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</front><body><![CDATA[ <p align="center">MISCEL&Aacute;NEA</p> <hr>     <p align="center"><font size="4"><b>CARTAS AL DIRECTOR</b></font></p>     <p><b><font size="4">Que comience el espect&aacute;culo</font></b></p>     <p><b>Sr. Director:</b> La Navidad es una &eacute;poca del a&ntilde;o que cuenta con  tantos entusiastas como detractores. No conozco ning&uacute;n ni&ntilde;o que  no le guste la Navidad pero hay adultos a los que no les motiva e incluso les  desagrada. Es cierto que ha podido perder su origen religioso para convertirse  &nbsp;en una fecha comercial y que la reuni&oacute;n familiar, que en ocasiones  puede ser la m&aacute;s completa del a&ntilde;o, puede tener presencias obligatorias  no deseadas o ausencias dolorosas. En lo que s&iacute; que creo que estaremos  de acuerdo es en que el hospital no es el mejor lugar para pasar estas fechas.  Los pacientes no lo suelen expresar as&iacute; ya que est&aacute;n en el hospital  por necesidad y no por gusto. Desear&iacute;an poder estar en sus casas tanto  como estar sanos pero a falta de lo uno asumen lo otro. Esta forma de asumirlo,  sin embargo, no se refleja en dos datos que no son controlables por ese razonamiento:  el apetito y el sue&ntilde;o. La anorexia es un s&iacute;ntoma inespec&iacute;fico  y dif&iacute;cil de abordar, que en ocasiones traduce un estado de &aacute;nimo.  A pesar de que en estas fechas se intenta mejorar el men&uacute; ofreciendo  alg&uacute;n extra especial se puede constatar como no siempre pueden apreciar  este esfuerzo ya que no les apetece. Y si durante el d&iacute;a los pacientes  pueden tener distintas expectativas y compa&ntilde;&iacute;as, la noche les  impone una soledad que les deja a solas con sus pensamientos, miedos y temores.  La ansiedad y la tristeza aparecen rob&aacute;ndoles la paz y son frecuentes  los avisos aduciendo una dificultad para conciliar el sue&ntilde;o. Esa falta  de descanso es un factor importante en el control de s&iacute;ntomas como por  ejemplo el dolor.</p>     <p>Por parte de los profesionales, podr&iacute;amos afirmar que en estos d&iacute;as  se tiene la sensibilidad de intentar que todo paciente que pueda se quede en  su domicilio. Aun as&iacute;, hay personas que es inevitable que permanezcan  ingresadas. No est&aacute; en nuestras manos acelerar el proceso que tienen,  ni se debe dar un alta de forma inadecuada. Pero, ¿podemos hacer algo  para que esos d&iacute;as sean distintos? As&iacute; se lo plantearon los trabajadores  del Hospital Can Misses hace ya unos 14 a&ntilde;os. Una de las ideas fue realizar  un Festival de Navidad con los propios trabajadores y otros voluntarios. Durante  un mes se preparan playbacks, canciones y peque&ntilde;os sketchs de humor.  En realidad no tiene importancia el “qu&eacute;” ya que le supera el “para qu&eacute;”.  Por encima de las limitaciones t&eacute;cnicas de cada uno surge la ilusi&oacute;n  por hacer un regalo con el esfuerzo propio a los pacientes. Y es esto lo que  creo que m&aacute;s se valora.</p>     <p>Podr&iacute;a escribir sobre la presentaci&oacute;n o el desarrollo de la  obra pero el espect&aacute;culo no estaba en el escenario si no en el sal&oacute;n  de actos. Uno de los n&uacute;meros que hicimos fue un full-monty. Yo estuve  en contra desde el principio. No me parec&iacute;a adecuado, pero por disciplina  actoral segu&iacute; adelante. Cuando sub&iacute; al escenario y comenz&oacute;  la canci&oacute;n de “Hot Chocolate” vi en la primera fila a una se&ntilde;ora  en su silla de ruedas, con su bata, su gotero y una sonrisa de oreja a oreja.  Era ese el verdadero y mejor espect&aacute;culo que pod&iacute;a estar sucediendo.  Y yo, junto a mis otros compa&ntilde;eros &iacute;bamos a ser testigos privilegiados.  Daba igual lo que hici&eacute;ramos, si lo hac&iacute;amos bien o no, se nos  ped&iacute;a muy poco. Se nos ped&iacute;a &uacute;nicamente acompa&ntilde;arles  de la mano y atravesar una puerta que les iba a sacar del hospital por un rato,  que les iba a permitir re&iacute;r sin sentirse culpables, que les iba a hacer  olvidar su gravedad. Si todo esto lo pod&iacute;amos conseguir con ese peque&ntilde;o  esfuerzo, est&aacute;bamos dispuestos a seguir adelante. Merec&iacute;a la pena.  Un laboratorio que inventase un f&aacute;rmaco capaz de producir los efectos  que nosotros con el festival est&aacute;bamos consiguiendo, seguro que tendr&iacute;a  un gran &eacute;xito y se recetar&iacute;a a diario.</p>     <p>El p&uacute;blico, formado por los pacientes y sus familiares, tiene tantas  ganas de pasarlo bien que no es muy dif&iacute;cil arrancarles las risas y los  aplausos. Para los familiares tambi&eacute;n son unos momentos dif&iacute;ciles  de llevar. En la humana necesidad de comunicarse surgen cuestiones tab&uacute;  que prefieren no abordar y mientras aparece un nuevo tema de conversaci&oacute;n,  surge el temido silencio. Y como no sabemos estar en silencio puede que digamos  cosas inapropiadas. Al ofrecer una actividad amena y divertida para realizar  conjuntamente no tienen necesidad de rellenar el tiempo con palabras. No es  que haga falta organizar un festival para esto pero pudimos apreciar tambi&eacute;n  como se crea una situaci&oacute;n de regocijo mutuo entre el paciente y su familia,  donde est&aacute;n disfrutando con un evento “externo” y no necesitan hablar,  ni decir nada. Surge un cari&ntilde;o, un v&iacute;nculo, una comunicaci&oacute;n  sin palabras mucho m&aacute;s eficaz que la propia verbalizaci&oacute;n de los  sentimientos.</p>     <p>Despu&eacute;s de la actuaci&oacute;n, todo fueron felicitaciones aunque  demasiado benevolentes dado el esfuerzo y la motivaci&oacute;n. Sin embargo,  lo que m&aacute;s nos satisfizo fue lo que o&iacute;mos m&aacute;s tarde: las  consecuencias. Otro acontecimiento, digno de haber sido visto, pero sin luces,  ni maquillaje, continu&oacute; en los pasillos y habitaciones del hospital.  Las enfermeras que esperaban en el control de las plantas vieron volver a los  pacientes con una sonrisa, alegres y animados. Y nos dijeron que aquella noche  se lo comieron todo y durmieron mejor. En los d&iacute;as posteriores, cuando  he preguntado a los asistentes su opini&oacute;n he observado como ya no recuerdan  de qu&eacute; era la obra, ni qu&eacute; vieron, si no que permanece una sensaci&oacute;n  de alegr&iacute;a y de haberlo pasado bien. Incluso un paciente lleg&oacute;  a afirmar que hab&iacute;a sido la mejor medicina que le hab&iacute;an dado  en el hospital. Me cont&oacute; como hac&iacute;a tiempo que no se hab&iacute;a  re&iacute;do tanto. Podemos llegar a plantearnos que el hospital es lugar serio  de enfermedad y de sufrimiento donde no tiene cabida el sentido del humor. Pero  testimonios como el de este paciente nos demuestran que es un elemento aun m&aacute;s  necesario que para personas sanas. Es una forma de sobrellevar su situaci&oacute;n.  Ya es dif&iacute;cil de por s&iacute; como para dramatizarla m&aacute;s. Hay  muchos m&aacute;s testimonios que no podremos recoger o comentarios que quedar&aacute;n  en la intimidad pero me gustar&iacute;a aportar un &uacute;ltimo recogido por  casualidad. Porque se lo pudieron pasar mejor o peor, conseguimos hacerles sonre&iacute;r  o no, hacerles olvidar su situaci&oacute;n, pero para algunos s&iacute; que  fue realmente inolvidable. Y as&iacute; lo demuestra lo que le sucedi&oacute;  a uno de los voluntarios, camarero de profesi&oacute;n, al ir a servir una de  sus mesas en su cafeter&iacute;a. Una adolescente de unos 13 o 14 a&ntilde;os  le dijo a su madre: “Mam&aacute;, es Julio Iglesias”. El camarero se qued&oacute;  desconcertado pero poco a poco record&oacute; como su cliente era aquella paciente  a la que llevaron en su propia cama al sal&oacute;n de actos y a la que &eacute;l  se hab&iacute;a acercado para dedicarle un playback de Julio Iglesias. Ella  no lo hab&iacute;a olvidado, ni creo que lo olvide nunca. Puede incluso que  con el transcurrir del tiempo sea lo &uacute;nico que quiera recordar de su  estancia en el hospital.</p>     <p>La cuesti&oacute;n no era realizar un gran espect&aacute;culo sino quitarnos  por un d&iacute;a nuestras batas para que los enfermos tambi&eacute;n se pudieran  quitar sus pijamas y se olvidasen de d&oacute;nde estaban y por qu&eacute; estaban  all&iacute;. Creo que esta es la base del concepto de humanizaci&oacute;n de  la salud: abandonar el rol de un profesional distante protegido y armado con  la tecnolog&iacute;a para que el paciente o usuario tambi&eacute;n abandone  su rol y as&iacute;, ambos podr&aacute;n convertirse en lo que a pesar de la  enfermedad y de la bata nunca dejaron de ser: personas. Ese encuentro real de  personas hace descubrir al otro en sus necesidades y limitaciones. Transforma  la relaci&oacute;n que ya no es ni paternalista, ni autonomista sino la de dos  seres humanos que intentan caminar hacia la misma direcci&oacute;n. Por encima  de mi opini&oacute;n como profesional o participante est&aacute; la de las personas  a las que tambi&eacute;n queremos aislar del humor o de la risa y mantener en  una as&eacute;ptica esfera de incomunicaci&oacute;n.</p>     <p>Jos&eacute; I Ricarte D&iacute;ez&nbsp;    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> Profesor asociado del Departamento de Enfermer&iacute;a de la Universidad  de las Islas Baleares, Ibiza (Baleares), Espa&ntilde;a <a href="mailto:%0d%0ajiricarte@hotmail.com">    <br> jiricarte@hotmail.com</a></p>      ]]></body>
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