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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Acompañar en el silencio: Unas horas con las víctimas del 11-M]]></article-title>
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<institution><![CDATA[,Universidad Autónoma Escuela Universitaria de Enfermería La Paz ]]></institution>
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</front><body><![CDATA[ <p align="center">MISCEL&Aacute;NEA</p> <hr>     <p align="center"><b><font size="4">DIARIO DE CAMPO</font></b></p> <table border="0" width="100%">   <tr>   <td width="50%" valign="top">     <p align="left">Frente a las imágenes desgarradoras que los    medios de comunicación transmiten siempre que se produce un atentado    terrorista, con sus escenas de muertos y heridos atrapados en el caos total,    también existen las historias particulares de quienes las han vivido en    primera persona. Conocerlas supone aceptar la diversidad de respuestas ante    el dolor y la desesperación, en este caso la de una enfermera que ha de    enfrentarse a un acontecimiento aparentemente irreal por lo excesivo. Su    relato nos deja una certeza: que el mejor remedio para el silencio doloroso    es el silencio de la compañía.</p>   </td> <td width="50%" valign="top">     <p align="left"><b>ACCOMPANING IN THE SILENCE: A FEW HOURS WITH THE VICTIMS OF 11-M</b>    <br> Once a terrorist attack takes place, media keep transmitting heart-rendering images full of dramatism,  deaths and wounded people trapped in chaos. However, there are other stories  of individuals that lived these experiences themselves. To get to know these  stories implies to accept the diversity of responses to hurt and dispair. In  this case a nurse has to face an event apparently irreal due to the overwelming  of the situation. Her story leaves us with a certitude: the best remedy for  painful silence is the silence of another person.</p> </td>   </tr> </table>     <p>&nbsp;</p>     <p align="center"><b><font size="6" face="Arial">Acompa&ntilde;ar en el silencio.</font></b>    <br> Unas horas con las víctimas del 11-M</p>     <p align="center"><font size="4">Manuela Medina Fern&aacute;ndez <sup>1</sup></font>    <br> Profesora en las Areas de Historia y Fundamentos del Cuidado y Enfermer&iacute;a    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> Comunitaria, Escuela Universitaria de Enfermer&iacute;a La Paz, Universidad Aut&oacute;noma    <br> de Madrid, Espa&ntilde;a </p>     <p align="center"> <table border="0" width="100%">   <tr>   <td width="25%" valign="top">   <img src="/img/revistas/index/v14n48-49/63.jpg" width="265" height="315" border="0" align="right"></td>   <td width="75%" valign="top">     <p align="left">Todo hab&iacute;a comenzado por la ma&ntilde;ana, muy temprano. Desconcierto, informaciones confusas, desmentidos... s&oacute;lo una cosa era cierta, se trataba de algo que sobrepasaba cualquier experiencia previa, un n&uacute;mero todav&iacute;a indeterminado de muertos, impresionante. Mi relato trata de reflejar tan s&oacute;lo unas horas de acompa&ntilde;amiento a las familias de las v&iacute;ctimas, durante la primera jornada tras el atentado terrorista del 11 de marzo de 2004 en Madrid.</p>     <p align="left">El d&iacute;a hab&iacute;a transcurrido con una par&aacute;lisis inusual, un bloqueo emocional que lo impregnaba todo. Por fin las tres de la tarde, acabada la jornada laboral vuelvo a casa con una necesidad especial de abrazar a mi familia. Es como si un golpe as&iacute; te ayudase a ser consciente del valor de lo cotidiano, del valor de los tuyos y del valor de que est&eacute;n. Por el camino suena mi m&oacute;vil. "Hay que ir a IFEMA, necesitan enfermeras, están llevando allí los cuerpos, antes de las 16:00 empezarán a llegar los familiares y van a necesitarnos".</p>     <p align="left">Cambio de dirección e intento de cambio de estado de ánimo, tenía  pocos minutos para tratar de calmar mi angustia, mi rabia, mi miedo, mi desconcierto, para ser capaz de poder acompañar. Acompañar, eso es lo que yo haría.</p>     <p align="left">A la entrada del pabell&oacute;n, compa&ntilde;eros de Protecci&oacute;n Civil trataban de coordinar a cientos de profesionales que vag&aacute;bamos como zombis en un espacio de contrastes en el que se mezclaban los&nbsp; últimos acordes de las interrumpidas fiestas de clausura de la feria,&nbsp; visitantes desorientados, uniformes identificativos de distintas profesiones. Rostros con expresiones muy marcadas, ojos abiertos, caras entre el desconcierto y la incredulidad, miradas perdidas.</p>   </td>   </tr> </table>      <p>En una cola esperando y observando. "¿Profesión?, enfermera. Bien, ponte esta  pegatina, sube arriba y pregunta por el coordinador y te dirá como os  organizáis". ¡Que sensación de irrealidad!, no parecía estar viviendo esto en  primera persona, el ritmo de las cosas era como el de los sueños.</p>     <p>Por fin llego a una sala todavía con poca gente, se trata de un espacio amplio, confortable y  cálido en el que habían dispuesto sillas, unas mesas al fondo con alimentos y  bebidas. En un lateral, una mesita pequeña en la que se manejaban listados  provisionales y donde debíamos llegar para que el coordinador nos asignara una  tarea. No había pasado mucho tiempo y aquella sala, que era sólo una de las  salas habilitadas, comenzó a llenarse de personas, los que llevábamos pegatinas  formábamos parte de la legión de profesionales, los <i>otros</i>, los que no la  llevaban y que habían empezado a llegar, no.</p>     <p>Durante la primera hora unos y otros fuimos conociéndonos, se nos asignaba  una familia a la que acompañar. Acompañar en un esperar desesperado, la mayor  parte de los familiares que estaban allí llevaban un largo día de terrible  búsqueda por los distintos hospitales de la ciudad, aquel pabellón era el último  reducto.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Las caras de los familiares iban adquiriendo rictus diferentes a lo largo del  tiempo, cada movimiento de un representante de los servicios sanitarios  provocaba un auténtico río humano que arrastraba en silencio miedo y amargura.  Sólo se podía oír el paso apresurado de los que seguían al portador de un papel...  ¡quizá fuese un listado nuevo de supervivientes! Otros en cambio no seguían el  papel porque podía ser el listado donde no querían encontrar el nombre de su  desaparecido.</p>     <p>Cuerpos caminando casi en círculo como autómatas, rostros desencajados,  descompuestos por el dolor. Si algo dominaba el ambiente, era un denso silencio,  sobrecogedor. El llanto era silencioso, el miedo era silencioso, la rabia aún no  estaba. "¿Puedo ayudarle en algo?, ¿quiere agua o un zumo?", preguntábamos de  vez en cuando. "No, gracias". Y después de nuevo el gran silencio.</p>     <p>Intercambiaban con nosotros miradas a los ojos como tratando de encontrar la  respuesta a algo que no podían comprender. En ocasiones trataban de describirte  rasgos, objetos que pertenecían a sus familiares desaparecidos, en un intento de  descubrir en nosotros algún gesto que les diese una pista del paradero. "Llevaba  una gargantilla en la que ponía su nombre, se la regaló mi hermano por su  cumpleaños". "Fíjese lo que es la vida, nunca iba en el tren, pero se había  cansado de llegar tarde al trabajo por los atascos, hoy era el segundo día que  lo cogía". "Habíamos discutido por una tontería y se fue sola en el tren, no  quiso venir conmigo en el coche".</p>     <p>Las paradojas, las casualidades conformaban un  dramático paisaje, oscuro paisaje que emergía a medida que pasaban las horas.  Historias de vidas normales, acercamientos dolorosos a la cotidianidad de  personas que tenían sus vidas rotas. Eso era lo único de lo que querían hablar,  sólo necesitaban ser escuchados, recuperar esos segundos de vida que les  devolvían a su familiar.</p>     <p>A última hora de la noche un compañero tuvo la amarga tarea de ir desgranando  los nombres de los desaparecidos, que en otro pabellón iban siendo identificados  por el grupo de forenses. Larga y lenta agonía de una noche entera. Un nombre  cantado en voz alta, un larguísimo silencio y después despacio, sin fuerza  apenas para contestar, un "yo".</p>     <p>Más silencio, sombras caminando despacio y hacia  un lado de la puerta un grupo familiar con el pánico y el llanto ahogándoles la  vida. Sin decir nada nos miraban como pidiendo auxilio o tratando de asegurarse  de si eran ellos realmente los que habían sido requeridos. Entonces, algunos se  abrazaban a quien había pronunciado el nombre, necesitaban un apoyo en el que  reposar aquella pesada y dolorosa carga. Apenas sonaba su llanto por fuera. El  llorar interno hacía daño, daño a ellos y daño a todos cuantos estábamos allí.  Desánimo y fatiga iban apoderándose del espacio y el tiempo compartido. A  primera hora de la madrugada aparecen los primeros síntomas físicos en las  familias, también las primeras expresiones de rabia por parte de los que aún no  tenían noticias.</p>     <p>Entre nosotros, los profesionales, miradas de impotencia profesional ante  aquel silencio y aquella contención. Sabíamos que era una respuesta, la uniforme  respuesta de cientos de personas demolidas por el dolor y la angustia.</p>     <p>Pude  comprenderlo mejor al día siguiente, de nuevo en mi trabajo, con una sensación  de vacío y de presión en el pecho que no me dejaba hablar.</p>     <p>La normalidad debía  seguir, me costaba tanto vencer esa sensación de irrealidad, de impotencia.  ¿Cómo estarían hoy las familias?. Resonaban en mi cabeza las durísimas historias  de aquellas lentas, largas y terribles horas.</p>     <p>Recordaba cada mirada perdida, cada conversación, cada llamada de teléfono  con sus mentiras piadosas a quienes esperaban en casa. Recordaba también la  generosidad de cientos de personas que acudían desde sus casas con bocadillos,  mantas, kleenex, abrazos... acompañando y dando cariño, escuchando a los que para  mantener la vida de los familiares desaparecidos nos contaban sus intimidades.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Triste, inmensurablemente triste.</p>     <p>Yo tampoco podía llorar, sólo quería estar con mis compañeras de la noche  anterior y que no fuese preciso decir nada. Si quería hablar, era para hablar de  ellos, era un cierto desahogo. Sólo sentía frío, un infinito frío interior que  me llevaba al silencio. Quería que se me respetara ese silencio.</p>     <p>Quizá ellos, también nos pidieron con su silencio ese respeto, sólo había que acompañarlos.</p> <hr size="1" align="left" width="30%">     <p><font size="2">1. Dirección para correspondencia: Avda. Valdelaparra 82. Portal 1 - 2º D. Alcobendas, Madrid , España - <a href="mailto:manualamedi@inicia.es">manualamedi@inicia.es</a>    <br> Manuscrito aceptado el 26.12.2004</font></p>       ]]></body>
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