de la capacidad para regular los impulsos, incluido el deseo intenso de jugar o <i>craving</i>. Esta evidencia justifica un abordaje terap&eacute;utico integral orientado a la rehabilitaci&oacute;n de las funciones alteradas. Para ello se plantea la utilizaci&oacute;n integrada de t&eacute;cnicas habituales propias de la terapia cognitivo-conductual para la reducci&oacute;n de saliencia de incentivo, reducci&oacute;n y control del <i>craving</i> y mejora de la capacidad de planificaci&oacute;n e inhibici&oacute;n. Asimismo, se propone el uso de t&eacute;cnicas de econom&iacute;a conductual para impulsar fuentes de reforzamiento m&aacute;s all&aacute; del juego y la simulaci&oacute;n controlada de episodios de juego para el aprendizaje de la contabilizaci&oacute;n adecuada de los beneficios y p&eacute;rdidas monetarios. El uso de estas t&eacute;cnicas en cada caso particular deber&iacute;a ir guiado por la correcta caracterizaci&oacute;n de las vulnerabilidades propias del paciente.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>Palabras clave:</b> Juego patol&oacute;gico. Tratamiento. Programas de reforzamiento. Sistema cerebral de recompensa. Corteza prefrontal. Control de impulsos. Adicci&oacute;n.</font></p> <hr size="1">    <p><font face="Verdana" size="2"><b>ABSTRACT</b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Onset and pathologization of gambling are attributable to the interaction between many individual and contextual factors. Among these, learning processes play a key role. The Neuroscience of Learning has provided evidence at the behavioral, cognitive, and neurobiological levels suggesting that (1) reward sensitivity and gamblers' vulnerability to the addictive effects of certain reinforcement schedules are linked to anomalies in the functioning of the mesolimbic reward system; (2) feedback-tracking networks implemented in the orbitofrontal cortex and connected structures are involved in decision making anomalies, hyposensitivity to losses, and learning inflexibility, as frequently reported in studies with pathological gamblers; and (3), as it happens in other addictive disorders, anomalies in dorsolateral and dorsomedial structures of cognitive control could be linked to poor planning of alternative behaviors and weakening of the ability to regulate impulses and motivational states, including craving. This evidence justifies a treatment framework based on the rehabilitation of altered functions. With that aim in mind, we propose the integration of customary cognitive-behavioral therapy (CBT) techniques for reduction of incentive salience, craving reduction and control, and improvement of planning and inhibition functions. In addition, behavioral economics' techniques are proposed to boost reward sources beyond monetary and gambling-related rewards, and implementation of simulated gambling to train the individual in rational win/loss accounting. The use of these techniques should be guided by an adequate characterization of patient's idiosyncratic vulnerabilities.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>Key words:</b> Pathological gambling. Treatment. Reinforcement schedules. Brain reward system. Prefrontal cortex. Impulse control. Addiction.</font></p> <hr size="1">     <p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana" size="2">Recientemente, el juego patol&oacute;gico ha sido trasladado de la categor&iacute;a de trastornos de control de impulsos a la de trastornos adictivos del Manual Diagn&oacute;stico y Estad&iacute;stico de Trastornos Mentales (DSM-5; American Psychiatric Association &#091;Asociaci&oacute;n Americana de Psiquiatr&iacute;a&#093;, 2013). En el origen de ese cambio est&aacute; la evidencia acumulada de similitudes conductuales, de la implicaci&oacute;n del sistema dopamin&eacute;rgico de la recompensa y de la eficacia de v&iacute;as de tratamiento comunes al juego y a las adicciones a sustancias (Leeman y Potenza, 2012; Petry, 2010). De hecho, algunos autores sugieren que el juego patol&oacute;gico puede considerarse como un modelo b&aacute;sico, a modo de 'plantilla', para los trastornos adictivos en general (Ross, Sharp, Vuchinich y Spurrett, 2008).</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">A&uacute;n teniendo en cuenta que toda adicci&oacute;n es un fen&oacute;meno complejo en el que influyen m&uacute;ltiples factores que interact&uacute;an entre ellos (Volkow y Li, 2005), existe un amplio consenso sobre la importancia de los procesos de aprendizaje en el origen, desarrollo y tratamiento del juego patol&oacute;gico (e.g., Blaszczynski y Nower, 2002). En este trabajo pretendemos mostrar que un modelo concebido desde la moderna Neurociencia del Aprendizaje, situado en un triple nivel de an&aacute;lisis conductual, cognitivo y neural, podr&iacute;a contribuir a un mejor abordaje preventivo y rehabilitador y en gran medida unificar las aproximaciones anteriores.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">As&iacute;, el primer objetivo de este trabajo es ofrecer una visi&oacute;n general de c&oacute;mo las alteraciones de los sistemas cerebrales que sustentan los procesos de aprendizaje pueden contribuir a la explicaci&oacute;n de algunas de las caracter&iacute;sticas identificadas en los jugadores patol&oacute;gicos. Por un lado, el funcionamiento an&oacute;malo del sistema mesol&iacute;mbico dopamin&eacute;rgico puede explicar la sensibilidad a la recompensa de los jugadores patol&oacute;gicos y su susceptibilidad a ser atrapado por los programas de reforzamiento del juego de azar. Por otro, la alteraci&oacute;n en la toma de decisiones, la hiposensibilidad al castigo y la rigidez en el aprendizaje pueden ser entendidas a la luz de las anomal&iacute;as identificadas en los sistemas orbitofrontales encargados de computar y contextualizar los beneficios y las p&eacute;rdidas de las propias decisiones. Por &uacute;ltimo, la pobre planificaci&oacute;n de las conductas alternativas al juego y el debilitamiento de la capacidad para regular los impulsos, incluido el deseo intenso de jugar o <i>craving</i>, denota la alteraci&oacute;n de los sistemas prefrontales dorsolateral y dorsomedial de control cognitivo.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">El segundo de los objetivos es ofrecer una posible aproximaci&oacute;n cl&iacute;nica al tratamiento del juego patol&oacute;gico fundamentada en los hallazgos emp&iacute;ricos desde este marco te&oacute;rico. Pretendemos demostrar que una correcta caracterizaci&oacute;n de los jugadores en los tres niveles de an&aacute;lisis antes mencionados puede ser de gran utilidad para orientar la intervenci&oacute;n de forma individualizada. El correcto diagn&oacute;stico del grado de alteraci&oacute;n de los procesos que aqu&iacute; analizamos deber&iacute;a permitir identificar en qu&eacute; elementos puede o no apoyarse la intervenci&oacute;n, de forma similar a como ya se est&aacute; haciendo con otros trastornos adictivos (Oslin, 2011).</font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>El estudio del juego desde la perspectiva de los programas de reforzamiento</b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>Antecedentes</b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Tener como punto de partida el estudio de los programas de reforzamiento nos sit&uacute;a hist&oacute;ricamente en el inicio de la investigaci&oacute;n cient&iacute;fica sistem&aacute;tica del juego de azar. Si bien es cierto que mucha de la investigaci&oacute;n desde la psicolog&iacute;a b&aacute;sica puede ser aplicada al conocimiento de los trastornos adictivos en general, nos tendr&iacute;amos que remontar a los trabajos de Skinner para encontrar el primer intento de explicaci&oacute;n del juego patol&oacute;gico.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Skinner defini&oacute; el juego de azar como un ejemplo paradigm&aacute;tico de conducta controlada por un programa de reforzamiento de raz&oacute;n variable (Habib y Dixon, 2010). En estos programas, el refuerzo se administra despu&eacute;s de un n&uacute;mero variable de respuestas. No obstante, investigaciones posteriores han determinado que es m&aacute;s probable que, en la mayor&iacute;a de los casos, el juego de azar est&eacute; bajo el control de un programa de raz&oacute;n aleatoria (Madden, Edwan y Lagorio, 2007). La diferencia fundamental con los programas de raz&oacute;n variable es que en los de raz&oacute;n aleatoria cada respuesta tiene la misma probabilidad de ser reforzada que en el ensayo anterior. Es decir, los ensayos son independientes entre s&iacute;. En los programas de raz&oacute;n variable, seg&uacute;n se suceden los ensayos, la probabilidad de recibir la recompensa en el ensayo siguiente aumenta. Si para que un animal reciba una bola de comida ha de manifestar la conducta operante entre 15 y 25 veces, si no ha recibido el premio en el ensayo 24 la probabilidad de recibirlo en el 25 es del cien por cien. En un programa de raz&oacute;n aleatoria, donde los ensayos no presentan dependencia serial, nunca se puede predecir el momento en el que se recibir&aacute; el refuerzo. Este es un hecho fundamental, como se expondr&aacute; m&aacute;s adelante, para entender el potencial adictivo del juego de azar.</font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>Efectos de los programas de reforzamiento de raz&oacute;n aleatoria</b></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2"><b>Efectos conductuales</b>. Los programas de reforzamiento de raz&oacute;n aleatoria son los m&aacute;s efectivos para instaurar una conducta que se caracterice por una alta tasa de respuesta y una gran resistencia a la extinci&oacute;n (Madden et al., 2007). Pero, ¿c&oacute;mo se produce esta forma de respuesta?</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">La Teor&iacute;a del Incentivo, formulada por Tolman, continuada y aplicada al campo de la motivaci&oacute;n en general por diferentes investigadores (para una revisi&oacute;n, Dickinson y Balleine, 2002), propone que el motivador b&aacute;sico de la conducta es la anticipaci&oacute;n de la recompensa. Por tanto, una conducta instrumental estar&iacute;a controlada por el valor de incentivo de dicha recompensa. O lo que es lo mismo, lo que gu&iacute;a a la conducta es la representaci&oacute;n cognitiva de la meta. Existe, sin embargo, evidencia m&aacute;s que convincente de que la pr&aacute;ctica masiva de la conducta operante puede convertir la conducta orientada a la meta (una respuesta asociada a la consecuencia: sistema R-C) en una conducta dirigida por los est&iacute;mulos contextuales (una respuesta asociada al est&iacute;mulo: sistema S-R; Balleine y Dickinson, 1998). Experimentalmente, las conductas dirigidas por la meta y las dirigidas por el est&iacute;mulo pueden disociarse porque las primeras son sensibles a la devaluaci&oacute;n del reforzador (esto es, se debilitan o desaparecen si el reforzador pierde poder apetitivo), mientras que las segundas se mantienen a pesar de la devaluaci&oacute;n del reforzador (Adams y Dickinson, 1981). Adem&aacute;s, lo que es m&aacute;s importante, este procedimiento permite demostrar que una conducta puede transitar de un tipo de sistema a otro.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Los modelos que explican la adicci&oacute;n como un proceso que convierte una conducta dirigida a una meta (jugar o consumir una sustancia por las consecuencias que &eacute;sta conlleva) en una conducta dirigida por el est&iacute;mulo (el h&aacute;bito compulsivo de jugar o consumir; Everitt y Robbins, 2005) son similares, aunque sutilmente diferentes, de los modelos basados en la saliencia de incentivo (Berridge, 2007; Goldstein y Volkow, 2002, 2011). En estos &uacute;ltimos, las claves contextuales en las que se obtiene el reforzador adquirir&iacute;an propiedades o saliencia de incentivo, esto es, no adquirir&iacute;an la capacidad para disparar la conducta adictiva de forma autom&aacute;tica, sino la capacidad para atraer hacia ellas mismas recursos atencionales y motores. Es decir, adquirir&iacute;an la capacidad para disparar el deseo intenso de realizar la conducta (<i>craving</i>), independientemente de sus consecuencias. Ser&iacute;a, por tanto, el <i>craving</i> la causa motivadora directa de la conducta adictiva.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">En cualquiera de los casos, la cesi&oacute;n del control de la conducta al est&iacute;mulo, ya sea a trav&eacute;s de la formaci&oacute;n de un h&aacute;bito o a trav&eacute;s de la acumulaci&oacute;n de saliencia de incentivo, sucede con mayor o menor n&uacute;mero de ensayos en funci&oacute;n del tipo de programa. No por casualidad, el programa de reforzamiento que m&aacute;s r&aacute;pidamente transfiere este control es el de raz&oacute;n aleatoria, esto es, el programa de reforzamiento que parece sustentar la conducta de juego (Madden et al. 2007).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>Efectos cognitivos</b>. Aparte de los efectos sobre la conducta observable, estos programas de reforzamiento tambi&eacute;n producen creencias err&oacute;neas sobre el funcionamiento del azar. Estas cogniciones han sido identificadas como un factor importante de mantenimiento del juego patol&oacute;gico (e.g., Toneatto, 1999)</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Directamente relacionadas con los programas de reforzamiento se encontrar&iacute;an la falacia del jugador y la ilusi&oacute;n de control. La primera de ellas hace referencia a la creencia de que una racha de resultados negativos es seguida por una de resultados positivos. As&iacute;, las perdidas continuas deben ser seguidas por una ganancia (Humphrey y Richard, 2013). Tal y como ha sido descrito en detalle por Rachlin (1990; ver tambi&eacute;n Roney y Sansone, 2014) los jugadores patol&oacute;gicos tienden a enmarcar los ensayos en series, cada una de las cuales termina en una apuesta ganadora. Esto conlleva que el jugador perciba, ilusoriamente, que la jugada ganadora se acerca conforme las p&eacute;rdidas se acumulan, esto es, que le queda poco por perder y mucho por ganar si contin&uacute;a jugando (a lo que se a&ntilde;ade el arrepentimiento anticipado por lo que podr&iacute;a haber ganado si en ese momento dejara de jugar; Faulkner y Deakin, 2014; Tochkov, 2012). El reforzador, cuando finalmente llega, refuerza esta percepci&oacute;n ilusoria de la serie de eventos. N&oacute;tese que en la naturaleza los programas de reforzamiento de raz&oacute;n aleatoria son pr&aacute;cticamente inexistentes. Al contrario que en el contexto artificial de juego, en un entorno natural de escasez e incertidumbre, persistir en la conducta exploratoria s&iacute; incrementa la probabilidad de acabar encontrando el reforzador y por tanto la falacia del jugador no ser&iacute;a tal falacia. El juego puede entenderse, por tanto, como un entorno que saca partido <i>sine die</i> de una tendencia que en t&eacute;rminos evolutivos ha resultado adaptativa.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Otro sesgo fundamental en el juego de azar es la ilusi&oacute;n de control, que hace referencia a la creencia sobre la capacidad de controlar el resultado de la apuesta. Este sesgo se puede desarrollar por una posible asociaci&oacute;n espuria entre alguna conducta y la ganancia econ&oacute;mica, por ejemplo llevar un objeto y obtener un premio en esa sesi&oacute;n de juego. Ese objeto puede convertirse en un amuleto que a ojos del jugador maximizar&iacute;a la probabilidad de obtener una ganancia y convertirse en un instrumento para controlar los resultados. La literatura sobre aprendizaje causal es bastante ilustrativa en este sentido: por un lado, muestra que los humanos tendemos a desarrollar creencias de predictibilidad y control con un n&uacute;mero normativamente insuficiente de ensayos y, por otro, evidencia que una vez que se desarrolla una creencia de causalidad, &eacute;sta hace que la evaluaci&oacute;n subjetiva de la siguiente evidencia sea susceptible de un sesgo confirmatorio (Mandel y Vartanian, 2009; Orgaz, Est&eacute;vez y Matute, 2013; Perales y Catena, 2006; Perales, Catena, Maldonado, Contreras y C&aacute;ndido, 2008). Esto concuerda con la comprobaci&oacute;n de que una experiencia temprana de ganancias en el juego de azar incrementa el riesgo de desarrollar un problema con &eacute;l (Turner, Zangeneh y Littman-Sharp, 2006).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">De nuevo, y no casualmente, la tecnolog&iacute;a del juego aprovecha la tendencia natural del ser humano a la ilusi&oacute;n de control y lo hace asegurando que la serie de apuestas contiene un n&uacute;mero alto de eventos <i>near-miss</i> ('perder por poco'; Clark, Lawrence, Astley-Jones y Gray, 2009). &Eacute;stos son ensayos de juego en los que, aparentemente, 'casi' se obtiene un premio, por ejemplo en una m&aacute;quina tragaperras obtener dos sietes o en una loter&iacute;a tener un n&uacute;mero igual al ganador salvo en una cifra. En un entorno natural, cuando se aprende una habilidad el <i>near-miss</i> se&ntilde;ala que un peque&ntilde;o cambio puede llevar a obtener la recompensa (Habib y Dixon, 2010). No obstante, en el juego de azar, en tanto que no se puede aprender a predecir, el <i>near-miss</i> genera la creencia falsa de que se est&aacute; cerca de obtener un premio. En apartados posteriores se abundar&aacute; en los correlatos biol&oacute;gicos de este efecto.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>Limitaciones de la hip&oacute;tesis del condicionamiento instrumental como factor explicativo del juego patol&oacute;gico</b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">A pesar del consenso entre autores de la implicaci&oacute;n de estos factores en el juego patol&oacute;gico, son varias las cr&iacute;ticas que se le puede hacer y que ponen en cuesti&oacute;n su potencial explicativo. En primer lugar, solo una proporci&oacute;n de las personas que practican el juego de azar y, por tanto, sometidas a programa de reforzamiento de riesgo, llegan a desarrollar una patolog&iacute;a (Blaszczynski y Nower, 2002). Los datos epidemiol&oacute;gicos apuntan a un porcentaje entorno al 7% de la poblaci&oacute;n mundial que realiza conductas de juego regularmente, mientras que s&oacute;lo un 0.4% ser&iacute;an jugadores patol&oacute;gicos (Jim&eacute;nez-Murcia, Fern&aacute;ndez-Aranda, Granero y Mench&oacute;n, 2013). Estas cifras coinciden grosso modo con las estimaciones que apuntan a que en torno a un 5-20% de las personas que toman contacto con un agente adictivo (e.g., drogas de abuso) se convierten en adictos a esas drogas (Nutt, 2012).</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">Si las condiciones ambientales -los programas de reforzamiento- son en principio iguales, ¿qu&eacute; hace a unas personas m&aacute;s vulnerables que otras a perder el control? Como veremos m&aacute;s adelante, ciertas caracter&iacute;sticas idiosincr&aacute;sicas, incluidos factores biol&oacute;gicos, pueden ser responsables, primero, de que una persona persista en el juego el tiempo necesario para desarrollar problemas de control sobre el mismo y, segundo, de que la transici&oacute;n del juego recreativo al patol&oacute;gico se haga de forma m&aacute;s r&aacute;pida.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">La segunda cr&iacute;tica se fundamenta en el hecho de que uno de los principios b&aacute;sicos de las teor&iacute;as del aprendizaje es que el reforzamiento de una conducta hace que aumente la probabilidad de que esta se repita en el futuro, mientras que castigarla o no reforzarla reducir&aacute; tal probabilidad hasta extinguirla. El juego de azar desaf&iacute;a este principio. Si se asume que se trabaja bajo un programa de raz&oacute;n aleatoria, la recompensa es el premio econ&oacute;mico. &Eacute;ste sucede en una proporci&oacute;n muy baja en comparaci&oacute;n con los castigos (las p&eacute;rdidas). Por tanto, ¿c&oacute;mo puede instaurarse una conducta que es m&aacute;s frecuentemente castigada que premiada? De nuevo la moderna teor&iacute;a del aprendizaje facilita una respuesta a trav&eacute;s de los estudios que han desarrollado recientemente la idea seminal de Konorski (1967) de que los sistemas motivacionales basados en la recompensa y el castigo son relativamente independientes. Por tanto, para responder a ambas cr&iacute;ticas recurriremos a algunos de los hallazgos emp&iacute;ricos que se han obtenido en los &uacute;ltimos 20 a&ntilde;os desde la Neurociencia del Aprendizaje. En los siguientes apartados se analizar&aacute; el juego patol&oacute;gico desde la interrelaci&oacute;n entre los niveles de an&aacute;lisis cerebral, conductual y cognitivo.</font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>Vulnerabilidad vinculada al sistema dopamin&eacute;rgico de recompensa</b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>Vinculaci&oacute;n entre la actividad dopamin&eacute;rgica, los programas de reforzamiento y la saliencia de incentivo</b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">De entre las grandes rutas dopamin&eacute;rgicas con origen en el mesenc&eacute;falo, la v&iacute;a mesol&iacute;mbica es la m&aacute;s vinculada a los mecanismos del reforzamiento. Esta v&iacute;a tiene su origen en el &aacute;rea tegmental ventral y se dirige hacia el estriado ventral (n&uacute;cleo accumbens), la am&iacute;gdala y el hipocampo. De entre estas estructuras, el n&uacute;cleo accumbens es, con diferencia, el que m&aacute;s intensamente se ha escudri&ntilde;ado y el que m&aacute;s estrechamente se ha vinculado a los efectos directos o indirectos de los agentes adictivos m&aacute;s conocidos (e.g., Di Chiara, 2002).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">De acuerdo con un buen n&uacute;mero de estudios (ver Schultz, 2007, para una revisi&oacute;n) el principal papel de la actividad f&aacute;sica dopamin&eacute;rgica mesencef&aacute;lica es se&ntilde;alar que ha ocurrido un reforzador de magnitud inesperada. Esta se&ntilde;al de error predictivo es fundamental en virtualmente todos los modelos de aprendizaje asociativo (Rescorla y Wagner, 1972; Sutton y Barto, 1998). De acuerdo con estos modelos, Schultz, Dayan y Montague (1997) demostraron que las neuronas dopamin&eacute;rgicas del &aacute;rea tegmental ventral y de la sustancia negra aumentan su actividad ante una recompensa que no es esperada. Adem&aacute;s, modifican su patr&oacute;n de actividad seg&uacute;n se aprende a predecirla: en primer lugar el incremento de la actividad dopamin&eacute;rgica se produce cuando se entrega una recompensa. Con la repetici&oacute;n de la conducta, que sigue siendo reforzada, los est&iacute;mulos contextuales comienzan a elicitar la respuesta dopamin&eacute;rgica y &eacute;sta deja de producirse ante la presentaci&oacute;n de la recompensa.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Curiosamente, la actividad dopamin&eacute;rgica tras el reforzador que se produce en la v&iacute;a mesol&iacute;mbica y, espec&iacute;ficamente, en el n&uacute;cleo accumbens, no parece necesaria para aprender una relaci&oacute;n respuesta-reforzador normal (Berridge, 2007). Lo que s&iacute; est&aacute; vinculado a esa actividad es la adquisici&oacute;n por las claves presentes de saliencia de incentivo. En otras palabras, la actividad dopamin&eacute;rgica mesol&iacute;mbica genera un estado que se asocia a las claves presentes y hacen que estas adquieran la capacidad para producir <i>craving</i> y, por tanto, para motivar la conducta adictiva. Puesto que esta actividad no est&aacute; necesariamente vinculada al placer subjetivo que produce el agente adictivo, este mecanismo puede explicar por qu&eacute; las adicciones se caracterizan por desear algo que ya no resulta placentero y por qu&eacute; la motivaci&oacute;n por el placer est&aacute; pr&aacute;cticamente ausente en ellas (Robinson y Berridge, 2008).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">En el juego de azar, el resultado de la apuesta permanece siempre impredecible (recu&eacute;rdese que el programa de reforzamiento al que est&aacute; sometido la ganancia en el juego hace que la predicci&oacute;n est&eacute; siempre sometida a un alto grado de incertidumbre). De esta manera, siempre va a haber un error en la predicci&oacute;n de la recompensa, con su consecuente aumento de actividad dopamin&eacute;rgica cuando esta ocurra. Ross et al. (2008) mantienen que el potencial de cualquier agente adictivo radica en su capacidad para producir directa o indirectamente esta se&ntilde;al de error en la predicci&oacute;n, esto es, en su capacidad para cortocircuitar el sistema para que interprete que se ha producido un reforzamiento mayor del esperado. En el juego, el reforzador, a pesar de no ser un agente qu&iacute;mico, tendr&iacute;a esa capacidad por la misma forma en que se administra.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>Alteraci&oacute;n de la sensibilidad a la recompensa en jugadores patol&oacute;gicos</b></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">Pero, ¿en qu&eacute; sentido puede este sistema estar alterado en los jugadores patol&oacute;gicos? De hecho, a los estudios que se&ntilde;alan un funcionamiento an&oacute;malo que genera una mayor disponibilidad basal de dopamina en jugadores, se contraponen estudios que apuntan en la direcci&oacute;n opuesta (Humphrey y Richard, 2013). La primera de las opciones se corresponde con el hecho ampliamente se&ntilde;alado de que los jugadores patol&oacute;gicos son hipersensibles a la recompensa e intolerantes a la demora de la gratificaci&oacute;n (Fortune y Goodie, 2010; Michalczuk, Bowden-Jones, Verdejo-Garcia, y Clark 2011). Una evidencia a favor de la teor&iacute;a del exceso de dopamina, proviene de los estudios realizados con pacientes con Parkinson tratados con f&aacute;rmacos precursores de dopamina, en los que se ha observado una mayor vulnerabilidad para desarrollar un problema con el juego despu&eacute;s de empezar el tratamiento, que desaparece cuando el tratamiento se interrumpe (Ambermoon, Carter, Hall, Dissanayaka y O'Sullivan 2011). Por tanto, un nivel aumentado de dopamina puede incrementar la probabilidad de desarrollar un problema con el juego. Adem&aacute;s, en esta misma l&iacute;nea, otros estudios han encontrado una mayor respuesta dopamin&eacute;rgica de los jugadores patol&oacute;gicos ante ganancias econ&oacute;micas en tareas de apuestas de laboratorio que la de controles sanos (e.g., Linnet, Peterson, Doudet, Gjedde y M&oslash;ller, 2010).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Sin embargo, por otro lado, la hip&oacute;tesis del d&eacute;ficit de dopamina est&aacute; apuntalada en parte en estudios gen&eacute;ticos. Algunos trabajos indican que los jugadores patol&oacute;gicos tienen una menor densidad de receptores dopamin&eacute;rgicos D2, lo que produce una menor usabilidad de la dopamina. Las personas con esta predisposici&oacute;n gen&eacute;tica tienen una mayor tendencia a realizar actividades y utilizar drogas que aumenten los niveles de este neurotransmisor (Humphrey y Richard, 2013). Otros estudios encuentran una actividad mesol&iacute;mbica menos pronunciada, medida con t&eacute;cnicas de neuroimagen, en jugadores patol&oacute;gicos en comparaci&oacute;n con controles sanos en tareas no relacionadas con el juego (Reuter et al., 2005).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Tomados en conjunto, ambos patrones de datos no son necesariamente contradictorios. Humphrey y Richard (2013) lo interpretan de la siguiente manera: la deficiencia en receptores dopamin&eacute;rgicos puede llevar a una reacci&oacute;n compensatoria incrementada a las recompensas inesperadas y normalmente intensas, asociadas con el juego, aumentado la probabilidad de que desarrollen un problema con el juego. Este incremento en el riesgo de caer en el juego patol&oacute;gico ir&iacute;a acompa&ntilde;ado de una disminuci&oacute;n de la sensibilidad a los reforzadores naturales, una tendencia que se ha encontrado repetidamente no s&oacute;lo para el juego patol&oacute;gico, sino para las adicciones en general (Goldstein y Volkow, 2011). Por otra parte, la hiperdisponibilidad de dopamina basal podr&iacute;a elevar el estado de excitabilidad de las estructuras responsables de movilizar el aprendizaje de incentivo y, por tanto, contribuir tambi&eacute;n a un incremento del riesgo de problemas con el juego que, con mucha probabilidad, no ir&iacute;a acompa&ntilde;ado de una hiposensibilidad al reforzamiento en otros &aacute;mbitos.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>Fuentes de recompensa en el juego vinculadas a la actividad dopamin&eacute;rgica</b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>La recompensa monetaria</b>. Para responder a la segunda de las cr&iacute;ticas, o la paradoja de una conducta instaurada a pesar de la falta de reforzamiento inicial y la persistencia del castigo, se deber&iacute;a analizar en primer lugar qu&eacute; refuerza la conducta de apostar.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">El reforzador m&aacute;s evidente en el juego de azar es la recompensa monetaria. Ser&iacute;a dif&iacute;cil discutir que una persona que juega no lo haga para ganar dinero. Las ganancias en general producen incremento de <i>arousal</i>, un sentimiento subjetivo de excitaci&oacute;n (Czerny, Koenig y Turner, 2008), felicidad y aumento de la autoestima y la capacidad de control (Turner et al., 2006). El principal agente adictivo en el juego de azar es el dinero, que administrado conforme a un programa artificial de determinadas caracter&iacute;sticas adquiere este potencial.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">No obstante, tal y como se ha adelantado en una secci&oacute;n anterior, una trampa de los juegos de azar para aumentar la frecuencia de la recompensa sin otorgar un premio econ&oacute;mico es dar resultados muy cercanos a dicho premio (ensayos <i>near-miss</i>). Dichos ensayos activan &aacute;reas mesencef&aacute;licas del sistema dopamin&eacute;rgico de la recompensa (Clark, et al., 2009). Por tanto, para el cerebro son reforzantes. Estos dos tipos de recompensa, quiz&aacute;s los principales, ocurren bajo un programa de reforzamiento aleatorio.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Aparte de estas fuentes de reforzamiento puede haber otros reforzadores complementarios que se administran seg&uacute;n otro tipo de programa y que podr&iacute;an contribuir tambi&eacute;n a instaurar y mantener la conducta, a pesar de la poca frecuencia del premio econ&oacute;mico. Por ejemplo, Dickerson (1979) se&ntilde;al&oacute; que jugadores asiduos de apuestas de caballos se comportaban de una manera similar a la conducta que genera un programa de intervalo variable, es decir, la tasa de respuesta (el n&uacute;mero de apuestas por unidad de tiempo) incrementaba cuando estaba pr&oacute;ximo el momento de cerrar la ventanilla de apuestas. Dickerson explica este efecto en tanto que los sentimientos de excitaci&oacute;n y la anticipaci&oacute;n de la recompensa monetaria durante la carrera estar&iacute;an reforzando la conducta seg&uacute;n este programa de intervalo variable. Por tanto, ambos tipos de programa se complementar&iacute;an y generar&iacute;an el patr&oacute;n de conducta desadaptativo propio del juego patol&oacute;gico.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">No obstante, Dickerson estudi&oacute; este efecto en un tipo peculiar de jugadores. Las apuestas en carreras de caballos tienen algunas caracter&iacute;sticas propias que las diferencian de otras formas de juego. Por ejemplo, hay mucho tiempo de separaci&oacute;n entre carreras si las comparamos con juegos de casino o m&aacute;quinas tragaperras, donde los ensayos se suceden r&aacute;pidamente. Si se acepta que los sentimientos de excitaci&oacute;n y anticipaci&oacute;n de la recompensa est&aacute;n presentes en cada apuesta, en estos juegos con mayor cadencia de ensayos podr&iacute;an estar actuando como reforzadores de manera continua. Un jugador de casino, igualmente, sentir&iacute;a excitaci&oacute;n mientras la bola da vueltas a la ruleta y &eacute;l anticipa la ganancia del premio. Es por eso que la incertidumbre del resultado de la apuesta (el momento en el que se espera en qu&eacute; n&uacute;mero va a caer la bola) puede ser reforzante en s&iacute; misma y estar reforzando la conducta de manera continua.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>La incertidumbre como motivadora</b>. La hip&oacute;tesis de que la incertidumbre puede ser recompensante independientemente del resultado se desprende de cierta evidencia proveniente de investigaci&oacute;n animal y humana. Fiorillo (2011) demostr&oacute;, en una tarea de elecci&oacute;n con primates no humanos, que los est&iacute;mulos asociados a la incertidumbre (est&iacute;mulos que no se pueden predecir) tienen un mayor valor subjetivo de recompensa a pesar de tener un valor esperado menor -menor magnitud de la recompensa y menor probabilidad de recibirla- que los est&iacute;mulos predecibles. Sin embargo, a diferencia de la descarga f&aacute;sica de dopamina que se produce tras un reforzador puntual inesperado, la incertidumbre del reforzador provoca una descarga dopamin&eacute;rgica de m&aacute;s larga duraci&oacute;n (t&oacute;nica) en el intervalo que media entre la respuesta y el reforzador (Fiorillo, 2011; Fiorillo, Tobler y Schultz, 2003; Schultz, 2007), esto es, antes de que la recompensa realmente aparezca o no. Esta descarga es tanto mayor cuanto menos predecible es la presencia o ausencia de la recompensa y su intensidad correlaciona interindividualmente con la propensi&oacute;n al riesgo en tareas econ&oacute;micas (Schultz, 2011).</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">Algunos autores han propuesto que esta se&ntilde;al est&aacute; de hecho relacionada con la incertidumbre psicol&oacute;gica y su posible valor reforzante. Hasta donde sabemos, no se ha estudiado la actividad dopamin&eacute;rgica t&oacute;nica asociada a la incertidumbre en humanos. Sin embargo, tres estudios recientes (Catena et al., 2012; Fuentemilla et al., 2013; Mor&iacute;s, Luque y Rodr&iacute;guez-Fornells, 2013) han encontrado en el mismo intervalo una se&ntilde;al cortical que tambi&eacute;n est&aacute; directamente vinculada a la incertidumbre del resultado. Por ejemplo, Catena et al. (2012) midieron la actividad electroencefalogr&aacute;fica que se produce en este intervalo. Para ello utilizaron una tarea de aprendizaje predictivo, en la que se manipulaba la contingencia con la que un est&iacute;mulo era capaz de predecir un resultado en una serie ensayos. Entre el est&iacute;mulo y el resultado, el participante deb&iacute;a realizar una predicci&oacute;n sobre si el resultado iba a aparecer o no, de tal manera que la aparici&oacute;n o no del resultado serv&iacute;a de <i>feedback</i> para la predicci&oacute;n. Se establecieron dos condiciones, una de alta incertidumbre, en la que no se pod&iacute;a predecir el resultado de forma consistente, y de incertidumbre media, en la que la predicci&oacute;n s&iacute; era posible.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Lo que se observ&oacute; fue que el potencial cortical que ocurre en este intervalo entre la predicci&oacute;n y la ocurrencia o no del resultado predicho, el<i> stimulus preceding negativity</i> (SPN), era mayor para la condici&oacute;n de alta incertidumbre. Este potencial adem&aacute;s ha sido asociado con el valor de recompensa del resultado (Fuentemilla et al., 2013), esto es, ocurre m&aacute;s d&eacute;bilmente si el resultado es motivacionalmente irrelevante. Adem&aacute;s, es sensible al aprendizaje: su amplitud/intensidad disminuye seg&uacute;n el resultado se torna predecible (Mor&iacute;s et al., 2013), es decir, el SPN es mayor cuanto menos se sabe sobre la aparici&oacute;n de la recompensa asociada al est&iacute;mulo, y va decreciendo conforme se aprende dicha relaci&oacute;n. Por &uacute;ltimo, al igual que ocurre con la se&ntilde;al dopamin&eacute;rgica f&aacute;sica observada en estudios con macacos, el SPN tambi&eacute;n correlaciona con la propensi&oacute;n individual al riesgo.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Las estructuras que generan este potencial en situaciones de incertidumbre son estructuras prefrontales (cingulado anterior, CCA, y c&oacute;rtex prefrontal dorsolateral, CPFDL). Sobre esta base, Catena et al. (2012) han argumentado que el SPN puede ser interpretado como la firma fisiol&oacute;gica del estado mental que se corresponde con el intento de predecir un resultado, intenci&oacute;n que activa zonas de control y monitorizaci&oacute;n (regiones del sistema mesocortical dopamin&eacute;rgico) y que sugieren adem&aacute;s la captaci&oacute;n de recursos atencionales. Su vinculaci&oacute;n a la propensi&oacute;n al riesgo y su m&aacute;s que probable dependencia de las proyecciones dopamin&eacute;rgicas mesocorticales sugieren que tal estado de incertidumbre podr&iacute;a tener valor reforzante.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">En definitiva, aunque la recompensa monetaria administrada bajo un programa de reforzamiento de raz&oacute;n aleatoria ejerce un efecto directo sobre el sistema responsable de la generaci&oacute;n de saliencia de incentivo (de forma similar a como lo hacen las drogas de abuso), existen otras fuentes de reforzamiento. En l&iacute;nea con lo anterior, el juego de azar podr&iacute;a estar sometido tambi&eacute;n a un programa de reforzamiento de raz&oacute;n fija igual a 1, en el que cada apuesta es reforzada incluso antes de saber si la recompensa monetaria se va a obtener o no. Este reforzamiento v&iacute;a incertidumbre puede, por un lado, mantener la respuesta el tiempo necesario para que la conducta se torne adictiva, a&ntilde;adir valor a la conducta de juego y, por tanto, dificultar el control de la misma, e incluso funcionar como <i>automedicaci&oacute;n</i> conductual. Este &uacute;ltimo mecanismo, el del reforzamiento negativo, se ha postulado como un factor de patologizaci&oacute;n y una complicaci&oacute;n importante en una parte de los jugadores patol&oacute;gicos, com&uacute;nmente categorizados como emocionalmente vulnerables (Blaszczynski y Nower, 2002; Czerny et al., 2008).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">No obstante, a pesar de que existan fuentes de reforzamiento identificables, es importante se&ntilde;alar que lo que m&aacute;s frecuentemente ocurre en el juego de azar es la p&eacute;rdida del dinero apostado. Por tanto, la pregunta que cabe hacerse es qu&eacute; ocurre con el procesamiento de las p&eacute;rdidas en jugadores patol&oacute;gicos. ¿Por qu&eacute; &eacute;stas no llegan a contrarrestar los efectos recompensantes del juego?</font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>Vulnerabilidad vinculada al c&oacute;rtex orbitofrontal lateral: el aprendizaje y contextualizaci&oacute;n de la historia de p&eacute;rdidas</b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">La habilidad para aprender qu&eacute; conductas llevan a obtener recompensas y cu&aacute;les llevan a castigos es crucial para adaptarse al ambiente. Por un lado, los jugadores patol&oacute;gicos son hipersensibles a la recompensa monetaria, bien porque sean hiposensibles a otros reforzadores naturales o bien por una hipersensibilidad basal alta. Pero, adem&aacute;s, en la literatura se ha se&ntilde;alado la posibilidad de que los jugadores sean hiposensibles al castigo (Leeman y Potenza, 2012).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Existe una gran volumen de evidencia de que los sistemas motivacionales regidos por la recompensa y el castigo son funcionalmente disociables (Cools, 2008; Gray, 1987; Konorski, 1967). Sin embargo, las decisiones deben estar bajo el control de ambos, lo que quiere decir que los dos sistemas deben interaccionar e influirse mutuamente. Paradigm&aacute;ticamente, los jugadores patol&oacute;gicos no son capaces de generar un modelo de ganancias y p&eacute;rdidas que sea adaptativo (Vanes et al., 2014).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Los sistemas de motivaci&oacute;n apetitiva y aversiva interact&uacute;an desde niveles mesencef&aacute;licos (Aldridge y Berridge, 2010). Sin embargo, las estructuras cerebrales que se encargan de su integraci&oacute;n son fundamentalmente el c&oacute;rtex orbitofrontal (COF), ventral y lateral, &aacute;reas en las que parece existir una cierta especializaci&oacute;n funcional para la representaci&oacute;n de las ganancias y las p&eacute;rdidas (O'Doherty, Kringelbach, Rolls, Hornak y Andrews, 2001). Este proceso de integraci&oacute;n es necesario para el c&oacute;mputo adecuado de los beneficios y perjuicios esperados de las decisiones, en funci&oacute;n del contexto y del tiempo. Dicho de otra manera, el COF se encargar&iacute;a de computar los valores de las opciones disponibles, dentro de un modelo que permita decisiones econ&oacute;micas flexibles a trav&eacute;s de situaciones din&aacute;micas (Padoa-Schioppa, 2011; Wilson, Takahashi, Schoenbaum y Niv, 2014)</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">La implicaci&oacute;n del COF, y particularmente del COF lateral, en la alteraci&oacute;n en el procesamiento de las p&eacute;rdidas en los jugadores patol&oacute;gicos se ha demostrado emp&iacute;ricamente. Por ejemplo, Torres et al. (2013) compararon la ejecuci&oacute;n en una tarea de aprendizaje de reversi&oacute;n probabil&iacute;stica de un grupo de jugadores patol&oacute;gicos, otro de adictos a la coca&iacute;na y otro de controles sanos. Esta tarea consta principalmente de dos fases. En la primera, el participante tiene que aprender cu&aacute;l de dos est&iacute;mulos es m&aacute;s frecuentemente reforzado. En la segunda, el patr&oacute;n de reforzamiento cambia y el est&iacute;mulo que era m&aacute;s reforzado en la primera pasa a ser m&aacute;s frecuentemente castigado. El participante tiene que aprender que ha habido un cambio en la forma de administrar el reforzamiento. Los datos conductuales de este estudio mostraron que los jugadores patol&oacute;gicos tardaban m&aacute;s en aprender (en la segunda fase) que el est&iacute;mulo era castigado con mayor frecuencia que el grupo de controles sanos. En esta misma l&iacute;nea, Vanes et al. (2014), utilizando una tarea muy similar pero a&ntilde;adiendo una fase de extinci&oacute;n de los est&iacute;mulos (una fase en la que el est&iacute;mulo reforzado deja de serlo en vez de ser castigado), encontraron que los jugadores patol&oacute;gicos tambi&eacute;n eran m&aacute;s lentos en aprender este cambio. Por tanto, los jugadores tienen una mayor inflexibilidad en el aprendizaje. Una vez han aprendido una relaci&oacute;n entre una conducta y una consecuencia, si se produce un cambio tienen mayor dificultad para reconfigurar tal relaci&oacute;n. Estos mismos resultados se han encontrado en jugadores asiduos sin diagn&oacute;stico de juego patol&oacute;gico pero que acumulan importantes cantidades de p&eacute;rdidas (Navas et al., 2014). Esta inflexibilidad y dificultad para aprender de las p&eacute;rdidas podr&iacute;a ser tomada como un factor de vulnerabilidad anterior al desarrollo de una conducta de juego cl&iacute;nicamente relevante.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Existen otros datos, provenientes de pruebas de autoinforme, que pueden ser entendidos en esta misma l&iacute;nea. Turner et al. (2006) encontraron, comparando a jugadores frecuentes con jugadores patol&oacute;gicos, que hab&iacute;a una mayor probabilidad de que los segundos informasen de haber experimentado una ganancia importante la primera vez que jugaron. Por tanto, parece ser que el aprendizaje sobre las ganancias es especialmente fuerte en jugadores patol&oacute;gico -en l&iacute;nea con los resultados de hipersensibilidad a la recompensa- y que el aprendizaje sobre las p&eacute;rdidas est&aacute; particularmente impedido.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Pero, ¿c&oacute;mo se puede explicar esta dificultad en el aprendizaje de las p&eacute;rdidas? En el estudio de Torres et al. (2013) se tom&oacute; el registro encefalogr&aacute;fico mientras se realizaba la tarea de aprendizaje. Este registro mostraba una alteraci&oacute;n del potencial cortical asociado al procesamiento del feedback negativo (<i>feedback-related negativity</i>, FRN) siendo significativamente menor en el grupo de jugadores que en el de controles. Este potencial es generado por resultados negativos inesperados y refleja la evaluaci&oacute;n dicot&oacute;mica de los resultados negativos frente a los positivos (Hajcak, Moser, Yeung y Simons, 2005). Las zonas cerebrales que se han identificado como las fuentes de esta se&ntilde;al est&aacute;n situadas en el COF lateral y zonas &iacute;ntimamente relacionadas. Estos resultados apuntan a que los jugadores est&aacute;n particularmente impedidos para ponderar adecuadamente el impacto del <i>feedback</i> negativo. Este hecho es interpretado por los autores como que los jugadores patol&oacute;gicos tienen una dificultad para aprender de su historia individual de p&eacute;rdidas.</font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>Vulnerabilidad vinculada al c&oacute;rtex prefrontal dorsolateral y c&iacute;ngulo anterior: planificaci&oacute;n de la conducta y control del <i>craving</i></b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">El cortex prefrontal dorsolateral (CPFDL) y el c&oacute;rtex cingulado anterior (CCA) forman parte del circuito atencional y de control cognitivo (MacDonald, Cohen, Stenger y Carter, 2000), por lo que participan en el control <i>top-down</i> de la conducta. Mientras que el CCA monitoriza la conducta y se&ntilde;ala cu&aacute;ndo existe un conflicto que implicar&iacute;a la realizaci&oacute;n de un ajuste, el prefrontal dorsolateral implementa el control (MacDonald et al., 2000). De esta manera, ambas estructuras funcionar&iacute;an como un evaluador central que permitir&iacute;a inhibir o no estados motivacionales (Chambers y Potenza, 2003). La alteraci&oacute;n de estas estructuras est&aacute; implicada en todo un abanico de comportamientos precipitados e impulsivos, incluida la adicci&oacute;n (Goldstein y Volkow, 2011). Es por esto que es necesario hacer alusi&oacute;n a estas estructuras para poder explicar la p&eacute;rdida de control de la conducta de juego. A pesar de la sensibilidad a las trampas del reforzamiento del juego de azar y de la dificultad en el aprendizaje de las p&eacute;rdidas, se puede hipotetizar que sin la alteraci&oacute;n de esas zonas de control ser&iacute;a menos probable la persistencia en una conducta desadaptativa que produce a la larga consecuencias negativas econ&oacute;micas, sociales y personales. Espec&iacute;ficamente, la alteraci&oacute;n de estas zonas en jugadores patol&oacute;gicos se ha asociado a una peor ejecuci&oacute;n en tareas de inhibici&oacute;n (Van Holst, Van Holstein, Van Den Brink, Veltman y Goudriaan, 2012) y se ha identificado como un predictor de reca&iacute;da (Goudriaan, Oosterlaan, De Beurs, y Van Den Brink, 2008).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Es importante, en este punto, hacer una aclaraci&oacute;n sobre los t&eacute;rminos inhibici&oacute;n e impulsividad. &Eacute;ste &uacute;ltimo ha sido asociado ampliamente al juego patol&oacute;gico (e.g., Goudriaan, Oosterlaan, de Beurs y Van den Brink, 2004; Leeman y Potenza, 2012; van Holst, van den Brink, Veltman y Goudriaan, 2010). Sin embargo, en Neurociencia Cognitiva la impulsividad se ha equiparado por muchos autores con la desinhibici&oacute;n (van Holst, et al., 2010). Esta funci&oacute;n permitir&iacute;a suprimir respuestas autom&aacute;ticas o dirigidas por estados motivacionales para que sean adecuadas para las demandas de la situaci&oacute;n (van Holst, et al., 2010). Entrar en el an&aacute;lisis de la diferencia entre ambas, de sus procesos psicol&oacute;gicos y bases cerebrales, exceder&iacute;a con mucho el objetivo del presente trabajo. La funci&oacute;n de inhibici&oacute;n, como se ha referido, se ha asociado espec&iacute;ficamente a las &aacute;reas cerebrales mencionadas, motivo por el cual nos hemos centrado en esta funci&oacute;n y no en el t&eacute;rmino m&aacute;s amplio de impulsividad.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Adem&aacute;s, la importancia de la inhibici&oacute;n tambi&eacute;n tiene que ver con que es fundamental para la puesta en marcha de conductas adaptativas, es decir, aquellas que llevan a obtener los mayores beneficios a medio y largo plazo. La intolerancia a la demora de la gratificaci&oacute;n es un fen&oacute;meno que se ha asociado a la adicci&oacute;n en general (MacKillop et al., 2011). En este sentido, la persona adicta, que a su vez es hipersensible a la recompensa de la sustancia o conducta, tendr&iacute;a reducida la capacidad para inhibir los impulsos motivacionales asociados al consumo, lo que le llevar&iacute;a a obtener recompensas de escasa magnitud pero inmediatas a expensas de recompensas mayores pero demoradas el tiempo. De hecho, en los &uacute;ltimos a&ntilde;os ha aparecido evidencia que demuestra que ejercer la inhibici&oacute;n en tareas, por ejemplo de supresi&oacute;n emocional, interfiere directamente con la capacidad para demorar la gratificaci&oacute;n en tareas de descuento (<i>delay discounting</i>; Muraven y Baumeister, 2000).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Sin embargo, el adecuado control de la conducta requiere de algo m&aacute;s que una versi&oacute;n m&aacute;s o menos cient&iacute;ficamente sofisticada de la fuerza de voluntad. Aunque esta capacidad se pueda entrenar (Martin y Pear, 2008), descartar la opci&oacute;n inmediatamente atractiva por otra m&aacute;s beneficiosa a largo plazo requiere anticiparse a los propios estados emocionales y motivacionales y actuar de forma planificada. La planificaci&oacute;n, esto es, el establecimiento de metas parciales para la conducta y el seguimiento de las mismas, es tambi&eacute;n un elemento importante que determina el grado de vulnerabilidad al juego y la eficacia de la terapia (Goudriaan et al., 2008).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">En definitiva, la vulnerabilidad de estas estructuras podr&iacute;a venir a cerrar un c&iacute;rculo que atrapa al jugador. Los est&iacute;mulos asociados al juego, que han adquirido saliencia de incentivo, producen <i>craving.</i> Si &eacute;ste, tal y como se ha se&ntilde;alado, puede ser la fuerza motivadora principal de la conducta adictiva y existe un funcionamiento alterado en las estructuras que controlan los estados motivacionales, es menos probable que se pueda inhibir la conducta de juego ante estas claves, por lo que los episodios de juego tender&aacute;n a repetirse y la probabilidad de reca&iacute;da ser&aacute; alta. Por otro lado, de cara al tratamiento es fundamental una adecuada capacidad de planificaci&oacute;n, en el sentido de poder programar el curso de acci&oacute;n que lleve a obtener los beneficios a largo plazo de dejar de jugar, resistiendo la gratificaci&oacute;n inmediata de los impulsos. De esta manera, la incapacidad para controlar el deseo de jugar, unida a los problemas para planificar conductas alternativas al juego, es clave tambi&eacute;n para entender, por un lado, la p&eacute;rdida de control sobre una conducta que para los jugadores patol&oacute;gicos resulta extremadamente recompensante y, por el otro, la persistencia en ella a pesar de las consecuencias negativas futuras.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>Implicaciones cl&iacute;nicas</b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">La identificaci&oacute;n de los marcadores neurocognitivos en la adicci&oacute;n tiene una doble aplicaci&oacute;n. Por un lado, ofrece una visi&oacute;n general de los procesos alterados que puede facilitar el tratamiento integral del trastorno. Por otro lado, en tanto representan diferencias individuales en vulnerabilidad, puede ayudar a la realizaci&oacute;n de intervenciones personalizadas (Oslin, 2011). Espec&iacute;ficamente, en juego patol&oacute;gico, la triple vulnerabilidad de los sistemas mencionados deber&iacute;a suponer un marco general de intervenci&oacute;n. Pero, adem&aacute;s, ser&iacute;a necesario identificar estos marcadores relevantes (el grado de afectaci&oacute;n de los sistemas) en un individuo para maximizar las posibilidades de &eacute;xito terap&eacute;utico, al dar respuesta a las particularidades del paciente.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">A fecha de hoy, la terapia de elecci&oacute;n del tratamiento del juego patol&oacute;gico basada en la evidencia es la terapia cognitivo-conductual (Grant y Odlaug, 2012). Dentro de este modelo de intervenci&oacute;n existen diferentes t&eacute;cnicas que presentan unas tasas de &eacute;xito de entre el 50 y 80 por ciento para un seguimiento a largo plazo (Echebur&uacute;a, Salaberr&iacute;a y Cruz-S&aacute;ez, 2014). En esta secci&oacute;n pretendemos hacer ver, por un lado, que algunas de ellas inciden directamente en estos sistemas y suponen un reentrenamiento de las funciones neurocognitivas alteradas y, por otro, que el modelo propuesto hace predicciones sobre el desarrollo de nuevas intervenciones terap&eacute;uticas que podr&iacute;an incrementar la eficacia de las ya existentes.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Como hemos comentado anteriormente, una de las funciones del sistema mesol&iacute;mbico de la recompensa es dotar a las claves ambientales de saliencia de incentivo, esto es, de capacidad para producir un estado motivacional de <i>craving</i>. En tanto que el <i>craving</i> es una respuesta condicionada, debe ser sensible a t&eacute;cnicas de exposici&oacute;n y contracondicionamiento, para lo cual deben utilizarse las mismas claves que lo generan en un contexto terap&eacute;utico y permitir su asociaci&oacute;n a respuestas que sean incompatibles con &eacute;l. Existen ensayos cl&iacute;nicos que apuntan a que una sola exposici&oacute;n a estas se&ntilde;ales reducen la severidad del trastorno a medio plazo (Tolchard, Thomas y Battersby, 2006). A pesar de que el uso de estas t&eacute;cnicas est&aacute; poco extendido en la pr&aacute;ctica cl&iacute;nica, existen protocolos detallados de intervenci&oacute;n, de los que se ha demostrado que incrementan significativamente la eficacia de la intervenci&oacute;n cognitivo-conductual tradicional (Blaszczynski y Nower, 2013).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">En relaci&oacute;n al mismo sistema, resulta dif&iacute;cil pensar en intervenciones que pudieran reducir de forma directa el poder recompensante del juego. Sin embargo, s&iacute; se puede intervenir sobre la hiposensibilidad a reforzadores naturales. Esta intervenci&oacute;n ayudar&iacute;a al paciente a no ver reducida dr&aacute;sticamente sus fuentes de recompensa una vez deje el juego. A tal efecto ir&iacute;an orientadas t&eacute;cnicas de econom&iacute;a conductual, utilizadas en el tratamiento de la depresi&oacute;n, que tienen por objetivo la identificaci&oacute;n, planificaci&oacute;n, realizaci&oacute;n y valoraci&oacute;n de actividades placenteras (e.g., Sevilla y Pastor, 1996).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">M&aacute;s all&aacute; del funcionamiento del sistema b&aacute;sico de recompensa, quiz&aacute; el elemento m&aacute;s caracter&iacute;stico (y espec&iacute;fico) del juego patol&oacute;gico sea la pobre integraci&oacute;n de ganancias y p&eacute;rdidas, su contextualizaci&oacute;n y proyecci&oacute;n hacia el futuro, caracter&iacute;sticas claramente reflejadas por la alteraciones del aprendizaje de inversi&oacute;n de contingencias y las anomal&iacute;as funcionales concomitantes detectadas en la corteza orbitofrontal lateral. En la actualidad, este elemento se trabaja &uacute;nicamente mediante psicoeducaci&oacute;n sobre las trampas del azar y reestructuraci&oacute;n de creencias irracionales (p. ej., la idea de que la apuesta ganadora se acerca conforme las apuestas y las p&eacute;rdidas se acumulan, lo que lleva a un fuerte sentimiento de arrepentimiento si se para de jugar en ese momento (Faulkner y Deakin, 2014). No obstante, no est&aacute; demostrado que el empleo de estas t&eacute;cnicas cognitivas aumente la eficacia de los tratamientos a largo plazo (Echebur&uacute;a, 2005). De forma totalmente especulativa, pero congruente con la investigaci&oacute;n aqu&iacute; presentada, nuestra postura es que la intervenci&oacute;n no deber&iacute;a restringirse a la informaci&oacute;n sino a la realizaci&oacute;n de ensayos de juego en un ambiente protegido (e.g., escenarios de realidad virtual) en el que se pueda ense&ntilde;ar a la persona a llevar una contabilidad adecuada del dinero invertido y perdido, aumentando con ello la conciencia de las consecuencias de sus decisiones y contrarrestando, de alguna manera, las miles de horas de pr&aacute;ctica con el juego que el paciente lleva a sus espaldas. Esto implica que si se quiere que estas intervenciones maximicen su eficacia, deber&iacute;an basarse en la exposici&oacute;n y el reaprendizaje directos. Existen de hecho datos preliminares que apuntan a los beneficios potenciales de estas t&eacute;cnicas de simulaci&oacute;n, al menos en la reducci&oacute;n de la urgencia por jugar y en la adquisici&oacute;n de perspectiva subjetiva de autocontrol (Giroux et al., 2013). La eficacia de la utilizaci&oacute;n de estas mismas t&eacute;cnicas, acompa&ntilde;ada del entrenamiento en la contabilizaci&oacute;n adecuada de ganancias y p&eacute;rdidas monetarias, es una posibilidad que requiere una investigaci&oacute;n en profundidad.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Por otro lado, falta por encajar dos t&eacute;cnicas de uso com&uacute;n y cuya eficacia est&aacute; demostrada (Echebur&uacute;a et al., 2014). Las t&eacute;cnicas de control del est&iacute;mulo y las de prevenci&oacute;n de reca&iacute;das dependen en gran medida de la capacidad del individuo para identificar aquellas situaciones o se&ntilde;ales, tanto internas (e.g., estados emocionales) como externas (e.g., lugares, personas), que disparan el <i>craving</i>, y organizar la propia conducta para minimizar la exposici&oacute;n a dichas claves. Existe evidencia de que funciones ejecutivas prefrontales como la memoria de trabajo por un lado son imprescindible para el establecimiento y seguimiento planificado de reglas y por otro cumplen un papel muy importante en el comportamiento autorregulatorio (Hofmann, Gschwendner, Friese, Wiers y Schmitt, 2008). La capacidad de establecimiento y seguimiento de objetivos debe entrenarse por tanto de forma espec&iacute;fica y en algunos casos debe estar sostenida por un sistema de instrucciones cuidadosamente dise&ntilde;ado e implementado por el terapeuta, el paciente y su entorno. Este 'andamiaje' es especialmente importante en personas en las que el diagn&oacute;stico indique una capacidad ejecutiva reducida, en tanto que este marcador es un buen indicador de seguimiento y &eacute;xito terap&eacute;utico en pr&aacute;cticamente todas las adicciones.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Por &uacute;ltimo, en relaci&oacute;n tambi&eacute;n al sistema prefrontal de planificaci&oacute;n y control, en los &uacute;ltimos a&ntilde;os ha surgido la posibilidad de entrenar espec&iacute;ficamente las capacidades de inhibici&oacute;n como complemento a las estrategias terap&eacute;uticas ya mencionadas. Por ejemplo, Houben, Nederkoom, Wiers y Jansen (2011) demostraron que inhibir de forma repetida respuestas prepotentes hacia claves relacionadas con el alcohol en el contexto de una tarea <i>Go/No-go</i> puede ser una estrategia efectiva e inmediata para reducir el consumo excesivo de alcohol. Resultados similares han sido reportados por Houben, Wiers y Jansen (2011) y por Houben y Wiers (2009). Aunque, hasta donde sabemos, esta forma de intervenci&oacute;n no haya sido testada en jugadores patol&oacute;gicos, existe una alta probabilidad de que los datos obtenidos con otras poblaciones de adictos sean extrapolables (Wiers, Gladwin, Hofmann y Salemink, 2013).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Por tanto, una intervenci&oacute;n integral deber&iacute;a ir orientada al reentrenamiento de las funciones de los tres sistemas cerebrales alterados en jugadores patol&oacute;gicos, dando un peso espec&iacute;fico a aquellas que sean especialmente importantes en el caso particular a tratar.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>Conclusiones</b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">La evidencia acumulada desde la Neurociencia del Aprendizaje sugiere que la vulnerabilidad asociada al funcionamiento del sistema dopamin&eacute;rgico mesol&iacute;mbico de la recompensa, del c&oacute;rtex prefrontal orbitofrontal y del c&oacute;rtex prefrontal dorsolateral/c&oacute;rtex cingulado anterior podr&iacute;a ayudar explicar por qu&eacute; solo una proporci&oacute;n de jugadores llegan a perder el control sobre la conducta y c&oacute;mo queda instaurada &eacute;sta a pesar de las p&eacute;rdidas continuas. Estas alteraciones se relacionar&iacute;an con algunas caracter&iacute;sticas identificadas emp&iacute;ricamente en jugadores patol&oacute;gicos, como la hiperreactividad a los efectos recompensantes del juego, la inflexibilidad al aprendizaje de cambios en la contingencia de reforzamiento, la incapacidad para generar un modelo adecuado de la historia de ganancias y p&eacute;rdidas y la dificultad para controlar estados motivacionales de deseo intenso por jugar y para planificar acciones alternativas que les lleve a obtener beneficios mayores a largo plazo. De esta manera, un modelo concebido en este triple nivel de an&aacute;lisis conductual, cognitivo y neural puede contribuir a un mejor abordaje preventivo y rehabilitador. As&iacute;, un abordaje integral unido a la correcta caracterizaci&oacute;n individual de las alteraciones de los sistemas mencionados puede maximizar la eficacia del tratamiento.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Asimismo, este modelo puede unificar aproximaciones te&oacute;ricas anteriores. Hasta la fecha, uno de los modelos explicativos de juego patol&oacute;gico que mayor consenso entre autores tiene es el propuesto por Blaszczynski y Nower, (2002). Estos autores plantean, desde una perspectiva biopsicosocial, la existencia de tres tipos de jugadores: conductualmente condicionados, emocionalmente vulnerables e impulsivos con caracter&iacute;sticas antisociales. Los primeros ser&iacute;an jugadores que son &uacute;nicamente v&iacute;ctimas de las trampas conductuales del juego de azar. Los segundos tendr&iacute;an una patolog&iacute;a prem&oacute;rbida y utilizar&iacute;an el juego para aliviar alteraciones afectivas. Los terceros tendr&iacute;an una historia de conductas de riesgo m&aacute;s all&aacute; del juego, incluyendo consumo de sustancias y conductas delictivas.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">La triple vulnerabilidad de los sistemas cerebrales propuesta en este trabajo puede ofrecer una explicaci&oacute;n, no s&oacute;lo a la base com&uacute;n entre los tres tipos de jugadores propuestos, sino tambi&eacute;n de sus diferencias. En el contexto de nuestro modelo, los tres subtipos no ser&iacute;an categor&iacute;as estancas, sino prototipos de jugadores en los que tienen m&aacute;s o menos peso algunos de los procesos propuestos. As&iacute;, los jugadores 'condicionados' ser&iacute;an aquellos en los que el aprendizaje de la saliencia de incentivo y la incapacidad para equilibrar los motivos apetitivos mediante una correcta valoraci&oacute;n y proyecci&oacute;n de las p&eacute;rdidas interact&uacute;an para hacer al jugador v&iacute;ctima de las trampas del azar. En los otros dos subtipos, adem&aacute;s de estos procesos de condicionamiento estar&iacute;an presentes otros factores que vienen a complicar el problema. En el caso de los jugadores con una psicopatol&oacute;gica afectiva prem&oacute;rbida, la hiposensibilidad del sistema mesol&iacute;mbico de recompensa a los reforzadores naturales podr&iacute;a ser especialmente importante. Adem&aacute;s, en este grupo las descargas dopamin&eacute;rgicas asociadas a la incertidumbre del resultado podr&iacute;an reforzar la conducta de manera continua mediante el alivio de estados afectivos aversivos. Por tanto, en estos jugadores ser&iacute;a de especial importancia el reforzamiento negativo. Por &uacute;ltimo, en el tercero de los grupos, en los que la impulsividad y los problemas de conducta van m&aacute;s all&aacute; del juego, podr&iacute;a jugar un papel m&aacute;s importante la alteraci&oacute;n de los sistemas de control, anterior al inicio de la conducta de juego, siendo, por tanto, personas especialmente incapaces de planificar su conducta y ejercer control sobre el <i>craving.</i> Es muy probable que las alteraciones de estos sistemas tengan su origen incluso en factores de incidencia temprana, durante la infancia y adolescencia (Perales et al., 2014).</font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>Extended Summary</b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">The neuroscience of learning lies in the intersection of behavioral economics, neuroeconomics, cognitive and behavioral neuroscience, and cognitive and behavioral psychology, and makes possible a multilayered account of a number of phenomena that have been linked, in one way or another, to gambling onset, escalation, and pathologization.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Skinner and Ferster's seminal works were the first to envision the particular relevance of reinforcement schedules to account for gambling behavior. Because of the neat presence of discrete operant behaviors and monetary rewards, and the transparency of the link between ones and the others, to characterize the objective features of reinforcement schedules that could make gambling become addictive seemed a straightforward endeavor. Subsequent refinements of Skinnerian proposals led to the identification of random ratio schedules as the ones that seem to be in operation in gambling scenarios. Moreover, this category of schedules not only proved to have identifiable behavioral effects, but also to bias individuals to develop some cognitive biases that are also prevalent in gamblers (e.g., illusion of control and predictability, the gambler's fallacy, or the hot-hand fallacy).</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">However, this exclusively cognitive-behavioral approach was due to be enriched by recent developments in behavioral and cognitive neuroscience. Of particular importance are the proposals linking the effect of reward to the functioning of the dopaminergic mesolimbic pathway and, particularly, the demonstration that the 'wanting' (incentive salience) properties of addictive agents are progressively generated by dopaminergic activity in this system. Dopamine discharges are artificially caused by chemical agents in the case of drug addictions, and naturally caused by unexpected rewards in the case of gambling. This finding opened the way to linking vulnerability to the addictive properties of gambling to certain aspects of this system.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">Vulnerability to pathological gambling is not exclusively linked to the mesolimbic reward system. This system is hierarchically related to, and regulated by, a prefrontal network containing two broad subsystems. The first one, with its key structure in the orbitofrontal cortex, is responsible for building a contextualized model of the personal history of reward and punishment, and for projecting that history into subjective utilities or affective markers to be used as basis for decision-making. On one hand, altered functioning of that subsystem has been linked to decision making anomalies, hyposensitivity to losses, and learning inflexibility, as specifically reported in studies with pathological gamblers. On the other hand, the second subsystem, implemented in the dorsolateral and cingulate prefrontal cortices, is responsible for planning and cognitive control, and its malfunctioning is linked to poor planning of alternative behaviors and weakening of the ability to regulate impulses and motivational states, including craving, across a range of additive disorders.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">The functions implemented in the mesolimbic system, the orbitofrontal cortex, and the dorsololateral and cingulate cortices serve as a framework to understand individual differences among pathological gamblers (and even the existence of clusters or subtypes of pathological gamblers), help to account for the effects of pharmacological manipulations on gambling, cast some light on the complex relation between gambling and affective disorders, and account at least for part of the comorbidity observed between gambling and other impulse control problems.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">This evidence justifies a treatment framework based on the rehabilitation of altered functions. With that aim in mind, we propose the integration of customary cognitive-behavioral therapy (CBT) techniques for reduction of incentive salience, craving reduction and control, and improvement of planning and inhibition functions. In addition, behavioral economics' techniques are proposed to boost reward sources beyond monetary and gambling-related rewards, and to implement simulated gambling to train the individual in rational win/loss accounting. The use of these techniques should be guided by an adequate characterization of patient's idiosyncratic vulnerabilities.</font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>Conflicto de intereses</b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Los autores de este artículo declaran que no  tienen ningún conflicto de intereses.</font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>Agradecimientos</b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">La investigaci&oacute;n en juego patol&oacute;gico realizada por los dos autores ha contado con el apoyo de los grupos de investigaci&oacute;n de Aprendizaje, Emoci&oacute;n y Decisi&oacute;n (AED) de la Universidad de Granada y de Neurociencia Traslacional en Adicciones (GRINTA), perteneciente a las Redes Tem&aacute;ticas para la Investigaci&oacute;n en Ciencias de la Salud (RETICS). Asimismo, en el caso del segundo autor la investigaci&oacute;n para juego patol&oacute;gico es financiada por un proyecto competitivo (referencia PSI2013-45055) del Programa Estatal de Fomento de la Investigaci&oacute;n Cient&iacute;fica y T&eacute;cnica de Excelencia (Ministerio de Econom&iacute;a y Competitividad).</font></p>     <p>&nbsp;</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2"><b>Referencias</b></font></p>     <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">1. Adams, C. D. y Dickinson, A. (1981). Instrumental responding following reinforcer devaluation. The Quarterly Journal of Experimental Psychology, 33, 109-121.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1511982&pid=S1130-5274201400030000300001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>    <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">2. Aldridge, J. W. y Berridge, K. C. (2010). Neural coding of pleasure: "Rose-tinted Glasses" of the Ventral Pallidum. En M. L. Kringelbach y K. C. Berridge, (Eds.), Pleasures of the Brain (pp. 62-73). New York: Oxford University Press.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1511984&pid=S1130-5274201400030000300002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>    <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">3. Ambermoon, P., Carter, A., Hall, W. D., Dissanayaka, N. N. y O'Sullivan, J. D. (2011). Impulse control disorders in patients with Parkinson's disease receiving dopamine replacement therapy: evidence and implications for the addictions field. Addiction, 106, 283-293.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1511986&pid=S1130-5274201400030000300003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>    <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">4. American Psychiatric Association. (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5<sup>th</sup> ed.). Arlington, VA: American Psychiatric Publishing.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1511988&pid=S1130-5274201400030000300004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>    <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">5. Balleine, B. W. y Dickinson, A. (1998). Goal-directed instrumental action: contingency and incentive learning and their cortical substrates. Neuropharmacology, 37, 407-419.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1511990&pid=S1130-5274201400030000300005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>    <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">6. Blaszczynski, A. y Nower, L. (2002). A pathways model of problem and pathological gambling. Addiction, 97, 487-499.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1511992&pid=S1130-5274201400030000300006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>    <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">7. Blaszczynski, A. y Nower, L. (2013). Cognitive-Behavioral Therapy: Translating Research into Clinical Practice. En D. Richard, A. Blaszczynski y L. Nower (Eds.), The Wiley-Blackwell Handbook of Disordered Gambling (pp 204-224). Somerset: John Wiley &amp; Sons.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1511994&pid=S1130-5274201400030000300007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>    <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">8. Berridge, K. C. (2007). The debate over dopamine's role in reward: the case for incentive salience. Psychopharmacology, 191, 391-431.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1511996&pid=S1130-5274201400030000300008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>    <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">9. Catena, A., Perales, J. C., Meg&iacute;as, A., C&aacute;ndido, A., Jara, E., y Maldonado, A. (2012). The brain network of expectancy and uncertainty processing. PloS one, 7(7), e40252.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1511998&pid=S1130-5274201400030000300009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>    <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">10. Chambers R. A. y Potenza M. N. (2003). 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Fiorillo, C. D. (2011). Transient activation of midbrain dopamine neurons by reward risk. Neuroscience, 197, 162-171.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1512020&pid=S1130-5274201400030000300020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>    <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">21. Fiorillo, C. D., Tobler, P. N. y Schultz, W. (2003). Discrete coding of reward probability and uncertainty by dopamine neurons. 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Goldstein, R. Z. y Volkow, N. D. (2002). Drug addiction and its underlying neurobiological basis: neuroimaging evidence for the involvement of the frontal cortex. American Journal of Psychiatry, 159, 1642-1652.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1512032&pid=S1130-5274201400030000300026&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>    <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">27. Goldstein, R. Z. y Volkow, N. D. (2011). Dysfunction of the prefrontal cortex in addiction: neuroimaging findings and clinical implications. 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Goudriaan, A., Oosterlaan, J., de Beurs, E. y van den Brink, W. (2008). The role of self-reported impulsivity and reward sensitivity versus neurocognitive measures of disinhibition and decision-making in the prediction of relapse in pathological gamblers. Psychological Medicine, 38, 41-50.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1512038&pid=S1130-5274201400030000300029&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p><span lang="EN-GB" style="font-size: 10.0pt; font-family: Verdana">30. Grant,  J. E., y Odlaug, B. L. (2012).Psychosocial Interventions for Gambling Disorders.  En Increasing the odds (pp. 38-51). 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Habib, R.</span><span style="font-size:11.0pt;font-family:Arial;color:blue"> </span><span style="font-size:10.0pt;font-family:Verdana">&nbsp;y Dixon, M. R.  (2010). </span> <span lang="EN-GB" style="font-size: 10.0pt; font-family: Verdana"> Neurobehavioral evidence for the &quot;near-miss&quot; effect in pathological gamblers.  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Torres, A., Catena, A., C&aacute;ndido, A., Maldonado, A., Meg&iacute;as, A. y Perales, J. C. (2013). Cocaine dependent individuals and gamblers present different associative learning anomalies in feedback-driven decision making: a behavioral and ERP study. Frontiers in Psychology, 4:122.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=1512130&pid=S1130-5274201400030000300075&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>    <!-- ref --><p><font face="Verdana" size="2">76. Turner, N. E., Zangeneh, M. y Littman-Sharp, N. (2006). The experience of gambling and its role in problem gambling. 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<body><![CDATA[<br>Universidad de Granada.    <br>18071 Granada, Espa&ntilde;a.    <br>E-mail: <a href="jfnavas@ugr.es">jfnavas@ugr.es</a></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Manuscrito recibido: 15/09/2014    <br>Revisi&oacute;n recibida: 30/09/2014    <br>Aceptado: 01/10/2014</font></p>      ]]></body><back>
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