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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Enfermedad y cuidados en la obra de Isidoro de Sevilla: Siglo VII]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[ <p align="center">MISCELÁNEA</p> <hr>     <p align="center"><font size="4"><b>ARCHIVO</b></font></p> <table border="0" width="100%">   <tr>     <td width="24%">           <p align="center"></td>     <td width="1%"></td>     <td width="75%">     <p><b><font size=5>Enfermedad y cuidados en la obra de Isidoro de Sevilla.&nbsp;    <br> </font></b><font size="4"> Siglo VII</font></p>     <p><font size="4">Inmaculada Garc&iacute;a Garc&iacute;a,<sup>1</sup>  Maria del Carmen Ramos Cobos,<sup>1</sup> Enrique Gozalbes  Cravioto<sup>2</sup></font></p>           <p>&nbsp;</p>           <p>&nbsp;</td>   </tr>   <tr>     <td width="24%" valign="top">     <p align="right"><font size="2"><sup>1</sup>Universidad de Granada, Espa&ntilde;a</font> </p>     <p align="right"><font size="2"><sup>2</sup>Universidad de Castilla-La  Mancha, Espa&ntilde;a</font></p>           ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="right"><font size="2">CORRESPONDENCIA: Inmaculada García       García, <a href="mailto:teresa.miralles@uah.es">igarcia@ugr.es</a></font></p>           <p align="right">&nbsp;<font size="2">Manuscrito recibido el 27. 09. 2005    <br>           <br>       Manuscrito aceptado el 7.11.2005</font></p>           <p align="right"><font size="2">Index Enferm (Gran) 2005;51:70-73</font></td>     <td width="1%" valign="top"></td>     <td width="75%" valign="top">           <p><b>Resumen</b> Abstract</p>     <p>En el presente trabajo se estudian diversos datos sobre la enfermedad y sus  cuidados que aparecen reflejados en dos obras de Isidoro de Sevilla: su Regula  Monachorum y las Etimolog&iacute;as. El an&aacute;lisis de estos datos ofrece  un panorama acerca de los conocimientos sobre la enfermedad y su tratamiento,  procedentes de la antig&uuml;edad cl&aacute;sica, as&iacute; como muestra la  preocupaci&oacute;n por los cuidados de la salud en la vida mon&aacute;stica  que tanta importancia estaba alcanzando en la Hispania del siglo VII.</p>     <p>DISEASE AND TAKEN CARE OF IN THE WORK OF ESIDORUS HISPALENSIS</p>     <p>In the present work are studied various data on the disease and their cares  that appear reflected in two works of Isidoro Hispalensis: The Regula Monacharum  and the Etymologias. The analysis of these data offers a panorama about the  knowledge of the disease and their treatment, originating from the classic antiquity,  as well as shows the preoccupation by the cares of the health in the monastic  life that so much importance was reaching in Hispania of the century VII. </p>     </td>   </tr> </table>     <p>&nbsp;</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><b>Introducci&oacute;n</b></p>     <p>Isidoro fue obispo de Hispalis, la actual Sevilla, desde el a&ntilde;o 599  hasta el 636, fecha &eacute;sta &uacute;ltima de su fallecimiento. Ilustre escritor  de materias religiosas, a su muerte dej&oacute; una extensa producci&oacute;n  literaria que lo convirti&oacute; en el autor m&aacute;s influyente del Medioevo  cristiano europeo, como muestra la profusi&oacute;n de las copias manuscritas  de algunas de estas obras. Entre ellas destac&oacute; de forma muy especial  la monumental <i>Originum sive Etimologiarum libri XX</i>, que es conocida generalmente  como las <i>Etimolog&iacute;as.</i> En esta magna enciclopedia el sabio obispo hispalense  condens&oacute; una parte sustancial del saber de la antig&uuml;edad, tal y  como pod&iacute;a ser conocido por un erudito de la Hispania visigoda.<sup><font size="1">1</font></sup>  </p>     <p>Mucho menos conocidas son las motivaciones y la propia estructura de los  20 libros de las Etimolog&iacute;as. En lo que respecta a su estructura, Isidoro  part&iacute;a inicialmente de las disciplinas cl&aacute;sicas del aprendizaje,  del <i>Trivium</i> y del <i>Quadrivium,</i> que recog&iacute;a materias tales como la gram&aacute;tica,  la aritm&eacute;tica o la astronom&iacute;a. Despu&eacute;s se extend&iacute;a  sobre los conocimientos, en otros muchos libros, en distintas disciplinas, entre  ellas la medicina, y otros aspectos diversos tales como la historia, la religi&oacute;n,  la geograf&iacute;a o las ciencias naturales. De hecho, el propio Isidoro dej&oacute;  el conjunto de la obra sin una estructura final, que tal y como la conocemos  desde la Edad Media, en su divisi&oacute;n en libros, es obra de Braulio, alumno  suyo y obispo de Caesaraugusta (actual Zaragoza).<sup><font size="1">2</font></sup></p>     <p>En lo que se refiere a las motivaciones de una empresa literaria tan extensa,  algo que llama la atenci&oacute;n es la constante preocupaci&oacute;n por la  etimolog&iacute;a de las palabras, un fen&oacute;meno que se refleja en el propio  t&iacute;tulo del compendio. No es meramente una atenci&oacute;n especial, es  que la etimolog&iacute;a de las palabras constituye la preocupaci&oacute;n principal  del obispo. As&iacute; pues, lo que para nosotros es una magna enciclopedia  de conocimientos, tal y como aparece reflejado en la bibliograf&iacute;a general,  es propiamente un estudio de la etimolog&iacute;a de las palabras. El objetivo  de esta obra era realmente permitir un acercamiento a Dios, a trav&eacute;s  de una aproximaci&oacute;n al origen de los nombres, en una conexi&oacute;n  con la creaci&oacute;n divina y los nombres primigenios.</p>     <p>La enfermedad y la curaci&oacute;n de la misma ocupan una posici&oacute;n  muy importante en los escritos de Isidoro de Sevilla. Debemos tener en cuenta  que el desarrollo del cristianismo hab&iacute;a centrado en el cuidado y atenci&oacute;n  de los enfermos un aspecto importante de la tarea piadosa de los buenos cristianos,  que deb&iacute;an manifestar una continuidad respecto a las actividades sanadoras  del propio Cristo. Los aspectos de curaci&oacute;n de la enfermedad, tanto del  alma como del cuerpo, van a merecer su atenci&oacute;n.<sup><font size="1">3</font></sup>  El influjo intelectual de Isidoro es el que explica adem&aacute;s, por la difusi&oacute;n  de los manuscritos de las Etimolog&iacute;as, que su libro IV divulgara los  rudimentos de la medicina cl&aacute;sica en &eacute;poca medieval (De Pinedo,  1935; Zaragoza, 1968). La fuente principal que utiliz&oacute; para documentarse  fue, sin duda, el<i> De medicina</i> de Aulio Cornelio Celso, un escritor del siglo  I de nuestra Era. </p>     <p><b><i>Regula Monachorum</i></b></p>     <p>Otra de las obras de San Isidoro que nos interesa para este estudio es su <i> Regula Monachorum</i>.<sup>4</sup> En este caso  debemos tener en cuenta la extraordinaria importancia que el fen&oacute;meno  mon&aacute;stico estaba adquiriendo en todo el mundo cristiano, y mucho m&aacute;s  en concreto en la Hispania visigoda del siglo VII, cuesti&oacute;n acerca de  la que existe una considerable bibliograf&iacute;a (en especial, Robles, 1977;  Campos, 1961; Sulsin, 1967). Desde la <i>Regula</i> de San Benito se hab&iacute;an  multiplicado los textos que marcaban la disciplina, las tareas, las actividades  y los cultos y liturgia que deb&iacute;an ser desarrollados en los monasterios.  Precisamente el hermano mayor de Isidoro, San Leandro (que adem&aacute;s influy&oacute;  de una forma trascendental en el obispo sevillano), hab&iacute;a escrito un  texto, el <i>De institutione virginum</i> <i>et contempta mundo</i>, la cual constitu&iacute;a  una <i>Regula</i> para un convento de mujeres. </p>     <p>A partir de este precedente muy cercano, Isidoro escribi&oacute; su <i>Regula</i>  para conventos de monjes, un texto que iba a ser trascendente, por su reiteraci&oacute;n  e influjo en otras normativas establecidas en el futuro.<sup>5</sup>  Una regulaci&oacute;n bastante completa, una gu&iacute;a de actuaci&oacute;n  del monje que adem&aacute;s estaba perfectamente adaptada a la pr&aacute;ctica  y a la realidad: su alumno y contempor&aacute;neo San Braulio, a quien adem&aacute;s  hab&iacute;a dedicado las <i>Etimolog&iacute;as,</i> afirmar&iacute;a que la regla  estaba perfectamente adaptada al car&aacute;cter m&aacute;s usual de los hispanos<sup>6</sup>.</p>     <p>En la <i>Regula</i> detectamos ese inter&eacute;s humano por curar y aliviar a los  enfermos, en la pr&aacute;ctica que se iba a desarrollar desde la propia organizaci&oacute;n  interna del monasterio. Naturalmente aqu&iacute; tienen especial presencia los  cuidados que, desde la realidad del monacato en la Hispania del siglo VII, desarrollaba  no un especialista en Medicina, aunque s&iacute; un monje que ten&iacute;a una  dedicaci&oacute;n especial y concreta a la salud. De hecho, las dedicaciones  especiales son nombradas de forma expresa por la regla isidoriana: portero,  despensero, hebdomadario, hortelano, abad, prep&oacute;sito, enfermero... En  su <i>Regula</i> el obispo hispalense indicaba que los candidatos a ingresar en el  monacato, aparte de la previa distribuci&oacute;n de sus bienes a los pobres  o donaci&oacute;n al monasterio, deb&iacute;an ser destinados durante tres meses  a la enfermer&iacute;a del monasterio, tiempo que permit&iacute;a detectar su  aptitud concreta para el tipo de vida sacrificado (Linaje Conde, 1970) . </p>     <p>Como bien indic&oacute; Linaje Conde, buen conocedor de la vida mon&aacute;stica  en la Hispania medieval, los preceptos de la <i>Regula</i> isidoriana son una correcta  muestra de la importancia que la Iglesia prestaba a la asistencia sanitaria.  No abundan precisamente las referencias anteriores a la existencia de enfermer&iacute;as  o de hospitales en Espa&ntilde;a; el escritor gaditano de agricultura, Columela,  hab&iacute;a se&ntilde;alado la necesidad de la existencia de una enfermer&iacute;a  en las grandes explotaciones, para la cura de los esclavos enfermos (Wickersheimer,  1956, 90); no obstante, fue con el desarrollo del cristianismo cuando existen  referencias concretas a instalaciones sanitarias, como las creadas en 580 en  Emerita (M&eacute;rida) por el obispo Masona (Z&uacute;&ntilde;iga, 1956).</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>As&iacute; en la <i>Regula</i> isidoriana se indica que el encargado de este menester  deb&iacute;a tener unas especiales aptitudes para el desempe&ntilde;o de estas  tareas; igualmente se establec&iacute;a que en el monasterio se deb&iacute;a  destinar un espacio especial para el cuidado de los enfermos. Y adem&aacute;s,  ese espacio y la atenci&oacute;n recibida debe de ser tal que permitiera el  correcto &aacute;nimo espiritual del enfermo: <i>“deben ser atendidos con tales  servicios que ni echen de menos el afecto de los parientes ni las comodidades  de la ciudad”</i> (Hern&aacute;ndez Conesa, 1999, 46-47). Destacamos en estas breves  alusiones la importancia del apoyo humano en el cuidado del enfermo.</p>     <p>Isidoro atiende la cuesti&oacute;n de la enfermedad entre los monjes, el  <i>De infirmis fratribus,</i> en el cap&iacute;tulo XXII de su <i>Regula Monachorum</i>. As&iacute;  en la regulaci&oacute;n en la que se ocupa en concreto del reparto de trabajos  en el monasterio, despu&eacute;s de hablar de los trabajos especializados, tales  como la fabricaci&oacute;n del pan, el curtido, la confecci&oacute;n de calzados,  el tejido de la lana y el cosido de los vestidos, o la reparaci&oacute;n de  edificios, incluye otra actuaci&oacute;n especializada, la del monje que ten&iacute;a  a su cargo los cuidados de enfermer&iacute;a: <i>“el cuidado de los enfermos debe  ponerse en manos de un monje sano y de vida observante que pueda dedicar toda  su solicitud a los enfermos y cumpla con la mayor diligencia todo lo que exija  la enfermedad”</i><sup>7</sup>.</p>     <p>Este monje encargado de la enfermer&iacute;a deb&iacute;a tener unas condiciones  especiales de abnegaci&oacute;n: <i>“debe prestar sus servicios a los enfermos  de modo que no pretenda comer de los alimentos de &eacute;stos”</i>. De hecho, es  precisamente la administraci&oacute;n de una dieta adecuada la que debe servir  sobre todo para la curaci&oacute;n: <i>“a los enfermos debe servirles alimentos  m&aacute;s adecuados hasta que recobren la salud”</i>. Como podemos observar aqu&iacute;,  el plan de cuidados presente en Isidoro de Sevilla estaba basado en la diet&eacute;tica,  buscando la armon&iacute;a espiritual y el cuidado en el modo de vida. </p>     <p>Frente a la enfermedad, como todo exceso considerado vicio, debe atenderse  con el cuidado de la correcta moderaci&oacute;n. De una forma precisa se indica  que el ayuno, preceptivo para los monjes en buen estado de salud, deb&iacute;a  evitarse en los ni&ntilde;os y los ancianos, los primeros por estar en proceso  de formaci&oacute;n, los segundos debido a la fatiga de los a&ntilde;os (Isidoro,  <i>Regula</i> XII). De la misma forma, San Fructuoso, en el cap&iacute;tulo XIX de  su Regla, equiparaba a enfermos y ancianos, los dispensaba del cumplimiento  general de los horarios, y les asignaba una raci&oacute;n sobrealimenticia (Linaje  Conde, 1970, 215).</p>     <p>&nbsp;</p>     <p><b><i>De Medicina</i></b></p>     <p>De una forma m&aacute;s precisa, Isidoro trata del cuidado de los enfermos  y de los medios de curaci&oacute;n en el cap&iacute;tulo IX de su libro <i>De Medicina</i>  incluido en la magna obra enciclop&eacute;dica. Los t&eacute;rminos de referencia  antit&eacute;ticos son la salud y la enfermedad. La salud la define como la  integridad del cuerpo en una templanza en relaci&oacute;n con la naturaleza: <i> “salud es la integridad del cuerpo y la templanza en la naturaleza, que procede  de lo c&aacute;lido y lo h&uacute;medo que es la sangre” </i>(Isidoro, Etim.. IV,  5, 1). La enfermedad estar&iacute;a significada por un conjunto de padecimientos  del cuerpo, en una ruptura del equilibrio. Para recuperar el equilibrio estaba  el plan de cuidados m&aacute;s correcto: <i>“entre la salud y la enfermedad se  encuentra el plan de cuidados, que en caso de no ser el conveniente no proporciona  la salud” </i>(Isidoro, <i>Etim..</i> IV, 5, 2).</p>     <p>&nbsp;</p>     <p align="center"><img src="/img/revistas/index/v14n51/72.jpg" width="314" height="315" border="0"></p>     <p>&nbsp;</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>All&iacute; se&ntilde;ala tres m&eacute;todos para la curaci&oacute;n de  los enfermos, volviendo con ellos a conseguir el equilibrio adecuado:</p>     <p>a) La <i>farmacia</i> que se basaba en el uso de los medicamentos.</p>     <p>b) La <i>cirug&iacute;a,</i> que se basaba en la operaci&oacute;n en el cuerpo,  realizada con las manos del m&eacute;dico, mediante la incisi&oacute;n; esta  cirug&iacute;a con instrumentos debe efectuarse cuando no se produce curaci&oacute;n  con medicamentos.</p>     <p>c) La <i>dieta,</i> a la que define como la observancia de la ley y de la vida,  que consiste en seguir un determinado r&eacute;gimen (Isidoro, <i>Etim..</i> IV, 9,  2-3).</p>     <p>No cabe duda de que la visi&oacute;n de la enfermedad y de la curaci&oacute;n  en Isidoro de Sevilla es eminentemente hipocr&aacute;tica. As&iacute; el erudito  hispalense habla de los cuatro humores, la sangre, la hiel o bilis negra, la  melancol&iacute;a o bilis amarilla y la flema. En esta interpretaci&oacute;n,  la combinaci&oacute;n de estos cuatro humores puede producirse mediante el equilibrio,  que significaba la salud, o mediante la falta de moderaci&oacute;n que traer&iacute;a  consigo la enfermedad (Isidoro, <i>Etim..</i> IV, 5, 3). De esta forma, la medicina  era entendida por Isidoro, desde el planteamiento hipocr&aacute;tico, sobre  todo como una diet&eacute;tica que perseguir&iacute;a que el hombre recuperara  la armon&iacute;a. Este planteamiento no deb&iacute;a encontrarse en Celso,  su fuente principal, sino que mucho m&aacute;s propiamente es un legado dejado  en la medicina por Galeno, en el siglo II (Garc&iacute;a Ballester, 1972; L&oacute;pez  Pi&ntilde;ero, 1985).</p>     <p>El equilibrio pod&iacute;a buscarse bien mediante elementos <i>ex contrariis,</i>  bien por elementos <i>ex similibus</i>. As&iacute; aplicaba un ejemplo de remedio en  la aplicaci&oacute;n de las vendas en funci&oacute;n de la forma de las heridas:  <i>“para una herida redonda se emplea un vendaje o ligadura redonda, y una alargada  para una alargada. La ligadura no debe ser de la misma clase en todos los miembros  del cuerpo, ni tampoco en todas las heridas, sino que debe tener una forma semejante  a la herida o a la llaga que pretende curar”</i> (Isidoro, <i>Etim..</i> IV, 9, 6). </p>     <p>Seguidamente Isidoro expone la existencia de la curaci&oacute;n a partir  de los diversos f&aacute;rmacos entonces conocidos. As&iacute; dedica cierta  atenci&oacute;n a los ant&iacute;dotos, la hiera, la <i>arteriaca,</i> la <i>catartica</i>  o purgante, la <i>triaca</i> o ant&iacute;doto del veneno de las serpientes, la <i>catapocia</i>  o p&iacute;ldora que se tomaba en peque&ntilde;as dosis, el <i>diamoron</i> o jugo  de la mora, el <i>diacodi&oacute;n</i> o jugo de la adormidera, el <i>diaspermaton</i> que  se formaba por semillas, el electuario que se tomaba con facilidad, el trocisco  o pastilla que ten&iacute;a forma de rodaja, el colirio que serv&iacute;a para  los ojos, el <i>epitema</i> que preced&iacute;a a otros remedios, la cataplasma porque  en solitario era remedio, el emplasto porque se pon&iacute;a sobre la piel,  o la <i>malagma</i> porque se maceraba sin necesidad de fuego (Isidoro, <i>Etim.</i> IV, 9,  7-11). </p>     <p><b>La peste</b></p>     <p>No es nuestro objetivo ahora el desarrollar los diversos aspectos referidos  a la enfermedad, tal y como aparecen reflejados en el obispo hispalense. Su  clasificaci&oacute;n en enfermedades agudas, cr&oacute;nicas y de la piel, sigue  la m&aacute;s asentada tradici&oacute;n cl&aacute;sica, en concreto las l&iacute;neas  que hab&iacute;an apuntado los escritores romanos de medicina como Celso y Galeno.  Su preocupaci&oacute;n es no s&oacute;lo la de mencionar sus caracter&iacute;sticas,  sino indicar los consabidos or&iacute;genes de su denominaci&oacute;n. Ahora  bien, si todas estas enfermedades muestran esa caracterizaci&oacute;n m&aacute;s  cl&aacute;sica, una de ellas se&ntilde;ala el indudable signo de los nuevos  tiempos: nos referimos a la peste.</p>     <p>Es cierto que el concepto de <i>peste</i> o de <i>pestilentia</i> ten&iacute;a en su tiempo  ya una largu&iacute;sima tradici&oacute;n. Podemos recordar las famosas plagas  b&iacute;blicas, la voraz peste que asol&oacute; Atenas en el 431 a. C., o las  pestes que asolaron el Imperio Romano en los siglos II y III. La descripci&oacute;n  de sus s&iacute;ntomas, de sus caracter&iacute;sticas, parecen reflejar que  siendo pavorosas pandemias, ninguna de ellas correspond&iacute;a con la famosa  Peste Bub&oacute;nica, es decir, con la Peste Negra. No obstante, desde su irrupci&oacute;n  en el siglo VI, en &eacute;poca del emperador bizantino Justiniano, la peste  bub&oacute;nica se hab&iacute;a extendido por el Mediterr&aacute;neo, llegando  hasta el extremo de la Pen&iacute;nsula Ib&eacute;rica. &nbsp;</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>Los primeros datos que Isidoro recoge al respecto de esta enfermedad reflejan  justamente la tradici&oacute;n cl&aacute;sica, en un contexto que indica la  inexistencia de remedios conocidos contra este terrible mal. En su testimonio,  la peste era una enfermedad de fuerte contagio, que teni&eacute;ndola uno pasaba  con much&iacute;sima rapidez a las personas que le rodeaban. Siguiendo la creencia  hel&eacute;nica al respecto, &nbsp;afirmaba que el origen de este mal se hallaba  en la corrupci&oacute;n del aire, reflejando que penetraba en las v&iacute;sceras  que era donde ten&iacute;a sus principales efectos. No obstante, el obispo cristiano  no pod&iacute;a menos que considerar que si f&iacute;sicamente la peste se produc&iacute;a  por una afecci&oacute;n del aire, la misma se deb&iacute;a a la voluntad divina  (Isidoro, <i>Etim..</i> IV, 6, 17), con lo que dejaba en pie la insinuaci&oacute;n  de un castigo derivado de unos culpables.</p>     <p>Hasta aqu&iacute; el conocimiento de la antig&uuml;edad greco-romana, sazonado  con la visi&oacute;n de la actuaci&oacute;n divina. No obstante, seguidamente  Isidoro integraba unos datos que eran muy recientes, puesto que se refer&iacute;an  de forma indudable a la peste bub&oacute;nica, o inguinal, extendida desde el  siglo VI, y cuyos brotes pand&eacute;micos eran una triste realidad en su &eacute;poca:<i>  “tambi&eacute;n se llama inguinal, debido a la afecci&oacute;n de la ingle.  Igualmente se conoce con el nombre de Lues, que viene del lat&iacute;n Labes.  Es tan aguda que no hay tiempo para esperar, pues viene la enfermedad de una  forma repentina, y con ella la muerte”</i> (Isidoro, <i>Etim..</i> IX, 6, 19).</p>     <p>En resumen, los escritos de Isidoro de Sevilla son un reflejo de la permanencia  del saber cl&aacute;sico. Los aspectos m&eacute;dicos del conocimiento permanecen,  pese a los nuevos condicionantes sociales que eliminan la existencia de profesionales  de la salud. Pero el cuerpo doctrinal se enriquece con una nueva &eacute;tica,  aportada por el cristianismo, que une la curaci&oacute;n del cuerpo y la del  alma. El cuidado de los enfermos en los monasterios, tal y como aparece reflejado  en las Reglas mon&aacute;sticas (tales como la isidoriana) es un buen reflejo  de la nueva realidad. Y tambi&eacute;n aparece, en este caso en las <i>Etimolog&iacute;as,</i>  una novedad referida a un terrible mal, el de la peste bub&oacute;nica, y que  no ten&iacute;a remedios conocidos. Ese primer gran brote de peste bub&oacute;nica  hab&iacute;a surgido en el siglo VI (peste de Justiniano), y no desapareci&oacute;  hasta dos siglos m&aacute;s tarde. Ser&iacute;a el precedente de la peste bien  conocida, la <i>Muerte Negra</i>, que asol&oacute; el Mediterr&aacute;neo desde mediados  del siglo XIV.</p>     <p><b>Notas</b> </p>     <p>1. La bibliograf&iacute;a sobre San Isidoro de Sevilla, proclamado Doctor  de la Iglesia en 1722 por el Papa Inocencio XIII, es muy extensa. Como trabajos  fundamentales m&aacute;s modernos destacamos los de D&iacute;az y D&iacute;az,  1993, en la introducci&oacute;n muy extensa a la obra, y Fontaine, 2002. Igualmente  sobre el escritor en su contexto hist&oacute;rico, ver Gonz&aacute;lez y Arce  2002.</p>     <p>2. La edici&oacute;n y traducci&oacute;n de las Etimolog&iacute;as utilizadas  es la de Oroz, J. y Marcos, publicada en 1993 por la Biblioteca de Autores Cristianos.  Una edici&oacute;n anterior del libro de Medicina fue publicada con el t&iacute;tulo  Ethimologiarum liber IIII: de Medicina, Barcelona, 1945. Otra traducci&oacute;n  de las etimolog&iacute;as, m&aacute;s imperfecta, hab&iacute;a sido publicada  con anterioridad por Cort&eacute;s, J. L., Madrid, 1951. </p>     <p>3. La cuesti&oacute;n ya fue objeto de atenci&oacute;n en el estudio decimon&oacute;nico,  verdadero punto de partida de la Historia de la Medicina en Espa&ntilde;a, de  Peset, 1962. Despu&eacute;s tambi&eacute;n ha merecido la atenci&oacute;n de  m&uacute;ltiples estudiosos, sobre todo Oliaro, 1935; Zaragoza, J. R., 1966-1967.  </p>     <p>4. Las Reglas de San Isidoro y de San Leandro han sido editadas por Campos  y Roca, 1971. </p>     <p>5. Isidoro, Regula Monachorum II: “hemos decidido seleccionar unas cuantas  normas en estilo popular y r&uacute;stico con el objetivo de que podais comprender  con toda facilidad como debeis conservar la consagraci&oacute;n de vuestro estado”.  Sobre los primeros siglos del monacato hispano es fundamental la obra de Linage  Conde, 1973.</p>     <p>6. La Regula Monacharum de Isidoro aparece recogida y traducida en la edici&oacute;n  de Campos y Roca, 1971. Vid. el estudio de Sotomayor y Gonz&aacute;lez, 1979,  635 y ss.</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>7. En la Regula mencionada de su hermano Leandro, para un convento de monjas,  publicada en el mismo compendio citado en la nota 5, en su cap&iacute;tulo XV  se indica que los cuidados sanitarios dependen mucho m&aacute;s del enfermo  que de la propia enfermedad.</p>     <p><b>Bibliograf&iacute;a</b></p>     <!-- ref --><p>Campos J y &nbsp;Roca I (1971). Santos Padres Espa&ntilde;oles, Madrid: BAC.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2657393&pid=S1132-1296200500030001500001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Campos J (1961). La Regula Monachorum de San Isidoro, Helmantica, 12: 61-101.  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2657394&pid=S1132-1296200500030001500002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Del Pinedo R (1935). San Isidoro de Sevilla, divulgador de la medicina en  la Europa medieval, Actas X Congreso Internacional de Historia de la Medicina,  I. Madrid: Bola&ntilde;os y Aguilar. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2657395&pid=S1132-1296200500030001500003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>D&iacute;az y D&iacute;az MC (1993). Isidoro de Sevilla. Las Etimolog&iacute;as,  Madrid, BAC.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2657396&pid=S1132-1296200500030001500004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Garc&iacute;a Ballester L (1972). Galeno, Madrid, Guadarrama.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2657397&pid=S1132-1296200500030001500005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Gonz&aacute;lez J y Arce J (2002). San Isidoro, doctor Hispaniae, Sevilla:  Fundaci&oacute;n El Monte..&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2657398&pid=S1132-1296200500030001500006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Hern&aacute;ndez Conesa J (1999). Historia de la enfermer&iacute;a. Un an&aacute;lisis  hist&oacute;rico de los cuidados de enfermer&iacute;a, Madrid, Interamericana-McGraw  Hill.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2657399&pid=S1132-1296200500030001500007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Linaje Conde A (1970). La enfermedad en la organizaci&oacute;n mon&aacute;stica  visig&oacute;tica, Asclepio, 22: 203-217. &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2657400&pid=S1132-1296200500030001500008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>- (1973). Los or&iacute;genes del Monacato benedictino en la Pen&iacute;nsula  Ib&eacute;rica, Le&oacute;n, Caja de Ahorros de Le&oacute;n.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2657401&pid=S1132-1296200500030001500009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>L&oacute;pez Pi&ntilde;ero JM (1985). La medicina en la antig&uuml;edad.  Cuadernos Historia-16, 256, Madrid, Historia-16.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2657402&pid=S1132-1296200500030001500010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Oliaro T (1935). La medicina nelle opere de Isidorus Hispalensis, Torino,  Minerva M&eacute;dica.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2657403&pid=S1132-1296200500030001500011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Peset JB (1962). Memoria sobre la medicina hispano-goda. Cuadernos de Historia  de la Medicina Espa&ntilde;ola, 1: 5-23.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2657404&pid=S1132-1296200500030001500012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Robles L (1977). Isidoro de Sevilla, escritor mon&aacute;stico. Studia Silensia,  1977:39-72.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2657405&pid=S1132-1296200500030001500013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Ruiz Asensio JM y Codo&ntilde;er C (1991). La cultura y las artes, en Men&eacute;ndez  Pidal R (fundador). Historia de Espa&ntilde;a. III, 2. Espa&ntilde;a visigoda:  la monarqu&iacute;a, la cultura, las artes, Madrid, Espasa-Calpe. 163 y ss.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2657406&pid=S1132-1296200500030001500014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Sotomayor M y Gonz&aacute;lez T (1979). Historia de la Iglesia en Espa&ntilde;a.  I. La Iglesia en la Espa&ntilde;a romana y visigoda, Madrid, BAC. 635 y ss.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2657407&pid=S1132-1296200500030001500015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Sulsin R (1967). Sobre las fuentes de la Regula Isidori. Salmanticensis,  14: 389-412.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2657408&pid=S1132-1296200500030001500016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Wickersheimer E (1956). Les edifices hospitaliers &agrave; travers les &acirc;ges.  Archivo Iberoamericano de &nbsp;Historia de la Medicina, 8: 87-108.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2657409&pid=S1132-1296200500030001500017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p>Zaragoza JR (1966-1967). Enfermedad del alma y medicina del alma en la obra  de San Isidoro. Asclepio, 18-19: 579-589.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=2657410&pid=S1132-1296200500030001500018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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