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</front><body><![CDATA[ <p align="center">MISCELÁNEA</p> <hr>     <p align="center"><b><font size="4">LA MIRADA</font></b></p>     <p align="left"><b><font size=5>La huelga de hambre</font></b>    <br> Guadalajara (M&eacute;xico), mayo de 2002.    <br> 15x10 color, c&aacute;mara Nikon F60</p>     <p>MANUEL AMEZCUA    <br> Jefe de B. de Docencia e Investigaci&oacute;n, Hospital Universitario San Cecilio, Granada, Espa&ntilde;a</p>     <p align="center"><img src="/img/revistas/index/v13n44-45/73.jpg" width="618" height="408"></p>    <br>      <p>Pod&iacute;a parecer el interior de una tienda en placentera acampada, si  no fuera porque faltan mujeres y ni&ntilde;os y no hay m&aacute;s alimento que  un garraf&oacute;n de agua purificada. Se llaman Cirilo Virgen, Jos&eacute;  Luis P&eacute;rez y Alberto Pintor. Por sus largos bigotes pod&iacute;an pasar  por campesinos revolucionarios, pero en realidad son maestros en huelga de hambre.  No cultivan los agaves de los que rezuma el ardiente tequila, pero cuidan el  semillero de talentos que van a construir el M&eacute;xico del siglo XXI. Pertenecen  al Movimiento de Bases Magisteriales de Jalisco y son la avanzadilla de un par&oacute;n  que desde hace varias semanas viene desafiando al Secretario de Educaci&oacute;n  y al Gobernador del Estado con un paquete de demandas con las que pretenden  aliviar la secular indignidad laboral de los maestros: aumento salarial, m&aacute;s  d&iacute;as de aguinaldo, mayores prestaciones del Estado, m&aacute;s presupuesto  para la ense&ntilde;anza, m&aacute;s democracia...</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>El desvencijado campamento se encuentra instalado frente al palacio del Gobernador,  estorbando la vista del ostentoso templete que adorna la plaza de la Liberaci&oacute;n.  Lo encontraba a diario cuando iba a la plaza Tapat&iacute;a a coger el cami&oacute;n  que va a la Universidad, hasta que una tarde no pude aguantar m&aacute;s y me  decid&iacute; a conocer por vez primera a alguien que se pone en huelga de hambre.  Como era de esperar todo era distinto a como me lo imaginaba. Bajo el toldo  azul de la tienda campera, aquello parec&iacute;a m&aacute;s bien la oficina  de un destacamento revolucionario, donde hab&iacute;a que hacer cola para ser  recibidos por los huelguistas. Al entrar me avisaron que dispondr&iacute;a de  un m&aacute;ximo de tres minutos, pero cuando el cabecilla Cirilo supo que era  espa&ntilde;ol la cosa vari&oacute; y se entretuvo en contarme la lamentable  historia del magisterio mexicano y de sus desdichas, que no han remediado ni  las revoluciones ni los dictadores ni los dem&oacute;cratas ni nadie. La huelga  de hambre llega inevitablemente como un acto de desesperaci&oacute;n ante la  sordera de las instituciones. Ya van ocho d&iacute;as sin probar bocado, s&oacute;lo  agua y una cucharada de miel al d&iacute;a para balancear la glucosa, y a&uacute;n  han tenido que soportar los reproches de alg&uacute;n chilango que los ha tachado  de flojos. Cuando el maestro Pintor supo que yo era enfermero no dud&oacute;  en sacar de una caja llena de b&aacute;rtulos un tensi&oacute;metro digno de  un museo para que les tomase la tensi&oacute;n, con lo que me convert&iacute;  en el celador de su salud en las tardes sucesivas mientras dur&eacute; en Guadalajara.  La &uacute;ltima vez que tertuli&eacute; con ellos estaban m&aacute;s desesperanzados  que nunca porque las negociaciones se hab&iacute;an roto de nuevo. Casi no se  levantaban de la dura esterilla por reservar al m&aacute;ximo sus energ&iacute;as,  sus ojos enrojecidos y exentos de mirada, su semblante tan deca&iacute;do como  sus expectativas. Me pidieron que les tomase una foto para poder ense&ntilde;ar  a los espa&ntilde;oles su dura realidad. As&iacute; lo hago.</p>     <p>Pens&aacute;ndolo bien no deja de ser parad&oacute;jico que unos maestros se pongan en huelga de hambre. El hambre y el magisterio llevan siglos caminando de la mano.</p>       ]]></body>
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