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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Despropósitos de una larga crisis]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[ 
    <p><font face="Verdana" size="2"><b>EDITORIAL</b></font></p>
    <p>&nbsp;</p>
    <p><font face="Verdana" size="4"><b>Desprop&oacute;sitos de una larga crisis</b></font></p>
    <p><font face="Verdana" size="4"><b>Nonsenses of a long crisis</b></font></p>
    <p>&nbsp;</p>
    <p>&nbsp;</p>
    <p><font face="Verdana" size="2"><b>J. Javier Soldevilla Agreda</b></font></p>
    <p><font face="Verdana" size="2">Director de <i>Gerokomos</i></font></p>
    <p>&nbsp;</p>
    ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
    <p><font face="Verdana" size="2">El rico y sostenido recurso en mis alocuciones, diccionario de la Real Academia Espa&ntilde;ola de La Lengua, ofrece numerosas acepciones sobre crisis y f&aacute;cilmente ser&iacute;a capaz de argumentar con todas ellas, cobrando vida en relaci&oacute;n con el otro t&eacute;rmino, menos vivaz, que he conjugado en el t&iacute;tulo de esta columna. De situaci&oacute;n dificultosa a ag&oacute;nica en circunstancias; de momento decisivo y de graves consecuencias a posible cese; de expresi&oacute;n de carest&iacute;a a sombra opaca a la que no se le ve salida.</font></p>
    <p><font face="Verdana" size="2">El sinsentido de esta crisis que ya dura demasiado tiempo requiere de una alusi&oacute;n expresa a un tercer elemento, a los paganos de esta situaci&oacute;n, a los damnificados, a los que han sufrido da&ntilde;o grave y, con su permiso, me volver&eacute; a referir con car&aacute;cter colectivo solo a uno de ellos, a los m&aacute;s mayores de nuestra sociedad, y de soslayo a nosotros mismos.</font></p>
    <p><font face="Verdana" size="2">La crisis -me pregunto- ¿ha podido ser la promotora de una devaluaci&oacute;n de los valores? Cada vez tengo m&aacute;s dificultades para apreciar en estos d&iacute;as la perdurabilidad de algunos "principales" que otrora sostuvieron a una comunidad amenazada. La solidaridad con el pr&oacute;jimo, o m&aacute;s bien la falta de esta, mina una red tradicional y s&oacute;lida, tejida con hebras orgullosas, capaces de soportar estrincones sociales y econ&oacute;micos. Hoy parece que solo el lazo familiar es responsable en exclusiva de esa obligaci&oacute;n de "atender" a los m&aacute;s necesitados que antes compart&iacute;a mayoritariamente toda una sociedad.</font></p>
    <p><font face="Verdana" size="2">La crisis, no universal (los ricos siguen haciendo fortuna), ha hecho que muchas de nuestras familias hayan tenido que reorganizarse, tanto en el habit&aacute;culo como en las rentas a compartir. Casas de personas mayores, que deben acoger a hijos y nietos, ahora sin trabajo, sin hogar y muy a menudo sin ilusiones. Del rol de consolado que algunos veteranos esgrim&iacute;an, al de sustento y consolador de los m&aacute;s cercanos que est&aacute;n viviendo situaciones crudas en sus planteamientos vitales. Se han vuelto a poblar casas vac&iacute;as, con hijos y padres; hijos que abandonaron ese hogar hace a&ntilde;os y padres que, quiz&aacute; por esa falta de posibilidad de recibir los cuidados precisos en su casa, tambi&eacute;n pasaron a camas residenciales que ahora se ven vac&iacute;as. "El abuelo vuelve a casa". "Nosotros lo cuidaremos". Lo no dicho: "con el coste de la residencia del abuelo trataremos de sobrevivir un poco m&aacute;s de tiempo".</font></p>
    <p><font face="Verdana" size="2">La crisis ha dejado al descubierto la fina capa de barniz de una Ley de Dependencia, interesante, que ha tenido la mala fortuna de ver la luz en un momento inadecuado. Una gran conquista social, que vuelve a empa&ntilde;arse por falta de un desarrollo justo y suficiente que la posibilite m&aacute;s all&aacute; del papel. Numerosas familias ven c&oacute;mo esas ayudas no llegan o, para aquellos que tuvieron mejor suerte, se cercenan d&iacute;a a d&iacute;a, frenando las aspiraciones de una atenci&oacute;n global y de calidad para los m&aacute;s necesitados. El tiempo que se dieron las regiones para implementar este marco de derecho precisar&aacute; al menos de una d&eacute;cada m&aacute;s para reactivarse. Muchos ya no estar&aacute;n aqu&iacute;.</font></p>
    <p><font face="Verdana" size="2">La crisis est&aacute; tallando, con todas las aristas imaginables, desaliento y desabastecimiento. Las presiones laborales a las que, como en otros colectivos, se ha sometido a los profesionales sanitarios y sociales est&aacute;n traduci&eacute;ndose a menudo en un desencanto que debilita la implicaci&oacute;n e hipoteca la vocaci&oacute;n, poniendo en peligro la calidad de los cuidados. La formaci&oacute;n y la investigaci&oacute;n en esta materia, ambos principios regeneradores de ilusi&oacute;n y mejora en la atenci&oacute;n, ha quedado relegada cuando no suspendida por imperativo, a buen seguro por considerarlas poco relevantes y prescindibles. Plantillas m&aacute;s raqu&iacute;ticas y fatigadas en el &aacute;mbito gerontol&oacute;gico que solo pueden pensar en conservar sus puestos de trabajo, sin mirar a los lados o levantar la voz, porque est&aacute;n amenazados por la precariedad y la abrumadora oferta. Empezamos a ver c&oacute;mo, especialmente en algunos centros residenciales (rengl&oacute;n seguido en domicilios y hospitales, no tengan dudas), algunos productos b&aacute;sicos para la atenci&oacute;n de los usuarios, como son los absorbentes (pa&ntilde;ales) que brindaba el sistema sanitario p&uacute;blico, han visto disminuida su provisi&oacute;n a la mitad. ¡Apenas dos pa&ntilde;ales diarios para ancianos incontinentes! Los materiales para curas de heridas vuelven a ser aquellos trasnochados que fuimos abandonando hace m&aacute;s de dos d&eacute;cadas y el peso aplastante de las evidencias cient&iacute;ficas disponibles y que avalan un uso coste-eficiente son sofocados por un credo exclusivo y err&oacute;neo al coste. Y...</font></p>
    <p><font face="Verdana" size="2">Veremos c&oacute;mo esta crisis, franca y activa todav&iacute;a, se cobrar&aacute; como nueva v&iacute;ctima, una reducci&oacute;n de la propia esperanza de vida que tanto lustre da o ha dado a nuestra ciudadan&iacute;a. Habremos de esperar un poco para ver esa involuci&oacute;n que dem&oacute;grafos y geront&oacute;logos vaticinan, pero ya podemos contemplar sin tener que separarnos un &aacute;pice de nuestro realidad cotidiana, un atentado contra la calidad de vida, tan vitoreada, un empobrecimiento radical de todos los grupos y el de los mayores doblemente si cabe (sus ahorros, ahora sost&eacute;n de muchos, tocan fondo), una inestabilidad e inseguridad, para ellos y sus descendientes, que favorece la falta de ganas de vivir y una rabia contenida hacia los responsables de esta compleja situaci&oacute;n (¿pol&iacute;ticos, banqueros...?), que artefacta su salud en el m&aacute;s amplio sentido que esta palabra cobra en los mayores.</font></p>
     ]]></body>
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