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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[La UCI y el "amor tecnológico"]]></article-title>
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<institution><![CDATA[,Hospital Regional Carlos Haya Unidad de Cuidados Intensivos ]]></institution>
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</front><body><![CDATA[ <p align="right"><font face="Verdana" size="2"><b><a name="top"></a>MISCELÁNEA</b></font></p>     <p align="right"><font face="Verdana" size="2"><b>DIARIO DE CAMPO</b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana" size="4"><b>La UCI y el “amor tecnol&oacute;gico”</b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="4"><b>The Intensive Care Unit and the "technological love"</b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>María Antonia Gálvez González</b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Diplomada Universitaria en Enfermería. Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Regional Carlos Haya, Málaga, España. <a href="mailto:mariagalvez.gonzalez@gmail.com">mariagalvez.gonzalez@gmail.com</a></font></p>     <p>&nbsp;</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p> <hr size="1">     <p><font face="Verdana" size="2"><b>RESUMEN</b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Trabajo en la Unidad de Cuidados Intensivos de un hospital de tercer nivel, y conoc&iacute; al protagonista de esta historia una noche de guardia. La muerte se hab&iacute;a convertido en la apasionada amante de aquel se&ntilde;or que ocupaba la cama 32 de mi m&oacute;dulo de trabajo, pero ni su familia, ni la instituci&oacute;n, ni nosotros mismos le permit&iacute;amos morir. Tras un mes de ingreso, finalmente la dama de la guada&ntilde;a hizo su labor, y el cuerpo de aquel anciano abandonaba este mundo bajo nuestra supervisi&oacute;n aunque su alma hac&iacute;a d&iacute;as que hab&iacute;a partido.    <br>En la era de la tecnolog&iacute;a hemos aprendido que somos superiores y que existe una soluci&oacute;n t&eacute;cnica para cada problema. Ahora tenemos pendiente el duro trabajo de desaprender que no somos dioses y aprender que la tecnolog&iacute;a tambi&eacute;n deber&iacute;a tener sus l&iacute;mites.</font></p> <hr size="1">     <p><font face="Verdana" size="2"><b>ABSTRACT</b></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">I work in the Intensive Unit Care of a third level hospital. I met the main character of this story a night I was on guard. The death had become the passionate lover of a man that rested in bed 32 of my working module, but neither his family, nor ourselves didn’t let him die. After a month suffering in hospital, he died and the body of that man left this world under our supervision although his soul had departed a few days ago.    <br>In the technological era we have learnt that we are superior and that it exists a technical solution for every health problem. Now, we have to forget what we have learnt, be able to recognize that we are not gods and understand that the technologies should have their limits.</font></p> <hr size="1">     <p>&nbsp;</p>     <p><font face="Verdana" size="2"><i>“Hay temas indeseables, pero tambi&eacute;n hay formas deseables de tratar tales temas”</i></font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">A. Gala</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2"><b>La enfermer&iacute;a y yo</b>. Llevo trece a&ntilde;os trabajando como enfermera y desde el principio me decant&eacute; por los Cuidados Intensivos. Me declaro enamorada de este servicio y del trabajo que profesionalmente all&iacute; desarrollo.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">En muchas ocasiones mis compa&ntilde;eros de carrera han intentado disuadirme para que abandone los cuidados intensivos, mostr&aacute;ndome los beneficios de mi trabajo en otros servicios del &aacute;rea hospitalaria y comunitaria. En m&aacute;s de una ocasi&oacute;n he o&iacute;do frases como: “no s&eacute; c&oacute;mo te puede gustar ese trabajo”, “pero si todo est&aacute; lleno de m&aacute;quinas”, “eso ni es enfermer&iacute;a ni nada”, etc. Es evidente que no estoy de acuerdo con todas estas afirmaciones, si bien es cierto que en las Unidades de Cuidados Intensivos el enfermo est&aacute; sometido a tratamientos altamente tecnificados y que la sofisticaci&oacute;n del aparataje hace que, en ocasiones, se descuiden los aspectos psicol&oacute;gicos del cuidado, tambi&eacute;n lo es que la tecnolog&iacute;a requiere su dosis de humanidad. Hay que ser muy humano para darle sentido a una bomba de analgesia o a un sensor de PIC. Es verdad que nuestros enfermos suelen estar inconscientes, y mantenemos escasos contactos con la familia, pero hay dos horas de encuentro diario con &eacute;sta, que cada uno aprovecha como sabe; la intensidad del encuentro tambi&eacute;n es importante. Hay que preparar estos momentos como si de un enamorado se tratase.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Las continuas adaptaciones que requiere este servicio han hecho que incorpore entre mis habilidades las herramientas emocionales necesarias para llevar con profesionalidad situaciones l&iacute;mite como: la muerte cerebral de un joven de 20 a&ntilde;os, los intentos de autolisis de una parte de la poblaci&oacute;n, la cronicidad del enfermo de UCI, y un largo etc&eacute;tera que no voy a nombrar. Pero hay una nueva situaci&oacute;n que me desborda, y es lo que desde el cari&ntilde;o voy a relatar. Se trata de un hecho poco frecuente, pero que ya se ha repetido en mi medio de trabajo en alguna ocasi&oacute;n. Voy a centrar mi discurso en una persona moribunda, a la que no se le permit&iacute;a morir, y es que el estatuto de moribundo mantiene a menudo a estas personas apartadas del entorno; su condici&oacute;n da miedo, angustia y culpabiliza.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>Primer turno</b>. Cierta noche llegu&eacute; a trabajar y pregunt&eacute; qu&eacute; enfermos llevaba (en mi unidad se trabaja con asignaci&oacute;n paciente-enfermera por sorteo). Me dijeron que ten&iacute;a asignados los pacientes que estaban ingresados en las camas 32 y 33. Pregunt&eacute; qu&eacute; eran (refiri&eacute;ndome l&oacute;gicamente a los diagn&oacute;sticos y situaci&oacute;n hemodin&aacute;mica de los mismos) y me dijeron:</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">-El enfermo de la cama 32 es un ingreso por “presi&oacute;n familiar”, y el de la cama 33 es el de siempre.    <br>-¿C&oacute;mo que por presi&oacute;n familiar?- pregunt&eacute;.    <br>-S&iacute;, te explico. Este enfermo lleva en el hospital 5 o 6 meses. T&uacute; lo tienes que conocer, ha estado aqu&iacute; antes, ya no tiene salida y se est&aacute; muriendo. Esta tarde ha empezado con disnea y deterioro del estado general. Han llamado a la intensivista para que lo valore, y &eacute;sta le ha explicado a la familia que poco podemos hacer y que se descartaba el ingreso en la unidad. As&iacute; que la familia ha amenazado con denunciar a los m&eacute;dicos de la planta. Al final, el jefe de la guardia del hospital ha solicitado el ingreso, y ah&iacute; est&aacute;.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">La disposici&oacute;n de las camas dentro de nuestra Unidad hace que los enfermos est&eacute;n enfrentados entre s&iacute;. Por ejemplo, el enfermo que ocupa la cama 29 puede ver de frente a los que ocupan las camas 34 y 35, y viceversa. La cama 32 es un box cerrado con grandes ventanales que dan a la calle, y desde la ventana se puede ver una enorme jacaranda que permanece en flor la mayor parte del a&ntilde;o. Dadas las caracter&iacute;sticas arquitect&oacute;nicas de la unidad, en otra situaci&oacute;n ser&iacute;a casi un lujo ingresar en esta cama, pero en estas circunstancias era la expresi&oacute;n m&aacute;xima del aislamiento.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Cuando entr&eacute; en la habitaci&oacute;n el panorama era desolador. Un anciano contracturado ocupaba la cama, su grado de deterioro f&iacute;sico y ps&iacute;quico era extremo. Ten&iacute;a los ojos abiertos, pero no dirig&iacute;a la mirada, casi no pesta&ntilde;eaba. Una profunda expresi&oacute;n de miedo y dolor invad&iacute;a su rostro y monopolizaba toda su energ&iacute;a y conciencia. Intent&eacute; dirigirme al enfermo por su nombre, Carlos, que as&iacute; se llamaba, para preguntarle si ten&iacute;a fr&iacute;o, si estaba c&oacute;modo, si necesitaba algo. Imposible, no obtuve respuesta de ning&uacute;n tipo. El enfermo estaba traqueostomizado y presentaba una respiraci&oacute;n ag&oacute;nica. Estaba lleno de livideces, desaturado, hipot&eacute;rmico e hipotenso. Sus pies y manos, tremendamente hinchados, rezumaban l&iacute;quido seroso, presentaba grandes edemas en zonas declives, y estaba completamente ulcerado. Sin duda se trataba de un “enfermo de muerte.”</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Llam&eacute; al m&eacute;dico de guardia para saber qu&eacute; actitud tomar. La contestaci&oacute;n fue tajante: “este enfermo ha ingresado por presi&oacute;n familiar, as&iacute; que no te agobies, mujer”.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">Pero yo no estaba agobiada, estaba impresionada. Si yo no hab&iacute;a entendido mal, aquel enfermo estaba en una habitaci&oacute;n de UCI, aislado del mundo, porque produc&iacute;a dolor mirarlo. Nosotros lo &uacute;nico que ten&iacute;amos que hacer era ocupar el puesto de la familia, pero ¿d&oacute;nde estaba la familia? Si vamos a construir un espacio para medicalizar la muerte con nuestras mejores tecnolog&iacute;as, tendremos que crear otro espacio para que la familia acompa&ntilde;e esa medicalizaci&oacute;n. Ahora que por fin la bio&eacute;tica ha creado algunas herramientas para ayudar a diferenciar entre el enfermo terminal y cr&iacute;tico, ahora que los m&eacute;dicos han incorporado a sus pr&aacute;cticas algunas de estas herramientas, ahora tenemos a una familia que ama tanto a su familiar que no le deja morir en paz. Aquella noche el tema de este ingreso protagoniz&oacute; la tertulia del caf&eacute;.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Me fui a las 8 de la ma&ntilde;ana pensando que el enfermo agonizar&iacute;a a lo largo de esa ma&ntilde;ana. No hab&iacute;a sustrato anat&oacute;mico con el que trabajar, y los m&eacute;dicos a pesar de haberlo ingresado no parec&iacute;an dispuestos a alargar sus pr&aacute;cticas. Eso me seren&oacute; a la vez que me produjo una gran revoluci&oacute;n personal. La proximidad de esta muerte suscit&oacute; en m&iacute; el miedo a perderme en la agon&iacute;a de aquel enfermo, a ser inundada por su sufrimiento y su angustia. Aquel d&iacute;a supe m&aacute;s que ning&uacute;n otro que acompa&ntilde;ar y cuidar enfermos terminales es una tarea dura, y a veces muy dura, porque nos coloca frente a nuestra propia muerte.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>Segundo turno</b>. Pero no fue as&iacute;, a la guardia siguiente el enfermo estaba conectado a ventilaci&oacute;n mec&aacute;nica, con apoyo de drogas vasoactivas, medidas de aislamiento de contacto y control hemodin&aacute;mico exhaustivo. No me lo pod&iacute;a creer. No quise ni entrar, me asom&eacute; desde la puerta del box para verlo. Estaba sedado y relajado, la expresi&oacute;n de dolor hab&iacute;a desaparecido de su rostro, eso me apacigu&oacute;.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Era como si la vida le estuviese obligando a echar “horas extras”. Aquellas horas vividas de m&aacute;s, a contranatura, eran como una pesada tarea que suponen el m&aacute;s exhaustivo de los ejercicios f&iacute;sicos y no le dejaban lugar ni tiempo para sentimiento humano alguno.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">La presencia de aquel enfermo me hizo recordar las p&eacute;rdidas que hab&iacute;a sufrido a lo largo de mi vida, y las p&eacute;rdidas que todav&iacute;a ten&iacute;a que sufrir. Este pensamiento me aport&oacute; miedo, estr&eacute;s y ansiedad. Respond&iacute; con un distanciamiento f&iacute;sico y ps&iacute;quico; no pensar y no mirar para no padecer. Aquella noche puse en pr&aacute;ctica lo que tantas veces me hab&iacute;a permitido cuestionar de mis compa&ntilde;eros. Ni tan siquiera entr&eacute; una vez a verlo, ni tan siquiera le dediqu&eacute; un pensamiento a aquel enfermo.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>Tercer y &uacute;ltimo turno</b>. Estuve varias guardias sin ir a trabajar. Aproximadamente un mes despu&eacute;s de la fecha de ingreso de este enfermo, inici&eacute; mi semana de ma&ntilde;anas. Cuando cog&iacute; el relevo, me dijo la compa&ntilde;era:</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">-El del 32 es el de siempre, igual.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">A lo que yo contest&eacute;:    <br>-¿Qui&eacute;n es el de siempre?    <br>-S&iacute; mujer, el de la presi&oacute;n familiar.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">Aquel enfermo segu&iacute;a all&iacute;, no pod&iacute;a salir de mi asombro. El enfermo despojado de sus apoyos, redes sociales y familiares, por &uacute;ltimo no ten&iacute;a ni nombre, ni tan siquiera  diagn&oacute;stico, era “el de la presi&oacute;n familiar".</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Hicimos reparto y el azar puso en mi mano el trozo de papel que me asignaba de nuevo la cama 32, la cama de Carlos. Mis compa&ntilde;eros me advirtieron que tuviese cuidado con la familia, pues no aceptaban la situaci&oacute;n y estaban muy expectantes. Cuando me acerqu&eacute; al box, el panorama revest&iacute;a las cualidades de lo siniestro y lo doloroso. Desconectado del respirador, sin sedaci&oacute;n y con escasa analgesia, el enfermo ten&iacute;a en aquel momento casi las mismas caracter&iacute;sticas que la primera vez que lo asist&iacute;, era como si estuviese atrapado en el tiempo.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Su gesto de dolor, su mirada perdida, su cuerpo contracturado constru&iacute;an un paisaje abrumador, molesto y doloroso a los ojos de los que lo miraban. Y por si esto fuera poco, nuestra actitud hac&iacute;a que pareciese que el enfermo ten&iacute;a la culpa de vivir las horas extras que la familia, la instituci&oacute;n, la sociedad y hasta nosotros mismos le hab&iacute;amos impuesto. Carlos estaba all&iacute;, ante nuestros ojos, vivo, pero ya muerto; a&uacute;n respirando, pero ya nunca m&aacute;s despierto, para compartir nada con cada uno de nosotros.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Pas&eacute; m&aacute;s de dos horas ase&aacute;ndolo. Grandes &uacute;lceras por presi&oacute;n adornaban sus talones, sus caderas, sus codos y sus esc&aacute;pulas. Cuando por fin consegu&iacute; terminar de curarlo, acomod&eacute; al enfermo lo mejor que pude y le&iacute; en el tratamiento: “sentar en sill&oacute;n durante el d&iacute;a”. El enfermo estaba desaturado y con mal aspecto. No me parec&iacute;a adecuado sentarlo en el sill&oacute;n, as&iacute; que lo dej&eacute; acostado.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">A media ma&ntilde;ana pasaron los celadores por el box para sentarlo, y les dije que no se iba a sentar. Mis compa&ntilde;eros me comentaron que todos los d&iacute;as ten&iacute;a el mismo mal aspecto y se levantaba, y que la familia se enfadaba mucho cuando no lo ve&iacute;an sentado a la hora de la visita. As&iacute; que lo pasamos al sill&oacute;n sin ning&uacute;n tipo de criterio.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>La familia</b>. Por fin lleg&oacute; la hora de la visita y aparecieron un hombre joven de 30-35 a&ntilde;os y una mujer de unos 70. Eran el hijo y la esposa de Carlos. Me dirig&iacute; a ellos, me present&eacute; y les pregunt&eacute; si quer&iacute;an algo. El hijo, perplejo, casi no hablaba y la se&ntilde;ora estaba verborreica. Autom&aacute;ticamente se fij&oacute; en un peque&ntilde;o hematoma que hab&iacute;a aparecido en el cuello de Carlos, para comentarme que estaba aumentado de tama&ntilde;o con respecto al d&iacute;a anterior. Su marido estaba casi cian&oacute;tico, con una respiraci&oacute;n que nada se parec&iacute;a a una respiraci&oacute;n normal, y lo &uacute;nico que ella fue capaz de ver era aquel hematoma bajo la cinta que fijaba la c&aacute;nula de traqueostom&iacute;a. No s&eacute; por qu&eacute; pero me sent&iacute; mal. Despu&eacute;s de una peque&ntilde;a conversaci&oacute;n con ellos comprend&iacute; lo que ocurr&iacute;a, la situaci&oacute;n que ellos viv&iacute;an y la de Carlos eran dos realidades diferentes en un mismo espacio. Me recordaba a una de esas pel&iacute;culas de Woody Allen, en las que se mezcla la realidad con la ficci&oacute;n y la tristeza con la alegr&iacute;a hasta un punto casi patol&oacute;gico.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Este mundo est&aacute; lleno de paradojas, y una de las m&aacute;s grandes dir&iacute;a yo que es la existencia de un nuevo tipo de amor: el “amor tecnol&oacute;gico”, que ingresa a tu m&aacute;s claro referente existencial en una Unidad de Cuidados Intensivos, para que sean otras personas quienes lo cuiden y sufran su deterioro: la p&eacute;rdida de su independencia, la degradaci&oacute;n de su cuerpo y hasta de su propio esp&iacute;ritu.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Me imagin&eacute; que aquel se&ntilde;or era mi padre, mi madre o alguien a quien yo quisiera mucho, y yo aquella familia. Nadie absolutamente se dirig&iacute;a al enfermo, nadie le pidi&oacute; permiso para ingresarlo en un UCI, para cuidarlo “tanto”. Y mi pregunta es, si Carlos hubiese podido elegir ¿nos habr&iacute;a elegido a nosotros? Carlos mor&iacute;a tres d&iacute;as despu&eacute;s, sin saber que se mor&iacute;a, su familia dorm&iacute;a en su casa y &eacute;l abandonaba este mundo bajo la supervisi&oacute;n de un equipo m&eacute;dico que por fin hab&iacute;a decidido parar sus pr&aacute;cticas.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>La explicaci&oacute;n.</b> Este espect&aacute;culo probablemente sea el reflejo de lo que la tecnolog&iacute;a ha hecho de esta sociedad a la que pertenecemos. Hemos aprendido que somos superiores y que existe una soluci&oacute;n t&eacute;cnica para cada problema. Y ahora tenemos pendiente el duro trabajo de desaprender que no somos dioses y aprender que la tecnolog&iacute;a tambi&eacute;n deber&iacute;a tener limitaciones.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Seg&uacute;n la situaci&oacute;n planteada en este relato ¿qui&eacute;n es el autor de los errores cometidos? ¿La familia, la instituci&oacute;n, la sociedad? No se sabe, todos y ninguno. Una sociedad como la nuestra poco quiere saber sobre la muerte. El predominio del consumo y de la productividad, el ideal de ser joven y mantenerse activo, son par&aacute;metros que dominan nuestra cultura actual, y frente a los cuales hay que ocultar la muerte como si de algo tr&aacute;gico se tratase.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font face="Verdana" size="2">Tal vez sea necesario comenzar por aceptar nuestros propios l&iacute;mites y admitir que los seres que nosotros cuidamos son mortales. Llega un momento en el que nosotros no podemos impedirles morir, ni siquiera podemos impedirles sufrir por tener que abandonar una vida que aman as&iacute; como a sus seres queridos.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">No podemos impedir el sufrimiento que forma parte del camino de la vida de cada uno, pero deber&iacute;amos intentar que &eacute;ste no se viva en el abandono y en la soledad, sino en el encuentro. Si compartir las emociones disminuye los miedos, ¿por qu&eacute; no dejamos que nuestros moribundos se expresen emocionalmente?</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2"><b>¿La soluci&oacute;n?</b> ¿Qu&eacute; hacer ante un enfermo moribundo? Valdr&iacute;a la pena detenernos ante la respuesta que muestra con m&aacute;s dureza y crueldad la realidad de la muerte: “no hay nada que hacer”. No hay nada que hacer “t&eacute;cnicamente”, pero queda mucho por hacer. Es en este punto cuando empieza el otro trabajo, el trabajo de acompa&ntilde;ar. El mundo interno de esa persona hecho de sentimientos y sensaciones, contin&uacute;a creciendo, enriqueci&eacute;ndose y haci&eacute;ndose cada vez m&aacute;s viviente, mientras que el mundo de la efectividad se arruina y empobrece.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Manifestar claramente nuestra presencia abierta y calmada, nuestra disponibilidad, nuestra atenci&oacute;n, sin buscar que los pacientes salgan del camino sin vuelta atr&aacute;s que han iniciado, sino m&aacute;s bien lo contrario, acompa&ntilde;arlos en esta despedida con ternura y respeto podr&iacute;a ser la soluci&oacute;n para este problema.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">La posibilidad para una persona en el umbral de la muerte de sentir que no se reduce a un futuro cad&aacute;ver depende de la calidad de la presencia de las personas que lo acompa&ntilde;en, de sus contactos, de su aceptaci&oacute;n, de sus cuidados f&iacute;sicos y, sobre todo, de sus cuidados emocionales.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Invito a todos mis compa&ntilde;eros, profesionales de la salud, a usar el tacto con el enfermo moribundo, a no tener miedo a tocar. Este es el sentido que goza de la mayor reciprocidad, no se puede tocar a otro sin ser tocado uno mismo. Y esto lo convierte en una poderosa y enriquecedora herramienta de trabajo. Cuando no se puede hacer m&aacute;s, cuando ya no hay nada m&aacute;s que hacer, empieza este trabajo de comprender y saber estar con nuestra presencia.</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Y dejo una pregunta en el aire para reflexi&oacute;n personal: ¿c&oacute;mo permanecer al lado del moribundo, sensible al sufrimiento del otro, sin perderse en ese sufrimiento? Dicen los manuales que esto se consigue con la justa distancia, pero ¿c&oacute;mo se establecen los l&iacute;mites de la justa distancia?</font></p>     <p><font face="Verdana" size="2">Este relato, escrito desde mi alma, se lo dedico a todos aquellos enfermos que he visto morir y a todas las personas que de una u otra forma me han hecho reflexionar sobre el acto de dejar este mundo.</font></p> </font>      ]]></body>
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