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</front><body><![CDATA[ <P>&nbsp;</P>     <P>&nbsp;</P>     <P><b><font face="Verdana" size="4">Valores, modos y modas en el ejercicio de la medicina</font></b></P>     <P>&nbsp;</P>     <P>&nbsp;</P>     <P><b><font face="Verdana" size="2">José Luis González Quirós</font></b></P>     <P><font face="Verdana" size="2">Instituto de Filosofía, Consejo Superior de Investigaciones Científicas.</font></P>     <P>&nbsp;</P>     <P>&nbsp;</P>     <P><font face="Verdana" size="2">A la hora de referirnos a los problemas que afectan al ejercicio de la  profesión médica no basta con abordarlos desde el punto de vista de lo que  podríamos considerar la medicina misma sino que hay que tener también muy en  cuenta una serie de propiedades del entorno cultural y social, porque la  medicina, además de un saber y de un arte es, muy fundamentalmente, una función  social básica. Dado que la sociedad occidental ha cambiado de manera muy radical  en las últimas décadas sería realmente sorprendente que no hubiese desajustes y  problemas en el ejercicio de una función tan llena de historia como la medicina  clínica que, por otra parte, también ha sufrido sus mutaciones autónomas.</font></P>     ]]></body>
<body><![CDATA[<P><font face="Verdana" size="2">Los sociólogos han llamado la atención sobre el hecho de que en la sociedad  contemporánea tiende a desdibujarse con gran rapidez casi cualquier vínculo  inmediato entre palabras y cosas, incluso entre palabras y palabras. Estamos, de  hecho, ante una sociedad muy plural y compleja en la que un cierto relativismo  básico se ha convertido en una especie paradójica de valor indiscutible. A veces  se llama <i> reflexividad</i> a este fenómeno, una supuesta libertad de pensamiento  basada en una sospecha general que afecta a cualquier pretensión de verdad, que  intensifica la confusión y que, en definitiva, hace bien real el temor de Juan  de Mairena: en la mayoría de los casos ya no existe la verdad sino solo lo que  dice Agamenón (cualquiera de los muchos Agamenones) o lo que dice el porquero  (uno cualquiera de los infinitos porqueros). Si a esa enorme debilidad que  afecta a buena parte de los conocimientos antes tenidos por sólidos se añade la  fuerte politización que suele impedir en numerosísimos terrenos el debate sereno  (porque se sabe desde el principio quién es el amigo y quién el enemigo), nos  encontramos con que en el mundo contemporáneo el viejo oficio del intelectual se  ha vuelto una auténtica rareza. En cualquier caso, este ambiente intelectual  aconseja el refugio en el especialismo (el pequeño grupo con el que podemos  entendernos) y da lugar a una atomización de las cuestiones que favorece de modo  preocupante la falta de diálogo. Cada corporación, cada oficio, cada individuo  tiende a guiarse por su librillo y a defenderse del que pretenda darle cualquier  clase de lecciones.</font> </P>     <P><font face="Verdana" size="2">En esta atmósfera intelectual se tenderá a ver como un desafuero que alguien  que no sea médico opine sobre problemas que afectan a los médicos, como por  ejemplo las cuestiones de carácter ético. Se trata, sin embargo de problemas  para los que la ciencia médica no tiene respuestas especialmente válidas, en  ocasiones, aunque no siempre, porque esas respuestas no existen en ninguna  parte. Sin embargo la reflexión desde fuera sobre los problemas de la práctica  médica constituye un desafío intelectual de gran magnitud. Valgan estas líneas  de pórtico para algunos de los problemas que precisan un tratamiento más  detenido y constante.</font> </P>     <P><font face="Verdana" size="2">El ejercicio de la medicina se realiza a través de una actividad profesional  cuyo estatuto público ha ido adquiriendo importantes matices diferenciales a lo  largo de una historia milenaria. Por mucho que miremos hacia el pasado o hacia  culturas muy distintas a la nuestra será difícil encontrar sociedades, por  primitivas que nos puedan parecer, en las que no existan personas que ejercen  alguna función médica, que se preocupen de curar y de ayudar a quienes sufren.  Muchas son las cosas que han cambiado muy profundamente, sin embargo, en el  entorno que define la práctica médica, en las expectativas que suscita y en las  demandas que recibe.</font> </P>     <P><font face="Verdana" size="2">Pese a que los especialistas en historia tiendan a subrayar los cortes y las  revoluciones como hitos decisivos en el desarrollo del conocimiento y en los  cambios sociales, no es fácil deshacerse de la idea de que una actividad como la  médica, que se ha ejercido de manera ubicua y con una continuidad apenas  interrumpida en las más distinta épocas, no se ha desprendido nunca del todo de  sus rasgos más sobresalientes en cada momento. Así podemos encontrar en el  médico de hoy formas de comportamiento que vinculan el ejercicio de su profesión  con etapas muy antiguas de la práctica médica, del mismo modo que son patentes,  por el contrario, determinados patrones de comportamiento profesional que  derivan de factores mucho más modernos, como, por ejemplo, el régimen jurídico  en que se enmarca el ejercicio de la profesión o el componente tecnológico que  ha ido adquiriendo buena parte de la práctica médica en nuestros días.</font> </P>     <P><font face="Verdana" size="2">Esta convivencia de lo nuevo y de lo antiguo es inevitable, y es muy  característica de los asuntos en los que se pone en juego los valores esenciales  que dan sentido a la vida, unos valores que, incluso en el seno de nuestra  cultura, no configuran una lista cerrada y de lectura inequívoca. En suma, la  práctica médica está sometida, como cualquier otra institución social, a los  vaivenes del tiempo, a las ataduras de la época. La mentalidad científica nos  invita a ver en cada cambio un progreso y nos hace más difícil la comprensión  del carácter no lineal de algunos cambios sociales que a veces, lejos de ser  mejoras inequívocas suponen ciertos retrocesos o tienden a exhibir un cierto  carácter cíclico, como ocurre notoriamente con las modas que van y vienen.</font></P>     <P><font face="Verdana" size="2">Apenas es posible pensar una actividad humana que esté completamente al  abrigo de esa clase de oscilaciones, cuyo transcurso en el tiempo sea  perfectamente lineal e inequívocamente progresivo, sin que existan otros  factores de cambio que los puramente lógicos o racionales. Un análisis irónico  de cómo se produce la renovación en la ciencia, que se atribuye habitualmente a  Max Planck, afirma que las verdades científicas no triunfan convenciendo a sus  oponentes y haciéndoles ver la luz, sino, más bien, porque los oponentes se  mueren y una nueva generación crece familiarizándose con la proclamación y la  aceptación de las verdades nuevas.</font></P>     <P><font face="Verdana" size="2">Cuando cualquier problema dista de estar enteramente claro, el problema mismo  se convierte en una fuente de disputas inacabables. Sin embargo, al menos en  ocasiones, cuando esas disputan se acaban es peor, porque puede ocurrir que  emerja un consenso a la Planck sin demasiados argumentos decisivos en su favor.  La razón es sencilla: la gente necesita creer y quiere creer que las cosas son  como le parece que son y es muy difícil mantener en alto la guardia para  distinguir con nitidez lo que se sabe de lo que se cree saber. Nadie comprueba,  nadie podría hacerlo, todas las cosas que se le enseñan como verdaderas, de modo  que basta un tiempo no muy largo para que un error de apreciación indebidamente  generalizado pueda convertirse en dogma. La ciencia sólo progresa adecuadamente  cuando se hace prácticamente inmune a esa pasión por creer, a ese deseo de  confiar en que ya se sabe todo.</font> </P>     <P><font face="Verdana" size="2">El médico dedicado a la clínica (no, por supuesto, en el del médico dedicado  a la investigación), sea cual sea la calidad de su preparación científica, no es  propiamente un científico, no tiene que dirigir sus pasos al establecimiento de  una verdad abstracta que puede resultar inútil para su paciente sino a la  curación de la persona concreta que tiene a su cargo. En el trabajo del médico  el carácter práctico tiene que predominar necesariamente sobre su carácter  teórico. Se halla, por tanto, frente a la necesidad de formular juicios  prácticos, aquellos sobre cuya dificultad especial ya llamó la atención  precisamente uno de los investigadores que más contribuyó a hacer de la medicina  se convirtiera en una Ciencia. Ésta es la reflexión de Claude Bernard:</font></P>     <P><font face="Verdana" size="2">"En medicina, es posible también elevarse a las generalidades más abstractas,  ya colocándose en el punto de vista del naturalista y considerando a las  enfermedades como especies morbosas que trata de definir y clasificar  nosológicamente, ya porque, partiendo del punto de vista fisiológico, se  considere que la enfermedad no existe, en el sentido de que no sería más que un  caso particular del estado fisiológico. No hay dudad de que todas estas  opiniones son rayos de luz que nos dirigen y nos son útiles. Pero si nos  entregamos exclusivamente a esta contemplación hipotética, bien pronto  volveríamos la espalda a la realidad; y eso sería, en mi opinión, interpretar  mal la verdadera filosofía científica, al establecer una especie de oposición o  exclusión entre la práctica que exige el conocimiento de las particularidades y  las generalizaciones precedentes que tienden a integrar todo en el todo. En  efecto, el médico no es, modo alguno, el médico de los seres vivos en general,  ni siquiera el médico del género humano, sino el médico del individuo humano, y  además el médico de un <i>individuo </i>en determinadas condiciones morbosas peculiares  a él, y que constituye lo que se ha llamado su idiosincrasia&quot;<sup>1</sup>. (Cursivas del  autor.)</font> </P>     <P><font face="Verdana" size="2">En ese contexto, el médico está necesariamente abocado a dar por buenas  cuantas cosas le han sido enseñadas y a hacerlo con la única libertad que le  pueden permitir los siempre estrechos límites de su experiencia personal. El  médico está especialmente inclinado a creer en la verdad de unos remedios cuya  validez no siempre ha podido comprobar de primera mano (y eso dejando de lado  las paradojas que acompañan a cualquier análisis de los procesos de  verificación). El médico es, antes que un investigador o un teórico cuyo buen  oficio consiste en la capacidad de poner en duda buena parte de lo que se le ha  enseñado, un miembro de una profesión que ha de actuar necesariamente conforme a  unos saberes fundados con mayor o menor rigor, a unas normas establecidas con  mayor o menor acierto y a una experiencia clínica personal más o menos rica.  Incluso Pío Baroja (1872-1956), del que por cierto este año celebramos el  cincuenta aniversario de su fallecimiento, que ejerció escasamente un año, pudo  darse cuenta, en tan corto período, de que el ejercicio de la medicina es algo  más complejo que la rigurosa adquisición de unos conocimientos teóricos. La  falta de tacto humano o de habilidad para entender las circunstancias de todo  tipo que rodean al padecimiento físico puede crear verdaderos problemas a un  paciente concreto:</font></P>     ]]></body>
<body><![CDATA[<blockquote>     <P><font face="Verdana" size="2">"A veces molestaba uno a los pacientes sin quererlo y sin pensarlo. Muchas  viejas enfermas, aunque no se hallaban graves, le decían a uno que querían  confesarse y comulgar. Si entonces se les decía que no se encontraban en estado  tan grave, resultaba que se incomodaban. Al parecer, diciendo que se encontraban  mal eran más atendidas y cuidadas&quot;<sup>2</sup> .</font></P> </blockquote>     <P><font face="Verdana" size="2">El médico está vinculado por las ideas vigentes acerca de la salud, un  concepto de difícil precisión como no sea mediante una definición casi vacía de  puro obvia y exagerada. Y debe hacerlo con los medios que le proporciona el  entrenamiento en una profesión especialmente ligada a la tradición, que sabe  tanto o más por vieja que por diabla. La experiencia histórica da una cierta  seguridad, pero no lo es todo. Muchas de las exigencias contemporáneas en  materia de salud apenas tienen antecedentes. Baste con considerar la  complicación que introduce en el panorama de la práctica clásica de la medicina  la paradoja de que el incremento global de la duración media de la vida (dato  que, sean cuáles sean las precisas causas históricas, significa un éxito de las  políticas de higiene y sanidad) trae consigo un notable aumento de las  necesidades sanitarias de una población de edad media muy avanzada.</font> </P>     <P><font face="Verdana" size="2">El desarrollo científico, el desarrollo de la higiene y el desarrollo  económico han diversificado y dificultado enormemente las exigencias sociales  que se plantean a los médicos y han traído consigo una notable complicación del  entorno ético y profesional en el que se desenvuelve la medicina: mayores  exigencias, mayores controles, mayor conflictividad y, como consecuencia, en  muchas ocasiones, mayor frustración.</font></P>     <P><font face="Verdana" size="2">El médico ya no puede ser un chamán al que nadie discute, aunque haya de  conservar algo de esa vieja sabiduría capaz de infundir respeto y dotar de  credibilidad a su trabajo como condición previa de eficacia. Su autoridad se ve  reforzada por el prestigio de la ciencia y el predicamento de la tecnología que  utiliza, pero se ve también debilitada cuando, como ocurre en la cultura  posmoderna, el prestigio de la ciencia comienza a ponerse en solfa o se repara  en el carácter <i>inhumano</i> de muchas tecnologías médicas. Como si fuese consciente  de ese déficit de legitimidad (el chamán ya no tiene público y la ciencia  tampoco es lo que era), la sociedad tiende a reforzar la autoridad del médico  confiriéndole un status de autoridad civil, haciendo de él un funcionario de la  salud.</font> </P>     <P><font face="Verdana" size="2">No es fácil para nadie manejar unas fuentes de legitimidad tan inconexas y,  en ocasiones, algo más que levemente contradictorias. El paciente debe seguir  los consejos del médico porque se fía personalmente de él (de su chamán), pero  tiende a seguirlos por su saber o por su autoridad puesto que, al fin y al cabo,  el médico es quien decide si tiene que ir a trabajar o puede quedarse en casa o  quien determina otra serie de asuntos que mucho le importan, como, por ejemplo,  la cuantía de una indemnización o su capacidad para asumir ciertas funciones.</font>  </P>     <P><font face="Verdana" size="2">La generalización de los servicios sanitarios ha convertido al médico, por  otra parte, en el centro de un sistema de gasto de dimensiones colosales en el  que todo parece estar un poco fuera de control. El aumento del personal  destinado a los servicios de sanidad parece ser una constante de los últimos  años, y ello independientemente del carácter público (Europa) o privado (EEUU)  de los sistemas de salud. Ello ha provocado una suerte de <i> reprivatización</i> de la  práctica médica puesto que, al fin y a la postre, el paciente se encuentra a  solas con su médico pero, además, porque los gestores de los sistemas sanitarios  han comenzado a forzar a los médicos a tratar a sus usuarios como si fueran  consumidores o clientes de un servicio cualquiera.</font></P>     <P><font face="Verdana" size="2">Si a ello se añade el efecto superficial provocado por las filosofías  anti-autoritarias (más terminológico que real, en cualquier caso) que se han  traducido en un rechazo, al menos retórico, del llamado <i>paternalismo</i> médico, y  el auge de las preocupaciones bioéticas centradas en la doctrina de la autonomía  de los pacientes, se hace fácil comprender que el médico se haya visto  convertido con alguna frecuencia en una especie de <i>asesor</i>, en alguien a quien el  cliente pregunta para hacer luego lo que mejor le parezca. Todo ello configura  un panorama en el que, como ha escrito José Luis Puerta<sup>3</sup>, la medicina se ha  convertido, de alguna manera, en un bien de consumo.</font></P>     <P><font face="Verdana" size="2">Si hago la enumeración sumaria de algunos de los factores sociológicos y  políticos que condicionan el complejísimo entorno de la práctica médica  contemporánea es para advertir, a continuación, que todo este panorama  requeriría una reflexión de conjunto muy a fondo y, muy probablemente una  redefinición de los principios básicos que han inspirado la práctica médica  tradicional, digamos, hasta la Segunda Guerra Mundial.</font></P>     <P><font face="Verdana" size="2">Es imposible que nadie sea a la vez un buen chamán, un científico puntero,  una autoridad civil prestigiosa y un asesor profesional competente. Cualquier  persona a quien se cargue con la mitad de esas responsabilidades cumplirá  chapuceramente con, al menos, una de ellas. Urge, por tanto, un debate de fondo  sobre las funciones de la medicina en la sociedad del siglo XXI y no servirá de  nada hacer como si no pasase nada y estuviésemos en 1930 con una sociedad que  respeta y admira a los médicos y con unos profesionales que pueden cumplir, con  sacrificio, desde luego, pero sosegadamente, con su función.</font></P>     ]]></body>
<body><![CDATA[<P><font face="Verdana" size="2">Las páginas de los periódicos se llenan a diario con informaciones  sanitarias, con reclamaciones, con denuncias. Muchos pacientes consultan  Internet previamente a acudir al médico. Nada es lo que era y tenemos que  preguntarnos qué queremos que sea. No sirve de nada conformarse con ilusiones.  Si no se abordan a fondo las cuestiones pendientes y se acometen las reformas  necesarias la medicina seguirá conservando gran parte de su merecido prestigio,  pero crecerá la conflictividad, aumentarán los costes y se perderán  oportunidades de hacer las cosas mejor.</font></P>     <P><font face="Verdana" size="2">Seguir pensando que la acción del médico se justifica en función de la  honorabilidad o el altruismo de sus fines y en la existencia de algo así como  una conciencia médica objetiva que se obtiene de modo casi insensible y  automático con una buena preparación profesional, es renunciar a entender la  complejidad del mundo en que vivimos y vamos a vivir. Está bastante claro que,  al menos desde hace medio siglo (trasplantes, diálisis, avances bioquímicos y en  biología molecular, etc.), el campo de la medicina no cesa de plantear problemas  de índole moral que no pueden ignorarse o subjetivarse<sup>4</sup>.</font> </P>     <P><font face="Verdana" size="2">Preguntarnos qué podemos esperar de la medicina y qué deberíamos hacer para  conseguirlo supone replantear a fondo cada una de las dimensiones del conjunto  del sistema sanitario para tratar de detectar y corregir sus incoherencias sus  disfunciones y sus efectos perversos, que de todo abunda. No es una tarea que  nadie pueda acometer en solitario ni tampoco es algo que, pese a su indudable  repercusión política, quepa dejar en las solas manos de los políticos que, la  mayoría de las veces se dejan llevar por la mera rutina y por la apariencia sin  atreverse a plantear cuestiones que puedan suscitar el rechazo de los electores.</font>  </P>     <P><font face="Verdana" size="2">En el conjunto de cuestiones que ha de suscitar este análisis brilla con  especial luz propia la necesidad de establecer un marco legal muy preciso para  las decisiones médicas que tienen fuertes implicaciones éticas. Los médicos no  deberían dejarse llevar por la tentación de seguir haciendo lo que les parece  bien sin que los afectados puedan opinar, dejándose llevar por la pretensión un  poco quimérica de que existe una suerte de ética médica que solo ellos conocen y  que a nadie es lícito poner en cuestión. Esta es una actitud que tal vez pudiera  haberse defendido en otros momentos en que la serie de los principios éticos  gozaba de un mayor consenso que el que ahora es llevadero pero que ahora es  totalmente inane. La capacidad de decisión del médico no puede ignorar lo que  establece la ley ni lo que mandan los correspondientes protocolos profesionales  de actuación. Tanto la ley como esos protocolos gozan y deben gozar de un  estatuto público cuya existencia cumple dos funciones esenciales: en primer  lugar, obligar a que los profesionales certifiquen con precisión determinadas  decisiones y actos médicos y, en segundo término, que puedan usarse para  legitimar reclamaciones fundadas.</font></P>     <P><font face="Verdana" size="2">La autoridad del médico no puede consistir en un poder capaz de evitar  cualquier examen de sus actos. El médico, que se las ve con la vida y la muerte  de sus pacientes, tiene que estar socialmente protegido frente a reclamaciones  quiméricas para poder obrar con la libertad de juicio que requiere cualquier  profesión intelectual, pero ello no puede entenderse en el sentido de que su  actuación quede libre del sometimiento a ciertas normas establecidas por  prudencia y por la experiencia profesional acumulada. No está de más recordar,  aunque la anécdota pueda rozar la caricatura, que allá por 1870, cuando Pasteur  alertó al personal sanitario de que podían estar transportando en sus manos un  microbio desde las mujeres enfermas a las sanas, un médico se sintió ultrajado  por poner en duda el honor de la profesión y lo retó a un duelo. Si bien la  reacción no tuvo esta teatralidad, la respuesta que el gran cirujano y  ginecólogo estadounidense, Charles Delucena Meigs (1792-1869), al que se le debe  una de las técnicas de histerectomía más ampliamente usadas, dio al profesor de  Harvard Oliver Wendell Holmes<sup>5</sup> (1809-1894), cuando éste hizo notar la alta tasa  de fiebre puerperal que se registraba en la práctica de muchos médicos, estaba  inspirada en esa misma mentalidad que cree poder hallar en la honorabilidad  personal (hoy diríamos en la conciencia profesional de cada cual) una garantía  por encima de cualquier escrutinio:</font></P>     <blockquote>     <P><font face="Verdana" size="2">"He practicado la obstetricia desde hace muchos años, he atendido varios  miles de parturientas y he asistido a repetidas epidemias de fiebre puerperal,  tanto en ciudades como en hospitales. Después de toda esta experiencia, sin  embargo, no encuentro —tras una rigurosa reflexión y autoexamen— el más mínimo  motivo para suponer que yo haya en alguna ocasión transportado la enfermedad de  un sitio a otro en ningún caso... A lo largo de mi vida profesional he  practicado muchas necropsias con el objeto de investigar la fiebre puerperal,  pero nunca he suspendido mi actividad como tocólogo por este motivo. En todo  caso, estoy seguro de que yo no he sido el medio de su transmisión… <i>las manos de  un caballero están limpias</i>"<sup>6</sup>. (Las cursivas son mías.)</font> </P> </blockquote>     <P><font face="Verdana" size="2">Esas normas a las que me vengo refiriendo no limitan la libertad del médico  precisamente porque deben fijar muy estrictamente el ámbito en el que es el  único responsable y sus decisiones están fuera de discusión. De ninguna manera,  esta situación es incompatible, todo lo contrario, con el derecho que el  paciente tiene a ser el protagonista de su enfermedad y, por tanto, a participar  en las decisiones que conciernen a su salud. Y éste fue precisamente el gran  paso que se dio en 1973, cuando la American Hospital Association publicó la  primera "Carta de derechos del paciente" (<i>Patient's Bill of Rights</i>), que  favoreció que el equilibrio de autoridad se desplazara de los médicos a los  pacientes y se empezasen a desterrar los modos paternalistas en las consultas.  No se olvide, sin embargo, que es más fácil desterrar un defecto en la teoría  que no cometerlo en la práctica, de modo que lo que ocurre en muchas ocasiones  es que la autonomía del paciente es más retórica que efectiva.</font></P>     <P><font face="Verdana" size="2">En otros momentos de la historia ha sido posible, sin duda, un ejercicio  profesional más independiente de controles, más absolutista, por decirlo de  algún modo, pero hoy en día se nos antoja inconcebible, tanto por la complejidad  de la profesión médica como por la actitud que nuestra sociedad tiene hacia la  sanidad. Es el conjunto de factores que determinan la práctica médica el que ha  cambiado y está cambiando con mucha celeridad. Es imposible pensar en un  ejercicio ético de la profesión médica que no tome en cuenta la gravedad y  novedad de esta clase de cambios, aunque ello suponga que, en muy contadas  ocasiones, el médico haya de trabajar sometido a un escrutinio casi constante.  Entre los compromisos que el médico adquiere al ponerse al servicio de los demás  ni figura, ni puede figurar de ninguna manera el privilegio de no dar  explicaciones.</font> </P>     <P>&nbsp; </P>     ]]></body>
<body><![CDATA[<P><font face="Verdana"><b>Bibliografía</b></font> </P>     <P><font face="Verdana" size="2">1. Bernard Cl. Introducción al estudio de la medicina experimental (trad. al  español de Luis Alberti). En: Laín Entralgo P (ed.). Claudio Bernard. Madrid:  Ediciones el Centauro; Clásicos de la Medicina. 1947, p. 258. (Publicada  originalmente en 1865.).</font></P>     <P><font face="Verdana" size="2">2. Baroja P. Familia infancia y juventud. Madrid: Caro Raggio, editor. 1982,  pp. 366-367.</font></P>     <P><font face="Verdana" size="2">3. Puerta JL. Editorial: El verdadero debate. Revista de Humanidades.  2005;4(2):181-184.</font></P>     <P><font face="Verdana" size="2">4. González Quirós, J. L.: Incertidumbre y riesgo en biomedicina. Argumentos  de razón técnica. 2002; 5:177-206.</font></P>     <P><font face="Verdana" size="2">5. Sobre este interesante personaje, véase: Prieto S. Oliver Wendell Holmes  (1809-1894). Estetoscopio y Letras. Revista de Humanidades. 2006;5 (1):  133-140.</font></P>     <P><font face="Verdana" size="2">6. Meigs CD. On the Nature, Sings, and Treatment of Childbed Fevers.  Philadelphia. 1859, p. 102 y 104. La cita ha sido tomada de: Sharpe VA y Faden  AI. Medical Harm. Historical, conceptual and ethical dimensions of iatrogenic  illnes. Cambridge: Cambridge University Press. 1998, p.  154.</font></P>     ]]></body>
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